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domingo, 6 de abril de 2014

Libros leídos 2014 (6): Limpieza de oficio

            
 Título original: Limpieza de autor
             Autor: Sergio Ocampo Madrid
            Editorial: Penguin Random House (Sello Literatura Random House)
            
           Una serie de muertes conmueve la ciudad. Uno tras otro caen asesinados los mejore payasos, los más reconocidos y también los más inofensivos e indefensos. Payasos de fiesta y de esquina, de circo o de salón, sólo los une su pasión por el viejo oficio de hacer reír. ¿Quién puede estar detrás de estas muertes atroces e inexplicables? ¿Quién puede odiar -o temerle- tanto a la risa? 

Este libro contiene a su vez dos historias. En la primera de ellas, un misterioso asesino empieza a matar payasos sin distinción alguna y sin en un principio las primeras víctimas son esos miserables que se pintan la cara para anunciar almuerzos por unos pocos pesos, poco a poco irán cayendo artistas de mayor importancia, mientras que en la segunda vemos una crítica al periodismo, a como el periodista se convierte en amo de los hechos y como no existe una verdad absoluta sino una versión de ella terriblemente manipulada.

Pobres payasos, ¿Los han visto? Siempre menospreciados o patéticos cuando no siniestros o inspiradores de terror (pueden preguntarle a Stephen King sobre el tema) . Creo que uno de los gremios que menos respeto inspiran en la sociedad es el de estos personajes, no por nada cuando se quiere hablar de algún triste o miserable personajillo se le dice ‘pobre payaso’. Sergio Ocampo Madrid, parte de este premisa para retratarnos una sociedad insensible donde estos seres son carne de cañón de un psicópata que parece haberse ensañado con ellos.

El inicio de la obra muestra esta premisa de manera muy inteligente: Nos traslada al funeral de uno de ellos y nos muestra lo ridículo que se ven estos personajes en su indumentaria de trabajo –peluca, maquillaje, zapatos gigantes y sombreros con flores- trasladando el ataúd de su compañero caído hasta el cementerio porque no tenían dinero para permitirse un carro funerario.

A su vez, un periodista empieza a investigar los hechos, pero no nos engañemos, no es reportero común, sino perteneciente a aquellos seres que viven de la noche urbana y del caos, que se nutren de los asesinatos  y la sordidez para poder subsistir, uno de esos especímenes que al igual que los buitres se alimentan de los despojos para vender más ejemplares.

El protagonista, al igual que ocurre  con Winston Smith de1984 el libro escrito por George Orwell, manipula los hechos a su antojo, y si en la distopia de Orwell el objetivo era mantener en los ciudadanos un estado permanente de miedo y paranoia, en este libro es el orgullo y la soberbia quien guía los actos del periodista.

Lentamente el asesinato de los payasos y las situaciones de humor negro –el entierro ya citado, una pelea entre aquellos que se consideraban profesionales del humor contra los pobres muertos de hambre que se enfundaban una peluca y unos pompones para salir a buscar unos pocos peso, por considerarlos que estaban ensuciando ‘el oficio’- van dejando paso a una reflexión sobre una sociedad que indolente se acostumbra a vivir con la muerte como compañera de viaje, la realidad  relativa, manipulable y vendible al mejor postor, y cómo lo importante no es la verdad ni quiénes son los verdaderos culpables sino quien puede servir de chivo expiatorio ante unas autoridades corruptas e ineptas.

Una de las mayores fortalezas de la novela es su narración: No por nada Ocampo Madrid se desempeñó como  periodista por poco más de veinte años, su prosa es ágil, limpia, no se desvía en detalles nimios sino que va directo al punto y sabe utilizar apuntes de humor (esas notas al pie de página) de manera adecuada.

Al final, el crimen y el asesino terminan dando paso a una inteligente reflexión con bastantes ecos sobre El nombre de la rosa de Umberto Eco sobre la sociedad, la muerte, el miedo y la risa.


domingo, 30 de marzo de 2014

Anatomía de un orgasmo

Dos cuerpos desnudos, perlados en sudor observándose en un silencio que sólo es interrumpido por gemidos y murmullos suaves. Finalmente, uno de los dos está en el interior del otro, y el mundo tiende a desaparecer para los amantes sin importar la consecuencia que puede tener este ataque improvisado o largamente esperado.

Siempre me he preguntado cuál es el miedo que genera el sexo. De todas las acciones naturales es la que más ha sido condenada, la que más pánico  genera en las religiones, la que más produce risa pícara, pudor y vergüenza en los círculos convencionales pero más liberación cuando se está a solas.

La palabra es placer. No existe ninguna sensación tan intensa como aquella que ocurre cuando tenemos un orgasmo. Es en ese instante donde nos dejamos ir y somos incapaces de controlar nuestras acciones y pensamientos, algo que no nos ocurre con otros instintos como el hambre o el sueño.

Es curioso, nunca, como en el momento de una relación sexual, se siente con tanta fuerza el impulso de la vida y la muerte, Eros y Tánatos que rigen nuestra existencia. Es tal la intensidad del orgasmo que los franceses le llaman Le petit mort, la pequeña muerte, pero a su vez, el mismo encuentro por lo general, tiene como finalidad fisiológica dar vida. Vida y muerte orbitando en nuestra existencia en unos breves pero potentísimos instantes.

Nos asusta tanto lo que sentimos que buscamos a toda costa refrenarlo. Creamos dioses que satanizan el sexo, personas que nos juzgan y nos dicen qué es lo correcto e incorrecto. Seguimos normas en las que no creemos, que esperamos nos mantengan a raya para luego quebrarlas a hurtadillas, enorgulleciéndonos al hacerlo pero sintiéndonos avergonzados después, sucios, y pecadores; y, a pesar de ello, volvemos una y otra vez a ese momento queriendo encontrar ese instante de eternidad y olvido.

Es el sexo la respuesta a por qué las religiones se ceban en las mujeres. Es tal el terror que los dirigentes eclesiásticos tienen hacia el encanto y poder femenino que su única respuesta ha sido implantar la  idea de que ellas son sucias y provocadoras del pecado. Las relegan al papel de virginales madres (curiosa contradicción) o sumisas acompañantes y cuando alguna se quiere salir del molde es tildada de pecadora o puta. Las obligan a cubrirse, a relegarse en claustros horribles, a renegar de sus impulsos y deseos. Sus mesías siempre son hombres, castos, misóginos o pedófilos.

A pesar de ser una necesidad fisiológica practicada por todos los animales, en nosotros la racionalidad la vuelve compleja a límites inimaginables. Es la única sensación que puede involucrar sentimientos tan antagónicos como amor y odio extremo. Podemos tener sexo por placer,  compasión,  rencor,  insatisfacción, por el deseo de tener un hijo con esa persona que amamos,  humillación o por  el simple hecho de poseer a una persona para luego  desecharla como basura con la misma sutileza con que se bota un pañal usado.

 Uno de los crímenes más comunes en las guerras o en las incursiones armadas es la violación por parte de los soldados. Ese es el mayor grado de degradación y conquista al que puede someter el vencedor al derrotado. Es deshumanizar a la parte contraria, “ensuciarla”, hacerla repudiable. Es tanta la importancia que se le da que muchas veces los líderes políticos (aquellos que arman guerras pero son incapaces de ir a pelearlas) comparan constantemente a la patria con la mujer vulnerada.

Convertimos algo natural en una perversión, escenarios de personas que se aman o por lo menos desean, en  eventos sórdido.  Se juzga de manera tan severa  a quienes se atreven a explorar otras alternativas (con las que podemos estar de acuerdo o no) que no dejo de preguntarme si ese odio es en verdad genuino o tan simplemente un grito desesperado de  envidia hacia aquél que se atrevió a probar lo que el otro ansía pero es tan cobarde para es incapaz de hacerlo.

Pero a pesar de todo, de los límites que nos ponemos, de las barreras existentes, de esos tristes y patéticos personajillos que siempre condenarán el acto más excelso  como algo malo y sucio,  buscaremos una y otra vez esos labios que se necesitan, esas pupilas que se dilatan, la palabra ansiada, el cuerpo dispuesto y esa llama, esa muerte que nos hace vivir mil vidas en un segundo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Libros leídos 2014 (5) Los miserables (Libro 1) de Víctor Hugo


Título original: Les misérables
Autor: Víctor Hugo
Editorial: Penguin Random House (Sello Debolsillo)
1002 páginas

Un prisionero en busca de redención; un policía que busca cumplir la ley aún si para hacerlo debe pasar por encima de la bondad y la compasión; una prostituta cuyo amor maternal es su condena, un par de estafadores con ínfulas de sabios y muchos más personajes convergen en la Francia del siglo XIX, la gran miserable del relato.

Los Miserables no es una obra que ya le pertenezca a ese gigante de las letras que es Víctor Hugo, no es ni siquiera propiedad de su época o de las calles francesas donde se desarrolla su trama, esta historia relata la naturaleza de los hombres sin importar su patria o año por lo que su contenido es patrimonio de la humanidad.   

Adaptada inumerables veces al teatro, el cine, la televisión, la animación  e incluso hasta un videojuego de pelea (aquí la prueba: http://www.youtube.com/watch?v=40PSeJFhXIY) , la historia de Jean Valjean ha llegado a gentes de todas las edades de una y otra forma convirtiéndose en parte de la cultura misma.

Sin embargo, y por si alguien no conoce la historia, haré una breve sinopsis: Jean Valjean es condenado a prisión por robar una hogaza de pan para su hermana y sobrinos quienes estaban a punto de morir de hambre, pasa 19 años en las mazmorras donde su corazón se llena de odio. Sale bajo libertad condicional dispuesto a vengarse de la sociedad pero un encuentro con un bondadoso obispo hace que dedique su vida a redimirse de sus pecados por lo que decide empezar de cero y no volver a reportarse a la cárcel. En su camino encontrará al policía Javert quien lo perseguirá incesantemente,  a la prostituta Fantine y su hija Cosette a quien deberá cuidar, y a una París post napoleónica a punto de estallar en disturbios.

Ahora la pregunta del millón: ¿Es el libro mejor que las numerosas adaptaciones que se le han hecho? Podría decirse que no hay una respuesta correcta. Las adaptaciones son superiores en el sentido que son mucho más directas, no tienen tanto rodeo y es capaz de conmover a la persona promedio que busque simplemente una buena tragedia sin más; pero el libro es superior porque al igual que un inmenso telar maneja cientos de subtramas, de una riqueza inenarrable, además de que posee la maestría narrativa de Víctor Hugo.

Aclaremos algo. No es un libro sencillo de leer y no lo digo porque el autor maneje un lenguaje denso o complicado sino porque tiende a salirse varias veces del camino, puede estar narrando una historia lineal y de un momento a otro da paso a una reflexión de varias páginas, para luego hablarnos de la situación urbana de tal calle en la Francia de la revolución francesa para luego volver sin ningún anuncio previo a la acción como tal.

Dicha situación, ese espacio de caos narrativo, que no es del todo cierto pues Víctor Hugo es un escritor tan cuidadoso en su prosa que sería incapaz de dejar algún cabo suelto en su novela, se ve reflejada en toda su obra en donde le dedica páginas y páginas a temas que son, en cierto sentido ajenos a la trama principal, que cien páginas dedicadas a la batalla de Waterloo (sólo para mencionar algo que podía haber dicho en solo dos), que otras cincuenta para reflexionar sobre los monasterios y su importancia, otras ciento setenta para describir con pelos y señales la vida y obra de un ministro que morirá de viejo a la siguiente página. Lo diré de manera, clara, en mi opinión al libro le sobra aproximadamente la mitad del relato, más o menos quinientas páginas y si fuera un escritor menos talentoso se  abandonaría el libro en la página veinte, pero el francés es tan condenadamente genial que uno no puede despegarse del libro.

Los Miserables es una obra de personajes. Esta es su gran fortaleza, están tan bien caracterizados, dotados con tanta fuerza que uno siente como propio el esfuerzo  de Jean Valjean por hacer lo correcto a pesar de las circunstancias, sufre y siente ese dolor latente de Fantine obligada a prostituirse y morir de hambre para conseguir mantener a su hija, o se obsesiona con Javert en su objetivo por cumplir la justicia a toda costa.

Y, al igual que en otro de sus libros, Nuestra señora de París (o el Jorobado de Notre Dame como se le conoce) es la ciudad la protagonista, y si en la historia de Quasimodo era la catedral de Notre Dame quien hablaba, ahora es París quien habla en boca de sus estafadores, gamines (término que descubrí por el libro es francés), asesinos, poetas, revolucionarios muertos de hambre y ex alcaldes que alguna vez fueron presidiarios convirtiéndose en el portavoz de ese coro disonante de esa gran ciudad.


Todo lo que pueda decir de esta gran obra no es capaz de hacerle justicia. No es una lectura fácil, repito, pero es una historia que vale la pena leer una y otra vez para contemplar la gran genialidad de uno de los mejores escritores de la historia (bueno eso después de leer la segunda parte que para alegría –o desdicha- tiene aproximadamente la misma cantidad de la primera). 

lunes, 17 de marzo de 2014

El día en que la cerveza quiso asesinar a los libros


La cuestión va así: Dos amigos están en un bar donde llega un tercero regalándoles un libro. La cara de desconcierto del dúo es evidente, pero la alegría retorna cuando el bromista descubre que dentro del gigantesco tomo se encuentra oculta una cerveza. Lo anterior es un comercial de la cerveza Póker para celebrar El día de los amigos (menuda bobada innecesaria inventada por la cervecera en un país que no necesita pretexto para tomar) y que tuvo rasgándose las vestiduras a la élite cultural e intelectual del país la semana pasada.

Fue tanto el alboroto que se dirigió una carta pidiendo que saliera del aire el comercial de marras, cosa que se logró con éxito. ‘Triunfamos’ fue la voz cantante de varios escritores, editores, profesores  e intelectuales quienes condenaban el comercial sentenciando que era el colmo que se desprestigiara a la literatura de esa manera, tildando a los libros de aburridos en un país donde la gente difícilmente lee dos de ellos al año.

Pero, ¿en verdad era necesario tanto alboroto? ¿Estuvieron los libros sentenciados a ser sepultados bajo las olas deliciosas y espumosas de una fría cerveza o quizá se hizo una tormenta innecesaria por personas que presumen de amarlos y alardean de querer hacerlos más accesibles a la gente del común pero que en realidad los alejan de ellos cada vez más?

Nunca he confiado en aquellos que se autodenominan ‘intelectuales’ o ‘poetas’, creo que más que darnos generosamente títulos y palmaditas en la espalda deben ser nuestras acciones y nuestras letras las que nos definan. Son estas personas que se encumbran en una torre de marfil cultural y que miran por encima del hombro a quien no tengan su bagaje cultural o sus gustos quienes generan una repulsión hacia la literatura y lo que la rodea.

Seguramente los han visto, están en todos los círculos sociales. Bien pudo haber sido ese profesor de quinto de primaria que los obligó a leer El Quijote de la Mancha,el director que decomisaba comics por parecerles una pérdida de tiempo, la directora de esa revista cultural que califica a Stephen King como basura sin haberlo leído, o condenan a Harry Potter y a Juego de Tronos como lecturas para tontos  por estar de moda y  por ende indigna en salir en su prestigiosa y cultural publicación, o el estúpido prepotente que llega a las reuniones burlándose de fulanito o sutanito por leer ‘literatura basura’ y no leer a Flaubert o a Dostoievski en su idioma original.

El problema de este grupúsculo es el mismo que tienen los fanáticos religiosos, políticos y similares: Carecen de buen humor, se toman las cosas demasiado en serio y creen que su pomposa solemnidad es sinónimo de que tienen la razón. Han sido ellos quien han encumbrado a la literatura a un estante incapaz de acceder por parte de la persona del común.  Si en lugar de indignarse por el comercial aquél, se hubieran burlado de él por mediocre (lo cual es cierto) y hubieran buscado una alianza o alguna estrategia para contrarrestarlo indicando que tomar cerveza y leer un libro son dos actividades que pueden ir de la mano, otro gallo cantaría. Pero obviamente para este círculo tomar cerveza debe ser un  acto de la más baja calidad moral.

A estas personas habría que decirles que la literatura es un mundo maravilloso e infinito. Es la puerta que nos permite hablar con miles de personas de diferentes países, de distintas eras. En ella se esconden millones de historias y mundos que florecen con solo el abrir de sus páginas. No todos los textos  son para todas las personas, habrá muchos de ellos que no nos dicen nada y no por eso debemos despreciar a la persona que no lo entiende, deberíamos más bien ayudarla, comprenderla sin obligarla, hasta que halle la historia que le hable a su alma. En este sentido, los libros son como el amor: Es difícil encontrarlo pero una vez lo hacemos es difícil separarnos de ellos.

También hay que despojar de tanta seriedad a los libros, a esa barrera creada sin necesidad. Si alguien oye hablar del Quijote quizá lo relacione con ese texto gigantesco e incomprensible pero si le hablamos de una comedia donde un tipo pierde la cabeza y mantiene confundiendo aldeanas horribles con doncellas hermosas, molinos con gigantes y rebaños con ejércitos y al que siempre terminan aporreando seguramente verá que no es algo tan ajeno a lo que habrá visto en algún programa de televisión, el cine o su propia vida.

Quizá si logramos crear un genuino  interés en la juventud o para no ir más lejos con nuestro vecino del lado sobre lo maravilloso que es leer no sería descabellado pensar en que algún día celebrar el día del amigo regalando una cerveza y un libro.

El comercial en cuestión:






viernes, 14 de marzo de 2014

En reino de Piraquive el Gato no es rey....

Por: El Gato Bandido

En el Gato nos preocupa mucho el aspecto espiritual y religioso. Y no lo decimos  porque hayamos pecado en exceso por culpa del Aguardiente Blanco, Tintin Deo y la belleza de la mujer caleña, sino por angustia real y auténtica devoción a nuestro divino creador.
Por eso nos asustamos mucho cuando la honorable hermana María Luisa Piraquive, de la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional (y del partido político MIRA VÉ), dijo que los discapacitados no podían predicar en el púlpito porque no era estético ni del agrado de Dios.
Felinamente preocupados llamamos a la hermana Piraquive a su humilde mansión en Miami (que no es fruto de los diezmos, no sean malpensados, sino de las bendiciones de Jehová por difundir su palabra) para preguntarle si este reportero por el simple hecho de ser un gato y de sobra bandido podría predicar en su iglesia.
Lo primero que la hermana me preguntó es si  tenía alguna relación con el Enilse López ‘La Gata’, cuando le dije que no, se tranquilizó porque como la mujer estaba enferma no quería tener vínculos con ella.  Le comenté a la pastora de mi interés pero cuando le dije que era un animal me dijo que por desgracia el Señor sólo dejaba la oratoria para humanos y para seres tan hermosos como ella.
Sin embargo me dijo que a pesar de las malas noticias tenía un par de buenas nuevas para mí. Me anunció que mi gatuna posición a pesar de evitarme predicar no me impedía colaborar con el crecimiento de la iglesia de Dios y podía seguir aportando con el diezmo y los votos, me dijo además que estaba pensando en crear un parque de diversiones  llamado Piraquivelandia y una ciudad al estilo del Vaticano llamada Piraquivepolis.
Después de colgar aliviado por las excelentes noticias me quedé pensando que las medidas de la honrada Hermana no sólo deberían aplicarse en el reino de Dios sino también en el del hombre  y de esta manera impedir que seamos gobernados por personajes que claramente, y pobrecitos ellos, tienen serias discapacidades….
Así como….
Ernesto Samper no tuvo ojos para ver los narcodineros que se metieron a sus espaldas
Andrés Pastrana que gobernó sin cerebro todo su periodo.....
Álvaro Uribe que gobernó sin alma ni corazón (en contravía de su slogan)
O Roy Barreras que vive sin escrúpulos ni convicciones…
O los jugadores del América o Deportivo Cali que juegan sin testículos y hace rato no ganan un mísero torneo….
O ‘Polo’ cuyo problema no  era ser ciego sino manilargo con el erario público….
Mejor dicho, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, y viendo que la hermana Piraquive basa su doctrina en  lo expuesto en el Antiguo Testamento no dudaría en ir cogiendo un buen puñado de ellas. Advertidos quedan.

Nota publicada en EL GATO (El mejor periódico de humor del mundo y sus contornos)



jueves, 13 de febrero de 2014

Taxista nocturno

¿Cuál fue el detalle exacto que me hizo enloquecer por S.? A día de hoy no lo sé con exactitud. Podrían haber sido sus piernas, largas, torneadas y ligeras que siempre me hacían pensar en una gacela, o su voz, ese tono de falsa seguridad que ocultaba una vulnerabilidad que pedía a gritos protección pero que al mismo tiempo te decía que todo iba a estar bien, lo más seguro es que fueran sus ojos claros, verdes pero un poco apagados, similares a una pradera alumbrada por el ocaso.

Más que ellos lo que me hacía perder la cabeza era su forma de mirarme. Lo hacía con lentitud, observándome de abajo hacia arriba como si no quisiera perderse un detalle de mi cuerpo, luego fijaba su vista en mis ojos atrapándome por completo, podía prácticamente sentir como me sumergía en ella, como si me pegara un chapuzón en las inmensidades de su inconsciente. ¿Han escuchado ese dicho  que dice que los ojos son la ventana del alma? Bueno, en este caso, no era una ventana sino el jodido Océano Atlántico.

Podría decirles como nos conocimos en una noche fría donde ambos deambulábamos como si no tuviéramos otro destino que encontrarnos, y, como, por medio de cientos de posibilidades improbables eso fue, precisamente,  lo que terminó ocurriendo, pero seguramente no me creerían, así que por esta noche dejaré esa historia para otra ocasión.

Sabía que no le era del todo indiferente. Movía sus pestañas como un colibrí justo antes de que las miradas se encontraran y se mordía el labio de manera disimulada y sutil invitándome a seguir pero frenándome cuando tomaba la iniciativa. Alguna vez me dijo que tenía  “asuntos sin resolver” lo cual era un elegante eufemismo para aclararme que tenía una relación ya establecida.

Y sin embargo, disfrutaba de su compañía. No vivíamos en la misma ciudad lo que hacía que cada encuentro fuera algo especial y como yo le decía, esperábamos que el universo conspirara para encontrarnos y cuando sucedía era espectacular: Ya fuera escuchando sus monólogos interminables sobre cantantes desconocidos e ignorados injustamente por la crítica, viéndola devorar un helado de pistacho o unas gomitas de dulce o simplemente sentados en una banca del parque, navegando en el agua insondable de sus ojos verdes apagados.

Sucedió una noche,  estaba de visita en la ciudad y había quedado para cenar con ella. Ese día pude ver algo diferente, una invitación a seguir porque esta vez nada me sería negado. La velada transcurrió sin contratiempos, ella saltaba de un tema a otro con la habilidad de una malabarista del Circo del Sol, hablaba de la situación política y acto seguido me explicaba cómo las pirámides mexicanas habían sido construidas por extraterrestres en una semana y media, sin siquiera haberle dado dos bocados a su bistec.

Luego de terminada la cena tenía que llevar hasta su apartamento. Conservaba la leve esperanza de probar esos labios delgados pero a la vez voluptuosos que me tenían perdido desde hacía tres años y medio, y quizá la noche se quedará corta para lo que tenía planeado, pero ya se sabe que nuestras estrategias son simplemente un castillo de naipes que el destino se divierte en echar abajo en medio de terribles e irónicas carcajadas.

En el carro seguimos conversando pero los temas eran más superficiales, habían  pausas más largas después de cada frase terminada, podría jurar que había empezado a respirar más rápido aunque su rostro seguía manteniendo esa fachada de cordialidad desenfadada y de distancia amistosa que muchas veces empleaba cuando quería que me detuviera, pero esta vez veía en sus gestos una contradicción latente.

Decidí probar suerte: Deslicé la mano libre hacia su puesto, me movía como una de esas  pequeñas hormigas que se ven en los parques, acercándome, reconociendo el terreno y luego deteniéndome un buen rato para casi enseguida retomar la misión, no podía saber si ella era consciente del feroz ataque pero sí que su ánimo había mejorado sustancialmente pues ahora, terminaba cada frase con un ataque de risa que era contagioso. Finalmente llegué hasta su muslo, podía sentir el calor que emanaba de ella, embriagador y adictivo. Cuando ella la sintió, la tomó, le dio una suave palmada y la separó, no me rendí y reanudé la emboscada una vez más, no volvió a retirarla pero empezó a repetir mientras abría sus ojos como  faros “pilas con el camino” “Si no tienes cuidado nos vamos a terminar matando” y frases de advertencia por el estilo que pretendían desanimarme de manera infructuosa pues  me sentía invencible ya que sentía su piel por encima de su pantalón y creía que por ese tacto todo valía la pena.

Finalmente llegamos a un semáforo, delante de nosotros había un taxi solitario. Me detuve e incapaz de contenerme más, empecé a acariciar su cara, separando el rastro de su pelo que caía de manera desordenada sobre su cuerpo. No dijimos palabras pero empecé a acercarme, cerró sus ojos, cerré los míos, corté distancia, cada vez más cerca, era consciente de cómo se acomodaba en su puesto volteándose hacía mí, su respiración se aceleraba más y más, con mi mano libre la tome de la cintura, ahora podía sentir su aliento, olía a menta, cerca cada vez más cerca, estaba a punto de tomarme una inmersión profunda en los ojos de S. en su boca y su saliva cuando un sonido molesto nos interrumpió.

Toc toc toc.

Ignoré el ruido.

Toc toc toc.

La segunda vez bastó para romper la magia del momento. Antes de abrir los ojos pude sentir como ella se alejaba y se ponía rígida como si por un momento pensará que su “asunto inconcluso” la hubiera sorprendido en flagrancia.

 Aburrido y resignado abrí los ojos y vi que un hombre tocaba con insistencia la ventana del carro.

El individuo  vestía una camiseta esqueleto que dejaba al descubierto unos brazos peludos como oso, los pocos pelos de su cabeza estaban en desorden, bajé el vidrio dispuesto a responderle violentamente cuando vi que su rostro estaba desquiciado, parecía estar fuera de sí, lo cual me aplacó al momento.

—¿Qué pasó? ¿Qué quiere? —le pregunté.

—¡Mi taxi! ¡MI TAXI, IMBECIL! —gritó fuera de control— Lo chocó ¿es que no ve?

No lo veía. Miré hacia el frente y vi que yo había conservado la distancia normal entre los dos vehículos, su carro estaba frente al nuestro sin un solo rayón.

—Pero de qué habla —le contesté— si su carro está bien.

—¿Le parece que está bien? ¿LE PARECE? Me tiene que responder por el choque, no crea que se va a salir con la suya.

—¡EL TAXI ESTÁ BIEN! —grité perdiendo el control— ¿Qué le pasa loco?

Pareciera que las palabras lo hubieran abofeteado con fuerza quien después de quedar estupefacto empezó a reír de manera compulsiva, mientras repetía ‘Loco, loco, loco’, se alejó hacia su carro, respiré tranquilo pensando que el episodio había terminado cuando vi que el taxi retrocedía a toda velocidad hacía mí, apenas tuve tiempo de poner mi carro en reversa para evitar el choque, esquivé el carro y arranqué a toda velocidad intentando dejar atrás al acosador.

Lejos de detenerse el lunático aquél empezó a perseguirnos, de reojo miré a S. estaba pálida y sus labios temblaban ligeramente, detenerme habría sido una locura pero avanzar también lo era. Aceleré primero a 80 kilómetros por hora, luego a 100 a 120, siempre que miraba el retrovisor veía al feroz perseguidor a pocos metros de mí, empecé a sobrepasar a los pocos carros que se metían en mi camino en esa madrugada como si corriera una especie de Fórmula 1 de la demencia, no me detuve ni siquiera por los semáforos en rojo en donde aceleraba en lugar de frenar y donde por gracia del destino no me estrellé contra otro carro ni atropellé a ningún descuidado transeúnte.

Al poco tiempo el taxista me alcanzó pero no me detuve, no podía hacerlo. Seguía corriendo a pesar de tener como acompañante la mirada aterrada de S. y los insultos que mi otro compañero de viaje lanzaba cada vez que podía y que el viento no ahogaba. Finalmente vi mi chance de escaparme, frené violentamente y giré bruscamente hacia un callejón desconocido. Una vez ingresé allí aceleré nuevamente hasta que lo perdí de vista.

Aquel barrio tenía calles muy pequeñas por donde sólo cabía un carro y tenía curvas cada dos cuadras. Me sentía como un hámster en un laberinto  donde no tenía otra opción que seguir avanzando. Decidí parar un rato.

Miré a mi acompañante, estaba blanca.

—Ese tipo nos iba a matar —sentenció en un susurro, hablando con miedo como si el individuo aquél aún la pudiera escuchar—.¿Qué le hicimos? Ese taxi estaba bien, te juro que nos iba a matar.

—Tranquila, tranquila, ya pasó —le dije en otro susurro intentando apaciguar mi susto en un intento que seguramente fue bastante patético—. Ahora lo importante es llevarte a tu casa y guardar el carro.

—Por favor, quedémonos aquí. Llama a la policía desde tu celular, me da miedo encontrarnos a ese tipo otra vez —me suplicó.

—¿Pero qué dices? Si ya lo perdimos, no voy a vivir con miedo de un psicópata detrás de un volante. Te llevo a tu casa y se acabó.

Prendí el carro y llevé mi mano hacía la palanca de cambios, ella puso su mano sobre la mía en un último intento por disuadirme pero no me di por vencido hacerlo equivalía a darle la victoria a ese idiota. Avancé con precaución mirando constantemente por el retrovisor en búsqueda del acosador. Finalmente salimos a la vía principal pero antes de que pudiéramos cantar victoria sentí una embestida, un potente golpe en el capó del carro nos sacudió violentamente.

S. tenía razón, el muy cabrón nunca nos había perdido la vista, seguramente vio que nos metíamos en el callejón- trampa, él que  conocía la ciudad como si fuera su pequeño reino se habría dirigió hasta el final del barrio y  esperó tranquilamente hasta que nos hubiéramos confiado y salido como ratones de su agujero para emboscarnos.

Los vidrios de mi carro estaban a punto de romperse  y un hilillo de sangre corría por la frente de mi amiga. El del taxista estaba mil veces peor que cualquier daño que yo le hubiera podido hacer. El hombre se bajó de su carro, en su mano llevaba una cruceta.

—¿Pensó que se podía escapar y dejarme el carro vuelto nada? —exclamó con voz triunfal— Pues no, no señor, a mí nadie me llama loco y mucho menos  se me vuela.

—¿Qué le pasa imbécil? —gritó S. —¡Respete que nosotros no le hemos hecho nada! ¡Déjenos en paz!

—¿Qué no me han hecho nada? ¿Acaso no ven cómo está mi pobre carrito? Qué va a decir mi mujer…y los niños, voy a ser la burla del barrio —y mientras decía esto se mesaba los pocos pelos que tenía y se agarraba la cabeza con la mano que tenía libre. No señores, me van a tener que responder…

Antes de darnos tiempo de una réplica golpeó el vidrio con la cruceta rompiéndolo, luego se dirigió al capó del carro y empezó a castigarlo una y otra vez mientras gritaba como loco ‘Respondan, respondan’.

S. me agarraba como si fuera su salvación, sus manos le sudaban y había empezado a llorar, yo estaba petrificado sin saber qué hacer. Estaba seguro que si salía del carro, el tipo me iba golpear con su instrumento y quizá luego hiciera lo mismo con mi amiga, podía incluso sentir su mirada inyectada de sangre y su aliento pestilente mientras me seguía pidiendo cuentas.

—¡Está bien! ¡Está bien! —grité dándome por vencido— Le vamos a responder, ¿cuánta plata quiere?

—¿Plata? ¿PLATA? Ese es el problema de ustedes los ricachones, creen que todo se arregla con eso. Pues no, cómo le parece que a los que ustedes llaman ‘muertos de hambre’ todavía nos queda dignidad y no nos vamos a arrastrar por unas monedas que ustedes tiren al suelo.

Miré lo que quedaba de mi pobre carro. Si alguien hubiera pensado que era el vehículo de un “ricachón” seguramente se habría hecho acreedor a una visita a un optómetra o en el peor de los casos a un manicomio.

—Entonces me disculpo, no fue mi intención chocar su carro. Por favor perdóneme, le pido mil disculpas por el accidente.

El hombre soltó su herramienta de destrucción masiva y sonrió satisfecho.

—Si ve que se si se podía ¿cierto? —me dijo con amabilidad y de manera casi paternal— lo perdono, agregó de manera conmiserativa, pero que no se vuelva a repetir.

Dicho esto, se dirigió hacia su destartalado taxi, mucho más averiado ahora gracias al mismo choque que él había provocado, lo prendió y con lentitud se enfiló hacia las oscuras profundidades de donde había emergido. Mientras partía sacó la mano para despedirse de nosotros.

Resumo la historia:  Mi compañera quedó en tal estado de shock que todos mis planes de conquista quedaron reducidos a escombros, mientras la llevaba a casa pensaba que el taxista era una especie de ángel enviado por el temible Jehová con la misión de evitar que violará el noveno mandamiento y de paso arruinarme una buena noche con excelentes perspectivas.


A los tres meses finalmente probé los labios de S., sus besos sabían a vodka con un ligero toque a cereza.

domingo, 9 de febrero de 2014

Libros leídos 2014 (4): Los ingrávidos de Valeria Luselli


Título original: Los ingrávidos
Autora: Valeria Luselli
Editorial: Sexto piso
146 páginas

Dos voces componen esta novela. La narradora, una mujer del México contemporáneo relata sus años de juventud como editora en Nueva York, en los que el fantasma del poeta Gilberto Owen la perseguía en el metro. El narrador, un Owen al borde de la muerte recuerda su juventud durante el renacimiento de Harlem.




ingrávido, da.
(De in-2 y grave).
1. adj. Dicho de un cuerpo: No sometido a la gravedad.
2. adj. Ligero, suelto y tenue como la gasa o la niebla.

Sin duda, el título de esta novela escrita por la mexicana Valeria Luselli, es el más indicado para su obra. En ella, los protagonistas vagan por las calles y metros de las calles de Nueva York, livianos y expectantes en espera de algo que no saben qué es.

La historia maneja dos historias que se contraponen constantemente. En una de ellas vemos la historia de una editora felizmente (?) casada y con dos hijos, quien recuerda cuando trabajaba como traductora de autores latinoamericanos en una pequeña oficina en la Gran Manzana, sus pensamientos, sus amigos y sus vivencias de enorme libertad, la cual contrasta con su encierro actual y sus dudas sobre la fidelidad de su esposo y la esclavitud de los hijos.

La protagonista tiene una especie de obsesión con un poeta mexicano llamado Gilberto Owen, al cual quiso publicar en sus épocas felices de editora. Es él precisamente el otro eje de la novela, ya que en determinado momento de la trama empezamos a ver su punto de vista del Nueva York de los años 20 hasta cuando muere gordo, ciego y solo.

El libro nos habla de la vida de estos personajes de sus dudas, de las muchas muertes que se afrontan en vida, de los fantasmas que como en Pedro Param caminan por la calle –por los metros en este caso- y ‘viven’ sin darse cuenta que ya han fallecido.

El gran problema del libro es la falta de pasión. Los personajes viven con desidia como si nada les importara, la narradora tiene la misma actitud cuando era joven y  y podía hacer lo que quisiera que cuando es una sumisa ama de casa, nada le importa nada la mueve; el poeta no tiene esa energía o esa tristeza (aunque si ese espíritu autodestructivo) que  deben tener los vates. Lo mismo ocurre con lo que les sucede, no pasa nada importante, nada relevante, el lector queda con una pregunta al final de cada párrafo, un: ¿Y?

Alguien podrá decir que esa es la idea de la novela, una especie de escepticismo a la vida, al futuro, pero es aquí entra a jugar el segundo gran error de este texto: Los personajes no son interesantes, simplemente flotan ingrávidos, sus  vidas no son interesantes simplemente fluyen, podrían estar muertos y vivos da exactamente igual.

Esto no es necesario malo pues es el espíritu de la novela pero podría citar a un Horacio Olivera de Rayuela de Cortázar o a un Ignacio Escobar de Sin Remedio de Antonio Caballero, los cuales tienen la misma actitud  hacia la vida pero son personajes lo suficientemente fuertes para causar una duda, un sentimiento, una inquietud por parte del lector, cosa que no ocurre con el libro de Luselli.

También podría decir, aunque es muy posible que me equivoque, que el libro no es auténtico. Me explico: En mi opinión muchos de sus párrafos son impostados, algo falsos, como en una búsqueda constante por querer impresionar al lector, sobretodo en los fragmentos que narra el poeta, los cuales se convierten algo pesados y densos de leer.   

Aun así no pude dejar de leerla. Desde que la cogí no la solté hasta que la hube terminado. No me importó lo soso de la cotidianidad, las ínfulas de grandilocuencia, los hechos y personajes que no conducen a ninguna parte, el hecho de que hubieran tomado un tema que me apasiona las múltiples muertes que tenemos en una vida y lo hubieran desaprovechado, el final en punta, no pude soltar sus páginas hasta que la finalicé.


Quizá es porque esta novela es como la vida misma.