miércoles, 31 de octubre de 2012

La voz de los muertos


Mi regalo de Halloween. ¡Espero les guste!

TuLio

----- 


La voz de los muertos

La primera vez que Jean Paul escuchó la voz de los muertos, llovía. Eso sería lo primero en lo que pensaría los años venideros cuando recordara aquel día: las gotas que resbalaban por el vidrio de la funeraria. Era una lluvia silenciosa, sin rayos ni truenos, ni siquiera ventisca, sólo el sonido del agua estrellándose contra el suelo.

Adentro habían figuras vestidas de negro, seres casi fantasmales que se comunicaban por medio de susurros. Jean Paul los ignoraba y se concentraba únicamente en la ventana y el agua. No le gustaban los adultos ni los ruidos que causaban al hablar. De repente, sintió unas manos que se posaron sobre sus hombros y una voz  dijo: “Ve a despedir a tu tío Gideon”. El pequeño empezó a avanzar hacia el féretro, mientras los asistentes conmovidos empezaron a apartarse en dos hileras hasta que estuvo frente al ataúd.

Tuvo que empinarse para ver el cadáver. El rostro del anciano era pacífico, como si estuviera dormido. El niño lo contempló y le tocó una mejilla. Estaba fría. Iba a retirarse cuando escuchó una voz que procedía del difunto, más que una voz era un gesto desesperado, un chillido similar al de un cerdo, un estribillo que repetía una y otra vez “Devuélveme la vida”  “¡Revíveme!”

Jeannette vio que su hijo miraba petrificado el cadáver. Era muy pequeño aún, no tenía seis años, tal vez había sido una imprudencia llevarlo al funeral. Lo llamó: ‘Jean Paul ven aquí’, el niño dejó de observar el cuerpo del viejo y fue a reunirse con su madre.

A partir de ese momento empezó a escuchar esa voz más a menudo, con mayor claridad. Los muertos sólo querían ser revividos, el otro mundo les parecía muy aburrido. Él intentaba hablar con ellos, pero no era escuchado y solo recibía como contestación: Déjanos volver, déjanos volver.

Alguna vez estando con su padre en la sala le confesó lo que le ocurría.

—Papá ¿Las personas pueden regresar de la muerte?

—¿Por qué lo preguntas? —le respondió Francois Morteau a su hijo.

— Hoy en el colegio vimos cómo Jesús resucitó a Lázaro que había muerto. Se paró frente a la tumba y ordenó ‘Lázaro levántate’ y él volvió de entre los muertos.

—Hijo, esas historias de la Biblia no hay que tomarlas tan en serio, cuando alguien muere se va para siempre.

—¿Entonces por qué los escucho?

—¿Qué cosa?

— La voz de los muertos… Me hablan todo el tiempo, a todas horas. Quieren que los traiga de regreso, que me haga frente a sus tumbas y les grite “Levántense” para que puedan volver.

—¡Basta! —gritó su padre furioso. ¡Nadie puede volver de entre los muertos! ¡Lázaro no existió y no quiero volver a oír de ese tema, jamás! ¡JAMÁS!

Jean Paul nunca había  visto tan enojado a su padre: manoteaba y gritaba como si estuviera peleando con alguien más: “¡Vete a dormir ya!” le ordenó finalmente.

Cuando su hijo subió al cuarto, Francois se sirvió un vaso de whisky. Mientras tomaba empezó a maldecir su suerte. Pensó en su padre que había muerto antes del nacimiento de Jean Paul. “Puedes negar lo que eres, pero el vudú corre en tus venas y en la de tu descendencia”, le había dicho en su lecho de muerte.



Haití es una tierra de magia y hechicería, él se había criado en ese entorno y lo odiaba. Su padre había sido un bokor, un hechicero del vudú, había intentado que Francois siguiera sus pasos, pero él había huido de su casa y refugiado en los libros y la ciencia para escapar de ese mundo siniestro y pagano.

Ahora era un respetado y exitoso profesor universitario, pero en ocasiones, soñaba que los cadáveres salían de sus tumbas e iban a verlo dormir intentando comunicarse, pero él no entendía sus palabras y sólo se despertaba cuando sus putrefactas manos rozaban su rostro.

Después de bogar cuatro vasos de licor se tranquilizó. Ellos no resucitan, el que su padre afirmara que podía despertarlos era simplemente un reflejo de su mente enferma; por otro lado, Jean Paul, seguramente había quedado impresionado con  la historia de Lázaro y había inventado el resto.

‘El vudú corre por tu sangre y la de tu descendencia’ le silbó el viento. ‘Cállate viejo’ respondió en voz alta ‘no puedes volver, nadie puede’.

Por un tiempo todo pareció marchar bien. Jean Paul no volvió a hablar del tema y Francois fue ascendido a vicerrector en la universidad. Jeanette  aumentó la felicidad de la familia al anunciar que estaba embarazada.

Pero la felicidad no dura para siempre, la vida es como una montaña rusa que nos depara de manera frenética momentos alegres y tristes. Cuando pensamos que no hay una salida vemos la luz al final del túnel y cuando creemos que no podemos ser más felices  llega una desgracia que nos hunde en la más profunda  depresión.

Esto lo comprobó Francois una calurosa tarde de abril.

Había sido un día difícil en la universidad. El decano de la facultad de medicina había pedido permiso para ausentarse cinco  días.

—Pero Michel —le había dicho— estamos en época de parciales ¿Qué ha pasado?

—Acaba de morir mi abuela Gertrude.

—Lo siento mucho.

—No lo hagas, ya estaba muy vieja y enferma. Te confieso que ha sido un alivio que lo hiciera.

—¡Michel! —exclamó indignado Francois.

— A ti no te puedo mentir, ella ya no fue la mujer que me crió.

—Si es así ¿Para qué me pides cinco días de licencia?

—Necesito prepararla.

—¿Prepararla?

—Sí.  Debemos velarla hasta que su cuerpo se pudra y luego enterrarla en el patio de nuestra casa para evitar que vengan por ella.

—¿Y quién va a venir? —preguntó sospechando la respuesta.

—Un bokor para despertarla y esclavizarla —dijo Michel como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Sintió la respuesta como una bofetada en la cara.

—¿Cómo es posible que creas en esos cuentos? ¡Eres un médico, por el amor de dios y estamos ya en pleno siglo XX!

—Algunos cuentos son reales profesor —respondió el decano—. Haití es la tierra en donde los muertos caminan. He visto cosas que no creería a menos que las experimentara; el poder de los bokor es cierto y los zombis son tan reales como usted o yo.

Finalmente había accedido de mala gana a darle esos días de licencia a su decano.  Pensó que más que regaños necesitaba comprensión, no todos los días se le  muere a uno la abuela.

Meditando sobre ese asunto llegó a casa. Al llegar a la puerta vio varias plumas y sangre en el piso y en la puerta. Lo primero que pensó fue en su esposa embarazada, ‘Jeanette’ gritó mientras buscaba a toda velocidad las llaves.

Entró y llamó de nuevo a su esposa. Nadie respondió. Corrió hacia el patio trasero con el corazón en la boca, mientras creía ver a su mujer muerta, a su bebé nonato muerto, a su padre riendo, pero cuando  llegó contempló una escena que nunca hubiera imaginado.

Su hijo estaba en la mitad del patio con un perro muerto en su regazo. El animal que sangraba por las heridas ocasionadas por un cuchillo se movía de manera espasmódica en una larga agonía. A su alrededor y acomodados de manera circular, había varios pájaros muertos. 

Francois estaba aterrorizado, aun no podía creer que el niño hubiera matado a esos animales.

— ¡Jean Paul! ¿Qué has hecho, hijo?

—Estoy liberando a los animales —respondió con un tono de orgullo en su voz.

—¿Liberándolos de qué?

—De vivir. Del peso de la vida…cuando vuelvan serán diferentes.

Fueron esas palabras las que convirtieron el miedo de Francois en ira.  Miró al niño, diablos, como se parecía a su padre…atravesó a zancadas el patio y empezó a golpearlo una y otra y otra vez.

Si no me detengo lo voy a matar pensó en el éxtasis de su violencia ¿Pero no sería, a la larga, lo mejor?  Ese niño está perdido y lo sabes. Ya no es tu hijo, le pertenece al vudú,  al maldito vudú.

Fue Jeannette quien  detuvo la situación separando  a su esposo de su hijo. Cuando sintió el tibio brazo de la mujer, Francois fue consciente de lo que estaba haciendo, soltó al niño y se alejó del patio.

Ella se encargó de recoger al pequeño, limpiarle las heridas, curarlo y acompañarlo a dormir. Una vez en el cuarto habló con él.

—Debes perdonar a papá, a pesar de todo te ama, lo sé.

—No los soporto— respondió él.

—¿Qué cosa cariño?

—A los vivos.

Ella miró al niño. Era un ser extraño y anodino que ya no le pertenecía. Su hijo nunca más volvería, pero a pesar de todo seguía siendo su madre y aún lo amaba, lo besó y abrazó.

A partir de ese día, la relación entre padre e hijo cambió para siempre. A duras penas se hablaban. Cuando Francois miraba los ojos de su hijo no veía a su niño a quien había amado, sino los ecos de un mundo que quería dejar atrás; no lo odiaba pero le temía. Mucho.

Maurice Morteau, el segundo hijo del matrimonio de Francois y Jeannette, vino al mundo el 19 de julio de 1970, nació pesando 4 kilos con una estatura de 55 centímetros y con fuertes pulmones como pudieron comprobar los afortunados padres las primeras noches, cuando el bebé rugía exigiendo cambio de pañales o alimento.

Francois no podía estar más orgulloso  de su nuevo hijo. Casi todas las noches iba hasta su cuna y lo veía dormir. Le fascinaba escuchar su débil respiración y sentir el olor de su cuerpecito, era la más hermosa criatura de todas. No podía dejar de referirse a él como un angelito de ébano.

Jean Paul no había querido ver al bebé. Cuando sus padres regresaron del hospital, se mantuvo alejado de ellos; lo miraba de reojo. Cuando su mamá le preguntó qué opinaba de su hermanito, respondió, ‘No me gusta. Hace demasiado ruido’.

A su padre no le agradaba este comportamiento de su primogénito hacía el bebé. No soportaba verlo cerca de él, de esa manera tan silenciosa y furtiva como si fuera una criatura nocturna, inclusive llegó a temer que le hiciera algo a su hermano.

Pero a pesar de todo, amaba mucho a su hijo y le dolía mucho esta situación. Intentó, a pesar de su temor, acercarse nuevamente a Jean Paul, pero él había creado un muro infranqueable. Quiso por lo menos que el niño dejara sus pensamientos de muerte y soledad y lo envió donde varios psicólogos quienes siempre le diagnosticaban ‘psicosis infantil’  y rehusaban trabajar con él.

Una noche, seis meses después del nacimiento de Maurice, Jeanette recibió una llamada de su casa: Su madre tenía un nuevo ataque y ella debía ir a cuidarla.

Le preguntó a su esposo si podía encargarse del ángel de ébano mientras estaba por fuera. A pesar de su respuesta afirmativa, ella dudó, y no porque dudara que su marido podría cuidar de bebé Maurice, sino porque su instinto femenino le hablaba de –muerte— cosas malas que le podían pasar a su hermoso niño si lo abandonaba, por desgracia prevaleció la voz racional que la instaba en confiar en su hombre e ir a brazos de su progenitora.

El orgulloso padre veía nuevamente a su bebé dormir. Qué feliz se sentía al admirarlo. Mientras lo contemplaba, pensaba que nunca en su vida había hecho algo tan hermoso, su hijo era una obra de arte, ese fue su último pensamiento antes de quedarse dormido. Esa noche soñó con los muertos, pero en esta oportunidad no lo visitaban a él sino que estaban situados frente a Maurice. Al verlos, el bebé hacía gorgoritos y sonreía. Uno de ellos, una sombra, lo levantó de su cuna y le arrancó una mejilla de un mordisco, el llanto de Maurice fue sofocado por el aullido de los muertos que lo devoraban. Cuando Francois se levantó del sillón, los muertos se apartaron de la cuna y  cuando  se asomó, su hijo ya no estaba en ella, sólo había una mancha de sangre.




Despertó sobresaltado, llorando. Lo primero que hizo al abrir los ojos fue buscar al bebé para verificar que estuviera bien, lo que encontró fue peor que mil pesadillas: la cuna estaba vacía. Fue al cuarto de Jean Paul sabiendo desde antes de abrir la puerta que él ya no estaba allí. Salió de la casa desesperado. Hacía una noche fría con un viento que helaba los huesos. No sabía a ciencia cierta a dónde dirigirse pero sus pies empezaron a moverse por sí solos.

Se adentró en el bosque que quedaba adyacente a la casa. Mientras corría sin rumbo fijo, le parecía escucha en el viento la risa de los difuntos que se burlaban de él. Al fin llegó a un claro al final del camino y se encontró con su destino.

Jean Paul tenía a su hermanito acostado en una especie de losa, a su lado había un cuchillo que Francois no supo si había sido usado aún. Lo empujó con todas sus fuerzas y luego se dirigió hacia el bebé.

Había llegado demasiado tarde. Maurice había sido brutalmente apuñalado. Su pequeño cuerpo estaba ensangrentado y la losa teñida de sangre seca… por el amor del cielo ¿cuántas horas había dormido? Los ojos de su bebé estaban abiertos, él los cerró. Su carita ya estaba fría.

Se dirigió hacia Jean Paul, si antes se preguntaba si podría matar a su propia carne, ahora se preguntaba cuánto tardaría.

—Mataste a tu hermano —dijo sin rabia en la voz.

—Solo hice que se callara…cuando vuelva no llorará más…la voz me lo ha prometido.

—Eres un maldito, un enfermo ¿Cómo pudiste?— dijo dejándose arrastrar por la rabia y el dolor. Lo golpeó una y más veces mientras su hijo no hacía ningún esfuerzo por defenderse.

Jean Paul se levantó. Debía tener una o más costillas rotas, escupió un poco de sangre y gritó: ‘Maurice levántate’.

Mientras golpeaba a su hijo sentía que no sería capaz de matarlo pero ahora al verlo parodiando la escena de Lázaro, burlándose de sus creencias y de su pobre bebé muerto, sabía que debía eliminarlo de la faz de la tierra. Se acercó a él y empezó a estrangularlo.

No le importó que se hubiera desvanecido, seguía apretando su cuello y no lo soltaría hasta que escuchara su tráquea romperse. Antes de que eso ocurriera escuchó como un enorme peso cayó aparatosamente de la losa de sacrificio donde estaba el cadáver de su hijo.

Francois sabía que no era ningún animal lo que gateaba detrás de él. Soltó el cuerpo de su hijo mayor pero no fue capaz de voltearse para ver quién o qué se arrastraba hacia él. Recordó las palabras de Michel, ‘Haití es la tierra donde los muertos caminan’, o en este caso gatean pensó él con una triste sonrisa. Las hojas crujían al paso del gateo que se acercaba. Francois quería correr, gritar, por lo menos ser capaz de cerrar los ojos para no ver el horror que lo esperaba pero estaba completamente petrificado, incapaz de hacer nada.

Tan solo sintió cuando unas pequeñas, casi diminutas  manos cogieron su pie; no tuvo que agachar la cabeza para saber que un bebé con su mameluco ensangrentado y una mirada perdida lo observaba atentamente mientras decía su primera palabra:

— Papá.













domingo, 7 de octubre de 2012

Hace 25 años (Memorias de un reinado que murió)


Hoy, hace exactamente 25 años y un par de  horas, Natalia (de nombre original Nathalie) Fernández Mendoza estaba pegando sus primeros berridos en un hospital de Fort Lauderdale, Estados Unidos. No fue un nacimiento sencillo: Con la picardía  y la hiperactividad que la caracterizan, decidió nacer antes de tiempo, fue tanto su afán por venir a este mundo que casi termina haciéndolo en el carro que la llevaba al hospital, y por poco  se ahorca con el cordón umbilical.







Desde pequeña fue una niña loca que vivía cada segundo como si fuera el último. Siempre que corría lo hacía hasta el límite, hasta quedar completamente extenuada, cuando saltaba lo hacía hasta desesperar a todos los que estaba a su alrededor, vivía al máximo, mostrando sus  dientes muecos  y con el brillo en sus ojos. Aún me parece recordarla con su peinado de ‘honguito’ haciendo diabluras y travesuras, yendo de un lado para el otro sin obedecer a nadie más que al viento y a sus propios caprichos y ganándose con todos los mérito el apodo de ‘terremoto’ o Buyiya.


No fue fácil para mí el ingreso de esa pequeña intrusa en la familia: Hasta entonces había sido el rey, soberano de todos los territorios y títulos de la familia Fernández Mendoza.  Reinaba con serenidad y nunca me hubiera esperado ese tsunami de alegría que llegaría a disputarme el cariño de  la familia. Los primeros años no fueron fáciles…el pequeño demonio habría de hacerme maldades. En una ocasión vendería todas mis láminas del álbum de  Los Caballeros del Zodíaco por menos de cien pesos (es cierto que lo hizo en venganza por que le pegué pero esos eran detalles menores); en otra ocasión, intentó asesinarme como un palillo atravesado en un postre con gelatina (ella jura que fue un accidente  pero a día de hoy tengo mis sospechas) entre miles de otras maldades.

Posando, ¿cuándo no?



Recuerdo que mi papá estaba desesperado….preocupado de vernos pelear como perros y gatos, habló con su hermana quien le dijo que  cuando creciéramos las cosas iban a cambiar y seríamos las personas más unidas del mundo. A mis catorce años, diez de ella, mis papás se divorciaron, decidí quedarme con mi papá y mi hermana lo hizo con mi mamá. El tiempo que pasé sin ella –a pesar de vernos cada fin de semana- me hizo comprender que a pesar de seguir siendo el amo y señor de la casa, mi reino no valía nada sin la presencia constante, molesta , alegre e indispensable de mi hermanita.

Y crecimos… dejamos atrás los juegos,  la vida sin preocupaciones y las tardes teñidas de la Plazoleta, los rincones de la niñez y los guayabales. Como  dijo mi tía nos volvimos inseparables: Su vida era la mía y la mía la suya.  El destino nos llevó por vidas separadas: Al ser ciudadana estadounidense viajó a ese país en busca de un mejor futuro, mientras  yo permanecí en el país de las lágrimas en espera de reunirme con ella alguna vez.

En el año 2006, cuando viajó a los Estados Unidos viajó sin saber decir hello –yo le hacía las tareas de inglés para el colegio- y con apenas algunos dólares en el bolsillo –cortesía de mi madre-.  El país de la estatua de la libertad puede ser muy duro y no cualquiera puede soportar la inmensa presión, su soledad sin límites, su estilo de vida sin pausas, pero ella no sólo se habitúo a él sino que lo hizo suyo.  Cada vez que puede mi papá no hace sino resaltar lo valiente que ha sido y que es mi hermana y yo creo que se queda corto.

Y lo hace porque mi hermana es la mujer más espectacular que conozco. No existe en el mundo una persona capaz de resistirse a su energía sin límites, a su carisma, a su sonrisa. Es una persona con una personalidad de hierro, que sigue viviendo al límite,  con carácter, valiente, inteligente, buena amiga, hija, hermana, esposa….en verdad son tantas sus cualidades que no existen palabras para describirla con justicia.

Diciembre se ha vuelto sin dudas el mes más feliz del año porque el país y el universo entero se engalanan con su visita. Los colores son mucho más alegres y los olores se tiñen de alegría y de vida. Es cierto que me toca disputarla con el resto de la familia (y este año con su flamante y afortunado esposo) pero los pocos momentos que puedo disfrutar de ella hacen que el resto del año valgan completamente la pena.



Una reciente de la familia completa....Nata, como siempre, iluminándolo todo con una sonrisa



Quiero que sepas, Nata, que no existe en el mundo hombre más orgulloso que yo. No sé que nos depare la vida pero siempre, siempre mi mayor orgullo es haberte conocido, el ser tu hermano es motivo infinito de alegría para mí.

Te adoro con todo mi corazón, mi amor.


¡FELIZ CUMPLEAÑOS NATA!  (a pesar de quitarme el reinado)


PD: Escribí un texto corto porque sé que no te gusta leer mis mamotretos largos….

lunes, 17 de septiembre de 2012

Historia de dos ciudades de Charles Dickens: Locura y redención de la pluma de un maestro.




Historia de dos ciudades
Charles Dickens
Editorial Random House Mondadori (DEBOLSILLO)
425 páginas

No había tenido el placer de leer a Dickens. De él, conocía su famoso Cuento de Navidad, llevado a la pantalla grande en numerosas ocasiones y su Oliver Twist del que incluso hay una versión animada de Disney.  Sabía que era un brillante escritor cuyas novelas, la mayoría de ellas publicadas por entregas, causaban verdadera conmoción en el Londres del siglo XIX. La novela que encontré me dejo con la boca abierta…

El texto comienza como una historia de misterio, en donde un  hombre, el doctor Manette, que ha sido prisionero por más de diez años en la Bastilla, en la Francia previa a la revolución francesa, es rescatado de las garras de la locura por su hija y un buen amigo, el doctor Lorry.

El buen hombre es llevado a Londres donde empieza a curarse del daño físico y psicológico al que fue sometido por sus torturadores y donde conoce al joven Charles Darnay quien se casará con su hija, Lucie, pero quien esconde un secreto que está conectado con su pasado.

Mientras esto ocurre en Inglaterra, en Francia empieza la revolución y el odio y el germen de décadas de pobreza, maltrato y una aristocracia corrupta y amoral estalla  con la fuerza de un tornado implacable. La muerte y la sangre empañan los ideales del amor, la igualdad y la fraternidad y los excesos no se hacen esperar. ¿Qué pasará cuándo Charles Darnay se vea obligado a volver a su patria para salvar a un antiguo criado y sea condenado a muerte por ser un ‘enemigo de la república’? ¿Podrá el doctor Manette y su familia sobrevivir al horror y el resentimiento?

Este es un relato que son dos relatos. El primero de ellos es la historia de una revolución. De su origen en la depravación y la indolencia de la clase dirigente, de su ineptitud y arrogancia tan parecida quienes a nos dirigen en la actualidad (por lo que no dejo de pensar si sería posible que la situación se repitiera en Colombia y creo que en este momento no, pero si la soberbia de estos parásitos sigue así, no dudo que en un futuro pasará) y de cómo fueron ellos quienes engendraron a la bestia que habría de cortarles la cabeza.

Pero una vez que los miserables se han tomado el poder, que han logrado desbancar a quienes los oprimían, se desencadenan las puertas del infierno. Replican las mismas injusticias que ellos mismos sufrían; sus excesos y su voracidad por la sangre no tienen límites, sin importar a quien tengan que ejecutar o si son inocentes o culpables.

Esta situación me hace pensar en el resto de revoluciones que han existido y existirán, y que tienen la misma situación que la que describe Dickens de manera magistral. Si no me creen vean los excesos de la revolución rusa, de la china, de la cubana y mucho me temo que lo mismo ocurrirá con la floreciente primavera árabe.

La segunda historia que nos cuenta Dickens es más personal y le da la razón a un buen amigo quien me decía que todas las historia hablaban de amor. Pero permítanme presentarles a un personaje que me había olvidado mencionar: Sidney Carton.

Él es un personaje de dudosa procedencia, de malos hábitos y peores referencias. Pese a ello es el verdadero protagonista de esta novela.  Sidney está enamorado de Lucie Manette, quien ha dado su corazón a Charles Darnay, pero quien comprende sus sentimientos  y le ofrece su amistad sincera.

¿Puede un hombre ‘malo’ cometer un acto de infinito amor? ¿De redimir su alma? La novela dará su respuesta con un final que es conmovedóramente hermoso.

Lean esta novela, recomendadísima….


Algunos apartes…..

“Era la mejor y la peor de las épocas, el siglo de la locura y de la razón, de la fé y la incredulidad; era un periodo de luz y de tinieblas, de esperanza y desesperación (…) era, en una palabra, un siglo tan diferente del nuestro que, según la opinión de autoridades muy respetables, sólo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal”.

--
-Sí  ­–respondió-, tengo pocos años, pero la senda que he seguido no conduce a la vejez.  Pero ¿por qué hemos de ocuparnos de mi persona?

---
“Lo que hago hoy es infinitamente mejor que cuanto habría hecho en el porvenir, y por fin voy a gozar del descanso que nunca he conocido”

--
“Veo salir de este abismo una ciudad espléndida y una nación gloriosa, y veo que esta nación, con sus luchas para conquistar la libertad, con sus triunfos y con sus derrotas, expía gradualmente y borra después para siempre los crímenes de esta época sangrienta y de los tiempos antiguos que engendraron estas venganzas”.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Caminante


El caminante contempló el paisaje.
Al frente, el sendero,
el camino que no existe
la nada eterna y sublime.
Atrás los pasos perdidos
construidos con sangre, lágrimas y recuerdos.

Caminante se detiene y otea el paisaje.
Duda sobre si continuar con su trasegar
o si detenerse, tomar aire y descansar.
Cada paso lo aleja más de su hogar,
Pero la búsqueda lo incita a indagar, a continuar.

Su senda ha sido la del llanto y la risa,
la del odio, el amor y la vida;
los amores perdidos, los familiares idos,
los amigos ausentes y los extraños que se vuelven hermanos;
los rostros que resurgen de la bruma
y el olor de la infancia a pesar de estar lejos de casa.

Por el día lo guían el cielo despejado y las gotas de lluvia.
De noche las hogueras, las fiestas y el firmamento estrellado.
Caminante camina,
no se detiene ni por los besos, las caricias, las amenazas o las súplicas,
ni por el cuerpo desnudo de la mujer que amó.
Su vida es el recorrer los campos de trigos,
las ciudades destruidas por las guerras,
el rostro de una madre, la sonrisa de un niño,
la muerte de un anciano, el nacimiento de un peregrino.

Al horizonte se extienden bifurcaciones como gotas en la mar.
Lo desconocido, la oscuridad sin tiempo, la vida sin concebir;
atrás el recuerdo de lo ajeno
tu rostro que se confunde con los paisajes
tu cuerpo que se ha convertido en las nubes.

La ví(d)a  es eterna y enigmática.
No tiene principio, no tiene fin,
solo el horizonte, el recorrido
y los pasos que damos.
Porque todos somos caminantes,
viajantes de la existencia
invitados efímeros de la eternidad.
Nuestras vivencias son el surco de lo que somos
y las cicatrices del viaje son la fuerza para continuar,
para limpiarse las lágrimas, mirar una estrella fugaz;
sonreír por haberte conocido y emprenderlo todo una vez más.
Paso a paso.
Vida a vida.


El caminante contempló el paisaje.
Al frente, el sendero,
el camino que no existe
la nada eterna y sublime.
Atrás los pasos perdidos
construidos con sangre, lágrimas y recuerdos.

Caminante se detiene y otea el paisaje.
Duda sobre si continuar con su trasegar
o si detenerse, tomar aire y descansar.
Cada paso lo aleja más de su hogar,
Pero la búsqueda lo incita a indagar, a continuar.

Su senda ha sido la del llanto y la risa,
la del odio, el amor y la vida;
los amores perdidos, los familiares idos,
los amigos ausentes y los extraños que se vuelven hermanos;
los rostros que resurgen de la bruma
y el olor de la infancia a pesar de estar lejos de casa.

Por el día lo guían el cielo despejado y las gotas de lluvia.
De noche las hogueras, las fiestas y el firmamento estrellado.
Caminante camina,
no se detiene ni por los besos, las caricias, las amenazas o las súplicas,
ni por el cuerpo desnudo de la mujer que amó.
Su vida es el recorrer los campos de trigos,
las ciudades destruidas por las guerras,
el rostro de una madre, la sonrisa de un niño,
la muerte de un anciano, el nacimiento de un peregrino.

Al horizonte se extienden bifurcaciones como gotas en la mar.
Lo desconocido, la oscuridad sin tiempo, la vida sin concebir;
atrás el recuerdo de lo ajeno
tu rostro que se confunde con los paisajes
tu cuerpo que se ha convertido en las nubes.

La ví(d)a  es eterna y enigmática.
No tiene principio, no tiene fin,
solo el horizonte, el recorrido
y los pasos que damos.
Porque todos somos caminantes,
viajantes de la existencia
invitados efímeros de la eternidad.
Nuestras vivencias son el surco de lo que somos
y las cicatrices del viaje son la fuerza para continuar,
para limpiarse las lágrimas, mirar una estrella fugaz;
sonreír por haberte conocido y emprenderlo todo una vez más.
Paso a paso.
Vida a vida.


Artículo publicado originalmente por la revista argentina digital Piso 13:   http://www.pisotrece.com.ar/index.php/arte-cultura-x/440-caminante