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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Libros leídos 2015- Virus de Alvaro Vanegas


Título original: Virus
Editorial 531
280 páginas

Sinopsis: El apocalipsis estalla. En todas partes la gente se comporta de manera muy extraña y se atacan unos a otros sin motivo aparente. La muerte parece estar acechando en cada esquina, las comunicaciones colapsan, desplazarse se hace casi imposible y sobre la humanidad entera se cierne la bruma de la fatalidad, la posibilidad real de que el mundo, tal y como lo conocemos, llegue a su fin.

Iván, un exitoso banquero; Camilo, un ladrón de supermercados; Martina, una adolescente huérfana que acaba de dar su primer beso; y Azul, un perro callejero que no conoce el miedo, se unen en la búsqueda de Ximena, la esposa de Iván, quien tiene varias sorpresas aguardando, entre estas, que podría ser la clave para detener el caos reinante.

Los zombies son sin duda uno de los monstruos favoritos de todos los tiempos. Nadie imaginó nunca que esta historia de la mitología haitiana cogería tal fuerza que se convertiría en un referente actual de la temática del horror. Ahora es normal ver películas, series, libros y comics protagonizados por los no muertos o caminantes.

La temática zombie ha sido poco tratada en la literatura colombiana con algunas excepciones como la novela corta Muérdeme suavemente de Fernando Gómez y Ellas se están comiendo al gato de Miguel Ángel Manrique que si bien abordan este tema no lo hacen con la profundidad y fuerza de Alvaro (sí, el nombre es sin tilde) Vanegas, en la que es para mí la mejor historia de zombies que se ha escrito hasta el momento en Colombia.

Pero vamos desde el principio. Si algo caracteriza las historias de zombies, más allá de los muertos que se levantan de las tumbas y están sedientos de sangres y vísceras son los pobres desafortunados que tienen la desgracia de sobrevivir. En este relato los personajes están muy bien estructurados con los que el lector puede verse fácilmente identificado.

Por un lado tenemos a Iván, el protagonista, un hombre normal sin nada que lo distinga por encima de los demás quien busca en medio del fin del mundo a su esposa Ximena, la cual detrás de una aparente dulzura esconde un poco de sadismo fácilmente palpable con la aparición de las criaturas. A su lado están  Azul, un fiel perro callejero, Camilo, un cínico ladrón de supermercados y Martina una adolescente traumada.

A pesar de que los personajes son pocos están tan bien construidos que son suficientes. Una de las cosas que más me gustaron de esta historia es que el autor no juzga ninguno de los actos de sus protagonistas como ocurre con otros escritores, simplemente los deja hacer, mostrándonos en ocasiones por medio de flashbacks la razón de sus acciones.

Junto a ellos la gran protagonista de esta historia es la ciudad. A pesar que el autor no quiso situar la acción en Bogotá, en cada una de sus páginas se respira el aire de, si no la capital, por lo menos una ciudad colombiana. La urbe deja de ser el refugio de todos para convertirse en la tierra de nadie, repleta no sólo de monstruos sedientos de carne sino de lunáticos, asesinos, sombras y trampas a la vuelta de la esquina.

Pero hablemos de los monstruos que supongo es lo que más le interesa a más de un lector. Virus adopta la figura del zombie rápido y fuerte adoptada por películas como 28 días después y que van en contra de lo que había planteado George Romero en sus primeros filmes. No podría decir que esto es bueno o malo, simplemente es algo diferente.

Lo que sí debo alabar de este libro son los sutiles cambios que da al zombie corriente como que muchas personas se infectan a través del aire (“¿Qué huele tan raro?” son sus últimas palabras), que las bestias conserven un dejo humano o que su punto débil no sea el cerebro sino el corazón.

A pesar de que se trata de un relato zombie, la historia no cae en los lugares comunes del gore. Cuando es necesario mostrar sangre lo hace sin escatimar en descripciones, pero evitando lo vulgar y lo sangriento por sí, cosa que beneficia enormemente al desarrollo de la historia.

Ahora bien, el ritmo de la historia es maravilloso. Rápido, vertiginoso, sin contemplaciones, con un ritmo ágil y fácilmente digerible, pero a la vez cuidado, cuando se debe matar a un personaje –así sea importante dentro de la trama-  lo hace rápido, sin compasión, al igual que como ocurriría en un apocalipsis zombie, o en una guerra, o en la vida misma.

Alvaro Vanegas, se confiesa como un amante de las letras del Maestro del Terror, Stephen King, muchas de sus historias están imbuidas de su espíritu. Sin embargo, a lo largo de su proceso he podido observar que ha ido desarrollando un estilo propio, depurado, y ha sabido adaptar a su entorno sus propias pesadillas. Les recomiendo a ojo cerrado este libro y quedo a la espera de nuevas letras de este autor.


El autor con una de sus lectoras.

jueves, 30 de julio de 2015

Libros leidos (8) – Guerra Mundial Z de Max Brooks


Título original: World War Z
Sello: Debolsillo
470 páginas

Sinopsis: Sobrevivimos el apocalipsis zombi, pero ¿cuántos de nosotros seguimos marcados por esa época tan espeluznante? Derrotamos a los muertos vivientes, pero ¿a qué costo?
Guerra mundial Z es el único relato de esa época infernal, contado por los hombres y mujeres que fueron testigos del horror.

Por un momento quiero que cierren los ojos y se acuerden de la película basada en este libro donde Brad Pitt debía salvar al mundo de unos zombies más rápidos que maratonistas africanos y más ágiles que gimnastas rusas. Piensen en todos los clichés repetidos una y otra vez, en su estúpida resolución y borrenla de la cabeza porque esta gran joya de la literatura de terror, aparte del título no tiene nada que ver con esta insulsa cinta.

En este libro, Max Brooks –hijo del conocido comediante Mel Brooks- nos pone en la piel de un miembro de la ONU quien diez años después de la guerra contra los zombies entrevista a lo largo y ancho del mundo a los principales protagonistas de esta catástrofe. 

Gracias a esto el fenómeno zombie se expande, ya no se reduce a un pequeño pueblo, a un centro comercial o a un lugar pequeño como en tantas historias como en tantos relatos pasados sino que se convierte en un fenómeno mundial.

Este recurso nos permite conocer cómo empezó el fenómeno zombie (en una remota aldea china), cómo se extendió por el mundo, el patético intento de los ejércitos para acabar con una amenaza para la que no estaban preparados, cómo la raza humana estuvo a punto de desaparecer y finalmente el contraataque y victoria.


¿Me estás diciendo que la película no está basada en el libro?
El zombie que plantea Brooks es genial: Volvemos a los orígenes. Hablamos nuevamente de un ser en descomposición, un ente putrefacto incapaz de correr, que se arrastra lentamente pero que es precisamente lo que lo hace aterrador, camina lento pero no se detiene ante nada, es una máquina imparable, incapaz de sentir miedo, ambición o cansancio; un engendro que se guía sólo por su hambre insaciable y que cada vez crece más en número haciéndose más y más fuerte.

Y sin embargo, esto no es lo más aterrador del libro. No sólo existe la amenaza de los muertos vivientes, sino de los vivos con el alma muerta. Durante todos los testimonios se ven actos de egoísmo, asesinato, corrupción y odio por parte de los sobrevivientes pero al mismo tiempo se ven también actos generosos, de sacrificio y amor, capturando muy bien la esencia del ser humano.

Otro detalle que me ha gustado del libro es la habilidad que tiene para reflejar los conflictos del mundo actual. No sólo ha sabido jugar con conflictos como los existentes entre los Estados Unidos y China, el mundo árabe con Israel o las coreas sino que ha incluido dentro de sus relatos a personajes tan emblemáticos como Nelson Mandela y la reina Isabel II (los nombre son cambiados pero uno los reconoce) sino que también profetizó la llegada de un presidente negro a la nación más importante del mundo (el libro es del 2006 y Obama fue presidente en 2008)

En resumen, el libro me ha encantado. Max Brooks es capaz de sumergirnos en el apocalipsis zombie más real que haya leído jamás en un libro no solamente recomendado para los amantes de los muertos andantes sino de aquellos que diisfrutan de la buena literatura. Entonces los invito a ir por su kit antizombies y adentrarse a sus páginas.


Max Brooks, master of zombies,


martes, 23 de abril de 2013

De lo que esconde la oscuridad


Llego al mediodía al puerto de L, localizado en las fronteras del país, en el corazón de la selva. El calor es insoportable, y me paso por cuarta vez un pañuelo húmedo por la frente. Ha sido un largo viaje, primero por avión y luego en barco, navegando las turbulentas aguas del rio A.

Vista desde la capital, la misión  era sencilla: Se habían presentado quejas sobre ciertas irregularidades  en el campamento ubicado en la zona fronteriza: se reportaba  un  maltrato irregular hacia los prisioneros de guerra. Al acudir a  la oficina de mi superior  me informó que debía viajar y verificar que “todo estuviera en orden”. 

Mientras espero a mi contacto, me quito el saco y la corbata. Fue un error haber venido con ellas. Es el protocolo oficial, pero acá no vale de nada. El lugar está lleno de personas que me miran con miedo, curiosidad, que a duras penas hablan nuestro idioma, pero que han padecido de manera cruel una guerra que en poco o nada les concierne.

Al rato llega mi guía. Su uniforme está sucio y lleva la camisa por fuera; cuando ingrese al campamento veré que esa es la regla y no la excepción. No habla español, me presenta un papel con mi nombre; por medio de señas, me señala interrogándonos en silencio.

  Mi, Tarzán. Tú, Jane, pienso mientras sonrío de manera indulgente.

Asiento a su solicitud y empiezo a seguir a mi guía. El “pueblo” es apenas un grupo de construcciones mal hechas, ranchos levantados a base de cañas y barro, algunos destruidos y quemados por la guerra. La extensión total del territorio no es más grande que algunos barrios de la capital.

Antes de internarnos en el campamento debemos pasar por un sendero montañoso. Al hacerlo, el camino previo se desvanece, nuestra senda  se ve rodeada de una vegetación salvaje: el corazón de la selva, una oscuridad capaz de conducir a la locura en cuestión de segundos. Los árboles con sus ramas  nos impiden ver el cielo, muy pronto empiezan los sonidos. Ruidos que suenan de improviso, rechazando al intruso que entra sin permiso; gritos de animales desesperados; aves que baten con furia sus alas. De repente, oigo  un gemido, un grito que me sobrecoge el corazón.

Me dirijo al guía, no me oye hasta que lo sacudo por los hombros. Intento expresarme por señas, pero me indica que, aun así, no me entiende. Mentira. He visto rostros como el suyo demasiadas veces, en otras guerras. Me engaña. Pero no por orgullo, ni por maldad, sino por miedo. Conozco el miedo, lo he visto en rostros de víctimas, hombres mutilados y mujeres violadas. Dejo que el hombre se escape de mis manos y continúe guiándome, preguntándome qué  es capaz de asustar de tal manera a un soldado profesional.

Llegamos a la base. Es, sin duda, la mejor construcción del lugar, la única de cemento. Pasamos por medio de varios soldados que están almorzando. Me miran asombrados como si estuvieran contemplando una atracción de circo. Finalmente, llegamos donde el capitán y líder del escuadrón.

En él  predominan los rasgos indígenas; es bajo, de mirada desconfiada y olor fuerte. Me saluda. Su voz es delicada, y las palabras son entrecortadas como si fuera una especie de telégrafo humano. Parece uno de esos indios de las películas de vaqueros o quizá un niño, Me da a entender que debo descansar, he tenido un viaje agotador, la noche de la selva no es apta para los forasteros y mañana hablaremos. Acepto sin reticencias, es tal mi agotamiento.

Una vez en mi cuarto, doy vueltas en mi cama una y otra vez, el maldito calor no me deja conciliar el sueño, pero es tanto el cansancio que caigo en periodos de inconsciencia y empiezo a mezclar lo real con las pesadillas. Me parece escuchar gritos iguales a los que oí cuando me dirigía hacia acá. Los árboles se  lamentan;  la selva entera lo hace. Me siento observado, pero soy incapaz de abrir los ojos, caminan hacia mí. Nuevos ruidos, más fuertes, más desesperados. No son sonidos de personas que se encaminan a la muerte, sino de quienes les aguarda un destino peor. Veo a mi hija que avanza hacia mí, pero a cada paso que da se le desprende un pedazo de su cuerpo, ora un ojo, ora una pierna, hasta que se mueve sobre su vientre arrastrándose  hacía mí, dejando una estela de sangre en el suelo.  Me despierto llorando con la inevitable sensación de ser vigilado por miles de ojos invisibles.

Tan pronto amanece comienzo la rutina de rigor. Hablo con el capitán, los tenientes y los soldados rasos. Las condiciones de la tropa son insalubres. En el informe  presentado  ante La Comisión, reporto que las condiciones del batallón  son de tal calibre que lo hombres morían más por  heridas mal cuidadas que se convierten en infecciones que por las heridas per se. En uno de los cuartos veo hombres cubiertos de vendas sucias y malolientes, fumando un cigarrillo mientras matan moscos gigantes.

Finalmente, me dejo de preliminares y le pregunto al capitán por los prisioneros; me conduce a un campo al aire libre donde están encerrados en una especie de jaula rural cercada por alambres de púas. Son condiciones infrahumanas y degradantes, pero he visto cosas mucho peores, no puedo creer que me hayan enviado hasta los confines de la nación solo para esto. 

¿Habrá algo más?

Interrogo al capitán con dureza. Lo regaño por el trato hacia el enemigo, no entiende de qué le hablo, no sabe nada de derechos humanos. Responde que esos eran enemigos y ahora le pertenecen a la Diosa-que-devora. Le pregunto a qué se refiere, y el hombre divaga, me dice que uno de los prisioneros llegó con una herida en el vientre y  empezó a vomitar bilis negra a la vez que se volvía más agresivo a medida que moría.

“En ese momento lo comprendí —me dice el capitán—, ese prisionero era un regalo que nos hacía la Diosa-que-devora. Cuando pequeño, mi abuelo me contaba historias sobre  los hijos de la diosa maldita, sus sirvientes,  que regresaban de la muerte. No podíamos acabar con el preso por miedo a ser castigados por ella, y llegué a la conclusión que  habíamos sido bendecidos con ese obsequio”.

No entiendo lo que me dice, concluyo que se trata de charlatanería indígena. Exijo saber qué le hace a los prisioneros. Me responde que la hora de la ofrenda es por la noche y que puedo asistir si así lo deseo. Le exijo que me responda. El hombre se niega. Alzo la voz y lo amenazo con reportar su indisciplina. Él hace una señal y al instante tengo a tres soldados que me apuntan con metralletas. El capitán dice que  seré escoltado a mi cuarto hasta la hora del sacrificio. Estoy a merced de este orate, y mientras una voz me suplica que escape del lugar, otra menos cuerda está impaciente por ver en qué consiste la ofrenda.

Llega la noche. El capitán me recoge en la habitación y me trata con extraña cortesía sin mencionar una palabra sobre el arresto. Somos escoltados por varios hombres y nos dirigimos hacia donde están los prisioneros. Allá están: pálidos, desnutridos, enfermos, pero tan pronto ven que nos acercamos empiezan a gritar, a pedir clemencia, a defenderse como bestias. Cinco soldados entran a la jaula y cogen al azar a uno de ellos. El hombre se resiste, tira puñetazos y patadas, se revuelca como un demonio cuando es atrapado. Es tal su resistencia que los oficiales sacan sus porras y lo golpean hasta que se convierte en una mancha sanguinolenta, desagradable e inconsciente, arrastrada ante los lamentos de sus compañeros.

Acto seguido, soy conducido hasta una multitud. Todos los soldados del batallón se encuentran rodeando un espacio. Al abrirme paso, veo un pozo de enormes dimensiones del que a duras penas se ve el fondo. Los soldados toman aguardiente, fuman y se respira un ambiente festivo.  El prisionero despierta y empieza a llorar, a pedir piedad; habla en español, pero en una jerga tan rápida que no le entiendo. Solo comprendo pocas palabras: “Dios mío”, “Piedad”  y “Mátenme aquí”.

El hombre es amarrado por la cintura y, antes de empezar su descenso, le entregan una pistola. El hombre empieza a temblar, se agarra del capitán, quien le escupe y lo separa una vez más. Lo bajan por el pozo, lentamente, y las voces suplicantes del hombre son sepultadas por  las risas grotescas de los soldados.

El capitán me pide que me acerque. Estoy casi al borde del pozo y veo que el hombre finalmente ha tocado el suelo. Tan pronto lo hace, se escuchan lamentos terribles que nacen de las sombras de aquella fosa-prisión. Algo se despierta y, aunque no lo veo, sé que empieza a dirigirse hacia el pobre tipo. Tengo miedo por el prisionero, por lo que acecha en las sombras. Vuelvo a ser el niño que le teme a la oscuridad.

El infeliz toma su pistola y empieza a disparar a lo desconocido, una, dos, tres veces. Se escuchan caer varios cuerpos, pero otros siguen su marcha inexorable, sus pasos sobre la fría losa, ese tap, tap, tap, lento y torpe pero seguro. Finalmente, se le acaban las balas, desesperado, arroja su arma contra sus atacantes. Se acurruca y empieza a llorar.

Nuestros hombres no se compadecen de su suerte, al contrario, empiezan a lanzarle frutas podridas, escupitajos,  a insultarlo, a llamarlo cobarde, poco hombre. Al parecer, esta vez el espectáculo no ha sido tan divertido como en otras oportunidades. Presumo que otros condenados se han aferrado con mayor fuerza a la vida y han luchado hasta el final.

El rincón donde está nuestro hombre es iluminado débilmente con la luz de la luna siendo apenas visible para mí. Aun así, me inclino con mórbida curiosidad para poder ver lo que se oculta en la noche mientras los rugidos de sus criaturas continúan.

Tap. Tap. Tap. Taptap. Taptap. Taptaptaptap

Finalmente veo a uno de los seres. Es un cuerpo humano. No, exagero con lo de humano. Es casi un esqueleto con poca carne putrefacta a su alrededor que gime de placer mientras se acerca al prisionero. Este, al verse frente a la muerte, recupera el coraje perdido e intenta defenderse causando regocijo entre los soldados. Para su mala suerte, otras dos criaturas salen de las sombras. Al igual que su antecesor, parecen leprosos o muertos vivientes, y aún conservan jirones  de sus uniformes de prisioneros de guerra.  Los entes, por su parte, emiten unos sonidos aterradores de deleite. Tienen hambre, mucha hambre. Se abalanzan sobre el pobre hombre que nada puede hacer ante la acometida. Horrorizado, contemplo cómo le devoran; el brazo, las piernas. Ellos no tienen piedad con su antiguo camarada, que es consciente de verse devorado hasta que, afortunadamente, pierde el control y se desmaya. No se despertará más. Los seres siguen con el festín hasta que han arrancado la mayoría de la piel del nuevo cadáver y se retiran de nuevo a sus rincones. Si le entendí bien al capitán, el reciente sacrificio a la Diosa-que-devora pronto volverá de  la muerte y se unirá a la horda a la espera de un nuevo invitado al pozo.

En ocasiones, al dormir, tengo pesadillas. En ellas soy yo quien se encuentra en el pozo rodeado de engendros que se acercan —taptaptap—  para devorarme. Al levantar la vista me encuentro rodeado de soldados y rostros conocidos, que se burlan de mi infortunio y me insultan. Despierto y pienso no solamente en ese espectáculo degradante de muertos vivientes dentro del pozo y vivos con el alma muerta fuera de él, sino en todas las acciones que he visto en tiempos de paz y de guerra. Me quedo un largo tiempo sentado al borde de la cama, intentando ver más allá de la oscuridad, luego de lo cual intento dormir. Pero no lo consigo.



domingo, 10 de febrero de 2013

Zombkill


Un cuadro nos observa. Es una parodia del poster del Tío Sam invitando a la gente a unirse a la armada con su famoso ‘I want you’, sólo que esta vez es el rostro de un ser deforme y en carne viva quien nos señala con un dedo putrefacto mientras parece esbozar una sonrisa descompuesta, a la vez que el lema ha sido ligeramente cambiado por ‘I want eat you’.

Es el único detalle que desentona con la elegante decoración de la sala de espera. Mi padre ha perdido la paciencia: Llevamos dos horas aguardando y la secretaria, severa y desdeñosa, ha dicho que esperemos mientras el gerente prepara los últimos detalles. Por mi parte me aburro como una ostra, hoy cumplo veintiún años y debería estar celebrando con mis amigos y no en este lugar alejado de la civilización, donde ni siquiera sé por qué diablos hemos venido
.
Mi progenitor termina su segunda cajetilla de cigarrillos y se aclara la garganta de manera estruendosa queriendo llamar la atención de la secretaria, quien lo ignora una vez más. En parte lo comprendo, el vuelo fue agotador, el avión se demoró aproximadamente siete horas en llegar a esta isla olvidada por dios.

Mientras me pregunto por enésima vez qué hacemos acá, se abre la puerta principal: De su interior sale un hombre de mediana edad y pulcra vestimenta. Abraza a papá, le tiende la mano a Hans y Christopher, nuestros acompañantes, y me observa con curiosidad.

   ¿Así qué éste es el joven heredero? —dice mientras me saluda.

   En efecto, querido amigo. Es mi único hijo —responde mi padre con orgullo—. Hoy está cumpliendo la mayoría de edad y pensé que no podía darle mejor regalo que traerlo a tu isla.

   No podías haber hecho una mejor elección para iniciarlo como un hombre —responde mientras se ilumina su rostro—. Dime —dice dirigiéndose a mí— ¿Crees en zombies?

   Sólo los de la televisión y los videojuegos —respondo confundido preguntándome si escuché bien. ¿Dijo zombies?

Los dos hombres se observan a los ojos en un silencio solemne, casi ceremonial, luego de lo cual prorrumpen en estridentes carcajadas. Mi padre tiene que sacarse un pañuelo para enjugarse las lágrimas mientras me imita de manera patética.

   Perdónalo, Landa —retoma él—, como podrás darte cuenta, nunca le he contado del tema. Como sé que te gusta hablar hasta por los codos, estaba esperando que fueras tú quien le diera una pequeña inducción a Michel.

   Claro, claro, no hay ningún problema. Pero qué descortés de mi parte, no los he invitado a seguir —dice mientras extiende su brazo y abre la puerta de su despacho—, si tienen la bondad, caballeros.

La oficina es gigantesca. La luz se filtra de manera tenue por un grueso vidrio a través del que se observa un océano infinitamente azul. Al interior se observan unas especies de sarcófagos de cristal con momias disecadas. En su despacho, al lado de una foto donde Landa posa junto a una hermosa mujer y tres niños, se encuentra un cráneo encerrado en una urna cuidada con esmero.

El hombre hace pasar a la secretaria que viene con bebidas energizantes, jugos y comida liviana. Ahora que lo pienso, no hay ninguna bebida alcohólica tan característica en este tipo de encuentros y tan típica de mi papá. Landa propone un brindis en mi honor. Luego de beber, mira con cariño el cráneo y se dirige hacia nosotros.  

   No existe lo imposible, tan sólo lo no descubierto. Piensen que el hombre ha logrado lo impensable: Hemos logrado surcar el cielo como las aves, sumergirnos en el mar como  peces e incluso hemos ido al espacio. Lo importante es cuestionarse, indagar. Todo se reduce a preguntar, a un ¿‘Y sí…’?: ¿Y si pudiéramos crear luz artificial? ¿Y si pudiéramos conectar al mundo entero de manera virtual?  ¿Y si pudiéramos vencer a la muerte?  Ese fue mi punto de partida: Los organismos no somos más que una maquinaria que deja de funcionar al momento de morir. ¿Y si pudiéramos conseguir reanimar los órganos después del deceso?

   ¿Y qué pasa con el alma?   pregunto.

   Los cuerpos reanimados son simples envoltorios. No tienen recuerdos, ni voluntad, simplemente deambulan sin hacerle daño a nadie. Sin embargo, logré moldearlos a mi gusto, modificarlos para que sientan hambre constantemente, un apetito insaciable por la carne humana. Había creado zombies. Ahora bien, ¿para qué puede servir un muerto viviente? No tengo ambiciones de conquistador, simplemente quise demostrar que podía derrotar a la muerte.

   Jugar a ser dios.

  Con un poco de curiosidad y recursos, cualquiera puede ser dios. Con mi descubrimiento decidí instalarme en esta isla y comunicarle mi hallazgo a gente selecta, que pudiera apreciarla y no fuera a decir nada en el mundo exterior.

   ¿Con qué propósito? pregunto.

    ¿Le gustan las corridas de toros? antes de que pueda contestarle prosigue—.  Desde siempre, el ser humano ha sentido una atracción por la destrucción, por ejercer la muerte. Pregúntese por el éxito del Coliseo romano, las peleas de gallos, los combates a muerte, la cacería. La guerra es sólo la extensión de ese deseo primitivo que tiene el hombre por asesinar.  Yo puedo brindar esa experiencia, sin lastimar a ningún ser vivo, fue con este ideal que creé esta empresa, Zombkill.

   ¡Pero los zombies alguna vez fueron humanos! protesto.

   Es cierto. Pero los cuerpos que uso han sido comprados a enfermos terminales, sentenciados a muerte y soldados antes de su fallecimiento a un precio muy elevado. Dígame ¿qué diferencia existe en convertirse en uno de mis zombies a ser devorado por los gusanos o cremado en un horno?

Al ver que era incapaz de argumentarle, el hombre sigue hablando.

   Lo que hago es ofrecer nuevas emociones a quien pueda pagar por ellas. Es cierto, cobro un precio muy elevado, inaccesible para el 90% de la población, pero ésta es una experiencia que no se olvidará el resto de la vida.

   Basta de cháchara interrumpe mi padre—,  esto no se puede describir con palabras. Vámonos a preparar, estoy ansioso por comenzar.

   Me parece adecuado dice Landa sin inmutarse. Al ser ésta la primera vez del muchacho, creo que lo ideal es preparar a los sujetos tipo A1  y darle armamento especializado. Dime ¿Dónde preferirías que saliéramos de cacería? ¿Un laboratorio? ¿Una ciudad abandonada? ¿La playa? ¿El desierto? ¿Un cementerio? ¿Una casa de campo?

Pienso en todas las revistas, los programas de televisión, los comics y las películas que he visto de los muertos vivientes, y no puedo evitar emocionarme al sentirme como alguno de  los protagonistas principales enfrentando heroicamente a una horda de monstruos sedientos de sangre. Este pensamiento vence mis pocas reticencias morales.

La ciudad abandonada, respondo sin dudarlo.

Nos retiramos de la oficina y vamos a un sótano para prepararnos. Mientras nos cambiamos, mi padre me dice que de acuerdo a la experiencia del cliente, se preparan a las bestias. Por ser un novato han alistado a los zombies tipo A1, lentos y torpes. No puedo evitar sentirme como un idiota, mi padre se da cuenta y me dice que no me preocupe, que a medida que regrese iré adquiriendo más destreza y podré aumentar el nivel de la partida.

Me dan armamento y en una hora me enseñan a manejarlo apropiadamente. Landa me dice que no hay que temer: Aparte de Hans, Christopher y mi padre, tres empleados de Zombkill estarán conmigo durante la cacería para provisionarme de municiones y protegerme en caso de que algo salga mal. Me informa además que, al ser ellos muertos reanimados, no hay riesgo de ser contagiados por una mordida o una herida, pero que sin embargo hay que tener cuidado, pues una vez un monstruo prueba la sangre no parará hasta haber terminado con su presa.

Nos montamos en un jeep que nos conduce por calles pedregosas, hasta que llegamos a un simulacro de ciudad. Quedo impresionado: Es una réplica exacta del centro de Nueva York. El vehículo se desplaza por las calles hasta llegar a una avenida donde nos dice que debemos bajarnos.

Los recojo en una hora dice el conductor, un gringo alto y fornido quien antes de alejarse se dirige a mí —  Happy birthday, kiddo; no podrían haberte dado un mejor regalo. Disfrútalo. 

 Nos acomodamos y sacamos las armas a la espera de la acometida. No han pasado diez minutos cuando, a lo lejos, empiezan a sonar gruñidos, una especie de lamentos y quejidos sobrecogedores capaz de dejar sin habla al hombre más locuaz. Los ruidos no provienen de una dirección en particular sino que como un eco se repite por  todos los alrededores. 

Empiezo a sudar y el arma se me resbala de las manos, al recogerla veo el rostro del resto de mis compañeros: Lucen aburridos, como un cazador cuando va tras una presa demasiado débil. Mi padre incluso se fuma otro cigarrillo mientras espera.

Finalmente aparecen. Vienen de todos lados: Lentos, putrefactos, hediondos. Se dirigen hacia nosotros intentando infundir temor pero inspiran más  lástima que otra cosa: Gimen, lloran y se agitan; gritan, se revuelven e intentan apresurar el paso pero de manera inútil pues biológicamente no son capaces. Los más osados, quienes van más rápido a pesar de sus limitaciones sufren horribles mutilaciones y pedazos de sus piernas empiezan a desprenderse de ellos como si fueran leprosos.

El grupo no se separa pero ninguno de los hombres se atreve a disparar contra la horda de muertos vivientes. Me reservan el honor de iniciar la cacería. Observo a una de las bestias: Es una mujer, el despojo de lo que antes fuera un ser humano; su boca seca emite un gemido de dolor mientras me observa e intenta alcanzarme. Apunto directo a la cabeza. Dudo. No soy capaz de disparar. La mujer avanza. Lanza un nuevo quejido. Miro nuevamente. Me parece que una lágrima se desliza por uno de sus ojos pestilentes. Debo liberarla de ese peso. Disparo.

El tiro es efectivo. La bala entra por su ojo y le atraviesa los sesos a toda velocidad. La criatura se desploma al instante. Esa es la señal, todos mis acompañantes se abalanzan sobre sus presas. Al ser una partida del tipo fácil, todos, a excepción de los empleados que deben velar por mi seguridad, han escogido armas de corto alcance. Mi padre ha elegido una bayoneta, similar a la que usaba en la Primera Guerra Mundial; Hans, un hacha, y Christopher una especie de pica.

Se acerca otro de los zombies. Ahora es una cuestión de supervivencia: Él o yo. No lo dudo un segundo, le vuelo la cabeza. Luego veo una niña sin ojos, que grita y gime pidiendo que le dé el descanso eterno, la complazco. Al cabo de unos minutos, contemplo horrorizado que no sólo me desenvuelvo muy bien sino que estoy disfrutando del espectáculo.

Contemplo el escenario, es una carnicería: Los muertos vivientes no se pueden defender, son demasiado torpes y siguen llegando en manada, sin importar las bajas sufridas. Disparo una  y otra vez, caen como moscas, de refilón miro a mi padre, nunca lo había visto tan exultante, tan lleno de vida, cada vez que destaza a un nuevo zombie sonríe como no lo hacía en años. Hans y Christopher cumplen su labor de manera metódica, eficiente, trabajando en tal armonía como si estuvieran bailando ballet; a través de sus movimientos silenciosos, de su interacción, comprendo lo bien que la están pasando y como muchas veces las emociones más intensas son incapaces de traducirse en palabras sino en pequeños gestos.

¿Y yo? He vencido mis prejuicios morales. Ya no busco liberar a esos pobres cuerpos resucitados genéticamente para la diversión de su castigo, ni se trata simplemente de una cuestión de supervivencia. Es simplemente placer. El placer de matar, de sentir el poder en mi cuerpo, en mis armas, de eliminar algo una y otra vez sin remordimientos. Nada puede asemejar esa sensación de sangre, de fuego y  exterminio. Soy hijo de la muerte y la locura. Y me encanta.




miércoles, 31 de octubre de 2012

La voz de los muertos


Mi regalo de Halloween. ¡Espero les guste!

TuLio

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La voz de los muertos

La primera vez que Jean Paul escuchó la voz de los muertos, llovía. Eso sería lo primero en lo que pensaría los años venideros cuando recordara aquel día: las gotas que resbalaban por el vidrio de la funeraria. Era una lluvia silenciosa, sin rayos ni truenos, ni siquiera ventisca, sólo el sonido del agua estrellándose contra el suelo.

Adentro habían figuras vestidas de negro, seres casi fantasmales que se comunicaban por medio de susurros. Jean Paul los ignoraba y se concentraba únicamente en la ventana y el agua. No le gustaban los adultos ni los ruidos que causaban al hablar. De repente, sintió unas manos que se posaron sobre sus hombros y una voz  dijo: “Ve a despedir a tu tío Gideon”. El pequeño empezó a avanzar hacia el féretro, mientras los asistentes conmovidos empezaron a apartarse en dos hileras hasta que estuvo frente al ataúd.

Tuvo que empinarse para ver el cadáver. El rostro del anciano era pacífico, como si estuviera dormido. El niño lo contempló y le tocó una mejilla. Estaba fría. Iba a retirarse cuando escuchó una voz que procedía del difunto, más que una voz era un gesto desesperado, un chillido similar al de un cerdo, un estribillo que repetía una y otra vez “Devuélveme la vida”  “¡Revíveme!”

Jeannette vio que su hijo miraba petrificado el cadáver. Era muy pequeño aún, no tenía seis años, tal vez había sido una imprudencia llevarlo al funeral. Lo llamó: ‘Jean Paul ven aquí’, el niño dejó de observar el cuerpo del viejo y fue a reunirse con su madre.

A partir de ese momento empezó a escuchar esa voz más a menudo, con mayor claridad. Los muertos sólo querían ser revividos, el otro mundo les parecía muy aburrido. Él intentaba hablar con ellos, pero no era escuchado y solo recibía como contestación: Déjanos volver, déjanos volver.

Alguna vez estando con su padre en la sala le confesó lo que le ocurría.

—Papá ¿Las personas pueden regresar de la muerte?

—¿Por qué lo preguntas? —le respondió Francois Morteau a su hijo.

— Hoy en el colegio vimos cómo Jesús resucitó a Lázaro que había muerto. Se paró frente a la tumba y ordenó ‘Lázaro levántate’ y él volvió de entre los muertos.

—Hijo, esas historias de la Biblia no hay que tomarlas tan en serio, cuando alguien muere se va para siempre.

—¿Entonces por qué los escucho?

—¿Qué cosa?

— La voz de los muertos… Me hablan todo el tiempo, a todas horas. Quieren que los traiga de regreso, que me haga frente a sus tumbas y les grite “Levántense” para que puedan volver.

—¡Basta! —gritó su padre furioso. ¡Nadie puede volver de entre los muertos! ¡Lázaro no existió y no quiero volver a oír de ese tema, jamás! ¡JAMÁS!

Jean Paul nunca había  visto tan enojado a su padre: manoteaba y gritaba como si estuviera peleando con alguien más: “¡Vete a dormir ya!” le ordenó finalmente.

Cuando su hijo subió al cuarto, Francois se sirvió un vaso de whisky. Mientras tomaba empezó a maldecir su suerte. Pensó en su padre que había muerto antes del nacimiento de Jean Paul. “Puedes negar lo que eres, pero el vudú corre en tus venas y en la de tu descendencia”, le había dicho en su lecho de muerte.



Haití es una tierra de magia y hechicería, él se había criado en ese entorno y lo odiaba. Su padre había sido un bokor, un hechicero del vudú, había intentado que Francois siguiera sus pasos, pero él había huido de su casa y refugiado en los libros y la ciencia para escapar de ese mundo siniestro y pagano.

Ahora era un respetado y exitoso profesor universitario, pero en ocasiones, soñaba que los cadáveres salían de sus tumbas e iban a verlo dormir intentando comunicarse, pero él no entendía sus palabras y sólo se despertaba cuando sus putrefactas manos rozaban su rostro.

Después de bogar cuatro vasos de licor se tranquilizó. Ellos no resucitan, el que su padre afirmara que podía despertarlos era simplemente un reflejo de su mente enferma; por otro lado, Jean Paul, seguramente había quedado impresionado con  la historia de Lázaro y había inventado el resto.

‘El vudú corre por tu sangre y la de tu descendencia’ le silbó el viento. ‘Cállate viejo’ respondió en voz alta ‘no puedes volver, nadie puede’.

Por un tiempo todo pareció marchar bien. Jean Paul no volvió a hablar del tema y Francois fue ascendido a vicerrector en la universidad. Jeanette  aumentó la felicidad de la familia al anunciar que estaba embarazada.

Pero la felicidad no dura para siempre, la vida es como una montaña rusa que nos depara de manera frenética momentos alegres y tristes. Cuando pensamos que no hay una salida vemos la luz al final del túnel y cuando creemos que no podemos ser más felices  llega una desgracia que nos hunde en la más profunda  depresión.

Esto lo comprobó Francois una calurosa tarde de abril.

Había sido un día difícil en la universidad. El decano de la facultad de medicina había pedido permiso para ausentarse cinco  días.

—Pero Michel —le había dicho— estamos en época de parciales ¿Qué ha pasado?

—Acaba de morir mi abuela Gertrude.

—Lo siento mucho.

—No lo hagas, ya estaba muy vieja y enferma. Te confieso que ha sido un alivio que lo hiciera.

—¡Michel! —exclamó indignado Francois.

— A ti no te puedo mentir, ella ya no fue la mujer que me crió.

—Si es así ¿Para qué me pides cinco días de licencia?

—Necesito prepararla.

—¿Prepararla?

—Sí.  Debemos velarla hasta que su cuerpo se pudra y luego enterrarla en el patio de nuestra casa para evitar que vengan por ella.

—¿Y quién va a venir? —preguntó sospechando la respuesta.

—Un bokor para despertarla y esclavizarla —dijo Michel como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Sintió la respuesta como una bofetada en la cara.

—¿Cómo es posible que creas en esos cuentos? ¡Eres un médico, por el amor de dios y estamos ya en pleno siglo XX!

—Algunos cuentos son reales profesor —respondió el decano—. Haití es la tierra en donde los muertos caminan. He visto cosas que no creería a menos que las experimentara; el poder de los bokor es cierto y los zombis son tan reales como usted o yo.

Finalmente había accedido de mala gana a darle esos días de licencia a su decano.  Pensó que más que regaños necesitaba comprensión, no todos los días se le  muere a uno la abuela.

Meditando sobre ese asunto llegó a casa. Al llegar a la puerta vio varias plumas y sangre en el piso y en la puerta. Lo primero que pensó fue en su esposa embarazada, ‘Jeanette’ gritó mientras buscaba a toda velocidad las llaves.

Entró y llamó de nuevo a su esposa. Nadie respondió. Corrió hacia el patio trasero con el corazón en la boca, mientras creía ver a su mujer muerta, a su bebé nonato muerto, a su padre riendo, pero cuando  llegó contempló una escena que nunca hubiera imaginado.

Su hijo estaba en la mitad del patio con un perro muerto en su regazo. El animal que sangraba por las heridas ocasionadas por un cuchillo se movía de manera espasmódica en una larga agonía. A su alrededor y acomodados de manera circular, había varios pájaros muertos. 

Francois estaba aterrorizado, aun no podía creer que el niño hubiera matado a esos animales.

— ¡Jean Paul! ¿Qué has hecho, hijo?

—Estoy liberando a los animales —respondió con un tono de orgullo en su voz.

—¿Liberándolos de qué?

—De vivir. Del peso de la vida…cuando vuelvan serán diferentes.

Fueron esas palabras las que convirtieron el miedo de Francois en ira.  Miró al niño, diablos, como se parecía a su padre…atravesó a zancadas el patio y empezó a golpearlo una y otra y otra vez.

Si no me detengo lo voy a matar pensó en el éxtasis de su violencia ¿Pero no sería, a la larga, lo mejor?  Ese niño está perdido y lo sabes. Ya no es tu hijo, le pertenece al vudú,  al maldito vudú.

Fue Jeannette quien  detuvo la situación separando  a su esposo de su hijo. Cuando sintió el tibio brazo de la mujer, Francois fue consciente de lo que estaba haciendo, soltó al niño y se alejó del patio.

Ella se encargó de recoger al pequeño, limpiarle las heridas, curarlo y acompañarlo a dormir. Una vez en el cuarto habló con él.

—Debes perdonar a papá, a pesar de todo te ama, lo sé.

—No los soporto— respondió él.

—¿Qué cosa cariño?

—A los vivos.

Ella miró al niño. Era un ser extraño y anodino que ya no le pertenecía. Su hijo nunca más volvería, pero a pesar de todo seguía siendo su madre y aún lo amaba, lo besó y abrazó.

A partir de ese día, la relación entre padre e hijo cambió para siempre. A duras penas se hablaban. Cuando Francois miraba los ojos de su hijo no veía a su niño a quien había amado, sino los ecos de un mundo que quería dejar atrás; no lo odiaba pero le temía. Mucho.

Maurice Morteau, el segundo hijo del matrimonio de Francois y Jeannette, vino al mundo el 19 de julio de 1970, nació pesando 4 kilos con una estatura de 55 centímetros y con fuertes pulmones como pudieron comprobar los afortunados padres las primeras noches, cuando el bebé rugía exigiendo cambio de pañales o alimento.

Francois no podía estar más orgulloso  de su nuevo hijo. Casi todas las noches iba hasta su cuna y lo veía dormir. Le fascinaba escuchar su débil respiración y sentir el olor de su cuerpecito, era la más hermosa criatura de todas. No podía dejar de referirse a él como un angelito de ébano.

Jean Paul no había querido ver al bebé. Cuando sus padres regresaron del hospital, se mantuvo alejado de ellos; lo miraba de reojo. Cuando su mamá le preguntó qué opinaba de su hermanito, respondió, ‘No me gusta. Hace demasiado ruido’.

A su padre no le agradaba este comportamiento de su primogénito hacía el bebé. No soportaba verlo cerca de él, de esa manera tan silenciosa y furtiva como si fuera una criatura nocturna, inclusive llegó a temer que le hiciera algo a su hermano.

Pero a pesar de todo, amaba mucho a su hijo y le dolía mucho esta situación. Intentó, a pesar de su temor, acercarse nuevamente a Jean Paul, pero él había creado un muro infranqueable. Quiso por lo menos que el niño dejara sus pensamientos de muerte y soledad y lo envió donde varios psicólogos quienes siempre le diagnosticaban ‘psicosis infantil’  y rehusaban trabajar con él.

Una noche, seis meses después del nacimiento de Maurice, Jeanette recibió una llamada de su casa: Su madre tenía un nuevo ataque y ella debía ir a cuidarla.

Le preguntó a su esposo si podía encargarse del ángel de ébano mientras estaba por fuera. A pesar de su respuesta afirmativa, ella dudó, y no porque dudara que su marido podría cuidar de bebé Maurice, sino porque su instinto femenino le hablaba de –muerte— cosas malas que le podían pasar a su hermoso niño si lo abandonaba, por desgracia prevaleció la voz racional que la instaba en confiar en su hombre e ir a brazos de su progenitora.

El orgulloso padre veía nuevamente a su bebé dormir. Qué feliz se sentía al admirarlo. Mientras lo contemplaba, pensaba que nunca en su vida había hecho algo tan hermoso, su hijo era una obra de arte, ese fue su último pensamiento antes de quedarse dormido. Esa noche soñó con los muertos, pero en esta oportunidad no lo visitaban a él sino que estaban situados frente a Maurice. Al verlos, el bebé hacía gorgoritos y sonreía. Uno de ellos, una sombra, lo levantó de su cuna y le arrancó una mejilla de un mordisco, el llanto de Maurice fue sofocado por el aullido de los muertos que lo devoraban. Cuando Francois se levantó del sillón, los muertos se apartaron de la cuna y  cuando  se asomó, su hijo ya no estaba en ella, sólo había una mancha de sangre.




Despertó sobresaltado, llorando. Lo primero que hizo al abrir los ojos fue buscar al bebé para verificar que estuviera bien, lo que encontró fue peor que mil pesadillas: la cuna estaba vacía. Fue al cuarto de Jean Paul sabiendo desde antes de abrir la puerta que él ya no estaba allí. Salió de la casa desesperado. Hacía una noche fría con un viento que helaba los huesos. No sabía a ciencia cierta a dónde dirigirse pero sus pies empezaron a moverse por sí solos.

Se adentró en el bosque que quedaba adyacente a la casa. Mientras corría sin rumbo fijo, le parecía escucha en el viento la risa de los difuntos que se burlaban de él. Al fin llegó a un claro al final del camino y se encontró con su destino.

Jean Paul tenía a su hermanito acostado en una especie de losa, a su lado había un cuchillo que Francois no supo si había sido usado aún. Lo empujó con todas sus fuerzas y luego se dirigió hacia el bebé.

Había llegado demasiado tarde. Maurice había sido brutalmente apuñalado. Su pequeño cuerpo estaba ensangrentado y la losa teñida de sangre seca… por el amor del cielo ¿cuántas horas había dormido? Los ojos de su bebé estaban abiertos, él los cerró. Su carita ya estaba fría.

Se dirigió hacia Jean Paul, si antes se preguntaba si podría matar a su propia carne, ahora se preguntaba cuánto tardaría.

—Mataste a tu hermano —dijo sin rabia en la voz.

—Solo hice que se callara…cuando vuelva no llorará más…la voz me lo ha prometido.

—Eres un maldito, un enfermo ¿Cómo pudiste?— dijo dejándose arrastrar por la rabia y el dolor. Lo golpeó una y más veces mientras su hijo no hacía ningún esfuerzo por defenderse.

Jean Paul se levantó. Debía tener una o más costillas rotas, escupió un poco de sangre y gritó: ‘Maurice levántate’.

Mientras golpeaba a su hijo sentía que no sería capaz de matarlo pero ahora al verlo parodiando la escena de Lázaro, burlándose de sus creencias y de su pobre bebé muerto, sabía que debía eliminarlo de la faz de la tierra. Se acercó a él y empezó a estrangularlo.

No le importó que se hubiera desvanecido, seguía apretando su cuello y no lo soltaría hasta que escuchara su tráquea romperse. Antes de que eso ocurriera escuchó como un enorme peso cayó aparatosamente de la losa de sacrificio donde estaba el cadáver de su hijo.

Francois sabía que no era ningún animal lo que gateaba detrás de él. Soltó el cuerpo de su hijo mayor pero no fue capaz de voltearse para ver quién o qué se arrastraba hacia él. Recordó las palabras de Michel, ‘Haití es la tierra donde los muertos caminan’, o en este caso gatean pensó él con una triste sonrisa. Las hojas crujían al paso del gateo que se acercaba. Francois quería correr, gritar, por lo menos ser capaz de cerrar los ojos para no ver el horror que lo esperaba pero estaba completamente petrificado, incapaz de hacer nada.

Tan solo sintió cuando unas pequeñas, casi diminutas  manos cogieron su pie; no tuvo que agachar la cabeza para saber que un bebé con su mameluco ensangrentado y una mirada perdida lo observaba atentamente mientras decía su primera palabra:

— Papá.