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sábado, 30 de junio de 2018

Diez años sin Camilo

Hoy hace exactamente diez años mi querido amigo, mi hermano, Camilo Reyes murió en un accidente automovilístico. La noticia me sorprendió regresando a Bogotá después de una visita a Cali. En esa época, abrumado por deudas y pocos recursos económicos, iba de una ciudad a otra en bus y llegué reventado después de un viaje de doce horas por lo que unido al dolor de la pérdida me toco devolverme al día siguiente también en bus a Cali a encontrarme con una de las citas más tristes que he tenido en mi vida.

Soy ateo pero la ceremonia cristiana que le hicieron a mi amigo fue hermosa. Di un discurso del que no recuerdo gran cosa por el dolor. Al acercarme al ataúd y ver su cuerpo no podía creer que ese fuera ese ser que tanto quise al que conocía desde los tres años, mi consejero y con quien nos sorprendía madrugadas hablando sobre los sueños y el futuro.

Para ser una persona que no cree en nada con él me paso algo muy extraño que quizá sea una revelación del más allá. Tuve un sueño. Lo veía pero no como una presencia física, estaba desnudo pero envuelto como en una luz  brillante, yo le preguntaba si veía a dios, si existía y él solo sonreía y me decía, Yo no lo veo, lo siento, siempre me he preguntado si ese sueño fue fruto de mi inconsciente desesperado por verlo de nuevo o un mensaje de mi amigo desde la otra vida.

No ha sido la única vez que se ha manifestado aunque sí conmigo. Piedad y Diego sus papás y su hermano Sergio cada cierto tiempo me cuentan que de una u otra forma se les ha hecho presente. Ya sea con su canción favorita que suena de un momento a otro en un centro comercial o en la radio durante momentos difíciles o una flamante mariposa que aparece salida de quién sabe dónde y que ellos habían establecido como el animal que lo representa y más de una vez también han soñado con él. No sé si exista el más allá o no pero es bonito pensar que los muertos nunca se han ido del todo y siguen cuidándonos con el mismo amor que nos tenían cuando estábamos vivos.

Diez años, se escribe más fácil de lo que se vive. Ha corrido mucha agua debajo del puente como se dice por ahí: Murieron mis padres y mi perrito pero también nació mi hermosa sobrina. Yo tampoco soy el mismo, he cambiado, madurado, aunque la esencia siga siendo la misma, es la vida misma la que nos encarga de moldearnos, de enfrentarnos a pruebas difíciles donde a veces pensamos que no queremos seguir pero hacemos de tripas corazón y seguimos recorriendo la senda del caminante hasta que nuestro sendero haya terminado también.

El dolor nunca se va, como el dolor fantasma que sufren los amputados donde siguen sintiendo que sus extremidades perdidas siguen estando presentes. Debo hacer una confesión, no recordaba que hoy se cumplía este día, pero tanto ayer como hoy tenía una enorme tristeza inexplicable que entendí cuando caí en cuenta de la fecha.

Muchas veces no dejo de preguntarme qué sería de él si siguiera vivo. Sería un magnífico médico (lo que es la vida, mi otro gran amigo, Cm Muriel también optó por esa carrera de servicio a la humanidad), se habría unido a Médicos sin fronteras como era su sueño y habría tenido esa hermosa niña con la que siempre soñó. Pero pensar en ello no sirve de nada, son solo sueños de un futuro que nunca fue y sólo lástima y duele. Prefiero pensar en el hombre que fue, en su nobleza, inteligencia y sentido común, en su alegría, su amistad y lealtad, en el amor que dejó en quienes tuvimos la fortuna de  en la huella que dejó en todos los que amamos, a fin de cuentas todos iremos a lo desconocido y eso más allá de la plata, la fama y los placeres mundanos es lo único que dejaremos en este mundo.

Pienso en los seres que he perdido los últimos años y sé que en el futuro también tendré nuevas pérdidas y llegará el momento en el que yo deba partir y espero dejar un recuerdo tan bonito como el que dejó Camilo. Pienso también en Verónica, en su vida que recién comienza y que también ella deberá enfrentarse a la pérdida de la gente que más ama, pero esa es la vida, porque lloramos solamente por lo que amamos, pero también en este paréntesis de la nada que es la vida, también compartimos tiempo con ellos, sonrisas, conversaciones y  momento inolvidables que ni siquiera la muerte es capaz de borrar y eso es lo que le da sentido a la vida, por lo que vale la pena vivir. Soy muy afortunado de haberme encontrado con Camilo en este universo y haber compartido los años compartidos así a veces parezcan tan cortos y se haga extrañar tanto.

Espero que estés en paz mi querido amigo. Te amo y te mando un abrazo donde sea que estés.







viernes, 4 de agosto de 2017

Carta a mamá seis meses después

Mamá,

Hoy se cumplen exactamente seis meses desde que te fuiste…cómo pasa el tiempo de rápido, ¿no crees? Aún no sé si valga la pena escribir esta carta: los religiosos creen en otra vida, incluso alguien le dijo a mi hermana que tú ya estabas en el más allá y mi papá te estaba guiando, y si bien tan pronto nos dejaste quise creer en estas afirmaciones, ahora, con el tiempo, lo veo con la ternura de quien quiere creer en cuentos de hadas o historias bonitas como aquella que el amor de pareja dura para siempre.

Los psicólogos dirán que escribirte es una catarsis, un desahogo del alma que no tiene más beneficiario que yo mismo. Quien me conoce creerá que escribo porque es mi único lenguaje, apropiarme de las palabras de un teclado ha sido la única manera que realmente revelo quien soy, más allá de máscaras y convenciones y es quizá la única forma en que mis silencios y miradas cobran voz.  Pero ¿qué creo yo? Nadie, ni siquiera tú has regresado de la muerte, es posible que como le dijeron a mi hermana estés junto al viejo descubriendo cosas maravillosas o te hayas desvanecido del mundo físico de la misma manera en que apareciste en él. Las probabilidades son las mismas que el dios verdadero sea el Jehová de los cristianos y judíos  y no el Quetzacoatl de los mayas o el Ra de los egipcios o alguno de los miles de dioses que pululan por el mundo.

De lo que puedan decir o creer de la muerte (de tú muerte) tanto religiosos como psicólogos, amigos o familiares sólo tengo una certeza, una que duele todos los días, como si te desollaran el alma: No hay un solo día que no te extrañe mamá, no hay un solo día en los que no daría mi vida entera por oírte, por verte, abrazarte o poderte besar y quizá escribirte sea mi manera de mantenerte solo un rato más junto a ti, como si pudiera traerte de vuelta por un par de horas.

 Eras mi norte, mi brújula, mi polo a tierra. Cuando murió papá fuiste tú quien no dejo que ni mi hermana ni yo nos derrumbáramos. Desde que partiste he comprendido en su totalidad el significado de ser huérfano,  es frío, como si todo el hielo del mundo se metiera en cada parte de ti. Es una palabra cruel que cuando niño relacionaba con novelas como las de Dickens y que ahora, cuando toca afrontarla, lo haces  con una valentía que no crees tener pero que está en el fondo de tu corazón. Por algo somos tus hijos.

Extraño tus consejos. El llamar a Cali a diario y escucharte mientras sonaban los grillos (creo que es una de las cosas que más extraño de la ciudad donde nací) donde al fondo se escuchaban los ladridos de Gruñón y el ruido de la televisión. Extraño visitarte, llenarte de besos y recostarme a tu lado mientras me consentías la cabeza y jugabas con mi oreja como si fuera tu firma sobre mi piel. Extraño los besos, las conversaciones, el poder contarte mis problemas y siempre oír la mejor solución como si todos los problemas del mundo palidecieran ante tus acertados consejos.

Trato de pensar para contrarrestar la tristeza y la nostalgia en los recuerdos bonitos y no te asombraras de saber que de  esos hay muchísimos. Desde los paseos a lugares lejanos como Disneylandia al visitar a Nata en Orlando, nuestro viaje a Brasil durante el mundial, o incluso los más cotidianos como simplemente salir a caminar por el parque cercano mientras el perrito nos seguía rebosante de felicidad canina, mientras nos bañaba el sol y éramos eternos e infinitos sin siquiera darnos cuenta.

Hace poco me enfermé dos veces. Una de ellas fue una leve intoxicación que me tuvo vomitando un día entero y la otra una gripa que me duro casi una semana y que me tuvo en cama débil. No sabes cómo te pensé en ambos momentos, no sólo porque me hicieran falta tus cuidados y mimos -nadie podrá cuidarte jamás con el amor de una madre- sino porque en medio del dolor y la maluquera recordaba que había noches enteras en que no dejabas de vomitar en ese maldito balde  (de solo recordarlo me llena de odio, como si fuera una de las representaciones de tu enfermedad), y durante meses soportaste un dolor infinitamente más potente que la peor de las gripas.

Pensaba que nunca podré saber todo lo que experimentaste, lo que padeciste. Y nunca te quejaste. Lo soportaste todo con una valentía que quisiera tener; es cierto, a veces te ponías irritable pero mierda, con todo lo que estabas viviendo eras prácticamente una santa. Al estar enfermo y pensar en ti es inevitable pensar en si me porté bien contigo, sí pude hacer algo por aliviar tu dolor o por lo menos hacerte feliz, si fui útil o lo suficientemente paciente. A veces también me irritaba y mi humor no era el mejor, pero no era contigo, nunca, era simplemente la impotencia feroz de ver como esa enfermedad te iba carcomiendo de a pocos sin poder hacer nada. Es cierto que la mayoría de la gente dice que tanto Nata como yo hicimos todo lo que pudimos pero siempre queda la inquietud de saber si pudimos hacer algo más. Ese algo más que podría salvarte o hacerte todo más fácil.

Debo confesarte algo. Algo que no te gustara. Si estuviéramos hablando por teléfono seguramente habrías notado mi voz rara y me habrías preguntado si algo me ocurría hasta que te lo habría confesado todo….trato de imaginar tu voz y contártelo por acá. Mamá desde que te fuiste siento que nada me asombra, nada me impresiona, estoy tranquilo, pero siento que nada me emociona. Me digo a mi mismo que es por tu ausencia, que tanto todo lo que paso con mi papá, como tu enfermedad o la muerte del perrito (así como mis propias decepciones acá en Bogotá) me han desgastado emocionalmente y que necesito tiempo para estar mejor.

Pero a veces me da miedo….me da miedo quedarme así, pasmado para siempre, como si estuviera muerto en vida, viéndola pasar impávido,  no ser capaz de escribir de nuevo o emocionarme otra vez ante las pequeñas maravillas que trae la vida y que ignoramos cuando estamos sanos y con nuestros estúpidos problemas de adultos. No lo sé mamá, me asusta no ser feliz nunca más, y necesito tu consejo para tranquilizarme y ahora que no estás trato de escuchar tu voz en mi corazón…pero no siempre estás allí.

Trato también en pesar cosas agradables. A pesar de todo pude disfrutarte un poco más de treinta años, muchas personas no han sido tan afortunadas y han perdido seres queridos mucho antes…y nos encontramos mamá, he sido tan afortunado en ser tu hijo y más allá del dolor que aún siento, también sonrío al pensarte y vivo orgulloso de ti, de tu valentía, del amor infinito, de tu sabiduría, de darme también a mi hermana, mi gran amor que se parece tanto a ti...

Y miro el futuro, ese que se ve tan sombrío a veces en el país, en el mundo, pero que ahora espera por nacer en Verónica, tu primera nieta. No sé si lo hayas visto pero tu hija está hermosísima con su embarazo. Pienso en ella y el solo hecho que nazca es ya de por sí un milagro. Tú eres el pasado que vive en nosotros, pero ella mamá, ella es el futuro, la esperanza, y no veo la hora de que nazca para cubrirla de besos y decirle que lucharé porque tenga un mundo mejor. Espero que heredé de ti todas las cosas buenas y no dejaré de decirle un solo segundo lo maravilla que fuiste y todo el amor que nos dejaste y que la cubrirá a ella también.

Creo que eso es todo lo que tengo por decirte por ahora. No sé si puedas leer esta carta, y sí es así quiero que sepas que te amo. Y te extraño. Y tanto Nata como yo estaremos bien. Somos fuertes. Al fin y al cabo somos tus hijos.

Tu hijo que te ama,


TuLio:.



lunes, 19 de junio de 2017

Memento mori

Hace cinco semanas, mientras visitaba a mi hermana en Orlando, ella me pidió que la acompañará al grado del hijo de una amiga del trabajo. Al llegar nos encontramos con la compañera y sus hijos: el agasajado, la  pequeña niña y el hijo del medio, joven promesa del fútbol y amable sonrisa quien me ofreció su silla cuando llegué. Una semana después, él, el amable deportista, el hijo y hermano dedicado y adolescente  de quince años había muerto junto a su novia en un trágico accidente de tránsito.

El sábado pasado explotó un petardo en el baño femenino en el Centro Comercial Andino matando a tres mujeres quienes ese día se habrían despertado sin saber que sería el último amanecer que verían.

 Es curioso como malgastamos nuestra vida sin darnos cuenta. Sabemos que es corta pero lo olvidamos mientras la rutina nos devora lentamente y sólo cuando la fatalidad toca a nuestra puerta lo recordamos. Quizá sea un mecanismo de supervivencia y, al igual que una mujer que da a luz olvida el dolor que experimenta durante el parto para poder tener más hijos, tal vez si fuéramos conscientes de nuestra mortalidad estaríamos tan estupefactos que seríamos incapaces de vivir.

Pero a veces caemos en un largo letargo, en la indiferencia absoluta. Un ejército de muertos en vida pegados a un celular, a un computador portátil, al televisor, esclavos de sus propios inventos quienes todos los días hacen lo mismo una y otra vez, los mismos lugares con la misma gente. Pero miento, es probable que exagere: En gran parte es la repetición lo que le da cierto sentido a nuestra existencia, vemos a las mismas personas porque establecemos vínculos afectivos con ellos, repetimos las mismas actividades porque muchas veces nos dan placer y nos establecemos en una ciudad o un país porque creemos haber encontrado nuestro lugar en el universo. Algunos lo encuentran desde niños, a otros nos cuesta hallarlo toda la vida.

El problema es entonces la actitud hacia la vida. Olvidamos que un milagro se encuentra en las cosas más sencillas. El solo hecho de que escriba estas líneas y ustedes la lean es ya uno de ellos. Millones de posibilidades y probabilidades han tenido que ocurrir para que estemos aquí y ahora. Cosas tan maravillosas como amar y ser amados, poder besar y abrazar a quienes queremos, incluso quienes se sientan las personas más solitarias del mundo pueden alzar la vista y sentir el calor del sol o las gotas de agua que se deslizan por su cuerpo, pueden ver las estrellas o caminar por un parque cercano y disfrutar la naturaleza en su esplendor, son en ocasiones invisibles a nuestros ojos.

La sociedad nos convence que lo único  importante es la plata, el reconocimiento, las mujeres (u hombres) que te puedas llevar a la cama, la fiesta, los restaurantes elegantes, la vida social o los viajes por el mundo  y no seré tan mojigato de decir que todo eso  no pueda ser divertido, pero lo que intento decir es que la vida va mucho más allá de eso. Solo cuando conocemos la enfermedad de cerca (ya sea padeciéndola en carne propia o en un familiar) vemos lo afortunados que somos por el hecho de estar sanos, solo cuando vemos morir a alguien cercano somos conscientes de lo efímero que somos en la vida antes de internarnos en el desierto infinito de la noche.

Mi invitación es sencilla. Vivan su vida con pasión. Saboreen ese helado que compraron por ahí, abracen con fuerza a sus seres queridos, no les de pena decirles cuánto los quieren porque alguna vez será la última, díganle a esa mujer que mira el infinito que tanto les gusta que la aman así les rompa el corazón con su negativa, disfruten su trabajo y sus amigos, permítanse soñar y vayan en pos de eso que tanto los hace felices así fracasen una y otra vez. Y no olviden a sus muertos: Su amor guía nuestra vida hasta el momento de un reencuentro.


En la antigua Roma cuando un general victorioso recorría sus calles siendo vitoreado por el pueblo tenía detrás un siervo que le susurraba ‘Memento mori’, recuerda que morirás. En mi visita a Estados Unidos mientras abrazaba a mi hermana embarazada y mi cuñado y disfrutaba de la maravillosa hospitalidad de mi mejor amiga y su esposo, me sentí el hombre más feliz de la tierra. Y sí, oí esa voz que me dice que algún día moriré, pero también recordé que el amor, la felicidad y la tranquilidad nos harán perdurar más allá de la muerte.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Carta a Gruñón

Querido y extrañado Gruñón:

Recuerdo cuando llegaste a nuestras vidas hace un poco más de una década. En ese entonces eras una pequeña bola de pelos, que apenas sabía andar, tragona, meona y ladrona, cosas que con el paso del tiempo no mermaron sino que se acentuaron. Pero de igual manera siempre fuiste de una alegría, fidelidad y ternura que conquistaron a todas las personas que te conocieron.

¿Sabes? Estaba pensando en un profesor que tuve en el colegio. Él decía que las mascotas eran incapaces de querer, que sólo estaban condicionadas por la instinto de la necesidad y que veían a sus dueños solamente como proveedores y de allí su supuesto cariño . En ese tiempo, hace veinte años, pensaba que el tipo era un idiota, hoy después de conocerte he cambiado mi opinión: Creo que es un GRAN idiota.

Una mascota es más que un animal o una pertenencia, quienes hemos tenido el placer de disfrutar de su cariño y amor sabemos que ustedes son nuestros amigos, miembros de nuestra familia y nuestros protectores. Los más desinteresados, los más fieles y tiernos. Tú, querido Gruñón, eres la mayor prueba de ello.

Tus primeros dos años maravillosos y nos quisimos muchísimo. Salíamos a todas partes juntos, incluso en aquellos lugares donde al principio  no te querían ni aceptaban y donde a punta de ladridos, ojos de perro degollado y movimiento de cola lograbas ser aceptado. Tanto mis amigos como los de mi papá sabían que donde íbamos nosotros teníamos que estar tú, pues eras algo así como el rey de la casa. En ese tiempo, fuimos compañeros de trotes, de juegos, paseábamos por horas y muchas veces, en los momentos más tristes y difíciles estabas presente: Sin un ladrido te acercabas con lentitud y me lamías la mano o  simplemente te echabas al lado para que pudiera acariciarte y saber que al final todo se arreglaría.

Y de repente, de manera rápida e imprevista todo cambió, me tocó dejarte e irme a una ciudad extraña. Pensé que ibas a cambiar conmigo por la distancia pero allí fue cuando comprendí el error del profesor aquel, tu cariño no cambió al contrario creció a límites insospechados. Eras el primero en darse cuenta que volvía a casa, empezabas a ladrar incluso cuando estaba a metros de distancia y no había entrado al apartamento, corrías a saludarme, movías tu cola como una batidora y no me dejabas en paz hasta que te consentía un buen rato, de igual forma dejabas tanto a mi papá como a mi mamá para ir a dormir a mi lado sin despegarte de mí un solo instante.

Pero más allá de todo el amor y lealtad que demostraste hacia mí hay algo por lo que te estoy infinitamente agradecido. Estuviste con mi papá en sus últimos momentos, cuando se sintió más solitario y necesitaba de una presencia, fuiste su compañero hasta el final y me parte el corazón al recordar lo triste y enfermo que te pusiste cuando murió. Después de eso estuviste con mi mamá y la hiciste muy feliz todo el tiempo, ella disfrutaba de tus diabluras, te consintió y quiso mucho, tú le dabas a cambio su amor, la acompañabas a caminar y la velabas cuando estaba más enferma. El último mes ella no pudo tenerte más y te fuiste con la empleada y aún allí hiciste feliz a una niña con discapacidad con tu maravillosa manera de ser.

Debo reconocer que las últimas veces que te vi ya te veía un poco viejo, cansado. Te quedaba un poco de energía pero ésta cada vez menguaba más y más . Al final, cuando salíamos a trotar, tú me veías correr mientras disfrutabas acostada del pasto y el sol caleño. En el fondo sabía que no durarías para siempre pero uno nunca se prepara para la partida de un gran amigo como tú.

Hablemos ahora de tu muerte. Fuiste tan único y tan épico que incluso te reservaste una tan maravillosa que envidiaría más de un poeta maldito. Me contaron –y que pena ventilar esto por acá- que el paro cardíaco que te dió, ocurrió mientras estabas tirándote una perrita (Ay Gruñón, viejo verde, no caíste en cuenta que ciertas cosas a tu edad ya no se podían hacer) y que en lugar de venirte te nos fuiste. Eres tan especial que incluso para hablar del momento en que partiste lo haremos con una sonrisa en los labios.

Es en este tipo de momentos que me gustaría creer en un más allá para tener la certeza de verte de nuevo. Si así fuera estoy seguro que serías el primero que darte cuenta de mi llegada, correrías primero que el resto de mis muertos para darme el recibimiento que nuestro encuentro merecería.

Si ves por ahí al viejo, a mi abuela, mi nana o Camilo no dejes de darles un ladrido afectuoso de mi parte.

Te quiero mucho mi Gruñón, gracias por esta década –y un poco más- tan espectacular a tu lado. Y no me olvides porque yo nunca lo haré contigo.

Con amor,

TuLio:.
Pd: Nata y mamá te mandan saludos, ¡Paciente Gruñón!..........








viernes, 31 de octubre de 2014

El banquete del fin del mundo

Mi cuento (esta vez en forma de verso) para Halloween espero les guste.

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El banquete del fin del mundo

I

Para la fiesta del fin del mundo
El gran señor de las fortunas sobrantes 
Encargó toda la riqueza restante de la tierra agotada y marchita.
Mando a  sacrificar animales extintos y sembrar frutas que no existían
Mil decoradores sobrevivientes de los cinco rincones del mundo acudieron a su llamado
Y se encargaron de llenar de vida el castillo marchito y enfermizo
Mientras fuera de sus muros sus habitantes agonizaban intentando ingresar en la feroz fortaleza
Y sus manos ensangrentadas rasguñaban los muros infranqueables
Chaca daca crac crac tum tum
Hasta que las uñas se desprendían y las fuerzas mermaban
Y los cuerpos llenos de pústulas y manchas caían exánimes sin vida
A la vez que a lo alto los soldados observaban los cadáveres amontonándose como hojas en el otoño
Por un momento el terror los acometía
Frío, terrible se insertaba como un aguijón en el cuello, hambriento de su tranquilidad, hurgando por su alma
Pero ellos rechazaban tal idea y se decían: “Nuestro Señor nos protegerá. Él es justo y bueno y la muerte no es capaz de traspasar los límites de nuestra fortaleza”
Y reían y escupían sobre los escombros humanos que seguían creciendo sin conocer la pausa o el reposo.

Para la fiesta del fin del mundo
El gran señor de los despojos restantes
Escogió diez mil sirvientes sobrevivientes
Quienes  arreglaron el castillo decorado
Le dieron cuerda al reloj de ébano y prendieron las teas
Limpiaron las vajillas de diamante y amatista
Sacaron los cubiertos de plata, las servilletas más finas
Y pulieron noche y día los pisos hasta que la luna encontró su reflejo más elegante.
Pero si la discordia acechaba y uno de los sirvientes tosía por lo menos una vez
Era conducido a la terraza más alta de la guarida
Ojos sin vendar y sin mordaza para gritar antes del minuto final
Le daban un tiro de gracia y le prendían fuego al cadáver que arrojaban  por las almenas al mundo exterior
Como advertencia a la muerte que se encontraba a las orillas de los muros inexpugnables, esperando impaciente antes del soplo final
Que sin importar el color de su máscara en ese lugar no tendría cabida.

 Para el banquete del fin del mundo
El magnífico Amo de las Tierras Baldías mando a imprimir invitaciones
Con papel de marfil y sellos teñidos con la vida de los extintos
Sus bordes eran tan finos que si te cortabas con ellos
La sangre manaría de tus dedos y no pararía de verterse hasta que murieras.
Los mensajeros fueron enviados a los confines del mundo conocido
Recorriendo los paisajes yermos y desolados por la peste
En caballos negros indómitos e imparables que azotaban la tierra con el ruido atronador de sus cascos
Hasta llegar a fortalezas igual de protegidas que las de su señor
Lo que no sabían los heraldos es que en la parte del final del funesto mensaje estaba la orden de ejecutar de inmediato a los portadores de buenas nuevas
Pues toda prevención era poco en este caso de urgencia y la falta de ella podía apresurar el final
Testigo de ellos eran los países arrasados, las naciones extintas, las ideologías difuntas, los edificios desolados, los puentes inacabados, los campos exterminados, los seres moribundos.
Todo bajo el sol de dios.


II.

El día del banquete del fin del mundo
Los invitados llegaron al ocaso
Sigilosos y ostentosos arribaron a la gran morada
El último refugio de la humanidad
Bastión del buen gusto, la opulencia y la elegancia
Enemigo de la muerte, la pobreza y la indecencia

Reyes, reinas, príncipes y condesas
Marqueses, obispos  y damiselas de grandes raleas
Se dieron cita con el Gran Señor de los excesos
Llegaron en carrozas doradas que parecían levitar sobre el suelo
Muchos de ellos cubrían sus rostros con máscaras de animales
Revelando  su naturaleza hostil, su esencia salvaje
Adiós a los grandes amos quedando solo el señor zorro, el señor Hiena
La dama de las garzas, la reina de las avispas, los portadores de luz;
Otros en cambio enseñaban su rostro y su mirada soberbia 
Era más gélida que el bronce de las máscaras bestiales
Y así todos los pecadores, herederos de mil linajes ingresaron por las murallas inexpugnables

Durante el banquete del fin del mundo
La luna carmesí se elevó sobre los terrenos de la muerte y la desesperación
Mientras que mil botellas de vino y champaña se destapaban al compás de los gemidos agónicos del mundo exterior
Y el líquido se derramaba moviéndose como el vaivén de un mar calmo, lúgubre y tenebroso
 Platillos exquisitos se tendían sobre cien mesas extendidas de manera grotesca contrastando con la hambruna del resto del universo
Y nadie tocaba los platos y la comida esperaba para ser alimento de moscas y de ratas
La orquesta estaba magnífica y alternaba temas melancólicos en memoria de los millones de muertos con sinfonías fantásticas en honor de aquellos que habían sobrevivido
Y los asistentes bailaban de manera triste, arrastrándose por el salón principal como fantasmas

Pero he aquí que una de las damas se movía con desenvoltura
La última de las princesas existentes, la dama de Samael
Su belleza era un desafío a la humanidad, su pelo eran las tinieblas
Su piel el color de la luna y los labios rojos tenían el sabor del vino
Cuando salió a bailar con el gran Señor del castillo
Los asistentes enmudecieron y sólo se oía el sonar de los violines y el chisporrotear de las antorchas
Hombre y mujer danzaron en el fin del mundo hasta que la pieza hubo terminado y sellaron la ceremonia con un beso, largo y prolongado

Cuerpos que se atraen
Alientos cercanos, bocas que se funden
Más mientras se da el fatídico acercamiento un hilo de sangre delgado brota de la boca de los amantes
Y las gotas caen en los suelos dorados brillantemente pulidos
El abrazo se prolonga y el charco crece
Hasta que se separan y la voraz mujer no contenta con arrancar los labios de su pareja dirige sus diáfanos dientes hasta el cuello del Señor de las horas contadas
Y clava sus colmillos en él, saboreando su sangre, la vida que se escapa
El destino que habría de llegar hasta la fortaleza inexpugnable

Los asistentes al banquete del fin del mundo observaron presas del terror la escena
Ninguno interrumpió la faena pero cuando la mujer terminó su función
Cayeron en el pánico, en la desesperación largamente reprimida
Hicieron uso de cuchillos, espadas y dientes y acometieron contra su vecino
La orgía de sangre pronto fue la invitada de honor pues este era el fin de todas las cosas y no había que dejar nada para la llegada de la muerte

Caos y destrucción reinaron en la tierra del hombre
Nadie grito, nadie lloró y ningún sobreviviente quedó
Únicamente  la luna roja contempló la hecatombe
Ahora tan solo lluvia cae y el viento pasa por las cerraduras
Silbando mientras suena la sinfonía del banquete del fin del mundo








lunes, 28 de abril de 2014

Gabriel García Márquez en los infiernos

Condena la electa senadora María Fernanda Cabal al recientemente fallecido premio Nobel Gabriel García Márquez con el infierno. Según ella ese es el único destino que podría tener  el escritor debido a su polémica amistad con Fidel Castro.

Más allá de lo estúpido de la afirmación y del poco interés que García Márquez, quien no era religioso, podría tener en los deseos de una politiquera de poca monta, el tema puede generar un debate interesante, ¿es posible que ese sea el destino final del escritor?

Mi respuesta es que no, pero no por las razones que cualquiera podría imaginar. Creo que él no irá al infierno sencillamente porque toda su vida estuvo en él.

Y no me refiero solamente al Nobel. Cualquier persona que alguna vez haya cogido el sendero de la pluma está condenado a vivir el infierno en vida:  Se escribe por una pena muy grande, un fantasma que no se va, una inquietud que ronda la mente y el alma del escritor muchas veces incluso por décadas, hasta que es capaz de expulsarlo todo en medio de botellas baratas de licor, montañas inconcebibles de nicotina y noches de insomnio guiadas por la voces de quienes ya no están.

El infierno del escritor es la vida, la impotencia de no poder querer moldear el universo a su antojo, de querer ser leído así sea por una sola persona, generar un cambio o dejar un registro a la inmortalidad en páginas guiadas por los excesos, alegrías y desasosiegos de cientos de historias que revolotean cual mariposas en los rincones olvidados de la mente a la espera de ser encontrados y existir.

Todas las novelas, cuentos, poesías y ensayos buscan huir del peso de la vida, de la fragilidad de una existencia y sus rutinas. No es necesario morir para encontrarse a las puertas del inframundo, muchas veces una página en blanco y una idea que no se es capaz de plasmar a pesar de la desesperación por hacerlo, pueden cumplir perfectamente este papel.

Siempre he concebido que se escribe porque no se está conforme con el mundo que nos tocó vivir. La mayoría de las personas terminan rindiéndose al peso de la vida, a encontrar una pareja que medianamente la soportará a pesar de querer ahorcarla a veces, a un perro, a los hijos que habrán de llegar, a cambiar los sueños por hipotecas, las inquietudes por carros y  universos infinitos y eternos por viajes a la playa. El escritor termina, a pesar de sí mismo,  rindiéndose a estos designios, pero siempre buscará algo más allá de lo que la vida le ofrece y eso es lo que intenta hacer en las cientos de páginas que escribe de manera frenética en soledad.

Habrá que decirle a la señora Cabal, a quien por cierto le gusta apadrinar grupos neo nazis, que su deseo llega un poco tarde y que el señor García Márquez llegó al infierno el primer día que tomó un lápiz para plasmar una de sus maravillosas historias, pero dudo que ella entienda, al fin y al cabo es Uribista. 


lunes, 17 de septiembre de 2012

Historia de dos ciudades de Charles Dickens: Locura y redención de la pluma de un maestro.




Historia de dos ciudades
Charles Dickens
Editorial Random House Mondadori (DEBOLSILLO)
425 páginas

No había tenido el placer de leer a Dickens. De él, conocía su famoso Cuento de Navidad, llevado a la pantalla grande en numerosas ocasiones y su Oliver Twist del que incluso hay una versión animada de Disney.  Sabía que era un brillante escritor cuyas novelas, la mayoría de ellas publicadas por entregas, causaban verdadera conmoción en el Londres del siglo XIX. La novela que encontré me dejo con la boca abierta…

El texto comienza como una historia de misterio, en donde un  hombre, el doctor Manette, que ha sido prisionero por más de diez años en la Bastilla, en la Francia previa a la revolución francesa, es rescatado de las garras de la locura por su hija y un buen amigo, el doctor Lorry.

El buen hombre es llevado a Londres donde empieza a curarse del daño físico y psicológico al que fue sometido por sus torturadores y donde conoce al joven Charles Darnay quien se casará con su hija, Lucie, pero quien esconde un secreto que está conectado con su pasado.

Mientras esto ocurre en Inglaterra, en Francia empieza la revolución y el odio y el germen de décadas de pobreza, maltrato y una aristocracia corrupta y amoral estalla  con la fuerza de un tornado implacable. La muerte y la sangre empañan los ideales del amor, la igualdad y la fraternidad y los excesos no se hacen esperar. ¿Qué pasará cuándo Charles Darnay se vea obligado a volver a su patria para salvar a un antiguo criado y sea condenado a muerte por ser un ‘enemigo de la república’? ¿Podrá el doctor Manette y su familia sobrevivir al horror y el resentimiento?

Este es un relato que son dos relatos. El primero de ellos es la historia de una revolución. De su origen en la depravación y la indolencia de la clase dirigente, de su ineptitud y arrogancia tan parecida quienes a nos dirigen en la actualidad (por lo que no dejo de pensar si sería posible que la situación se repitiera en Colombia y creo que en este momento no, pero si la soberbia de estos parásitos sigue así, no dudo que en un futuro pasará) y de cómo fueron ellos quienes engendraron a la bestia que habría de cortarles la cabeza.

Pero una vez que los miserables se han tomado el poder, que han logrado desbancar a quienes los oprimían, se desencadenan las puertas del infierno. Replican las mismas injusticias que ellos mismos sufrían; sus excesos y su voracidad por la sangre no tienen límites, sin importar a quien tengan que ejecutar o si son inocentes o culpables.

Esta situación me hace pensar en el resto de revoluciones que han existido y existirán, y que tienen la misma situación que la que describe Dickens de manera magistral. Si no me creen vean los excesos de la revolución rusa, de la china, de la cubana y mucho me temo que lo mismo ocurrirá con la floreciente primavera árabe.

La segunda historia que nos cuenta Dickens es más personal y le da la razón a un buen amigo quien me decía que todas las historia hablaban de amor. Pero permítanme presentarles a un personaje que me había olvidado mencionar: Sidney Carton.

Él es un personaje de dudosa procedencia, de malos hábitos y peores referencias. Pese a ello es el verdadero protagonista de esta novela.  Sidney está enamorado de Lucie Manette, quien ha dado su corazón a Charles Darnay, pero quien comprende sus sentimientos  y le ofrece su amistad sincera.

¿Puede un hombre ‘malo’ cometer un acto de infinito amor? ¿De redimir su alma? La novela dará su respuesta con un final que es conmovedóramente hermoso.

Lean esta novela, recomendadísima….


Algunos apartes…..

“Era la mejor y la peor de las épocas, el siglo de la locura y de la razón, de la fé y la incredulidad; era un periodo de luz y de tinieblas, de esperanza y desesperación (…) era, en una palabra, un siglo tan diferente del nuestro que, según la opinión de autoridades muy respetables, sólo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal”.

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-Sí  ­–respondió-, tengo pocos años, pero la senda que he seguido no conduce a la vejez.  Pero ¿por qué hemos de ocuparnos de mi persona?

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“Lo que hago hoy es infinitamente mejor que cuanto habría hecho en el porvenir, y por fin voy a gozar del descanso que nunca he conocido”

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“Veo salir de este abismo una ciudad espléndida y una nación gloriosa, y veo que esta nación, con sus luchas para conquistar la libertad, con sus triunfos y con sus derrotas, expía gradualmente y borra después para siempre los crímenes de esta época sangrienta y de los tiempos antiguos que engendraron estas venganzas”.

lunes, 30 de abril de 2012

Réquiem por un amigo


Homenaje a Ernesto Sabato, escritor argentino (1911-2011) en el primer aniversario de su muerte




Ernesto Sabato abandonó el paraíso y descendió a los infiernos del alma humana de manera voluntaria, como un cabrito que se encamina al sacrificio. Rechazó un mundo pletórico de luz y se adentró en las sombras, en la oscuridad, en esos dioses de la noche, de la locura y del incesto. Pero miento, no fue de manera voluntaria; su alma, desde joven, se vio abocada a los misterios inexorables de la vida, al océano de la tristeza, de los perdedores, de aquellos que ven un “universo horrible o por lo menos imperfecto” y quieren cambiarlo aunque jamás podrán, haciendo su desesperanza algo mucho más trágico, más triste, plasmando su impotencia en sus letras, como si fuera arrastrado por una fuerza misteriosa, por algo superior a él, convirtiéndolo en un amanuense de la locura, la muerte y  la soledad.

Sabato falleció hace un año en su hogar en Santos Lugares de problemas respiratorios, estaba a punto de cumplir los cien años en poco menos de dos meses, pero según Elvira González Fraga, la persona que lo cuidó desde 1998, año en el que murió su esposa, el Maestro ya estaba muy mal, y era un despojo, una caricatura de sí mismo.

Con su muerte, nos ha dejado huérfanos a aquellos que veíamos en sus prodigiosas letras a un guía, aun faro. Nos ha abandonado a los solitarios, a quienes veíamos en su triste pesimismo, en su frenética búsqueda de un Creador, una explicación de aquellos actos horribles que ocurren en el mundo, esas atrocidades terribles que son pan de cada día; nos ha dejado con los ojos en lágrimas a quienes comprendemos y padecemos la incapacidad de comunicarnos con las otras personas, de establecer un puente por frágil que pudiera ser, una comunión efímera con quienes amamos.

¿Pero quién era en realidad? ¿Dios o demonio? ¿Ángel del apocalipsis o tan solo un profeta de las fuerzas oscuras? Quizá todo eso, quizá nada de eso. Era sencillamente un ser humano, portentoso, talentoso, genial, atormentado, pero humano al fin y al cabo, con todas las complejidades que nos caracterizan y con una dimensión tan profunda, tan llena de matices que es inabarcable. La frase que escogiera en su prefacio a Abbadón el exterminador lo describe mejor que yo:

“Es posible que mañana muera, y en la tierra no quedará nadie que me haya comprendido por completo. Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy. Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla. Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.”
Mijail Iurevitch Lérmontov
Un héroe de nuestro tiempo


En búsqueda de la luz

Como bien se sabe Ernesto Sabato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, al ocaso de un 24 de junio de 1911. Fue bautizado con el nombre de un hermano mayor que falleciera antes de su nacimiento. Este hecho habría de conmocionarlo profundamente, pues al tener el nombre de un difunto tan reciente, habría de preguntarse si tendría la misma esencia de su hermano muerto y por lo tanto no tendría una identidad propia.

Desde pequeño fue un niño diferente: en extremo sensible y alejado del característico bullicio de los infantes. A los trece años fue enviado a La Plata a estudiar la secundaria. Allí habría de comenzar a conocer la maldad humana sin motivo, per se, cuando en una ocasión se fue a pintar a un bosque cercano, y fue acorralado por una banda de malnacidos quienes se burlarían de él (¿Por qué? ¿Tiene alguna explicación la maldad?), romperían sus pinceles y se marcharían en medio de crueles carcajadas.

Uno de los hechos más destacables de sus estudios es que fue alumno del conocido humanista y filósofo dominicano Pedro Henríquez Ureña, por quien habría de demostrar una admiración y gratitud eterna que habría de plasmarse en un ensayo dedicado a él en su libro Apologías y Rechazos.

En esa época habría de conocer ese mundo ordenado y paradisíaco, de luz, de orden inalterable que son las matemáticas. Creyó encontrar paz a su, desde entonces, desasosegada alma en el mundo inmutable de los números al cual se consagró con la fe de un pecador en busca de una absolución por sus actos.

Durante su juventud y como gran parte de las personas que habrían de vivir durante esos turbios y agitados años, se volvería miembro del Partido Comunista. Creyó en la ilusión, en esa falsa utopía de igualdad para las personas. Durante ese periodo conocería a quien habría de ser el amor de su vida, Matilde Kusminsky Richter, quien no sólo sería su compañera, su amante, su amiga, sino quien habría de darle fuerza en los momentos de mayor desesperanza y habría de rescatar de las llamas ese hermoso libro que es Sobre héroes y tumbas, aunque no pudiera hacer lo mismo con tantos otros textos que el autor compulsivamente escribía sólo para sacrificar al fuego.

Su creencia por el Partido Comunista empezó a flaquear al ver las barbaridades y excesos del régimen de Stalin y empezó a cuestionar las acciones cometidas por la Unión Soviética. Sus copartidarios decidieron enviarlo a ese país para “adoctrinarlo”, pero Sabato, intuyendo en qué podía consistir ese nuevo “aprendizaje”, huyó a Francia.

Posteriormente volvería a Argentina y se casaría con Matilde, después retornaría a Europa donde viviría momentos muy difíciles. Épocas de pobreza, de penurias económicas. En aquellos años vivía con su esposa y su recién nacido primogénito Jorge Federico, en un cuartucho miserable. Siguió dedicado al culto del mundo onírico de los números, trabajando como físico de los Laboratorios Curie, pero a pesar de su devoción, de su entrega, era rechazado una y otra vez en ese apacible mundo. Las fuerzas de la oscuridad, de la tristeza lo reclamaban para sí; debía escribir, como si fuera un instrumento, un médium, y su mensaje debía difundirse.

Confundido entre ambos pensamientos tan contradictorios, entre mundos de luz y sombra, de las inquietudes de un alma que contemplaba la parte más horrible del mundo, consideró el suicidio en varias oportunidades. Afortunadamente no lo hizo, y en su lugar abandonó Francia se devolvió para Argentina donde se recluyó en una casa campestre, en una especie de exilio voluntario, y escribiría El Túnel.


Descenso a los infiernos

Su obra, como la de muchos escritores noveles, talentosos pero sin renombre o conexiones, fue al principio ignorada y despreciada por las grandes editoriales. Habría de publicarse en la revista Sur de su amiga Victoria Ocampo. Afortunadamente, uno de esos tomos llegó a manos del crítico francés Roger Callois, que habría de mostrárselo al maravilloso Albert Camus, quién con la humildad típica de los verdaderamente genios, reconocería lo magistral de la obra del argentino y lo ayudaría a publicar su obra.

El Túnel… Esa obra habría de acompañarme en los momentos más solitarios de mi adolescencia. Sólo quienes hemos experimentado momentos de soledad, de incomunicación, habríamos de comprenderla historia turbia de amor entre Juan Pablo Castel y María Iribarne, habríamos de hacer nuestro ese hermoso y tristísimo capítulo en donde comprendemos que siempre habremos de vagar por esos túneles inconexos de la vida:

“En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límite de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad.”

                                       Sabato joven

Trece años habrían de pasar entre la publicación de El Túnel y Sobre héroes y tumbas. En esos años, contrario a lo que se pudiera imaginar, Sabato siguió escribiendo de manera frenética, siguiendo los dictados de su alma, para luego, desesperado al contemplar el resultado, arrojarla al fuego. Producto de su piromanía nos quedamos sin conocer La fuente muda de la que nos queda un pequeño fragmento publicado en la revista Sur. Igual destino habría de correr Sobre héroes y tumbas, pero como se dijo anteriormente, Matilde, la fiel y dulce Matilde, habría de salvarla de los brazos de las llamas y dejársela a la posteridad, a la eternidad.

El destino de Martín y Alejandra, el aterrador y sombrío hado de los Vidal Olmos y el devastador y terrible Informe sobre ciegos se encuentran contenidos en este libro. Una vez más está presente la imposibilidad de amor y en su lugar se encuentran momentos demasiados fugaces de felicidad entre ambos protagonistas.

Pero es por primera vez que vemos el descenso a la locura del alma, de la rabia, a esos dioses carnívoros y nocturnos, ansiosos de sacrificios, de esas sectas que dominan el mundo desde las sombras. El Informe sobre ciegos no tiene en realidad ninguna incidencia sobre el resto de la obra, podría haberse suprimido sin haber afectado el normal desarrollo de la trama. ¿Por qué escribirlo y anexarlo entonces? Fernando Vidal Olmos, protagonista indiscutible de esta parte, es sin duda una persona terrible, un verdadero hijo de puta, cínico, capaz de las peores acciones y de descender a las tinieblas, de regodearse en ellas. El informe fue escrito porque era inevitable que sucediera, porque eran reflejos de las tribulaciones del creador, de su mundo de sueños y pesadillas.

Sabato habría de internarse más aún en ese mundo apocalíptico en su tercera y última novela, Abbadón el exterminador, en donde él mismo se convierte ya en un personaje activo dentro del relato y donde desde las primeras páginas habría de recorrer ese mundo lleno de fuerzas demoníacas, de oscuridad y de tristezas que están apoderadas no sólo de su Argentina natal, sino del mundo.

Sus personajes nunca fueron valientes o aventureros, arriesgados u osados, siempre escribió para los más desdichados, los más deprimidos, los más sensibles; pienso que si alguna de sus historias la hubiera escrito un Cortázar, un García Márquez, seguramente habrían durado como mucho diez páginas y habrían sido mucho más alegres y optimistas.


Un mensaje a los jóvenes

El escritor argentino siempre mostró especial interés hacia los jóvenes y se preguntaba qué era lo que ellos veían en sus tristes letras; se asombraba de ver que decenas de ellos lo buscaban, lo leían y querían su consejo. Sin pretenderlo, se había convertido en estandarte de la juventud.

En  sus últimos libros Antes del fin y La resistencia, les deja un mensaje de lucha, de combatir siempre contra un sistema de vida cada vez más deshumanizado en el que los seres humanos son convertidos en meros instrumentos, en esclavos de un sistema que no se preocupa por las cosas más simples, que se esmera por olvidar que “lo esencial es invisible a los ojos”, como bien lo diría Saint-Exupéry en su pequeño pero a la vez gigantesco relato que es El Principito.

Pero esta preocupación viene desde mucho atrás. Si bien Castel, protagonista de El Túnel, era un adulto, Martín es un joven que apenas está descubriendo el mundo y conoce su faceta más intensa, más dolorosa y a la vez feliz junto a Alejandra, quien a pesar de tener más o menos su misma edad es, debido a sus sufrimientos, mucho más sabia, más recorrida y por lo tanto mucho más dura.

Abbadón el exterminador está plagado de jóvenes: Nacho, Marcelo, Agustina, el mismo Bruno, quien a pesar de no ser un adolescente tiene sus mismas dudas, sus mismas angustias; todos están en la búsqueda incesante en un mundo cruel, sin dios, lleno de caminos tortuosos, de amores no correspondidos y de soledades eternas.

Personalmente, el texto que más me caló es uno que está precisamente en su última novela, un fragmento que se titula Querido y remoto muchacho, en el que el Maestro dirige sus cartas a un joven imaginario -¿quizá real?- en el que le da consejos de escritura y de vida. ¿Cuántas veces en los momentos de mayor duda y tristeza, cuando he estado a punto de abandonar la escritura, no me he sumergido en esas letras, en esos pensamientos tan hermosos para salir muerto y renovado con las fuerzas del ave fénix?

¿Pero pueden estos escritos ser un alivio para un joven que necesita ayuda? No lo sé, y dudo que el propio escritor lo supiera. Él sólo plasmó su verdad, los laberintos de su alma; quizá cada quien encuentre su propia respuesta. Tal vez, cuando una persona joven o mayor resuelva sus dudas o comprenda con el corazón el sentido de sus palabras, de sus historias, se puede crear una identificación, una comunicación que pueda ser maravillosa, al descubrir que no se está completamente solo y todo habrá valido la pena.


Errores, últimos años y legado

Los errores de Sabato, al igual que sus aciertos, fueron enormes, dolorosos y, al ser una figura pública, mucho más imperdonables. El mayor de ellos, que tantos enemigos no le perdonan, es un almuerzo al que asistió el 19 de mayo de 1976 junto a Jorge Luis Borges y otros intelectuales argentinos, citado por el dictador Jorge Rafael Videla.

Habría de empeorar este error realizando declaraciones de apoyo a la dictadura. Nunca pude entender cómo una persona como él, que habría de denunciar las torturas –en Abbadón el exterminador hay una horrible descripción de una-, apoyaría un régimen tan atroz como el de Videla.

Habría de arrepentirse años después…Demasiado tarde, demasiado poco. Quién sabe cuánto habrá sufrido al darse cuenta de su error, de haberse dejado arrastrar por los pensamientos de la época, como seguramente le ocurrió a Gunter Grass, quien perteneció a las Juventudes Nazis en su adolescencia, para luego arrepentirse.

Como un acto de redención habría de acudir al llamado del presidente Raúl Alfonsín para que dirigiera y coordinara un informe sobre lo ocurrido durante esos terribles años. El resultado fue el libro Nunca más, que también habría de conocerse con el nombre de Informe Sabato, y que deja constancia de las barbaries de que son capaces las dictaduras en el mundo.

Estoy seguro de que de igual manera habría de lamentar amargamente aquellos años en los que le fue infiel a Matilde con una condesa rusa, dando como resultado que su esposa abandonara París y se devolviera sola con su primogénito a Argentina.

Al final de su vida, cuando tanto Jorge Federico como Matilde murieron, y debido a su cada vez más creciente ceguera –destino irónico para quien escribió el Informe sobre ciegos– se refugió en la pintura, pero sus cuadros eran siniestros, exóticamente retorcidos, pues le era imposible escapar a su propio ser.


                                              Con su amigo José Saramago


Almas afines tienden a encontrarse sin importar las distancias o los tiempos, y Sabato habría de entablaren sus últimos años una amistad entrañable con ese otro gran escritor que habría de convertirse en una guía para la civilización, el portugués José Saramago. Durante un homenaje que le realizaran al gaucho en Mendoza durante el Congreso Internacional de la Lengua, el portugués, en un emotivo discurso, habría de recordar el primer encuentro entre ambos colosos, en donde reflexionarían sobre la ceguera y su presencia en sus respectivas obras.

El Maestro abandonó este mundo irónico, cruel, de un humor enfermizo, y lo ha hecho de manera silenciosa, sin aspavientos. Fue velado en el club de su barrio, Defensores de Santos Lugares, cerca de sus amigos, de sus conocidos, de gente sencilla pero más admirable que las grandes figuras públicas.

En el comunicado en que su hijo Mario Sabato informa la muerte del escritor, diría que su padre “No nos pertenecía solo a nosotros. Con orgullo, con alegría, sabemos que lo compartimos con mucha gente, que lo quiso y lo necesitó tanto como nosotros.”

Cuánta razón le asiste: él le perteneció no sólo a su familia y a su natal Argentina, sino al mundo entero, a quienes lo quisimos, lo admiramos y nos dolemos con su partida, a aquellos que nos sentimos identificados con su visión pesimista del mundo y su dolor, a quienes sentimos que más que un gran escritor ha muerto un gran amigo.

Dejo como palabras finales un fragmento del último capítulo de Abbadón el exterminador, donde Bruno habría de ver una tumba imaginaria de Sabato, su creador:

“Paz. Sí, seguramente era eso y quizá sólo eso lo que aquel hombre necesitaba, meditó. Pero ¿por qué lo había visto enterrado en Capitán Olmos, en lugar de Rojas, su pueblo verdadero? ¿Y qué significaba esa visión? ¿Un deseo, una premonición, un amistoso recuerdo hacia su amigo? ¿Pero cómo podía considerarse como amistoso imaginarlo muerto y enterrado? En cualquier caso, fuera como fuera, era paz lo que seguramente ansiaba y necesitaba, lo que necesita todo creador, alguien que ha nacido con la maldición de no resignarse a esta realidad que le ha tocado vivir; alguien para quien el universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto. Porque no hay una felicidad absoluta, pensaba. Apenas se nos da en fugaces y frágiles momentos, y el arte es una manera de eternizar (de querer eternizar)esos instantes de amor o de éxtasis; y porque todas nuestras esperanzas se convierten tarde o temprano en torpes realidades; porque todos somos frustrados de alguna manera, y si triunfamos en algo fracasamos en otra cosa, por ser la frustración el inevitable destino de todo ser que ha nacido para morir; y porque todos estamos solos o terminamos solos algún día: los amantes sin el amado, el padre sin sus hijos o los hijos sin sus padres, y el revolucionario puro ante la triste materialización de aquellos ideales que años atrás defendió con su sufrimiento en medio de atroces torturas; y porque toda la vida es un perpetuo desencuentro, y alguien que encontramos en nuestro camino no lo queremos cuando él nos quiere, o lo queremos cuando ya él no nos quiere, o después de muerto, cuando nuestro amor es ya inútil; y porque nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día, y nuestra casa de infancia ya no es más la que escondió nuestros tesoros y secretos, y el padre se muere sin habernos comunicado palabras tal vez fundamentales, y cuando lo entendemos ya no está más entre nosotros y no podemos curar sus antiguas tristezas y los viejos desencuentros; y porque el pueblo se ha transformado, y la escuela donde aprendimos a leer ya no tiene aquellas láminas que nos hacían soñar, y los circos han sido desplazados por la televisión, y no hay organitos, y la plaza de infancia es ridículamente pequeña cuando la volvemos a encontrar.”