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jueves, 9 de marzo de 2017

En más de mil lugares

Oyéndola respirar dormida mientras fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce.

La noche en que la conocí, mis pasos me habían guiado por más de diez bares. Una copa en cada uno de ellos y salir de nuevo a la oscuridad. El lugar en donde la vi estaba a reventar y la gente celebraba el placer de estar viva. Una leve carcajada ebria y el brillo del castaño platino de su pelo me llamó la atención de inmediato. Nos vimos y acercamos como si fuéramos viejos conocidos que no se habían visto en toda su vida. Iba empezar el viejo proceso de conquista cuando me susurro al oído: ‘Vámonos’.

Recorrimos la madrugada de la calle, vimos ebrios que vomitaban por los parques, indigentes que hacía fogatas para protegerse del frío, prostitutas que abordaban carros con destinos inciertos mientras reíamos y hablábamos y copos de nieve se posaban tímidos sobre su nariz.

Llegamos a su apartamento y antes de darme tiempo de abalanzarme sobre ella se escabulló como una cervatilla que huye de su depredador. Prendió su televisor y antes de que reaccionara me pasó un control de videojuegos.

-¿Me ayudas? Es que no he podido pasar de ese nivel-dijo tratando de ocultar una carcajada  -no creerás que te traje aquí para que me comieras.

Era un juego de zombies. Me pasó una botella de ron a la vez que limpiábamos las calles de la amenaza y mientras exterminaba seres renqueantes y putrefactos imaginé lo que se sentiría meter mi lengua en su boca y someterla de mil maneras impúdicas, me miró de reojo mientras que en la pantalla usaba un lanzallamas para quemar a los pobres muertos que se habían metido en su camino. No supe cuántas botellas llevábamos o cuantos cadáveres adornaban las calles virtuales cuando boté el control e hice lo que deseé desde el primer instante que la vi.

-Tengo alguien bueno que me ama –susurró a manera de excusa intentando escaparse de mis brazos.

-Todos hemos tenido alguna vez a alguien bueno que nos ama –respondí mientras le quitaba la ropa

Su cuerpo era único como si el oro se pudiera degustar y sus ojos parecían brillar aún más incluso en la penumbra de su cama. Parecía una medusa enloquecida bajo mi cuerpo, moviéndose siseando, mordiendo y chupando como si quisiera dominar a su dominante, con rabia, ternura, y placer que brotaban de mil fuentes confluyendo bajo los estertores de un orgasmo continuo.

Me quedé a dormir junto a ella y el sol nos atrapó mientras respiraba sobre su nuca. Nunca más hablamos de aquella noche ni de la botella de ron o la cacería de zombies y nos despedimos de mano en la portería de su edificio justo después de haber tenido sexo en la ducha de su apartamento.

No intercambiamos teléfonos, ni correo o redes sociales,  teníamos la certeza de que nuestros cuerpos se llamaban y un pronto encuentro era inevitable. A los seis meses coincidimos en la fila de un banco y pasamos el resto de la tarde viendo nuestros cuerpos sudados en el reflejo del espejo de un techo.

Podíamos vernos en cualquier momento, en cualquier lugar. Una vez nos divisamos en la calle a lo lejos mientras la policía desintegraba una revuelta estudiantil y tuvimos que atravesar la calle de repleta de gas mostaza, sangre y pancartas de izquierda para irnos a tirar tranquilos.

La única regla que teníamos, si era que podía considerarse como tal, era que siempre hacíamos el amor en diferentes lugares. Íbamos desde hoteles cinco estrellas donde una noche podía costar una fortuna hasta lumpanares grotescos donde la pared era tan floja que podías escuchar todos los gritos y gemidos de todo el piso si te concentrabas lo suficiente.

Hacer el amor con ella era excesivo. Todo en ella lo era. Su estatura, el tamaño de sus tetas, lo descabellado de sus historias, el deseo que parecía emanar de su piel, cada vez más ansioso, más urgido de mis besos. Nos encontramos de manera casual por muchos años y nunca parecía saciarme de ella, devorándola con la misma intensidad que la primera.

Y siempre llegaba el momento en que parábamos exhaustos de la frenética jornada. Ella ponía su cabeza sobre mi pecho y hablábamos. Le contaba cosas que ninguna mujer, ni siquiera aquellas que dijeron amarme o que creí yo hacerlo supieron jamás y ella escuchaba, cerraba los ojos y se dejaba arrullar por mis extrañas historias como si fueran canciones de cuna; en sus silencios, en esa sonrisa plácida, podía entrever una libertad que nunca había experimentado y que quedaba encerrada en esas cuatros paredes y esos segundos finitosinfinitos que duraban nuestros encuentros.

Un día recibí una llamada. Fue la primera y única vez que me contactó. Siempre tuve la sospecha que sabía quién era y cómo llegar a mí pero prefería dejar nuestros encuentros a los múltiples dados del azar. Me citó en su apartamento y me comunicó lo que sospeché desde que oí su voz por el celular, se casaría con ese alguien demasiado bueno que la amaba. No le pregunté si ella lo amaba igual ni intenté convencerla de que se fugara conmigo para un lugar remoto porque así no funcionaba la vida.

- Siempre es bueno tener a alguien demasiado bueno que nos ama –le susurré mientras le quitaba la ropa y me disponía en hacerla mía en todos los rincones de su casa en un fin de semana que ninguno habría de olvidar jamás.

Oyéndola respirar dormida mientras me fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce y llegué a la conclusión que su encanto era precisamente el de saberla lejana y difusa, un huracán hecho mujer, una fuerza de la naturaleza cuyo milagro era simplemente ser y que, a veces, las mejores historias comienzan con una la respiración de una mujer dormida después de un orgasmo.

Sabía que la volvería a ver, los cuerpos se seguirían llamando una y otra vez por años a pesar de ser su llamada cada vez más débil. Quizá alguna vez la vería a lo lejos con su hombre demasiado bueno tomada de la mano al hacerlo prendería otro cigarrillo en su honor y daría media vuelta mientras seguiría eternamente atrapado en el misterio de sus ojos.





miércoles, 31 de agosto de 2016

Dolorplacer

Un corrientazo. Puede durar dos segundos, quizás menos pero siempre parecerán más. Te recorre el cuerpo, los pies, rodillas y abdomen, sube por el pecho, la boca, las encías, los ojos que quieren llorar y va a morir en el cerebro que parece fundirse. Y luego el cansancio, el cuerpo que gime al verse rasgado, quemado electrocutado, cortado e invadido de mil formas en su apacible día a día. Un instante que tiene la misma intensidad que la misma vida.

Miguel Díaz conoció de manera simultánea tanto el dolor como el placer. Lo que son dos caras de la moneda en su caso era simplemente una sola cara sin sello.  Aún lo recordaba, tendría cinco años cuando fue consciente. Corría con otros niños por el pavimento cuando tropezó y cayó al suelo. Los otros no se dieron cuenta y pronto lo dejaron atrás. Su rodilla sangraba y empapaba su pierna de rojo carmesí. Él se levantó y sintió el ardor de su carne siendo expuesta al viento, al mismo tiempo sintió una euforia que nunca antes había experimentado, ganas de reír, de gritar hasta quedarse sin pulmones…si hubiera sido una persona normal, muchos años después habría sido capaz de explicar esa sensación, era la misma de un orgasmo.

A los pocos días, la herida empezó a cicatrizar. El pequeño Miguel no quería dejar de experimentar esa sensación, nunca se había sentido tan poderoso, tan feliz, no podía dejar que terminara, jamás. Empezó a rascarse la cicatriz, la incomodidad, el ardor de sentir las uñas y los dedos penetrando su piel como una seda. La corriente que lo recorrió cuando levantó el cuero y la sangre que volvía a manar quería vivirla una y otra vez como en una especie de bucle infinito, si debía rasgarse la misma herida de manera repetida hasta el infinito no dudaría en hacerlo, hasta tener su cuerpo cubierto en sangre, invadido por un dolor placentero que no lo dejara ni moverse.

Su madre, preocupada, tuvo que vendarlo varias veces y atarle las manos al observar horrorizada como su dulce niño arrancaba la gasa y se hurgaba la piel con la desidia de un carnicero. Corrió hacia él, le gritó, zarandeo y lloró al ver su expresión de incredulidad, de inocencia, como si no se estuviera atentando contra sí mismo. Sólo cuando el pequeño musitó ‘no lo vuelvo a hacer, mami’  sintió nuevamente que ese ente extraño le pertenecía nuevamente y lo abrazó.

Miguel no había dicho eso porque amará a su madre o porque le importara, simplemente quería que se callara, ansiaba el silencio con la misma necesidad que el dolorplacer. Tomó nota mental nunca más habría de mostrarse tan evidente en su búsqueda, sería algo íntimo, donde nunca nadie tendría placer.

Pasaron los años y él creció, incapaz de otro sentimiento que el dolorplacer. Era incapaz de sentir tristeza o alegría por alguien, de maravillarse por algo que no fuera capaz de lo que él mismo se infringía, por la misma razón  no podía entablar una relación con nadie, eran simplemente envueltos de piel y carne que deambulaban por el mundo y estorbaban con sus palabras sin sentido. Tanto para sus compañeros como para su familia él era una presencia callada que no aportaba ni estorbaba, simplemente estaba presente, como si hubiera estado allí desde el principio de los tiempos.

Conforme pasaba el tiempo había refinado sus tácticas, el reto era lastimarse sin que nadie se diera cuenta. Se apagaba colillas de cigarrillos bajo el abdomen, se cortaba con la tapa de las latas de atún por debajo de las nalgas, se quemaba con un fósforo por los talones hasta que le salían ampollas las cuales se laceraba hasta que fuera prudentemente necesario, no había más límites que los que él mismo se impusiera.

Alguna vez quiso probar si podía experimentar lo mismo si aplicaba dolor a otro ente que no fuera él. Un día se acercó a una cucaracha, era grande, café, viscosa, se sentó frente a ella, con una de sus manos oprimió su parte superior, con la otra empezó a buscarle las patas. Tocó la primera, la acarició y con un rápido movimiento se la arrancó, el insecto empezó a revolcarse intentando huir de su verdugo pero la presión ejercida era muy fuerte. Miguel no sintió nada, ni asco, ni alegría o tristeza por el animal, sólo un pequeño atisbo de curiosidad por que vendría a continuación, a la pata siguió una antena, y el resto de las patas, cuando se terminó de aburrir aumentó la fuerza de su dedo sobre el animal sintiéndolo morir hasta atravesarlo por completo y sentir su interior mojar su mano. Estuvo un rato observando el animal, apachurrado e inerte, finalmente se limpió con un pañuelo y se fue pensando que el incidente había sido una pérdida de tiempo.

Ni siquiera el sexo le despertaba interés, se había acercado a él ansioso, esperando encontrar algo con que reemplazar el dolorplacer  pero se encontró con un desahogo fisiológico como excretar o escupir en la calle, intentó experimentar con el sadomasoquismo pero le pareció ridículo, demasiado suave, demasiado condescendiente en la otra persona, un ente  incapaz de comprender la dosis que él necesitaba, un dolor de juguete de mentiras, que no rompía al otro sino que simplemente era un juego a la espera de una caricia, de un beso, una mímica de lo que él esperaba.

Porque viéndolo en retrospectiva ese fue el principal problema. Nada lo saciaba ya, vivía solo en un apartamento y podía dedicarse a largas sesiones de autotorturarse sin que nadie lo importunara, pero nada era suficiente. Horas enteras de lastimarse, si bien lo hacían sentir cómodo y de ánimo agradable, era una sensación cada vez más efímera, menos significativa y sabía que conforme pasara el tiempo seguirían disminuyendo sus efectos. Era un adicto al daño y la dosis ya no era suficiente.

Se decidió una tarde de domingo donde la eternidad parecía ingresar en forma de rayo luz sobre su apartamento. Salió equipado únicamente con su celular donde puso una canción a sonar en un bucle infinito, mientras caminaba hacia su destino y veía a la gente a su alrededor se preguntó cómo sería una vida con más sensaciones, no un mundo de blanco y negro o blancoanegrado como lo veía él, sino un prisma infinito en el sentir, en el vivir, nunca lo sabría.

Finalmente llegó al sitio y empezó el ascenso, Jagger seguía vociferando la misma canción, Miguel ya se sabía de memoria los acordes y la entonación del inglés pero no podía dejar de cantarla en su mente porque parecía el himno de su propia vida. I can´t get no satisfaction, decía de manera sensual el inglés mientras él se permitía el último lujo de su vida y subía a pie los diecinueve pisos de la torre permitiendo que la fatiga se apoderara de su cuerpo.  Arribó a la cima, como lo sospechó el lugar estaba solitario, no podía esperarse nada más de un domingo por la tarde, tuvo un capricho de último minuto se quitó los audífonos, tomó el celular con las manos y lo lanzó al vacío, no quiso verlo caer, quizá había lastimado a alguien en su caída quizá no, no importaba. A sus pies vio la gran ciudad y se la imaginó como un gran asentamiento de cucarachas. Escuchó silbar el viento un par de minutos y saltó.


En su caída rompió una especie de techo de vidrio. Alcanzó a estar consciente mientras agonizaba. A su lado miles de cientos de diminutos fragmentos de vidrio lo acompañaban, otros tanto se habían incrustado en su piel fundiéndose en su torrente sanguíneo, cada músculo, cada hueso estaba roto, podía sentirlo así como la sangre que empapaba su ropa, el dolor era insoportable, cualquier otra persona habría llamado la muerte con desesperación, buscando un final inmediato, habría llorado o gritado buscando la atención o la compasión de los transeúntes; él intentó reír pero ni siquiera tenía fuerzas para ello por lo que se limitó a sonreír pacíficamente. Nunca había sido tan feliz en su vida.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Demasiada navidad

 Me despierta el estruendo. No sabría decir cuántas horas llevo dormido encima de la barra. Es noche de navidad  y tengo un sombrero ridículo en la cabeza, corrijo es noche de navidad, tengo un sombrero ridículo en la cabeza, estoy ligeramente embriagado y tengo el corazón roto en mil pedazos.

Levanto la vista, no hay nadie en el bar a excepción del mesero  que me observa con preocupación. Miro la botella de vino de la que estoy agarrado como un náufrago a una tabla o un bebé a una teta. Está vacía.

-Otra botella, por favor –digo mientras el otro me mira con un leve reproche pero alza los hombros y la trae­-. Bueno, pero que esto no parezca un funeral, ¿brindarías conmigo?

El hombre vuelve a alzar los hombros y trae dos copas.

-¿Por qué brindamos? No por las que se van, ni por las que vienen, ya habrá tiempo de pensar en ellas –detallo su rostro y comprendo finalmente a quién se parece- Oye, hoy es navidad y celebramos tu nacimiento, ¿no?

-Muchas gracias, señor  –responde el mesero, siguiéndome la corriente-.

-A tú salud, entonces…

Me dispongo a tomar la copa cuando la campanilla de la entrada suena. Un anciano gordo, barbado, sucio y sudando como un animal entra en el bar, lo acompañan una banda de siete enanos.

-¿Dónde está el cumpleañero? –grita el viejo acercándose al mesero, abrazándolo- Oye, antes de celebrar sírveme lo de siempre….

-¿Malta para los renos también? –responde el mesero.

-Desde luego, desde luego –se ríe el viejo con una especie de ho ho ho que me recuerda a un fuelle o algo parecido.

El mesero carga un galón de una bebida oscura pero antes de salir deja en la mesa del extraño grupo una botella de whiskey.  El viejo y los enanos empiezan a tomar, los chiquitines toman como cosacos pero no hablan mientras el panzón ríe y grita más de lo que toma.

-Oye tú, hijo –me llama- ¿quieres sentarte con nosotros a tomar una bebida de verdad?

En casa me enseñaron que es de mala educación despreciar una invitación y más si se trata de licor, así que me levanto y me dirijo hacia el extraño grupo.

-Muy bien, muy bien –me dice el viejete mientras corre a uno de los enanos- siéntate acá…mi nombre es Nicolás y estos son Alvi, Gabi, Cruci, Boni, Crici, Ani y Keli.

El trago es realmente bueno y me pierdo en su parloteo y los gruñidos sin sentidos de estos Oompa Loompas versión descontinuada. Habla del frío que hace en el polo norte, en el cuidado de los renos, la producción de regalos y lo mal que va el negocio y en los niños…pequeños tiranos chillones y mocosos, sino fuera porque estaba obligado a hacer lo que hace, dice mientras sorbe otra copa de whiskey, hace rato habría degollado a más de uno, y es que carajo jo jo, a veces creo que Herodes era un santo. Al rato no sé quién está más ebrio, si el rubicundo anciano, su recua de enanos o este servidor. Va a agregar algo más cuando la puerta se abre nuevamente.

Los recién llegados son un par de árabes y un negro. Están regiamente vestidos y su presencia es imponente aunque un poco soberbia. Dos llevan cofre en sus manos y el tercero una cadena que al final lleva incienso.

-¿Es aquí donde se celebra el cumpleaños? –pregunta el que parece ser el líder de ellos sin ocultar su cara de desagrado por el sitio.

-Debe serlo –replica el negro-. La estrella no miente.

-A darle por culo a la estrella –replica el tercero con acento español fuertemente marcado-. Hemos seguido la jodida estrella por Estambul, Cafarnaúm y casi nos linchan en Jerusalén. De acá no me muevo. Oye tú, muchacho –dice mientras me señala, tráenos un poco de sangría.

A estas alturas de borrachera no pienso desobedecer y no sólo encuentro una jarra de sangría detrás de la barra sino otra botella de whiskey que llevo a mi  grupo.

El viejo sigue tomando pero ya no se ríe y no deja de mirar a la mesa de los árabes. Finalmente no se contiene….

-¿No deberían estar buscando el camino hacia España? Para no llegar tarde, en el puto mes de enero como siempre.

-Vaya, vaya, nos habla la valla andante de Coca Cola –replica uno de los árabes-. ¿No deberías estar sentando niños en tu regazo?

-Siempre he tenido una duda –responde el viejo panzón ignorando el comentario anterior- ¿Cómo es que se llama el negro? Nunca he aprendido a saber quién es quién.

-¡Es afro! –dice el negro agitando la cadena del incienso y luego lanzándosela al decrépito e impactando en la cabeza de uno de los pequeñajos con cara de viejo.

Y allí se arma Troya. Los gnomos, el viejo se abalanzan sobre los extranjeros. Puño va, puño viene y yo observando toda la situación sin meterme con nadie hasta que uno de los duendes en medio de una jeringoza incomprensible se aferra mi pierna cual perro en celo y me muerde, yo no hago otra cosa que sacudirme y lanzar a este Critter de los infiernos contra una mesa.  Ciego de ira y de alcohol me abalanzo sobre la turba y golpeo, muerdo y aruño sin importar a quien.

De repente, se abre nuevamente la puerta.

Cinco árabes más, de aspecto humilde y cargando ovejas entran. Perfecto, no me sorprendería que en  cualquier momento entrará el FBI y nos arrestará a todos pensando que es la convención anual del Al Qaeda.

-Salaam – dice uno de ellos- es aquí la reunión para el cumpleaños de….

No dejan terminar al pobre Moro porque una botella arrojada por quién sabe quién  le impacta en la cabeza.

-¡Maktub! –grita uno de sus acompañantes y con sus acompañantes arremeten contra la turba.

El zafarrancho es impresionante, recibo puños, patadas de duendes, viejos, árabes y negros, una oveja me muerde y yo la pateo. Doy tantos golpes como recibo, y el lugar es un desastre, hay vidrios, mesas y sillas rotas, el alcohol se riega con tanta prodigalidad como la sangre pero nadie ceja en su furia. De repente se escucha un grito superior al jaleo.

-¿Qué carajos está pasando aquí? –exclama el mesero quien vuelve acompañado de un par de renos.

Todos se detienen y se empiezan a mirar apenados.

-Lo que dije era amaos los unos a los otros, no ‘cascaos’. Amaos, carajo, amaos.

-Empezó Nicolás –dice el negro mientras apuntaba al viejo.

-¡Me importan dos peces y panes quién empezó! –sigue gritando el mesero- Me hacen el favor y se disculpan todos y celebramos el jodido cumpleaños de una vez.

Todos se levantan y empiezan a darse la mano y abrazarse. Un par de enanos se abrazan amistosamente a mis piernas, uno de los árabes elegantes me abrazan sacándome el aire, una oveja me lame la cara  y el viejo me dice “este año has sido un buen muchacho, para el próximo te regalaré una mujer que no joda”, “No prometas imposibles”, le respondo mientras lo abrazo.

-Mucho mejor –dice el mesero- Ahora acomódense todos juntos que voy a tomar una selfie del grupo.

Nuestros cuerpos han visto días mejores. Entre nosotros hay varias narices, costillas, cabezas y huesos rotos lo cual no impide que sonriamos para la foto.

-Muy bien –dice riendo el cumpleañero- digan todos ¡FELIZ NAVIDAD!



viernes, 30 de octubre de 2015

Sangre seca en la pared


Vivimos en el sótano. Papá, mamá, Joel, Santiago, Laura, Daniela y yo. Los días pasan lentos y a medida que crezco se tornan más aburridos. El encierro puede volverte loco cuando estás con personas a las que ves todo el tiempo y a quienes  a veces quisieras rebanarles el cuello.

La casa nos mira. Cada uno de sus rincones, las esquinas roídas, la suciedad y decadencia que se extienden como una capa fina de oxígeno para respirar, el desorden que a nadie le importa recoger,  la sangre seca que se pega rebelde en las pared y se rehúsa a salir por más agua y jabón que se le eche como un recordatorio permanente de nuestros pecados.

Por lo general me hago en un rincón. El que está al lado de la ventana donde se ve de manera pequeña, casi diminuta el exterior. No es mucho lo que hay allí, apenas la nieve eterna que cae desde que nací, copos y más copos de mierda blanca que cae en pequeños filamentos, lo  cual no impide que me pregunte que se sentiría estar afuera, jugar con las pequeña gotas de nieve que caen del cielo, sentir el aire fresco y dejar de ver por lo menos un instante esa sangre que está en la pared y que no dejo de ver de manera compulsiva.

Joel,  el hermano mayor, velaba por nosotros mientras mamá alimentaba a Daniela y papá iba de cacería. Le gustaba observarme de manera extraña cuando nadie veía y se acercaba a mí generándome una ansiedad por salir del sótano y la casa y romper el reglamento. A veces metía su mano por dentro de mi falda y me pellizcaba el interior dándome ganas de llorar pero siendo incapaz de hacerlo.

-“Si dices algo te mataré a como a un cerdo” –decía Joel mientras me observaba con los ojos más hermosos que hubiera visto jamás-

Yo sólo lo observó con las lágrimas a punto de aflorar mientrasme pellizcaba adentro de la falda y por encima de mi blusa. Podía sentir como él no experimentaba placer, ni curiosidad en sus torturas, simplemente el aburrimiento del encierro, la monotonía que hace que Santiago tenga la piel en carne viva de tanto golpear con los puños las paredes  dejando su huella sanguinolenta en ellas, o que mamá se arranque el pelo y esté prácticamente calva y ojerosa como un cadáver en vida o que yo coma tierra y observe la pequeña ventana donde los copos de nieve caen uno tras otro en un invierno que no habrá de terminar jamás.

En una ocasión mamá descubrió a Joel mientras me pellizcaba. Tomó un cuchillo y lo hirió en el hombro, muy levemente,  un escarmiento que  sanaría en un par de días. La sangre manó del hombro como un toro después de la pica y mamá intentó acercarse para la curación pero él la rechazó con odio y con desdén, “Me voy”, anunció con rabia, “Sabes que no puedes hacerlo” replicó ella, “No me importa, no creo en Padre ni en sus leyes”. Soltó las vendas, las gasas y la pomada y se arrodilló agarrando sus pies e intentando detenerlo. “Suéltame, ya no creo en ti ni en las patrañas de Padre, quiero ser libre, ¡libre!”, la aparto de una patada, se precipitó al piso superior y a la puerta que abrió de un portazo. Mamá lloraba en el suelo y mis otros hermanos la observaban en silencio, inexpresivos, casi muertos mientras que yo observaba desde mi pequeña ventana a Joel correr como un desaforado sintiendo por primera vez los rayos de sol y los copos de nieve caer.

Muy pronto su rostro exacerbado y emocionado se convirtió en una mueca de terror y empezó a gritar como si un dolor extremo se colara por cada rincón de su humanidad. Cayó de rodillas y la piel empezó a caérsele a jirones del cuerpo. Los gritos seguían elevándose hasta el cielo sordo ante sus clamores  mientras mamá intentaba confundirlos con sus gritos de hembra impotente  ante la agonía de su primogénito. Aun así,  fue incapaz de asomarse y verlo morir, el resto de mis hermanos parecían una manada de cachorrillos desorientados incapaces de otra cosa que rodearla mientras yo veía como su cuerpo empezaba a arder y quemarse frente a mi ventana y el olor a carne chamuscada se metía a través de las diminutas rendijas de la ventana e involuntariamente empezaba a salivar y relamerme  pensando en la cantidad de carne que era desperdiciada en medio de esta hambre tan atroz.

El sol quema
El frío congela
La mayoría de los animales están muertos y han desaparecido
Los frutos son tóxicos
El exterior te puede asesinar en un par de segundos
El único refugio es el sotano
hogar, madre y cárcel

Me gusta ver a papá salir de cacería. Yo lo ayudo a ponerse su traje especial, él me llama ‘Mi segunda al mando’, mientras le pongo su casco. Me gusta verlo salir al exterior con su traje, camina lento, parece un buque que se va perdiendo mientras los copos de nieve van devorándolo. Como Joel murió, ahora soy la responsable de mantener el orden mientras mamá le da pecho a Daniela: Juego con Santiago y le leo cuentos que selecciono de la biblioteca a Laura, a veces me queda tiempo para ir a mi rincón y mirar la ventana y la luz asesina caer sobre los campos blancos solitarios, en ocasiones me quedo mirando la pared y las manchas de sangre seca y empiezo a hacer mil conjeturas de cómo pudo haber llegado hasta ahí.

Por la noche vuelve papá, por lo general con la bolsa llena. Siempre lo esperamos ansiosos,  emocionados, tan pronto oímos la puerta abrirse nuestros estómagos empiezan a gruñir. Hambre. Siempre Hambre, voraz, ansiosa, nunca saciada del todo, siempre queda presente como un aguijón punzante y presente, nos mantenemos vivos pero no somos seres humanos, sólo seres vegetantes y hambrientos en un sótano. Papá abre la bolsa, la mayoría de las veces son animales pequeños, ratas, pajarillos, cuando hay suerte un pequeño gato o perro que ha logrado cazar en las cloacas de la ciudad. La mayoría de las veces, los hijos nos abalanzamos primero sobre la comida, no hay tiempo ni  manera de cocinarla, simplemente la agarramos y empezamos a devorarla, con las uñas, con los dientes y nos damos un festín en donde la sangre se nos desliza por la comisura de los labios y no dejamos ni una pluma o una uña de nuestro alimento.

Los últimos días no han sido buenos. Papá cada vez viene con menos comida a la casa, la última noche vino con unos pedazos grandes y negros que cuando los mordimos salía pus, no quisimos preguntar qué era pero igual lo terminamos devorando.  Nos cayó mal. Yo no dejo de ir a la letrina y Laura no hace otra cosa que vomitar todo el día mientras sus ojos se tornan amarillentos. Las jornadas siguientes no fueron mejores, cada vez menos alimento y más hambre. La leche de mamá se torna agría y asquerosa, lo puedo ver en el semblante de Daniela, parece una pequeña momia, un engendro con cara de anciana enferma cuyos chillidos me enloquecen y que mamá intenta apaciguar arrullándola. Ella se despierta todas las noches con gritos incontrolables de hambre, de ansias por leche buena de la teta de mamá y no ese líquido asqueroso que ahora le brota de su pecho, yo la miro y me preguntó si debería ahorcarla hasta que se acabe el sufrimiento y cesen los chillidos, puedo imaginar sus ojos grandes atenazados por mis manos, mientras aprieto con fuerza hasta que su cabeza caiga de lado como si fuera una muñeca, me contentó con pellizcarle con fuerza el brazo para que tenga algún motivo de verdad para llorar.  

Finalmente Daniela amanece muerta. Mamá intenta de manera inútil acercarla a su pecho para que beba un poco de su leche putrefacta pero el cadáver no reacciona y tan solo recibe las gotas de agua que caen de los ojos de su progenitora. Ella la deja en el suelo mientras piensa qué va a hacer con la bebé, cuando Santiago se acerca hasta el cadáver, empieza a acariciarle con suavidad el pelo y pasa un dedo sobre su rostro con cariño, la acerca hacia sí y le da un beso y luego otro, muy pronto los besos dan pasos a lengüetazos desesperados y de repente le da un mordisco que le arranca la carne del pómulo.

Mamá aleja al hijo-carroñero del cadáver de su hermosa bebita muerta a quien acuna contra su pecho mientras repite como un mantra “A mi hija no, a mi hija no”,  Santiago saborea la carne de Daniela como si fuera el más delicioso de los manjares mientras se levanta de manera amenazadora igual que Laura. Yo misma me sorprendo al darme cuenta que estoy de pie, mi boca empieza a salivar y no dejo de imaginarme lo suculenta que debe ser esa carne, no pienso en el futuro ni en las consecuencias solo quiero  que los aguijones en el vientre y los dolores de cabeza cesen.  Antes de que podamos reaccionar, Mamá se pone de pie y sube hasta la entrada de la casa arrojando el cuerpo de su hija al exterior. Regresa con algunas partes de su piel en carne viva y nos abraza mientras lloramos por la hermana muerta y la humanidad perdida.

Papá regresa después de dos días con un poco de comida, no es mucha pero nos sirve para mantenernos en pie. Cuando se enteró de la muerte de su hija, simplemente asintió diciendo ‘ah’ y cambiando de tema casi de inmediato. Me pregunto si desde la muerte de Joel espera que los más débiles o malvados vayan muriendo, si piensa que ahora tiene una boca menos que alimentar o si acaso pasa tanto tiempo en esos parajes baldíos y yermos consiguiendo nuestro alimento que se siente más afín en medio de la nieve perpetua que con nosotros.

La comida vuelve a escasear. Con cada excursión él vuelve con menos alimentos, ya ni siquiera son animales completos, ahora debemos conformarnos con la parte inferior de una rata, un ala de un gorrión, las patas asquerosas y pegajosas de un animal desconocido del que me da miedo preguntar cuál es.  Al final cae enfermo. Está débil y hambriento y eso se refleja en las fuertes fiebres que tiene. Nadie tiene la suficiente fuerza para ponerse el traje y salir al exterior. Todos nos quedamos tirados en el gran sótano, extinguiéndonos cada hora un poco más.

 Cuando estamos a punto de morir, Mamá nos hace arreglarnos. Obliga a papá a levantarse y le da un beso ligero en los labios. Nos da un cuchillo a cada uno.  Coge la biblia, la abre en un sitio que ya tenía seleccionado y empieza a leer:

“Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.  Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella;  porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados”

Al terminar, deja caer la biblia y dice: Los amo hijos míos…..toma uno de los cuchillos restantes y se lo clava en el vientre. Sin darle tiempo a que sufra más, papá la abraza y la acuchilla muchas veces más, inmediatamente corremos hacía ella mientras las lágrimas se mezclan con la sangre que desgarran  la carne de la persona que más hemos amado.

Plenitud. Nunca había estado tan llena en mi vida. El cuerpo de Mamá es exquisito, no dejo de lamer cada pedazo. Nunca me había sentido tan fuerte. Papá también tiene el mismo efecto pues ha salido de cacería y nos ha prometido que el sacrificio de mamá no será en vano y que no volverá hasta que nos haya conseguido buen alimento sin importar lo que deba hacer para conseguirlo y no sé porque esta última frase me provoca terror a la misma vez que hambre.

 No ignoro que nuevas manchas de sangre han ido a acompañar a las antiguas y no dejo de preguntarme mientras Papá está de excursión si será la sangre de  Laura, Santiago, mi padre o la mia las que irán a acompañar las antiguas y las de mamá






viernes, 31 de octubre de 2014

El banquete del fin del mundo

Mi cuento (esta vez en forma de verso) para Halloween espero les guste.

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El banquete del fin del mundo

I

Para la fiesta del fin del mundo
El gran señor de las fortunas sobrantes 
Encargó toda la riqueza restante de la tierra agotada y marchita.
Mando a  sacrificar animales extintos y sembrar frutas que no existían
Mil decoradores sobrevivientes de los cinco rincones del mundo acudieron a su llamado
Y se encargaron de llenar de vida el castillo marchito y enfermizo
Mientras fuera de sus muros sus habitantes agonizaban intentando ingresar en la feroz fortaleza
Y sus manos ensangrentadas rasguñaban los muros infranqueables
Chaca daca crac crac tum tum
Hasta que las uñas se desprendían y las fuerzas mermaban
Y los cuerpos llenos de pústulas y manchas caían exánimes sin vida
A la vez que a lo alto los soldados observaban los cadáveres amontonándose como hojas en el otoño
Por un momento el terror los acometía
Frío, terrible se insertaba como un aguijón en el cuello, hambriento de su tranquilidad, hurgando por su alma
Pero ellos rechazaban tal idea y se decían: “Nuestro Señor nos protegerá. Él es justo y bueno y la muerte no es capaz de traspasar los límites de nuestra fortaleza”
Y reían y escupían sobre los escombros humanos que seguían creciendo sin conocer la pausa o el reposo.

Para la fiesta del fin del mundo
El gran señor de los despojos restantes
Escogió diez mil sirvientes sobrevivientes
Quienes  arreglaron el castillo decorado
Le dieron cuerda al reloj de ébano y prendieron las teas
Limpiaron las vajillas de diamante y amatista
Sacaron los cubiertos de plata, las servilletas más finas
Y pulieron noche y día los pisos hasta que la luna encontró su reflejo más elegante.
Pero si la discordia acechaba y uno de los sirvientes tosía por lo menos una vez
Era conducido a la terraza más alta de la guarida
Ojos sin vendar y sin mordaza para gritar antes del minuto final
Le daban un tiro de gracia y le prendían fuego al cadáver que arrojaban  por las almenas al mundo exterior
Como advertencia a la muerte que se encontraba a las orillas de los muros inexpugnables, esperando impaciente antes del soplo final
Que sin importar el color de su máscara en ese lugar no tendría cabida.

 Para el banquete del fin del mundo
El magnífico Amo de las Tierras Baldías mando a imprimir invitaciones
Con papel de marfil y sellos teñidos con la vida de los extintos
Sus bordes eran tan finos que si te cortabas con ellos
La sangre manaría de tus dedos y no pararía de verterse hasta que murieras.
Los mensajeros fueron enviados a los confines del mundo conocido
Recorriendo los paisajes yermos y desolados por la peste
En caballos negros indómitos e imparables que azotaban la tierra con el ruido atronador de sus cascos
Hasta llegar a fortalezas igual de protegidas que las de su señor
Lo que no sabían los heraldos es que en la parte del final del funesto mensaje estaba la orden de ejecutar de inmediato a los portadores de buenas nuevas
Pues toda prevención era poco en este caso de urgencia y la falta de ella podía apresurar el final
Testigo de ellos eran los países arrasados, las naciones extintas, las ideologías difuntas, los edificios desolados, los puentes inacabados, los campos exterminados, los seres moribundos.
Todo bajo el sol de dios.


II.

El día del banquete del fin del mundo
Los invitados llegaron al ocaso
Sigilosos y ostentosos arribaron a la gran morada
El último refugio de la humanidad
Bastión del buen gusto, la opulencia y la elegancia
Enemigo de la muerte, la pobreza y la indecencia

Reyes, reinas, príncipes y condesas
Marqueses, obispos  y damiselas de grandes raleas
Se dieron cita con el Gran Señor de los excesos
Llegaron en carrozas doradas que parecían levitar sobre el suelo
Muchos de ellos cubrían sus rostros con máscaras de animales
Revelando  su naturaleza hostil, su esencia salvaje
Adiós a los grandes amos quedando solo el señor zorro, el señor Hiena
La dama de las garzas, la reina de las avispas, los portadores de luz;
Otros en cambio enseñaban su rostro y su mirada soberbia 
Era más gélida que el bronce de las máscaras bestiales
Y así todos los pecadores, herederos de mil linajes ingresaron por las murallas inexpugnables

Durante el banquete del fin del mundo
La luna carmesí se elevó sobre los terrenos de la muerte y la desesperación
Mientras que mil botellas de vino y champaña se destapaban al compás de los gemidos agónicos del mundo exterior
Y el líquido se derramaba moviéndose como el vaivén de un mar calmo, lúgubre y tenebroso
 Platillos exquisitos se tendían sobre cien mesas extendidas de manera grotesca contrastando con la hambruna del resto del universo
Y nadie tocaba los platos y la comida esperaba para ser alimento de moscas y de ratas
La orquesta estaba magnífica y alternaba temas melancólicos en memoria de los millones de muertos con sinfonías fantásticas en honor de aquellos que habían sobrevivido
Y los asistentes bailaban de manera triste, arrastrándose por el salón principal como fantasmas

Pero he aquí que una de las damas se movía con desenvoltura
La última de las princesas existentes, la dama de Samael
Su belleza era un desafío a la humanidad, su pelo eran las tinieblas
Su piel el color de la luna y los labios rojos tenían el sabor del vino
Cuando salió a bailar con el gran Señor del castillo
Los asistentes enmudecieron y sólo se oía el sonar de los violines y el chisporrotear de las antorchas
Hombre y mujer danzaron en el fin del mundo hasta que la pieza hubo terminado y sellaron la ceremonia con un beso, largo y prolongado

Cuerpos que se atraen
Alientos cercanos, bocas que se funden
Más mientras se da el fatídico acercamiento un hilo de sangre delgado brota de la boca de los amantes
Y las gotas caen en los suelos dorados brillantemente pulidos
El abrazo se prolonga y el charco crece
Hasta que se separan y la voraz mujer no contenta con arrancar los labios de su pareja dirige sus diáfanos dientes hasta el cuello del Señor de las horas contadas
Y clava sus colmillos en él, saboreando su sangre, la vida que se escapa
El destino que habría de llegar hasta la fortaleza inexpugnable

Los asistentes al banquete del fin del mundo observaron presas del terror la escena
Ninguno interrumpió la faena pero cuando la mujer terminó su función
Cayeron en el pánico, en la desesperación largamente reprimida
Hicieron uso de cuchillos, espadas y dientes y acometieron contra su vecino
La orgía de sangre pronto fue la invitada de honor pues este era el fin de todas las cosas y no había que dejar nada para la llegada de la muerte

Caos y destrucción reinaron en la tierra del hombre
Nadie grito, nadie lloró y ningún sobreviviente quedó
Únicamente  la luna roja contempló la hecatombe
Ahora tan solo lluvia cae y el viento pasa por las cerraduras
Silbando mientras suena la sinfonía del banquete del fin del mundo