martes, 19 de marzo de 2019

La pluma rota


Puede que lo hayan notado o no, pero desde hace algunas semanas he vuelto a escribir con cierta constancia en este blog luego de haberlo casi abandonado el año pasado. Escribo los lunes por la noche y lo pongo en redes los martes por la mañana por si alguien quiere leerme.

No ha sido fácil, desde hace algún tiempo ando con lo que yo llamó el síndrome de  ‘la pluma rota’ que consiste básicamente en sentir que no hay nada más por escribir, por contar, es sentir, incluso, pereza de escribir. Toda mi vida, desde pequeño, sentí el llamado de las letras, primero leyéndolas y sumergiéndome en otros mundos y luego queriendo ser yo el que creara universos desde mi teclado. Todo eso desaparece cuando la pluma está rota, los pensamientos de que todo no es más que una pérdida de tiempo aumentan, sentir que nadie lee lo que escribo o que  lo que escribo es aburrido y que quizá nunca seré tan bueno como los escritores que tanto admiro se vuelven recurrentes. Es pensar para mí que quizá no hay nada más para mí en este mundo.

No he dejado del todo la escritura. Escribo cuentos ocasionales para mis amigos del Parche Lector (un grupo de locos que se reúnen una vez al mes  para escribir y compartir sus escritos) y los microcuentos de los jueves que es, donde ahora,  encuentro mayor placer a la hora de escribir quizá  porque su extensión es corta o porque en esos momento siento una desconexión del universo y solo está en mi mente el escribir una  nueva historia cada semana.

Pero aparte de eso ¿hay algo más? Escribo estos artículos porque en parte siento la obligación de no dejarme oxidar, como un atleta retirado que no deja de entrenar porque de cierta forma el ejercicio hace parte de sí y lo hace sentir vivo. ¿Pasa lo mismo con la escritura para mí? ¿Soy un escritor? He leído muchas veces que los escritores necesitan escribir como un pez necesita el agua, pero yo muchas veces lo he dejado, en ocasiones por periodos muy largos de tiempo y siento que no lo he necesitado, pero al final de una u otra forma siempre termino volviendo al refugio de tinta.

Quizá la decepción venga en parte al comprender que nunca podré vivir de la escritura. O de que con los años comprendes que la escritura no te sirve para evitar la muerte de tus seres amados o para evitar la soledad o la tristeza. Quizá a veces sienta que solo escribo letras y palabras sin sentido, plasmando fragmentos de mi alma  en una hoja virtual que quizá nadie puede comprender realmente.

Pero al final todo se reduce al acto de escribir. De tamborilear tus dedos sobre el teclado: Nunca me siento más libre, más en paz conmigo mismo que cuando lo hago, todo a mi alrededor se desvanece y nunca soy más yo que cuando escribo. En mi vida cotidiana a veces tiendo a ser un poco payaso en un papel que a veces siento no puedo dejar de ejercer, escribir soy yo al desnudo, con mis luces y sombras. Quien de verdad quiera conocerme tiene que leerme porque es quizá allí –aquí- donde reside mi verdadera esencia.

Así que sí trataré de seguirlo haciendo. Asi no sea un escritor,  así muchas veces sienta que todo está dicho, que la pluma está rota más allá de toda posibilidad de arreglarse, que no vale la pena. Seguiré haciéndolo porque este mundo de las letras es quien soy, mi esencia, mi casa.

Nos vemos el otro martes.




martes, 12 de marzo de 2019

Del día de la mujer...


Mi abuela fue una de las mujeres más fuertes que he conocido. Pasó de ser una más de siete hermanos (creo que me equivocó en la cifra, ya me corregirán mis primos) a ser la primera caleña en ganarse el premio Paul Harris del Club Rotario y llegar a ser Concejal, era tanta su importancia que sus hermanos le decían ‘La Doctora’. También podría  mencionar a mi mamá que luchó con uñas y dientes diez años contra un feroz cáncer y aun así tuvo la fortaleza de no rendirse jamás ni siquiera hasta el fin y cuyo amor y ejemplo siempre vivirán en mi corazón. Podría mencionar a mi Nana, mi tía, podría hablar de mi hermana que es mi columna y fortaleza, el motivo por el que me levanto cada mañana, o mencionar a mi sobrina Verónica y sus ojos que parecen esconder el secreto de un futuro radiante.

He tenido la suerte de conocer a lo largo de toda mi vida a  mujeres brillantes, talentosas  valientes y bondadosas. Mujeres con la fortaleza emocional que harían sonrojar a muchos que presumen de saberlo todo y al final no saben nada. He amado a muchas de ellas, en ocasión algunas me han correspondido y otras no. He sido amigo, hijo, hermano, novio y amante, en mi trabajo la mayoría de compañeras son mujeres y mis jefas también lo son. Cada día aprendo de ellas, de su diferencia, de su manera maravillosa de concebir el mundo.

Una de las cosas con las que no comulgo con el feminismo radical es el maniqueísmo que promulgan. Para muchas de ellas (y evito tratar de generalizar porque como me dijo mi mejor amiga, no hay un feminismo sino muchos que pugnan por hacer oír su voz) todas las mujeres son buenas por el simple hecho de pertenecer al género femenino y todos los hombres son malvados y violadores en potencia, machos privilegiados que deberían sentirse avergonzados por su género y pedir perdón por ello.

Mi visión de la realidad es un poco diferente. Ser de una raza o un género no te define ni para bien o para mal, lo hacen tus acciones, la manera en que concibes el mundo y te relacionas con los otros seres humanos, la empatía que puedes tener ante las injusticias y el sufrimiento ajeno.  Así como más arriba he dicho que he conocido mujeres maravillosas que a pesar de ser tan diferentes se caracterizan por su valentía, también he conocido mujeres malvadas, llenas de odio y rencor, que disfrutan hablando a las espaldas o engañando, o simplemente haciendo el mal de una manera frívola y macabra. No las juzgo por ser mujeres sino por ser humanos. Las personas no somos blancas o negras sino que nos movemos en un amplia gama de grises y todos sin importar que seamos somos capaces de lo peor…también, por fortuna, de lo mejor. Querer encasillarnos no solamente es estúpido sino perjudicial.

Dicho esto es estúpido negar que las mujeres lo han tenido muy jodido durante toda la historia. Han sido discriminadas, asesinadas, violadas, usadas como trofeos de guerras, gracias a religiones misóginas han sido relegadas o al rol de santa o al de puta. En diferentes culturas a lo largo del tiempo han sido humilladas de mil y un formas y su voz silenciada. Por siglos fueron relegadas a parir y encargarse de labores domésticas y me pregunto con tristeza cuántas artistas, científicas, filósofas y creadoras nos hemos perdido por una historia injusta que ha ignorado a la mitad (o incluso más) de su población durante tantísimo tiempo.

Incluso hoy, cuando se ha avanzado tanto en la lucha por la igualdad de derecho siento que falta muchísimo. Quiero que las mujeres que tanto conozco y admiro puedan luchar por lo que quieren sin desventajas de ningún tipo. Sueño con que mi sobrina no tenga que soportar ningún pervertido que la haga sentir incómoda, que no tema por caminar sola de noche, que tenga miedo de ser violada y peor aún sea revictimizada de diferentes formas (sin que eso nos lleve a desconocer la presunción de inocencia), ni que nadie la haga sentir menos por ser mujer.

Siempre he creído que la mejor manera de cambiar la sociedad debe partir desde el amor y no desde el odio. La mejor manera de construir una mejor sociedad debe ser cambiando la cultura y echando abajo los cimientos de la anterior. Creo que para una sociedad más justa el cambio debe venir no solamente de las mujeres sino también de los hombres pero no aislando a ninguno de los géneros sino haciéndolo juntos sin pretender ser iguales, sino más bien celebrando la diferencia entre hombres y mujeres, pero pugnando por la igualdad de derechos y el respeto en todos los ámbitos y creo que compromiso debe partir de cada uno de nosotros y hacerlo evidente no con palabras sino en acciones, solo así podremos tener un futuro más hermoso. Como el que veo cada vez que me sumerjo en los ojos de mi sobrina.




   

lunes, 4 de marzo de 2019

Pensamientos antes de dormir


A veces, cuando las luces ya se han apagado y antes de que llegue el sueño, en ese instante en que solo hay silencio y oscuridad, hay un pensamiento que se filtra por la puerta y se hace presente en mi cabeza y en mi corazón y consiste en saber si pude haber hecho algo más por la gente que quise y ya no está.

Es un pensamiento inútil. Los muertos no vuelven más que a través de recuerdos y en ciertos actos cotidianos de los que apenas somos conscientes como ese pequeño gesto que hacemos sin darnos cuenta, esa canción heredada, esa comida que nos retrocede años atrás, ese lugar que ya no existe. Lo que hicimos o dejamos de hacer mientras ellos vivían ya es irrelevante, el tiempo no se detiene y máquinas para viajar en el tiempo solo existen en películas ochenteras y en la mente de novelistas febriles.

 Y sin embargo, a pesar de ello, siempre vuelve. Pienso en mis padres. En si fui un buen hijo o si pude hacer algo más por ellos, si muchas veces no me quede con lo más cómodo, si quizá debí aprovechar más el tiempo con ellos, disfrutar más de las historias de mi papá y no poner los ojos en blanco cuando me contaba la misma historia por cincuentava vez o tener mejor disposición hacia los regaños de mi mamá. Ahora que ya no están extraño las historias de mi viejo y me hacen falta las observaciones siempre acertadas de mi mamá –sin duda sería mucho mejor persona si las siguiera-.

En ocasiones pienso en si debí irme a Bogotá y dejarlos solos. Siempre que me devolvía a la capital llegaba con el corazón un poco roto después de verlos un poco más viejos y, en ocasiones, enfermos. Pienso –de manera un poco injustificada- en si pude hacer algo para salvarlos, si pude darle plata a mi papá para ayudarlo en la parte económica o pude haber hecho algo, así fuera lo más mínimo para ayudar a mi mamá en su batalla contra el cáncer, si pudimos derrotar la enfermedad de mierda.

Pienso en mi mejor amigo, en mi Nana, en mis abuelos, en mi perro. En si fui lo suficiente para ellos. En si pude demostrar cuánto los quería. Pienso en los que están ahora. A veces en mi hermana, en cuando ha estado triste o me ha necesitado, si he estado lo suficiente para ella y si puedo hacer algo más para ayudarla a que sea feliz. A veces no hay cosa más dura que saberse pequeño e impotente enredado en  las enredadas telarañas de la realidad.

Pero a la vez me queda el consuelo que los quise. A todos y cada uno de ellos con el corazón y con el alma. Y a pesar de las peleas, los malos entendidos, de no haber compartido el tiempo que hubiera querido y que sin duda merecían o de no tener la plata para consentirlos, los quise de verdad y trate de demostrarlo siempre que pude, y a veces estar allí es lo único que la otra persona necesita de nosotros. La compañía, las palabras dichas y no dichas, es lo único que tenemos y  a veces, tan solo eso, basta.




lunes, 25 de febrero de 2019

Saturnina

El bus de Flota Magdalena proveniente de la ciudad de Magangué llegó a la capital una noche de vientos helados. A pesar de no estar bien abrigado, el gigantesco  negro de casi dos metros, casi no se inmutó ante el frío. Al salir de la terminal prendió un puro mientras sacaba una hoja amarillenta y arrugada con un nombre escrito en una caligrafía casi inteligible: Saturnina Orozco y abajo una indicación, El Castillo de Don Andrés, Callejón de las putas.

El hombre alquiló un cuarto en una pensión de mala muerte, repleta de ladrones, semi indigentes, poetas y venezolanos. No pensaba quedarse mucho tiempo en la ciudad, antes de dormirse siguió fumándose el puro y tomando unas cuantas copas mientras se arrullaba con el sonido de las balaceras en el exterior.

Al día siguiente se levantó, desayunó una taza de café negro sin azúcar y se encaminó al Callejón de las Putas, ubicado en la zona de tolerancia de la ciudad. Nadie cuerdo se metería en ese lugar a plena luz del día sin la complicidad de la Policía que cuidaba esa cuadra desde el ocaso, momento en el que empezaba la jornada puteril.  El Castillo de Don Andrés hacía mucho tiempo había desaparecido. Don Andrés había sido apuñalado por una de sus ‘chicas’ favoritas, cuando se recuperó vendió el negocio y se fue para siempre. Sin embargo en uno de los locales se encontró con que su regente más conocida como Samanta La deliciosa, una  ex puta vieja y gorda decía haber conocido a Satu, como la llamaba.

En esos tiempos, Samanta todavía se llamaba Sara  y era una joven adolescente de diecisiete años que venía desde  Dosquebradas buscando fortuna. Cuando recién arrimó al Castillo, la estrella era Micaela o como le decían ‘La reina de Saba’, su piel oscura seducía a todos y era la joya del Castillo y protegida de Don Andrés; no era una prostituta del común y lo sabía. Pese a ello no tenía ínfulas de diva y se mostró solícita con Sara mostrándole todos los trucos para soportar la dura vida que había elegido. Al poco tiempo se habían hecho grandes amigas y no se separaban hasta cuando ella rompió la única regla que no podía quebrantarse: Se enamoró de un cliente. Del Edgardo poco se sabía más allá que era policía, antes de irse Saturnina le había dejado la dirección, por extraño que pareciera, a pesar de todos estos años en que nunca la visitó aún la conservaba por si él la quería.

La pericia del detective consiste en la insistencia y en conocer el momento exacto para indagar. Las balas y la acción pertenecían más al mundo de la televisión que otra cosa, en la vida real la verdadera virtud es esperar e ir de un lugar a otro como una veleta, observando como quien no quiere la cosa pero fijándose en los detalles y sabiendo qué preguntar. De la dirección que le dieron, la mujer y su esposo se habían mudado hacía muchos años, pero había una vecina que le dio una pieza más para completar el rompecabezas.

Porque siempre quedaba un hilillo de donde tirar, siempre aparecía una persona que no dejaba extinguir la llama de la existencia de una persona, por más malvados o insignificantes que nos creamos al final hemos dejado huella incluso en los lugares menos pensados.

Del apartamento en el centro de la ciudad a donde lo mandó Samanta La Deliciosa, fue a otros tres con resultados negativos, pero cada visita, cada persona que visitaba la ayudaba a crear un perfil más completo de Saturnina Orozco, aunque nadie tiene la verdad absoluta, tan solo ‘su verdad’, su propio reflejo de lo que había significado esa mujer que conocieron en algún momento de sus vidas.

Finalmente su búsqueda lo llevo al ancianato de un pequeño pueblo a unas dos horas  de Bogotá. Sabía que la mujer había terminado sola y desamparada, Edgardo, quien acaso fue la única persona que la amó de verdad había fallecido hacía ya varios años fruto de un aneurisma implacable que le quitó la vida en un parpadeo y ella prefirió vivir sus últimos años rodeados de otros viejos en vez de la soledad de una casa vacía.

El ancianato de Santa Mercedes era una casucha que albergaba  casi diez viejos. No era un sitio deplorable pero tampoco en el que uno se visualiza terminando su vida. Las enfermeras  recordaban a la mujer, la rodeaba una aura de tristeza dijeron, y no hablaba mucho aunque era amable con quien se le acercara, no como otros residentes que se volvían berrinchudos como si estuvieran viviendo una segunda niñez. Cuando preguntó donde estaba le dieron un papel y una dirección, al ver el nombre del lugar sabía que finalmente la había hallado.

Llegó al Cementerio del pueblo al ocaso, algunos grillos empezaban a hacer su característico ‘cri cri’. El lugar estaba desierto, no había ni siquiera un guardían que le dijera que debía marcharse a determinada hora. Sintió compasión por la soledad de los fantasmas en un lugar así. Con las indicaciones de las enfermeras pronto llegó a su destino: Una de las lápidas que estaba junto a un árbol decía Saturnina Orozco Correa y más abajo tan solo su año de defunción ‘2001’.

El hombre se quedó en silencio varios minutos contemplando la tumba. Había esperado toda su vida ese momento, tantas preguntas, aunque al final todo se reducía a un ‘por qué’ que en el fondo no servía de nada, ella solo lo había cargado siete meses y se había desecho de él como si fuera basura, tan solo era el semen de un cliente  en el coño de una puta, pero aún así había hecho ese viaje porque quería saber, quería comprender su origen.

Ya nada de eso tenía sentido. Contempló el polvo que carcomía la tumba, el nombre que casi se había difuminado, lo único que tenía de su madre era un nombre y la visión distorsionada de todas las personas que la conocieron, eso debía bastar. Sacó una petaca de su gabán, la había cargado durante todos sus viajes con la esperanza de encontrarla y compartirla con ella. Le echo un largo trago y sintió como el aguardiente quemaba su garganta y sus entrañas como si fuera una especie de líquido purificador, luego echó el resto de su contenido sobre la tumba de Saturnina y salió del cementerio para no volver jamás.





lunes, 18 de febrero de 2019

Oler las flores mientras pasa el apocalipsis


Últimamente vivir en Colombia es como tomarse un tarro de ricino diario. Si no es el problema de los trancones y la contaminación en Bogotá (y con el alcalde más inepto del mundo que cree que la solución a todo es talar árboles), está el asunto con Venezuela, la actitud cada vez más belicosa del presidente Urib…Duque, quise decir Duque o una Policía corrupta e inepta hasta el límite que prefiere agarrar a los golpes a un vendedor ambulante o multar a un pobre parroquiano por comer una empanada callejera mientras a su alrededor los robos y la inseguridad aumentan (y hay qué ver dónde está la Policía cuando pasa un crimen real…seguramente multando jóvenes empanadictos).

Sí, la situación no pinta bien y a veces dan ganas de coger las maletas y largarse a cualquier parte, pero el mundo no pinta mucho mejor. Guerra, hambrunas, gobernantes estúpidos y corruptos y la sensación de saber que si te vas siempre serás un extranjero. A esto sumémosle los medios de comunicación que nos bombardean a diario con todo lo horrible que ocurre, porque estos medios, al igual que los gobiernos saben que no hay una manera más sencilla de manejar a la gente que el miedo mismo.

En este panorama pesimista se nos olvida que el sol sigue brillando todos los días. Los problemas nunca han sido cosa del pasado y el ser humano tiene cierta atracción irresistible al caos y la destrucción y le da toda la relevancia a ello.

 El problema en Colombia no es (únicamente)  Uribe, ni Petro, Venezuela,  los políticos corruptos o los policías ineptos, siempre ha habido personajes así y en el futuro seguirán existiendo. Muchas veces olvidamos que nosotros mismos somos el problema, que nos dejamos contaminar el corazón de odio y de rabia, que a diario explotamos no con un gran boom, sino con pequeños actos que nos amargan la vida y de quienes  nos rodean. Estamos tan ensimismados  en nuestros pequeños espirales de desesperación que nos dejamos robar la paz por estos siniestros seres.

La invitación está allí. Disfruten del sol y la lluvia, respiren y tómense un tiempo para desconectarse de las redes o los noticieros, caminen, cómanse ese helado del que están antojados, díganle a esa persona especial que para ustedes que la aman, vean a la gente andar sin rumbo, algunos estarán enamorados, otros ensimismados, otros más irán como hormigas mientras otros vagan sin rumbo. El apocalipsis en Colombia siempre está a la vuelta de la esquina y el final de un modo u otro (y esperemos que sea dentro de muchos años) es el mismo. ¿Qué necesidad hay de amargarse mientras todo pasa?  Vivan disfrutando el camino y podrán darse cuenta de que hay más cosas maravillosas de las que creemos. Se los prometo.




miércoles, 13 de febrero de 2019

El tiempo que (ya) no es


Cuando voy a Cali pareciera que el tiempo se detuviera por completo. Como si las horas, los minutos y los segundos estuvieran suspendidos en una especie de limbo existencial. Visito amigos y familia y los veo igual que la última vez, en una especie de placidez que me parece casi incapaz de reconocer en mi propia vida.

Quizá es porque vivo en la capital donde el ritmo de vida es acelerado y frenético. De pronto al no serlo Cali se respira un ambiente más reposado y cálido, es probable que en un pueblo el fluir del tiempo sea incluso más calmado y el transcurrir eterno de los minutos y otras invenciones humanas se dé lentamente. Un día tiene 24 horas aquí y en Cafarnaúm pero en el campo, en medio de la nada, pareciera que los días y las noches son más largas y tranquilas.

También es posible que tenga esta percepción porque no veo a estas personas con la misma frecuencia de antes, ya no soy parte activa de sus vidas, para ellas soy lejano, un fantasma que cada cierto tiempo se materializa ante ellas para volver a desaparecer con la misma rapidez que un eco. Las veo igual porque vibramos en tonalidades diferentes, y sacan un poco de su preciado tiempo para compartir conmigo, pero ya no somos lo que éramos y las veo como lo hacía hace tantos años, con el mismo cariño inmutable pero a través de un prisma un poco opaco, quizá yo sea igual para ellos o de pronto un desconocido con recuerdos comunes.

Tanto ellos como yo hemos cambiado. El lazo se reduce a una visita esporádica, a una llamada ocasional, a las charlas por Whatsapp donde bromeamos o recordamos tiempos mejores, la relación no es la misma pero el lazo se mantiene y el amor también… o eso me gusta pensar a mí.

¿Pero qué es el tiempo y su trasegar? Recuerdo que cuando era niño  me asombraba ver cómo pasaban las tardes mis abuelos: Se hacían en sus cómodos sillones en una terraza que daba a la calle y las horas y el día transcurría mientras hablaban y contemplaban la gente pasar. A veces recibían visitas pero su ritual era mirar al exterior. Esas tardes eran eternas y recién comprendo ahora que a medida que envejeces el mundo y su ritmo acelerado con todos sus problemas, que no lo son tanto, van perdiendo toda importancia y lo verdaderamente relevante es una visita, una conversación, el sol que cae y el viento que lame tu rostro. En esas tardes impasibles que mis abuelos observaban su pequeño rincón del mundo estaban, sin saberlo, contemplando la verdadera razón de la existencia.




lunes, 31 de diciembre de 2018

2018

El 'crack'  que hizo mi rodilla al romperse (bueno no, no se rompió pero si sufrió una lesión grave en el ligamento cruzado anterior que me ha mantenido alejado del deporte y cercano a la comida) me dio la bienvenida a los 35 años. Lo malo, era un partido sin importancia que estábamos jugando con unos compañeros de oficina con quienes nos reuniamos desde hace unos meses cada martes después del trabajo para jugar y pasar un rato agradable; lo peor, era un partido que perdíamos por cinco goles de diferencia y donde faltaban diez minutos para que se acabara.

La recuperación no ha sido fácil. Llevo tres casi cuatro  meses en este proceso de médicos, prepagadas, terapias y falta de ejercicio, factor que para mi desgracia me ha llevado más al borde del sobrepeso que otra cosa (herencia Fernández sin duda) y desde luego la parte anímica donde el cuerpo resiente y necesita el deporte como hace algún tiempo yo necesitaba de la escritura....

Pero no solo en eso he visto reflejado los temibles 35. Cosas tan sencillas como levantarme temprano o hacer dieta me están costando barbaridades, la calvicie sigue su camino inexorable en conquista de mi craneo, los guayabos ya me duran dos días en vez de uno y a veces, especialmente despúes de una noche de parranda, me cuesta reconocer a ese despojo ruinoso que me mira del otro lado del espejo. Sin saberlo, sin darme cuenta siquiera, empiezo a envejecer de manera casi imperceptible.

Ahora bien,  no todo es malo. Este 2018, estos 35, también traen cosas muy buenas a mi vida y podría decir que la primera de ellas es la experiencia, el arte de ir aprendiendo poco a poco en no amargarme la vida. Ha sido un proceso largo y que muchas veces casi acaba conmigo pero lentamente y luego de tropezar mil y un veces con la misma piedra voy aprendiendo de a poco. Creo que para ello fue fundamental el viaje que emprendí el pasado mes de marzo al Perú con mi querido amigo Esteban Cruz Niño.

El viaje fue al pueblo de Huaraz donde hicimos el trekking de Santa Cruz, lo cual se traduce en tres días de caminatas intensas (de más de siete horas)  en medio de montañas agrestes y paisajes maravillosos a la vez que peligrosos. Allí, lejos de la civilización -sin celulares o redes sociales o nada que se le pareciera- y a solas con el universo y la naturaleza comprendes que eres poco más que una mota de polvo comparado con el mundo y que esas montañas estuvieron siglos antes de tu nacimientos y  seguirán estando una vez hayas muerto sin que le importen cúantos likes tengan tus publicaciones en instagram o cúanta plata adquieras en vida y puedas presumir ante lo demás.

No somos más que el amor que damos y recibimos. Ese es nuestra único legado en el mundo y éste también habrá de morir cuando seamos olvidados del todo, porque sí, en algún momento no habrá nadie que nos recuerde (si no me creen que alguién me hable de su bisabuelo o tatarabuelo), solo somos un ente efímero con la sola certeza de la muerte....¡Pero son tantas las cosas que experimentamos en tan corto tiempo! Es la intensidad de nuestros sentimientos lo que le da sentido a la existencia. Amamos, odiamos, sentimos miedo, experimentamos mil pensamientos y tenemos en nuestro interior la fuerza de mil universos pugnando por explotar pero estamos tan embotados por la rutina, por el odio, la envidia y los pequeños problemas sin importancia que no lo vemos.

Eso es lo que he aprendido este 2018. Darme cuenta que ya no soy tan joven como creía -o como quisiera-, que ya entro de lleno a la adultez, más o menos la mitad de la  vida, con todas las cosas buenas y malas que trae, pero también ser consciente de que la vida es un ratico y hay que aprovecharla al máximo porque no sabemos que nos puede deparar el futuro. Es por eso que opto por amar y aceptar el amor de tanta gente maravillosa que me quiere (y muchas veces no dejo de preguntarme que hice para ser tan afortunado de contar con tanto cariño), de aprovechar el tiempo con mi amada sobrinita, y no son pocas veces las veces que veo sus ojitos y no dejo de preguntarme que le depara, nos depara, ese futuro que a veces por la situación mundial se ve tan sombrío, de no dejar de dar un beso o un abrazo y demostrar el cariño una y otra vez a riesgo de parecer intenso a  quienes amo, de hacer caso omiso a gente amargada y malvada cuya vida es teñida por el odio y la amargura (y que no saben todo lo que pierden por su actitud), de dejar de preocuparme por si alguna vez vuelva a escribir o si tengo plata o si encuentro el amor o si....tantas cosas que me impiden ver lo afortunado que soy en este momento....porque ustedes, mis queridos amigos y amigas, gente que me lee o me ha acompañado en el camino  (o ambas) son mi verdadero tesoro.

Muchas gracias a todos y les deseo un 2019 lleno de cosas hermosas y mucha felicidad.

Ya nos estaremos viendo,

TuLio:.