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lunes, 25 de febrero de 2019

Saturnina

El bus de Flota Magdalena proveniente de la ciudad de Magangué llegó a la capital una noche de vientos helados. A pesar de no estar bien abrigado, el gigantesco  negro de casi dos metros, casi no se inmutó ante el frío. Al salir de la terminal prendió un puro mientras sacaba una hoja amarillenta y arrugada con un nombre escrito en una caligrafía casi inteligible: Saturnina Orozco y abajo una indicación, El Castillo de Don Andrés, Callejón de las putas.

El hombre alquiló un cuarto en una pensión de mala muerte, repleta de ladrones, semi indigentes, poetas y venezolanos. No pensaba quedarse mucho tiempo en la ciudad, antes de dormirse siguió fumándose el puro y tomando unas cuantas copas mientras se arrullaba con el sonido de las balaceras en el exterior.

Al día siguiente se levantó, desayunó una taza de café negro sin azúcar y se encaminó al Callejón de las Putas, ubicado en la zona de tolerancia de la ciudad. Nadie cuerdo se metería en ese lugar a plena luz del día sin la complicidad de la Policía que cuidaba esa cuadra desde el ocaso, momento en el que empezaba la jornada puteril.  El Castillo de Don Andrés hacía mucho tiempo había desaparecido. Don Andrés había sido apuñalado por una de sus ‘chicas’ favoritas, cuando se recuperó vendió el negocio y se fue para siempre. Sin embargo en uno de los locales se encontró con que su regente más conocida como Samanta La deliciosa, una  ex puta vieja y gorda decía haber conocido a Satu, como la llamaba.

En esos tiempos, Samanta todavía se llamaba Sara  y era una joven adolescente de diecisiete años que venía desde  Dosquebradas buscando fortuna. Cuando recién arrimó al Castillo, la estrella era Micaela o como le decían ‘La reina de Saba’, su piel oscura seducía a todos y era la joya del Castillo y protegida de Don Andrés; no era una prostituta del común y lo sabía. Pese a ello no tenía ínfulas de diva y se mostró solícita con Sara mostrándole todos los trucos para soportar la dura vida que había elegido. Al poco tiempo se habían hecho grandes amigas y no se separaban hasta cuando ella rompió la única regla que no podía quebrantarse: Se enamoró de un cliente. Del Edgardo poco se sabía más allá que era policía, antes de irse Saturnina le había dejado la dirección, por extraño que pareciera, a pesar de todos estos años en que nunca la visitó aún la conservaba por si él la quería.

La pericia del detective consiste en la insistencia y en conocer el momento exacto para indagar. Las balas y la acción pertenecían más al mundo de la televisión que otra cosa, en la vida real la verdadera virtud es esperar e ir de un lugar a otro como una veleta, observando como quien no quiere la cosa pero fijándose en los detalles y sabiendo qué preguntar. De la dirección que le dieron, la mujer y su esposo se habían mudado hacía muchos años, pero había una vecina que le dio una pieza más para completar el rompecabezas.

Porque siempre quedaba un hilillo de donde tirar, siempre aparecía una persona que no dejaba extinguir la llama de la existencia de una persona, por más malvados o insignificantes que nos creamos al final hemos dejado huella incluso en los lugares menos pensados.

Del apartamento en el centro de la ciudad a donde lo mandó Samanta La Deliciosa, fue a otros tres con resultados negativos, pero cada visita, cada persona que visitaba la ayudaba a crear un perfil más completo de Saturnina Orozco, aunque nadie tiene la verdad absoluta, tan solo ‘su verdad’, su propio reflejo de lo que había significado esa mujer que conocieron en algún momento de sus vidas.

Finalmente su búsqueda lo llevo al ancianato de un pequeño pueblo a unas dos horas  de Bogotá. Sabía que la mujer había terminado sola y desamparada, Edgardo, quien acaso fue la única persona que la amó de verdad había fallecido hacía ya varios años fruto de un aneurisma implacable que le quitó la vida en un parpadeo y ella prefirió vivir sus últimos años rodeados de otros viejos en vez de la soledad de una casa vacía.

El ancianato de Santa Mercedes era una casucha que albergaba  casi diez viejos. No era un sitio deplorable pero tampoco en el que uno se visualiza terminando su vida. Las enfermeras  recordaban a la mujer, la rodeaba una aura de tristeza dijeron, y no hablaba mucho aunque era amable con quien se le acercara, no como otros residentes que se volvían berrinchudos como si estuvieran viviendo una segunda niñez. Cuando preguntó donde estaba le dieron un papel y una dirección, al ver el nombre del lugar sabía que finalmente la había hallado.

Llegó al Cementerio del pueblo al ocaso, algunos grillos empezaban a hacer su característico ‘cri cri’. El lugar estaba desierto, no había ni siquiera un guardían que le dijera que debía marcharse a determinada hora. Sintió compasión por la soledad de los fantasmas en un lugar así. Con las indicaciones de las enfermeras pronto llegó a su destino: Una de las lápidas que estaba junto a un árbol decía Saturnina Orozco Correa y más abajo tan solo su año de defunción ‘2001’.

El hombre se quedó en silencio varios minutos contemplando la tumba. Había esperado toda su vida ese momento, tantas preguntas, aunque al final todo se reducía a un ‘por qué’ que en el fondo no servía de nada, ella solo lo había cargado siete meses y se había desecho de él como si fuera basura, tan solo era el semen de un cliente  en el coño de una puta, pero aún así había hecho ese viaje porque quería saber, quería comprender su origen.

Ya nada de eso tenía sentido. Contempló el polvo que carcomía la tumba, el nombre que casi se había difuminado, lo único que tenía de su madre era un nombre y la visión distorsionada de todas las personas que la conocieron, eso debía bastar. Sacó una petaca de su gabán, la había cargado durante todos sus viajes con la esperanza de encontrarla y compartirla con ella. Le echo un largo trago y sintió como el aguardiente quemaba su garganta y sus entrañas como si fuera una especie de líquido purificador, luego echó el resto de su contenido sobre la tumba de Saturnina y salió del cementerio para no volver jamás.





viernes, 23 de diciembre de 2011

La navidad de Noir (cuento navideño)


Mi regalo de navidad para todos ustedes.

Espero les guste.

Tm69

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La navidad de Noir


El vampiro echó la cabeza para atrás. La luz molesta y artificial –amarilla, mortecina- del transporte le irritaba los ojos. Se acomodó el sombrero y miró por la ventana: Afuera, la oscuridad parecía devorar la carretera.

Sonrió con ironía al pensar que ninguno de los vampiros glamurosos y delicados del cine o los libros se montaría jamás en un bus; pero él no era ningún Conde o Marques para ese tipo de elegancias; era simplemente un detective, un ‘reparador’ de cosas, o como le dijo alguna vez un demonio: “El encargado de untarse las manos de sangre en lugar de bebérsela”,

Estaba allí, en ese bus maloliente, rodeado de ganado humano y reprimiendo el instinto de lanzarse sobre esa niña que jugueteaba con una muñeca y lo miraba de reojo una y otra vez con curiosidad. No tendría ningún problema en matar al resto de los pasajeros para después posar sus labios en el cuello suave de la infante, sentir su olor delicioso, enloquecedor y hundir sus colmillos hasta saciarse con su pura y virginal sangre.

Pasó una mano sobre la comisura de los labios. Aún conservaba el mal sabor. Su última experiencia había sido un fiasco: Al final, había tenido que alimentarse de un viejo ebrio disfrazado de Papá Noel.  No tuvo que abalanzarse sobre él o hipnotizarlo pues el borracho estaba dormido, tirado en la calle. Lo único que había atinado hacer mientras bebían su sangre, fue roncar más fuerte y mover la mano como si fuera aplastar a un zancudo.

Noir recibió la bofetada del viejo y pensó seriamente en romperle el cuello, pero al ver su patética estampa, su aliento maloliente y su disfraz sucio con trazos de vomito seco, desistió de la idea. Vivir era, sin duda, un peor castigo para esa escoria.

La razón por la que terminó bebiendo de esa sangre fueron los interrogatorios. Se había demorado demasiado con un par de individuos que, para su desgracia, habían decidido guardar silencio sobre una información vital, lo que retraso la búsqueda de una mejor presa.
Si para Noir existía un mayor placer que obtener la información por la fuerza, no la conocía; ni siquiera la cacería le llamaba la atención: Después de tantos años  se  había convertido en rutina y finalmente todo se reducía a alimento. Pero la sensación de romper huesos, de percibir el terror de los sospechosos y arrancarles una confesión lo hacía sentirse vivo, por irónico que pudiera parecer.

Del techo del bus  empezó a sonar, a todo volumen, un villancico: Ruido disfónico, rimas sin sentido, estupidez sin pausa. La niña que estaba junto al vampiro, y quien no tendría más de cinco años, empezó a tararear la canción mientras aplaudía al son de la música.

La pequeña lucía radiante, tierna, delicioso receptáculo del líquido vital. Noir le acarició la cabecita, pasó un dedo frío por los labios y se detuvo en el cuello. Sintió cada gota de su sangre fluir como una cascada a través del torrente sanguíneo. Hizo un ademán de acercarse pero se sintió observado por lo que desistió de la idea. Podía matarlos a todos, pero no convenía, debía ahorrar energías para  el caso.

El villancico sonó con más fuerza.

“Odio la navidad”, pensó el vampiro.



Se bajó según las coordenadas en un lugar en medio de la nada. Prendió un cigarrillo y empezó a caminar a través de una carretera solitaria; aunque no corría, su movimiento era más rápido que el del más veloz de los humanos. Finalmente, vio a lo lejos, el  carro.

En el capó, acostado, había una figura que observaba las estrellas.

-Hola jefe –dijo el desconocido sin moverse.

-¿Qué información tienes?

El ser se incorporó y se dirigió a Noir,

-Tan pronto recibí su llamada llegué a este lugar y he estado examinándolo por una hora. Sin embargo, es muy extraño…

-Stephan –interrumpió Noir- ¿Qué demonios es eso?

-¿Esto? –dijo el ayudante mientras se tocaba la cabeza-. Es un gorro navideño, de Papa Noel. ¡Mire! Tiene mi nombre escrito con escarcha.

-Ya sé que es un gorro navideño, idiota. ¿Por qué te lo pones? Eres un hombre lobo.

-Debería dejar de ser tan gruñón jefe y contagiarse del espíritu ¡Me encanta esta época!

El detective puso los ojos en blanco. Prendió otro cigarrillo.

-¿Qué es lo extraño? –retomó.

-No pude percibir tantos zombies como creíamos…quizá no sean más de cincuenta, además son de clase tres, ya sabe lo débil que es esa escoria.

-No es mucho lo que pueda hacerse con un grupo de inútiles como ese...

-Debería informar a quien nos contrato que la amenaza es nula.

-No –respondió el vampiro- nos contrataron para un trabajo y lo vamos a terminar. Es lo mínimo después de venir hasta este lugar.

Noir desenfundó su arma, una de las míticas Stocker, una de las diez últimas que aún existían en el mundo. Por su parte, Stephan, desplegó sobre el capó, una colección de hermosos cuchillos. Siguiendo el llamado de su especie, prefería las armas blancas; sentir la cercanía del enemigo, el momento en el que arrebataba una vida. Escogió diez.

-Estamos en luna nueva y no tendrás toda tu fuerza ¿No hay problema?

-Para vencer a unos zombies clase tres no necesito la ayuda de la luna, además estuve viendo unos movimientos buenísimos en una peli de Bruce Lee. Voy a aplicarlos.

-Ya veremos –dijo Noir mientras sonreía.

Tan pronto ingresaron al jardín principal, un par de metralletas Deik surgieron de la nada y empezaron  a dispararles.

-No puedo creer que este tipo ni siquiera tenga un par de Andujars.

Las Andujars, como todos saben, son  metralletas gigantes de última generación: Diez veces más rápida que una Deick y equipadas con rayo laser y detector de calor.

-Lo sé –respondió el vampiro- algo extraño ocurre y voy a averiguar de qué se trata.

El hombre lobo lanzó de manera certera varios cuchillos a ambas metralletas, averiándolas.
Ingresaron al gran salón. En su interior lo esperaban más de veinte zombies debidamente ataviados: Vestidos como duendes, con trajes de colores verde, blanco y rojo, medias hasta las rodillas, cascabeles por todo el cuerpo y gorros similares a los de Stephan.

-Odio la navidad –murmuró Noir mientras encendía otro cigarrillo.

El enfrentamiento fue sencillo. Los zombies no eran rivales para la Stocker y a cada disparo caían como  moscas; por otro lado, el hombre lobo se daba un banquete manejando con destreza los cuchillos y realizando sus movimientos de artes marciales de manera exagerada y poco práctica.

A los cinco minutos el piso estaba lleno de cadáveres. Las criaturas no habían tenido tiempo de reaccionar antes de ser masacradas.

Fueron al siguiente cuarto. Los perros no tenían piel y gruñían como hienas mientras se relamían unos colmillos descomunalmente largos, en las cabezas tenían puesto unos cuernos decorativos que los hacían ver como los renos más horribles del mundo.

Guardó la pistola. No valía la pena gastar más balas en esta idiotez. La parafernalia navideña lo tenía de mal humor. De muy mal humor. Necesitaba descargarse un poco. Matar a alguien o algo. Cogió al perro más cercano, lo tumbó y le aplastó el cráneo, sintiendo como se quebraba cada uno de sus huesecillos.

Uno de los canes lo cogió desprevenido, lo hizo caer e intentó morderlo.  Noir sintió el aliento baboso y los ojos rojos del animal, con dificultad puso una de sus manos sobre el pescuezo de la bestia y apretó hasta que lo sintió estallar.

Mientras tanto, el hombre los esperaba con ansiedad.  A través de las cámaras de seguridad los había visto ingresar a la mansión, arruinar sus armas, masacrar a su ejército de zombies  y aplastar a sus hermosos animales. No había tenido necesidad de investigar quiénes eran los intrusos pues era bien conocida la identidad del vampiro que se vestía como un detective de los años treinta. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de vencerlos  por medio de la fuerza por lo que le dio otro sorbo a su copa de vino. Y pensó.

Noir no pudo reprimir una sonrisa al ver a Stephan: No había querido quitarse el gorro navideño sin importarle que estuviera untado de sangre y la materia viscosa de los perros.  Cada cierto tiempo debía acomodárselo pues se le pegaba a la frente. El vampiro pensó que si en algo combinaba el jodido sombrerito de Papá Noel, era con esa inmundicia. Se dirigieron hacia una enorme puerta ubicada en el piso superior. Empujaron.

El cuarto era enorme y estaba pulcramente organizado. A lo lejos, se veía un enorme dispositivo  con varias pantallas que transmitían la información recolectada por las cámaras de seguridad. En un rincón se veía un enorme pesebre debidamente organizado, contiguo a él se alzaba un árbol de navidad decorado con guirnaldas, bolas y luces. En el centro de la habitación estaba sentado un joven que los observaba con atención. A su lado, un zombie con disfraz de Papá Noel sostenía una jarra. A una orden, la criatura sirvió  el líquido a su amo.

-Los esperaba…sean bienvenidos -dijo mientras bebía de su copa.

Noir prendió otro cigarrillo, mientras el hombre lobo miraba fascinado el cuarto.

-¿Se puede saber a qué se debe su visita, detective?- preguntó el hombre al ver que ninguno de ellos contestaba.

El vampiro dio una calada a su cigarrillo, desenfundó la pistola y apuntó a la cabeza del anfitrión.

-Dame una buena razón para no volarte la cabeza…-respondió.

-¿No puedo saber siquiera cuáles son mis crímenes? –preguntó el hombre.

-Creación ilegal de un ejército de zombies. Alguien, en el Grupo de los Trece, cree que puedes usarlo en su contra.

-¿El Grupo de los Trece? –respondió el interlocutor asombrado.

-¿No sabes quiénes son los trece?  ¿Los dueños de la ciudad?–interrumpió asombrado Stephan-. Jefe, debería acabarlo, no por los zombies  sino por idiota.

- ¿Les parece que tengo un ‘ejército’? – respondió el hombre-. Ustedes han visto a mis muchachos, a mis mascotas. Son muy débiles y no son una amenaza para nadie, ni siquiera para un grupo numeroso y armado de humanos.

-¿Entonces por qué hacerse con este grupo de caminantes? –preguntó Noir mientras enfundaba nuevamente el arma, el idiota no representaba mayor peligro-. Si la respuesta no me satisface, tus sesos harán juego con la decoración del lugar.

-No pretendo atentar contra el Consejo vampírico ni contra ninguna otra criatura, yo sólo quiero vengarme de unos mortales. Todo se remonta a la época en que era estudiante…

-¿Es esta una de esas historias eternas sobre el pasado? –preguntó el hombre lobo apesadumbrado-. Noir, ¿no es posible que mientras tanto elimine a los zombies que no hayan quedado  inservibles?

-Seré breve, lo prometo –respondió en su lugar el hombre.

Stephan ignoró a su interlocutor, miró a su jefe y  a una señal se quedo quieto en el puesto.

-Como decía, quiero buscar venganza de unos humanos –y al mencionar las últimas palabras el rostro del joven abandonó su dejo burlón- Hace treinta y cinco  años me enamoré de la niña más linda del colegio, para mí desgracia, era la novia de Miguel Valbuena, un compañero que era hijo del dueño de la ciudad. Valbuena y sus amigos aprovecharon un paseo que hizo el curso al río y en compañía de sus cómplices, me ahogaron….

Noir movió la muñeca en círculos exigiendo que el joven acelerara su historia; Stephan, sentado en un rincón, bostezaba.

-Miserables niños, me asesinaron y nadie hizo nada por encontrar los responsables. Mi espíritu vagó muchos años en busca de venganza, hasta que un día –y el rostro del muchacho esbozó una sonrisa macabra- me encontré con un demonio. Ofreció darme mi antiguo cuerpo y la oportunidad de desquitarme a cambio de mi alma.

Mocoso estúpido, pensó Noir, no sabía lo que  había hecho. Un demonio puede llegar a que desees haber nacido sin alma. Igual no era asunto suyo.

-El mismo demonio me dijo algo que me llenó de regocijo: Esa gente va a celebrar una reunión de graduados en la mansión de Valbuena durante la noche de navidad y van a llevar a sus familias. Por fin tendré lo que buscaba…

-¿Quién me dice que no atentarás contra el Grupo de los Trece?

-Mis zombies son débiles, muy débiles. No quiero otra cosa que mi venganza.  Está estipulado en el contrato que apenas efectúe mi deseo deberé entregarle mi alma a quien me compró.

-¿No atentarás contra ninguna otra criatura?

-No.

-¿Ni siquiera contra ningún otro humano?

-¿Importa? –después de ver en los ojos del vampiro una amenaza, respondió– aparte de las personas que asistan a la reunión no asesinaré a nadie más y el ejército se desvanecerá en las sombras.

-No creo que seas una amenaza para nadie –dijo el detective mientras pensaba en lo obeso y desagradable del anfitrión, seguramente él también lo habría ahogado-. Lamentablemente, alguien me ha pagado muy bien por tu cabeza. Ya sabes lo que dicen, es mejor curar que lamentar.

-Pago el triple de lo que le hayan ofrecido. Eso y mi promesa de que me iré para no volver. ¿Alguna pregunta?

-¿Para qué el pesebre y el árbol de navidad?

-Soy un nostálgico, detective…

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Nochebuena. La casa de campo de los Valbuena se engalana para recibir ilustres invitado. El salón de baile está decorado no con los tradicionales blanco y rojo sino con gris y dorado, colores más sobrios  pero sin duda más elegantes.

Del cielo penden globos, guirnaldas y los respectivos muérdagos para que los enamorados puedan hacer de las suyas. La orquesta toca música suave, relajante, y los antiguos compañeros de colegio rememoran viejos tiempos a la vez que presentan en sociedad a sus parejas y a sus hijos.

El punto cumbre de la fiesta es el momento en que suenan las campanadas que anuncian la medianoche. Cuando los presentes se abrazan emocionados deseándose la feliz navidad, intempestivamente las puertas del gran salón se abren trayendo a los residentes del infierno a tan elegante celebración.

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Un adolescente obeso con gafas y cara redonda está en el  centro, su mirada está llena de odio, de furia, de resentimiento; a su lado hay unos seres grotescos y putrefactos, algunos están disfrazados de duendes, o de papa Noel, otros más de pastorcitos que habrían de visitar Belén. Las criaturas huelen el aire y empiezan a hacer sonidos tétricos provocados por el hambre de la carne y la sangre. A un costado hay dos hombres en los que nadie repara: Uno de ellos tiene pelo largo y ojos de color dorado, el otro está vestido como un detective de película del cine negro.

Algunos de los asistentes creen reconocer al gordo que está en el centro, comienzan a gritar aterrados y pronto, la noticia del regreso de Hernández de la tierra de los muertos, se riega como  pólvora. Los gritos y los llantos son interrumpidos súbitamente.

-Señores, esta fiesta ha terminado. –concluye emocionado el joven.

Los tres seres están sentados en una mesa mientras los zombies cumplen su tarea con eficiencia. Stephan tuvo la idea de incendiar el salón para darle mayor dramatismo a la escena y apuñaló en las rodillas a un par de invitados que pretendían escapar del lugar, se ha quejado sin parar, pero es inocultable que está divirtiéndose en grande con su noche navideña.

El agasajado observa la escena y los rostros agonizantes y carcomidos de los presentes. Disfrutaba especialmente el contemplar su rostro al ver como devoraban a sus seres amados. Quizá había sido un error no ordenar a su grupo el dirigirse exclusivamente a los familiares y dejar a los culpables para el final. Eso ya no importaba, lo relevante era disfrutar el momento, grabar en sus retinas cada segundo de esa noche,  guardar como un tesoro los rostros ensangrentados de sus victimarios. El futuro podía ser terrible, pero ese día le pertenecía únicamente a él por la eternidad entera. Haría que valiera la pena. Levantó una copa de vino y se dirigió al vampiro.

-Feliz navidad –le dijo.

El detective contemplaba la escena en medio de sorbos ocasionales de su copa. La sangre estaba deliciosa, en su punto. No lo confesaría jamás pero el incendio, los zombies disfrazados y la gente histérica corriendo de un lado para el otro intentando escapar de una muerte segura le divertía. Eso sin contar con el oro que se había embolsado sin hacer ningún esfuerzo.

Escuchó el chomp, chomp de un caminante que se daba un banquete con una pequeña niña. Luego de abrirla, devorar su intestino, hígado y pulmones, en un acto de violencia sin sentido, le  arrancó la cabeza y la arrojó a los pies del vampiro que al mirarla, pensó que podía ser, perfectamente, la niña que se había sentado a su lado en el bus repleto de ganado humano.

-Feliz navidad –respondió Noir.