viernes, 21 de septiembre de 2018

El olvido que somos - 21 de septiembre

Nunca conocí a mi abuelo. Murió cuando yo tenía dieciocho años pero aun así no conservo un recuerdo nítido suyo. No tenía alzheimer pero al final de sus días tenía una especie de demencia senil que hizo que prácticamente olvidara a sus seres queridos. No recuerdo haber tenido una charla larga con él y es una pena porque mis papás y mis tíos (en especial mi tía que era su consentida) me hablan de un hombre dedicado e inteligente, que ayudó a la crianza de sus hermanos menores, un hombre sensible que gustaba de la poesía y brillante con las letras (a punta de cartas de amor conquistó el corazón duro como diamante de mi abuela)  y cuyo nombre comparto. TuLio.

Pienso en él porque hoy 21 de septiembre se celebra (¿se conmemora?)  El Día Internacional del Alzheimer donde en varios países se realizan varias actividades para concienciar y ayudar a prevenir este mal. Cada año este día tiene un slogan diferente el de éste es ‘Alzheimer ConCiencia social’ pero sin duda me quedó con el del año pasado, ‘Sigo siendo yo’, un grito de rebeldía ante un mal que no se detendrá hasta tomar tu vida.

Mi papá siempre tuvo miedo de esta enfermedad al punto de volverse un poco hipocondríaco con el tema. Se olvidaba dónde había dejado las llaves, El Alzheimer; no pagó una cuenta pendiente, El Alzheimer; no recordaba llamar a mi hermana a saludarla….bueno, ya me entienden. No lo culpo, comparto su miedo, para mí una de las formas más tristes de abandonar este mundo es olvidándolo todo, tiñendo el universo de vacío.

¿Quiénes somos? ¿Acaso nuestras vivencias? ¿A quienes hemos amado? ¿Los viajes qué hemos hecho? ¿Nuestra inteligencia? ¿El trabajo? ¿Los lugares que hemos frecuentado?  El Alzheimer nos despoja de eso, como un dios sordo e inclemente nos deja a solas con nosotros mismos, la lucha diaria contra nuestro cerebro que como una bestia devora los recuerdos dejando pequeños jirones que quedan para los sobrevivientes: El reconocimiento de un rostro familiar que se asoma como un tímido haz de luz  en medio de la bruma del olvido, días buenos que cada vez serán menos, la pelea constante por seguir siendo…

Aparte de mi abuelo sólo he conocido un caso (aunque no fue cercano). La abuela de la amiga de una amiga lo tenía. Una vez la vi, jugábamos cartas, ella ganaba y lucía radiante reflejando luces del pasado. Cada vez olvidaba las reglas del juego y tenían que explicárselas, no estoy seguro pero creo que olvidaba cada vez más a su nieta, eso paso quizá hace cuatro o cinco y es probable que haya muerto a consecuencia de ello, pero me gusta recordarla en esa única ocasión que la vi: Sonriente, rodeada de su nieta e hija, a pesar de ser y no ser, había un ‘algo’ que la hacía sentir que pertenecía a ese sitio, un instinto más fuerte, que el olvido, que la mismísima muerte.

Gabriel García Márquez dice que la vida no es como uno la vivió sino como uno la recuerda, pero el olvido siempre llega tarde o temprano, así no tengamos Alzheimer, personas, lugares y personas se van difuminando, pareciendo incluso que estos no nos pertenecieron jamás  y que son ajenas como si hubieran sido otros quienes la vivieron. Lo que permanece con nosotros son nuestras acciones, el amor que dimos y quizá sea nuestro único legado en el mundo,

A todas las víctimas del Alzheimer,  sus familias y seres queridos tan solo les puedo dar estas palabras, mis sentimientos de fuerza y amor y esta hermosa canción del Cuarteto de Nos, cuyo compositor Roberto Musso creó en honor a su madre y abuela quienes cayeron ante este maldito mal.


21 de septiembre (Cuarteto de Nos)

 Tu mirada transparente atravesándonos
Tan ausente y tan distante
Brillando de tristeza y de inseguridad
Resplandeciente de temor y soledad
Dudando quien está en tu piel

Ahí estas
Presa de este maldito mal
Que apago la luz de tu ser
Que arrasó con tus recuerdos que nunca van a volver
Y la vida te vuelve a emboscar
En septiembre una vez más
Buscando sin saberlo primavera oscura y paz

Tu memoria ya no tiene tiempo ni lugar
Son tus gestos y tus marcas
Se esfumo y es incapaz de perfumar
Tus 21 gramos de alma
Que en algún lado aún están

Y pensar
Que algunos años atrás
Decías con convicción
Que el olvido era una forma de venganza y de perdón
Que el olvido es libertad
Y afirmando esta contradicción
Te fuiste tan de a poco que nunca dijiste adiós

Y aunque se que mi nombre
Ya no pronunciarás
No duele oírte contar
Como fue tu primer beso
Y en medio de esta guerra
De rabia y desconcierto
Te vas perdiendo
Te vas perdiendo

Ahí estás
Presa de este maldito mal
Que apago la luz de tu ser
Que arrasó con tus recuerdos que nunca van a volver
Y la vida te vuelve a emboscar
En septiembre una vez más
Buscando sin saberlo primavera oscura y paz
Y algunos años atrás
Decías con convicción
Que el olvido era una forma de venganza y de perdón
Que el olvido es libertad
Y afirmando esta contradicción
Te fuiste tan de a poco que nunca dijiste adiós
Termina otro 21 de septiembre
Adiós




sábado, 30 de junio de 2018

Diez años sin Camilo

Hoy hace exactamente diez años mi querido amigo, mi hermano, Camilo Reyes murió en un accidente automovilístico. La noticia me sorprendió regresando a Bogotá después de una visita a Cali. En esa época, abrumado por deudas y pocos recursos económicos, iba de una ciudad a otra en bus y llegué reventado después de un viaje de doce horas por lo que unido al dolor de la pérdida me toco devolverme al día siguiente también en bus a Cali a encontrarme con una de las citas más tristes que he tenido en mi vida.

Soy ateo pero la ceremonia cristiana que le hicieron a mi amigo fue hermosa. Di un discurso del que no recuerdo gran cosa por el dolor. Al acercarme al ataúd y ver su cuerpo no podía creer que ese fuera ese ser que tanto quise al que conocía desde los tres años, mi consejero y con quien nos sorprendía madrugadas hablando sobre los sueños y el futuro.

Para ser una persona que no cree en nada con él me paso algo muy extraño que quizá sea una revelación del más allá. Tuve un sueño. Lo veía pero no como una presencia física, estaba desnudo pero envuelto como en una luz  brillante, yo le preguntaba si veía a dios, si existía y él solo sonreía y me decía, Yo no lo veo, lo siento, siempre me he preguntado si ese sueño fue fruto de mi inconsciente desesperado por verlo de nuevo o un mensaje de mi amigo desde la otra vida.

No ha sido la única vez que se ha manifestado aunque sí conmigo. Piedad y Diego sus papás y su hermano Sergio cada cierto tiempo me cuentan que de una u otra forma se les ha hecho presente. Ya sea con su canción favorita que suena de un momento a otro en un centro comercial o en la radio durante momentos difíciles o una flamante mariposa que aparece salida de quién sabe dónde y que ellos habían establecido como el animal que lo representa y más de una vez también han soñado con él. No sé si exista el más allá o no pero es bonito pensar que los muertos nunca se han ido del todo y siguen cuidándonos con el mismo amor que nos tenían cuando estábamos vivos.

Diez años, se escribe más fácil de lo que se vive. Ha corrido mucha agua debajo del puente como se dice por ahí: Murieron mis padres y mi perrito pero también nació mi hermosa sobrina. Yo tampoco soy el mismo, he cambiado, madurado, aunque la esencia siga siendo la misma, es la vida misma la que nos encarga de moldearnos, de enfrentarnos a pruebas difíciles donde a veces pensamos que no queremos seguir pero hacemos de tripas corazón y seguimos recorriendo la senda del caminante hasta que nuestro sendero haya terminado también.

El dolor nunca se va, como el dolor fantasma que sufren los amputados donde siguen sintiendo que sus extremidades perdidas siguen estando presentes. Debo hacer una confesión, no recordaba que hoy se cumplía este día, pero tanto ayer como hoy tenía una enorme tristeza inexplicable que entendí cuando caí en cuenta de la fecha.

Muchas veces no dejo de preguntarme qué sería de él si siguiera vivo. Sería un magnífico médico (lo que es la vida, mi otro gran amigo, Cm Muriel también optó por esa carrera de servicio a la humanidad), se habría unido a Médicos sin fronteras como era su sueño y habría tenido esa hermosa niña con la que siempre soñó. Pero pensar en ello no sirve de nada, son solo sueños de un futuro que nunca fue y sólo lástima y duele. Prefiero pensar en el hombre que fue, en su nobleza, inteligencia y sentido común, en su alegría, su amistad y lealtad, en el amor que dejó en quienes tuvimos la fortuna de  en la huella que dejó en todos los que amamos, a fin de cuentas todos iremos a lo desconocido y eso más allá de la plata, la fama y los placeres mundanos es lo único que dejaremos en este mundo.

Pienso en los seres que he perdido los últimos años y sé que en el futuro también tendré nuevas pérdidas y llegará el momento en el que yo deba partir y espero dejar un recuerdo tan bonito como el que dejó Camilo. Pienso también en Verónica, en su vida que recién comienza y que también ella deberá enfrentarse a la pérdida de la gente que más ama, pero esa es la vida, porque lloramos solamente por lo que amamos, pero también en este paréntesis de la nada que es la vida, también compartimos tiempo con ellos, sonrisas, conversaciones y  momento inolvidables que ni siquiera la muerte es capaz de borrar y eso es lo que le da sentido a la vida, por lo que vale la pena vivir. Soy muy afortunado de haberme encontrado con Camilo en este universo y haber compartido los años compartidos así a veces parezcan tan cortos y se haga extrañar tanto.

Espero que estés en paz mi querido amigo. Te amo y te mando un abrazo donde sea que estés.







lunes, 25 de junio de 2018

Selección Colombia, 50 millones de gracias….


No se canta el himno nacional con mayor alegría y devoción que cuando se juega un partido de fútbol en un mundial. Es entonces cuando el país de manera conjunta cierra los ojos y canta, quienes están por fuera dejan caer una lágrima de añoranza mientras recuerdan esa tierra tan lejana que ya no les pertenece a ellos sino a su infancia o juventud, mientras que el resto del territorio se hace uno en un país de cincuenta millones de almas tan parecidas pero a la vez tan distintas.

Hace algunos meses estuve de vacaciones en el Perú y me sorprendió el orgullo nacional que existe en torno a su herencia indígena, en cómo a diferencia de acá no niegan la parte ‘india’ que los conforma sino que la aceptan y hace parte de su identidad como nación, lo mismo ocurre con los mexicanos y su orgullo siempre latente por su sangre azteca. Pienso en lo necesario que es que existan figuras en torno al cual construir un imaginario como nación y siento que en Colombia no hay una clara: García Márquez es un lugar común el cual la mayoría no ha leído, Antonio Nariño y los próceres son demasiado lejanos, y científicos como Rodolfo Llinás y Manuel Elkin Patarroyo si bien están despertando un renovado interés en las nuevas generaciones no representan al colombiano del común.

Pero pienso en el fútbol y creo que encuentro mi respuesta. No sólo en esta nueva generación que ha logrado milagros como el quinto lugar en Brasil y la resurrección en este Mundial sino en general. No hay colombiano que no piense en Willington Ortiz, Faustino Asprilla, Arnoldo Iguarán, El Pibe Valderrama, Freddy Rincón o René Higuita y no sonría. Esa es la magia del fútbol, hacer que un país más allá de sus diferencias políticas, religiosas, económicas o filosóficas se unan alrededor de once tipos en pantaloneta corriendo detrás de una pelota.

Muchos intelectuales, encabezados por el gran Jorge Luis Borges, desprecian el fútbol y lo consideran prácticamente una actividad digna de brutos, siendo incapaces de comprender la tristeza de regresar a casa después de que el equipo amado es eliminado o la euforia de la victoria, son incapaces de sentir como estos hombres no son simplemente ellos, sino la representación de los sueños y la pasión de la persona del común y su victoria es la de nosotros y su derrota duele al extremo de que personas incapaces de demostrar sus sentimientos lloran como niños pequeños abrazando una bandera.

Porque ya lo decía el gran Terry Pratchett, “Lo que pasa con el fútbol, lo verdaderamente importante del fútbol, es que no se trata solo de fútbol” y agregaría que se trata sobre la vida misma y que nuestra Selección Colombia nos representa a la perfección. Porque sus jugadores nos dan lecciones día a día: De avanzar sin importar ser hijos de la violencia como a Juan Guillermo Cuadrado quien a pesar de ver desde debajo de su cama como asesinaban a su papá es hoy una gran estrella de la Juventus; de aprovechar las segundas oportunidades de la vida como James Rodríguez suplente del Real Madrid de Zidane y ahora pilar del gran Bayern Munich, de la fe inquebrantable de Falcao García quien después de su terrible lesión que lo ausentó del Mundial pasado y ser sentenciado por muchos a ser un ‘ex jugador’  demuestra que vale la pena soñar y luchar por tus sueños, y podría seguir porque cada jugador es un universo aparte, una historia de superación y sacrificios para representar los colores del país.

A veces olvidamos que esto es un juego y que tal como ganamos hoy, perdemos mañana; que ningún jugador quiere equivocarse o perder el partido, que el equipo puede tener un mal día o un técnico se puede equivocar en la estrategia. Olvidamos que frente a la Selección se paran también once tipos que representan millones de sueños  del otro lado del mundo y que un grito de gol nuestro es un lamento para ellos y viceversa, y que al igual que los nuestros darán su alma para enorgullecer a su país.  Hoy celebramos la victoria sobre Polonia y esperamos volver a hacerlo el próximo jueves contra Senegal pero quiero de mi parte, y sin importar el resultado, decirles a cada uno de los integrantes del equipo lo profundamente orgullosos que estamos de ellos.

Albert Camus decía que la bandera de la patria es la camiseta de la selección nacional de fútbol y no puedo menos que estar de acuerdo con él. Cincuenta millones de gracias Selección Colombia y vamos por Senegal. #ConLaFeIntacta.     






miércoles, 20 de junio de 2018

La culpa no es solo del hincha


La culpa no es solo del hincha resentido que luego de la derrota frente a Japón buscó a un mujer de ese país para burlarse de ella en un vídeo; la culpa no es solamente de los hinchas que colaron de manera ilegal aguardiente en el estadio y luego hicieron otro vídeo muertos de la risa (qué tal el ingenio paisa, dice una de las voces) orgullosos de su proeza. Ellos son simplemente el reflejo de una sociedad putrefacta y dañada hasta la médula, en su espíritu y su alma.

La culpa no es solamente de Duque, Petro, Gerlein, Roy Barreras o Fajardo. Ni siquiera de Álvaro Uribe. Estamos enfermos desde pequeños y no nos damos cuenta. Vivimos intoxicados por una sociedad que vive por y para el odio, una cultura donde lo importante es conseguir o tener, donde lo que vale es imponer las ideas y ‘triunfar’ de la manera que sea, sin importar a qué costo, qué se deba hacer o por encima de quién se deba pasar. Hemos vuelto un triste mantra aquello de ‘Traiga la plata mijo, si no puede honradamente….traiga la plata mijo’

Vivimos convencidos de que solo los triunfadores tienen la razón y queremos a toda costa pertenecer al bando de ellos, los vencedores, los salvadores, los buenos. Queremos no solamente vencer al bando contrario sino humillarlo, aniquilarlo, por eso somos incapaces de perdonar y construir sino que preferimos destruir y hundirnos en un espiral de violencia y muerte, es por eso mismo que también somos malos perdedores, incapaces de aceptar que el otro es mejor que nosotros, porque seguramente si nos vence es porque hizo trampa, se dopó o se lo dio al jefe y por lo tanto merece nuestra burla y humillación.

Es ese patético sentimiento de superioridad el que hace que nos burlemos de quien no es igual que nosotros, incluso dentro del propio país generalizamos, entonces el costeño es perezoso, el pastuso  bruto, el paisa aprovechado, la pereirana puta y  el rolo hipócrita. Pero ay, de que alguien se meta con nuestra región o ciudad, saltamos indignados pidiendo un respeto que somos incapaces de ofrecer. También nos burlamos de los argentinos, gringos, bolivianos o peruanos pero cuando en algún programa extranjero hacen alusión a las drogas o a nuestros  criminales que se van al extranjero a delinquir, ponemos ojos de ternero degollado y con lágrimas en los ojos pedimos que no nos estigmaticen y que no todos los colombianos somos así, mientras  a la vez se sigue haciendo trampa y se busca sacar ventaja de la situación.

Porque la mentalidad del todo vale ha permeado por completo la sociedad desde el estrato más pobre hasta el más rico. Criticamos a los hinchas que entraron el trago de contrabando más que todo porque están ahora en la palestra ni siquiera pública sino mundial,  pero cuántas veces no hemos buscado hacerle el quiebre a la ley, sacar ventaja, cuánta gente no piensa en lo que decía ese repugnante y misógino senador de que ‘las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas’, y cuando logramos evadir la norma, así sea en una pendejada como no recoger la cagada de un perro, lo celebramos, nos creemos los mejores, los más astutos, los de la ‘malicia indígena’.

Y creo que nada le ha hecho más daño a la psiquis del país que la dichosa ‘malicia indígena’ que de indígena no tiene nada. La mentada premia la mentira, el engaño, la ilegalidad. En vez del trabajo duro, se alaba la pereza; en vez de la honestidad, se enaltece la mentira. Es el sumun que tiene su culmen en aquello del vivo vive del bobo y es esa mentalidad tramposa y mediocre y es algo que esté quien esté de presidente, nunca nos permitirá avanzar como país.

Mucho se ha hablado de la importancia de la educación para un cambio en la sociedad, y si bien es una de las claves para avanzar no dejo de preguntarme, ¿no fueron los Nule a las mejores universidades? ¿No lo hicieron los políticos corruptos que saquean al país? ¿Estos hinchas en en Rusia no fueron al colegio? ¿son ellos el reflejo de nuestro país por más que lo queramos negar? Debemos trabajar no solo en la educación sino en una sociedad donde los valores sean importantes, donde el ser humano sea empático y, perdonarán la redundancia, humano. Los japoneses nos derrotaron y en ningún momento se burlaron de nosotros, al contrario se quedaron después del partido recogiendo la basura del estadio porque eso es lo normal para ellos. Es por esa razón que ese país pasó de estar destrozado por la guerra a ser una potencia en poco menos de cincuenta años mientras que nosotros seguimos elegiendo gobernantes guiados por el miedo y el odio.

Pero creo que el cambio es posible y una buena señal es el rugido nacional condenado estos infames hechos en Rusia. Ningún mesías nos va a salvar. El cambio comienza por cada uno de nosotros y así y solo así quizá algún día tengamos futuro como país.





sábado, 12 de mayo de 2018

35 años- Un video

I.

En el video una mujer de top fucsia sonríe poniendo un par de velas a un pequeño pastelillo, a su lado hay un anciano de pelo (poco a decir verdad) desordenado susurrando en voz alta, mientras la mujer pijama azul marino intenta acallarlo en vano, también está el camarógrafo al cual por obvias razones no le vemos el  rostro. Están reunidos en una especie de conclave secreto, hablando en voz baja como si estuvieran conspirando. Intentan ser silenciosos pero son torpes al hacerlo. El pastelillo está listo, de manera sigilosa abren una puerta donde está un hombre dormido, la mujer de top fucsia protege las velas para que no se apaguen hasta que empiezan a cantar la consabida canción de las mañanitas del rey David despertando al sujeto en cuestión,  todos sonríen sabiéndose afortunados de tenerse.

La mujer de top fucsia es mi hermana, el anciano mi papá, la mujer de pijama azul marino mi mamá y el camarógrafo mi cuñado, el hombre desde luego soy yo. La escena ocurrió hace exactamente hace cinco años cuando la familia estuvo reunida en Orlando en casa de mi hermana en unas vacaciones inolvidables.

Fue recién en enero cuando visité a mi hermana y conocí a mi hermosa sobrina Verónica que vi por primera vez este vídeo. Fue la última vez que la familia estuvo tan unida desde la separación de mis padres y, quizá por es por esa razón,  atesoró ese día como uno de los días más felices de mi vida. Al año siguiente mi papá falleció de manera repentina de un ataque (a día de hoy no sabemos si fue por un paro cardíaco o porque se reventó una artería por su estómago –y sé que digo una burrada a nivel médico- u otra cosa) y cuatro años después mi madre fallecería después de luchar como la más valiente contra el cáncer de mierda que habría de llevársela.

Veo el vídeo una y otra vez. Para que la familia estuviera completa falta mi fiel amigo, mi perrito Gruñón quien también falleció en el 2016. No pasa un día en que no extrañe a mis padres, sus consejos, su amor, es cierto eso que dicen que no hay amor más sincero que el de los padres y daría mi vida entera por un día con ellos para decirles cuánto los amo y extraño pero la vida es un río que siempre avanza.

II.

En el amanecer de mis 35 años, mientras tomo pisco y fumo mirando la ventana de mi apartamento donde veo las estrellas, pienso. Muchos conocidos ya han encontrado el amor de su vida, otros tienen hijos, la mayoría de ellos ya tienen un rumbo fijo en su vida. Pienso en mi mejor amigo, Carlos Mauricio quien está casado con una maravillosa mujer a la que adora y que es sumamente feliz en su microcosmos en Cali.

¿Y yo? Podría decirse que llegó a la mitad de la vida (y eso en un país como Colombia es ser sumamente optimista) y a veces siento que vago sin brújula por la vida, no tengo mi destino tan claro. No estoy casado y no tengo un prospecto romántico, de hijos ni hablar, no he escrito una gran novela y a veces dudo muchísimo de que es lo que realmente anhelo en la vida, en ocasiones me preguntó si las cosas están realmente bien o si he fallado y recuerdo las palabras que me decía mi papá, ‘Somos arquitectos de nuestro destino’,  y el mío con todos sus aciertos y fallos es responsabilidad solamente mía.

III.

Hace poco, y con el impulso de mi gran amigo Esteban Cruz, viajé al Perú. No fue a Machu Picchu, el destino habitual, sino la ruta de San Cruz en Huaraz. Caminamos 53 kilómetros junto a él, una gran amiga recién conocida Diana Bonilla, y un grupo maravilloso de extranjeros venidos de Francia, Suiza y Bélgica.

En esa ruta, sin conexión a internet (la maldición de los Millenials) me hice uno con la naturaleza y el infinito. El camino no era fácil, subimos hasta 4.800 metros sobre el nivel del mar, atravesamos ríos, lugares inhóspitos, precipicios y ascensos, donde lo que valía más era la voluntad que lo que el cuerpo daba, fue allí que 1pude estar realmente a solas conmigo mismo.

¿Y quién soy realmente? ¿Un escritor? ¿Un ciudadano más? ¿Un  amante? ¿Un testigo de lo que pasa en el mundo?  Me hice la pregunta infinidad de veces mientras veía las estrellas en soledad y recorría parajes milenarios. Soy todos y ninguno. La vida es demasiado corta y no somos conscientes de ello sino solamente hasta antes del final. Siempre me ha asombrado la serenidad de los ancianos justo antes del final, lo vi con mi abuela (que espero haya encontrado la paz al fin del camino), me asombró la entereza de mi madre al partir y siendo tan infinitamente valiente en el momento de irse cuando se le dio la gana (que fue cuando yo llegué a visitarla a Orlando) y no cuando su cuerpo no daba más.

Y fue en ese momento, en medio de la oscuridad y la luz de las estrellas que comprendí todo. La vida es un camino, uno largo y lleno de dificultades pero también momentos muy felices, uno que te hace cicatrices indelebles mientras lo transitas y pienso en lo que dijo el gran Silvester Stallone en boca de su Rocky, lo importante es no cuantas golpes te de la vida sino en resistirlos y seguir adelante sin importar qué pase.

Pienso en mi vida y lo que he hecho y comprendo en lo afortunado que he sido. Quizá no tanto por mis acciones sino por la gente que he tenido el placer de conocer y le da sentido a mi vida. Pienso en la familia que me queda en Cali, en mis tíos y primos que me aman por ser quien soy. En los amigos que tengo en Cali, tan fieles y gentiles a pesar de la distancia y los años. Pienso en los amigos que he hecho de manera virtual y que no conozco aun físicamente pero cuya conexión va más allá de eso  y los que he hecho en esta década en Bogotá y que me han querido de manera sincera.

Pienso en mi hermana, el pilar de mi vida, en un hombre grandioso como mi cuñado y en Verónica, especialmente en ella, siento que el universo cobra un nuevo sentido cuando cruzo miradas con ella y veo sus ojitos ansiosos y expectantes descubriendo un mundo nuevo.

He estado en las playas de Rio de Janeiro, recostado en una arena tan suave que parecía mantequilla; en Buenos Aires, la patria de mis adorados Cortázar, Calamaro, Fontanarrosa y Les Luthiers; en el universo  real y a la vez tan artificial de Orlando y sus montañas rusas y parques temáticos; en Panamá y sus edificios imponentes y Perú y su mundo milenario y natural; he amado mujeres maravillosas, he estado con el corazón roto, llorando mi desgracia hasta las cañerías de la ciudad, he escrito una novela sin importar si fuera buena o no; he trabajado en una editorial, el lugar de mis sueños, he conocido hombres buenos y malos, gente a la que soy indiferente y  que me ha odiado. He realizado buenas acciones 
pero también algunas horribles. En pocas palabras he sido humano.

Sigo recordando Perú y sus interminables caminatas en Huaraz. Podría haberme quedado toda la vida en ese paisaje, recorriéndolo sin parar. Volver a la civilización es volver a ese lodo de envidias y odio que en cierta parte y así no lo quiera también hace parte de mí, pero al final comprendo que la vida en sí misma es esa caminata. Una brutal. Una que te hace cicatrices con los momentos difíciles pero las cuales no vale la pena ocultarla sino exhibirlas con orgullo como prueba de que hemos vivido.

Caminante no hay camino se hace camino al andar decía Machado y no podría estar más de acuerdo. Ahora estoy en Bogotá pero ¿dónde estaré en diez, veinte años? El destino son mil puertas que se abren a la vez pero cuyo sendero es uno solo.

Mis huella me dirigen a lugares,  personas, tiempos, es mi camino, irremplazable, irredimible, es lo que me construye con errores y aciertos. Soy yo.

IV.

El futuro se esconde en los ojos de Verónica. En esas pepas grisáceas que contemplan ansiosas su alrededor. A veces me preguntó que seré para ella. ¿Acaso una sombra? ¿Un mentor? ¿Quien la inicié en el mundo fantástico y misterioso de la lectura? ¿Quizá solo un recuerdo?

No lo sé y al final será el futuro quien dictaminé lo que haya de pasar. Lo que sé es que la amo, profundamente y quiero que viva en un mundo que la respete y cumpla sus sueños,lucharé por un mundo ideal para ella y todas las mujeres.

Soy afortunado. A pesar de las dificultades he estado rodeado de gente maravillosa. Personas cuya amistad me hacen seguir cada día. El futuro es incierto pero desde el alba de los 35 años, mientras reflexiono al ocaso de un nuevo cigarrillo pienso –a pesar de las dificultades y los momentos de mierda- en lo hermosa que es la vida. A todos quienes me siguen, quienes me han dado su amistad y su amor, mis infinitas gracias, en gran parte es por ustedes, su energía, su paciencia y su amor que sigo en pie. Los quiero.

Feliz cumpleaños a mí.  Gracias a todos por tanto.











martes, 24 de abril de 2018

Bogotá, 10 años.

Miro por la ventana de mi apartamento y recuerdo que fue en un abril del 2008 cuando me vine a vivir a esta ciudad grande, desordenada y gris que hipnotiza a sus visitantes de manera similar a la de los faquires con las serpientes y que en un abrir y cerrar de ojos ha pasado una década desde el momento en que llegué a la capital.

Bueno, no, miento con lo del abrir y cerrar de ojos, es más un recurso literario que otra cosa. La verdad ha sido mucho tiempo, más del que creería, pero pareciera que fue ayer cuando el aeropuerto me dejó con una maleta grande y la ansiedad de un trabajo que en Cali no había. Me recogieron un tío lejano con sus hijos y no podía dejar de contemplar la ciudad lejana y lluviosa que me recibía y que pronto se convertiría en parte de mí para luego dejarme en casa de mi gran amigo Nicolás Abrew de quien siempre recordaré con gratitud infinita que me dio la mano cuando nadie más lo hizo aún a costa de su comodidad.

En ese tiempo y tal como lo dice García Márquez, el mundo parecía joven, todo era algo nuevo por descubrir, por conocer, y vaya que Bogotá fue una ciudad de primeras veces, fue acá donde me enamoré por primera vez (y como consecuencia de ello donde también me han roto el corazón un par de veces), donde aprendí a fumar (tuve unos pequeño escarceos en Cali con el recordado y llorado Camilo pero nunca fue nada serio) para llegar a ciclos eternos de dejar y retomar el cigarrillo una y otra vez, donde he tomado océanos de alcohol a la salud de quienes se han ido para no volver y donde he recorrido calles solitarias por las noches casi madrugadas donde pareciera que todo puede ocurrir.

Fue viviendo en Bogotá donde he sufrido las pérdidas más grandes. Murió mi gran amigo, hermano del alma, Camilo Reyes, mis papás y hasta  mi perro Gruñón; afortunada –o desafortunadamente- puede estar presente para la partida de mis papás (coincidencialmente - sí es que existen las coincidencias- estuve a su lado en cada una de ellas que ocurrieron en diferentes lugares y años) pero siempre queda el demonio de la duda de si debí partir a tierras lejanas, si pude haber hecho algo más por ellos, mi papá estaba viejo, mi mamá luchó con una enfermedad y yo, yo quizá pude haberme quedado y darles fuerza estando a su lado más allá de las visitas efímeras que les daba y a pesar de la distancia intentando ser siempre ser buen hijo., pero al final eso ya no importa, tenemos que aprender a vivir con nuestras decisiones sean cuales sean

Todos quienes hemos sido extranjeros (incluso dentro de su propio país) sabemos que al final no tenemos un lugar al que podamos llamar del todo hogar. Cali ya no lo es, el olor del manjar blanco y el mango maduro vive principalmente en mis recuerdos, es la niñez, la adolescencia, los amigos que conocí en esas épocas y que estarán hasta el final, la familia que aún queda y que me recibe cuando vuelvo de visita, pero cuando voy a ella, es una ciudad extraña que me recibe pero que sabe que ya no le pertenezco, pero Bogotá tampoco lo es, me acoge, me adopta, pero con ese cariño cordialmente frío de saber que soy un extraño,  esta es la vida del caminante cuyo camino será vagar hasta encontrar su lugar en el mundo.

Me ha pasado de todo en Bogotá. He vivido en un cuarto inmundo de pensión no más grande que un baño cuando las deudas me agobiaban y no tenía casi ni donde caerme muerto, he conocido Premios Nobel de literatura, viajado con un político importante que puede ser presidente  (aunque no sé si esto entre de lo malo o lo bueno) en una pequeña avioneta bimotor de la policía mientras fumaba sin parar, he visto mil estrellas y el amanecer en las montañas tomado de la mano de la mujer que amaba, viví con una actriz porno (entre los dos no pasó más que una complicidad fugaz), me he enfermado sin tener quien me alcancé un vaso de agua, me pagan por trabajar en un lugar donde estoy rodeado de libros y escritores,  un ladrón se metió en mi apartamento mientras yo dormía en mi cuarto, escribí mi primera (e impublicable) novela,  he hecho nuevos amigos sin olvidarme de los viejos que aún mantengo en Cali, conocí a mi adorada mejor amiga, Andrea Beaudoin quien me hace afortunado con su maravillosa amistad, he amado y he dejado y de igual manera lo han hecho conmigo,  en fin son tantas experiencias vividas tanto buenas como malas o felices y tristes, que las palabras se quedan a veces cortas ante la intensidad de los sentimientos y lo vivido.

Sigo observando por la ventana con ganas de fumar pero sin hacerlo. Es uno de mis lugares favoritos del mundo, a través de ella y aunque parezca increíble en muchas ocasiones se ven las estrellas, muchas veces apago las luces y prendo un cigarrillo en silencio, observando el cielo, la luna que me contempla, en este momento pienso en Bogotá y en Cali, los lugares recorridos, las personas que han estado presentes y los que se han ido, y siento que somos peregrinos de donde nos lleva la vida pero pertenecemos a las personas que amamos sin importar donde estén y a quienes llevamos siempre en nuestro corazón.

Gracias por estos diez años Bogotá, gracias por recibirme en medio de tu caos de gran metropoli, quererte es un gusto adquirido pero una vez lo haces es un gran placer. Ya veremos dentro de diez años donde nos sorprende el camino pero sin duda tú al igual que Cali, u Orlando, Rio de Janeiro, Buenos Aires y Lima son lugares donde he sido feliz  y que ya  forman parte imborrable de mi ser. 






domingo, 4 de febrero de 2018

Carta a mamá un año después

Mamá,

Un año ya, ¿quién lo diría? Hace seis meses te escribí que parecía que el tiempo hubiera volado desde aquel día  y qué te diré ahora, es como si se hubiera puesto una turbina y bastara un solo parpadeo para devolverme a ese sábado en el que estabas viva. Hace exactamente doces meses o cincuenta y dos semanas o trescientos sesenta y cinco días que dabas, sin saberlo pero quizá presintiéndolo, tus últimos suspiros en este mundo, a esta hora me embarcaba hacia otro país para el momento más triste y quizá más hermoso de mi vida que fue el de acompañarte en tus últimos momentos.

La muerte es un misterio casi tan grande como la vida. Es la única certeza que tenemos. Desde niños conocemos su existencia, a pesar de saber que llegará la ignoramos y solo la desaparición de quienes amamos nos recuerda su presencia constante. A pesar de saberla presente nunca estamos preparados para ella. Podemos saber el día, el minuto y el segundo exacto en que ocurrirá pero nunca estaremos listos del todo. Nos aferramos a la vida –la nuestra y la ajena- con la desesperación de un náufrago a su tabla.

Sigo sin acostumbrarme a tu ausencia. A veces lo olvido y me he sorprendido a punto de llamarte para contarte cómo estuvo mi día o con ganas de irme a Cali para darte un beso y un abrazo para casi al instante despertar de esos sueños febriles y luego de sonreír con tristeza seguir con mis asuntos.

 Extraño tu voz, tus regaños (tan merecidos tantas veces), tus caricias y consejos y lo más probable es que lo haga hasta el día en que muera. Pero también es cierto, como tanto me decías, que el tiempo lo cura todo y no hay penas que duren eternamente, con el transcurrir de los días el dolor tan intenso, ese que creías que te desgarraba el corazón, ese que pensabas que no ibas a poder seguir adelante ha disminuido un poco. Las imágenes de tu enfermedad –puto cáncer de mierda- se reemplazan por aquellas donde paseábamos por Cali, o la vez que fuimos a un spa, los paseos a Brasil (donde viste ese partido histórico cuando los alemanes le clavaron siete goles a los cariocas en su casa, dime, ¿quién más pudo haberse dado ese lujo?) o a Orlando, las llamadas telefónicas donde me calmabas de mis –ahora ridículos- problemas o más allá cuando era niño y te metías a mi cama, me calmabas cuando estaba triste y te ibas hasta que me quedaba dormido. Me acuerdo incluso cuando  a los cinco años llegamos de Estados Unidos años y en el nuevo apartamento había solo un colchón y un televisor en blanco y negro y la casa se llenaba únicamente de tu risa y alegría.

Pasamos la mitad de nuestra vida quejándonos de nuestros padres, que no nos comprenden, que son anticuados y qué podríamos hacer lo que ellos hacen mucho mejor para pasar la otra mitad, cuando ya no están, comprendiendo lo sabios que eran, lo muchos que nos amaron, cuánta razón tenían en lo que decían y extrañando y dando la vida por tener un solo momento, así fuera un solo segundo, por verlos de nuevo.

Pienso en todo lo que tu partida me ha enseñado. Cuando alguien tan significativo en nuestra vida parte aprendemos a darle la verdadera relevancia a las cosas de la  vida. Pienso ahora en mis amores frustrados y la tristeza que me causaban y lo que antes era doloroso ahora, tal como me decías,  ahora solo me provocan una sonrisa nostálgica, lloraba por esos amores sin saber que el más importante, el verdaderamente incondicional estaba a una llamada de celular o a un pasaje a Cali.

Cuando somos adultos, cometemos tantos errores y  nos vemos cara a cara con el rostro menos amable de la vida y comprendemos todo el esfuerzo que hicieron nuestros padres para mantenernos a salvo de los horrores del mundo, pienso en eso que tanto nos repetías a mi hermana y a mí, “Me gustaría ponerlos en una burbuja para que no les pase nunca nada”. Y así fue mamá, tanto tú como papá (con todos sus errores) nos dieron una niñez maravillosa –de la que no fuimos conscientes y a la que siempre volveremos en sueños- y solo me queda agradecerles por tanto amor. Todo lo que lograremos mi hermana y yo será por todas sus enseñanzas, aunque no te niego que a veces me cuestionó si he sido digno de todos sus sacrificios. Pero lo intento, mamá, no dejo de hacerlo, a pesar de tantos errores.

Tienes una nieta. Es hermosa y como ya sabías, se llama Verónica, lo único malo que tiene es que nunca podrá conocerte, pero por lo poco que he podido ver tiene tu espíritu: Es jodida y solo provoca quererla. Como dice Sabina y se aplica a tu partida, y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido….y los amaneceres y las noches estrelladas siguen ocurriendo  a pesar de que ya no estés y continuarán alumbrando cuando nos hayamos ido y tu recuerdo ya se haya perdido, pero esa es la vida, seguiremos existiendo, llegaran nuevas personas y despediremos otras, tendremos momentos alegres y tristes pero tu recuerdo seguirá siempre a nuestro lado acompañándonos. Solo morimos del todo cuando quienes amamos nos olvidan  o mueren.

Poder decir adiós es crecer dice Cerati y no es que vaya a olvidarte, ¡nada de eso! Tu recuerdo siempre vivirá conmigo y una parte de mí te extrañará hasta el día en que nos veamos de nuevo, ya sea en la paz de la no existencia o en alguno de los locos paraísos de los dioses inventados por los humanos. ¨Pero creo que también es momento de seguir adelante porque sé que lo que más anhelabas era vernos felices a mi hermana y a mí, así que no pensaré en la parte triste de ti o mejor dicho en tu ausencia. En este momento, mientras escribo esto lloro pero pienso en lo que escribía Tolkien y ponía en palabras del mago Gandalf, No todas las lágrimas son amargas y creo que es cierto. No hay amor más grande que el que puedo sentir en este momento por ti, pero esta será la última carta que te escribiré porque de ahora en adelante serás la fuerza que me impulsará a seguir adelante incluso cuando no quiera, la estrella que guiará mi vida, el faro eterno que estará siempre para mí, pienso que quizá el mejor homenaje que pueda hacerte está en vivir, amar y ser feliz.

Gracias por tanto mami, te amo y lo haré siempre. Espero hacerte orgullosa.

Mil besos estés donde estés

Tu hijo,


TuLio:.