viernes, 4 de agosto de 2017

Carta a mamá seis meses después

Mamá,

Hoy se cumplen exactamente seis meses desde que te fuiste…cómo pasa el tiempo de rápido, ¿no crees? Aún no sé si valga la pena escribir esta carta: los religiosos creen en otra vida, incluso alguien le dijo a mi hermana que tú ya estabas en el más allá y mi papá te estaba guiando, y si bien tan pronto nos dejaste quise creer en estas afirmaciones, ahora, con el tiempo, lo veo con la ternura de quien quiere creer en cuentos de hadas o historias bonitas como aquella que el amor de pareja dura para siempre.

Los psicólogos dirán que escribirte es una catarsis, un desahogo del alma que no tiene más beneficiario que yo mismo. Quien me conoce creerá que escribo porque es mi único lenguaje, apropiarme de las palabras de un teclado ha sido la única manera que realmente revelo quien soy, más allá de máscaras y convenciones y es quizá la única forma en que mis silencios y miradas cobran voz.  Pero ¿qué creo yo? Nadie, ni siquiera tú has regresado de la muerte, es posible que como le dijeron a mi hermana estés junto al viejo descubriendo cosas maravillosas o te hayas desvanecido del mundo físico de la misma manera en que apareciste en él. Las probabilidades son las mismas que el dios verdadero sea el Jehová de los cristianos y judíos  y no el Quetzacoatl de los mayas o el Ra de los egipcios o alguno de los miles de dioses que pululan por el mundo.

De lo que puedan decir o creer de la muerte (de muerte) tanto religiosos como psicólogos, amigos o familiares sólo tengo una certeza, una que duele todos los días, como si te desollaran el alma: No hay un solo día que no te extrañe mamá, no hay un solo día en los que no daría mi vida entera por oírte, por verte, abrazarte o poderte besar y quizá escribirte sea mi manera de mantenerte solo un rato más junto a ti, como si pudiera traerte de vuelta por un par de horas.

 Eras mi norte, mi brújula, mi polo a tierra. Cuando murió papá fuiste tú quien no dejo que ni mi hermana ni yo nos derrumbáramos. Desde que partiste he comprendido en su totalidad el significado de ser huérfano,  es frío, como si todo el hielo del mundo se metiera en cada parte de ti. Es una palabra cruel que cuando niño relacionaba con novelas como las de Dickens y que ahora, cuando toca afrontarla, lo haces  con una valentía que no crees tener pero que está en el fondo de tu corazón. Por algo somos tus hijos.

Extraño tus consejos. El llamar a Cali a diario y escucharte mientras sonaban los grillos (creo que es una de las cosas que más extraño de la ciudad donde nací) donde al fondo se escuchaban los ladridos de Gruñón y el ruido de la televisión. Extraño visitarte, llenarte de besos y recostarme a tu lado mientras me consentías la cabeza y jugabas con mi oreja como si fuera tu firma sobre mi piel. Extraño los besos, las conversaciones, el poder contarte mis problemas y siempre oír la mejor solución como si todos los problemas del mundo palidecieran ante tus acertados consejos.

Trato de pensar para contrarrestar la tristeza y la nostalgia en los recuerdos bonitos y no te asombraras de saber que de  esos hay muchísimos. Desde los paseos a lugares lejanos como Disneylandia al visitar a Nata en Orlando, nuestro viaje a Brasil durante el mundial, o incluso los más cotidianos como simplemente salir a caminar por el parque cercano mientras el perrito nos seguía rebosante de felicidad canina, mientras nos bañaba el sol y éramos eternos e infinitos sin siquiera darnos cuenta.

Hace poco me enfermé dos veces. Una de ellas fue una leve intoxicación que me tuvo vomitando un día entero y la otra una gripa que me duro casi una semana y que me tuvo en cama débil. No sabes cómo te pensé en ambos momentos, no sólo porque me hicieran falta tus cuidados y mimos -nadie podrá cuidarte jamás con el amor de una madre- sino porque en medio del dolor y la maluquera recordaba que había noches enteras en que no dejabas de vomitar en ese maldito balde  (de solo recordarlo me llena de odio, como si fuera una de las representaciones de tu enfermedad), y durante meses soportaste un dolor infinitamente más potente que la peor de las gripas.

Pensaba que nunca podré saber todo lo que experimentaste, lo que padeciste. Y nunca te quejaste. Lo soportaste todo con una valentía que quisiera tener; es cierto, a veces te ponías irritable pero mierda, con todo lo que estabas viviendo eras prácticamente una santa. Al estar enfermo y pensar en ti es inevitable pensar en si me porté bien contigo, sí pude hacer algo por aliviar tu dolor o por lo menos hacerte feliz, si fui útil o lo suficientemente paciente. A veces también me irritaba y mi humor no era el mejor, pero no era contigo, nunca, era simplemente la impotencia feroz de ver como esa enfermedad te iba carcomiendo de a pocos sin poder hacer nada. Es cierto que la mayoría de la gente dice que tanto Nata como yo hicimos todo lo que pudimos pero siempre queda la inquietud de saber si pudimos hacer algo más. Ese algo más que podría salvarte o hacerte todo más fácil.

Debo confesarte algo. Algo que no te gustara. Si estuviéramos hablando por teléfono seguramente habrías notado mi voz rara y me habrías preguntado si algo me ocurría hasta que te lo habría confesado todo….trato de imaginar tu voz y contártelo por acá. Mamá desde que te fuiste siento que nada me asombra, nada me impresiona, estoy tranquilo, pero siento que nada me emociona. Me digo a mi mismo que es por tu ausencia, que tanto todo lo que paso con mi papá, como tu enfermedad o la muerte del perrito (así como mis propias decepciones acá en Bogotá) me han desgastado emocionalmente y que necesito tiempo para estar mejor.

Pero a veces me da miedo….me da miedo quedarme así, pasmado para siempre, como si estuviera muerto en vida, viéndola pasar impávido,  no ser capaz de escribir de nuevo o emocionarme otra vez ante las pequeñas maravillas que trae la vida y que ignoramos cuando estamos sanos y con nuestros estúpidos problemas de adultos. No lo sé mamá, me asusta no ser feliz nunca más, y necesito tu consejo para tranquilizarme y ahora que no estás trato de escuchar tu voz en mi corazón…pero no siempre estás allí.

Trato también en pesar cosas agradables. A pesar de todo pude disfrutarte un poco más de treinta años, muchas personas no han sido tan afortunadas y han perdido seres queridos mucho antes…y nos encontramos mamá, he sido tan afortunado en ser tu hijo y más allá del dolor que aún siento, también sonrío al pensarte y vivo orgulloso de ti, de tu valentía, del amor infinito, de tu sabiduría, de darme también a mi hermana, mi gran amor que se parece tanto a ti...

Y miro el futuro, ese que se ve tan sombrío a veces en el país, en el mundo, pero que ahora espera por nacer en Verónica, tu primera nieta. No sé si lo hayas visto pero tu hija está hermosísima con su embarazo. Pienso en ella y el solo hecho que nazca es ya de por sí un milagro. Tú eres el pasado que vive en nosotros, pero ella mamá, ella es el futuro, la esperanza, y no veo la hora de que nazca para cubrirla de besos y decirle que lucharé porque tenga un mundo mejor. Espero que heredé de ti todas las cosas buenas y no dejaré de decirle un solo segundo lo maravilla que fuiste y todo el amor que nos dejaste y que la cubrirá a ella también.

Creo que eso es todo lo que tengo por decirte por ahora. No sé si puedas leer esta carta, y sí es así quiero que sepas que te amo. Y te extraño. Y tanto Nata como yo estaremos bien. Somos fuertes. Al fin y al cabo somos tus hijos.

Tu hijo que te ama,


TuLio:.