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lunes, 25 de febrero de 2019

Saturnina

El bus de Flota Magdalena proveniente de la ciudad de Magangué llegó a la capital una noche de vientos helados. A pesar de no estar bien abrigado, el gigantesco  negro de casi dos metros, casi no se inmutó ante el frío. Al salir de la terminal prendió un puro mientras sacaba una hoja amarillenta y arrugada con un nombre escrito en una caligrafía casi inteligible: Saturnina Orozco y abajo una indicación, El Castillo de Don Andrés, Callejón de las putas.

El hombre alquiló un cuarto en una pensión de mala muerte, repleta de ladrones, semi indigentes, poetas y venezolanos. No pensaba quedarse mucho tiempo en la ciudad, antes de dormirse siguió fumándose el puro y tomando unas cuantas copas mientras se arrullaba con el sonido de las balaceras en el exterior.

Al día siguiente se levantó, desayunó una taza de café negro sin azúcar y se encaminó al Callejón de las Putas, ubicado en la zona de tolerancia de la ciudad. Nadie cuerdo se metería en ese lugar a plena luz del día sin la complicidad de la Policía que cuidaba esa cuadra desde el ocaso, momento en el que empezaba la jornada puteril.  El Castillo de Don Andrés hacía mucho tiempo había desaparecido. Don Andrés había sido apuñalado por una de sus ‘chicas’ favoritas, cuando se recuperó vendió el negocio y se fue para siempre. Sin embargo en uno de los locales se encontró con que su regente más conocida como Samanta La deliciosa, una  ex puta vieja y gorda decía haber conocido a Satu, como la llamaba.

En esos tiempos, Samanta todavía se llamaba Sara  y era una joven adolescente de diecisiete años que venía desde  Dosquebradas buscando fortuna. Cuando recién arrimó al Castillo, la estrella era Micaela o como le decían ‘La reina de Saba’, su piel oscura seducía a todos y era la joya del Castillo y protegida de Don Andrés; no era una prostituta del común y lo sabía. Pese a ello no tenía ínfulas de diva y se mostró solícita con Sara mostrándole todos los trucos para soportar la dura vida que había elegido. Al poco tiempo se habían hecho grandes amigas y no se separaban hasta cuando ella rompió la única regla que no podía quebrantarse: Se enamoró de un cliente. Del Edgardo poco se sabía más allá que era policía, antes de irse Saturnina le había dejado la dirección, por extraño que pareciera, a pesar de todos estos años en que nunca la visitó aún la conservaba por si él la quería.

La pericia del detective consiste en la insistencia y en conocer el momento exacto para indagar. Las balas y la acción pertenecían más al mundo de la televisión que otra cosa, en la vida real la verdadera virtud es esperar e ir de un lugar a otro como una veleta, observando como quien no quiere la cosa pero fijándose en los detalles y sabiendo qué preguntar. De la dirección que le dieron, la mujer y su esposo se habían mudado hacía muchos años, pero había una vecina que le dio una pieza más para completar el rompecabezas.

Porque siempre quedaba un hilillo de donde tirar, siempre aparecía una persona que no dejaba extinguir la llama de la existencia de una persona, por más malvados o insignificantes que nos creamos al final hemos dejado huella incluso en los lugares menos pensados.

Del apartamento en el centro de la ciudad a donde lo mandó Samanta La Deliciosa, fue a otros tres con resultados negativos, pero cada visita, cada persona que visitaba la ayudaba a crear un perfil más completo de Saturnina Orozco, aunque nadie tiene la verdad absoluta, tan solo ‘su verdad’, su propio reflejo de lo que había significado esa mujer que conocieron en algún momento de sus vidas.

Finalmente su búsqueda lo llevo al ancianato de un pequeño pueblo a unas dos horas  de Bogotá. Sabía que la mujer había terminado sola y desamparada, Edgardo, quien acaso fue la única persona que la amó de verdad había fallecido hacía ya varios años fruto de un aneurisma implacable que le quitó la vida en un parpadeo y ella prefirió vivir sus últimos años rodeados de otros viejos en vez de la soledad de una casa vacía.

El ancianato de Santa Mercedes era una casucha que albergaba  casi diez viejos. No era un sitio deplorable pero tampoco en el que uno se visualiza terminando su vida. Las enfermeras  recordaban a la mujer, la rodeaba una aura de tristeza dijeron, y no hablaba mucho aunque era amable con quien se le acercara, no como otros residentes que se volvían berrinchudos como si estuvieran viviendo una segunda niñez. Cuando preguntó donde estaba le dieron un papel y una dirección, al ver el nombre del lugar sabía que finalmente la había hallado.

Llegó al Cementerio del pueblo al ocaso, algunos grillos empezaban a hacer su característico ‘cri cri’. El lugar estaba desierto, no había ni siquiera un guardían que le dijera que debía marcharse a determinada hora. Sintió compasión por la soledad de los fantasmas en un lugar así. Con las indicaciones de las enfermeras pronto llegó a su destino: Una de las lápidas que estaba junto a un árbol decía Saturnina Orozco Correa y más abajo tan solo su año de defunción ‘2001’.

El hombre se quedó en silencio varios minutos contemplando la tumba. Había esperado toda su vida ese momento, tantas preguntas, aunque al final todo se reducía a un ‘por qué’ que en el fondo no servía de nada, ella solo lo había cargado siete meses y se había desecho de él como si fuera basura, tan solo era el semen de un cliente  en el coño de una puta, pero aún así había hecho ese viaje porque quería saber, quería comprender su origen.

Ya nada de eso tenía sentido. Contempló el polvo que carcomía la tumba, el nombre que casi se había difuminado, lo único que tenía de su madre era un nombre y la visión distorsionada de todas las personas que la conocieron, eso debía bastar. Sacó una petaca de su gabán, la había cargado durante todos sus viajes con la esperanza de encontrarla y compartirla con ella. Le echo un largo trago y sintió como el aguardiente quemaba su garganta y sus entrañas como si fuera una especie de líquido purificador, luego echó el resto de su contenido sobre la tumba de Saturnina y salió del cementerio para no volver jamás.





martes, 31 de octubre de 2017

Lucía

Como todos los años, mi regalo de Halloween en forma de cuento de terror. Espero les guste.

TuLio

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Sueño con oscuridad y al despertar me rodea, grito pero mi voz es devorada por la noche que se desliza por mi garganta, ahogándome. Afuera está ella, puedo escuchar el sonido de sus manos sin uñas raspando la puerta, gimiendo débilmente con su boca sin lengua, amenazando con entrar pero sin atreverse, me tapo con la cobija y me pongo a rezar, sabiendo que al amanecer se habrá ido pero me habrá dejado indicios de su visita.

Cuando pienso en Lucía lo primero que se me viene a la mente son esos ojos grandes, almendrados y unos hoyuelos en sus mejillas a los que ningún adulto podía resistirse. Han pasado más de cincuenta años desde la última vez que la vi pero me parece como si todo hubiera pasado ayer. El eco de sus gritos aterrados es el sonido que oigo cuando estoy en silencio y las pesadillas se tiñen con su rostro goteando pus mientras maldice mi nombre.

Era lo que los gringos llaman la chica de al lado, mi pequeña vecina. Vivíamos en un conjunto de casas a las afueras de la ciudad, al lado de un bosque donde los únicos niños éramos nosotros y mi pequeño hermano Antonio, que en ese entonces tenía cinco años. Me gustaba verla, no creo que a mis doce años supiera lo que era estar enamorado, pero podía pasar horas contemplándola, imaginándome cómo sería darle un beso, su pelo olía a chicle y  a veces, cuando me visita, puedo sentir del otro lado de la puerta un leve olor a menta descompuesto.

Solíamos jugar todos los días en el bosque después de volver del colegio. Lo recorríamos de arriba abajo y conocíamos cada uno de sus rincones que se abrían como un libro para nosotros. En ocasiones hacíamos picnics, jugábamos a los exploradores o  intentábamos construir una casa en el árbol, pero a veces sus juegos eran un poco más siniestros.

Una vez me dijo que jugáramos a los médicos. Había visto en la televisión una operación y quería emularla. Salimos al bosque, nos seguía Saturno, un gato callejero al que alimentábamos de vez en cuando. Llegamos a los pies de un roble, llamó al animal que se acercó y ella empezó a acariciarle el lomo hasta que lo tomó con fuerza y lo volteó boca arriba.

-Agarra a Saturno y por nada del mundo vayas a soltarlo- ordenó.

Cogí al gato de las patas delanteras, mientras ella apoyaba sus rodillas sobre las traseras. El animal se debatía como una fiera maullando como endemoniado. Sacó entonces un bisturí. ‘Mira lo que cogí del despacho del abuelo’ dijo,  lo acercó al animal que empezó a bufar con mayor fuerza. En un instante comprendí lo que iba a hacer, no fui capaz de detenerla ni gritarle, solo me quedé observándola: Estaba más radiante que nunca, con el tiempo aprendería que la locura de la muerte incrementaba su belleza, vi el bisturí frío rajar el estómago del gato quien lanzó un maullido sobrecogedor y luego solo hubo silencio.

Empezó a sacar cada uno de los órganos del felino con la destreza de un carnicero. Depositándolos en el suelo y observándolos como si fueran trofeos. Se ufanaba conmigo de lo hermoso que era lo que habíamos hecho; le gustaba ver la sangre correr, manchar la hierba y sus manos. Yo tenía ganas de vomitar pero aun así fui quien hizo el agujero para enterrar los restos desperdigados de Saturno.

¿Qué pasa por la mente de un asesino? ¿Qué siente? En el caso de Lucía fue como si se hubiera despertada un hambre, inusitada, feroz, insaciable, cada vez que mataba un nuevo animal fueran patos, ranas, iguanas o golondrinas, ya pensaba en el siguiente. Le gustaba jugar con sus restos calientes, ordenaba las vísceras como si fueran muñecas, lo hacía de mayor a menor y por colores, a veces las estripaba con el pie mientras reía a carcajadas como si fuera un chiste. Me decía que no hacíamos nada malo, que los animales eran sólo práctica para su carrera de cirujana y que cuando fuera famosa nos iríamos a vivir juntos.

 Un día estábamos en el bosque cuando me preguntó si creía que las personas serían muy diferentes a los animales que habíamos ‘operado’. En ese momento pude verla como era realmente y sentí una oleada de asco, le dije que ni se le ocurriera hacerlo, se acercó a mí con su aroma de chicle y me besó, fue un beso prolongado, con una pasión que nunca he sentido de adulto, hasta que me mordió el labio haciéndome sangrar, ‘eres un cobarde, no quiero verte nunca más’ dijo mientras relamía mi sangre, luego de lo cual salió corriendo.

No volvimos a hablar pero la veía a lo lejos. Cada vez más ensimismada, consumida en su obsesión; mis papás atribuían su parquedad a una pelea amorosa que habíamos tenido y no me molesté en contradecirlos. Pronto se cansó de los animales pequeños y empezaron a desaparecer las mascotas del conjunto: perros salchichas, chihuahuas, gatos, lo peor fue cuando desapareció Sultán, el labrador de la misma Lucía. Conocía a ese perro desde cachorrito, y las semanas siguientes tuve pesadillas imaginándolo siguiendo a su ama por el bosque mientras movía su cola de aquí para allá, acostándose a su lado mientras ella le acariciaba la cabeza, hasta que hubiera sentido el bisturí entrando por su lomo o su panza, lo pude ver desangrándose sin poder explicarse porque lo atacaba una y otra vez mientras él le lamía sus manos con la lengua seca y moría.

 Pensé varias veces en contarle a mis padres o a los suyos pero era una batalla perdida. Nadie me iba a creer, no si era mi palabra contra la de ella, la hermosa niña de los hoyuelos en las mejillas, la mejor estudiante de la clase, la perfecta Lucía Maldonado. La idea murió antes de concretarse pero el remordimiento quedaba. Empecé a alucinar, tenía visiones de animales sangrantes, sin piel que gemían y gritaban pidiéndome que les devolviera sus entrañas. Soñaba todas las noches con Sultán y me despertaba la sensación de su lametazo en mis pies.

Una tarde llegué del colegio y no encontré a mi hermano. Un oscuro presentimiento se apoderó de mí. Le pregunté a mi mamá si sabía dónde estaba y me dijo que no lo veía desde hace rato, seguramente estaría por ahí paseando o habría ido a jugar con Lucía. Tuve que morderme la lengua para evitar lanzar un grito de terror, salí de la casa y empecé a correr, me perseguían las imágenes de ella con el bisturí, abriendo al gato, retorciendo sus asquerosas manos arrancado los ojos de un gorrión que aún estaba con vida, y en mi cerebro sonaba como un taladro su voz preguntándome si sería muy diferente un humano a sus animales.

Me interné en el bosque y lo vi teñido de sangre y las ramas de los árboles se convirtieron en patas de perro, alas de aves y tripas de rana, el viento susurraba mi nombre mientras yo gritaba el de Lucía. Lo que siempre fue un mapa abierto se había convertido en un laberinto de pesadilla, hasta que finalmente la vi y mi corazón se detuvo.

Lucía me vio llegar y me observó en silencio. A sus pies estaba mi hermano con la garganta rajada y la mirada fija en mí. Me arrodillé y grité el sonido de los condenados. Agarré una piedra del piso y corrí hacía donde estaba, intentó defenderse pero me poseía una fuerza sobrehumana, me hice encima de ella y la golpeé con la roca en la cabeza mientras pataleaba como tantas veces lo vimos hacer con los animales que había sacrificado, la volví a golpear una y otra vez hasta mucho después que sus gritos cesaron y su vida se extinguió. Rodé a su lado, me dirigí hacía donde mi pobre hermano y empecé a reír porque finalmente comprendí la verdad.

Lo que había visto como mi hermano era sólo un cervatillo degollado que me miraba estúpidamente con la lengua afuera. No sé cómo pude confundirlos y ya no importaba. Empecé a reír y a llorar al mismo tiempo y me pareció que el ciervo cerraba la boca y me daba las gracias. No podía dejarla allí porque sabía que la encontrarían y tarde o temprano descubrirían la verdad. Fue entonces cuando tuve la idea.

Volví a mi casa (antes de llegar pude ver a mi hermano montando en su flamante bicicleta) sin que nadie me viera fui por un galón de gasolina y un encendedor. Volví adonde ella, la rocié y le prendí fuego. Me quedé observando como las llamas consumían su piel, llenándola de pústulas, consumiendo su cabello, sus uñas, matándola por segunda vez. Luego de eso regué gasolina por los alrededores. El fuego se extendió con rapidez purificadora de ese bosque que tantas veces fue testigo de nuestros actos.

Nadie me descubrió. Con el caos que se formó, mientras llegaban los bomberos pude guardar la gasolina en su lugar. Y cuando descubrieron su ausencia y encontraron sus huesos fui el que más lloró y aunque nadie lo supiera lo hacía por ella, por mí, por Sultán, Saturno y por tantos seres vivos anónimos.

A pesar de estar muerta, mi vida se tiñó con su nombre, Lucía. Nunca pude casarme por miedo a tener una esposa o una hija como ella y no podía estar cerca de ningún animal sin indisponerme, tenía pavor de sentir que alguno de ellos dijera la verdad, me reclamara por mis crímenes, hasta terminé por volverme vegetariano porque el olor de la carne quemada me recordaba el de su piel siendo presa de las llamas.

Pero ahora cuando ha llegado la vejez y estoy solo, ella me acecha. Puedo sentirla aruñando las puertas de mi habitación todas las noches, disfrutando mi cobardía de viejo. Ayer al salir pude ver a una rata muerta frente a mi puerta. Sé que muy pronto llegará el día en que Lucía tenga la fuerza para abrir la puerta de mi cuarto y avancé dejando una estela de ceniza y sangre y se acerqué a mí para saber lo que se siente ‘practicar’ con un humano. Que el Señor me proteja y me perdone.



jueves, 21 de septiembre de 2017

Una canción para Dalila


La calle parecía una escena de película de guerra. Las cagadas de cientos de perros anónimos eran como minas explosivas y tocaba andar con cuidado para no “quemarse”. Se imaginaba patas y pisadas contra el cemento como pequeñas gotas de lluvia raspando el suelo y el sonido seco y blando del excremento ensuciándolo todo.

Si había algo más detestable que los canes, sus lenguas babosas y su alegría estúpida eran sus dueños, aquellos que trataban a sus mascotas como los hijos que nunca tendrían, vistiéndolos, vistiendo a un animal háganme el favor, y paseándolos sin collar para ‘no interferir con su libre desarrollo’ y por lo tanto sin fijarse donde Firulais o Brutus o Uribe hacían sus gracias. Putos perros, putos dueños.

Pisó un poco de excremento a pesar de caminar como un bailarín de ballet lo que contribuyó a recordar a los hijos de perras de los perros. Se sentó en el muro y con un palito intentó arrancarse la mierda de sus tenis, mientras pensaba en la canción para Dalila.

Dalila, ojos verdes, piel blanca como hoja de papel, pelo del color del sol, le gustaban sus ojos, nunca se fijaba en el cuerpo, al final las tetas se caen y el culo engorda pero la mirada permanece. Le gustaba observar fotos viejas intentando reconocerse, ¿quién era esa persona? La mirada era la misma, a veces teñida de alegría o una rabia velada o una tristeza que intentaba ocultar con un gesto de falsa superioridad que solo él sabía distinguir como si se tratara de un mensaje a su yo futuro de la falsedad del momento.

Pero, ¿quién era tan miserable para ponerle ese nombre a una niña de diecinueve años? Dalila era nombre de señorona, de vieja puta o dueña de tienda de la esquina, “¿Doña Dalila, me fía cinco huevos se los canceló en una semana  que me paguen?”. En fin, la naturaleza  siempre debe compensar y si eres linda, inteligente e inalcanzable debías por lo menos tener un nombre que te recuerde que la vida no es justa.

Pero Dalila quería una canción o eso le parecía. Con el tema adecuado caería en sus brazos, las mujeres adoraban los cantantes, los poetas, cualquiera que les susurrara al oído lo especiales que eran, y luego lo anunciara al mundo  en un verso, una pintura o canción donde otras vieran que ella era mejor, única, que su belleza era capaz de volverse melodía o acuarela o letras. No importaba si su artista tenía mil amantes o les pegara en noches de borrachera para justificar su depresión o ahogara la inspiración en alcohol, el arte, su juventud plasmada en inmortalidad lo valía.

Ahora bien, ¿qué cantar? A diferencia de la letra escrita debes poner no solo algo que guarde un poco de sentido y exalte a la homenajeada sino que tenga musicalidad y sea pegajoso Cuando pensaba en la canción recordaba a Angie de los Stones, era algo de otro mundo, se había obsesionado con la ella y la oía una y otra vez con la esperanza de absorber algo de su genialidad, pero no había caso, no tenía el talento, por eso su vida se debatía entre terminar la carrera o dedicarse a tocar covers de bandas famosas en bares de mala muerte.

De hecho ya alguien había escrito una canción para Dalila, tres para ser más exactos: Uno de ellos era Tom Jones y su Dellilah, la melodía le sonaba vieja, como si estuviera llena de polvo, algo que escucharía su papá si hubiera nacido en Conetticut y no en Paipa; luego estaba la versión de White T´Plan, la detestaba, puta basura edulcorada de principios de milenio, apestaba demasiado a Bittersweet Symphony y estaba la versión de Florence and the machine que le parecía decente a pesar de ser música indie desconocida e intrascendente.

Pensaba en los autores de las canciones, en sus Dalilas. Quizá alguna vez caminaron, igual que él, bajo el cielo gris de una ciudad grande e indiferente llena de vagabundos y locos pensando en una piel suave, unos ojos grandes y expectantes, un aliento cálido esperando por una canción, dispuesta a  dar un beso por estrofa; quizá alguna vez también tuvieron veintiún años y no sabían qué hacer con su vida y quizá ella, la fuerza de ese nombre fuera su boleta de salida al infierno de una vida cotidiana.

¿La amaba? Era muy joven para pensar en eso. La deseaba y tal vez fuera suficiente. Al oír la palabra amor se le venía a la mente sus abuelos, casados por más de cincuenta años y peleando todos los días de su día, por los pedos del abuelo o las amigas rezanderas, ‘viejas hipócritas’ las llamaba el anciano, de la abuela; él no quería eso para su vida, además era un músico, una especie de marinero del amor, una mujer en cada ciudad, en cada canción,  estaba seguro que después de Dalila vendría Kelly, Johana, Patricia y un océano de mujeres, de nombres y de rostros que aún no se alcanzaba a imaginar.

Pero primero lo primero. La canción. ¿En qué basarse?  ¿Su cuerpo? ¿Su voz? Cliché ¿Su personalidad? Ultra cliché. Pensó en el día que la conoció, pudo sentir como el tiempo pareció detenerse en el momento en que ella entró en el salón, no era consciente de su naturaleza de la fuerza embriagante que emanaba, él podría  haberla poseído allí mismo ante la mirada asombrada de sus compañeros de salón o  arrodillarse ante ella y acariciarla por el resto  de sus días, ambos sentimientos seguirían confluyéndose cada vez que la veía con la misma intensidad, en vez de eso solo pudo mirarla de soslayo, intentando no ser demasiado evidente.  

No, no, demasiado ridículo. Quizá debería mirar lo que lo rodeaba para inspirarse. Una señora gorda de cuarenta o cincuenta años cargando cuatro paquetes de mercado, detrás suya una niña de seis años berrea porque no le compraron un dulce, la señora deja los paquetes en la acera y le da un bofetón a la niña que la calla de golpe, antes que pueda darse cuenta un perro ladrón agarra una de las bolsas y huye. La señora coge como puede el resto y con la niña detrás corre tras el can. Al otro lado de la calle una pareja discute, el hombre intenta rodear con los brazos a la mujer quien le pide amablemente que ‘se vaya a la puta mierda’, él intenta besarla, ella se echa para atrás, el susurra palabras de amor y perdón, ella luce desesperada por irse pero no lo hace, le gusta la escena y entre más humillado está el amante irredento con mayor rudeza lo trata.

Desesperado piensa que eso no le sirve, son solo pequeñas historias insignificantes que no tienen mayor peso, si viviera más tiempo se daría cuenta que la suya es una más de ellas y que la suma de todas, de  esos pequeños universos invisibles para el resto del mundo es lo que conforma la realidad misma de la vida. Mejor aún, si se diera cuenta de esa realidad que lo rodea en lugar de soñar con esa una nube vaporosa en forma de fama podría darse cuenta que divaga en medio de la calle y un carro se dirige a toda velocidad hacía él, pudiendo arrollarle o no.


El joven sigue pensando en la canción para Dalila. El carro sigue avanzando.



miércoles, 17 de mayo de 2017

El hombre que mató a dios

Dios ha muerto. Yo lo maté. En las largas noches cuando los huesos se clavan como astillas y no concilio el sueño lo visualizo: las manos intentando proteger la cara, un grito ahogado que nunca llegó a salir y la sangre corriendo como manantial bañando el crucifijo que no vi hasta minutos después, cuando era demasiado tarde.

Lo recuerdo con claridad, el bochorno, el polvo que levantaba mi caballo, el sudor que se deslizaba por la cabeza y la espalda,  la mula que venía solitaria trayendo al hombre que venía al encuentro de su destino. La vida del forajido consiste básicamente en esperar y saquear, a veces se caza, otras no, como todo en la vida.  Azucé a mi equino y salí rumbo hacía él, al llegar me arrepentí, vestía un sombrero de paja y unas ropas humildes, pobres, sin ningún lujo o excentricidad, pero en la parte trasera del animal había una maleta.

-Bienhallado seas, hijo mío –me dijo un hombre un poco regordete. Sus palabras hicieron que mi corazón hirviera de odio.

-¡Yo no tengo padre! –grité a la vez que a mi mente acudían imágenes de puños que caían y lágrimas de una mujer ya devoradas por el tiempo-. ¡Deme todo lo que tenga!

Lo apunté con la pistola mientras él se tapaba la cara con las manos en un vano intento por protegerse.

En ese momento sentí la luz del sol que me cegaba, el calor se había vuelto insoportable y sentía derretirme como una vela, la imagen del hombre desprotegido y patético que susurraba que no le fuera a hacer daño, además esa palabra.

Hijo mío

No me lastimes

Hijo mío

No me mates

Hijo

Bang

No cayó de inmediato sino que se sostuvo un par de segundos de su mula como si estuviera borracho hasta que lo hizo de manera estrepitosa. Quitado el obstáculo me dirigí hacia mi botín. Tan pronto abrí la maleta el terror se incubó dentro de mi estómago como huevos de serpientes: En su interior habían dos sotanas, un rosario, una biblia, un poco de ropa y una carta del obispo donde anunciaba al ahora difunto sacerdote Atanasio Estévez como nuevo párroco de Pico de Oro.

A la desesperación le siguió el llanto y al llanto, el arrepentimiento. Había matado a un hombre santo. Caí de rodillas como Saulo de Tarso camino a Damasco y mientras las lágrimas se confundían con la sangre del sacerdote, veía el ocaso de un día que se extinguía.

¿Qué me impulsó a tomar su lugar? Mi alma no tiene salvación desde ese día pero sentí que el pueblo no podía quedar a la deriva. Lo enterré haciéndole un montículo de piedras, estuve un rato largo pidiéndole perdón y prometiéndole que me haría cargo de su misión y me encaminé al lugar.

Pico de Oro, a diferencia de lo que su nombre da a entender, es un pueblo más pobre que las ratas, un sitio de no más de cuatrocientas personas y cien casas donde todo estaba por hacer. Llegué al día siguiente y el alguacil, un pobre diablo que ni siquiera iba armado, me llevó a la parroquia, una casucha que parecía incluso más miserable que el resto.

La primera misa fue un desastre. La ropa de Estévez me quedaba dos tallas más grande haciéndome ver como un payaso y no sabía qué decir o cómo hacerlo. A la gente no le importó, de hecho me parecieron que estaban divertidos por la función, cuando empezaba a titubear ellos empezaron a corear lo que debía decir y yo lo repetía al revés de lo que debería ser una sacristía normal.

¿Sabían que era un farsante? Nunca lo he dudado. No creo que sea muy común que un cura se emborraché con sus feligreses o cada cierto tiempo se vaya de putas para descargar sus instintos más primitivos, sigo siendo un hombre y la castidad me parece más inútil que una cagada de caballo en el desierto. Sin embargo, también me hice uno con el pueblo, como decía antes estaba todo por hacer, no sólo desempeñé funciones de sacerdote sino de carpintero, artesano, agricultor, carajo incluso fui una especie de alguacil cuando me tocó ir a detener al joven Walter quien borracho le estaba pegando a su mujer y si bien en un principio no quiso oír mis sermones y me mando a que me metiera ‘la puta biblia por el culo’, me escuchó mejor cuando le di un par de golpes y hundí su cabeza en el abrevadero. Prometió no hacerlo de nuevo.

Cada vez leía más la biblia al punto que llegué a aprenderme capítulos de memoria. Reflexionaba en sus historias y pensaba en dónde estaba dios, en el sentido de las cosas. No lo vi en el antiguo ni en el nuevo testamento, ni en Jesucristo resucitado o en el Vaticano, esos culos gordos que habían mandado al difunto Atanasio Estévez a este pueblo olvidado por todos donde nunca le hicieron llegar  ni un centavo, pero sí lo veía en el pueblo, en la sonrisa de los niños que asistían a la misa, en la comunión que se formaba durante la sacristía, en un pueblo lleno de fe que había acogido a un extraño como si fuera un santo, quizá sabían que era un farsante, pero era su farsante.

Así transcurrieron años y décadas donde mi pelo se tornó gris y vi contraer matrimonio a muchos de los niños que correteaban por las calles polvorientas, así como vi partir a muchos amigos al más allá. En los últimos días llegaron noticias aterradoras de poblaciones vecinas: Un grupo de bandoleros comandados por un tal Sucio Juan había saqueado todo lo que se encontraba a su paso violando y matando sin importar si el pueblo no ofrece resistencia. Mi pueblo es el próximo en su camino.

Ahora bien, soy más partidario del Antiguo Testamento que del Nuevo, sobre todo  si se trata de supervivencia. Las parábolas de Jesucristo son bonitos cuentos pero no se aplican a la vida real,  dar la otra mejilla no es recomendable especialmente si una banda de asesinos piensa matar a tu hijo y follarse a tu mujer delante de ti. Con esto en mente reuní al pueblo en la capilla. Les hablé de David, Saúl, Sansón, Moisés y Josué y como al igual que los judíos éramos un pueblo elegido por dios por lo que debíamos defender nuestra tierra de toda invasión. Saliva gastada en vano, desde la primera frase sabía que me iban a seguir, igual continué otro rato  buscando inspirarlos más.

Y ahora estamos a la espera de Sucio Juan. Armados de pocas pistolas, azadones,rastrillos, piedras, picas y todo lo que pueda matar. Ellos son asesinos profesionales, el pueblo, en su mayoría, campesinos; no sé qué vaya a pasar, si logremos detenerlos o ellos dejen el pueblo reducido a cenizas o si dios en su magnificencia descienda un puto ángel del cielo que detenga esta locura. Sólo sé una cosa, correrá sangre, mucha sangre y quizá al final del día y sin importar nada más, haya encontrado redención por mi pecado. Oigo los cascos de cincuenta hombres retumbar hacía acá, el asesino que hay en mí se regocija. Se acercan. Que dios nos bendiga.   



lunes, 31 de octubre de 2016

Sala de hospital

Como todos los años, mi regalo de Halloween en forma de cuento de terror. Espero les guste.

TuLio

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La luz blanca me despierta. Entra invasiva, irritante, y se abre paso hasta llegar a mis párpados. No recuerdo cómo llegué a este lugar. Tengo ecos de un dolor de cabeza penetrante como un alfiler colándose por mi cerebro hasta perder el conocimiento. Intento hablar, gritar, pero de mí sale un graznido seco, inaudible, que muere antes de salir por la boca reseca, estoy así por minutos u horas hasta caer inconsciente de nuevo.

Abro los ojos y está de nuevo la luz torturadora pero puedo detallar mejor el lugar. Al parecer estoy en un cuarto de hospital. El olor aséptico inunda mis fosas nasales y curiosamente me dan ganas de vomitar. Escuchó quejidos y con la poca fuerza que me queda volteo hacia la cama que tengo al lado y la veo: es una mujer en avanzado estado de embarazo. La panza parece explotarle, luce demacrada, moribunda; reza o llora, no logro distinguir muy bien el sonido que hace, pero me desespera. Tengo ganas de gritarle que se calle. Su voz hace que mi cabeza quiera estallar pero sigo sin fuerzas. Mis palabras parecen el sonido de un perro que acaban de atropellar. Al cabo de un rato me rindo y me dejo llevar por sus letanías. Pierdo la cuenta de los días.

Aparece una enfermera, vestida de blanco en este océano de ese maldito color. Es robusta, me recuerda a la protagonista de esa película donde una mujer secuestra a su escritor favorito y le rompe las piernas, pero ésta a duras me determina. Tan solo me cambia el suero, me inyecta  y me limpia. Sabe que estoy despierta, ve mis pupilas moverse frenéticamente pero las ignora con rostro impasible. Con mi compañera de cuarto es diferente, he visto en un par de ocasiones como se dirige a ella, le soba la cabeza, la acaricia y le habla en voz tan baja que solo soy consciente de su presencia por su imponente esencia. Alcanzo a comprender susurros chillones intentando consolar el dolor de la embarazada.

Comienzan las pesadillas. Todos los días, todo el tiempo, son tan aterradoras que prefiero estar consciente: la debilidad, los gritos de dolor de mi vecina que cada vez son más desesperados. Tan pronto duermo imagino que seres macabros vienen por mí, hombres y mujeres sin rostro que se acercan; oigo sus pasos y cuando intento verlos me desespero, intento moverme, huir de ellos, pero es inútil. Escucho sus graznidos como voces; sus manos como garras sobre mi cuerpo, introduciendo sus pestilentes extremidades en mi interior, hurgando mis vísceras, extendiéndose como tentáculos, saliendo por mis fosas nasales, por mi boca, sacándome los ojos mientras ríen con sus risas oscuras. La peor parte es que estos recuerdos son tan vividos que no sé distinguir si son ciertos o no.

No noto mejoría y no dejo de preguntarme si estas personas me tienen encerrada y sedada con algún propósito siniestro. Tengo miedo que se mezcla con la fiebre, la debilidad y las alucinaciones: ahora también sueño despierta y me parece sentir que la criatura que está en la embarazada se mueve de manera cada vez más frenética, expandiendo el vientre de la mujer de manera grotesca; y la mujer ríe y se desespera con mayor frecuencia mientras habla en un idioma extranjero.

La enfermera ha venido porque la mujer ha gritado como una loca por horas. Se inclina hacia ella y súbitamente la mujer le muerde el cuello, y sin darle tiempo a reaccionar la muerde de nuevo. La sangre sale a borbotones empapando su blanca vestimenta. Cae muerta mientras la embarazada ríe de manera compulsiva.

Nadie viene a recoger su cadáver pareciera que fuéramos las únicas personas en el mundo. Sigo demasiado débil para moverme y no dejo de pensar que las peores historias de terror no pasan en casas abandonadas o cementerios.

La mujer empieza labores de parto. Grita como posesa mientras su infernal huésped se abre paso en este mundo. Dura pujando casi un día entero y finalmente da a luz a un engendro que no es de este mundo. Es grande, muy grande para ser un bebé normal, tiene colmillos por dientes y no tiene ojos. La mujer observa a su hijo, dice unas palabras en su idioma y muere con una sonrisa.

La criatura no llora pero emite un sonido sobrecogedor que nunca antes había escuchado. Tiene hambre, no se necesita ser madre para saberlo, tiene h a m b r e, mucha y si no se alimenta morirá muy pronto. Empieza a devorar la placenta, primero de manera tímida, luego de manera grotesca. La sangre de su alimento se mezcla con el de su cuerpo recién salido de la matriz. Luego sigue con la madre, empieza a alimentar su apetito insaciable comiendo la carne muerta de su progenitora. No puedo gritar, ni despertar de este infierno.

Sigo sin saber cómo transcurre el tiempo en esta jaula de luz blanca y paredes blancas que se convertirá en mi tumba. Sé que me he ensuciado con mis propias heces y que debo oler a mil demonios. Tiempo después, ¿horas? ¿Días? el monstruo da por concluido el banquete. Apenas le cuelga piel al cadáver de la madre, al igual que su hijo ya no tiene ojos pues fue lo último que se comió, el sonido fue asqueroso como el de una uva que se revienta.

El engendro se deja caer de la cama. Espero que se reviente en mil pedazos estallando en un océano de sangre pero no le pasa nada. Huele el cuerpo descompuesto de la enfermera pero no le importa, la urgencia es calmar su apetito voraz. Con ella no tiene ninguna conmiseración y engulle cada uno de sus órganos hasta dejarla en los huesos.

Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Ahora el monstruo bebé ya tiene la suficiente fuerza para pararse, voltea su cuerpecito inmundo hacia donde estoy yo y sonríe de manera inocente como pidiendo perdón, mientras la sangre gotea por la comisura de sus labios.


Se dirige hacia mi cama. Intento moverme pero es inútil, mi cuerpo no responde como no lo ha hecho desde que llegué a este lugar. Desearía estar muerta, tener la muerte compasiva de la enfermera que no supo lo que le pasaba, o de la madre que no fue consciente de ser alimento de su bebé, pero es inútil. Siento la cama moverse mientras esta bestia inmunda se trepa, y a pesar de estar a mis pies, puedo sentir su aliento nauseabundo llegar hasta mí. Puedo sentir sus pequeños colmillos hincándose en el dedo gordo de mi pie e intento no pensar mientras soy devorada.




jueves, 18 de febrero de 2016

Exorcismo nieve

Nieve. Infinita. Extendiéndose por los vastos territorios inhóspitos de Rusia. Les habían dicho que la invasión sería rápida e indolora. Como en Polonia, como en Francia.  Mentira. Todo una farsa, un oasis que se venía abajo con mayor rapidez que un cojo donde lo único real era la puta nieve que no dejaba de caer copo tras copo.

Eran cinco. Hans, Fritz, Adolf, Hermann y Otto. Poco importaba que Hans fuera el capitán. En ese momento eran simplemente fugitivos, sobrevivientes. La batalla había sido cruel, todos soldados gloriosos del Tercer Reich nunca habían visto tal derramamiento de sangre y ahora sus elegantes uniformes eran cosa del pasado, sus elegantes indumentarias estaban embadurnadas de sangre, costras, cráneos y tripas, eso sin contar con los piojos y las pulgas que los devoraban con avidez.

Huir no tiene nada de malo si con ello salvaban la vida, les había dicho su capitán quien al ver que si seguían resistiendo junto al resto del batallón serían exterminados como ratas, peor aún podrían ser hechos prisioneros por los rusos y quién sabe qué les podrían hacer esos bárbaros. Así que organizaron su huida en medio de balas, bombas y gritos incomprensibles.  Huyeron a través de la sangre sobre la nieve, del fuego sobre los ríos, de los cuerpos en descomposición en las calles.

Corrieron días enteros, sin mirar atrás, sin saber el rumbo que llevaban. Atravesaron caminos, pueblos completamente devastados por los bombardeos que ellos mismos habían ocasionado, las tierras eran yermas, infértiles, no se escuchaba el cantar de las golondrinas ni el sonido del viento meciendo los árboles….vivían en una especie de limbo, el infierno en la tierra atravesado por cinco hombres, cinco asesinos cuyos golpes a las puertas del cielo serían ignorados para siempre.

Finalmente se encontraron con la cabaña. Parecía un espejismo alzándose solitaria en medio del bosque como si fuera la última edificación existente en el mundo. Los soldados no se debatieron en reflexiones poéticas y filosóficas sobre su presencia. Estaban exhaustos, hambrientos y con frío, lo único que importaba era la supervivencia, lo único que se preguntaban era cuánto tiempo podrían seguir respirando sin morir congelados.

  Entraron. Lo normal habría sido que hubieran inspeccionado exhaustivamente cada rincón de la edificación pero estaban tan agotados que no lo hicieron. Había una gran sala donde al fondo se veía una chimenea apagada, a su lado madera seca que no demoraron en prender. Estaban de pie, en silencio calentándose cuando lo oyeron por primera vez.

Era un gruñido. Seco. Que se extendía por las cuerdas vocales, reptando desde el estómago hasta el cuello. Al primer sonido los hombres se miraron en silencio. Al segundo, los cuatro hombres (a excepción del capitán) se incorporaron como rayos y buscaron el origen del sonido. Caminaron, la cabaña no tenía mucho que inspeccionar, no tenía cuartos solo la gran sala, llegaron a una cama que tenía varias cobijas encima. El gruñido se incrementó, la cama se agitó.

Con la punta de su arma, Fritz quitó las mantas. El niño, si aún se le podía llamar así, estaba amarrado de pies y de manos, al ver a los hombres se agitó nuevamente estremeciendo la cama. Estaba flaco, muy flaco, era probable que no hubiera comido en días, su pelo, de color paja, empezaba a caérsele a pesar de los siete u ocho años que tenía, su pequeño cuerpo estaba lleno de cicatrices y su pecho estaba cubierto por vomito seco.

Hermann apuntó al niño con su rifle.

-¿Qué coños haces? –preguntó Fritz.

-¿Qué ‘coños’ crees? Voy a meter un balazo a este ruskie en medio de los ojos.

-No somos monstruos –terció Otto- Tendrás que matarme a mí antes de matar a este niño.

-No eran tan humanitarios hace unos días –gruñó Hermann- ¿les recuerdo algunas de sus hazañas?

-Era la jodida guerra.  Matar o morir, esto es diferente. Este niño se está muriendo y está amarrado- respondió Fritz.

-El mocoso no me da buena espina. No confío en que lo hayan dejado amarrado sin liberarlo o matarlo antes de que lo dejaran. No confío en nada que esta puta tierra de Ivanes haya parido.

-¡Bueno, no más! –se oyó un grito- No somos asesinos a sangre fría así acá piensen lo contrario. Bajen las armas, acá nadie va a matar a nadie.

-Sí, capitán –gritaron los hombres al unísono.

Un grito llamó la atención de los hombres.  No era ruso, ni alemán o ninguna lengua que hubieran escuchado antes. Era un sonido anterior al hombre, salvaje, primitivo, proscrito. El sonido continúo y el niño parecía que estuviera repitiendo una letanía antes de empezar a reír compulsivamente.

Otto intentaba hablarle en ruso al niño siendo ignorando por éste que intercalaba, gritos, llantos, y vómito verde.

-Capitán –habló Adolf, quien se caracterizaba por ser de pocas palabras- Como usted sabe soy de un pequeño pueblo cerca de Dusseldorf. Cuando pequeño era acólito del sacerdote de la aldea. Una vez nos llamaron de una casa a las afueras de la población. Al llegar, una mujer de unos quince años estaba recluida en su cuarto, su rostro parecía al de una anciana de ochenta, gritaba, retorcía y maldecía diciendo blasfemias. El ente, porque ya no era humano, llegó al extremo de levantarse un par de centímetros de la cama. Tuvimos que hacerle un exorcismo. Tenemos que hacer lo mismo con este niño.

-Pues vengan por mí putos alemanes - gritó de improviso el niño en un fluido alemán haciendo temblar la cama.

-¡Capitán! ¡No nos arriesguemos! –insistió Hermann- matemos al jodido niño y vámonos.

Hans observó al niño, la chimenea y a sus hombres. Lo más probable era que ninguno volviera a casa. Y no importaba la basura grandilocuente que hubieran oído en el ejército: Eran asesinos, criminales, bestias creadas por el hombre. Este quizá sería el acto más bondadoso que hicieran en su vida.

-¿Cómo puedes hacer un exorcismo si solo eres acólito?- preguntó el capitán.

-La verdad es que –Adolf enmudeció y continúo con un hilillo de voz- soy, fui sacerdote. Me expulsaron.

-¡Eso explica muchas cosas! – rugió con una carcajada Hermann, pero ningún otro dijo o preguntó nada más.

-Está bien –autorizó el capitán- Hagámoslo.

Adolf se situó frente al niño, quien al verlo empezó a vociferar en varios idiomas. No se requiere nada más que verdadera fe para lograr esto, les dijo a sus compañeros. Bendijo el agua de su cantimplora y empezó a rociarla sobre el pequeño mientras rezaba.

Su piel empezó a agrietarse, saliendo pústulas donde caía el agua bendita. Él vomitaba y defecaba al mismo tiempo, mientras se agitaba a la vez que maldecía al hijo de puta violador nazi que se enfrentaba a él.  De un momento a otro, pareció que se hubiera desvanecido. El ex sacerdote bajó los brazos,  sudaba profusamente y casi no podía hablar, temblaba como un epiléptico.

Otto se acercó a ver el cuerpo sin sentido del niño y en ese momento sintió como sus ojos se abrían solamente para él.  En ellos vio una planicie infinita de cadáveres que se amontonaban uno tras otro donde estaban su mamá, su hermana, su enamorada de quince años, su profesor y toda la gente que conocía, vio a Berlín en ruinas donde no quedaba piedra sobre piedra, las mujeres violadas y todo lo que amó alguna vez pisoteado por botas rusas y americanas.  Ven a mí, oyó una voz y te daré paz.

Sin voluntad se acercó a donde estaba el niño y empezó a desatar con rapidez sus ataduras.

-¿Qué haces Otto? – gritó Adolf.

Otto no respondió, en su lugar sacó su pistola y le metió un tiro en la frente al ex sacerdote. Hans que era quien estaba más cerca a los dos, le perforó el pulmón de un balazo a Otto quien empezó a hacer los mismos espasmos que un pez fuera del agua.

Los hechos se desencadenaron con la rapidez de un huracán. El niño terminó de aflojar las ataduras que había alcanzado a soltar Otto. Con una agilidad que no podía ser humana agarró el cuchillo de dotación del soldado muerto y corrió donde el capitán. Sin darle tiempo para reaccionar le clavó el cuchillo en el corazón. Hermann le intentó disparar pero antes de poder impactarle tenía ya al niño encima suyo.

El soldado alcanzó a pegarle un puño que tumbó al ente y le hizo soltar su cuchillo. Sin embargo se levantó casi de inmediato, se subió en la espalda del gigantesco alemán y empezó a morderlo, arrancándole la oreja y a aruñarlo.

-¿Qué coños haces Fritz? –gritó Hermann.

Esto pareció despertar al quinto de los soldados quien había mirado la escena aterrado como si estuviera dentro de un sueño.  Sacó su pistola y como si solo hubiera nacido para ello le pegó un tiro al engendro quien cayó de la espalda de Hermann y agonizó sin volver a hablar.

Ambos hombre se recostaron exhaustos en una de las paredes de la cabaña. Sacaron y prendieron los últimos cigarrillos que les quedaban.

-Así, que había que meterle un tiro desde el principio….. –dijo Fritz.

-Justo en medio de los ojos. Putos ruskies –respondió Hermann.




miércoles, 23 de diciembre de 2015

Demasiada navidad

 Me despierta el estruendo. No sabría decir cuántas horas llevo dormido encima de la barra. Es noche de navidad  y tengo un sombrero ridículo en la cabeza, corrijo es noche de navidad, tengo un sombrero ridículo en la cabeza, estoy ligeramente embriagado y tengo el corazón roto en mil pedazos.

Levanto la vista, no hay nadie en el bar a excepción del mesero  que me observa con preocupación. Miro la botella de vino de la que estoy agarrado como un náufrago a una tabla o un bebé a una teta. Está vacía.

-Otra botella, por favor –digo mientras el otro me mira con un leve reproche pero alza los hombros y la trae­-. Bueno, pero que esto no parezca un funeral, ¿brindarías conmigo?

El hombre vuelve a alzar los hombros y trae dos copas.

-¿Por qué brindamos? No por las que se van, ni por las que vienen, ya habrá tiempo de pensar en ellas –detallo su rostro y comprendo finalmente a quién se parece- Oye, hoy es navidad y celebramos tu nacimiento, ¿no?

-Muchas gracias, señor  –responde el mesero, siguiéndome la corriente-.

-A tú salud, entonces…

Me dispongo a tomar la copa cuando la campanilla de la entrada suena. Un anciano gordo, barbado, sucio y sudando como un animal entra en el bar, lo acompañan una banda de siete enanos.

-¿Dónde está el cumpleañero? –grita el viejo acercándose al mesero, abrazándolo- Oye, antes de celebrar sírveme lo de siempre….

-¿Malta para los renos también? –responde el mesero.

-Desde luego, desde luego –se ríe el viejo con una especie de ho ho ho que me recuerda a un fuelle o algo parecido.

El mesero carga un galón de una bebida oscura pero antes de salir deja en la mesa del extraño grupo una botella de whiskey.  El viejo y los enanos empiezan a tomar, los chiquitines toman como cosacos pero no hablan mientras el panzón ríe y grita más de lo que toma.

-Oye tú, hijo –me llama- ¿quieres sentarte con nosotros a tomar una bebida de verdad?

En casa me enseñaron que es de mala educación despreciar una invitación y más si se trata de licor, así que me levanto y me dirijo hacia el extraño grupo.

-Muy bien, muy bien –me dice el viejete mientras corre a uno de los enanos- siéntate acá…mi nombre es Nicolás y estos son Alvi, Gabi, Cruci, Boni, Crici, Ani y Keli.

El trago es realmente bueno y me pierdo en su parloteo y los gruñidos sin sentidos de estos Oompa Loompas versión descontinuada. Habla del frío que hace en el polo norte, en el cuidado de los renos, la producción de regalos y lo mal que va el negocio y en los niños…pequeños tiranos chillones y mocosos, sino fuera porque estaba obligado a hacer lo que hace, dice mientras sorbe otra copa de whiskey, hace rato habría degollado a más de uno, y es que carajo jo jo, a veces creo que Herodes era un santo. Al rato no sé quién está más ebrio, si el rubicundo anciano, su recua de enanos o este servidor. Va a agregar algo más cuando la puerta se abre nuevamente.

Los recién llegados son un par de árabes y un negro. Están regiamente vestidos y su presencia es imponente aunque un poco soberbia. Dos llevan cofre en sus manos y el tercero una cadena que al final lleva incienso.

-¿Es aquí donde se celebra el cumpleaños? –pregunta el que parece ser el líder de ellos sin ocultar su cara de desagrado por el sitio.

-Debe serlo –replica el negro-. La estrella no miente.

-A darle por culo a la estrella –replica el tercero con acento español fuertemente marcado-. Hemos seguido la jodida estrella por Estambul, Cafarnaúm y casi nos linchan en Jerusalén. De acá no me muevo. Oye tú, muchacho –dice mientras me señala, tráenos un poco de sangría.

A estas alturas de borrachera no pienso desobedecer y no sólo encuentro una jarra de sangría detrás de la barra sino otra botella de whiskey que llevo a mi  grupo.

El viejo sigue tomando pero ya no se ríe y no deja de mirar a la mesa de los árabes. Finalmente no se contiene….

-¿No deberían estar buscando el camino hacia España? Para no llegar tarde, en el puto mes de enero como siempre.

-Vaya, vaya, nos habla la valla andante de Coca Cola –replica uno de los árabes-. ¿No deberías estar sentando niños en tu regazo?

-Siempre he tenido una duda –responde el viejo panzón ignorando el comentario anterior- ¿Cómo es que se llama el negro? Nunca he aprendido a saber quién es quién.

-¡Es afro! –dice el negro agitando la cadena del incienso y luego lanzándosela al decrépito e impactando en la cabeza de uno de los pequeñajos con cara de viejo.

Y allí se arma Troya. Los gnomos, el viejo se abalanzan sobre los extranjeros. Puño va, puño viene y yo observando toda la situación sin meterme con nadie hasta que uno de los duendes en medio de una jeringoza incomprensible se aferra mi pierna cual perro en celo y me muerde, yo no hago otra cosa que sacudirme y lanzar a este Critter de los infiernos contra una mesa.  Ciego de ira y de alcohol me abalanzo sobre la turba y golpeo, muerdo y aruño sin importar a quien.

De repente, se abre nuevamente la puerta.

Cinco árabes más, de aspecto humilde y cargando ovejas entran. Perfecto, no me sorprendería que en  cualquier momento entrará el FBI y nos arrestará a todos pensando que es la convención anual del Al Qaeda.

-Salaam – dice uno de ellos- es aquí la reunión para el cumpleaños de….

No dejan terminar al pobre Moro porque una botella arrojada por quién sabe quién  le impacta en la cabeza.

-¡Maktub! –grita uno de sus acompañantes y con sus acompañantes arremeten contra la turba.

El zafarrancho es impresionante, recibo puños, patadas de duendes, viejos, árabes y negros, una oveja me muerde y yo la pateo. Doy tantos golpes como recibo, y el lugar es un desastre, hay vidrios, mesas y sillas rotas, el alcohol se riega con tanta prodigalidad como la sangre pero nadie ceja en su furia. De repente se escucha un grito superior al jaleo.

-¿Qué carajos está pasando aquí? –exclama el mesero quien vuelve acompañado de un par de renos.

Todos se detienen y se empiezan a mirar apenados.

-Lo que dije era amaos los unos a los otros, no ‘cascaos’. Amaos, carajo, amaos.

-Empezó Nicolás –dice el negro mientras apuntaba al viejo.

-¡Me importan dos peces y panes quién empezó! –sigue gritando el mesero- Me hacen el favor y se disculpan todos y celebramos el jodido cumpleaños de una vez.

Todos se levantan y empiezan a darse la mano y abrazarse. Un par de enanos se abrazan amistosamente a mis piernas, uno de los árabes elegantes me abrazan sacándome el aire, una oveja me lame la cara  y el viejo me dice “este año has sido un buen muchacho, para el próximo te regalaré una mujer que no joda”, “No prometas imposibles”, le respondo mientras lo abrazo.

-Mucho mejor –dice el mesero- Ahora acomódense todos juntos que voy a tomar una selfie del grupo.

Nuestros cuerpos han visto días mejores. Entre nosotros hay varias narices, costillas, cabezas y huesos rotos lo cual no impide que sonriamos para la foto.

-Muy bien –dice riendo el cumpleañero- digan todos ¡FELIZ NAVIDAD!