Vejépolis
-¿Vos estás hablando en serio, Evaristo?
-Que sí, Rosa, que sí...
-Entonces simplemente vas a salir a la calle y ya...
-Y ya.. me cansé de estar encerrado.
-Pero Evaristo, los viejos nos tenemos que quedar encerrados en la casa, somos población de riesgo.
-¿Y? Tengo 80, ya viví lo que tenía que vivir, no voy a pasar los últimos días de mi vida como si
fuera un preso, ¿Acaso no extrañas el viento, el sol? ...
-¿Y los muchachos? ¿Y los nietos?
-Ya están muy viejos y les enseñamos bien. Sabrán vivir sin nosotros.
-¿Y la policía?
-¿Y qué van a hacer? ¿Matarnos antes de que lo haga el virus?
-¡Espera!
-¿Qué pasó ahora?
-Voy contigo -dijo Rosa
Salieron a la calle y lo que vio les sorprendió...la calle estaba repleta de viejos agotados del encierro, dispuestos a vivir una vez más a plenitud, brillando como una supernova antes de extinguirse, mientras los más jóvenes poseídos por el miedo se marchitaban en sus casas cada día un poco más más. La calle, el mundo, era suyo, como siempre debió ser.
En primer lugar, no sé cómo terminaron en este lugar. Quizá estaban buscando poemas de Bizarro, el enemigo de Supermán, o tal vez es uno de esos misterios dignos de La Dimensión desconocida. De cualquier manera sean todos bienvenidos
Vistas de página en total
Mostrando entradas con la etiqueta microcuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta microcuento. Mostrar todas las entradas
jueves, 28 de mayo de 2020
jueves, 30 de abril de 2020
Microcuento (III)
El que acecha en la oscuridad
Comenzó como un pequeño aruñón, casi imperceptible, en el dedo gordo del pie que solo noté al levantarme y caminar. Vi la herida, era minúscula, tal vez me había lastimado sin darme cuenta. Al día siguiente ví otra igual de pequeña a su lado, esta ardía más, cómo si tuviera la piel en carne viva. Las heridas se repitieron cada día, aumentando la intensidad, devorando los otros dedos y luego el pie. Empezaron a aparecerme morados en el muslo, pequeños círculos perfectos que hacían que el solo roce con la ropa me causara un dolor indescriptible. Por el día buscaba lo que me lastimaba, un animal quizá, pero no encontraba nada, intenté dormir de día pero sufría pesadillas dónde miles de ratas devoraban mi cuerpo. Por la noche duermo bien, pero en el instante justo antes de quedarme dormido me parece oír el leve movimiento de algo que se arrastra. Las heridas suben conforme pasan los días, ayer amanecí con una herida en el cuello, una línea que lo atraviesa por completo. Tengo miedo de esta noche, intento atravesar el silencio del cuarto oscuro con mi mirada pero solo veo sombras y tinieblas. Cierro los ojos e intento rezar pero siento un aliento caliente en mi mejilla que atraviesa mis ojos cerrados. Auxilio. No estoy solo.
jueves, 19 de marzo de 2020
Microcuento (II)
Aislamiento
Cigarrillos Rey, cómo olvidarlos, si eran los que más me pedían... por lo general a eso de las once ya se habían agotado. La gente caía como palomas buscando maíz a comprarlos. Eso antes del virus, ahora las calles están vacías, como un desierto, o un gran cementerio de asfalto. Me molesta un poco el silencio, toda una vida de oír el sonido de la ciudad ahora se ha ido, a veces siento en mi oído el eco de los pitos de los carros y las voces mezcladas de la gente. Y sí, sigo saliendo todas las mañanas con mi carrito de chucherías a recorrer las calles, y no, no me importa la epidemia. Tengo ya ochenta años, pero soy una vieja pobre, mi familia está muerta y no tengo a nadie.. y si no le importo ni al gobierno ni a la iglesia ¿Por qué debería preocuparme si vivo o muero? Prefiero las calles a quedarme en esa pensión de muerte recluida todo el día, así que salgo y voy de calle en calle encontrándome de cuando en vez a algún temerario que ignora a la muerte que ronda por estas cuadras pero ninguno compra Cigarrillos Rey, solo asienten como lo haría un condenado que saluda a otro. Veo las cajetillas con los cigarrillos intactos y también en los parques a gorriones de cabeza dorada que no había vuelto a ver desde que era niña en el campo, y que no se veían acá por la contaminación, pienso que lo que para nosotros es una plaga es, quizá para otros, una bendición
Cigarrillos Rey, cómo olvidarlos, si eran los que más me pedían... por lo general a eso de las once ya se habían agotado. La gente caía como palomas buscando maíz a comprarlos. Eso antes del virus, ahora las calles están vacías, como un desierto, o un gran cementerio de asfalto. Me molesta un poco el silencio, toda una vida de oír el sonido de la ciudad ahora se ha ido, a veces siento en mi oído el eco de los pitos de los carros y las voces mezcladas de la gente. Y sí, sigo saliendo todas las mañanas con mi carrito de chucherías a recorrer las calles, y no, no me importa la epidemia. Tengo ya ochenta años, pero soy una vieja pobre, mi familia está muerta y no tengo a nadie.. y si no le importo ni al gobierno ni a la iglesia ¿Por qué debería preocuparme si vivo o muero? Prefiero las calles a quedarme en esa pensión de muerte recluida todo el día, así que salgo y voy de calle en calle encontrándome de cuando en vez a algún temerario que ignora a la muerte que ronda por estas cuadras pero ninguno compra Cigarrillos Rey, solo asienten como lo haría un condenado que saluda a otro. Veo las cajetillas con los cigarrillos intactos y también en los parques a gorriones de cabeza dorada que no había vuelto a ver desde que era niña en el campo, y que no se veían acá por la contaminación, pienso que lo que para nosotros es una plaga es, quizá para otros, una bendición
Suscribirse a:
Entradas (Atom)