martes, 1 de septiembre de 2015

La parábola de la guillotina


El pasado mes de julio una conductora del SITP, un transporte público de Bogotá, aseguró que mientras conducía su vehículo había sido atacada y  violada por dos hombres y una mujer. Uno de los sujetos era, según el retrato hablado por ella, un hombre cuyo rostro era surcado por una cicatriz.  A los pocos días, una persona de rostro inexpresivo pero con la consabida cicatriz fue capturado.

Hace una semana, el futbolista uruguayo radicado en el país, Alexis ‘El pulpo’ Viera fue herido de bala en un asalto que le hicieron en la ciudad de Cali, el criminal fue un hombre de raza negra y al poco tiempo se señaló de manera automática que era alias “Barney”, quien en el pasado fue encarcelado por hurto, el autor de los hechos.

¿Qué tienen en común ambas historias? Al poco tiempo y ante los interrogatorios de la policía, la conductora del SITP reconoció que había mentido. Nadie había abusado de ella e inventó la historia para obtener beneficios personales en el trabajo; por su parte, “Barney”, al recibir amenazas contra su vida por supuestamente haber atentado contra el futbolista, decidió ir a la policía para aclarar su situación, la esposa del deportista, quien estuvo presente durante el robo, negó que él hubiera participado de este hecho.

A mi Facebook llegaron la imagen de ambos personajes. La del hombre de la cicatriz por los enlaces de los periódicos y la Barney por una foto compartida por un contacto donde ya se daba por hecho que él era el criminal. Las fotos iban acompañadas de cientos de comentarios llenos de odio donde los hombres ya habían sido condenados de inmediato, las redes rezumaban rencor, se pedía que se asesinaran a tan terribles canallas: Que se castrara al violador que se linchara al ladrón. Me pregunto si las personas que imploraban  de manera tan fervorosa sangre habrían sentido algo de culpa si hubieran matado a los sospechosos y después comprobado la inocencia.

No es algo que vea por primera vez. Recuerdo hace poco el caso de un hombre que intentaba de manera infructuosa limpiar su nombre. No sabía cómo pero su nombre había aparecido de manera ligada a una historia sobre una violación, el pobre individuo no sabía qué hacer pues ya había sido juzgado por la sociedad por un crimen que no había cometido y del que no sabía cómo había sido acusado. La nota decía que el hombre era tratado como un criminal y un paria por quien lo reconocía en la calle.

Pareciera que las redes sociales nos convierten en dioses. Tenemos el poder de juzgar, de condenar impunemente. Decidimos quién es bueno y quién es malo, hermoso u horrible, culpable o inocente por una foto o un post. Usamos clicks y likes para sentirnos parte de una comunidad o superiores al resto de las personas pero olvidamos que acciones similares han desembocado en un acoso –o bullying- desaforado desencadenando el suicidio de más de un adolescente.

Me llama la atención que las mismas redes revelan un odio que revela una sociedad enferma y que francamente me asusta. Mucha gente clama por asesinatos, guerras, y linchamientos, y muchas de esas acusaciones recaen en personas diferentes, ya sea por aspecto, raza, estrato social u orientación sexual. Me pregunto si la misma gente que exuda tanto odio por los poros virtuales sería capaces en la realidad de cometer esos actos. Lo dudo, pero crean el ambiente y hacen propicio que otras personas con menos escrúpulos cometan esos crímenes sintiéndose respaldada por la sociedad.

Este ambiente me recuerda mucho a Historia de dos ciudades, la genial novela de Charles Dickens. En ella, nos situamos durante la revolución francesa y el gran novelista inglés nos muestra los excesos cometidos durante dicha época y que pervirtieron los ideales de libertad,  igualdad y fraternidad en una orgía de sangre donde un rumor era suficiente para conducirte a la guillotina ante un pueblo embriagado de odio y resentimiento que aplaudía cayera quien cayera, siempre y cuando la cesta se llenara de cabezas cercenadas.

Lo curioso con la guillotina es lo siguiente, siempre tiene hambre y nunca parece saciarse de víctimas, no le importa si quien está debajo de ella es un rey, un hombre de una cicatriz, un ladrón, un sabio o un campesino. Espero que la marea de los tiempos no le pida a la guillotina virtual las cabezas de quien hasta hace poco lanzaba enardecidas acusaciones contra personas cuya culpabilidad nunca le constara.



jueves, 20 de agosto de 2015

Volar

Volar

Fuimos fuego y nuestras almas se envolvieron en llamas
Nuestras venas y corazones fueron incandescentes ante la pasión y los ideales
Arrasamos la vida que se marchitaba con  la lava y ceniza que guiaron nuestros caminos

Fuimos agua
Del mar y del cielo
Lágrimas de felicidad y tristeza
Saliva que mezclamos con el ser amado en segundos que quisimos eternizar,
Y la pequeñez que  sentimos alguna vez al ver la inmensidad del mar
Tan infinito como el universo, tan impasible como un dios.

Fuimos tierra
De ella vinimos y a ella volvimos
Barro, lodo, polvo, la tierra que nos vio nacer
La patria que forjó nuestro carácter, a la que aprendimos a amar
De la que paulatinamente nos convertimos en extranjeros
Pero a la que retornamos  muchas vidas después para finalmente morir en paz

Somos viento
Ligero y etéreo
Sutil, delicado y doloroso como un beso de despedida.
Pacífico como brisa, violento como tempestad
Flotando más allá del llanto y de las risas
De los problemas del fuego, el agua y la tierra

Volamos
Despegamos los pies del piso y nos dejamos llevar por el viento
Soltamos las amarras y nos liberamos del peso del existir
Dejándonos arrullar por el sonido de la armonía
El silbar de los árboles y las nubes que nos susurran secretos ancestrales
Elevándonos por encima de la muerte, el mal y el bien

Somos nómadas del fluir de las vidas
Nada nos llevamos al mundo eterno
Más que los rostros de quienes amamos, la sinfonía de sus risas
El sabor de sus besos y sus cuerpos
Los recuerdos que atesoramos a lo largo de nuestra existencia
Y que son el secreto de la inmortalidad, el motivo de la envidia eterna de los dioses a los hombres.

La vida y la muerte, la tristeza y la alegría, el amor y el odio,  el amanecer y el ocaso
Son la esencia de nuestro peregrinar interminable por este mundo de maravillas
Y sin embargo, sin embargo, a veces todo se reduce a cerrar los ojos, dejarse ir
Y volar.



Feliz cumpleaños, Papá. 





lunes, 17 de agosto de 2015

Un año


Un año no es otra cosa que el periodo en que la Tierra le da una vuelta al sol, pero en este lapso pueden pasar muchas cosas en el planeta: Cuatro estaciones ocurren en los países que no viven en el trópico, doce meses de treinta o treinta un días (y hasta de veintiocho) pasan sin prisas. En el caso de los humanos este tiempo es mucho más rico: Florecen amores y corazones son rotos, compartimos tiempo con personas que creíamos desaparecidas para siempre pero que al final regresan, la vida nos sorprende de diversas formas,  se da el nacimiento de nuevos visitantes a este planeta loco y otros seres amados se despiden para siempre volviéndose parte de la tierra y el cosmos en un ciclo que se ha repetido por miles de años y que lo seguirá haciendo hasta que la raza humana desaparezca.

Hace un año, aproximadamente a esta hora, estaba encontrando a mi padre tirado en el piso, con los ojos bien abiertos aunque ya no volverían a ver jamás, y un líquido de color café que había salido de su boca y nariz a la hora de fallecer. Me gustaría decir que murió en mis brazos pero ya llevaba algún tiempo así antes de que yo llegara. Desde luego no reacciono a los esfuerzos inútiles con los que intenté reanimarlo y uno de los pocos consuelos que me quedan es saber que sufrió un ataque fulminante donde no sufrió más que un par de segundo a lo sumo.

Después de ese día siguieron las ceremonias. El velorio, el entierro, el apoyo de mucha gente que estuvo presente en cuerpo, palabra y espíritu con mi familia y conmigo en, lo que llevo de vida, los días más triste que he vivido y la cicatriz que queda y que no ha sanado y no lo hará, por la ausencia de mi papá.

Los seres humanos somos dados a darle un significado al tiempo. Creamos celebraciones como el cambio de año o los cumpleaños cuando la tierra completa una nueva trayectoria sobre el sol. Nos gusta celebrar estar vivos un trayecto más de tiempo, de sobrevivir un poco más antes de sufrir el destino inevitable.

Hoy se conmemora el primer aniversario de la muerte de mi papá y quizá es otro día más en que este planeta gira en el espacio. Tal vez sea un día para pensarlo, para tenerlo presente en la cabeza y en el corazón, pero quizá para mí no tiene  tanto sentido porque desde que se fue no hay un día en el que haya dejado de extrañar su voz, sus consejos o querido darle un abrazo.

Un año es un tiempo en el que pueden pasar tantas cosas. En mi caso son muchas las dudas que albergo. ¿Pude haber hecho más por él? ¿Fui un buen hijo? ¿Estuvo verdaderamente orgulloso de mí?  He intentado hacer las cosas de manera correcta en mi vida pero siento que fallo demasiado, muchas veces. Ansío con todo mi corazón hablar con él para que me aconsejara sobre qué rumbo tomar en muchas cosas de mi vida….

En los últimos días lo he pensado más que de costumbre. Me acuerdo del tiempo que pasamos cuando era niño, adolescente y adulto, del ejemplo de honestidad, entereza y esfuerzo que me dejó, del hombre gigante (desde luego en sentido metafórico, mi papá haciendo gala de su apellido Fernández nunca midió más del metro y medio) cuya huella debo honrar y seguir engrandeciéndola cada vez más, y me acuerdo especialmente de sus últimos días, cuando se fue apagando cada vez más y donde yo debí devolverle un poco de lo tanto que hizo por mí cuando era pequeño y traté de cuidarlo y apoyarlo en sus pataletas y rabietas de persona mayor.

La inmortalidad es una de las mayores obsesiones del ser humano. Escribimos libros, componemos melodías, pintamos cuadros y levantamos imperios y ciudades para dejar un legado, algo que haya sido testigo de nuestro paso fugaz por el mundo, pero es inútil. Los libros se queman, los cuadros desaparecen, las melodías son olvidadas y los imperios y ciudades quemadas y arrasadas ante los cimientos. Pienso que la inmortalidad la logramos en nuestros recuerdos. Aquellos que han partido viven en nuestros corazones y en nuestra alma y perdurarán allá hasta que nosotros mismos hayamos partido y dejado un poco de nuestra esencia, de nuestra inmortalidad en la gente que amamos y con la que compartimos nuestra vida y lo que aprendimos con los que tanto nos quisieron y enseñaron.


Siempre vivirás en mí, papá. Te amo y te extraño cada día.


martes, 11 de agosto de 2015

Libros leídos (9)- Good Omens de Terry Pratchett y Neil Gaiman

Sinopsis: Según Las Buenas y Acertadas profecías de Agnes la Chalada Bruja (el único libro fiable de profecías, escrito en 1655, antes de que ella explotara), el fin del mundo tendrá lugar el sábado. El próximo sábado, para ser exactos. Justo antes de la hora de la cena. Los ejércitos del Bien y del Mal se están agrupando, la Atlánti da está resurgiendo, llueven sapos y los ánimos están algo alterados así que... todo parece ajustarte al Plan Divino. De no ser por un ángel quisquilloso y un demonio buscavidas que han vivido a costa de los mortales desde el comienzo de los tiempos y que no están dispuestos a aceptar tan fácilmente eso del “Fin de la civilización tal y como la conocemos” . Y... ¡vaya por Dios! ¡Parece que alguien ha hecho desaparecer al Anticristo

Antes de empezar esta reseña, quisiera contarles una anécdota. Quiero que se imaginen a un joven y entusiasta periodista que prácticamente no tiene donde caerse muerto, entrevistando a un autor de imaginación prodigiosa pero prácticamente desconocido que solo había publicado una novelilla, entre ambos hombres  habría de gestarse una amistad maravillosa. Como más de uno podrá haber adivinado, el escritor es Terry Pratchett, la novelilla es El color de la magia (la primera entrega del Mundodisco) y el periodista es Neil Gaiman.

Para nadie es un secreto mi admiración por estos dos autores, aunque debo reconocer que me decanto un poco (no mucho) más por  Pratchett. Ambos son maestros en el género de la fantasía, saben usar de manera asombrosa su imaginación creando situaciones alocadas y magníficas, llenas de frases para enmarcar y armados con la dosis precisa de veneno y sarcasmo que hace que el lector se ría a carcajadas y reflexione con la misma intensidad.

Good Omens (o Buenos Presagios como se le conoce en español) la única novela que escribieron juntos es prueba de ello. Verbigracia podemos decir que se trata del Apocalipsis en ojo de este par de locos. En él podemos encontrar un ángel bonachon y bibliotecario, Aziraphale, y Crowley un demonio aficionado a los carros antiguos y a la banda de rock Queen, quienes a pesar de sus evidentes diferencias han aprendido a ser amigos, quienes hacen causa común para detener el inminente Apocalipsis que habrá de suceder el sábado que viene.

Crowley y Aziraphale, demonio y ángel dispuestos a detener el día del juicio final.
Desde luego no estarán solos en estas páginas,  junto a ellos estarán personajes cada uno más excéntrico que el anterior como una organización de monjas satánicas, un cazador de brujas que se enamora de una descendiente de la  bruja que fue quemada por su tataratarabuelo, los cuatros jinetes del apocalipsis que esta vez andan en moto, el cancerbero, guardián del infierno convertido en un inofensivo cachorro y un anticristo que no sabe lo que es, o lo que se espera de él.

Es fácil reconocer los estilos de los autores. Obviamente a Gaiman se le puede identificar por poner seres mitológicos en entornos cotidianos tal como lo hace con los jinetes del apocalipsis y que aplicaría en obras suyas como Sandman y American Gods, mientras que Pratchett despliega su humor negro y situaciones descabelladas a lo largo de la obra. Sin embargo, a pesar de esto, ello no plantea ningún inconveniente para el desarrollo del libro, sino que por el contrario lo enriquece y lo hace más adictivo.

A pesar de los personajes disparatados y las situaciones que alocadas el libro mantiene una especie de cordura en donde el lector no sólo se cree todo lo que le están contando sino que también hace parte de esta aventura en busca de detener el inefable fin del mundo.

En fin, lo que pueda decir de esta maravilla de libro es poco. Mi única recomendación es que traten de conseguir un ejemplar y leerlo cuanto antes. Les aseguro que este apocalipsis valdrá la pena. Por mi parte me quedaré con la imagen del periodista y el escritor desconocido sentados en un bar sin saber que el destino les presagiaba un futuro brillante.

Terry Pratchett y Neil Gaiman, padres del apocalipsis y genios de la literatura fantástica.





martes, 4 de agosto de 2015

Acabo de empezar una nueva novela

Acabo de empezar una nueva novela. No llevo demasiado sumergido en ella, tan solo cuatro o cinco días pero en cierto sentido siento un compromiso tan grande como el que tuve con la primera que escribí.

Estoy escribiendo sobre fantasía, quizá alguien podría clasificarlo como literatura juvenil. Me gusta este género porque me abre las  puertas a otros mundos dentro de éste, amplía el espectro sobre lo que es real y no, cómo se percibe el mundo y cómo seres imaginarios y magníficos, mitológicos y aterradores se hacen tan reales que puedes sentir sus alas y sus colmillos cerca de ti…

Lo más difícil es, desde luego, empezar. Tienes la hoja en blanco y una idea que te ha rondado en la cabeza por días, meses, incluso años, pero no sabes cómo empezar a plasmarla, traducir la imagen que tienes en tu cerebro al papel y que se siga viendo igual de atractiva, sin afearla ni estropearla. Ese bloqueo, ese fenómeno de la hoja en blanco no se limita al día en que finalmente decides empezar, sino que viene de mucho tiempo atrás, desde el génesis de la misma idea, pero procrastinas una y otra vez hasta que no puedes hacerlo más y empiezas a escribir de nuevo. Y es maravilloso

En mi caso, la razón para este aplazamiento indefinido (que hasta ahora lleva dos años) es el miedo, miedo a escribir. Tal vez esta sea la verdad que no he revelado, la escritura para mí es lo más placentero pero lo más doloroso que pueda existir.

Nunca soy más yo que cuando escribo. Nunca muestro más de mi verdadero ser que cuando tecleo como endemoniado, no encuentro más paz o reposo que en las letras con las que intento comunicar algo. Pero es al mismo tiempo, una esclavitud, una fuente que me agota de maneras inimaginables porque es tanto lo que dejo en ella que me deja exhausto a nivel físico, intelectual y anímico. Es una relación de amor y odio, deseo y necesidad que se repite una y otra vez en los ciclos que decido ponerme manos a la obra, tal como un yonki con la droga que lo lleva al cielo a la vez que lo destruye.

Pienso que hay gente que nace para amar y ser amados, para encontrar un descanso en el dulce abrazo de la persona correspondida, otras  que lo hacen para ser felices y  llevar vidas despreocupadas adaptándose a los cambios sin problemas; también hay quienes nacieron para viajar, explorar países y paisajes maravillosos, y otras que nacimos no para buscar la  felicidad, o ser amados o conocer lugares exóticos sino para escribir, para plasmar de manera frenética historias maravillosas, fantásticas o trágicas, porque ese es nuestro destino, nuestro llamado.  

Escribo, porque es lo que me mueve, porque es lo que verdaderamente me llena sin importar las consecuencias, es el alivio, el amor y el verdugo, la salida a la carga que  lleva dentro, porque la escritura me muestra que entre más me intenté alejar de ella y pertenecer a otra parte al final  volveré a ella una y otra vez como un hijo pródigo.

Acabo de empezar una nueva novela y no sé qué vaya a pasar con ella. No me importa si se convierte en letra muerta, en una historia que no le interese a nadie, palabras, frases y hojas cuyo destino sea acabar en el olvido, pero es mi historia, mi novela, el reflejo de mi alma y por el momento eso es lo que importa. Es pequeña y luce desvalida pero está hambrienta esperando a ser alimentada por mis sueños y pesadillas y se ve casi indefensa. Pero respira.

jueves, 30 de julio de 2015

Libros leidos (8) – Guerra Mundial Z de Max Brooks


Título original: World War Z
Sello: Debolsillo
470 páginas

Sinopsis: Sobrevivimos el apocalipsis zombi, pero ¿cuántos de nosotros seguimos marcados por esa época tan espeluznante? Derrotamos a los muertos vivientes, pero ¿a qué costo?
Guerra mundial Z es el único relato de esa época infernal, contado por los hombres y mujeres que fueron testigos del horror.

Por un momento quiero que cierren los ojos y se acuerden de la película basada en este libro donde Brad Pitt debía salvar al mundo de unos zombies más rápidos que maratonistas africanos y más ágiles que gimnastas rusas. Piensen en todos los clichés repetidos una y otra vez, en su estúpida resolución y borrenla de la cabeza porque esta gran joya de la literatura de terror, aparte del título no tiene nada que ver con esta insulsa cinta.

En este libro, Max Brooks –hijo del conocido comediante Mel Brooks- nos pone en la piel de un miembro de la ONU quien diez años después de la guerra contra los zombies entrevista a lo largo y ancho del mundo a los principales protagonistas de esta catástrofe. 

Gracias a esto el fenómeno zombie se expande, ya no se reduce a un pequeño pueblo, a un centro comercial o a un lugar pequeño como en tantas historias como en tantos relatos pasados sino que se convierte en un fenómeno mundial.

Este recurso nos permite conocer cómo empezó el fenómeno zombie (en una remota aldea china), cómo se extendió por el mundo, el patético intento de los ejércitos para acabar con una amenaza para la que no estaban preparados, cómo la raza humana estuvo a punto de desaparecer y finalmente el contraataque y victoria.


¿Me estás diciendo que la película no está basada en el libro?
El zombie que plantea Brooks es genial: Volvemos a los orígenes. Hablamos nuevamente de un ser en descomposición, un ente putrefacto incapaz de correr, que se arrastra lentamente pero que es precisamente lo que lo hace aterrador, camina lento pero no se detiene ante nada, es una máquina imparable, incapaz de sentir miedo, ambición o cansancio; un engendro que se guía sólo por su hambre insaciable y que cada vez crece más en número haciéndose más y más fuerte.

Y sin embargo, esto no es lo más aterrador del libro. No sólo existe la amenaza de los muertos vivientes, sino de los vivos con el alma muerta. Durante todos los testimonios se ven actos de egoísmo, asesinato, corrupción y odio por parte de los sobrevivientes pero al mismo tiempo se ven también actos generosos, de sacrificio y amor, capturando muy bien la esencia del ser humano.

Otro detalle que me ha gustado del libro es la habilidad que tiene para reflejar los conflictos del mundo actual. No sólo ha sabido jugar con conflictos como los existentes entre los Estados Unidos y China, el mundo árabe con Israel o las coreas sino que ha incluido dentro de sus relatos a personajes tan emblemáticos como Nelson Mandela y la reina Isabel II (los nombre son cambiados pero uno los reconoce) sino que también profetizó la llegada de un presidente negro a la nación más importante del mundo (el libro es del 2006 y Obama fue presidente en 2008)

En resumen, el libro me ha encantado. Max Brooks es capaz de sumergirnos en el apocalipsis zombie más real que haya leído jamás en un libro no solamente recomendado para los amantes de los muertos andantes sino de aquellos que diisfrutan de la buena literatura. Entonces los invito a ir por su kit antizombies y adentrarse a sus páginas.


Max Brooks, master of zombies,


viernes, 24 de julio de 2015

Me robaron

Nota: Lo que voy a contar no hace parte, por desgracia, de ningún relato que haya escrito. Los hechos ocurrieron tal como relataré.

Y allí estaba yo,  a las cinco de la mañana del domingo, extático mientras iba al baño, viendo una sombra extraña  al lado de la ventana externa de mi apartamento. En un principio me pareció estar soñando porque estoy en un segundo piso y vivo solo, al grito de ‘quién es usted’, la rata humana escaló hacia abajo con una agilidad que ya quisiera tener Usain Bolt; al correr hacia la ventana y mientras el ladrón terminaba de descender vi que encima de mi escritorio de la sala no estaba mi portátil. Al salir a la calle el engendro de humano había desaparecido con mi computador.

El sentimiento de angustia, impotencia y rabia de saberte vulnerado no tiene comparación. La ira que te invade en un principio por haber sido robado da paso con prontitud al miedo, ¿cómo entró este individuo a mi apartamento? ¿Qué tal que el tipo hubiera sido un ladrón agresivo? ¿Que hubiera llevado un puñal o una pistola y me hubiera lastimado con tal de hacer crecer su botín?  Amanece y no eres capaz de pegar los ojos pensando en que esta basura pueda volver y te sientes inseguro en el único lugar que creías estar a salvo en la ciudad.

Ir a la Policía es un saludo a la bandera. Vas muerto del miedo pensando que mientras me dirigía al CAI más cercano, el ladrón iba a regresar, a violar mi domicilio nuevamente, y a terminar su tarea. Los uniformados me atendieron de manera amable pero sin mayores sobresaltos, para ellos algo rutinario que seguramente ven todos los días y por ende no merece demasiada atención. Al rato de volver a mi apartamento apareció una patrulla. Los oficiales, un hombre y una mujer, poniendo rostros solemnes examinaron mi apartamento y dictaminaron que sencillamente el ladrón había escalado y forzado la ventana. Luego, se despidieron con monosílabos, me dieron un par de teléfonos del CAI y desaparecieron.

Las horas pasan y el temor crece. Uno sale a las calles y, desafortunadamente, está mentalmente preparado porque sabe que hay una posibilidad de que te roben, en una esquina, en un cajero, en el transmilenio, en todas las modalidades posibles, con cosquilleo, con puñal, con pistola, con intimidaciones. Se supone que la casa es el único refugio que nos queda, el pequeño rincón de vida donde podemos estar tranquilos, pero al parecer no es así en la Bogotá de los últimos años.

Y pasan los días y tomas medidas. Cambias la composición de las  ventanas, las aseguras con candados de última tecnología por dentro. Te encierras en tu propio apartamento como si fueras un pájaro en una jodida jaula de oro. Recuerdas que te robaron lo único de valor que tenías porque de resto tu casa está llena de libros y una rata de estas que seguramente abandonó la escuela porque pensó que estudiar es para los pirobos que estudian’, asimismo caes en cuenta que por descuido no hiciste backup de muchos de tus artículos porque no pensabas que te pudiera pasar algo así  y odias profundamente al ser que encuentra satisfacción en hacer el mal, en apropiarse de algo que no se merece.

También piensas: No te fue mal. Que en este país lo menos grave que te pueden hacer los malvados es robarte. Piensas en todas las historias que has oído de rateros que primero disparan y luego preguntan, de seres que son capaces de hacer masacres en poblaciones lejanas y sienten placer en torturar, en violar y ejecutar a personas en presencia de sus hijos y parejas. Ni siquiera es necesario irse tan lejos, en la misma ciudad ocurren cientos de paseos millonarios, atracos a plena luz de día ante la inoperancia de la policía y  asesinatos porque sí. Definitivamente no te fue tan mal.

Me gusta mucho vivir en Bogotá. Es la ciudad que me acogió con los brazos abiertos cuando no encontré trabajo en Cali.  Amo sus días fríos y cielos azules. Disfruto en muchas ocasiones de su grandeza, de su caos. En esta ciudad me he enamorado, me han roto el corazón, he ido a eventos culturales, la he recorrido,  he conocido a muchas personas muy valiosas de las cuales aprendo (o lo hice) cada día y he conocido mucho sobre la vida. Me duele ver en lo que se convierte cada día. Me parte el corazón ver lo que ha hecho la izquierda con la capital  en poco más de una década. La han convertido en una cloaca, en una urbe asquerosa, llena de basura, insegura, fea. En una población invadida por los indigentes, incluso el Transmilenio se ve diariamente lleno de cantantes de rap amenazantes y vendedores de maní se suben en cada parada, cuando se supone que este sistema debía ser un patrimonio de la ciudad, en una ciudad cuyo lema ‘Bogotá Humana’ parece que se aplica únicamente a los ladrones y malandros, una Bogotá corrupta, impune e inepta.


Se acercan las elecciones. Les pido que por favor piensen cuál quieren que sea el destino que quieren para la ciudad más importante del país. Yo estoy cansado de vivir con miedo de que me pueda pasar en algún momento. No les digo que voten –o dejen de votar-  por X o Y candidato pero les pido que piensen bien en qué ciudad quieren vivir. Por mi parte creo que El Polo y partidos similares ya tuvieron su oportunidad y no la aprovecharon. Espero que sepamos escoger y que recuperemos la confianza de estar, por lo menos, tranquilos en nuestra propia casa.