jueves, 9 de marzo de 2017

En más de mil lugares

Oyéndola respirar dormida mientras fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce.

La noche en que la conocí, mis pasos me habían guiado por más de diez bares. Una copa en cada uno de ellos y salir de nuevo a la oscuridad. El lugar en donde la vi estaba a reventar y la gente celebraba el placer de estar viva. Una leve carcajada ebria y el brillo del castaño platino de su pelo me llamó la atención de inmediato. Nos vimos y acercamos como si fuéramos viejos conocidos que no se habían visto en toda su vida. Iba empezar el viejo proceso de conquista cuando me susurro al oído: ‘Vámonos’.

Recorrimos la madrugada de la calle, vimos ebrios que vomitaban por los parques, indigentes que hacía fogatas para protegerse del frío, prostitutas que abordaban carros con destinos inciertos mientras reíamos y hablábamos y copos de nieve se posaban tímidos sobre su nariz.

Llegamos a su apartamento y antes de darme tiempo de abalanzarme sobre ella se escabulló como una cervatilla que huye de su depredador. Prendió su televisor y antes de que reaccionara me pasó un control de videojuegos.

-¿Me ayudas? Es que no he podido pasar de ese nivel-dijo tratando de ocultar una carcajada  -no creerás que te traje aquí para que me comieras.

Era un juego de zombies. Me pasó una botella de ron a la vez que limpiábamos las calles de la amenaza y mientras exterminaba seres renqueantes y putrefactos imaginé lo que se sentiría meter mi lengua en su boca y someterla de mil maneras impúdicas, me miró de reojo mientras que en la pantalla usaba un lanzallamas para quemar a los pobres muertos que se habían metido en su camino. No supe cuántas botellas llevábamos o cuantos cadáveres adornaban las calles virtuales cuando boté el control e hice lo que deseé desde el primer instante que la vi.

-Tengo alguien bueno que me ama –susurró a manera de excusa intentando escaparse de mis brazos.

-Todos hemos tenido alguna vez a alguien bueno que nos ama –respondí mientras le quitaba la ropa

Su cuerpo era único como si el oro se pudiera degustar y sus ojos parecían brillar aún más incluso en la penumbra de su cama. Parecía una medusa enloquecida bajo mi cuerpo, moviéndose siseando, mordiendo y chupando como si quisiera dominar a su dominante, con rabia, ternura, y placer que brotaban de mil fuentes confluyendo bajo los estertores de un orgasmo continuo.

Me quedé a dormir junto a ella y el sol nos atrapó mientras respiraba sobre su nuca. Nunca más hablamos de aquella noche ni de la botella de ron o la cacería de zombies y nos despedimos de mano en la portería de su edificio justo después de haber tenido sexo en la ducha de su apartamento.

No intercambiamos teléfonos, ni correo o redes sociales,  teníamos la certeza de que nuestros cuerpos se llamaban y un pronto encuentro era inevitable. A los seis meses coincidimos en la fila de un banco y pasamos el resto de la tarde viendo nuestros cuerpos sudados en el reflejo del espejo de un techo.

Podíamos vernos en cualquier momento, en cualquier lugar. Una vez nos divisamos en la calle a lo lejos mientras la policía desintegraba una revuelta estudiantil y tuvimos que atravesar la calle de repleta de gas mostaza, sangre y pancartas de izquierda para irnos a tirar tranquilos.

La única regla que teníamos, si era que podía considerarse como tal, era que siempre hacíamos el amor en diferentes lugares. Íbamos desde hoteles cinco estrellas donde una noche podía costar una fortuna hasta lumpanares grotescos donde la pared era tan floja que podías escuchar todos los gritos y gemidos de todo el piso si te concentrabas lo suficiente.

Hacer el amor con ella era excesivo. Todo en ella lo era. Su estatura, el tamaño de sus tetas, lo descabellado de sus historias, el deseo que parecía emanar de su piel, cada vez más ansioso, más urgido de mis besos. Nos encontramos de manera casual por muchos años y nunca parecía saciarme de ella, devorándola con la misma intensidad que la primera.

Y siempre llegaba el momento en que parábamos exhaustos de la frenética jornada. Ella ponía su cabeza sobre mi pecho y hablábamos. Le contaba cosas que ninguna mujer, ni siquiera aquellas que dijeron amarme o que creí yo hacerlo supieron jamás y ella escuchaba, cerraba los ojos y se dejaba arrullar por mis extrañas historias como si fueran canciones de cuna; en sus silencios, en esa sonrisa plácida, podía entrever una libertad que nunca había experimentado y que quedaba encerrada en esas cuatros paredes y esos segundos finitosinfinitos que duraban nuestros encuentros.

Un día recibí una llamada. Fue la primera y única vez que me contactó. Siempre tuve la sospecha que sabía quién era y cómo llegar a mí pero prefería dejar nuestros encuentros a los múltiples dados del azar. Me citó en su apartamento y me comunicó lo que sospeché desde que oí su voz por el celular, se casaría con ese alguien demasiado bueno que la amaba. No le pregunté si ella lo amaba igual ni intenté convencerla de que se fugara conmigo para un lugar remoto porque así no funcionaba la vida.

- Siempre es bueno tener a alguien demasiado bueno que nos ama –le susurré mientras le quitaba la ropa y me disponía en hacerla mía en todos los rincones de su casa en un fin de semana que ninguno habría de olvidar jamás.

Oyéndola respirar dormida mientras me fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce y llegué a la conclusión que su encanto era precisamente el de saberla lejana y difusa, un huracán hecho mujer, una fuerza de la naturaleza cuyo milagro era simplemente ser y que, a veces, las mejores historias comienzan con una la respiración de una mujer dormida después de un orgasmo.

Sabía que la volvería a ver, los cuerpos se seguirían llamando una y otra vez por años a pesar de ser su llamada cada vez más débil. Quizá alguna vez la vería a lo lejos con su hombre demasiado bueno tomada de la mano al hacerlo prendería otro cigarrillo en su honor y daría media vuelta mientras seguiría eternamente atrapado en el misterio de sus ojos.





lunes, 6 de marzo de 2017

Logan

 (La siguiente reseña tendrá spoilers de la película así que no la han visto no la lean. Advertidos quedan)


“El mundo ya no es lo que era”
                                                Logan


Logan es una película triste. Estamos acostumbrados a películas de superhéroes poderosos que se enfrentan a grandes amenazas y villanos para al final salir victoriosos y arreglar las cosas, este no es el caso ya que nos enfrentamos al ocaso de los mutantes y a un mundo apocalíptico para ellos.

Lo que más sobresale de esta cinta es lo cansados que están los protagonistas. No tienen nada de esplendorosos, ya no existen Wolverine, el Profesor X, solo un viejo Logan y un Charles Xavier que sobreviven en un entorno hostil donde los mutantes son una especie en vía de extinción.

Charles sufre de demencia senil convirtiendo a uno de los más poderosos mutantes en un arma de destrucción masiva que nadie puede controlar. Logan se ha hecho cargo de su amigo cuidando de él en un lugar olvidado por todos en la frontera con México. Ambos saben que no tienen salida, no hay nada que puedan hacer o combatir para arreglar la situación. A lo largo de las películas la relación de ellos ha sido paternal donde un Xavier guiaba a Logan pero en esta última se ha invertido y se ha vuelto mucho más profunda y entrañable.

En esa situación aparece Laura, X-23, el reflejo de Logan, su hija. Joven, impetuosa, salvaje, confundida, y tras ella una siniestra organización causante de la desaparición de los mutantes que busca convertir a niños en armas de guerra. Ella es la esperanza en un mundo gris, la luz para nuestros protagonistas de un futuro al que no pertenecen donde están viviendo horas extras.

Lo mejor de la película son las actuaciones, tanto Hugh Jackman como Patrick Stewart dejan la piel en sus papeles, saben que es la última vez que visitarán el mundo mutante y no se restringen regalándonos interpretaciones magistrales. Dafne Keen como X-23 también hace muy bien su papel sobrotodo teniendo en cuenta que no habla durante más de la mitad del filme.

Hablaba de que es una película triste y esto  se ve representado más que todo en el hecho que ambos son el eco de un mundo destinado a desaparecer y porque fue el mismo Charles Xavier quien sin intención  mata por accidente a los Xmen. Todo lo que vimos en el pasado, todo lo que construyó a través de décadas se ha ido.

Desde que vemos la enfermedad de Charles, la paulatina desaparición del poder regenerativo de Logan y el lugar donde se desenvuelven  sabemos que lo único que les espera es la muerte, el descanso. Este viene en forma de X-24 un clon exacto de Logan, que representa lo que éste debió haber sido, a lo que se rebeló, una herramienta, un asesino,  luchando con él para salvar la vida de su hija encuentra un propósito.

Sorprende que James Mangold, director de la mediocre cinta anterior, The Wolverine, haya realizado esta película tan íntima y oscura. En una entrevista había dicho que quería una cinta alejada de la parafernalia de los superhéroes, deseaba algo más realista y vaya que lo consiguió;  para mí la cinta es un road trip con toques de western y muy poco de súper poderes (quizá donde más se nota es en el tercer acto). El haber cambiado la clasificación de la película en una para  adultos ayuda a crear una cinta mucho más madura de lo que podría haber sido, donde no se cortan para mostrar sangre o desmembramientos (lo que de verdad haría un tipo con garras de adamantio si existiera) y se ve de manera natural, sin parecer en ningún momento exagerado.

En el 2029, los mutantes han llegado a su fin, nuestro héroes han encontrado el reposo a su largo camino….y el futuro reposa en Laura y sus amigos a quienes quizá veamos en nuevas cintas.

¿Qué les pareció la película?





miércoles, 1 de marzo de 2017

El día en que las Tortugas Ninja salieron del closet

En 1992 un niño pegó unas laminitas de las Tortugas Ninja en su closet, seguramente eran repetidas o de pronto quiso dejar un legado eterno e imborrable en ese pedazo de madera que veía todos los días como desafío al tiempo. Veinticinco años después, el hombre en el que se convirtió ese pequeño observaba por última vez esas figuras sabiendo que era la última vez en su vida que las vería.

Vaciando la casa de mi madre para no volver, en donde los objetos acumulados por casi treinta años se mezclaban con un torrente inabarcable de recuerdos, mi mirada volvía una y otra vez a las figuras amenazantes y divertidas de mis héroes de niñez. Recuerdo la habitación y el tiempo que pasé en ellas pero ese niño que fui yo mismo se me hace lejano y ajeno como si fuera alguien completamente diferente e incomprensible para este hombre que ha vivido muchas cosas tantas buenas como malas en el camino que ha recorrido y las decisiones que ha tomado.

¿Qué pensaba ese niño? Seguramente sus preocupaciones me parecerían insignificantes ahora pero en ese tiempo eran importantísimas, sé que su infancia fue muy feliz y que nunca fue consciente de lo afortunado que fue durante ese periodo. Cuando estamos pequeños no sabemos todo lo que nuestros padres hacen para blindarnos de los problemas del mundo real y mantenernos en una burbuja feliz que se rompe cuando nos hacemos adultos y crecer es darnos cuenta que al final estamos solos frente al mundo.

El niño creció, se mudó con su padre después del divorcio pero el closet de su niñez siguió igual con las Tortugas Ninja atentas, vigilando los recuerdos de su infancia. Él volvería muchas veces a ese lugar cada vez más adulto, cambiado, vería el cuarto y le traería recuerdos del olor del pan, de la emoción con que pegó esas laminas y la cama ya inexistente donde su mamá le daba un beso antes de dormir y le dejaba prendida la radio en la estación de música clásica mientras se dormía, pero nunca se imaginaría que habría una última vez, una última visita, un último adiós.

¿Cuántas personas somos durante nuestra existencia? Cambiamos tantas veces de manera tan sutil que ni siquiera nos damos cuenta. Cada año, cada década tenemos tantas experiencias, personas por conocer, lugares por visitar, dolores y alegrías que sentir que nos convierten en personas casi extrañas a las que fuimos algún día aunque nuestra esencia siga casi intacta. Quizá somos mil y una más, como si viviéramos infinitas vidas en una sola y no nos diéramos cuenta de ello sino en determinados momentos cuando la nostalgia toca nuestra puerta, a veces de manera sutil, a veces con la ferocidad de un monstruo insaciable en busca de épocas mejores.

Nuestra vida es un recorrer infinito de lugares y personas que solo tendrá descanso al morir. En algún momento los lugares de nuestra niñez, donde dimos el primer beso o amamos intensamente desaparecerán físicamente y vivirán únicamente en nuestra memoria desapareciendo nuevamente cuando nosotros ya no estemos.

Recordé esto el penúltimo día antes de dejar la casa de mi madre. Esa noche fui al parque cercano que se veía mucho más pequeño de lo que recordaba. Vi el inmenso árbol y los columpios donde tantas veces corrí hasta quedar exhausto sabiendo que en casa mamá y papá estarían esperando por mi regreso, y todos mis seres, el niño que pegó los cromos, el adolescente indiferente y taciturno y el hombre lleno de cicatrices que soy ahora supe lo afortunado que ha sido por los lugares que ha recorrido y por la gente que ha tenido la fortuna de conocer y amar.

De momento las Tortugas siguen en el closet a la espera de un futuro incierto pero no las visitaré más, las llevo en mi corazón y eso basta por los años pasados y por venir. Su guardia ha terminado.





miércoles, 22 de febrero de 2017

Gracias

A veces vivir parece un acto de valentía. El mundo parece haberse ido al garete y las noticias son como cucharadas de jarabe de ricino, amargas y espesas. Nos levantamos y no sabemos si estar más aterrados por lo que ocurre en el mundo con sus guerras, la paranoia y el odio al que es diferente que crece como un monstruo desbocado o el miedo a lo cercano, a ese ser desconocido que vive en nuestra calle o es cercano a nosoros y que detrás de una cara amable puede esconder un violador o un asesino en potencia.

Actos horribles ocurren en el mundo y los gritos silenciosos de los asesinados por fuerzas oscuras, los niños cuya inocencia es arrebatada por bestias disfrazadas de hombres, las bombas que arrasan poblaciones y que no nos importan porque son en lugares lejanos se convierten en parte del paisaje que, en el mejor de los casos, darán pasos a airadas y efímeras protestas que se olvidarán a los pocos días para dar paso a la rutina de siempre, a la vida en donde la tragedia y la comedia esperan acechantes a la vuelta de la esquina.

Pero me gusta pensar que también hay bondad en el mundo. Que a pesar de la oscuridad también hay un rayo de sol que puede atravesar la noche, que los seres humanos podemos ser compasivos con el otro de manera desinteresada, que el alma humana que en ocasiones puede ser tan superficial y egoísta puede al mismo tiempo albergar los sentimientos más hermosos.

Durante los últimos meses de la enfermedad de mi madre pude comprobar esto último. En ningún momento estuvo sola. Siempre hubo algún vecino, familiar o amigo dispuesto a visitarla y acompañarla; personas que incluso que viajaron desde ciudades lejanas para hacer algo que la hicieran sentir mejor. Cuando viajaba veía todo ese amor que la rodeaba, esa romería de personas que no la desamparaban un momento, que no tenían ninguna obligación con ella pero aun así estaban pendiente de su salud, algunas incluso a diario.

Pienso quizá que esto se debió a que fue ella quien cultivó esas amistades, ese cariño. Siempre estuvo presta a dar un consejo, a ayudar a quien la buscara. Pero a veces, esos actos de bondad, no suelen ser recíprocos y en los momentos más difíciles las personas que estuvieron en la fortuna suelen ser los primeros que se alejan y huyen. Afortunadamente ese no fue su caso.

Incluso después de su muerte muchas personas se siguieron manifestando. En ambas ceremonias que le hicimos, tanto en Estados Unidos como en Colombia los lugares estuvieron llenos para recordarla. Recibí gestos de condolencia incluso de gente que hace mucho tiempo no veía y de personas que no creí que fueran capaces de tal empatía, de personas que ven en mi hermana y en mí un eco de lo que ella fue y que nos han acompañado brindándonos con su cariño la fuerza necesaria para atravesar este triste momento.

Una de las frases que más repetía mi mamá era “Para qué las más hermosas flores sobre mi tumba si en vida no se portaron bien” y creo que recibió ramos infinitos de astromelias (sus flores favoritas) de manera simbólica mientras estuvo viva y que a día de hoy lo sigue haciendo mientras se le recuerde con cariño.

Gracias. Infinitas gracias a todos aquellos que la acompañaron de manera paciente y amorosa hasta el fin de su camino, con actos que incluso podían parecer insignificantes pero que tuvieron para ella un gran significado. Gracias por quererla y por no tener miedo en demostrarlo. Gracias a quienes en estas horas aciagas nos acompañan a mi hermana y a mí con una palabra de apoyo, un consejo o simplemente oírnos. Gracias mil y un veces..

Mientras tanto una lluvia de pétalos de astromelias siguen cayendo por mi ventana donde brilla la luna.





martes, 7 de febrero de 2017

Mamá

I.

El día en que mi madre murió abordé un avión a las diez de la mañana desde Bogotá hacia Orlando donde ella estaba viviendo. En el vuelo repetí la película Doctor Strange y terminé el libro No es país para viejos de Cormac McCarthy; a las tres de la tarde  llegué a Estados Unidos y tuve que esperar media hora hasta que mi hermana me recogió. En su carro hablamos de la situación de mamá y paramos por burritos para llevar a casa. Cuando llegamos al apartamento la vi. Estaba mucho más flaca que de costumbre y ya no podía caminar ni tenerse por sí misma, no se alegró visiblemente de verme pero me hizo saber que estaba feliz de que estuviera allí.

Me pidió que la llevara desde su cama hasta el sillón reclinable donde veía televisión, la cargué y me sorprendí que una persona tan esquelética pudiera pesar tanto. Vimos Zootopia en inglés y ella se durmió la mitad de la película por su cansancio. Vino una vieja amiga que hace once vive acá a hacerle la visita y dejó una sopa a medio terminar; en algún momento mi hermana me dijo que ella estaba agonizando, a las diez de la noche pidió que la trasladáramos a la  cama porque tenía sueño (días después mi hermana me confesaría que ella nunca se acostaba tan temprano), la cargué de nuevo desde el sillón hasta la cama y apagamos las luces.

Antes de la medianoche empezó a quejarse, a gemir, a decir que tenía mucho calor, que la ayudara. Yo estaba a sus pies en una colchoneta improvisada a su lado; empecé a moverla de un lado a otro, me dijo que tenía una incomodidad pero no sabía dónde, le unté los labios de hielo, le quité la pijama porque se quejaba del calor, ‘quiténmelo, quítenmelo’ repetía una y otra vez; mi hermana salió de su cuarto, se acostó detrás de ella y la abrazó, de un momento a otro empezó a respirar pesadamente…miento, a respirar dolorosamente, sé que suena raro pero así fue, era un sonido extraño, un fuelle cuya exhalación era una expresión de dolor, un eco atroz e inolvidable.

En la oscuridad la tomé de su mano, era delgada, casi en los huesos. Ella que al final no soportaba el contacto físico no la retiró, empecé a acariciarla. Tanto mi hermana como yo empezamos a decirle cada uno por nuestro lado lo mucho que la amábamos y que ya era justo y necesario que descansara, que tenía que dejarse ir, en un momento dijo con todas sus fuerzas, ‘Dios ayúdame’.....empezó a respirar cada vez más frenéticamente y cada exhalación seguía siendo una queja, hasta que la intensidad de cada suspiro empezó a disminuir, en la oscuridad me pareció ver que miraba un punto fijo que iba más allá de cualquier objeto terrenal que me sobrecogió (a día de hoy me preguntó si habrá visto a la muerte) me apretó la mano y empezó a respirar cada vez más bajo hasta que dejó de hacerlo. Cuando mi cuñado asustado por los gritos de mi hermana  prendió la luz, mi mamá había dejado de ver ese punto exacto, había cerrado sus ojos y había partido de este mundo con sus amados hijos a su lado.



II.

Días después mi hermana me confesó que la última vez que la enfermera fue a ver a mi mamá  fue incapaz de encontrarle el pulso, estaba  tan débil que era incapaz de ser detectado. Le dijo a mi hermana que su situación era tan difícil que creía que le quedaban un par de semanas y que seguramente no llegaría a fin de mes. Tan pronto mi hermana me hizo saber esto no dudé antes de pedir una licencia en mi trabajo (donde tanto la gerente como mi jefe han demostrado una calidad humana de la cual estoy infinitamente agradecido y que parece increíble encontrar en estos tiempo frenéticos) que me permitieran acompañarla sus últimos días que a la postre terminaron convirtiéndose en sus últimas horas.

Ayer al venir las enfermeras a recoger los insumos de mi madre me dijeron algo más. Según quien la había visto me dijo que su situación era tan grave que no le quedaban más de 24 horas, incluso 48 era una exageración, pero ella superó todos esos records aguantando casi 72 distribuidas en tres días. Su cuerpo estaba completamente roto pero su alma no lo estaba y esperaba algo más.

Mi hermana me cuenta que el sábado en que mi madre murió había amanecido relativamente bien, pero tan pronto llegué empezó a empeorar a una velocidad inimaginable hasta su fin. Ella estaba esperando que llegara  para poder partir en paz y estoy convencido que si no hubiera viajado ese sábado sino el lunes como era mi plan inicial ella, a pesar del inmenso dolor, habría aguantado porque quería despedirse de su primogénito.

  Y pienso que a pesar de su lamento sobrecogedor de sus últimos minutos de vida, a pesar de que ya no expresaba gran cosa por el dolor y el agotamiento el haber estado con ella hasta el final, el haber sentido el apretón de su mano en el momento final hace que todo hubiera valido la pena una y mil veces más.




III.

Trato de no pensar en mi mamá en sus últimos meses de vida y me pregunto qué es aquello que conforma a una persona. Si sus momentos malos o los buenos o los tristes o felices. Si es posible encasillar a nuestros seres queridos en una sola categoría como la Santa, la Virgen o el Villano y llego a la conclusión que no hay categorías absolutas como el blanco y negro sino que todo se reduce a una gama casi inabarcable de grises donde la mayoría de las personas nos movemos durante toda nuestra vida.

En los últimos días mi hermana se repite una y otra vez algo que decía  mi mamá en sus días finales: ‘Qué he hecho yo para merecer esto’….y no hay una respuesta satisfactoria para esto, no hay cielo ni infierno, ni recompensa ni castigo, no existe un dios que nos castigue o recompense, ni un karma similar a una policía de lo moral dispuesto a culparnos por nuestros pecados, lo único real es el azar que no respeta ni ricos o pobres o buenos o malos y lo único realmente  importante son nuestras acciones ante ese azar.

Mi mamá fue una persona hermosa y no pude elegir una mejor madre para que fuera la mía. Pienso ahora en miles de recuerdos que se entremezclan uno sobrepuesto al  otro: Ahora me está disfrazando para ir a pedir dulces en Halloween, ahora estamos viendo Félix el gato en un miserable colchón en un diminuto televisor en blanco y negro en una apartamento vacío en 1989 , ahora me acaricia la cabeza de una manera en que ninguna mujer lo ha hecho o hará de una forma que era como su firma sobre mi piel; ahora me aconseja sobre aquella mujer pelinegra de mirada perdida en el infinito a quien amé pero no me correspondió, ahora estamos en Brasil disfrutando de la playa de Río de Janeiro en un día  de sol que no parece terminar jamás, ahora me dice al igual que papá que debo ser muy unido con mi hermana y que el dolor de uno lo debe sentir el otro; ahora me está poniendo la ropa (una camisetica amarilla y unos pantaloncitos cafés)  y acompañándome a la portería del conjunto esperando el transporte de mi jardín infantil, ahora la veo llevándonos a mi hermana y a mí a terapia mientras ponía  en  casette y cantaba a todo volumen a Juan Gabriel en su viejo Zastava del año 71 y ahora la veo en el chat de la familia llamándonos a mi hermana y a mi ‘tortolitos’ y diciendo lo mucho que nos amaba y planeando nuevos viajes que nunca habrían de realizarse.

El legado más importante de su mamá fue su valentía, su fortaleza.  No importaba lo podrida que estuviera por el cáncer o los diagnósticos de los doctores, nunca derramó una lágrima. “Lloren, lloren todo lo que quieran pero no quiero que cuando me hayan ido se vayan a enloquecer o hacer tonterías” nos dijo cuando los doctores nos dijeron que ya nada se podía hacer por ella. Y al final, por irónico que pueda parecer, ella venció, no se fue cuando el cáncer se le dio la gana sino cuando ella así lo quizo, pateándole el culo por infinita vez a esa enfermedad de mierda, demostrándole que un espíritu y una voluntad  de fuego es capaz incluso de derrotar al peor de los males.

Hay un libro del Joël Dicker, El libro de los Baltimore para ser más exactos,  donde uno de los protagonistas sufre de cáncer y dice lo siguiente: “Somos muchos los que buscamos darle algún sentido a la vida, pero la vida solo tiene sentido si somos capaces de cumplir estos tres propósitos: dar amor, recibirlo y saber perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo”.  Pienso en toda la gente que fue a visitar a mamá en sus últimos días, tantas muestras de amor de quienes fueron testigos de sus últimos meses, personas que nunca pensamos aparecerían y así lo hicieron; pienso en que hizo las paces con todos antes de partir y pienso en que me esperó para poder partir mientras le decía a mi hermana lo mucho que la amaba y me recomendaba con ella. Pienso que ella amó intensamente, fue amada con la misma magnitud, perdonó las ofensas contra ella y pidió perdón por los errores que pudo haber tenido. Pienso que su legado vive en mi hermana y en mí, y que la vida es solo el amor que damos y recibimos y ella fue generosa hasta más allá del límite en brindar su amor y cariño y sé que ahora junto lloramos porque nunca es fácil decir adiós a alguien tan querido pero su fuego vive en nosotros y de nosotros depende que su valentía sea la estrella más brillante en el cielo que nos habrá de guiar hasta que sea hora de reunirnos con ella.

Te amo mamá. Me haces mucha falta. Algún día nos veremos de nuevo.


María Cristina Mendoza. Septiembre 8, 1958 – Febrero 4, 2017


miércoles, 1 de febrero de 2017

Un monstruo viene a verme: Mi mamá y el cáncer y el cáncer, mi hermana y yo


La primera vez que a mi mamá le dio cáncer fue hace once años. Lo que empezó como una molesta sensación de pesadez en el vientre se convirtió en un tumor que casi le cuesta la vida en una operación. Después vinieron las quimioterapias, la caída de pelo, la debilidad, la enfermedad en toda su plenitud que ella, con voluntad de hierro, derrotó.

Pasaron seis años y cuando pensamos que todo había sido solo una horrible pesadilla, recayó. De nuevo las quimioterapias, los dolores, el vómito y el querer seguir adelante. Cuando nuevamente se sobrepuso a la enfermedad, mi hermana en recompensa la invitó al Mundial de Fútbol de Brasil en unas vacaciones inolvidables, que ahora en esta noche que no parece terminar parecen difusas, como si hubieran ocurrido en otra vida.

Las recaídas se hicieron más constantes. A finales de ese año tuvieron que operarla nuevamente y el 2015 se tiñó de nuevas quimioterapias;  el año pasado la situación empeoró y ya el tratamiento no le surtió ningún efecto, su salud se deterioró  de manera acelerada los últimos tres meses del año y los doctores dictaminaron que ya no se podía hacer nada por ella. En diciembre tuvimos una pequeña luz de esperanza cuando la reconocida Clínica Mayo nos dijo que era posible un tratamiento. Mi hermana se la llevó a Estados Unidos donde vive para que la vieran los doctores de la Clínica, pero la luz se desvaneció en seguida cuando le dijeron que en su estado actual no soportaría ningún tratamiento y que lo único que podíamos hacer era esperar.

Reflexiono en todo esto después de leer el triste y hermoso libro UN MONSTRUO VIENE A VERME de Patrick Ness. En él nos narran la historia de Conor O’ Malley, un adolescente de trece años que debe ver como su mamá está muriendo de cáncer y para hacer más fácil este difícil (no tienen idea cuánto) proceso, invoca la figura de un monstruo que le enseña a aceptar la realidad y dejar ir.

Es increíble como esta novela refleja muy bien lo que hemos estado viviendo. Nos habla de la tristeza, la impotencia ante lo abrumador de esta enfermedad pero no sólo eso, quienes hayan tenido la desgracia de ver a un familia sufrir de este terrible mal se verá reflejado en la madre del protagonista, en su deterioro, su debilidad, el no tener ni siquiera aliento para hablar, el vómito constante (en nuestro caso un balde al que he llegado a detestar como si fuera una persona viva que debemos acercarle a mamá cuando va a trasbocar).

Al ser Conor incapaz de expresar sus emociones explota de la peor manera, en algún momento destroza parte de la casa de su abuela o coge a golpes al abusón de su colegio que se burlaba de él. Y sí, a veces es tanta la frustración y la tristeza que también dan ganas de hacer lo mismo, de mandar todo a la mierda, de darle un golpe, o quizá más de uno, a cierto cabrón manipulador; pero al ser uno adulto tales salidas no le están permitidas y hay otras más sutiles pero igual de dolorosas y destructivas.

Pienso en mi mamá. Es quizá el mejor ser humano que conozco y no merece nada de lo que le está pasando, al igual que tantas personas que han atravesado por esta enfermedad de mierda que acaba con el cuerpo y el espíritu. No hay palabras dichas o escritas que puedan expresar el cansancio o la tristeza que estamos atravesando en este momento.

Pienso en mi hermana, la mujer más valiente que conozco. Ha sido capaz de dejarlo casi todo por venirse a Colombia a cuidar a mi mamá tres meses y que lo sigue haciendo ahora desde Orlando, quienes hayan atendido a una persona enferma saben lo agotador que pueda ser, y ella lo ha hecho sin quejarse contagiándonos a todos de su fuerza y energía.

Pienso también en muchas cosas. En que me gustaría hacer mucho más de lo que hago para que estén mejor así sea a la distancia, en lo mucho que amo a mi mamá y quisiera que estuviera sana o pudiera descansar de tanto dolor, en tantas cosas que he aprendido de ella y que lo sigo haciendo incluso ahora; en tantos momentos vividos, lo efímero de la vida y la importancia que le damos a tantas cosas que no la tienen mientras dejamos de aprovechar a quienes nos aman que si fuéramos conscientes que el tiempo con ellas es tan corto no dejaríamos de besarlas, abrazarlas y decirlas cuanto las queremos.

Del libro sacaron una adaptación cinematográfica que está actualmente en cartelera que no dudo en recomendar a quienes atraviesen por un momento similar y para quienes no, recuerden la importancia del amor y la familia en los momentos más difíciles.


Y mientras tanto mi mamá sigue en Estados Unidos,  viviendo con mi hermana, esperando, rodeada del amor de quienes la conocemos, lo que tenga que ocurrir. 


Mi mamá, yo y mi hermana

jueves, 12 de enero de 2017

La la land o un romance para millenials –el musical-

(Aviso: Esta reseña-reflexión de La la land tendrá spoilers de la película. Advertidos quedan)

Con sus siete globos de oro, que la convierten en una de las favoritas este año para los Oscar, el musical romántico La la land es una de las películas del momento. No es para menos, es el tipo de cintas en las que el espectador sale del teatro con una canción en los labios y una sonrisa en el corazón.

Las actuaciones son maravillosas, tanto Ryan Gosling como Emma Stone tienen ese carisma para tener a los espectadores a sus pies y cuando interactúan entre sí tienen esa química donde uno sólo quiere que sean felices y coman perdices (o ensaladas veganas  en este mundo del new age y lo políticamente correcto).

Y  sin embargo, después de ver la película quede con una especie de sinsabor que aunque no arruinó la buena sensación de la película me quedó rondando cual fantasma de ex un buen momento hasta que pude identificar de qué se trataba.

Sonará contradictorio que lo diga pero aunque la película me gustó en un primer momento sentí que fallaba precisamente en el romance. Es cierto, los personajes son adorables, funcionan muy bien juntos y les deseas lo mejor, pero en ningún momento se les ve funcional como una pareja a largo plazo, a lo sumo se les ve como compañeros de viaje en un momento de vida.

Reflexioné un poco más y quizá no es un error del filme, es posible que su director Damien Chazelle nos esté mostrando en esta película la manera en que se concibe el amor en este comienzo –ya ni tanto- de siglo, de relaciones virtuales, redes sociales y Tinder.

La primera palabra  que se me viene a la mente cuando pienso en los Millenials es hambre. De conocimiento, poder, es la generación que si se trazan una meta la van a lograr no importan qué deban hacer o que sacrificios requieran, tienen la tecnología y el mundo en la palma de su mano y saben exprimirla a placer para alcanzarla. Son la generación que hace posible lo imposible, a edades muy tempranas, alcanzando objetivos que sonrojan a sus generaciones previas.

Por ello mismo son Workaholics o adictos al trabajo. Buscan su lugar en el mundo dedicándose a lo que los apasiona de manera obsesiva y cuando dejan de interesarles o se aburren lo dejan con una facilidad asombrosa. Los puedes ver viajando por el mundo y cambiando de trabajo de manera constante pues nada los llena del todo y siempre están buscando nuevos retos. Esto también se ve reflejado en su estilo de vida pues todo lo quieren inmediato, películas, comida, videojuegos, conexión a internet y cuando no logran las cosas con la rapidez que quieren se frustran. Podría decirse que son el fruto de un mundo de épocas de paz y abundancia.

Este comportamiento también se aplica en sus relaciones sentimentales. Todo lo quieren de inmediato y que no interfiera demasiado en sus proyectos profesionales. Es así como aplicaciones como Tinder y  romances de una noche son su bandera pero son incapaces de establecer una relación seria, de despojar a la persona de idealismo y pensar que las historias de amor y pareja duran más que un mes y pueden ser proyectos de construcción que pueden llevar años.

¿Y qué tiene que ver todo esto con La la land? Me parece que la relación de los protagonistas lo explica muy bien. Se conocen, se enamoran, se apoyan mutuamente en proyectos mutuos pero en determinado momento se aburren y cada uno sigue su senda. Sí hablan de que se aman mucho pero en ningún momento hay un obstáculo real en su relación. Emma le dice a su novio que debería dejar de tocar la música que odia para dedicarse a su jazz y él a ella que deberían terminar para que ella se vaya a París y dedicarse a su carrera y por esos dos temas supuestamente irreconciliables se alejan.

Lo curioso es que cinco años después se reencuentran y es obvio que los motivos de su ruptura no eran tan graves como para terminar si hubiera existido diálogo, el mirar un poco más allá de lo inmediato y el suficiente amor.  Gosling siguió haciendo su música de mierda que detestaba pero en su tiempo libre abrió el club de jazz que siempre soñó y si bien Emma se fue a París a actuar en su película vuelve al poco tiempo a Los Angeles. Si hubieran trabajado lo suficiente en la relación, si hubiera existido un amor real, más allá de la camaradería, el apoyo y la química habría podido construir algo quizá no tan mágico como un sueño pero sin duda mucho más real.

La síntesis perfecta de todo este discurso se ve en los minutos finales de la película, cuando ella va al club de su antiguo amor y al ver la canción que él le dedico se imagina qué hubiera pasado si hubieran actuado diferente a lo largo de su relación. El número musical es maravilloso y nos enamoramos una vez más de la química entre los personajes, en esta romance alterno todo fluye sin problemas y son felices comiendo perdices (o ensaladas veganas) pero al final de la canción se da cuenta que todo es un sueño y abandona el club con su esposo dejando al amor de su vida para siempre. Esa relación de ensueño, inmediata, mágica y sin problemas es la que buscan los Millenials y al no conseguirla al cabo de un corto tiempo abandonan el barco con el corazón roto sin ser conscientes que la verdadera magia está en construirla por años  a diario, en medio de los problemas, con un amigo amante al que querrás matar por lo menos una vez a la semana pero por quien todo valdrá la pena.


Al final ambos protagonistas cumplen sus máximas ambiciones pero están solos. Él con su bar y ella con un matrimonio que nunca le dará esa felicidad que tuvo junto a ese amor inolvidable. Quizá lo triste de los Millenials es que pesar de haber alcanzado el cielo, dominar a su antojo el mundo virtual y lograr todo lo que se proponen, están más solos que nunca.