domingo, 4 de febrero de 2018

Carta a mamá un año después

Mamá,

Un año ya, ¿quién lo diría? Hace seis meses te escribí que parecía que el tiempo hubiera volado desde aquel día  y qué te diré ahora, es como si se hubiera puesto una turbina y bastara un solo parpadeo para devolverme a ese sábado en el que estabas viva. Hace exactamente doces meses o cincuenta y dos semanas o trescientos sesenta y cinco días que dabas, sin saberlo pero quizá presintiéndolo, tus últimos suspiros en este mundo, a esta hora me embarcaba hacia otro país para el momento más triste y quizá más hermoso de mi vida que fue el de acompañarte en tus últimos momentos.

La muerte es un misterio casi tan grande como la vida. Es la única certeza que tenemos. Desde niños conocemos su existencia, a pesar de saber que llegará la ignoramos y solo la desaparición de quienes amamos nos recuerda su presencia constante. A pesar de saberla presente nunca estamos preparados para ella. Podemos saber el día, el minuto y el segundo exacto en que ocurrirá pero nunca estaremos listos del todo. Nos aferramos a la vida –la nuestra y la ajena- con la desesperación de un náufrago a su tabla.

Sigo sin acostumbrarme a tu ausencia. A veces lo olvido y me he sorprendido a punto de llamarte para contarte cómo estuvo mi día o con ganas de irme a Cali para darte un beso y un abrazo para casi al instante despertar de esos sueños febriles y luego de sonreír con tristeza seguir con mis asuntos.

 Extraño tu voz, tus regaños (tan merecidos tantas veces), tus caricias y consejos y lo más probable es que lo haga hasta el día en que muera. Pero también es cierto, como tanto me decías, que el tiempo lo cura todo y no hay penas que duren eternamente, con el transcurrir de los días el dolor tan intenso, ese que creías que te desgarraba el corazón, ese que pensabas que no ibas a poder seguir adelante ha disminuido un poco. Las imágenes de tu enfermedad –puto cáncer de mierda- se reemplazan por aquellas donde paseábamos por Cali, o la vez que fuimos a un spa, los paseos a Brasil (donde viste ese partido histórico cuando los alemanes le clavaron siete goles a los cariocas en su casa, dime, ¿quién más pudo haberse dado ese lujo?) o a Orlando, las llamadas telefónicas donde me calmabas de mis –ahora ridículos- problemas o más allá cuando era niño y te metías a mi cama, me calmabas cuando estaba triste y te ibas hasta que me quedaba dormido. Me acuerdo incluso cuando  a los cinco años llegamos de Estados Unidos años y en el nuevo apartamento había solo un colchón y un televisor en blanco y negro y la casa se llenaba únicamente de tu risa y alegría.

Pasamos la mitad de nuestra vida quejándonos de nuestros padres, que no nos comprenden, que son anticuados y qué podríamos hacer lo que ellos hacen mucho mejor para pasar la otra mitad, cuando ya no están, comprendiendo lo sabios que eran, lo muchos que nos amaron, cuánta razón tenían en lo que decían y extrañando y dando la vida por tener un solo momento, así fuera un solo segundo, por verlos de nuevo.

Pienso en todo lo que tu partida me ha enseñado. Cuando alguien tan significativo en nuestra vida parte aprendemos a darle la verdadera relevancia a las cosas de la  vida. Pienso ahora en mis amores frustrados y la tristeza que me causaban y lo que antes era doloroso ahora, tal como me decías,  ahora solo me provocan una sonrisa nostálgica, lloraba por esos amores sin saber que el más importante, el verdaderamente incondicional estaba a una llamada de celular o a un pasaje a Cali.

Cuando somos adultos, cometemos tantos errores y  nos vemos cara a cara con el rostro menos amable de la vida y comprendemos todo el esfuerzo que hicieron nuestros padres para mantenernos a salvo de los horrores del mundo, pienso en eso que tanto nos repetías a mi hermana y a mí, “Me gustaría ponerlos en una burbuja para que no les pase nunca nada”. Y así fue mamá, tanto tú como papá (con todos sus errores) nos dieron una niñez maravillosa –de la que no fuimos conscientes y a la que siempre volveremos en sueños- y solo me queda agradecerles por tanto amor. Todo lo que lograremos mi hermana y yo será por todas sus enseñanzas, aunque no te niego que a veces me cuestionó si he sido digno de todos sus sacrificios. Pero lo intento, mamá, no dejo de hacerlo, a pesar de tantos errores.

Tienes una nieta. Es hermosa y como ya sabías, se llama Verónica, lo único malo que tiene es que nunca podrá conocerte, pero por lo poco que he podido ver tiene tu espíritu: Es jodida y solo provoca quererla. Como dice Sabina y se aplica a tu partida, y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido….y los amaneceres y las noches estrelladas siguen ocurriendo  a pesar de que ya no estés y continuarán alumbrando cuando nos hayamos ido y tu recuerdo ya se haya perdido, pero esa es la vida, seguiremos existiendo, llegaran nuevas personas y despediremos otras, tendremos momentos alegres y tristes pero tu recuerdo seguirá siempre a nuestro lado acompañándonos. Solo morimos del todo cuando quienes amamos nos olvidan  o mueren.

Poder decir adiós es crecer dice Cerati y no es que vaya a olvidarte, ¡nada de eso! Tu recuerdo siempre vivirá conmigo y una parte de mí te extrañará hasta el día en que nos veamos de nuevo, ya sea en la paz de la no existencia o en alguno de los locos paraísos de los dioses inventados por los humanos. ¨Pero creo que también es momento de seguir adelante porque sé que lo que más anhelabas era vernos felices a mi hermana y a mí, así que no pensaré en la parte triste de ti o mejor dicho en tu ausencia. En este momento, mientras escribo esto lloro pero pienso en lo que escribía Tolkien y ponía en palabras del mago Gandalf, No todas las lágrimas son amargas y creo que es cierto. No hay amor más grande que el que puedo sentir en este momento por ti, pero esta será la última carta que te escribiré porque de ahora en adelante serás la fuerza que me impulsará a seguir adelante incluso cuando no quiera, la estrella que guiará mi vida, el faro eterno que estará siempre para mí, pienso que quizá el mejor homenaje que pueda hacerte está en vivir, amar y ser feliz.

Gracias por tanto mami, te amo y lo haré siempre. Espero hacerte orgullosa.

Mil besos estés donde estés

Tu hijo,


TuLio:.



miércoles, 31 de enero de 2018

Vacío

Una línea titila en el computador, intermitente, expectante y ansiosa, como si estuviera esperando una orden para llenar una hoja en blanco que se extiende como un desierto infinito. Yo que soy a quien la jodida línea le hace la pregunta, a quien le exige su alma en cada letra, a quien requiere de manera ciega y le hace ese guiño coqueto cada segundo que aparece y desaparece, no tengo nada que decirle.

Este 2018 me sorprende con la mente en blanco. Completamente,  como si fuera un tablero borrado o me hubieran hecho una lobotomía. Quizá la descripción más acertada sería ese blanco sin matices que azota a todos en El ensayo de la ceguera de Saramago. Intento escarbar en ella en busca de una idea original, una frase ingeniosa, algo qué decir, pero nada, siento como si todas las ideas se hubieran ido o quizá nunca hubieran estado allí del todo.

Lo curioso es que más allá de preocuparme o estar angustiado siento tranquilidad, el disfrutar de los pequeños actos de la vida sin pensar en el mañana. Todo esto me lleva a preguntarme si en verdad soy un escritor o alguna vez lo he sido. Nunca seré un Cortázar, un Saramago o un Borges, mi talento nunca ha sido tan grande, ni tan diminuto como para haber publicado un libro por pequeño que fuera, es cierto que disfruto muchísimo al escribir, la soledad de quien lo hace, ese pequeño momento de comunión con la soledad, el ruido de los dedos cayendo sobre el teclado como si fueran gotas de lluvia, pero a veces siento que no es suficiente.

Cuando era más joven soñaba con ser un gran escritor. Mi ambición era escribir algo maravilloso que logrará tocar el alma de muchas personas,  más allá de eso, lograr una especie de fama, así fuera pequeña, que logrará enorgullecer a mis padres. Al final, ambos murieron y no logré publicar –ni escribir- el libro de marras y la única victoria pírrica que me queda es haberles dado todo el cariño y el amor del mundo. Mi mamá decía que qué importaba ser famoso, si no eras una buena persona y que siempre se enorgulleció del hijo que fui con ella. Espero que eso fuera suficiente.

Hace poco recibí una carta de mi hermana y me puso a pensar. A veces pienso que mis letras pueden ser rimbombantes y un poco postizas como si olvidara que lo verdaderamente importante es lo que sale del corazón como lo hace ella, lo que en apariencia parece sencillo pero por esa misma razón es mucho más profundo y sincero, pero también pienso que es mi manera de expresarme, nunca he podido hacerlo mejor que cuando escribo, mis palabras siempre me suenan torpes y vacías, pero cuando escribo soy yo. Y quizá sea esa persona rimbombante que no sea capaz de comunicarse de otra forma.

Hace un tiempo conocí un grupo de escritores que tienen cierta fama. Quise ser como ellos, desesperadamente,  pero con el tiempo siento que ya no tiene importancia. El mundo es tan grande y la vida tan corta que al final hay cosas más importantes que si te publican un libro o no. Las personas van y vienen, la fama es efímera y las personas que celebraron tus triunfos son los primeros en irse cuando el barco se hunde. Y al final comprendí que las letras no están para quienes solo buscan fama o reconocimiento, si no para quien las escribe desde el fondo de su corazón. De manera ardiente y visceral.

Una amiga me dijo que quizá este vacío se debe a que estoy haciendo las paces con el pasado. Aceptando las pérdidas y reconociendo quien soy. Otro amigo me dijo que sólo se debe escribir por diversión, porque nos hace felices o nos ayuda a expulsar nuestros demonios. Quizá lo único importante es simplemente respirar, mirar al cielo, contemplar las estrellas, besar y abrazar a quien amamos, vivir, y en ese interludio es probable que las letras pérdidas lleguen a llenar ese vacío.







domingo, 31 de diciembre de 2017

2017

Hace algún tiempo me enamoré de una mujer. Lo hice de la única manera en que sé hacerlo: Con toda la pasión y el alma porque el amor puede ser todo menos tibio. Hice lo posible e imposible porque ella sintiera lo mismo que yo, pero a pesar de todos mis esfuerzos -o quizá por ellos- nunca me quiso de la misma manera en que yo lo hacía.  Curiosamente este año, en cierto sentido, me ha resultado similar a lo que sentí en esa época que amé a esa enigmática mujer de ojos oscuros.

Personalmente ha sido un año de extremos. He tenido la más grande de las tristezas y la mayor de las alegrías en mi vida. La mujer que más amaba murió y la que más amo nació.  Mi madre falleció en febrero luego de resistir como las más valientes esa enfermedad de mierda que es el cáncer y mi hermosa sobrina, hija de mi adorada hermana y mi querido cuñado,  nació en octubre siendo fiel a la ley de los escorpiones (esa que dice que en el transcurso de un año de su nacimiento muere alguien en la familia y viceversa). Podría decir como Dickens que para mí fue el mejor de los años y el peor de los años (Carajo, ¿cuántas veces voy a seguir citando este fragmento? Pero a la vez es tu culpa Charles, qué pedazo de frase).

Para el mundo ha sido un año de aceptar las consecuencias de sus actos. Colombia apenas está asimilando que el proceso de paz es una realidad y ‘fuerzas oscuras’ buscan por todos los medios acabar con un hito histórico para el país. El mundo se acostumbra a Trump, sus rabietas y las  decisiones irresponsables que en cualquier momento pueden prender la mecha de una nueva guerra y territorios como Cataluña sueñan con la independencia sin saber que su fuerza proviene de la unión.

El próximo año será decisivo en muchos aspectos. La lucha feminista que cada vez toma más fuerza deberá demostrar de qué está hecha y si en verdad busca una nueva sociedad inclusiva y llena de oportunidades para las mujeres o se queda en el odio y la guerra de sexos. Las elecciones del próximo año en Colombia son las más importante en mucho tiempo, de ellas depende el rumbo que tome el país en el futuro, sí desea apostar por el perdón y la paz o si quiere seguir enfrascada en un espiral de odio y violencia por los siglos de los siglos.

Retomo lo que les decía al principio. Me enamoré locamente de esta mujer, fue amor a primera vista, como quizá nunca lo haya hecho en la vida. Decidí actuar y vaya que lo hice, quizá más tiempo del que debí, lo hice con todo mi corazón y empeño, esperando a que ‘el universo conspirará en mi favor’ como dicen por ahí los gurús de la autoayuda pero no pasó absolutamente nada. Simplemente yo no le gustaba y nada habría logrado cambiar ese hecho (como en efecto pasó). De aquello me quedó una enseñanza y es la razón por la que este año se parece tanto a esa vivencia.

No escogemos lo que nos pasa, no hay un dios benevolente o castigador o un universo conspirando a tu favor, para morir basta estar vivos y para vivir basta con aprovechar cada bocanada de aire. Salir a la calle es una batalla diaria donde todo puede ocurrir, podemos ganarnos la lotería, enterarnos que nuestra madre tiene cáncer, encontrar al amor de la vida al voltear la esquina o que alguien a quien queremos esté pasando por un mal momento ; lo que sí depende de nosotros es decidir qué hacer, podemos quedarnos en la rabia o el dolor, aplastados por la vida  o actuar, luchar contra la adversidad como leones; sin embargo, al igual que en lo que les conté, es posible que la dama en cuestión no se enamoré de ustedes, que esa madre muera, que el negocio aquel no funcione, que te despidan del trabajo, en fin que todo se vaya al carajo no importa que tanto lo intentemos, y está bien. El sabor de la vida es precisamente esa incertidumbre, esa inseguridad, ese ‘cualquier cosa puede pasar’.

Entonces eso es lo que me queda de este año. Saber que la vida no siempre funciona como lo esperas a pesar de todos tus esfuerzos. Lo que no quiere decir que haya que quedarse de brazos cruzados, ¡al contrario! Son nuestras acciones las que deciden nuestro destino, es el amor que damos a pesar de los tiempos adversos y sobreponernos a las dificultades lo que verdaderamente importa, es dejarse la piel por nuestros ideales y  seres amados así en ocasiones fallemos, lo que verdaderamente le da sentido a la vida, así  como aprovechar cada segundo cada momento bueno como malo con toda la intensidad es definitivo porque como dice el gran Enrique Bunbury: “Un momento se va y no vuelva a pasar”.

En este momento veo a mi sobrina,  sus ojos de recién nacida y me pregunto qué le deparará el futuro y su vida. Mi compromiso con ella para este 2018 (y quizá el resto de los años) es tratar de ser un mejor ser humano más tolerante, más compasivo, sin odios y envidias, para dejarle un mejor mundo. A todos quienes me leen y me han dado el privilegio de su amistad tanto real como virtual les mando un abrazo gigante y que este año se cumplan todos sus deseos.


¡Feliz 2018!


sábado, 30 de diciembre de 2017

Mi top 10 de libros leídos en el 2017

Este año tuve el privilegio de leer 33 libros. Algunos buenos, otros excelentes y otros inolvidables (por fortuna ninguno malo, la vida es muy corta y hay millones por leer para malgastar el tiempo). Este es mi top diez de libros. ¿Cuáles fueron sus favoritos este año?



10. Kingdom come de Mark Waid y Alex Ross

Este comic publicado en 1996 se adelanta al pensamiento que ya hemos visto tratado en las películas de superhéroes actuales. ¿Quién vigila los vigilantes? ¿Quién puede mantener a raya a seres tan poderosos como los dioses?  Por primera vez vi un Superman atormentado con tendencias oscuras  y totalitaristas quien a pesar de ello no pierde su esencia. Los dibujos de Alex Ross son poesía pura. Una novela gráfica que no solo los seguidores de superhéroes sino todos deberían leer.





9. Hombres de armas de Terry Pratchett

Todos lo que conocen mis gustos lectores saben que Terry Pratchett es uno de mi autores favoritos no solo de fantasía, que es donde él está enmarcado sino de literatura como tal, es tal su manejo exquisito del lenguaje y la ironía. En esta nueva aventura vemos la conformación actual de la guardia de la noche de Ank-Morpork y la amenaza de una nueva arma que habría de cambiar la historia: El devolver.  Este libro  como toda la obra de Pratchett no solo es un trhiller sino una mirada aguda y ácida del mundo.






8. El bazar de los malos sueños de Stephen King

Debo confesar que a pesar de ser un seguidor del Maestro del Terror Stephen King me parece que sus mejores obras son las que escribió durante el  siglo XX, los últimos años a pesar de tener libros muy buenos (Duma Key, Doctor Sueño, 22/11/63) no deslumbra tanto  como lo hizo en el pasado, debo reconocer que este libro ha demostrado lo equivocado que estaba y que el mejor King sigue estando allí dispuesto a cerrar bocas.  Esta antología demuestra que el estadounidense  no solo domina el terror sino cualquier género que se proponga y lo hace de manera contundente como solo los buenos maestros lo saben hacer,





7. Dune de Frank Herbert

Es uno de los clásicos de la ciencia ficción de todos los tiempos y no hay duda de la razón. El inicio de la saga de Muadib donde hay gusanos de arena gigantes, pueblos nómadas y conspiraciones galácticas  es magnética.  Herbert construyo un gran universo en este libro  que sin duda ha influido en los libros posteriores de ciencia ficción en un libro, que aunque bien, puede ser conclusivo vas a querer leer el resto de libros como nomada del desierto en busca de agua.





6. El nombre del viento de Patrick Rothfuss

Todo lo que se ha dicho de esta novela de fantasía épica es cierto. Esta historia está al nivel de los grandes clásicos del género  del género. Había escuchado mucho hablar de la saga del Asesino de reyes pero lo que encontré en este libro de Patrick Rothfuss superó todas mis expectativas. La historia de Kvothe lo tiene todos: Hechiceros, bardos, dragones, asesinos, todo contado de una manera muy amena y adictiva A pesar de sus más de mil páginas la historia se pasa como un suspiro y nos deja ansiosos de más de Kvothe y compañía y eso ya es suficiente halago.



5. Las partículas elementales de Michel Houellebeq
Dos hermanos, dos maneras opuestas de ver la vida. Mientras. Michel es científico, asexual y desapasionado, Bruno es un adicto al sexo y a los placeres carnales .  El lanzamiento de este libro de Michel Houellebeqc en 1998 fue motivo de escándalo por su carga sexual explícita y si fue escándalo en Francia ya se imaginarán el resto del mundo. Del libro me quedo con su primera parte, donde explica la historia de los dos hermanos y las repercusiones de tener una  madre hippie y su crianza con cada una de sus familias (son medios hermanos) y si bien las otras partes son buenas, decae un poco en el ritmo. Donde el libro hubiera tenido la misma potencia del principio sin duda estaría mucho más arriba en este listado.

Del libro solo quedo con dos interrogantes: ¿Por qué el autor cree que los 40 años es el declive del ser humano? Pinta a sus protagonistas como si tuvieran 90 años. no es que  lo diga porque yo mismo esté más cerca de esa edad y me sienta como un lulo sino por genuina curiosidad y lo segundo….¿qué carajos estaba pensando Anagrama con esa portada? No tiene que ver ni con la historia, ni los protagonistas, ni con  la madre que los parió ni con nada, es un horror completo.




4. Cuentos imprescindibles de Chéjov

Nunca había tenido el placer de leer a Anton Chéjov a pesar de haber oído mucho de él. Leerlo es una experiencia única, sus cuentos que a simple vista son sencillos a más no poder esconden una sutileza y una belleza única. Cualquier cosa que pueda decir sobre este libro se queda corto ante la genialidad de este autor ruso. Lo mejor es que se sumerjan cuanto antes en sus maravillosos relatos.






3. Tiempo muerto de Margarita García Robayo
¿Qué pasa con el ‘amor después del amor’ como diría Fito? ¿Cuál es la realidad años después del ‘vivieron felices y comieron perdices’? Margarita García Robayo nos regala un gran libro que intenta responder de manera cruda y descarnada estas interrogantes. Pablo y Lucía son un par de inmigrantes que viven en Estados Unidos y tienen un par de hijos pequeños después de varios años de matrimonio. En apariencia lo tienen todo para ser felices pero esta maravillosa novela nos muestra que no hay verdades absolutas.

La novela no toma partido pero nos muestra de una manera brutal una relación de pareja al desnudo. Él, sin carácter, sumiso, infiel; ella, cruel, fría, ‘una malparida’ (en palabras de su cuñada) y de fondo los hijos, el amor que se acaba, la soledad que llega. Una novela maravillosa de una de las grandes revelaciones de la literatura colombiana actual que no pueden dejar de leer.



2. Cumbres borrascosas de Emily Brönte
Debo confesar que esperaba leer algo semejante a esas novelas de esa época  donde el único objetivo de la vida de sus protagonistas es casarse cuanto antes pero  la señorita Emily Brönte me ha callado la boca de manera categórica. Esta novela no habla de las bondades del amor sino todo lo contrario. La historia de Heathcliff, Katherine y Edgar Linton abarca el lado oscuro del amor: El orgullo, la soberbia y la venganza como motor de vida. Heathcliff no es un antihéroe, ni siquiera es un villano, es un pobre desgraciado consumido por el dolor y la amargura quien en sus ansias de venganza quiere destruir el mundo que le impidió ser feliz incluso si destruye la vida de quienes lo rodean en especial la suya. Esta novela es uno de los grandes clásicos de la literatura universal y con toda la razón, les garantizo que si comienzan a leerla no van a querer parar hasta terminar.


1. La perra de Pilar Quintana
Sin duda alguna el mejor libro que me leí este año. Pilar Quintana ha escrito un (pequeño) gran libro que estoy seguro que muy pronto  se convertirá en un clásico de la literatura colombiana. En esta historia seguimos la vida de Damaris, una mujer del Pacífico incapaz de tener hijos junto a su esposo Rogelio que adoptará a la perra que le da nombre al libro en quien depositará todos sus deseos y frustraciones…

 Es un libro duro y sin concesiones que no solamente habla de la maternidad, sino sobre la soledad, el amor, la muerte,  lo que es ser mujer en un entorno agreste porque el mar es otro de los protagonistas: Un dios terrible, cruel y asesino  que siempre está presente, Pilar estuvo viviendo varios años de su vida en este ambiente y se nota pues la narrativa es tan potente que las páginas nos sumergen en estos maravillosos y terribles parajes.   Es una novela cruel, sin misericordia por sus personajes, con un lenguaje hermoso dentro de su aparente sencillez y lo conciso de sus descripciones, pero al mismo tiempo magistralmente escrita y de una dulzura impresionante, como la vida misma.


Recomendada a ojo cerrado. El mejor regalo que pueden darse estas fechas es leerse este libro. De nada.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Navidades en Cali

Todas las  mañanas de navidad eran soleadas, o por lo menos así me gusta recordarlas. Después de tantos años la nostalgia tiñe ciertos días de la manera  en que las idealizamos, era así como me gusta imaginar los viernes santos con una fugaz lluvia que comenzaba a las tres de la tarde hora en que moría Jesuscristo en la cruz y los 31 de octubre mientras corría disfrazado de apartamento en apartamento por los bloques de mi unidad pidiendo dulces junto a mis amigos de la época, la noche era mística y mágica y cualquier vampiro podría estar acechando a la vuelta de la esquina.

La navidad, sin embargo no empezaba el 24 de diciembre sino quince días antes cuando armábamos el pesebre en casa. Era español con figuras gigantescas donde nunca pude diferenciar a San José del pastor (Los reyes magos estaban vestidos de oro por lo que estaban fuera de discusión). Recuerdo que siempre usábamos un desgastado papel verde para sembrar el suelo en Belén pero después empezábamos a crear de manera aleatoria ríos (papel azul), establos (aserrín) lleno de vacas y toros y caminos, a veces en pleno medio oriente se colaba un GI JOE o un Caballero del Zodíaco para guiar a los reyes magos o librarlos de los ojos atentos y maléficos de Herodes que buscaban impedir el feliz desenlace de su largo viaje. Nunca hicimos árbol, pues ostías como descendientes de españoles el pesebre era más que suficiente ¡joder!

En esos tiempos no había ni celulares, internet o tabletas y los niños de la unidad íbamos desbandados como reses que se habían escapado del matadero. Eran vacaciones y jugábamos desde el inicio del día hasta que nuestras mamás prácticamente nos metían a pescozones a la casa; sin embargo lo que más esperábamos eran las novenas. Las hacíamos comunales por plazoletas y ser elegidos para leer era un gran honor, en el gran momento de leer la oración a la Virgen María o la jornada del día toda la energía imparable y juvenil desaparecía dando paso a un hilillo de voz que tartamudeaba durante cada palabra hasta terminar de leer como buenamente se pudiera o como diríamos en Cali a la guachipanda. Los no seleccionados armaban el jolgorio y ruido al cantar los villancicos o golpear las panderetas y silbar durante los gozos, al final seleccionados y no seleccionados comíamos las delicias de esa temporada: Buñuelos, natilla, hojaldras, manjarblanco, arroz con leche, entre otros.  

A veces nos tocaba a mi hermana y a mí ir a rezar la novena donde los abuelos. Era terrible, pues iban solo las ancianas que olían raro a cantar villancicos que en sus decrépitas voces parecían letanías funerarias, además de llenarnos de besos babosos y pellizcos en la mejilla. Suerte que nos fugábamos a la cocina donde nos esperaba con una sonrisa nuestra amada Nana quien nos tenía listos su mayor especialidad, unas hojaldras crocantes y deliciosas, un pedazo de cielo, que nunca más he vuelto a probar pues nunca compartió su secreto con nadie.

María Antonia Ruíz, la Nana, había llegado hace cincuenta y un años a casa de mis abuelos. Venía por unos días a ayudar en el embarazo de mi tía pero se quedó para siempre después que nació mi primo. Negra y gorda siempre estuvo para amar y consentir a toda una generación de primos a mi hermana y a mí. Cuando ya estuvo muy vieja para seguir trabajando mi tía se la llevo con ella como una más de la familia y fue atendida como una reina hasta una madrugada en que su corazón no aguantó más y se detuvo, muriendo de la manera dulce, relajada y pacífica con la que siempre vivió.
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Sin embargo antes de las novenas estaba el día de las velitas. Comprábamos una bolsa con diez velas y las prendíamos en la plazoleta cada una se suponía era un faro para guiar a la sagrada familia a través de las sombras. Ahora que lo recuerdo era bonita ver la plazoleta completamente iluminada de velas, parecía una versión en miniatura de esas imágenes que toman los satélites de la tierra cuando está iluminada. En ese tiempo la pólvora no estaba prohibida y los niños jugábamos con las chispitas mariposas (habían otras, las toreros de menor rating) y los más osados prendían volcanes, diablitos o totes, mientras que los adultos se reunían para tomar y celebrar hasta altas horas de la madrugada. También por esas fechas era tradicional salir en familia por  las calles de la ciudad, contagiarse del ambiente navideño, disfrutar del alumbrado y admirar las miles de luces de una ciudad parecía nunca descansar en esa temporada, ser uno con la fecha. Sonreír


Cuando llegué a la adolescencia acompañaba a mi papá a comprar mi regalo de navidad, íbamos hasta San Andresito donde por esas fechas (ayer como hoy) corrían ríos de personas infestadas del espíritu navideño y consumista de la época. Nos tocaba aguantarnos trancones horribles, gente malhumorada y vendedores que trataban de tumbarnos pero el viejo siempre esperaba hasta que comprara lo que yo quisiera. Antes de eso nunca supe cómo conseguía los regalos que le pedía cuando niño, asumo que debía ser tan insistente e insoportable como un niño corriente y al final siempre obtenía lo que mis dictados de cruel emperadorcillo le pedía. No me imagino a mi papá, que odiaba la tecnología,  metido en el maremagnun San Andresito buscando en las tiendas más recónditas aparatos más raros que el hielo para José Aureliano Buendía como Nintendos o tamagotchi para satisfacer a su primogénito. Siempre es al final, cuando ya es demasiado tarde, que comprendemos los sacrificios que hicieron nuestros padres para hacernos felices.


El diecisiete de agosto de 2014 estaba en Cali visitando a mi padre en vísperas de su cumpleaños (que era el veinte de ese mes), al día siguiente debía devolverme para Bogotá. Ese fin de semana, él había estado un poco indispuesto del estómago y habíamos ido al hospital para tomar algunos exámenes. Ese día mi mamá fue a visitarlo a hacerle una sopa y habló con mi hermana por Skype, por la noche fui a donde mi mamá, que vivía a una cuadra de su casa a visitarla, al volver lo encontré tirado en el suelo. Desde el primer momento que lo vi, mucho antes de encender las luces y verlo con los ojos abiertos mirando a ninguna parte y a pesar de los patéticos intentos de primeros auxilios y susurros primeros y luego gritos de desesperación supe que mi papá, Carlos Fernández Bonilla, Calicho para los amigos, había muerto de la forma que siempre quiso, rápida, indolora y sin sufrimiento, más allá de unos cuantos segundos.

El día de navidad empezaba temprano, recuerdo que ‘Puntilla’ llegaba a primera hora de la mañana. Era un cocinero extraordinario pero alcohólico, tanto así que solo aceptaba como pago no sólo  alcohol a pesar de que han pasado casi veinticinco años me parece recordarlo como si fuera ayer en el lavadero de la casa preparando su famoso pollo relleno. A veces nos mandaba a  mi papá y a mí a la galería ( o plaza de mercado como la llaman los rolos) por suministros que le faltaban. Era feliz acompañando a mi papá ese día. Saludaba a cada vendedor como si fuera un amigo de mucho tiempo, les hablaba de sus hijos y de tiempos pasados y ellos le respondían con el mismo cariño. Pienso en Carullas  y nuevas tiendas eficientes pero igual de frías y pienso que a pesar de todos los avances se ha perdido el factor humano, esa calidez que solo se siente con una persona de carne y hueso en vez de una fría caja. Obviamente el pobre ‘Puntilla’ murió algunos años después de cirrosis. Pero murió en su ley.

Éramos unos nómadas de la navidad. Nunca la celebramos en casa, íbamos a casa de mi tía o su cuñada o donde los vecinos. No éramos desde luego gorrones pues siempre llevábamos las delicias de Puntilla, y la alegría que impregnaba mi papá hacía olvidar cualquier desavenencia. Nunca nos entregábamos los regalos a la medianoche, mi papá tenía la costumbre de que el Niño Dios nos daba los regalos al día siguiente  debíamos dejar los zapatos viejos en la sala para que el Niño Dios nos visitará esa madrugada. Al día siguiente nos visitaba nos dejaba Barbies o Nintendos  o lo que yo pidiera. Los amaneceres del 25 de diciembre tenían tanta magia como no los he sentido de nuevo en  mi vida.

Desde luego la navidad no acaba allí. Faltaba la fiesta de año nuevo donde mi mamá era reina. Llenaba la casa de incienso mientras nos obligaba a bañarnos con infusiones de aguas extrañas y nos ponía ropa interior amarilla, a comer 12 uvas rojas a la medianoche, a besar a esa hora a alguien del sexo opuesto o salir corriendo para dar la vuelta a la manzana con una maleta para tener un años venturoso y lleno de viajes y nuevas aventuras. Seguíamos siendo peregrinos e íbamos a casa de nuestros grandes amigos la familia Muriel aunque a veces eran ellos quienes venían a visitarnos para  compartir este día especial.

El 4 de febrero de este año  mi mamá murió en mis brazos, podrida por el cáncer, después de una lucha visceral contra esa enfermedad de mierda durante diez años. La noche de su muerte le sostuve su mano derecha mientras mi hermana lo hacía del derecho. Se fue mientras creía ver algo maravilloso más allá de lo que mi hermana, cuñado o yo pudiéramos ver. No ha pasado un día en mi vida en que no extrañe verla u oír su voz tan solo una vez más.

Ahora, las navidades que viví han desaparecido para siempre. La casa en la que crecí ya no existe y sus habitantes se han ido para no volver. Soy un extranjero de la ciudad en que nací y las únicas raíces que aún perduran son los recuerdos de esas personas y sus sonrisas.


Los fantasmas de las navidades pasadas no son espectros como lo proclamaba Dickens, son los recuerdos de la nostalgia que nos acechan rememorando un pasado mejor y más inocente.  Pero quedarnos en el pasado o sirve de nada. La vida siempre avanza y nuevas vidas nos darán vidas para continuar soñando. Somos nómadas de la vida y del amor que damos y recibimos, nuestra impronta es lo que damos y nuestro legado son nuestras acciones. Soy afortunado por mi pasado, presente y lo que vendrá más allá, soy afortunado por el amor que he recibido por parte de quienes no están  ahora y que alumbra como un faro que me acompañará hasta el final de mis días y el que espero transmitir a las futuras generaciones.







domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Por qué Star Wars The last Jedi es una decepción?

 (ATENCIÓN: RESEÑA REPLETA DE SPOILERS, VER LA PELÍCULA ANTES DE LEERLA, SI NO QUE LA FUERZA LOS ACOMPAÑE)

Apenas comienza la película cuando La Primera Orden va a atacar la base rebelde, Poe Damerón llama al General  Hux y empieza a burlarse de él de una manera que intenta ser graciosa pero  termina siendo lamentable y paródica. Esa escena representa lo que intenta ser la última película de la saga de Star Wars un inmenso quiero pero no puedo.

Siempre me ha gustado el Universo  de Star Wars. La primera (es decir la IV) me parece que presenta un universo maravilloso con unos personajes que desbordan carisma y que quieran que uno se vaya a vivir a una ‘Galaxia muy muy lejana’, El imperio contraataca es oscura y magnética siendo quizá la mejor de toda la serie. El retorno del Jedi empieza a perder la fuerza de sus predecesoras infantilizando la trama y metiendo personajes ridículos como los Ewoks (¿unos ositos cariñositos derrotando al gran Imperio?) sin embargo aparecen personajes como el Emperador Palpatine y cierra con broche de oro la trilogía inicial.

La segunda trilogía, la primera  en orden cronológico fue un desastre, es cierto, pero un desastre con alma. Pero corrijo, para mí, la tercera parte, La venganza de los Sith es una muy buena película y es una lástima que las otras no hayan tenido el mismo tono. Se ha dicho mucho que la nueva continuación, El despertar de la fuerza es una copia descarada de Una nueva esperanza y debo reconocer que a pesar de tener mucho en común con ella, no llegaría al extremo de llamarla copia y me parece que sigue teniendo mucho de la magia de las películas pasadas. No pasa lo mismo con esta entrega.

Digamos que uno de sus principales fallos son las tramas extendidas sin sentido. Toda la aventura de Finn y Rose en el casino es una perdedera de tiempo que no solamente no llevan a ninguna parte sino que le restan ritmo a toda la película. La parte de la persecución de la Primera Orden, a los rebeldes ocupa casi toda la película donde aparecen personajes sin fuerza como la misma Rose o  la líder de pelo morado en metraje que podría dedicarse a la relación Luke y Rey o de Snoke con Kylo Ren.

Hablando de Snoke lo que han hecho con este personaje es una CAGADA (así, en mayúsculas) completa. Nos presentan a un personaje muy poderoso, capaz de acabar con la república, corromper a Ben Solo, uno de los personajes más fuertes del universo, tener mayor dominio de la fuerza que Rey, la niña prodigio, y muere de la manera más humillante de todas. ¿No era capaz de leer las mentes? ¿No había dominado ya a Kylo Ren? A diferencia de Palpatine quien aparecía por primera vez en El retorno del jedi y tenía casi el mismo tiempo de pantalla, la presencia de este Supremo Líder deja solo preguntas y un sabor más amargo que dulce.

Es obvio lo que pretende hacer Disney para seguir chupando de la teta de Star Wars a largo plazo: Pasar la antorcha de los viejos héroes a una nueva generación conformada por Poe, Rey, Finn y Kylo Ren y siento que la jugada no les ha salido bien. Poe nunca podría ser ese mercenario cabrón pero con corazón de oro que era Han Solo, Rey intenta ser Luke y confieso que su personaje me gusta pero lo de Kylo no hay por dónde cogerlo. Aspiran equipararlo con Darth Vader y el personaje no le llega a los talones. Donde había un ser lleno de dolor y odio, misterioso y de pocas palabras han traído a un niño berrinchudo, pataletudo y gritón del qué nunca se saben sus motivaciones. Esta es la hora en qué no tengo idea por qué se pasó al lado oscuro o qué es lo que en verdad quiere.

 Los defensores de esta cinta afirman que la película es novedosa y llena de giros argumentales mientras que El despertar de la fuerza  era solo una copia de Una nueva esperanza y no es así. Esta película es un batiburrillo de la primera trilogía. Luke volviéndose uno con la fuerza es lo mismo que hizo Obi Wan Kenobi, la batalla final es similar a Hoth, Rey entregándose es idéntico a lo que hace Luke con Darth Vader, la persecución de los malos a los rebeldes es similar a lo que pasa en El imperio contraataca, el papel de Benicio del Toro es el mismo que el de Lando Calrisian y la parte de Snooke y su muerte con Kylo es copiado de la muerte de Palpatine por Vader…y podría seguir.


Podría hablar de cosas ridículas como Leía volando como Superman o Luke ordeñando un bicho raro pero prefiero no alargar más. La siguiente película ya no tendrá a ninguno de los personajes clásicos ya fuera porque los mataron en películas previas o porque murieron en la vida real y el peso de la trama lo tienen ahora los nuevos personajes quienes por desgracia no tienen el carisma suficiente de sus predecesores y para mí es suficiente para bajarme de este nuevo tren de Star Wars. Mucho me temo que a esta película la fuerza no la acompañó y el futuro se ve oscuro para esta mítica saga. ¿Podrá ser salvada?





martes, 28 de noviembre de 2017

Libros vs películas, hagan sus apuestas

Esta foto fue tomada en el aeropuerto José María Cordova  de Ríonegro donde Tigo busca dar a conocer su nuevo plan integrado de televisión, su estrategia para promocionarla consiste en mostrar una supuesta superioridad de las películas y series sobre los libros.

Pero, ¿lo es? Pensar en una batalla entre ambos es estúpido. Ambas artes nos han dado historias maravillosas que nos permiten soñar y buscar nuevos mundos poniéndonos en la piel de seres de otras épocas, otros universos que hacemos nuestras por unas horas. Sin embargo, personalmente siempre preferiré los libros a las películas, acá mis razones:

1.)          La imaginación al poder: Un libro no tiene presupuesto como una película y sus ‘efectos especiales’ son tan grandes como la mente del lector. Mientras que, por ejemplo, una batalla en el medio audiovisual dispone de extras o CGI limitado, en un libro los ejércitos pueden ser tan grandes como queramos. Mejor aun, cuando conocemos por primera vez a un personaje podemos ponerle la cara y la voz que queramos, podría ser un batiburrillo de gente que hayamos conocido en la vida y que de una u otra manera nos haya marcado en vez de ser una cara conocida de Hollywood.

2.)          Una conversación directa: En las películas hay muchas personas involucradas antes del producto final, no solamente está el director, sino el productor que moldea el film en pos de beneficios, los directores de los estudios, el editor que puede meter tijera al metraje y creo que la lista me queda corta. En los libros, por otra parte, está solamente el escritor y tal vez al editor, quien sirve más como una guía que otra cosa, esto puede resultar  una conversación más sincera y directa con el lector donde podemos conocer el pensamiento sin censura de los escritores.

3.)          El pasado en presente: El cine empezó su camino en 1895, la televisión no tiene ni un siglo y plataformas digitales como Netflix ni se diga, en cambio los libros son casi tan antiguos como la humanidad, desde los papiros del antiguo Egipto, hasta los ebooks tenemos material escrito de todo el mundo. Tenemos acceso de primera mano a la guerra de Troya, las conquistas de Roma, novelas sobre la esclavitud e historias de amor de hace varios siglos contadas  por personas que vivieron durante esas épocas. Si bien para hacer las películas se consultan a historiadores y en muchos casos se hace investigaciones completas nunca será lo mismo. Leer es conversar con fantasmas del pasado.

4.)        Los sonidos del silencio: Leer es desconectarse, alejarse del mundo y la tecnología. Para ver una película estamos obligados a ir al cine o prender un aparato tecnológico, en cambio podemos leer en un parque, en un bosque, en nuestro paisaje favorito, podemos leer sin incomodar a nadie. Es un acto silencioso alejado del ruido y las incomodidades y no depende de si llegamos a tiempo para comprar las boletas (haciendo interminables filas) o si el internet está funcionando bien, tan solo estamos el libro y nosotros.

5.)          Un acto personal: Leer un libro es un ritual especial. Necesitamos crear el ambiente ideal, abrir sus páginas y sumergirnos. Los cinéfilos podrán decir que ellos experimentan lo mismo al estar en una sala a oscuras esperando a que la pantalla se apague y comience la película. Sin embargo, por lo general vamos a cine con otras personas en cambio leer es un acto individual donde nos confrontamos con nosotros mismos es un espacio único e irrepetible. Además la magia de tocar su lomo por primera vez, rozar sus páginas, subrayar un fragmento que habrá de cambiarnos la vida para siempre es algo que no tiene comparación.

Como dije anteriormente ambas artes son maravillosas pero al estar volando en un aparato a miles de metros de altura prefiero estar sumergido en las letras de Borges, King, George Martin o Rowling que en la última película de Harold Trompetero o Michael Bay.


¿Y ustedes qué prefieren? ¿Libros o películas?