jueves, 28 de mayo de 2020

Microcuento (IV)

Vejépolis

-¿Vos estás hablando en serio, Evaristo?

-Que sí, Rosa, que sí...

-Entonces simplemente vas a salir a la calle y ya...

-Y ya.. me cansé de estar encerrado.

-Pero Evaristo, los viejos nos tenemos que quedar encerrados en la casa, somos población de riesgo.


-¿Y? Tengo 80, ya viví lo que tenía que vivir, no voy a pasar los últimos días de mi vida como si
fuera un preso, ¿Acaso no extrañas el viento, el sol? ...

-¿Y los muchachos? ¿Y los nietos?

-Ya están muy viejos y les enseñamos bien. Sabrán vivir sin nosotros.

-¿Y la policía?

-¿Y qué van a hacer? ¿Matarnos antes de que lo haga el virus?

-¡Espera!

-¿Qué pasó ahora?

-Voy contigo -dijo Rosa

Salieron a la calle y lo que vio les sorprendió...la calle estaba repleta de viejos agotados del encierro, dispuestos a vivir una vez más a plenitud, brillando como una supernova antes de extinguirse, mientras los más jóvenes poseídos por el miedo se marchitaban en sus casas cada día un poco más más. La calle, el mundo, era suyo, como siempre debió ser.

martes, 12 de mayo de 2020

37

Es la medianoche y un minuto del 12 de mayo del 2020. Afuera solo hay silencio como si yo fuera la única persona que existiera en el mundo. Tomo una copa de vino mientras contemplo el inicio de un nuevo amanecer. Hace 37 años estaba listo para salir del vientre de mi madre y enfrentarme a esta vida maravillosa y hermosa, trágica y triste.

Desde hace ocho años tengo la costumbre de escribir algo para mi cumpleaños. Comienzo a escribir desde las once de la noche del once de mayo y así me coge la medianoche. Reviso lo que he escrito años pasados para no repetirme, en parte es infructuoso, a pesar de todo sigo siendo la misma persona. Cambiarán algunas situaciones, personas se habrán ido, otras habrán llegado, pensaré distinto sobre ciertas cosas, pero al final la esencia sigue siendo la misma.

Este año me sorprende con un evento histórico –para bien o para mal- que no le tocó a nuestros padres o abuelos y que seguramente no se repetirá en mucho tiempo, si somos positivos. La pandemia me ha tocado solo, mi roomate, mi buen amigo Nelson Cadavid está pasando este suceso en Cali con su novia. En esta soledad pienso mucho en lo que ha sido mi vida, lo que he hecho, lo que he dejado de hacer, mis aciertos y errores, en lo que soy yo realmente, sin antifaces o máscaras.

Me gusta imaginar distintos escenarios, como miles  de granos de arena en la playa. En uno de ellos estoy casado y tengo hijos, en otro soy un novelista famoso, o tengo tanta plata para no tener que preocuparme nunca más por trabajar, en otros tengo una enfermedad larga y penosa e incluso en los más siniestros he muerto. A mi edad Alejandro Magno no sólo había conquistado todo el mundo conocido, sino que también había muerto; Jesucristo llevaba cuatro años de haber muerto y resucitado, también había muerto Rimbaud después de haber alcanzado la inmortalidad antes de cumplir los veinte años; José Saramago estaba a tres años de publicar su primera novela, mi papá aún era un soltero empedernido y mi mamá ya tenía dos hijos.

Es un ejercicio nada más, pero pienso mucho en el pasado, en las decisiones que he tomado, en la gente que he ayudado y a la que he lastimado. A veces creo que vivo demasiado en el pasado, en los días soleados de una Cali lejana y difusa donde mis padres, abuelos, la Nana y Camilo estaban vivos, incluso pienso en Gruñón, mi fiel perro, que siempre me recibía con una alegría inocente cuando iba de visita. Ellos ya no están y cada ausencia me ha servido para madurar, para crecer y aceptar que la muerte es una amiga que nos está vigilando hasta el día en que debemos partir con ella a la nada.

Pero también pienso en lo que mi gran amigo Esteban me dijo: Lo que somos ahora es producto de todo lo que hemos vivido, los malos y los buenos momentos, los actos hermosos y los horribles. Somos el producto de nuestras acciones y como repetía mi papá constantemente: Somos los arquitectos de nuestro destino, y a la larga a pesar de las malas decisiones no puedo quejarme. He conocido gente maravillosa, gente que me detesta, he viajado a lugares exóticos, he amado, he odiado, he conocido la bondad, la maldad, la traición, el odio…y acá sigo y de todo he aprendido.

Quizá es hora de dejar ir el pasado. No olvidarlo porque hace parte de mí y lo hará hasta el día en que muera y el amor de quienes han partido siempre me acompañará, pero también debo aprender a ver la belleza del presente, volver a sorprenderme con cada pequeño milagro de la vida tal y como lo hacen los niños.

Y sobre todos agradecerles a ustedes las personas que me han acompañado en este camino. A mi hermana, el gran motor de mi vida, a mis pequeños sobrinos en cuyos ojos veo un futuro brillante y hermoso, a todos mis amigos reales y virtuales que con su cariño y amor hacen de mi vida algo maravilloso, a todos GRACIAS, los amo.

De imagen pongo a Trunks de Dragon Ball Z (nunca dejaré de ser un niño, lo siento) porque un día como hoy, un doce de mayo a la diez de la mañana, dos terribles androides aparecerán para destruir el mundo, espero que no sea este año porque ya bastante tenemos con el Coronavirus y si así es espero que el gran Gokú defienda la tierra una vez más.




jueves, 30 de abril de 2020

Microcuento (III)

El que acecha en la oscuridad

Comenzó como un pequeño aruñón, casi imperceptible, en el dedo gordo del pie que solo noté al levantarme y caminar. Vi la herida, era minúscula, tal vez me había lastimado sin darme cuenta. Al día siguiente ví otra igual de pequeña a su lado, esta ardía más, cómo si tuviera la piel en carne viva. Las heridas se repitieron cada día, aumentando la intensidad, devorando los otros dedos y luego el pie. Empezaron a aparecerme morados en el muslo, pequeños círculos perfectos que hacían que el solo roce con la ropa me causara un dolor indescriptible. Por el día buscaba lo que me lastimaba, un animal quizá, pero no encontraba nada, intenté dormir de día pero sufría pesadillas dónde miles de ratas devoraban mi cuerpo. Por la noche duermo bien, pero en el instante justo antes de quedarme dormido me parece oír el leve movimiento de algo que se arrastra. Las heridas suben conforme pasan los días, ayer amanecí con una herida en el cuello, una línea que lo atraviesa por completo. Tengo miedo de esta noche, intento atravesar el silencio del cuarto oscuro con mi mirada pero solo veo sombras y tinieblas. Cierro los ojos e intento rezar pero siento un aliento caliente en mi mejilla que atraviesa mis ojos cerrados. Auxilio. No estoy solo.

domingo, 22 de marzo de 2020

Vida en épocas del Coronavirus


Es medianoche del sábado 21 de marzo (ahora domingo 22) del 2020 mientras escribo estas letras, estoy desde la ventana de mi apartamento que se convertirá en el lugar que estaré recluido por casi el próximo mes de mi vida. Siempre me ha gustado este sitio, las ventanas abiertas de par en par en donde en ocasiones se alcanza a ver una estrella tímida, da una sensación de infinito desde donde se puede ver el mundo, y escribo mientras afuera se vive la primera pandemia que nos tocará vivir a todos, buenos y malos, en este siglo XXI.

El panorama se ve preocupante. Al momento que escribo esto ya hay más de doce mil personas, la mayoría de la tercera edad, muertas. El pánico se ha extendido con la misma rapidez que el virus y lo que comenzó con la despreocupación de los gobiernos y burlas (no hay sino mirar los memes en el inicio del coronavirus en internet) se ha ido convirtiendo en silencios y ansiedad por lo que depara el futuro. Ya no hay risas y es posible que el mundo que hemos conocido cambie.

Dirán algunos que exagero, que me dejo llevar por el alarmismo. Quizá, pero siento que nos esperan horas oscuras e incertidumbre, ya lo está viviendo España e Italia donde los muertos se multiplican, la cifra de contagiados en Estados Unidos crece de manera alarmante y, aunque tarde a mi parecer, el gobierno colombiano decretó la cuarentena donde todos debemos quedarnos encerrados en nuestra casa de manera obligatoria.

En estos momentos estoy solo. No es algo que me preocupe en exceso. Pienso más bien con alivio que a pesar de lo mucho que me hacen falta que es un alivio que mis padres ya no estén vivos. Mi papá tendría 78 años y era terco como él solo y pretender que acatara la normas hubiera sido una utopía y mi mamá siempre estaría en riesgo debido a sus defensas bajas por el cáncer. Mi hermana cuida a mis sobrinos en Orlando y varios tíos y tías que tengan se resguardan en sus casas siguiendo sus instrucciones.

Miro por la ventana, no se oye ningún sonido. Es una ciudad muerta. Si a principios de año alguien hubiera vaticinado algo así habría creído que estaba loco. Miro por ella y veo la casa vecina y al lado edificios, me imagino lo que se debe estar viviendo en cada uno de los hogares de la ciudad, del país, del mundo.  Cada pequeño universo en cada lugar, gente que a pesar de vivir juntos ya no compartían, las relaciones que se fortalecerán o se acabarán luego de la cuarentena mientras la muerte cabalga por las calles.

Y ahora bien, ¿qué hacer en este periodo de confinamiento obligatorio? Lo importante es no caer en la desesperación. En mi caso habrá tiempo para reflexionar sobre mi vida, escuchar los fantasmas de mis muertos, leer ese libro que no había podido antes por el tiempo, trabajar, jugar videojuegos, hacer ejercicio (no hay que caer en el sedentarismo), estrechar lazos de amor así sea de manera virtual con amigos y familia.

Este es un momento como nunca antes lo hemos tenido y como no lo tendremos de recogimiento, de pensar quiénes somos y qué queremos, cómo podemos ser mejores seres humanos. Es momento de ser más empáticos, tolerantes, mejores seres humanos. Todas las crisis conducen siempre a renacer de las cenizas, a replantearnos las cosas, espero este sea el caso.

Ojalá vivas en tiempos interesantes dicen los chinos a manera de maldición, lo estamos haciendo, y espero que, como sociedad, como mundo, el amanecer sea brillante y esperanzador.




jueves, 19 de marzo de 2020

Microcuento (II)

Aislamiento

Cigarrillos Rey, cómo olvidarlos, si eran los que más me pedían... por lo general a eso de las once ya se habían agotado. La gente caía como palomas buscando maíz a comprarlos. Eso antes del virus, ahora las calles están vacías, como un desierto, o un gran cementerio de asfalto. Me molesta un poco el silencio, toda una vida de oír el sonido de la ciudad ahora se ha ido, a veces siento en mi oído el eco de los pitos de los carros y las voces mezcladas de la gente. Y sí, sigo saliendo todas las mañanas con mi carrito de chucherías a recorrer las calles, y no, no me importa la epidemia. Tengo ya ochenta años, pero soy una vieja pobre, mi familia está muerta y no tengo a nadie.. y si no le importo ni al gobierno ni a la iglesia ¿Por qué debería preocuparme si vivo o muero? Prefiero las calles a quedarme en esa pensión de muerte recluida todo el día, así que salgo y voy de calle en calle encontrándome de cuando en vez a algún temerario que ignora a la muerte que ronda por estas cuadras pero ninguno compra Cigarrillos Rey, solo asienten como lo haría un condenado que saluda a otro. Veo las cajetillas con los cigarrillos intactos y también en los parques a gorriones de cabeza dorada que no había vuelto a ver desde que era niña en el campo, y que no se veían acá por la contaminación, pienso que lo que para nosotros es una plaga es, quizá para otros, una bendición

jueves, 5 de marzo de 2020

Jueves de Microcuentos (I)


Le llaman Romeo

Desde el instante que la vio, cuando la jefe de recursos humanos la presentó ante el resto de la empresa, supo que era la mujer de sus sueños, pero no habían tenido más allá de un par de encuentros donde ella ponía cara de oler mierda al verlo y seguía de largo. Sabía que tenía un apellido extraño, quizá extranjero, que era vegetariana, que debajo de las faldas largas y ropa que la cubría casi por completo se escondía un cuerpo de ataque y que tenía los ojos más hermosos del mundo. El día que se decidió a hablar con ella, la siguió a la hora del almuerzo hasta un restaurante vegano dónde se sentó mientras la veía. Después de coger fuerzas para hablarle vio que entraba en el lugar la mujer más hermosa del mundo, ésta sí, la mujer de sus sueños. Rubia, ojos azules, con el brazo lleno de tatuajes y bastante voluptuosa. Pensó en cómo hablarle a esta diosa sin que la compañera de su trabajo se diera cuenta , cuando la misma deidad rubia se dirigió hacia donde él estaba, lo esquivo como quien rodea una bolsa de basura en la calle y siguió hasta llegar a la compañera de los ojos más hermosos del mundo y la besó como si el mundo se fuera a acabar. Él pensó por un momento que si la vida fuera como una película porno terminarían haciendo un trío pero lo más probable en la vida real era que se ganará una bofetada dijera lo que dijera. Entonces se alzó de hombros y se fue del restaurante vegano para no volver jamás. 

 #JuevesDeMicrocuentos



martes, 4 de febrero de 2020

La enfermedad y mi madre (Tres años sin mamá)



 Nunca recuerdo más a mi mamá que cuando estoy enfermo. El pasado fin de semana estuve en cama porque comí algo que me cayó mal. Tuve diarrea, vómito, ganas de estar acostado y no levantarme más… y me acordaba de chico cuando mamá iba y me cuidaba, ponía su mano sobre mi frente y me prometía que el dolor iba a pasar pronto. Nunca nos sentimos más solos en el mundo que cuando estamos enfermos y ya no están nuestras madres para cuidarnos.

Pero no es por eso que recuerdo a mamá cuando estoy enfermo. Un día como hoy hace tres años, un 4 de febrero de 2017, ella moriría en brazos de mi hermana y los míos luego de diez años de luchar contra un cáncer maldito que poco a poco la fue consumiendo, hasta que su cuerpo no respondió a pesar de que el fuego de su alma era mucho más fuerte que mil cánceres.

Y pienso en ella en esos momentos, y ya sabrán ustedes lo cobardes y flojos que somos los hombres ante la enfermedad comparados con las mujeres, porque me viene a la mente la entereza que tuvo ella durante la suya. La recuerdo los horribles últimos seis meses de vida donde su salud se deterioró horriblemente, me acuerdo en especial un balde que tenía cerca de su cama para vomitar y siempre odié ese maldito balde porque simbolizaba todo lo que el cáncer significaba y pensé que cuando todo hubiera terminado lo quemaría o lo cortaría con un cuchillo en mil trocitos, pero cuando llegó la hora final olvidé hacerlo y esta es la hora en que no sé qué pasó con él y a ciencia cierta ya no importa.

Recuerdo a mamá cuando estoy enfermo porque ninguna de mis enfermedades, hasta la de aquellos días en los que he sentido morir, se compara siquiera a uno solo de los suyos y a pesar del dolor y la fatiga siempre tuvo intactas las ganas de luchar y de vivir, incluso cuando supo que ya no había probabilidades porque en ese momento en vez de lamentar su muerte próxima hizo lo posible porque sus hijos no sufriéramos tanto con su ausencia.
Mucho se habla de la muerte y de la enfermedad. Se refieren a quienes enfrentan al cáncer, y a cualquier otra enfermedad mortal, como guerreros, tanto que esa palabra ha caído en un lugar común, y es una lástima porque no deja de ser cierto. Todos quienes se han visto enfrentados a ella, quienes la han superado y quienes han caído tienen un grado de valentía que quienes estamos sanos somos incapaces siquiera de concebir y solo cuando nos visita la enfermedad somos capaces de reconocer.

Mi mamá murió hace tres años por un cáncer. Y desde que murió la vida se cuenta como un día más sin ella. …Y no sabes vieja la falta que me haces, que me hace mi papá y Camilo y todos los muertos que me han antecedido. Y pienso en tu enfermedad y la manera en que la asumiste y en lo mucho que aprendí de ti a pesar de lo doloroso que fue. Porque a día de hoy aún hay recuerdos que lastiman como si rasgaran desde el interior del pecho, pero pienso en tu valentía, dulzura y sabiduría, recuerdo los días de antes de la enfermedad y me vienen a la mente las risas, los besos y las caricias y las veces que ponías tu mano sobre mi frente cuando estaba enfermo diciéndome que todo estaría bien y siento que siempre estaré orgulloso de que hayas sido mi mamá  y la de Natalia, y que siempre te amaré hasta mi último suspiro cuando nos reunamos otra vez de una forma u otra.

Te amo vieja. Te extraño.