miércoles, 31 de octubre de 2018

Pigmalión


Como todos los años, mi regalo de Halloween en forma de cuento de terror. Espero les guste.

TuLio

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 El camino que lleva hacia la mansión Blackwood pasa por un bello estanque donde el ambiente es liviano y sereno, se interna por un bosque donde el follaje es tan espeso que la luz del sol no lo traspasa, sus ramas son largas y afiladas como garras para luego ascender a la casa ubicada junto al precipicio. Aunque había visitados muchas veces el lugar hasta prácticamente hacerlo mi hogar, esta es mi primera visita luego de la partida de mi amada Eloisa.

Al bajar de la carroza me recibe Lord Blackwood, alto y sombrío como siempre. Desde el entierro no habíamos vuelto a hablarnos por lo que me asombró su invitación para que viniera justamente un día antes del quinto aniversario de la muerte de Eloisa. Luego de los saludos de rigor damos una vuelta por los jardines donde fuimos tan felices antes de la tragedia.

-Antes de continuar quiero mostrarte algo –dice mi anfitrión.

Me dirige a una pequeña construcción que no reconozco. A medida que me acerco el olor se hace penetrante y lastima mi olfato, huele a descompuesto a inmundicia. En su interior hay una especie de gran círculo, una especie de chiquero con un único huésped, un cerdo gigante que malvive en condiciones infrahumanas incluso para un animal. El ente al ser consciente de nuestra presencia intenta huir chillando de manera sobrecogedora. Lord Blackwood coge un palo y agarra a golpes al porcino quien se retuerce de dolor y su gemido parece retumbar por toda el lugar. Mi anfitrión disfruta maltratando al animal hasta que se le cansa el brazo y la pobre bestia exhausta deja de chillar, en cierto momento el cerdo me mira y siento repulsión, asco y compasión por partes iguales, su mirada es un grito de socorro que nunca había visto y nunca más veré en mi vida.

-Henry –me dice Harold Blackwood- te presento a Pigmalión.

No le hago ninguna pregunta. Desde pequeño fue bastante extraño. Recuerdo que mientras Eloisa y yo jugábamos por los patios, él se encerraba a leer libros extraños de culturas lejanas y siniestras.

Seguimos paseando por los alrededores y empezamos a recordarla. Él era su hermano pero a veces parecía tener una obsesión enfermiza por ella; yo su prometido y si la muerte cruel materializada en un ladrón que habría de segarla en la flor de su vida no hubiera aparecido sería familiar de este hombre. Caminábamos y nos parecía verla en medio de las flores, riendo y creando coronas de crisantemos para nosotros. Perderla ha sido el dolor más grande que he sentido en mi vida y si estaba de nuevo en la que fue su casa visitando a ese hermano lejano y extraño era porque sentía que tenía esa deuda hacía ella.

Después de la cena nos dirigimos hacía el salón principal donde empezamos a beber coñac y fumar unos deliciosos habanos.

-No te has casado ni has vuelto a comprometerte, incluso no se te ha conocido novia o relación alguna. Eres un hombre rico, joven y apuesto,  el compromiso que adquiriste con mi hermana fue hace cinco años y lo normal sería que lo olvidarás y te decidieras a conformar una nueva familia podría preguntarte ¿por qué? – pregunta  Blackwood mientras entrecierra sus ojos y me observa de manera atenta como un halcón.

-Eloisa era la única mujer en mi vida. No he vuelto a ver la belleza de sus ojos, ni su dulzura, sentido del humor o inteligencia en otra mujer. Sé que mi padre dice que si no consigo pronto una esposa y le doy un nieto me desheredará y pasará toda su fortuna a mi hermano Jonhatan. No me importa, lo único que lo hace es que cada vez que duermo la veo en mis sueños.

- ¿Y qué hay de su asesino? ¿Qué le harías si lo tuvieras al frente?

Pienso en mi prometida. En su cuerpo degollado. El tajo que se extendía por su cuello. La sangre que bañaba su vestido celeste, en los ojos de terror que tenía su cadáver. Muchas veces esa última mirada me acompañaba por días enteros.

-Lo mataría. Mil veces si pudiera. De maneras horribles- exclamo.

Lord Blackwood sonríe.

-¿Qué tanto sabes del alma?- pregunta cambiando de tema.

-El alma es lo que nos conforma. Lo que complementa nuestro cuerpo humano. Es la esencia de dios en cada uno de nosotros. Cuando morimos el alma abandona el cuerpo y va a juntarse con el creador.

-¿Cómo puedes afirmarlo?

-No lo sé –respondo meditabundo- es algo que se siente más que comprobarse, tal como la existencia de dios, sabemos que existe pero la ciencia no ha podido probarlo pero tampoco ha podido desmentirlo.

-Así es –concordó mi amigo mientras encendía otro puro- Vivimos en una sociedad avanzada, que no parece necesitar de dios. Nos apegamos a la ciencia como si fuera la última respuesta, la única. Pero hay cosas que ella no puede explicar…. Después de la muerte de mi hermana juré atrapar a su asesino a cualquier precio, no demoré más de tres meses en hacerlo, pero eso no calmó mi dolor.

-Él….¿está aquí?.....- pregunto con voz trémula.

-En cierta forma sí –responde Lord Blackwood, toma una pausa y retoma el tema anterior sin explayarse en mi pregunta- Vagué por países lejanos sin rumbo, queriendo morir, pero a la vez buscando respuestas. Vi un hombre provocar la muerte de otro a kilómetros de distancia solo entonando un mantra; vi un demonio que se apoderó de un padre ejemplar  para asesinar a su familia y luego abandonar el cuerpo de su huésped quien desesperado por lo que había hecho se suicidó. He visto grandes sabios beber la sangre caliente de recién nacidos para alcanzar la iluminación y la vida eterna.

Me siento incómodo por la conversación y quiero retirarme a mis aposentos pero al mismo tiempo estoy fascinado bajo el influjo de sus palabras.

-Finalmente llegué a la ruinas de Hamput, una de las civilizaciones primigenias y olvidadas de la historia. Allí oí por primera vez la leyenda del Karem Hana-el, el Cuchillo de los Dioses, se dice que este artefacto condena tu alma a que se quede en este plano astral. Es una bendición y una maldición. Cuando morimos volvemos a nuestro creador, somos parte de él y perdemos todo los que nos conforma, nuestra alma se hace una con la suya, morir por el cuchillo nos permite mantener nuestra esencia pero no nos deja descansar, un dulce castigo, ¿no crees? En fin, vagué otros tres años por lugares malditos en busca del cuchillo, me costó la mitad de la fortuna de los Blackwood e hice cosas que me condenarán para siempre pero lo conseguí.

Diciendo esto se levanta, camina hasta una pequeña caja de marfil, la abre y puedo ver el cuchillo de los dioses. Es de bronce y emite un brillo opaco, extiendo mi mano hasta casi tocarla pero siento un temor reverencial, mis manos empiezan a sudar y la retiro.

-Eres un hombre prudente, Henry, por eso te amaba mi hermana, por eso y por el amor que le profesaste te invité.

-¿Pero qué tiene que ver esta  historia con…?

-Todo a su debido tiempo –me interrumpe- Pero ahora es tarde y deberías descansar, mañana es el gran día.

Abandono el gran salón mientras veía al enigmático hombre, destapando otra botella de coñac y consumiéndola en compañía de la llama de la chimenea.  

Recostado en el cuarto de huéspedes  me parecía sentir la presencia de Eloísa, su voz llamándome para reunirme con ella, su aliento cerca de mí a punto de besarme, su rostro degollado buscando ese beso; en un momento se derrumbó y apareció en el cuarto Pigmalión, gruñendo y acercándose a su cuerpo, intenté detenerlo pero mi cuerpo estaba paralizado, quise gritar  pero mi voz era vacía, silenciosa, el cerdo estuvo frente a su cuerpo exánime y empezó a mordisquearla, desgarrando su piel llenando su inmunda trompa con su sangre y gruñendo de alegría devorando sus vísceras, después de acabar se dirigió hacia mí, pude sentir su trompa húmeda antes de despertar gritando y bañado en sudor.

La mañana era soleada pero fría. En el quinto aniversario de la muerte de Eloisa nos dirigimos al panteón familiar de los Blackwood, donde está enterrada juntos a sus padres. Es la primera vez que visito el lugar desde el entierro. Sé que era el primer lugar que debí visitar al venir pero intenté evitarlo, hacerlo era reconocer una vez más el dolor de su ausencia. Harold había cambiado su tradicional vestimenta negra por una camisa blanca sin ningún ornamento.

Dejamos un ramo de crisantemos blancos, su flor preferida, en su tumba. No sé cuánto tiempo estamos frente a ella en silencio, pensando sobre la vida, la muerte y su risa, hasta que finalmente Harold se levanta y dice ‘Ya es suficiente’.

Me guía hacía la casa del chiquero. Algo en mí me dice que no lo siga, que abandone el lugar de inmediato, que huya hasta estar de nuevo en la comodidad de mi mansión pero lo sigo como una res al matadero. Entramos, el cerdo dormía inquieto.

-Ayer te contaba que a los tres meses de su muerte capturé a su asesino –empieza a hablar Blackwood-. Era un don-nadie, un ladrón pobre diablo que cercenó la vida de mi hermanita por unas cuantas monedas. Lo encerré como la bestia que era y lo sometí a la peor de las torturas. Le arranqué los ojos y la lengua, pero pronto sentí terror, una sola muerte no sería suficiente para que pagara por su crimen. Ordené a mis criados que lo mantuvieran con vida hasta mi regreso so pena de muerte y me marché tal como te lo relaté ayer.
“Al obtener a Karem Hana-El, supe lo que debía hacer, regresé a mi casa, al asesino. Su condición era deplorable y a duras penas seguía con vida. No estaba del todo convencido de lo que iba a hacer pero no tenía tiempo. Usé el cuchillo con él, tantas, tantas veces, que pensé que no había conseguido mi objetivo, pero entonces la vi, su esencia repulsiva, su alma, la capturé en un frasco sagrado y luego se la transfundí a Pigmalión…  Henry, los animales no tienen alma, no tienen la esencia de nuestro creador, pero pasada una semana pude ver como su mirada era igual a la del ladrón. Lo trasladé a esta edificación donde lo he torturado de todas las formas posibles hasta donde lo sacrificaré y luego pasaré su alma a otro animal, dentro de un año lo mataré de nuevo y haré lo mismo una y otra vez. Mil muertes me dijiste ayer, te juro por el alma de mi hermana que lo haré”.

Sus ojos brillan y su emoción febril alimentada por la locura parecía darle una energía que nunca pensé advertir en él…y sin embargo había visto a Pigmalión y había advertido algo en él que no supe distinguir que era, quizá el brillo de una humanidad perdida, pero no, no podía ser posible.

-Estás loco, Harold– digo.

-Ya verás si lo estoy o no- responde y diciendo esto saca el Cuchillo de los Dioses y una pequeña botella que tenía guardada en el pantalón, se quita la ropa a excepción de la interior e ingresa al chiquero.

Despierta a Pigmalión de una patada que a cualquier humano le habría roto un par de costillas. El cerdo despierta gruñendo de dolor y al ver a su verdugo empuñando el cuchillo abre los ojos de par en par, empieza a correr por el círculo desesperado, sabiéndose sin salida, empieza a chillar pero el sonido no es porcino sino como si fuera humano deformado, pareciera decir, Yuda, yuda, ayuda, siento ganas de llorar, el animal se hace frente a mí, empieza a llorar, implora mi perdón, mi socorro, pienso en Eloisa, su cuerpo ensangrentado. Me quedo quieto. Harold llega junto a él, lo abraza y lo muerde, le arranca la oreja de un mordisco, el animal se retuerce, lo acuchilla una vez, dos veces, pierdo la cuenta a la décima acometida, el animal, llora, chilla, se mueve cada vez más lento, su sufrimiento llena de energía a mi amigo que lo sigue lastimando. No podría decir cuánto tiempo dura el suplicio, al final Lord Blackwod está completamente teñido de la sangre del cerdo y su propio sudor y el porcino muere.

-Ahora verás –me dice mientras se ríe.

El cuerpo inerte del cerdo empieza a moverse y de un momento a otro empieza a vomitar. Bota sangre, sus intestinos, tiñe el suelo de rojo hasta que de un momento a otro empieza a trasbocar un líquido negro,  inmundo y  viscoso, una vez en el piso, y juro por dios que todo lo ve, empezó a moverse con lentitud como intentando huir.

-Rápido, la botella- me ordena.

Se la paso mientras miro de asombrado ese despojo, ¿es esa el alma humana? ¿o tan solo una horrible como la del asesino de mi querida prometida? Con prontitud Harold raspa el suelo con el cuchillo y toma hasta la última gota negra que se ha vertido en el suelo y la traspasa a la botella. Horrorizado observo como ese líquido, ese ente, sigue moviéndose e intenta de manera desesperada huir de su nueva prisión.

-No podrás escapar de aquí, ¿me oyes maldito? Ya tengo un nuevo huésped para ti. Mañana lo conocerás….-dice mientras rie de manera desquiciada el hombre que alguna vez fue mi amigo.

Pasamos el resto del día sin decirnos gran cosa, a la mañana siguiente abandoné la Mansión de los Blackwood para no volver jamás.




viernes, 21 de septiembre de 2018

El olvido que somos - 21 de septiembre

Nunca conocí a mi abuelo. Murió cuando yo tenía dieciocho años pero aun así no conservo un recuerdo nítido suyo. No tenía alzheimer pero al final de sus días tenía una especie de demencia senil que hizo que prácticamente olvidara a sus seres queridos. No recuerdo haber tenido una charla larga con él y es una pena porque mis papás y mis tíos (en especial mi tía que era su consentida) me hablan de un hombre dedicado e inteligente, que ayudó a la crianza de sus hermanos menores, un hombre sensible que gustaba de la poesía y brillante con las letras (a punta de cartas de amor conquistó el corazón duro como diamante de mi abuela)  y cuyo nombre comparto. TuLio.

Pienso en él porque hoy 21 de septiembre se celebra (¿se conmemora?)  El Día Internacional del Alzheimer donde en varios países se realizan varias actividades para concienciar y ayudar a prevenir este mal. Cada año este día tiene un slogan diferente el de éste es ‘Alzheimer ConCiencia social’ pero sin duda me quedó con el del año pasado, ‘Sigo siendo yo’, un grito de rebeldía ante un mal que no se detendrá hasta tomar tu vida.

Mi papá siempre tuvo miedo de esta enfermedad al punto de volverse un poco hipocondríaco con el tema. Se olvidaba dónde había dejado las llaves, El Alzheimer; no pagó una cuenta pendiente, El Alzheimer; no recordaba llamar a mi hermana a saludarla….bueno, ya me entienden. No lo culpo, comparto su miedo, para mí una de las formas más tristes de abandonar este mundo es olvidándolo todo, tiñendo el universo de vacío.

¿Quiénes somos? ¿Acaso nuestras vivencias? ¿A quienes hemos amado? ¿Los viajes qué hemos hecho? ¿Nuestra inteligencia? ¿El trabajo? ¿Los lugares que hemos frecuentado?  El Alzheimer nos despoja de eso, como un dios sordo e inclemente nos deja a solas con nosotros mismos, la lucha diaria contra nuestro cerebro que como una bestia devora los recuerdos dejando pequeños jirones que quedan para los sobrevivientes: El reconocimiento de un rostro familiar que se asoma como un tímido haz de luz  en medio de la bruma del olvido, días buenos que cada vez serán menos, la pelea constante por seguir siendo…

Aparte de mi abuelo sólo he conocido un caso (aunque no fue cercano). La abuela de la amiga de una amiga lo tenía. Una vez la vi, jugábamos cartas, ella ganaba y lucía radiante reflejando luces del pasado. Cada vez olvidaba las reglas del juego y tenían que explicárselas, no estoy seguro pero creo que olvidaba cada vez más a su nieta, eso paso quizá hace cuatro o cinco y es probable que haya muerto a consecuencia de ello, pero me gusta recordarla en esa única ocasión que la vi: Sonriente, rodeada de su nieta e hija, a pesar de ser y no ser, había un ‘algo’ que la hacía sentir que pertenecía a ese sitio, un instinto más fuerte, que el olvido, que la mismísima muerte.

Gabriel García Márquez dice que la vida no es como uno la vivió sino como uno la recuerda, pero el olvido siempre llega tarde o temprano, así no tengamos Alzheimer, personas, lugares y personas se van difuminando, pareciendo incluso que estos no nos pertenecieron jamás  y que son ajenas como si hubieran sido otros quienes la vivieron. Lo que permanece con nosotros son nuestras acciones, el amor que dimos y quizá sea nuestro único legado en el mundo,

A todas las víctimas del Alzheimer,  sus familias y seres queridos tan solo les puedo dar estas palabras, mis sentimientos de fuerza y amor y esta hermosa canción del Cuarteto de Nos, cuyo compositor Roberto Musso creó en honor a su madre y abuela quienes cayeron ante este maldito mal.


21 de septiembre (Cuarteto de Nos)

 Tu mirada transparente atravesándonos
Tan ausente y tan distante
Brillando de tristeza y de inseguridad
Resplandeciente de temor y soledad
Dudando quien está en tu piel

Ahí estas
Presa de este maldito mal
Que apago la luz de tu ser
Que arrasó con tus recuerdos que nunca van a volver
Y la vida te vuelve a emboscar
En septiembre una vez más
Buscando sin saberlo primavera oscura y paz

Tu memoria ya no tiene tiempo ni lugar
Son tus gestos y tus marcas
Se esfumo y es incapaz de perfumar
Tus 21 gramos de alma
Que en algún lado aún están

Y pensar
Que algunos años atrás
Decías con convicción
Que el olvido era una forma de venganza y de perdón
Que el olvido es libertad
Y afirmando esta contradicción
Te fuiste tan de a poco que nunca dijiste adiós

Y aunque se que mi nombre
Ya no pronunciarás
No duele oírte contar
Como fue tu primer beso
Y en medio de esta guerra
De rabia y desconcierto
Te vas perdiendo
Te vas perdiendo

Ahí estás
Presa de este maldito mal
Que apago la luz de tu ser
Que arrasó con tus recuerdos que nunca van a volver
Y la vida te vuelve a emboscar
En septiembre una vez más
Buscando sin saberlo primavera oscura y paz
Y algunos años atrás
Decías con convicción
Que el olvido era una forma de venganza y de perdón
Que el olvido es libertad
Y afirmando esta contradicción
Te fuiste tan de a poco que nunca dijiste adiós
Termina otro 21 de septiembre
Adiós




sábado, 30 de junio de 2018

Diez años sin Camilo

Hoy hace exactamente diez años mi querido amigo, mi hermano, Camilo Reyes murió en un accidente automovilístico. La noticia me sorprendió regresando a Bogotá después de una visita a Cali. En esa época, abrumado por deudas y pocos recursos económicos, iba de una ciudad a otra en bus y llegué reventado después de un viaje de doce horas por lo que unido al dolor de la pérdida me toco devolverme al día siguiente también en bus a Cali a encontrarme con una de las citas más tristes que he tenido en mi vida.

Soy ateo pero la ceremonia cristiana que le hicieron a mi amigo fue hermosa. Di un discurso del que no recuerdo gran cosa por el dolor. Al acercarme al ataúd y ver su cuerpo no podía creer que ese fuera ese ser que tanto quise al que conocía desde los tres años, mi consejero y con quien nos sorprendía madrugadas hablando sobre los sueños y el futuro.

Para ser una persona que no cree en nada con él me paso algo muy extraño que quizá sea una revelación del más allá. Tuve un sueño. Lo veía pero no como una presencia física, estaba desnudo pero envuelto como en una luz  brillante, yo le preguntaba si veía a dios, si existía y él solo sonreía y me decía, Yo no lo veo, lo siento, siempre me he preguntado si ese sueño fue fruto de mi inconsciente desesperado por verlo de nuevo o un mensaje de mi amigo desde la otra vida.

No ha sido la única vez que se ha manifestado aunque sí conmigo. Piedad y Diego sus papás y su hermano Sergio cada cierto tiempo me cuentan que de una u otra forma se les ha hecho presente. Ya sea con su canción favorita que suena de un momento a otro en un centro comercial o en la radio durante momentos difíciles o una flamante mariposa que aparece salida de quién sabe dónde y que ellos habían establecido como el animal que lo representa y más de una vez también han soñado con él. No sé si exista el más allá o no pero es bonito pensar que los muertos nunca se han ido del todo y siguen cuidándonos con el mismo amor que nos tenían cuando estábamos vivos.

Diez años, se escribe más fácil de lo que se vive. Ha corrido mucha agua debajo del puente como se dice por ahí: Murieron mis padres y mi perrito pero también nació mi hermosa sobrina. Yo tampoco soy el mismo, he cambiado, madurado, aunque la esencia siga siendo la misma, es la vida misma la que nos encarga de moldearnos, de enfrentarnos a pruebas difíciles donde a veces pensamos que no queremos seguir pero hacemos de tripas corazón y seguimos recorriendo la senda del caminante hasta que nuestro sendero haya terminado también.

El dolor nunca se va, como el dolor fantasma que sufren los amputados donde siguen sintiendo que sus extremidades perdidas siguen estando presentes. Debo hacer una confesión, no recordaba que hoy se cumplía este día, pero tanto ayer como hoy tenía una enorme tristeza inexplicable que entendí cuando caí en cuenta de la fecha.

Muchas veces no dejo de preguntarme qué sería de él si siguiera vivo. Sería un magnífico médico (lo que es la vida, mi otro gran amigo, Cm Muriel también optó por esa carrera de servicio a la humanidad), se habría unido a Médicos sin fronteras como era su sueño y habría tenido esa hermosa niña con la que siempre soñó. Pero pensar en ello no sirve de nada, son solo sueños de un futuro que nunca fue y sólo lástima y duele. Prefiero pensar en el hombre que fue, en su nobleza, inteligencia y sentido común, en su alegría, su amistad y lealtad, en el amor que dejó en quienes tuvimos la fortuna de  en la huella que dejó en todos los que amamos, a fin de cuentas todos iremos a lo desconocido y eso más allá de la plata, la fama y los placeres mundanos es lo único que dejaremos en este mundo.

Pienso en los seres que he perdido los últimos años y sé que en el futuro también tendré nuevas pérdidas y llegará el momento en el que yo deba partir y espero dejar un recuerdo tan bonito como el que dejó Camilo. Pienso también en Verónica, en su vida que recién comienza y que también ella deberá enfrentarse a la pérdida de la gente que más ama, pero esa es la vida, porque lloramos solamente por lo que amamos, pero también en este paréntesis de la nada que es la vida, también compartimos tiempo con ellos, sonrisas, conversaciones y  momento inolvidables que ni siquiera la muerte es capaz de borrar y eso es lo que le da sentido a la vida, por lo que vale la pena vivir. Soy muy afortunado de haberme encontrado con Camilo en este universo y haber compartido los años compartidos así a veces parezcan tan cortos y se haga extrañar tanto.

Espero que estés en paz mi querido amigo. Te amo y te mando un abrazo donde sea que estés.







lunes, 25 de junio de 2018

Selección Colombia, 50 millones de gracias….


No se canta el himno nacional con mayor alegría y devoción que cuando se juega un partido de fútbol en un mundial. Es entonces cuando el país de manera conjunta cierra los ojos y canta, quienes están por fuera dejan caer una lágrima de añoranza mientras recuerdan esa tierra tan lejana que ya no les pertenece a ellos sino a su infancia o juventud, mientras que el resto del territorio se hace uno en un país de cincuenta millones de almas tan parecidas pero a la vez tan distintas.

Hace algunos meses estuve de vacaciones en el Perú y me sorprendió el orgullo nacional que existe en torno a su herencia indígena, en cómo a diferencia de acá no niegan la parte ‘india’ que los conforma sino que la aceptan y hace parte de su identidad como nación, lo mismo ocurre con los mexicanos y su orgullo siempre latente por su sangre azteca. Pienso en lo necesario que es que existan figuras en torno al cual construir un imaginario como nación y siento que en Colombia no hay una clara: García Márquez es un lugar común el cual la mayoría no ha leído, Antonio Nariño y los próceres son demasiado lejanos, y científicos como Rodolfo Llinás y Manuel Elkin Patarroyo si bien están despertando un renovado interés en las nuevas generaciones no representan al colombiano del común.

Pero pienso en el fútbol y creo que encuentro mi respuesta. No sólo en esta nueva generación que ha logrado milagros como el quinto lugar en Brasil y la resurrección en este Mundial sino en general. No hay colombiano que no piense en Willington Ortiz, Faustino Asprilla, Arnoldo Iguarán, El Pibe Valderrama, Freddy Rincón o René Higuita y no sonría. Esa es la magia del fútbol, hacer que un país más allá de sus diferencias políticas, religiosas, económicas o filosóficas se unan alrededor de once tipos en pantaloneta corriendo detrás de una pelota.

Muchos intelectuales, encabezados por el gran Jorge Luis Borges, desprecian el fútbol y lo consideran prácticamente una actividad digna de brutos, siendo incapaces de comprender la tristeza de regresar a casa después de que el equipo amado es eliminado o la euforia de la victoria, son incapaces de sentir como estos hombres no son simplemente ellos, sino la representación de los sueños y la pasión de la persona del común y su victoria es la de nosotros y su derrota duele al extremo de que personas incapaces de demostrar sus sentimientos lloran como niños pequeños abrazando una bandera.

Porque ya lo decía el gran Terry Pratchett, “Lo que pasa con el fútbol, lo verdaderamente importante del fútbol, es que no se trata solo de fútbol” y agregaría que se trata sobre la vida misma y que nuestra Selección Colombia nos representa a la perfección. Porque sus jugadores nos dan lecciones día a día: De avanzar sin importar ser hijos de la violencia como a Juan Guillermo Cuadrado quien a pesar de ver desde debajo de su cama como asesinaban a su papá es hoy una gran estrella de la Juventus; de aprovechar las segundas oportunidades de la vida como James Rodríguez suplente del Real Madrid de Zidane y ahora pilar del gran Bayern Munich, de la fe inquebrantable de Falcao García quien después de su terrible lesión que lo ausentó del Mundial pasado y ser sentenciado por muchos a ser un ‘ex jugador’  demuestra que vale la pena soñar y luchar por tus sueños, y podría seguir porque cada jugador es un universo aparte, una historia de superación y sacrificios para representar los colores del país.

A veces olvidamos que esto es un juego y que tal como ganamos hoy, perdemos mañana; que ningún jugador quiere equivocarse o perder el partido, que el equipo puede tener un mal día o un técnico se puede equivocar en la estrategia. Olvidamos que frente a la Selección se paran también once tipos que representan millones de sueños  del otro lado del mundo y que un grito de gol nuestro es un lamento para ellos y viceversa, y que al igual que los nuestros darán su alma para enorgullecer a su país.  Hoy celebramos la victoria sobre Polonia y esperamos volver a hacerlo el próximo jueves contra Senegal pero quiero de mi parte, y sin importar el resultado, decirles a cada uno de los integrantes del equipo lo profundamente orgullosos que estamos de ellos.

Albert Camus decía que la bandera de la patria es la camiseta de la selección nacional de fútbol y no puedo menos que estar de acuerdo con él. Cincuenta millones de gracias Selección Colombia y vamos por Senegal. #ConLaFeIntacta.     






miércoles, 20 de junio de 2018

La culpa no es solo del hincha


La culpa no es solo del hincha resentido que luego de la derrota frente a Japón buscó a un mujer de ese país para burlarse de ella en un vídeo; la culpa no es solamente de los hinchas que colaron de manera ilegal aguardiente en el estadio y luego hicieron otro vídeo muertos de la risa (qué tal el ingenio paisa, dice una de las voces) orgullosos de su proeza. Ellos son simplemente el reflejo de una sociedad putrefacta y dañada hasta la médula, en su espíritu y su alma.

La culpa no es solamente de Duque, Petro, Gerlein, Roy Barreras o Fajardo. Ni siquiera de Álvaro Uribe. Estamos enfermos desde pequeños y no nos damos cuenta. Vivimos intoxicados por una sociedad que vive por y para el odio, una cultura donde lo importante es conseguir o tener, donde lo que vale es imponer las ideas y ‘triunfar’ de la manera que sea, sin importar a qué costo, qué se deba hacer o por encima de quién se deba pasar. Hemos vuelto un triste mantra aquello de ‘Traiga la plata mijo, si no puede honradamente….traiga la plata mijo’

Vivimos convencidos de que solo los triunfadores tienen la razón y queremos a toda costa pertenecer al bando de ellos, los vencedores, los salvadores, los buenos. Queremos no solamente vencer al bando contrario sino humillarlo, aniquilarlo, por eso somos incapaces de perdonar y construir sino que preferimos destruir y hundirnos en un espiral de violencia y muerte, es por eso mismo que también somos malos perdedores, incapaces de aceptar que el otro es mejor que nosotros, porque seguramente si nos vence es porque hizo trampa, se dopó o se lo dio al jefe y por lo tanto merece nuestra burla y humillación.

Es ese patético sentimiento de superioridad el que hace que nos burlemos de quien no es igual que nosotros, incluso dentro del propio país generalizamos, entonces el costeño es perezoso, el pastuso  bruto, el paisa aprovechado, la pereirana puta y  el rolo hipócrita. Pero ay, de que alguien se meta con nuestra región o ciudad, saltamos indignados pidiendo un respeto que somos incapaces de ofrecer. También nos burlamos de los argentinos, gringos, bolivianos o peruanos pero cuando en algún programa extranjero hacen alusión a las drogas o a nuestros  criminales que se van al extranjero a delinquir, ponemos ojos de ternero degollado y con lágrimas en los ojos pedimos que no nos estigmaticen y que no todos los colombianos somos así, mientras  a la vez se sigue haciendo trampa y se busca sacar ventaja de la situación.

Porque la mentalidad del todo vale ha permeado por completo la sociedad desde el estrato más pobre hasta el más rico. Criticamos a los hinchas que entraron el trago de contrabando más que todo porque están ahora en la palestra ni siquiera pública sino mundial,  pero cuántas veces no hemos buscado hacerle el quiebre a la ley, sacar ventaja, cuánta gente no piensa en lo que decía ese repugnante y misógino senador de que ‘las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas’, y cuando logramos evadir la norma, así sea en una pendejada como no recoger la cagada de un perro, lo celebramos, nos creemos los mejores, los más astutos, los de la ‘malicia indígena’.

Y creo que nada le ha hecho más daño a la psiquis del país que la dichosa ‘malicia indígena’ que de indígena no tiene nada. La mentada premia la mentira, el engaño, la ilegalidad. En vez del trabajo duro, se alaba la pereza; en vez de la honestidad, se enaltece la mentira. Es el sumun que tiene su culmen en aquello del vivo vive del bobo y es esa mentalidad tramposa y mediocre y es algo que esté quien esté de presidente, nunca nos permitirá avanzar como país.

Mucho se ha hablado de la importancia de la educación para un cambio en la sociedad, y si bien es una de las claves para avanzar no dejo de preguntarme, ¿no fueron los Nule a las mejores universidades? ¿No lo hicieron los políticos corruptos que saquean al país? ¿Estos hinchas en en Rusia no fueron al colegio? ¿son ellos el reflejo de nuestro país por más que lo queramos negar? Debemos trabajar no solo en la educación sino en una sociedad donde los valores sean importantes, donde el ser humano sea empático y, perdonarán la redundancia, humano. Los japoneses nos derrotaron y en ningún momento se burlaron de nosotros, al contrario se quedaron después del partido recogiendo la basura del estadio porque eso es lo normal para ellos. Es por esa razón que ese país pasó de estar destrozado por la guerra a ser una potencia en poco menos de cincuenta años mientras que nosotros seguimos elegiendo gobernantes guiados por el miedo y el odio.

Pero creo que el cambio es posible y una buena señal es el rugido nacional condenado estos infames hechos en Rusia. Ningún mesías nos va a salvar. El cambio comienza por cada uno de nosotros y así y solo así quizá algún día tengamos futuro como país.





sábado, 12 de mayo de 2018

35 años- Un video

I.

En el video una mujer de top fucsia sonríe poniendo un par de velas a un pequeño pastelillo, a su lado hay un anciano de pelo (poco a decir verdad) desordenado susurrando en voz alta, mientras la mujer pijama azul marino intenta acallarlo en vano, también está el camarógrafo al cual por obvias razones no le vemos el  rostro. Están reunidos en una especie de conclave secreto, hablando en voz baja como si estuvieran conspirando. Intentan ser silenciosos pero son torpes al hacerlo. El pastelillo está listo, de manera sigilosa abren una puerta donde está un hombre dormido, la mujer de top fucsia protege las velas para que no se apaguen hasta que empiezan a cantar la consabida canción de las mañanitas del rey David despertando al sujeto en cuestión,  todos sonríen sabiéndose afortunados de tenerse.

La mujer de top fucsia es mi hermana, el anciano mi papá, la mujer de pijama azul marino mi mamá y el camarógrafo mi cuñado, el hombre desde luego soy yo. La escena ocurrió hace exactamente hace cinco años cuando la familia estuvo reunida en Orlando en casa de mi hermana en unas vacaciones inolvidables.

Fue recién en enero cuando visité a mi hermana y conocí a mi hermosa sobrina Verónica que vi por primera vez este vídeo. Fue la última vez que la familia estuvo tan unida desde la separación de mis padres y, quizá por es por esa razón,  atesoró ese día como uno de los días más felices de mi vida. Al año siguiente mi papá falleció de manera repentina de un ataque (a día de hoy no sabemos si fue por un paro cardíaco o porque se reventó una artería por su estómago –y sé que digo una burrada a nivel médico- u otra cosa) y cuatro años después mi madre fallecería después de luchar como la más valiente contra el cáncer de mierda que habría de llevársela.

Veo el vídeo una y otra vez. Para que la familia estuviera completa falta mi fiel amigo, mi perrito Gruñón quien también falleció en el 2016. No pasa un día en que no extrañe a mis padres, sus consejos, su amor, es cierto eso que dicen que no hay amor más sincero que el de los padres y daría mi vida entera por un día con ellos para decirles cuánto los amo y extraño pero la vida es un río que siempre avanza.

II.

En el amanecer de mis 35 años, mientras tomo pisco y fumo mirando la ventana de mi apartamento donde veo las estrellas, pienso. Muchos conocidos ya han encontrado el amor de su vida, otros tienen hijos, la mayoría de ellos ya tienen un rumbo fijo en su vida. Pienso en mi mejor amigo, Carlos Mauricio quien está casado con una maravillosa mujer a la que adora y que es sumamente feliz en su microcosmos en Cali.

¿Y yo? Podría decirse que llegó a la mitad de la vida (y eso en un país como Colombia es ser sumamente optimista) y a veces siento que vago sin brújula por la vida, no tengo mi destino tan claro. No estoy casado y no tengo un prospecto romántico, de hijos ni hablar, no he escrito una gran novela y a veces dudo muchísimo de que es lo que realmente anhelo en la vida, en ocasiones me preguntó si las cosas están realmente bien o si he fallado y recuerdo las palabras que me decía mi papá, ‘Somos arquitectos de nuestro destino’,  y el mío con todos sus aciertos y fallos es responsabilidad solamente mía.

III.

Hace poco, y con el impulso de mi gran amigo Esteban Cruz, viajé al Perú. No fue a Machu Picchu, el destino habitual, sino la ruta de San Cruz en Huaraz. Caminamos 53 kilómetros junto a él, una gran amiga recién conocida Diana Bonilla, y un grupo maravilloso de extranjeros venidos de Francia, Suiza y Bélgica.

En esa ruta, sin conexión a internet (la maldición de los Millenials) me hice uno con la naturaleza y el infinito. El camino no era fácil, subimos hasta 4.800 metros sobre el nivel del mar, atravesamos ríos, lugares inhóspitos, precipicios y ascensos, donde lo que valía más era la voluntad que lo que el cuerpo daba, fue allí que 1pude estar realmente a solas conmigo mismo.

¿Y quién soy realmente? ¿Un escritor? ¿Un ciudadano más? ¿Un  amante? ¿Un testigo de lo que pasa en el mundo?  Me hice la pregunta infinidad de veces mientras veía las estrellas en soledad y recorría parajes milenarios. Soy todos y ninguno. La vida es demasiado corta y no somos conscientes de ello sino solamente hasta antes del final. Siempre me ha asombrado la serenidad de los ancianos justo antes del final, lo vi con mi abuela (que espero haya encontrado la paz al fin del camino), me asombró la entereza de mi madre al partir y siendo tan infinitamente valiente en el momento de irse cuando se le dio la gana (que fue cuando yo llegué a visitarla a Orlando) y no cuando su cuerpo no daba más.

Y fue en ese momento, en medio de la oscuridad y la luz de las estrellas que comprendí todo. La vida es un camino, uno largo y lleno de dificultades pero también momentos muy felices, uno que te hace cicatrices indelebles mientras lo transitas y pienso en lo que dijo el gran Silvester Stallone en boca de su Rocky, lo importante es no cuantas golpes te de la vida sino en resistirlos y seguir adelante sin importar qué pase.

Pienso en mi vida y lo que he hecho y comprendo en lo afortunado que he sido. Quizá no tanto por mis acciones sino por la gente que he tenido el placer de conocer y le da sentido a mi vida. Pienso en la familia que me queda en Cali, en mis tíos y primos que me aman por ser quien soy. En los amigos que tengo en Cali, tan fieles y gentiles a pesar de la distancia y los años. Pienso en los amigos que he hecho de manera virtual y que no conozco aun físicamente pero cuya conexión va más allá de eso  y los que he hecho en esta década en Bogotá y que me han querido de manera sincera.

Pienso en mi hermana, el pilar de mi vida, en un hombre grandioso como mi cuñado y en Verónica, especialmente en ella, siento que el universo cobra un nuevo sentido cuando cruzo miradas con ella y veo sus ojitos ansiosos y expectantes descubriendo un mundo nuevo.

He estado en las playas de Rio de Janeiro, recostado en una arena tan suave que parecía mantequilla; en Buenos Aires, la patria de mis adorados Cortázar, Calamaro, Fontanarrosa y Les Luthiers; en el universo  real y a la vez tan artificial de Orlando y sus montañas rusas y parques temáticos; en Panamá y sus edificios imponentes y Perú y su mundo milenario y natural; he amado mujeres maravillosas, he estado con el corazón roto, llorando mi desgracia hasta las cañerías de la ciudad, he escrito una novela sin importar si fuera buena o no; he trabajado en una editorial, el lugar de mis sueños, he conocido hombres buenos y malos, gente a la que soy indiferente y  que me ha odiado. He realizado buenas acciones 
pero también algunas horribles. En pocas palabras he sido humano.

Sigo recordando Perú y sus interminables caminatas en Huaraz. Podría haberme quedado toda la vida en ese paisaje, recorriéndolo sin parar. Volver a la civilización es volver a ese lodo de envidias y odio que en cierta parte y así no lo quiera también hace parte de mí, pero al final comprendo que la vida en sí misma es esa caminata. Una brutal. Una que te hace cicatrices con los momentos difíciles pero las cuales no vale la pena ocultarla sino exhibirlas con orgullo como prueba de que hemos vivido.

Caminante no hay camino se hace camino al andar decía Machado y no podría estar más de acuerdo. Ahora estoy en Bogotá pero ¿dónde estaré en diez, veinte años? El destino son mil puertas que se abren a la vez pero cuyo sendero es uno solo.

Mis huella me dirigen a lugares,  personas, tiempos, es mi camino, irremplazable, irredimible, es lo que me construye con errores y aciertos. Soy yo.

IV.

El futuro se esconde en los ojos de Verónica. En esas pepas grisáceas que contemplan ansiosas su alrededor. A veces me preguntó que seré para ella. ¿Acaso una sombra? ¿Un mentor? ¿Quien la inicié en el mundo fantástico y misterioso de la lectura? ¿Quizá solo un recuerdo?

No lo sé y al final será el futuro quien dictaminé lo que haya de pasar. Lo que sé es que la amo, profundamente y quiero que viva en un mundo que la respete y cumpla sus sueños,lucharé por un mundo ideal para ella y todas las mujeres.

Soy afortunado. A pesar de las dificultades he estado rodeado de gente maravillosa. Personas cuya amistad me hacen seguir cada día. El futuro es incierto pero desde el alba de los 35 años, mientras reflexiono al ocaso de un nuevo cigarrillo pienso –a pesar de las dificultades y los momentos de mierda- en lo hermosa que es la vida. A todos quienes me siguen, quienes me han dado su amistad y su amor, mis infinitas gracias, en gran parte es por ustedes, su energía, su paciencia y su amor que sigo en pie. Los quiero.

Feliz cumpleaños a mí.  Gracias a todos por tanto.











martes, 24 de abril de 2018

Bogotá, 10 años.

Miro por la ventana de mi apartamento y recuerdo que fue en un abril del 2008 cuando me vine a vivir a esta ciudad grande, desordenada y gris que hipnotiza a sus visitantes de manera similar a la de los faquires con las serpientes y que en un abrir y cerrar de ojos ha pasado una década desde el momento en que llegué a la capital.

Bueno, no, miento con lo del abrir y cerrar de ojos, es más un recurso literario que otra cosa. La verdad ha sido mucho tiempo, más del que creería, pero pareciera que fue ayer cuando el aeropuerto me dejó con una maleta grande y la ansiedad de un trabajo que en Cali no había. Me recogieron un tío lejano con sus hijos y no podía dejar de contemplar la ciudad lejana y lluviosa que me recibía y que pronto se convertiría en parte de mí para luego dejarme en casa de mi gran amigo Nicolás Abrew de quien siempre recordaré con gratitud infinita que me dio la mano cuando nadie más lo hizo aún a costa de su comodidad.

En ese tiempo y tal como lo dice García Márquez, el mundo parecía joven, todo era algo nuevo por descubrir, por conocer, y vaya que Bogotá fue una ciudad de primeras veces, fue acá donde me enamoré por primera vez (y como consecuencia de ello donde también me han roto el corazón un par de veces), donde aprendí a fumar (tuve unos pequeño escarceos en Cali con el recordado y llorado Camilo pero nunca fue nada serio) para llegar a ciclos eternos de dejar y retomar el cigarrillo una y otra vez, donde he tomado océanos de alcohol a la salud de quienes se han ido para no volver y donde he recorrido calles solitarias por las noches casi madrugadas donde pareciera que todo puede ocurrir.

Fue viviendo en Bogotá donde he sufrido las pérdidas más grandes. Murió mi gran amigo, hermano del alma, Camilo Reyes, mis papás y hasta  mi perro Gruñón; afortunada –o desafortunadamente- puede estar presente para la partida de mis papás (coincidencialmente - sí es que existen las coincidencias- estuve a su lado en cada una de ellas que ocurrieron en diferentes lugares y años) pero siempre queda el demonio de la duda de si debí partir a tierras lejanas, si pude haber hecho algo más por ellos, mi papá estaba viejo, mi mamá luchó con una enfermedad y yo, yo quizá pude haberme quedado y darles fuerza estando a su lado más allá de las visitas efímeras que les daba y a pesar de la distancia intentando ser siempre ser buen hijo., pero al final eso ya no importa, tenemos que aprender a vivir con nuestras decisiones sean cuales sean

Todos quienes hemos sido extranjeros (incluso dentro de su propio país) sabemos que al final no tenemos un lugar al que podamos llamar del todo hogar. Cali ya no lo es, el olor del manjar blanco y el mango maduro vive principalmente en mis recuerdos, es la niñez, la adolescencia, los amigos que conocí en esas épocas y que estarán hasta el final, la familia que aún queda y que me recibe cuando vuelvo de visita, pero cuando voy a ella, es una ciudad extraña que me recibe pero que sabe que ya no le pertenezco, pero Bogotá tampoco lo es, me acoge, me adopta, pero con ese cariño cordialmente frío de saber que soy un extraño,  esta es la vida del caminante cuyo camino será vagar hasta encontrar su lugar en el mundo.

Me ha pasado de todo en Bogotá. He vivido en un cuarto inmundo de pensión no más grande que un baño cuando las deudas me agobiaban y no tenía casi ni donde caerme muerto, he conocido Premios Nobel de literatura, viajado con un político importante que puede ser presidente  (aunque no sé si esto entre de lo malo o lo bueno) en una pequeña avioneta bimotor de la policía mientras fumaba sin parar, he visto mil estrellas y el amanecer en las montañas tomado de la mano de la mujer que amaba, viví con una actriz porno (entre los dos no pasó más que una complicidad fugaz), me he enfermado sin tener quien me alcancé un vaso de agua, me pagan por trabajar en un lugar donde estoy rodeado de libros y escritores,  un ladrón se metió en mi apartamento mientras yo dormía en mi cuarto, escribí mi primera (e impublicable) novela,  he hecho nuevos amigos sin olvidarme de los viejos que aún mantengo en Cali, conocí a mi adorada mejor amiga, Andrea Beaudoin quien me hace afortunado con su maravillosa amistad, he amado y he dejado y de igual manera lo han hecho conmigo,  en fin son tantas experiencias vividas tanto buenas como malas o felices y tristes, que las palabras se quedan a veces cortas ante la intensidad de los sentimientos y lo vivido.

Sigo observando por la ventana con ganas de fumar pero sin hacerlo. Es uno de mis lugares favoritos del mundo, a través de ella y aunque parezca increíble en muchas ocasiones se ven las estrellas, muchas veces apago las luces y prendo un cigarrillo en silencio, observando el cielo, la luna que me contempla, en este momento pienso en Bogotá y en Cali, los lugares recorridos, las personas que han estado presentes y los que se han ido, y siento que somos peregrinos de donde nos lleva la vida pero pertenecemos a las personas que amamos sin importar donde estén y a quienes llevamos siempre en nuestro corazón.

Gracias por estos diez años Bogotá, gracias por recibirme en medio de tu caos de gran metropoli, quererte es un gusto adquirido pero una vez lo haces es un gran placer. Ya veremos dentro de diez años donde nos sorprende el camino pero sin duda tú al igual que Cali, u Orlando, Rio de Janeiro, Buenos Aires y Lima son lugares donde he sido feliz  y que ya  forman parte imborrable de mi ser.