sábado, 12 de mayo de 2012

29


Siempre he sentido una extraña fascinación por el número 9. Es el final del camino, la terminación, la quema y muerte. Quizá estoy predeterminado desde mi nacimiento por ese número: Mi nombre es Tulio que en la tabla periódica se representa como el elemento Tm69, en donde el 69 siempre me han parecido un par de culebras que se muerden la cola en un eterno ciclo  de amanecer y ocaso,  en  un permanente encuentro.

Estoy cumpliendo hoy 29 años. No tendría un significado especial si no me hubiera cogido en una situación específica. Me encuentro en un momento crucial de mi vida. Ciertos acontecimientos me han sacudido como nunca antes me había ocurrido y creo que después de tanto tiempo es hora de despertar.

Más de la mitad de mi vida me he quejado de quien soy, de lo que me conforma, de mi situación, y me he excusado detrás de una de una baja autoestima para no hacer absolutamente nada por cambiar mi destino. Fruto de ello he perdido cosas que son muy queridas por mi y que es probable no vuelvan jamás. Más allá de eso me he perdido de lo bueno que tiene la vida y me mantengo en las sombras no porque nadie me obligue sino porque así mismo lo deseo.

Este deseo de autodestrucción ha ido aniquilando mucho de mí, me ha reducido a una simple marioneta de quien deseo ser, me ha convertido en una carga no sólo para quienes alguna vez me amaron sino para mí mismo, me he convertido, en pocas palabras en mi peor y más desalmado enemigo.

No vale la pena quejarse, ni llorar por lo que se hizo o no, es hora de asumir las riendas de mi destino. De enfrentarme a la vida y no seguir siendo su esclavo. La vida es sólo una y hay que gozársela siempre con valentía, siempre estando dispuestos a enfrentar a nuestros propios demonios por más miedo que tengamos.

Porque esa es la batalla que no se puede perder. No se puede ceder ante el miedo de hacer las cosas. Es inaceptable rendirse antes de luchar porque tenemos miedo a vivir nuevas cosas, miedo a entregarnos, a correr el riesgo de lastimar o ser lastimados, a conocer nuestro destino con la frente en alto. Esa no es una excusa válida. No se puede ser tan cobarde.

Gracias Batman...supongo


Es hora de la verdad. De dejar de ser tan pusilánime y conformista, de buscar ‘algo más’ que es lo que conforma la vida. Esta es mi existencia  y no la estoy viviendo como la quisiera pero no es culpa de nadie más que no sea yo. Es hora de asumir las culpas y aprender de los errores, las pérdidas que han acarreado y levantarse y seguir el camino, siempre adelante, siempre hasta el final.

Creo que lo más importante que debo hacer ahora es cambiar mi pensamiento. Me ha regido por demasiados años por el pesimismo y la desesperanza, no creo que sea uno de esos idiotas del new age para quienes todos es  hermoso y precioso, pero si es hora de ser un guerrero, de llenarme de expectativas y luchar por lo que quiero.

Para ello debo empezar a rodearme de cosas que me ayuden a salir adelante. Debo salir del cuartico de mierda donde vivo porque vivir allí me hace una persona mediocre y conformista, abrirme al mundo, encontrar un lugar en el que me sienta cómodo, donde pueda escribir hasta el amanecer sin pensar en un mañana; también debo armarme de mayor carácter, dejar de ser tan débil y elevar mi voz si no estoy de acuerdo con las cosas, cuidarme más, alimentarme mejor, hacer ejercicio, vestirme mejor y esperar que mi exterior refleje el fuego que hay en mi corazón.

No me arrepiento de amar como lo hago.  Creo que no hay nada más maravilloso que entregarse por completo a una causa, a una persona, darlo todo en el sendero sin guardar energías para el regreso y sin importar cuantas veces se rompa el corazón o los sueños parezcan tan lejanos en el camino. Mi amor es sincero, genuino y lleno de pasión pero le hace falta algo, quizá la magia necesaria, recordar día a día que quien no ama, quien no sueña no está vivo y por lo tanto estar en constante creación o búsqueda de ese amor.

Ahora sé qué y a quién  amo y estoy dispuesto a luchar por ello hasta el final. Conquistándolo  a punta de corazón, magia y  una canción en los labios, estando dispuesto a luchar contra negativas y miedos pero siempre convencido de que el resultado final valdrá completamente la pena.

Gracias a todos los que me han acompañado en estos años, a los de siempre que me hacen crecer día tras día, a lo que ya no están y tomaron otros senderos pero dejaron una huella indeleble en mi corazón, a mi familia porque a pesar de sus defectos jamás podría haber pedido una caótica reunión de personas dispares más perfecta, soy lo que soy gracias a ustedes. Finalmente gracias a ustedes quienes leen estas líneas porque han hecho realidad mi mayor y único sueño: El de compartir cuentos, historias, pensamientos y mi alma a través de las letras.

Gracias y el show debe continuar….

viernes, 11 de mayo de 2012

Disertaciones de un dios

He ocupado  el  segundo lugar en el último concurso del Ka-Tet (el foro de Stephen King que frecuento), cuya temática eran los escritores, la única condición es que no debía pasar de las mil palabras. Espero les guste.

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Disertaciones de un dios

Spiff MacLeod, el espía,  ingresó a la base secreta, noqueó con facilidad a los guardias y saboteó el sistema de seguridad con su minicomputador. Sin despeinarse, corrió sin ser visto por los más de cien soldados y entró al cuarto que lo llevaría hasta el doctor Muerte.

En su interior lo esperaba un luchador de sumo armado con una metralleta…qué idiotez. Peor aún, era repetido, tenía un tufillo demasiado parecido a la vez que lo enfrentó  mano a mano con un luchador mexicano (de máscara y demás arandelas) ¿Qué hacer entonces? ¿Pirañas con rayos lasers? Ya. ¿Habitaciones con picos que se van cerrando mientras destilan gas venenoso? Ya. ¿Mujeres asesinas bipolares? Ya. ¿Un zombie experto en artes marciales? Por favor (y ya).

Además  con cualquier cosa que lo enfrentara sabía  de antemano el resultado, el espía saldría vencedor exhibiendo su mirada arrogante y su sonrisa Colgate. Maldito cabroncete, en ocasiones era francamente detestable. Su vida se reducía a mujeres hermosas, carros de lujo, viajes, gadgets de última tecnología y salvar al mundo en las últimas diez páginas. Pero la existencia no puede ser eso: También hay gotas de lluvia en la ventana, días azules, de tristeza, mujeres que se van para no volver, escritores  que se ven obligados a escribir sagas  estúpidas de espionaje para no morir de hambre, cosas así.

Determinado, retomó el escrito: El luchador de sumo no le dio tiempo a Spiff de hacer ningún movimiento: le disparó a quemarropa sin clemencia… mientras tecleaba le pareció ver entre el humo de la metralleta y  el eco de los casquillos de las balas cayendo, la mirada vidriosa llena de incredulidad de su personaje que le reclamaba, no, que le exigía  una explicación.

Releyó el escrito y saboreó la agonía de Spiff MacLeod, su impotencia. Borró los párrafos anteriores, dejó al espía a la entrada de la puerta, pensó en Julio Cesar,  muerto a cuchilladas a la entrada del Senado;  Spiff entró nuevamente en la habitación… En su interior lo esperaban doce figuras con túnicas blancas, perfiles romanos y puñales afilados; se abalanzaron sobre él y sin darle tiempo a hablar empezaron el ritual de la sangre y el hierro... Fue una muerte horrible y lenta pero digna de un emperador no de un agente internacional  del mundo de la investigación.

Lo tenía  en su poder, completamente indefenso, prisionero de sus designios, qué no darían el doctor Muerte, el profesor Sangre, el Barón de Okenheim y demás enemigos del héroe por tenerlo en esa situación. Podía torturarlo y asesinarlo nuevamente para luego borrar y resucitarlo de nuevo y seguir así hasta que él quisiera.

Ojalá la vida real fuera así. Quizá lo es, a lo mejor, en los confines del universo, existen  dioses equipados de lápiz y papel, y las vidas de los humanos son simples borradores que desechan a la caneca de la basura cuando se han aburrido.

Ideas estúpidas desde luego…al escribir tenemos miles de ellas, de las cuales novecientas noventa y nueve son brillantes y sólo una, la que indefectiblemente escogemos, tonta. Nos sentimos orgullosos de  nuestra elección y nos ponemos manos a la obra.

Empezamos con una hoja en blanca y la idea idiota. Se vacila con la primera palabra, la primera letra, intentamos evadirla porque una vez que se seleccione hay que seguir con la comedia hasta que haya terminado. Pensamos en la velada de la noche anterior, en el equipo de fútbol o en la pelea que se tuvo la semana pasada con la esposa por un tema ya olvidado, miramos afuera a ese pajarito que se zambulle feliz e impune en el charco de agua sucia. Finalmente en un acto de osadía, de arrojo insensato y estúpido plasmamos el inicio.

Después no queda otro camino que escribir otra palabra, y otra más, otra página, otro capítulo y otra sección hasta que finalmente se ha terminado y uno se siente vacío como si hubiera vomitado  ríos de tinta.  A lo largo del proceso nos hemos encariñado con el producto, se le trata como un bebé, como una planta, como si fuera la creación más excelsa del universo a pesar de que puede ser el pedazo de porquería más grande del mismo, como si fuera Las increíbles aventuras de Spiff MacLeod.

Se abandona la historia en busca de una nueva idea, mucho mejor, más interesante, algo que esta vez SÍ revolucione el mundo de la literatura. Con el paso del tiempo, después de aburrirse con la nueva historia y volver a terrenos conocidos a revisar y corregir el relato, lo verá desnudo, tal como es, con sus cualidades y defectos, tal como un matrimonio después de años de relación.

Muy bonitas todas esas reflexiones pero, ¿qué hacía con Spiff que aún agonizaba en las escalinatas del Senado? No había sido consciente a qué horas había cambiado el escenario pero ahora ya no podía visualizarlo en el cuarto del luchador de Sumo con metralleta.

Sabía la realidad. Nadie compraría un libro donde el personaje principal muere durante el capítulo dieciséis, después de doscientas sesenta y nueve páginas, a manos de un desconocido. A fin de cuentas, y a su pesar, le caía bien el cabroncete: Era todo lo que él no podía ser, además a través de él había viajado, salvado a damiselas y derrotar a villanos caricaturescos que querían apoderarse del mundo. Y le daba para comer, no había que olvidar ese detalle.

Disfrutó un rato más  del sufrimiento de su creación. Borró nuevamente el párrafo y lo sustituyó por uno donde con un puño vencía al luchador de sumo (decidió dejarlo después de todo). Se acercó a la pantalla del computador y le dijo con suavidad a su hijo de tinta, ‘No se te olvide que soy tu creador y puedo hacer contigo lo que me venga en gana’, le pareció ver que él levantaba la mirada. Sonreía, el muy hijo de puta.





miércoles, 9 de mayo de 2012

Amor


La ves y quedas atrapado en su mirada. Te concentras en su cara, en esos labios que te llaman, que exigen ser besados por los tuyos. Por ese olor que nadie más puede percibir, esos ojos que muestran colores que nunca antes habías visto.

Entras con los ojos cerrados y te sumerges de cabeza en un universo completamente nuevo. Sabes que puedes salir lastimado, con las tripas en las manos como los soldados de las películas de guerra, pero no te importa, sólo estás interesado en descifrar el misterio que se esconde detrás de una sonrisa, una palabra.

Haces parte de la vida de esa otra persona. Conoces su familia, sus amigos, sus cosas, su mundo se indexa al tuyo de manera lenta y natural hasta el día que te parece que siempre había sido así. A cambio compartes tus sueños, tus expectativas, tu manera de ver la existencia, tus secretos más recónditos.

Hay besos. Caricias. Noches de amarse hasta que el sol asome. Noches de dormir abrazados como si no importará el resto del mundo. Mensajes de celular. De Twitter. De Facebook. Hay besos furtivos. Besos públicos. Cogidas de mano. Pedida de cuadre. Presentación ante los amigos y familiares. Hay fiestas. Y baile. Y tragos. Hay días de lluvia. De tristeza. De abrazos. De enterrar tu cabeza en su hombro. También hay risas. Apodos. Momentos tontos pero profundamente significativos. Días. Atardeceres. Ocasos. Noches de estrellas y nubladas.

Hasta que un día despiertas. Todo se ha terminado. El espejismo se desvanece con la misma rapidez con que  apareció. Ella se va y te quedas preguntando qué carajos pasó,  tal vez lo sabes pero te niegues escucharlo o quizá la respuesta se escape a tu total entendimiento y se quede en el total misterio. A veces eres tú quien decide despertar del sueño y a la vez te conviertes en el verdugo de los sueños de a quien alguna vez amaste.

Finalmente el amor es eso: Entregarse, por completo, sin miramiento, sin precauciones, morir por la sonrisa de la otra persona. Hacer parte de ella y que ella se convierta en parte de ti.  El amor es aceptación, comprensión de que la otra persona es igual de humana a ti y que en cualquier momento te puede romper el corazón en mil pedazos, pero que ella también lo está arriesgando todo, que es una apuesta que hace por exponerse sin vestiduras, sin armaduras, sin caretas a quien escogió para darse sin miramientos. Es saber todo lo anterior e igual hacerlo porque no importa los daños, las bajas, las lágrimas posteriores, los suspiros que duran toda una noche, por un solo segundo vivido con esa persona, por sentir el leve roce de su mano, todo habrá valido.

Y después de la ruptura inevitable, de la muerte diaria de un corazón roto ¿cuál es la puta enseñanza? Lo siento pero esto no es una fábula. Acá la constante tortuga no vence al final, ni la zorra aprende a conformarse con lo que tiene o la cigarra es castigada por su pereza. El amor no enseña, el amor se da, se siente, se comparte,  se vive intensamente, a plenitud, porque, a pesar de todo, es lo que nos puede mantener en pie.


Vivimos en círculos eternos, infinitos y constantes del amor y el desamor

domingo, 6 de mayo de 2012

El trabajo más fácil del mundo



¿Cuál es la profesión más sencilla del mundo? No es la de político ciertamente, aunque podría parecerlo: Trabajan tres días a la semana, menos de ocho horas durante las que no hacen nada más que gritar como monos en celo y disfrutan de lo lindo saqueando el erario público. Tampoco es la más antigua del mundo, ya que como bien dijo una prostituta: ¿Fácil? ¿Ustedes creen que es fácil mamársela a un borracho a las tres de la mañana?

Otros candidatos podrían ser la del dueño de bancos que sólo tienen como propósito de vida hacerle la vida miserable a sus usuarios, o presentador de programas de farándula al cual todas sus estupideces son aplaudidas por personas con menos de una neurona.

Ayer fui a cine, a verme la película Tinker, Tailor,Soldier, Spy, una buena  cinta de espionaje ambientada en la guera fría, protagonizada por monstruos de la actuación como Gary Oldman, John Hurt y Colin Firth y cuyo título en la traducción fue destrozado, violado, destajado y nuevamente  violado rebautizándolo como ‘El topo: El espía que sabía demasiado’.

Traducir los títulos de las películas es sin duda la profesión más sencilla del mundo. No se necesita de lógica, sentido común, ni siquiera haber visto las jodidas películas o series sino una retorcida y malévola lógica: Una historia de superación personal tendrá de seguro la palabra ‘destino’ en alguna parte, si se trata de robots debe haber algún metal o acero incluido así este no pegue con nada y ni hablar de la palabra ‘Atrapado’.

               Y el tranquilo oficinista enloquece cuando ve una nueva  película que arruinar

Yo me imagino a un tipo gris y aburrido en una oficina que deja salir todas sus perversiones sociopáticas cuando tiene la oportunidad de traducir. Es más, podría jurar que es una sola familia de enfermos mentales que desde los comienzos del cine esparcen su mal por el mundo.

¿No me creen?  A  ‘The sound of music’ se le rebautizó como ‘La novicia rebelde’, ‘Some like it hot’ ‘Con faldas y a lo loco’ o ‘Easy rider’ como ‘Buscando mi destino’ lo que demuestra que estos enfermos han estado allí desde siempre y que lo mínimo que podemos hacer es estar agradecidos en que no le hayan cambiado  el título al Padrino por ‘El italiano loco que comía naranjas’ o algo así.

Pero claro, podrán argumentar estas criaturas que su labor es ayudar al público para que no se pierda. ¿Cómo van a saber que Cloverfield (Campo de tréboles) es una película de terror  sino le ponen ‘Monstruoso’? ¿O que Saw (Sierra) es un thriller si no se le pone ‘El juego del miedo’? ¿O que Shawshank Redemption (Redención en Shawshank) es una historia en una cárcel si no se les traduce como ‘Sueños de fuga’?

Pues bien amiguitos, allí es donde entra la magia del cine y la inteligencia del espectador. No creo que el  público norteamericano sea más inteligente que el del resto del mundo, así que si ellos son capaces de hacer una conexión entre el título y la película ¿Por qué carajos creen que nosotros no? El hecho de que las personas que trabajan en la industria de traducción tengan la inteligencia de un Senador no quiere decir que todos seamos así.

Este mal, por desgracia no se reduce al séptimo arte. Las series de televisión han sufrido de este cáncer durante muchos años: The six million dollar man pasó a ser el hombre biónico; The A-team, ‘Los magníficos’ y Hulk, el Hombre increíble. Esta es la hora donde me preguntó por qué a  Alf no se llamó mi ‘Adorable marciano’ o ‘El Aliens come-gatos’.


                                               ¿Bruce Wayne o Bruno Díaz? He ahí el dilema....

Sin embargo donde más se ha visto este abuso ha sido en los dibujos animados. Batman, por 
ejemplo, se llama Bruce Wayne pero por obra y gracia del Espíritu Santo  pasó a convertirse en Bruno Díaz. En serio, para el peor enemigo del hombre murciélago, Bruce es Bruno y Wayne (Ni siquiera Days) es Díaz. Acá barajó dos posibilidades, o el idiota de turno que hizo la traducción se llama así o el mequetrefe es admirador de un actor colombiano de los años 80 (el conocidísimo Bruno Díaz que interpretó al Fercho Durango) si es así tenemos suerte que no le hayan puesto  a Clark Kent, Carlos Calero.

Este mal  no es exclusivo de estas latitudes, los amigos españoles lo han sufrido en exceso donde el Wolverine de los X-Men se le conoce como Lobezno y la película Die Hard –Duro de matar por estos lares- tiene el incomprensible, críptico y estúpido título de ‘La jungla de cristal’ (¿WTF?)

Exijo públicamente respeto para los espectadores. No necesitamos de ayuda para entender un título y si la película tiene un nombre idiota, ustedes, escritores frustrados, no van a poder arreglarlo...tengo pensado proponerle a las autoridades competentes la pena de muerte con un cortaúñas a estos criminales de las letras ¿qué opinan?



lunes, 30 de abril de 2012

Réquiem por un amigo


Homenaje a Ernesto Sabato, escritor argentino (1911-2011) en el primer aniversario de su muerte




Ernesto Sabato abandonó el paraíso y descendió a los infiernos del alma humana de manera voluntaria, como un cabrito que se encamina al sacrificio. Rechazó un mundo pletórico de luz y se adentró en las sombras, en la oscuridad, en esos dioses de la noche, de la locura y del incesto. Pero miento, no fue de manera voluntaria; su alma, desde joven, se vio abocada a los misterios inexorables de la vida, al océano de la tristeza, de los perdedores, de aquellos que ven un “universo horrible o por lo menos imperfecto” y quieren cambiarlo aunque jamás podrán, haciendo su desesperanza algo mucho más trágico, más triste, plasmando su impotencia en sus letras, como si fuera arrastrado por una fuerza misteriosa, por algo superior a él, convirtiéndolo en un amanuense de la locura, la muerte y  la soledad.

Sabato falleció hace un año en su hogar en Santos Lugares de problemas respiratorios, estaba a punto de cumplir los cien años en poco menos de dos meses, pero según Elvira González Fraga, la persona que lo cuidó desde 1998, año en el que murió su esposa, el Maestro ya estaba muy mal, y era un despojo, una caricatura de sí mismo.

Con su muerte, nos ha dejado huérfanos a aquellos que veíamos en sus prodigiosas letras a un guía, aun faro. Nos ha abandonado a los solitarios, a quienes veíamos en su triste pesimismo, en su frenética búsqueda de un Creador, una explicación de aquellos actos horribles que ocurren en el mundo, esas atrocidades terribles que son pan de cada día; nos ha dejado con los ojos en lágrimas a quienes comprendemos y padecemos la incapacidad de comunicarnos con las otras personas, de establecer un puente por frágil que pudiera ser, una comunión efímera con quienes amamos.

¿Pero quién era en realidad? ¿Dios o demonio? ¿Ángel del apocalipsis o tan solo un profeta de las fuerzas oscuras? Quizá todo eso, quizá nada de eso. Era sencillamente un ser humano, portentoso, talentoso, genial, atormentado, pero humano al fin y al cabo, con todas las complejidades que nos caracterizan y con una dimensión tan profunda, tan llena de matices que es inabarcable. La frase que escogiera en su prefacio a Abbadón el exterminador lo describe mejor que yo:

“Es posible que mañana muera, y en la tierra no quedará nadie que me haya comprendido por completo. Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy. Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla. Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.”
Mijail Iurevitch Lérmontov
Un héroe de nuestro tiempo


En búsqueda de la luz

Como bien se sabe Ernesto Sabato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, al ocaso de un 24 de junio de 1911. Fue bautizado con el nombre de un hermano mayor que falleciera antes de su nacimiento. Este hecho habría de conmocionarlo profundamente, pues al tener el nombre de un difunto tan reciente, habría de preguntarse si tendría la misma esencia de su hermano muerto y por lo tanto no tendría una identidad propia.

Desde pequeño fue un niño diferente: en extremo sensible y alejado del característico bullicio de los infantes. A los trece años fue enviado a La Plata a estudiar la secundaria. Allí habría de comenzar a conocer la maldad humana sin motivo, per se, cuando en una ocasión se fue a pintar a un bosque cercano, y fue acorralado por una banda de malnacidos quienes se burlarían de él (¿Por qué? ¿Tiene alguna explicación la maldad?), romperían sus pinceles y se marcharían en medio de crueles carcajadas.

Uno de los hechos más destacables de sus estudios es que fue alumno del conocido humanista y filósofo dominicano Pedro Henríquez Ureña, por quien habría de demostrar una admiración y gratitud eterna que habría de plasmarse en un ensayo dedicado a él en su libro Apologías y Rechazos.

En esa época habría de conocer ese mundo ordenado y paradisíaco, de luz, de orden inalterable que son las matemáticas. Creyó encontrar paz a su, desde entonces, desasosegada alma en el mundo inmutable de los números al cual se consagró con la fe de un pecador en busca de una absolución por sus actos.

Durante su juventud y como gran parte de las personas que habrían de vivir durante esos turbios y agitados años, se volvería miembro del Partido Comunista. Creyó en la ilusión, en esa falsa utopía de igualdad para las personas. Durante ese periodo conocería a quien habría de ser el amor de su vida, Matilde Kusminsky Richter, quien no sólo sería su compañera, su amante, su amiga, sino quien habría de darle fuerza en los momentos de mayor desesperanza y habría de rescatar de las llamas ese hermoso libro que es Sobre héroes y tumbas, aunque no pudiera hacer lo mismo con tantos otros textos que el autor compulsivamente escribía sólo para sacrificar al fuego.

Su creencia por el Partido Comunista empezó a flaquear al ver las barbaridades y excesos del régimen de Stalin y empezó a cuestionar las acciones cometidas por la Unión Soviética. Sus copartidarios decidieron enviarlo a ese país para “adoctrinarlo”, pero Sabato, intuyendo en qué podía consistir ese nuevo “aprendizaje”, huyó a Francia.

Posteriormente volvería a Argentina y se casaría con Matilde, después retornaría a Europa donde viviría momentos muy difíciles. Épocas de pobreza, de penurias económicas. En aquellos años vivía con su esposa y su recién nacido primogénito Jorge Federico, en un cuartucho miserable. Siguió dedicado al culto del mundo onírico de los números, trabajando como físico de los Laboratorios Curie, pero a pesar de su devoción, de su entrega, era rechazado una y otra vez en ese apacible mundo. Las fuerzas de la oscuridad, de la tristeza lo reclamaban para sí; debía escribir, como si fuera un instrumento, un médium, y su mensaje debía difundirse.

Confundido entre ambos pensamientos tan contradictorios, entre mundos de luz y sombra, de las inquietudes de un alma que contemplaba la parte más horrible del mundo, consideró el suicidio en varias oportunidades. Afortunadamente no lo hizo, y en su lugar abandonó Francia se devolvió para Argentina donde se recluyó en una casa campestre, en una especie de exilio voluntario, y escribiría El Túnel.


Descenso a los infiernos

Su obra, como la de muchos escritores noveles, talentosos pero sin renombre o conexiones, fue al principio ignorada y despreciada por las grandes editoriales. Habría de publicarse en la revista Sur de su amiga Victoria Ocampo. Afortunadamente, uno de esos tomos llegó a manos del crítico francés Roger Callois, que habría de mostrárselo al maravilloso Albert Camus, quién con la humildad típica de los verdaderamente genios, reconocería lo magistral de la obra del argentino y lo ayudaría a publicar su obra.

El Túnel… Esa obra habría de acompañarme en los momentos más solitarios de mi adolescencia. Sólo quienes hemos experimentado momentos de soledad, de incomunicación, habríamos de comprenderla historia turbia de amor entre Juan Pablo Castel y María Iribarne, habríamos de hacer nuestro ese hermoso y tristísimo capítulo en donde comprendemos que siempre habremos de vagar por esos túneles inconexos de la vida:

“En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límite de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad.”

                                       Sabato joven

Trece años habrían de pasar entre la publicación de El Túnel y Sobre héroes y tumbas. En esos años, contrario a lo que se pudiera imaginar, Sabato siguió escribiendo de manera frenética, siguiendo los dictados de su alma, para luego, desesperado al contemplar el resultado, arrojarla al fuego. Producto de su piromanía nos quedamos sin conocer La fuente muda de la que nos queda un pequeño fragmento publicado en la revista Sur. Igual destino habría de correr Sobre héroes y tumbas, pero como se dijo anteriormente, Matilde, la fiel y dulce Matilde, habría de salvarla de los brazos de las llamas y dejársela a la posteridad, a la eternidad.

El destino de Martín y Alejandra, el aterrador y sombrío hado de los Vidal Olmos y el devastador y terrible Informe sobre ciegos se encuentran contenidos en este libro. Una vez más está presente la imposibilidad de amor y en su lugar se encuentran momentos demasiados fugaces de felicidad entre ambos protagonistas.

Pero es por primera vez que vemos el descenso a la locura del alma, de la rabia, a esos dioses carnívoros y nocturnos, ansiosos de sacrificios, de esas sectas que dominan el mundo desde las sombras. El Informe sobre ciegos no tiene en realidad ninguna incidencia sobre el resto de la obra, podría haberse suprimido sin haber afectado el normal desarrollo de la trama. ¿Por qué escribirlo y anexarlo entonces? Fernando Vidal Olmos, protagonista indiscutible de esta parte, es sin duda una persona terrible, un verdadero hijo de puta, cínico, capaz de las peores acciones y de descender a las tinieblas, de regodearse en ellas. El informe fue escrito porque era inevitable que sucediera, porque eran reflejos de las tribulaciones del creador, de su mundo de sueños y pesadillas.

Sabato habría de internarse más aún en ese mundo apocalíptico en su tercera y última novela, Abbadón el exterminador, en donde él mismo se convierte ya en un personaje activo dentro del relato y donde desde las primeras páginas habría de recorrer ese mundo lleno de fuerzas demoníacas, de oscuridad y de tristezas que están apoderadas no sólo de su Argentina natal, sino del mundo.

Sus personajes nunca fueron valientes o aventureros, arriesgados u osados, siempre escribió para los más desdichados, los más deprimidos, los más sensibles; pienso que si alguna de sus historias la hubiera escrito un Cortázar, un García Márquez, seguramente habrían durado como mucho diez páginas y habrían sido mucho más alegres y optimistas.


Un mensaje a los jóvenes

El escritor argentino siempre mostró especial interés hacia los jóvenes y se preguntaba qué era lo que ellos veían en sus tristes letras; se asombraba de ver que decenas de ellos lo buscaban, lo leían y querían su consejo. Sin pretenderlo, se había convertido en estandarte de la juventud.

En  sus últimos libros Antes del fin y La resistencia, les deja un mensaje de lucha, de combatir siempre contra un sistema de vida cada vez más deshumanizado en el que los seres humanos son convertidos en meros instrumentos, en esclavos de un sistema que no se preocupa por las cosas más simples, que se esmera por olvidar que “lo esencial es invisible a los ojos”, como bien lo diría Saint-Exupéry en su pequeño pero a la vez gigantesco relato que es El Principito.

Pero esta preocupación viene desde mucho atrás. Si bien Castel, protagonista de El Túnel, era un adulto, Martín es un joven que apenas está descubriendo el mundo y conoce su faceta más intensa, más dolorosa y a la vez feliz junto a Alejandra, quien a pesar de tener más o menos su misma edad es, debido a sus sufrimientos, mucho más sabia, más recorrida y por lo tanto mucho más dura.

Abbadón el exterminador está plagado de jóvenes: Nacho, Marcelo, Agustina, el mismo Bruno, quien a pesar de no ser un adolescente tiene sus mismas dudas, sus mismas angustias; todos están en la búsqueda incesante en un mundo cruel, sin dios, lleno de caminos tortuosos, de amores no correspondidos y de soledades eternas.

Personalmente, el texto que más me caló es uno que está precisamente en su última novela, un fragmento que se titula Querido y remoto muchacho, en el que el Maestro dirige sus cartas a un joven imaginario -¿quizá real?- en el que le da consejos de escritura y de vida. ¿Cuántas veces en los momentos de mayor duda y tristeza, cuando he estado a punto de abandonar la escritura, no me he sumergido en esas letras, en esos pensamientos tan hermosos para salir muerto y renovado con las fuerzas del ave fénix?

¿Pero pueden estos escritos ser un alivio para un joven que necesita ayuda? No lo sé, y dudo que el propio escritor lo supiera. Él sólo plasmó su verdad, los laberintos de su alma; quizá cada quien encuentre su propia respuesta. Tal vez, cuando una persona joven o mayor resuelva sus dudas o comprenda con el corazón el sentido de sus palabras, de sus historias, se puede crear una identificación, una comunicación que pueda ser maravillosa, al descubrir que no se está completamente solo y todo habrá valido la pena.


Errores, últimos años y legado

Los errores de Sabato, al igual que sus aciertos, fueron enormes, dolorosos y, al ser una figura pública, mucho más imperdonables. El mayor de ellos, que tantos enemigos no le perdonan, es un almuerzo al que asistió el 19 de mayo de 1976 junto a Jorge Luis Borges y otros intelectuales argentinos, citado por el dictador Jorge Rafael Videla.

Habría de empeorar este error realizando declaraciones de apoyo a la dictadura. Nunca pude entender cómo una persona como él, que habría de denunciar las torturas –en Abbadón el exterminador hay una horrible descripción de una-, apoyaría un régimen tan atroz como el de Videla.

Habría de arrepentirse años después…Demasiado tarde, demasiado poco. Quién sabe cuánto habrá sufrido al darse cuenta de su error, de haberse dejado arrastrar por los pensamientos de la época, como seguramente le ocurrió a Gunter Grass, quien perteneció a las Juventudes Nazis en su adolescencia, para luego arrepentirse.

Como un acto de redención habría de acudir al llamado del presidente Raúl Alfonsín para que dirigiera y coordinara un informe sobre lo ocurrido durante esos terribles años. El resultado fue el libro Nunca más, que también habría de conocerse con el nombre de Informe Sabato, y que deja constancia de las barbaries de que son capaces las dictaduras en el mundo.

Estoy seguro de que de igual manera habría de lamentar amargamente aquellos años en los que le fue infiel a Matilde con una condesa rusa, dando como resultado que su esposa abandonara París y se devolviera sola con su primogénito a Argentina.

Al final de su vida, cuando tanto Jorge Federico como Matilde murieron, y debido a su cada vez más creciente ceguera –destino irónico para quien escribió el Informe sobre ciegos– se refugió en la pintura, pero sus cuadros eran siniestros, exóticamente retorcidos, pues le era imposible escapar a su propio ser.


                                              Con su amigo José Saramago


Almas afines tienden a encontrarse sin importar las distancias o los tiempos, y Sabato habría de entablaren sus últimos años una amistad entrañable con ese otro gran escritor que habría de convertirse en una guía para la civilización, el portugués José Saramago. Durante un homenaje que le realizaran al gaucho en Mendoza durante el Congreso Internacional de la Lengua, el portugués, en un emotivo discurso, habría de recordar el primer encuentro entre ambos colosos, en donde reflexionarían sobre la ceguera y su presencia en sus respectivas obras.

El Maestro abandonó este mundo irónico, cruel, de un humor enfermizo, y lo ha hecho de manera silenciosa, sin aspavientos. Fue velado en el club de su barrio, Defensores de Santos Lugares, cerca de sus amigos, de sus conocidos, de gente sencilla pero más admirable que las grandes figuras públicas.

En el comunicado en que su hijo Mario Sabato informa la muerte del escritor, diría que su padre “No nos pertenecía solo a nosotros. Con orgullo, con alegría, sabemos que lo compartimos con mucha gente, que lo quiso y lo necesitó tanto como nosotros.”

Cuánta razón le asiste: él le perteneció no sólo a su familia y a su natal Argentina, sino al mundo entero, a quienes lo quisimos, lo admiramos y nos dolemos con su partida, a aquellos que nos sentimos identificados con su visión pesimista del mundo y su dolor, a quienes sentimos que más que un gran escritor ha muerto un gran amigo.

Dejo como palabras finales un fragmento del último capítulo de Abbadón el exterminador, donde Bruno habría de ver una tumba imaginaria de Sabato, su creador:

“Paz. Sí, seguramente era eso y quizá sólo eso lo que aquel hombre necesitaba, meditó. Pero ¿por qué lo había visto enterrado en Capitán Olmos, en lugar de Rojas, su pueblo verdadero? ¿Y qué significaba esa visión? ¿Un deseo, una premonición, un amistoso recuerdo hacia su amigo? ¿Pero cómo podía considerarse como amistoso imaginarlo muerto y enterrado? En cualquier caso, fuera como fuera, era paz lo que seguramente ansiaba y necesitaba, lo que necesita todo creador, alguien que ha nacido con la maldición de no resignarse a esta realidad que le ha tocado vivir; alguien para quien el universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto. Porque no hay una felicidad absoluta, pensaba. Apenas se nos da en fugaces y frágiles momentos, y el arte es una manera de eternizar (de querer eternizar)esos instantes de amor o de éxtasis; y porque todas nuestras esperanzas se convierten tarde o temprano en torpes realidades; porque todos somos frustrados de alguna manera, y si triunfamos en algo fracasamos en otra cosa, por ser la frustración el inevitable destino de todo ser que ha nacido para morir; y porque todos estamos solos o terminamos solos algún día: los amantes sin el amado, el padre sin sus hijos o los hijos sin sus padres, y el revolucionario puro ante la triste materialización de aquellos ideales que años atrás defendió con su sufrimiento en medio de atroces torturas; y porque toda la vida es un perpetuo desencuentro, y alguien que encontramos en nuestro camino no lo queremos cuando él nos quiere, o lo queremos cuando ya él no nos quiere, o después de muerto, cuando nuestro amor es ya inútil; y porque nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día, y nuestra casa de infancia ya no es más la que escondió nuestros tesoros y secretos, y el padre se muere sin habernos comunicado palabras tal vez fundamentales, y cuando lo entendemos ya no está más entre nosotros y no podemos curar sus antiguas tristezas y los viejos desencuentros; y porque el pueblo se ha transformado, y la escuela donde aprendimos a leer ya no tiene aquellas láminas que nos hacían soñar, y los circos han sido desplazados por la televisión, y no hay organitos, y la plaza de infancia es ridículamente pequeña cuando la volvemos a encontrar.”

miércoles, 25 de abril de 2012

Sin camisa de fuerza




“Yo no sufro de locura,
La disfruto a cada minuto”

Les Luthiers


Mucho se ha dicho con respecto a la locura. Se han escrito libros, ensayos,  fórmulas médicas y siquiátricas, se ha intentado estudiarla desde todos los ámbitos conocidos;  incluso, algunos científicos han intentado comprenderla internándose en manicomios. Los resultados en estos casos han sido, ciertamente, infructuosos: los doctores han salido con daños cerebrales severos e irreversibles, terminando la mayoría, trabajando como guionistas en Hollywood.

Yo me pregunto ¿Cuál es aquella fascinación que ejerce la locura sobre la gente racional? ¿Cómo puede interesarse alguien en esta enfermedad donde las personas viven en un mundo de fantasía? En donde no existen las responsabilidades, donde no hay gobierno, ni tráfico, ni impuestos, ni la hija mayor llora porque es tan fea que nadie la saca a bailar o al hijo menor lo acaban de echar del sexto colegio consecutivo por bruto, mientras que la mujer se queja porque el esposo escribe columnas científicas en vez de aportar para pagar las cuentas de la casa. En un mundo donde el director del hospital no me llama, digo, no llama a cualquiera  para decirle ‘vemos con preocupación que el 99% de sus pacientes se quieren suicidar….y digo con preocupación, porque eran pacientes que solo venían a un examen de la vista’ a lo que el doctor, quien sea que fuere, pudo haber dicho: ‘Pero ¿qué pasó con ese 1%  que no se quiso suicidar?’ a lo que el director del hospital pudo responder, ‘Doctor, ese paciente era sordo’.

Pero dejemos de lado esos ejemplos hipotéticos, y volvamos a la pregunta ¿Es preferible vivir en un mundo de demencia e  inconsciencia que a un mundo cuerdo  en donde los guías espirituales son Lady Gaga, Uwe Boll,  George Bush, Stephanie Meyer y  Paulo Coelho?

Para dilucidarlo he decidido indagar  en las aguas cenagosas y complejas de la locura, diré que  no pude sumergirme por completo pues había marea baja, pero quisiera compartir con Ustedes algunas historias de locos famosos.


Un perro en la antigua Grecia

En la antigua Grecia, en donde los dioses no tenían problemas en andar disfrazándose de animales para poder conquistar mujeres y donde, por regla general los hombres debían tener descendencia con su madre mientras asesinaban a su padre o asesinando a su madre para folgar con su padre, habría de nacer un hombre que asombraría a esta caterva de degenerados y libidinosos.

Su nombre era Diógenes y era  filósofo, que era el modo elegante de referirse a aquellas personas que se dedicaban a vagabundear  sin hacer nada productivo. Él se ganó el apelativo de cínico, que en griego quiere decir ‘perro’, debido a que se comportaba como uno más de ellos, ladrándoles y corriendo en cuatro patas detrás de un hueso. Por desgracia, los perros nunca le entendieron al filósofo ya que no sabían griego.

Si bien al principio fue un hombre respetado y admirado, ¿Por que qué podían criticarle los ciudadanos de una nación cuya historia patria  con sus dioses, musas, ninfas y monstruos se asemeja más a una telenovela mexicana que a una nación, a un tipo que ladra y ruñe huesos?, muy pronto su estrella fue decayendo y extinguiéndose, siendo la principal causa de esto que al filósofo  empezó  a morder las canillas de los carteros griegos y a olerle la entrepierna a las mujeres de los reyes y hombres importantes.

Triste fue el destino del pobre cínico. Lo confinaron a la perrera municipal de Atenas  y lo ejecutaron por accidente cuando por políticas de la ciudad se sacrificaron a todos los canes callejeros. Se enterró a Diógenes con los demás animales del centro y fue llorado, muy llorado, por las pulgas que habitaban en su cuerpo.


De príncipes y escritores

Más conocido aún, es el caso del príncipe danés –que ojo, no es de Danesia como llegué a pensar en un principio sino de Dinamarca- Hamlet, quien asesinó a su madre, a su tío, al chambelán del reino, a sus hijos y a su novia, diciendo obedecer mandatos de su padre ya fallecido; como quien dice, una tragedia griega pero sin dioses libidinosos acechando.

En el proceso seguido por la justicia danesa, en el archivo 00000000000000000069, se acusó al joven príncipe de regicidio, reinacidio, chambelacidio y hasta de perricidio pues el can de la corte, un Gran Danés  llamado  Fritz, murió de horror al contemplar la  espantosa escena.

En el juicio, Hamlet expuso sus argumentos. Según él, el fantasma de su padre se le había aparecido para confesarle que había sido asesinado por su esposa y su hermano. La voz fue quien planeó todos los asesinatos, y si alguien debía ser encarcelado por los crímenes debía de ser su progenitor ya muerto.

Ante el tribunal pasaron varios testigos los cuales afirmaron que el príncipe vagaba todas las noches mientras le hablaba a un cráneo y declamaba a todo pulmón:`Ser o no ser, esa es la cuestión’.

Las autoridades escandalizadas, internaron al pobre hombre en un centro de reclusión llamado ‘El príncipe feliz’, con tan mala suerte que este escapó y nada más se volvió a saber de él. Se rumora que el ex príncipe huyo hacia Inglaterra donde fue acogido por un periodista amarillista de nombre William a quien le contó su historia y fue adaptada al teatro, llenándose ambos de montañas de oro.

Caso similar ocurrió con un novelista español de apellido Cervantes y al que le decían el ‘manco’. Dicho novelista hizo crónicas muy vividas de cierto caballero andante y de su escudero.

El manco, siguió la ruta del caballero por toda España hasta que este enfermó y posteriormente murió, luego de lo cual el escritor publicó todas sus hazañas en dos voluminosos volúmenes los cuales han sido estudiados por eruditos y resumidos en textos de diez páginas ilustradas por mercenarios literarios, para el entendimientos de los estudiantes vagos que tienen para el día siguiente examen de dicha novela y no la han leído.

El relato cuenta la historia de cómo dicho hidalgo, veía gigantes en donde debía haber molinos; ejércitos en donde debía haber corderos y castillos reales en donde debían haber posadas humildes.

Las autoridades civiles y eclesiásticas se escandalizaron con dicho manuscrito y dos años después de su publicación, cuando por fin pudieron terminar la lectura de ambos tomos, apresaron al señor Cervantes.

El escritor fue rápidamente encarcelado y confinado a un sanatorio en Cádiz en donde presumiblemente murió. Las autoridades nunca lograron comprender como dicho hombre podía ver molinos de viento donde efectivamente había amenazadores gigantes o  carneros en el lugar de dos temibles ejércitos o confundir a la hermosa doncella del Toboso con una pastora.


Bienvenidos a la modernidad

Quisiera presentarles a continuación dos casos representativos de esta loca modernidad.
El primero de ellos es el profesor G., quien fungía como doctor en una reputada clínica alemana. Tenía dicho doctor la costumbre oprobiosa de llamar a las líneas mal llamadas ‘calientes’, en donde pagaba por tener sexo telefónico (costumbre, me imagino, practicada de manera frecuente por los depravados dioses griegos)

En cierta ocasión, el doctor no marcó, como era habitual, la línea 11111211, perteneciente  al negocio sexual que frecuentaba, sino que en cambio marcó la 11111121 que era la de la Arquidiócesis de Leipzig. La llamada fue contestada por el señor Obispo a quien debido al delicado timbre de voz se le conocía como ‘La Flauta’.

El doctor G, confundiendo al hombre de Dios con una de sus muchachas, comenzó una apasionada conversación. Cómo sería el contenido de la misma, llena de frases sicalípticas y lujuriosas que el señor Obispo quedó en shock y fruto de esa conversación murió tan solo treinta años después.

El doctor fue enviado a un manicomio para descansar su mente calenturienta, en dicho lugar hizo nuevos descubrimientos y los aplicó en las enfermeras que lo atendían, las cuales al poco tiempo se peleaban por atender al paciente. Finalmente, al año fue dejado en libertad e hizo pública su revelación, desde ese momento, el punto G, vuelve locas, por así decirlo,  a las mujeres.

El último caso es también el más peligroso de todos...al paciente a quien llamaré Jorgito Arbusto, se le diagnosticó locura esquizofrénica ansiosa paranoica y en él se descubrieron nuevos complejos y traumas.

Cuando era niño, Jorgito escuchaba voces en su cabeza y pensaba que sus pequeños amiguitos pensaban atacarlo, querían robarle y hasta matarle. Tenía además, complejo de inferioridad, era racista, homofóbico, xenófobo y estúpido.

Cuando creció, los médicos vieron que  estos síntomas se habían agravado a niveles extremos, su mirada abstracta llena de helio, fascinaba a los doctores, quienes pidieron a Washington permiso para practicarle una lobotomía, el cual para desgracia de todos, fue denegado.

  El joven Arbusto, quebró cuanta empresa estuvo a su alcance, era ignorante, torpe, grosero y altanero: el típico gringo promedio. Por eso no sorprendió a nadie cuando fue electo presidente de su país.

En ese momento fue cuando le pudo dar rienda suelta a toda su  locura y paranoia, invadiendo países lejanos en búsqueda de cosas que nunca habían existido. Como todo loco que incursiona en el mundo de la política su nombre ha quedado grabado con letras mayúsculas en la historia.


Conclusiones

En algún momento  de mi vida quise escapar hacia otros mundos, hacia otras realidades diferentes a la mía, quise experimentar la locura.

Debo confesarles que fracasé rotundamente. Cuando me comporté como un perro, me llevaron a una perrera y me pusieron un collar anti pulgas, luego de lo cual me soltaron; quise escribir un libro completamente sin sentido y me gané varios premios literarios; por desgracia puedo querer ser loco pero a diferencia de los periodistas y abogados aun tengo escrúpulos por lo que prefiero evitar el camino de la política.

Mientras escribo esto, mi hija ha roto los platos, llorando porque nadie la ha invitado a una fiesta, mi mujer no deja de gritarme que soy un inútil y que no se sabe por qué se casó conmigo, y mi hijo me trae la nota de expulsión de su séptimo colegio. Una voz en mi cabeza me dice que tal vez debo seguir el ejemplo del joven Hamlet y ya sea que me condenen a un manicomio o una prisión, de seguro estaré mucho mejor que en este lugar.

La canción de la semana, ‘Fiesta de locos’ de Calle 13:


sábado, 21 de abril de 2012

Libros leídos 2012 (8) Opio en las nubes de Rafael Chaparro Madiedo: Letras drogadas.



Opio en las nubes
Autor: Rafael Chaparro Madiedo
Editorial Babilonia
196 páginas

Historias, a veces sin sentido y desde el punto de vista de un gato que no sabe si es felino o tomate llamado Pink Tomate, su dueña, Amarilla; su novio Sven; el extraño dueño de un bar, un prisionero reencarnado  entre otros excéntricos seres. Relatos llenos de drogas, sexo, muerte, soledad, amor y desamor, encuentros y desencuentros y caminos que llevan a ninguna parte, es lo que el lector puede encontrar en esta onírica pero adictiva obra.


El libro fue escrito por el bogotano Rafael Chaparro Madiedo  y con el que fue ganador del Premio Nacional de Literatura en 1992 (por lo que este año el libro cumple la bobadita de veinte años de publicado). El autor, filósofo de profesión,  colaboró en los guiones de los estupendos programas de crítica satírica Zoociedad y Quak, protagonizadas por el siempre recordado Jaime Garzón.

Analizar este libro no es fácil. Su estructura no es lineal como en otros relatos sino que va saltando de un lado a otro, de un narrador humano a otro animal y a otro que parece vegetal; son historias que podrían leerse por separado sin perder coherencia  pero que a la vez están profundamente ligadas.

Los personajes son muy parecidos: Hombres y mujeres embargados por la tristeza, el hedonismo, el rock y la búsqueda de un lugar en el mundo. Se podría decir que el único que se sale de los paradigmas es el gato Pink Tomate quien con su temperamento felino, irónico e inteligente se convierte en la voz más cuerda de todas.

El punto fuerte de este libro no es el argumento, a pesar de tener algunas ideas buenas como la historia de Gary Gilmour que después de morir en la silla eléctrica y pedirle a su amigo Max que le rezará todos los días a dios que lo reencarnará en un pastor de ovejas en el África  logra su cometido, o esa extraña mujer que después de seducir y hacer el amor apasionadamente con un hombre diferente cada noche lo  asesina y lo empuja a un baúl lleno de amantes perdidos.

La verdadera fuerza de este relato es el lenguaje. Chaparro juega con el lenguaje, lo vuelve poético, musical, cada frase tiene uno o mil significados, son palabras llenas de colores, sabores, olores,  paisajes soñados, gotas de rock. El autor pone los signos ortográficos  donde le viene en gana y las manipula a su antojo sin que eso moleste necesariamente al lector quien se deja arrastrar por la pasividad relajante de la narrativa.

Leer estas historias puede ser lo más cercano a estar drogado sin necesidad de hacerlo en la vida real. El opio de este libro no está solamente en las nubes, se palpa en la tinta, en cada una de las palabras, las letras y los pensamientos del autor.

Sin embargo, este recurso es un arma de doble filo. El libro es tan gráfico, tan musical que en cierto momento agota. Y el lector se vuelve como  un adicto que después de drogarse no desea consumir más y sólo quiere despertar pero allí está la historia que sigue con ese ritmo frenético de trip trip trip y que  no lo deja descansar. Quizá, y a pesar de ser un libro corto, le sobraban algunas páginas que lo habrían convertido en  la dosis perfecta.

Opio en las nubes fue criticado por los viejos saurios de la cultura del  país acusándolo de banal y superficial. Es, desde luego, una opinión respetable pero estúpida, es sin dudarlo un libro que está principalmente dedicado a los jóvenes (como la obra de Andrés Caicedo) pero que cualquier persona puede disfrutar sólo si se deja llevar por las palabras y  las sensaciones contenidas en sus páginas.

Por desgracia Rafael Chaparro falleció en 1995 de una penosa enfermedad. Su voz y su propuesta serían muy útiles en la actualidad de una literatura colombiana que se hunde cada día  más en la mediocridad.