sábado, 17 de agosto de 2019

Cinco años sin papá

¿Cuál es la medida de un duelo? ¿Un día? ¿un mes? ¿un año?  ¿una vida ? Un día como hoy hace cinco años encontraba muerto a mi papá  en la sala de la casa tirado en el suelo. Había muerto mientras iba a la cocina quizá a servirse un vaso de agua. A pesar de todos mis intentos por revivirlo supe desde el primer momento que lo vi que nada podía hacerse y y que él, el superhéroe de mi infancia, el hombre que siempre quise que se sintiera orgulloso de mi , mi papito, se había ido para siempre.

Es curioso pero nunca pienso en esa noche. En mis gritos desesperados mientras lo zarandeaba y lo intentaba levantar,  en cómo llame a mi mamá o a mi tía, en la agonía de arreglarlo todo para su entierro, el momento que se lo llevaron o esa noche eterna donde mi mamá, el perro (que chillaba de forma sobrecogedora) y yo lo lloramos sin parar. 

Los días siguientes también están envueltos  en la  bruma del olvido. La llegada de mi hermana con su esposo después de un viaje infernal para despedirlo, la romería de familiares y amigos en su entierro  y los días y meses siguientes donde a veces sin darte cuenta las lágrimas empezaban a rodar sin que siquiera te dieras cuenta.

Y quizá no piensa tanto en eso porque mi papá es más que una noche triste. Me he quedado con la imagen del hombre al que yo recibía tirándome como un Superman a sus brazos, el mamagallista incorregible, la persona que me dio mi primer trabajo en la biblioteca que él dirigía (y del que mucho tiempo después descubriría se quitaba parte de su sueldo para darme ese sueldo inventado a mi  y enseñarme de esta forma el valor del trabajo) , el hombre cuyos valores y enseñanzas son aún faro moral de mi vida , y el padre que amaba profundamente a sus hijos.

Desde luego a medida que crecía fui descubriendo muchos de sus defectos y errores (que no fueron pocos) pero con los años he aprendido a perdonar y comprenderlo , mejor aún he tratado de aprender de ellos para ser yo un hombre mejor .

¿Cuál es la medida de un duelo? En cinco años han pasado tantas cosas papá.... mi mamá también murió y el perrito igual, mi hermanita tiene una hermosa niña y espera un bebé que nacerá en octubre, cómo me hubiera gustado que vos viejo los hubieras conocido, creo que ningún niño habría sido tan consentido  o tan malcriado que por vos... en cuanto a mi, todos los días intento ser digno de tu sangre y legado, intento vivir una vida digna, siempre con la frente en alto con los valores que me enseñaste. Intento estar a tu altura. 

A medida que pasan los años pienso cada vez más en el pasado. Recuerdo mi niñez, en el olor de ese Cali-caliente, en mis papás, en la imagen de mi hermanita siendo esa niñita flaca y traviesa y en mis viejos amigos de infancia a quienes extraño profundamente . Ese mundo ya no existe más que en mis recuerdos porque tanto yo como la ciudad y la gente han cambiado para siempre,  pero éste es un bálsamo que me recuerda que la muerte no es tan mala y es la oportunidad de volverme uno con el universo y esos recuerdos. 

¿Cuál es la medida de un duelo? ¿Un día? ¿un mes? ¿un año?  ¿una vida ? Cinco años es media década, poco más que un mundial de fútbol, y días y meses que pasan como pasa todo en la vida. No hay medida del duelo porque los días son solo días, nuestros muertos viven a diario en nuestros corazones y recuerdos y sus voces y enseñanzas nos guían con amor por el resto de nuestros días hasta que nos reunamos con ellos y la mejor manera de honrar la memoria de estos muertos es ser felices. Como ellos lo hubieran querido . 

Te amo, papá 


Te extraño, viejo 


martes, 18 de junio de 2019

Ese extraño monstruo que repta en mi interior


Una espina que crece en el pecho. En un principio no es más grande que una semilla pero va creciendo hasta que se convierte en raíces que van envolviendo tu corazón, tus pulmones, el resto de tus órganos y tu alma, que se alimenta de tu odio y tu rabia y que continúa creciendo hasta que se ha apoderado de ti y te ahogado tanto de manera figurada como literal.

Hablo, como no, de la envidia. Puede nacer de un gesto, una palabra, a la que al principio no le prestamos atención pero la semilla está plantada, la duda se queda incrustada en nuestro interior a veces incluso por años hasta que todo lo acumulado, en una especie de sangre negra y espesa, sale hirviendo como lava dispuesto a arrasar con todos incluso con nosotros (o especialmente con nosotros mismos).

Este sentimiento no es más que el miedo de vernos al espejo y ser incapaces de ver el valor que tenemos. Vemos nuestro reflejo desnudo y engrandecemos nuestras carencias y defectos e idealizamos las cualidades de otro. Lo despreciamos porque creemos que tiene algo que nos pertenece, porque sentimos que es mejor que nosotros y no lo merece, al fin y al cabo ¿quién es ese pobre imbécil? ¿Por qué tiene la pareja, la familia, el trabajo o la riqueza que soñamos en noches de desvelo? Y en nuestra ensoñación creemos que esa persona todo le ha caído del cielo y no ha tenido que esforzarse como nosotros, a pesar que su ventura es tan bendita y la de nosotros tan desdichada.

Y no sabemos, preferimos ignorar, que esa otra persona también se ve en el espejo y es consciente de sus propias falencias y quizá anhele lo que tiene el otro, y en ocasiones, en un giro irónico del destino esa persona nos envidia a nosotros, creándose un juego macabro del  gato y el ratón donde dos figuras se ven del lado opuesto del espejo y cada una anhela el reflejo que ve frente a él sin saber que su suerte también es deseada y soñada.

Pasamos nuestra vida envidiando a mucha gente. Estrellas de cine, cantantes, deportistas, conquistadores empedernidos, a veces nuestros objetivos son más cercanos y lo hacemos con el compañero del trabajo al que todos quieren, el amigo que enamoró a la mujer que deseamos, el otro que logró nuestro sueño más anhelado  por el que nunca supimos luchar, el vecino que compró el celular de última moda o viajó a esa isla paradisíaca con la que soñamos pero nunca nos hemos atrevido a ir.

Pero, ¿saben qué? Está bien tener ese monstruo que crece en nuestro interior, ese maldito huésped, no es sano reprochar su presencia, su existencia en dosis sanas es necesaria. Es la envidia, el querer lo que ha conseguido el otro, lo que muchas veces nos impulsa a seguir adelante, a no rendirnos, a demostrarnos que si ese cabrón fue capaz de conseguirlo nosotros también lo haremos. Y sí él  logró un milagro no solo lo alcanzaremos sino que lo superaremos. Quizá fue la envidia lo que nos permitió salir de las cavernas y conquistar el mundo, quizás no.

El truco está, desde luego, en la justa medida de las cosas. El límite entre dejar que ese pequeño engendro que vive en nuestro interior nos empuje a realizar lo que el miedo no permite y dejar que se alimente como un feto maligno de nuestra sangre, bilis y odio y nos lleve a nuestra propia destrucción (así al final parezca que hayamos triunfado cuando nunca es así) es muy tenue. Depende de cada uno de nosotros establecer la diferencia y mantener a raya al monstruo que vive en el ático de nuestra conciencia….

¿Es mejor despertarla que sentirla? Qué sé yo, quizá lo mejor sea ser consciente que el pasto nunca es tan verde en el patio del vecino como lo imaginamos y que no somos ni la mitad de miserables de lo que creemos en nuestros momentos más desesperados. Quizá lo mejor sea cuando sentimos que el ser es incontrolable salir, ver la naturaleza, y repetirnos que somos poco más que polvo estelar insignificante que no dura ni una milésima de  segundo en la historia del universo. Y el cabrón que tanto envidias también.







martes, 11 de junio de 2019

El extraño placer de recorrer calles que no son las tuyas


De repente te encuentras en una ciudad extraña donde nadie habla tu idioma y todas las calles llevan a caminos inesperados. El universo se extiende en cientos de ramificaciones en forma de concreto. Ninguna senda es la tuya porque todas la son. No tienes destino y el camino es el que estás a punto de recorrer.

Quizá tengas suerte y tengas un amigo de viaje. Podrás hablar de la vida, las mujeres, los sueños del pasado y el futuro; no te detendrás porque a pesar de no tener un objetivo fijo te dejas llevar por la marea de gente que va de un lado para el otro como hormigas, te unes a ellos de manera efímera aunque sabes que nunca serás parte de su grupo, eres un extraño, se te nota y ni siquiera por tu color de piel o idioma, sino porque  esa ciudad no es tu hogar, no ha dejado la huella profunda que se les ve en los ojos a ellos, ese caos eterno, ese trasegar sin pausa que tienen.

Pero a veces a pesar de la compañía y a pesar del constante hablar y escuchar, mientras te refieres a cosas nimias como el almuerzo o lo que harán más tarde, callas y escuchas la sinfonía de la ciudad, los murmullos de cada una de las calles que caminas, que comienzan de manera suave pero van alzando su voz hasta que eres consciente de ella. Esa voz que combina el sonido de los taxis, los cientos de idiomas que se entremezclan, cada uno con su acento y cultura particular, el viento que se eleva por encima de los pasos y la ciudad. Es un sonido sin orden alguno, sin afinación, en ocasiones podrá parecer tosco pero sin duda es hermoso.

Te internas por callejones solitarios. En algunos ya no hay gente y solo se encuentran las edificaciones y levantas la vista y te quedas en silencio porque sabes que ellas son el intento humano de dejar un legado, una huella de su paso por el mundo pero sabes que es inútil, en algún momento futuro de la historia, años, siglos o milenios venideros, se vendrán abajo y haces apuestas en tu mente sobre si será algún ataque terrorista, una guerra o quizá una destrucción silenciosa, tal vez será la misma naturaleza quien reclame los gigantes de cemento y algún día cuando ya no estemos la vegetación recupere los territorios perdidos. Pero ahora no es momento de pensar en ello, simplemente levantas la vista y admiras lo que ha logrado la humanidad y contemplas los edificios y la ciudad como un monumento al siglo que acaba de terminar, al milenio que comienza y la época que te toco vivir en la historia del mundo.

Y recorres esa ciudad extraña que es el centro de la civilización misma. Lo haces en la mañana, en la tarde y en la noche, durante la lluvia y el calor. Te maravillas con el metro, sus cientos de  luces de neón  y los millones de universos que se contienen en las personas que la habitan y que te dan la bienvenida al tiempo que no lo hacen. La ciudad no duerme y tú tampoco lo haces porque incluso cuando llegas extenuado a tu posada a dormir sueñas con ella, con sus lucecitas similares a la navidad, en su inmensidad, en esos laberintos de concreto, con sus estatuas gigantes, sus parques majestuosos y esa faceta esplendorosa que descubres con la ansiedad de un niño que está listo a desenvolver un regalo.

Y cuando llega el momento de partir te preguntas si en este mismo instante no hay otra alma maravillada en tu ciudad, a miles de kilómetros de donde estás, quizá ese desconocido abre los ojos y recorre con asombro las calles que conoces de memoria y a la que ya no le ves la belleza que tiene, quizá camina por las noches en medio del tráfico y los anuncios nocturnos de neón pensando en que nunca había visto algo tan espectacular, quizá como ya sabemos la belleza siempre está en el ojo de quien admira e incluso una finca pequeña y humilde con un patio en el que solo se vea el cielo estrellado contiene aquello que tanto has buscado.




martes, 21 de mayo de 2019

Una idea que se resiste a morir

 Tengo una idea para una historia. He intentado olvidarla, dejarla de lado, pero se rehúsa a morir y reaparece una y otra vez en los momentos menos esperados. Veo a sus protagonistas en diferentes situaciones y me parece que cada vez cobran más vida, como si poco importara que los trajera a la vida, como si por el solo hecho de imaginarlos  existieran, pero aun así quieren que su historia sea contada. Lo exigen.

Cuando pienso en ellos me pregunto si vale la pena. Si quizá no llegue, tarde o temprano, la Policía de la Moral y lo Políticamente Correcto diciendo que tengo el alma y la mente podrida por lo que estoy pensando y creando; peor aún, me pregunto si quizá cuando la escriba sea recibida en medio de la apatía general y mis letras sean incapaces de llegar a una persona, una por lo menos que se  vea reflejada como yo en esta historia.

Pero la Historia poco sabe de Policía de la Moral y lo políticamente correcto, poco sabe de si será leída o aceptada o querida. Ella solo quiere nacer, quiere que su parto ocurra día a día a través de la  hoja en blanco. Poco le importo yo o mis pensamientos o penurias, soy solo el médium, la herramienta para que pueda ver la luz. Soy su padre pero a este feto de ideas poco le importo y lo único que hace es susurrarme que deje de hacerme el idiota y que sé muy bien lo que debo hacer.

Hasta el momento solo tengo una novela que está en el baúl de los recuerdos. La novela fue escrita en un momento oscuro de mi vida y escribirla me dejó extenuado como si fuera incapaz de escribir de nuevo. Muchos años lo creí así. Pensé que sería un hombre de una sola historia, quizá leída por la gente más cercana a mí pero no más. Escribirla fue un placer pero al mismo tiempo agotador como si drenara mi vida, mi alma, pero ahora siento como si esta nueva idea que crece dentro de mi pecho y se expande cada día un poco más tuviera la fuerza incontenible de mil huracanes juntos.

No es desde nuevo una idea nueva. Llevo pensando en ella desde hace ya algunos años. Al principio la ignoré pero ella vuelve una y otra vez, molesta como un grano en el culo, intensa como el zumbido de un zancudo a la madrugada y cada vez toma más fuerza. Me escudo en la pereza, en lo agotado que llego del trabajo y del gimnasio; me escudo diciendo que a pesar de toda mi palabrería no soy un escritor y que no vale la pena ni siquiera el esfuerzo, que debería dejarlo a los expertos en el tema,  que el tema no será del interés de nadie, que mis letras son una mierda y que a fin de cuentas a nadie le gustan…..pero la idea no se resigna a morir y embiste una y otra vez con la ferocidad de un boxeador que sabe que puede ganar la pelea y en medio de los golpes, la nariz rota, los ojos morados y la boca destrozada, sonríe diciéndome que más allá de que todo eso sea cierto escriba la historia para mí, que valdrá la pena.

Tengo una idea para una historia, y mucho me temo (más allá de mis protestas y berrinches de niño pequeño) que tendré que escribirla.




martes, 14 de mayo de 2019

De amistades lejanas, cercanas y otros tipos

Nunca, bueno casi nunca, hablo con mi mejor amiga. A pesar de la amistad y los años en ocasiones pierdo el contacto con ella incluso por meses. Si bien en un principio me molestaba con el tiempo aprendí a comprenderla. Ella, descendiente de un francés heredó su carácter y simplemente es así, sé que no hablamos a diario, pero cuando mas la he necesitado allí está y cuando nos vemos -porque no vive en el país- es uno  de los momentos más maravillosos del año. Y está bien, así la quiero. 

Hablo de ella porque antier cumplí años y recibí montones de felicitaciones y amor por cantidades. Si bien en el día estuve acompañado solo de mi gran amigo y roomate Nelson Cadavid (quien tuvo la amabilidad de invitarme a desayunar y almorzar) en realidad me sentí mucho más acompañado y rodeado de lo que estuve físicamente . Sentí cada uno de los mensajes de cada una de las personas que conozco en persona y de manera virtual de una manera tan cercana como si los hubiera recibido de frente.

Y reflexioné sobre la amistad. Sobre aquellas que se alimentan diariamente de rutinas y de detalles, las que viven del recuerdo de un pasado mejor, de otras vidas; de las que se han ido, quizá porque esa persona ha muerto, quizá porque nosotros mismos hemos cambiado y ya no somos quienes éramos; de las lejanas cuya luz es tan intensa que sin importar las distancias o el tiempo siempre siguen constantes y van más allá incluso de la muerte.

Y siento que ninguna es mejor que otra o correcta. Lo importante son los sentimientos, la alegría que sentimos al ver ese viejo amigo, una noche rodeada de cervezas en un bar, o una ida a cine, o simplemente hablar por un chat de whatsapp después de mucho tiempo de no hacerlo, o compartir noches de borrachera que parecen eternas. Lo verdaderamente importante de la amistad es que esa persona en la que confiamos y queremos saca lo mejor de nosotros y nos acepta como somos sin necesidad de maquillaje o las mentiras que decimos y solemos creernos para ser aceptados. 

Y esto fue lo que sentí con sus mensajes, llamadas el pasado domingo 12 de mayo día de mi cumpleaños número 36. Y quería decirles gracias. También los quiero.




domingo, 12 de mayo de 2019

36


No tengo a mi papá conmigo pero sus enseñanzas han hecho de mí la persona que soy y su recuerdo me fortalece siempre

No tengo a mi mamá conmigo pero su amor siempre está presente en mi vida. Todo lo bueno que soy y que puedo llegar a ser es gracias a ella.

No tengo a mi hermana cerca pero a pesar de la distancia ella es mi todo. Mi luz, mi faro, mi consejera, vivir es saber que ella existe. La persona más importante de mi universo, quien hace que todos los días, incluso aquellos en los que no quiero levantarme, valgan la pena.

No tengo a mi mascota conmigo pero durante su breve existencia mi perrito Gruñón me enseñó el amor por los animales, que las mascotas pueden llegar a ser tus amigos más entrañables y son parte de la familia.

No tengo a mi Nana conmigo pero de ella aprendí que el amor no tiene color, edad y género. Que siempre oiré la voz alegre y llena de cariño en mis recuerdos de mi negra hermosa.

No tengo novia pero he conocido el amor de mujeres maravillosas, mucho mejores que yo en todo caso, que me han enseñado el maravilloso y misterioso mundo femenino y me han brindado su cariño y apoyo incluso cuando yo mismo no he creído en mí.

No tengo a Camilo conmigo pero de él aprendí que la amistad nunca termina y ni siquiera algo tan poderoso e inevitable como la muerte es capaz de ganarle al amor, que su presencia siempre me acompañará hasta el día que muera.

No tengo a mis abuelos conmigo pero de ellos aprendí que nada se ha ido del todo si vive en tu corazón.

Desde hace unos años tengo la tradición de que el inicio de mi cumpleaños me coja escribiendo. Me gusta que la medianoche del once de mayo me coja mientras tecleo en mi computador y hago este pequeño texto reflexionando un poco sobre qué es cumplir un nuevo año.

Los 36 años me cogen reflexionando sobre lo que decía al principio. He tenido algunas pérdidas. Gente que se ha ido para no volver jamás. Pero si me comparo con otras personas soy muy afortunado pues tuve la oportunidad de estar con estas personas, de poder decirles cuánto las amé, de aprender de ellas y disfrutarlas todo lo que pude.

He vivido, viajado, amado, llorado, experimentado, reído y conocido. Personas han partido sí, pero también otras han llegado para seguir aprendiendo. A veces creo que el mundo en el que he crecido ha desaparecido, la ciudad de mi niñez ya no existe y donde vivo ahora  a pesar del tiempo que he estado nunca será mía; a veces me gustaría encontrar un lugar en el mundo pero quizá crecer consiste en creártelo tú mismo. Quizá todo el amor que he recibido y sigo recibiendo es mi mundo, quizás mis letras son mi mundo, siempre cambiante, siempre presente.

También están mis pequeños sobrinos, mi amada Verónica y mi futuro sobrino (o sobrina) por venir, quienes me hacen luchar por un futuro mejor, por dejarles a ellos un mundo mejor del que me tocó, sus ojillos me hacen tener fe y esperanza en que todo estará bien en el mundo.

Y están ustedes, quienes me leen. A algunos he tenido el placer de conocerlos en persona, otras solo de manera virtual, algunos más se asoman acá como visitante efímeros, pero son todos y cada uno de ustedes quienes con su presencia, paciencia, tolerancia y cariño me animan a seguir escribiendo y por lo tanto a seguir siendo yo.

A todos, los presentes y los ausentes; a quienes han partido y quienes no y los que llegaran, GRACIAS, por estar allí, por ser mi fuerza y ánimo.

Nos estamos leyendo. Un abrazo.




martes, 23 de abril de 2019

Colombia, el país que no sabía amar.


A veces pienso que los colombianos estamos enfermos de odio. Nos matamos (ya sea de manera simbólica o literal) por una ideología, un partido, un político al que defender (como si al final del día a estos les importáramos en algo más allá de la época electoral) e incluso por una camiseta de fútbol. Odiamos tanto que cuando vemos el amor lo juzgamos, lo etiquetamos y lo discriminamos si no es igual al que decimos profesar.

Me refiero, claro está, a lo que pasó hace algunos días en un importante Centro Comercial en Bogotá donde un tipo se acercó a una pareja homosexual y la agredió bajo el pretexto que estaba pervirtiendo a los niños. El energúmeno sujeto  acusó de animales (que sí, que todos lo somos pero acá la intención de insulto era obvia) y de andarse manoseando con su ‘novia’ (era una pareja de hombres) alegando que él estaba con su hijo. Posteriormente las grabaciones del Centro Comercial demostraron que las acusaciones eran falsas y la pareja no había hecho nada indebido, un par de días después  un grupo nutrido de homosexuales se reunieron para hacer una ‘besatón’ de protesta y el asunto quedó allí.

O no. No quedó allí. Basta con darse una vuelta por las cloacas de las redes, es decir los foros para ver el nivel de homofobia de este país. Desde el insulto fácil e hiriente hasta la discriminación disfrazada de buenas palabras ‘Yo no tengo nada contra los homosexuales pero…..’, ‘Igual yo tengo amigos gays’ ..., ‘yo no tengo nada contra los homosexuales y hasta los tolero’ y sandeces del mismo estilo.

Lo que dicen estos amiguitos defensores de la buena moral, es que está bien ser homosexual siempre y cuando lo hagan en un espacio lejano donde nadie se entere ni los vea…y siempre excusándose en los mismos caballitos de batalla, que es antinatural, que la moral y las buenas costumbres, que la biblia dice, que los niños (como si a los pobres niños no les bastara con ser asesinados, torturados, abusados todos los días por miles para que ahora vengan a ser usados como pretextos por los homófobos para justificar su odio)...

Habría que decirle al energúmeno padre de familia que él sí que es un animal, una completa bestia. En su defensa, habría que decir que todos lo somos. Unos simios más evolucionados que razonan, que hablan, se visten y hasta van a centros comerciales pero animales al fin y al cabo. Que si nos basáramos en lo que es natural, deberíamos habernos seguido regidos por la madre naturaleza, no nos vestiríamos con los trapos muchas veces ridículos que nos ponemos como ropa y de seguro no habríamos salido de la cuevas, o hubiéramos  creado el  fuego,  o aprendido hablar y escribir, o veríamos el sexo como algo más que para reproducirnos (aunque creo que los delfines también lo hacen por placer) y que se agarre con esta noticia, porque tampoco hubiéramos creado ningún dios  y no tendría que aterrarse por ver dos personas demostrarse cariño.

No es ningún secreto para nadie que no creo en dios. Si hay una fuerza superior la felicito por existir, le agradezco de todo corazón que no se meta conmigo, y me deje en paz- yo prometo hacer lo mismo-. Si el resto de la gente quiere creer en Jehová, Ganesha, Alá o en deificar a una lechuga me parece perfecto siempre y cuando no vengan a joder a quienes no son como ellos, ya veremos los paganos si nos quemamos en el infierno o no. Lo que me parece muy jodido es que alguien que crea en una religión creada por y para gente del Medio Oriente hace más de dos mil años, que cree que venimos de arcilla, que un ente creo siete plagas en Egipto,  un viejo separó el mar  y que su salvador nació de una virgen venga a decir que le parece poco natural que dos tipos se besen porque están enamorados. Mi hermanita y mucha gente que quiero y admiro son religiosas, pero esta fuerza los ayuda a ser mejores humanos y no a creerse mejores que nadie, a juzgarlos y hacerles la vida imposible por no ser como su ‘dios de amor’esperaba. 

Me gustaría que  quedara  claro que no pretendo hablar mal de las personas que son religiosas, ni busco generalizar, muchos de ellos se apoyan en su fe para su crecimiento espiritual pero tampoco puede desconocerse que también hay una problemática con personas que usan este aspecto para atacar a los demás. 

Sinceramente compadezco a los niños de ese Centro Comercial. No por haber visto a dos tipos besándose, sino por el escándalo que ello supone. Si alguno es homosexual nunca podrá vivir plenamente su sexualidad ni su vida afectiva porque siempre tendrá en la retina la muchedumbre ignorante y sedienta de rabia que lo va a juzgar por quien es, que prefiere que viva una mentira por respeto a las ‘buenas costumbres’ a ocultar su esencia; si no lo es, va a crecer aprendiendo a odiar, a discriminar, a pensar que la violencia es el único camino, que la rabia es el único lenguaje y que ‘eliminar’ a quien no es igual es lo correcto.

Pobre Colombia, prefiere la muerte sobre la vida, el odio sobre el amor, la religión impuesta sobre la libertad, la violencia sobre la paz y por eso le va como le va... Pobre Colombia tan corto su amor y tan largo su olvido a saberse diversa y feliz