lunes, 19 de junio de 2017

Memento mori

Hace cinco semanas, mientras visitaba a mi hermana en Orlando, ella me pidió que la acompañará al grado del hijo de una amiga del trabajo. Al llegar nos encontramos con la compañera y sus hijos: el agasajado, la  pequeña niña y el hijo del medio, joven promesa del fútbol y amable sonrisa quien me ofreció su silla cuando llegué. Una semana después, él, el amable deportista, el hijo y hermano dedicado y adolescente  de quince años había muerto junto a su novia en un trágico accidente de tránsito.

El sábado pasado explotó un petardo en el baño femenino en el Centro Comercial Andino matando a tres mujeres quienes ese día se habrían despertado sin saber que sería el último amanecer que verían.

 Es curioso como malgastamos nuestra vida sin darnos cuenta. Sabemos que es corta pero lo olvidamos mientras la rutina nos devora lentamente y sólo cuando la fatalidad toca a nuestra puerta lo recordamos. Quizá sea un mecanismo de supervivencia y, al igual que una mujer que da a luz olvida el dolor que experimenta durante el parto para poder tener más hijos, tal vez si fuéramos conscientes de nuestra mortalidad estaríamos tan estupefactos que seríamos incapaces de vivir.

Pero a veces caemos en un largo letargo, en la indiferencia absoluta. Un ejército de muertos en vida pegados a un celular, a un computador portátil, al televisor, esclavos de sus propios inventos quienes todos los días hacen lo mismo una y otra vez, los mismos lugares con la misma gente. Pero miento, es probable que exagere: En gran parte es la repetición lo que le da cierto sentido a nuestra existencia, vemos a las mismas personas porque establecemos vínculos afectivos con ellos, repetimos las mismas actividades porque muchas veces nos dan placer y nos establecemos en una ciudad o un país porque creemos haber encontrado nuestro lugar en el universo. Algunos lo encuentran desde niños, a otros nos cuesta hallarlo toda la vida.

El problema es entonces la actitud hacia la vida. Olvidamos que un milagro se encuentra en las cosas más sencillas. El solo hecho de que escriba estas líneas y ustedes la lean es ya uno de ellos. Millones de posibilidades y probabilidades han tenido que ocurrir para que estemos aquí y ahora. Cosas tan maravillosas como amar y ser amados, poder besar y abrazar a quienes queremos, incluso quienes se sientan las personas más solitarias del mundo pueden alzar la vista y sentir el calor del sol o las gotas de agua que se deslizan por su cuerpo, pueden ver las estrellas o caminar por un parque cercano y disfrutar la naturaleza en su esplendor, son en ocasiones invisibles a nuestros ojos.

La sociedad nos convence que lo único  importante es la plata, el reconocimiento, las mujeres (u hombres) que te puedas llevar a la cama, la fiesta, los restaurantes elegantes, la vida social o los viajes por el mundo  y no seré tan mojigato de decir que todo eso  no pueda ser divertido, pero lo que intento decir es que la vida va mucho más allá de eso. Solo cuando conocemos la enfermedad de cerca (ya sea padeciéndola en carne propia o en un familiar) vemos lo afortunados que somos por el hecho de estar sanos, solo cuando vemos morir a alguien cercano somos conscientes de lo efímero que somos en la vida antes de internarnos en el desierto infinito de la noche.

Mi invitación es sencilla. Vivan su vida con pasión. Saboreen ese helado que compraron por ahí, abracen con fuerza a sus seres queridos, no les de pena decirles cuánto los quieren porque alguna vez será la última, díganle a esa mujer que mira el infinito que tanto les gusta que la aman así les rompa el corazón con su negativa, disfruten su trabajo y sus amigos, permítanse soñar y vayan en pos de eso que tanto los hace felices así fracasen una y otra vez. Y no olviden a sus muertos: Su amor guía nuestra vida hasta el momento de un reencuentro.


En la antigua Roma cuando un general victorioso recorría sus calles siendo vitoreado por el pueblo tenía detrás un siervo que le susurraba ‘Memento mori’, recuerda que morirás. En mi visita a Estados Unidos mientras abrazaba a mi hermana embarazada y mi cuñado y disfrutaba de la maravillosa hospitalidad de mi mejor amiga y su esposo, me sentí el hombre más feliz de la tierra. Y sí, oí esa voz que me dice que algún día moriré, pero también recordé que el amor, la felicidad y la tranquilidad nos harán perdurar más allá de la muerte.

miércoles, 17 de mayo de 2017

El hombre que mató a dios

Dios ha muerto. Yo lo maté. En las largas noches cuando los huesos se clavan como astillas y no concilio el sueño lo visualizo: las manos intentando proteger la cara, un grito ahogado que nunca llegó a salir y la sangre corriendo como manantial bañando el crucifijo que no vi hasta minutos después, cuando era demasiado tarde.

Lo recuerdo con claridad, el bochorno, el polvo que levantaba mi caballo, el sudor que se deslizaba por la cabeza y la espalda,  la mula que venía solitaria trayendo al hombre que venía al encuentro de su destino. La vida del forajido consiste básicamente en esperar y saquear, a veces se caza, otras no, como todo en la vida.  Azucé a mi equino y salí rumbo hacía él, al llegar me arrepentí, vestía un sombrero de paja y unas ropas humildes, pobres, sin ningún lujo o excentricidad, pero en la parte trasera del animal había una maleta.

-Bienhallado seas, hijo mío –me dijo un hombre un poco regordete. Sus palabras hicieron que mi corazón hirviera de odio.

-¡Yo no tengo padre! –grité a la vez que a mi mente acudían imágenes de puños que caían y lágrimas de una mujer ya devoradas por el tiempo-. ¡Deme todo lo que tenga!

Lo apunté con la pistola mientras él se tapaba la cara con las manos en un vano intento por protegerse.

En ese momento sentí la luz del sol que me cegaba, el calor se había vuelto insoportable y sentía derretirme como una vela, la imagen del hombre desprotegido y patético que susurraba que no le fuera a hacer daño, además esa palabra.

Hijo mío

No me lastimes

Hijo mío

No me mates

Hijo

Bang

No cayó de inmediato sino que se sostuvo un par de segundos de su mula como si estuviera borracho hasta que lo hizo de manera estrepitosa. Quitado el obstáculo me dirigí hacia mi botín. Tan pronto abrí la maleta el terror se incubó dentro de mi estómago como huevos de serpientes: En su interior habían dos sotanas, un rosario, una biblia, un poco de ropa y una carta del obispo donde anunciaba al ahora difunto sacerdote Atanasio Estévez como nuevo párroco de Pico de Oro.

A la desesperación le siguió el llanto y al llanto, el arrepentimiento. Había matado a un hombre santo. Caí de rodillas como Saulo de Tarso camino a Damasco y mientras las lágrimas se confundían con la sangre del sacerdote, veía el ocaso de un día que se extinguía.

¿Qué me impulsó a tomar su lugar? Mi alma no tiene salvación desde ese día pero sentí que el pueblo no podía quedar a la deriva. Lo enterré haciéndole un montículo de piedras, estuve un rato largo pidiéndole perdón y prometiéndole que me haría cargo de su misión y me encaminé al lugar.

Pico de Oro, a diferencia de lo que su nombre da a entender, es un pueblo más pobre que las ratas, un sitio de no más de cuatrocientas personas y cien casas donde todo estaba por hacer. Llegué al día siguiente y el alguacil, un pobre diablo que ni siquiera iba armado, me llevó a la parroquia, una casucha que parecía incluso más miserable que el resto.

La primera misa fue un desastre. La ropa de Estévez me quedaba dos tallas más grande haciéndome ver como un payaso y no sabía qué decir o cómo hacerlo. A la gente no le importó, de hecho me parecieron que estaban divertidos por la función, cuando empezaba a titubear ellos empezaron a corear lo que debía decir y yo lo repetía al revés de lo que debería ser una sacristía normal.

¿Sabían que era un farsante? Nunca lo he dudado. No creo que sea muy común que un cura se emborraché con sus feligreses o cada cierto tiempo se vaya de putas para descargar sus instintos más primitivos, sigo siendo un hombre y la castidad me parece más inútil que una cagada de caballo en el desierto. Sin embargo, también me hice uno con el pueblo, como decía antes estaba todo por hacer, no sólo desempeñé funciones de sacerdote sino de carpintero, artesano, agricultor, carajo incluso fui una especie de alguacil cuando me tocó ir a detener al joven Walter quien borracho le estaba pegando a su mujer y si bien en un principio no quiso oír mis sermones y me mando a que me metiera ‘la puta biblia por el culo’, me escuchó mejor cuando le di un par de golpes y hundí su cabeza en el abrevadero. Prometió no hacerlo de nuevo.

Cada vez leía más la biblia al punto que llegué a aprenderme capítulos de memoria. Reflexionaba en sus historias y pensaba en dónde estaba dios, en el sentido de las cosas. No lo vi en el antiguo ni en el nuevo testamento, ni en Jesucristo resucitado o en el Vaticano, esos culos gordos que habían mandado al difunto Atanasio Estévez a este pueblo olvidado por todos donde nunca le hicieron llegar  ni un centavo, pero sí lo veía en el pueblo, en la sonrisa de los niños que asistían a la misa, en la comunión que se formaba durante la sacristía, en un pueblo lleno de fe que había acogido a un extraño como si fuera un santo, quizá sabían que era un farsante, pero era su farsante.

Así transcurrieron años y décadas donde mi pelo se tornó gris y vi contraer matrimonio a muchos de los niños que correteaban por las calles polvorientas, así como vi partir a muchos amigos al más allá. En los últimos días llegaron noticias aterradoras de poblaciones vecinas: Un grupo de bandoleros comandados por un tal Sucio Juan había saqueado todo lo que se encontraba a su paso violando y matando sin importar si el pueblo no ofrece resistencia. Mi pueblo es el próximo en su camino.

Ahora bien, soy más partidario del Antiguo Testamento que del Nuevo, sobre todo  si se trata de supervivencia. Las parábolas de Jesucristo son bonitos cuentos pero no se aplican a la vida real,  dar la otra mejilla no es recomendable especialmente si una banda de asesinos piensa matar a tu hijo y follarse a tu mujer delante de ti. Con esto en mente reuní al pueblo en la capilla. Les hablé de David, Saúl, Sansón, Moisés y Josué y como al igual que los judíos éramos un pueblo elegido por dios por lo que debíamos defender nuestra tierra de toda invasión. Saliva gastada en vano, desde la primera frase sabía que me iban a seguir, igual continué otro rato  buscando inspirarlos más.

Y ahora estamos a la espera de Sucio Juan. Armados de pocas pistolas, azadones,rastrillos, piedras, picas y todo lo que pueda matar. Ellos son asesinos profesionales, el pueblo, en su mayoría, campesinos; no sé qué vaya a pasar, si logremos detenerlos o ellos dejen el pueblo reducido a cenizas o si dios en su magnificencia descienda un puto ángel del cielo que detenga esta locura. Sólo sé una cosa, correrá sangre, mucha sangre y quizá al final del día y sin importar nada más, haya encontrado redención por mi pecado. Oigo los cascos de cincuenta hombres retumbar hacía acá, el asesino que hay en mí se regocija. Se acercan. Que dios nos bendiga.   



viernes, 12 de mayo de 2017

34

Hay un libro muy hermoso, y en ciertos aspectos triste, Mis whatsapp con mamá, donde el hijo conversa con una madre ya muy enferma y ella le dice que ser adulto es tomar conciencia de que siempre estarás solo cuando debas enfrentarte al mundo, esas palabras parecieran definir lo que ha sido este último año para mí.

Hablar de estos 34 años sin mencionar la pérdida de mi mamá sería imposible. Fue a esta edad que la perdí después de una enfermedad de mierda que la fue apagando primero lentamente y luego con una velocidad impresionante. Han pasado cuatro meses desde su partida y no hay un día que no extrañe su voz, sus consejos, abrazarla, sentir un beso suyo o como jugaba con mi pelo cuando estábamos acostados. Sí, es cierto que uno aprende a sobrellevar la tristeza, a seguir adelante como ella lo hubiera querido pero perder a un ser querido (así como la ausencia de mi papá, de Camilo o mi perro Gruñón) deja una cicatriz en el alma que siempre estará presente, donde los recuerdas con todo el amor del mundo pero también con un halo inevitable de tristeza que deja su ausencia.

Después de su muerte reflexioné mucho, pensé en si valía la pena seguir escribiendo. Sentí que no tenía sentido, que nada lo tenía. En muchos aspectos sentí que las letras no servían, no he logrado publicar nada, ni con ellas logré ayudarla a ella, o por lo menos mitigar su dolor, no logré que la mujer que amaba sintiera lo mismo por mí y muchas veces siento que no ha servido para tocar a nadie, conseguir que mis palabras muevan o lleguen, pero también leí el poema Bukowski ¿Así que quieres ser escritor? y recordé que escribo porque para bien o para mal soy un escritor, que siento tantas palabras que se ahogan en mi interior que debo sacarlas de una forma u otra, es un camino solitario, es cierto, pero es mi camino, la única forma real que tengo de comunicarme y siempre que intenté salirme de esta senda estarán los fantasmas de mis seres amados y de tantos buenos escritores que me han precedido mostrándome la senda en la que debe transitar mi vida así no publiqué nada nunca o mis letras no sean lo suficientemente buenas o mis historias deban permanecer para siempre en papeles olvidados.

Treinta y cuatro años son un montón y no me siento ni más sabio o mejor persona, sólo un ser con cicatrices formadas por  experiencias de vida que han formado la persona que soy, la esencia que se mantiene intacta. He aprendido que hay personas que me detestan (alguna con justa razón otras no tanto) pero como mi mamá solía decir ‘nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo’, pero al mismo tiempo soy afortunado por contar con otra cantidad gigantesca de personas que me quieren, que cada día me ayudan a ser mejor persona, que con su amor hacen de mí un mejor ser humano, me empujan cuando siento que ya no tengo fuerzas para seguir luchando y le dan sentido a mi vida.

A veces cuando estoy triste y se acumulan recuerdos difíciles, cuando los demonios que cargo en mi espalda pesan demasiado y parecen ser más fuertes que yo pienso en las cosas hermosas que tiene la vida: Unas cervezas –o unos buenos tragos- con unos amigos, un cigarrillo ocasional en mi ventana donde a oscuras se ven las estrellas, en el cielo azul y sentir el calor del sol en mi piel, en los recuerdos de mi niñez o la gente que tanto he amado y ya ha partido, en el recuerdo de ver el cielo estrellado con alguien especial, en tantos momentos que me han quitado la respiración en esta vida tan fugaz, que pienso que todo lo vivido tantos los momentos buenos como malos han valido la pena y puedo partir mañana mismo de este mundo con una sonrisa.

Pasa algo curioso. Mis dos mejores amigos (un hombre y una mujer) ambos nacidos en abril –si fuera astrólogo habría que ver por qué quiero tanto a los aries- se casan este año. Ella ya lo hizo, él lo hará más adelante –curiosamente el día que cumple años mi amada hermanita-. Asimismo mi hermana está embarazada y la hermosa Verónica nacerá en octubre. Pienso en ello, en como la vida no se detiene, en cómo hay seres que nos dejan mientras la vida misma sigue dando vueltas, llenándonos de momento felices y tristes, y llegan nuevos seres a los cuales amar  que teñirán nuestra existencia de luz. Siento que debo luchar con todas mis fuerzas por dejarle un mejor mundo a mi sobrina, pelear contra tantas injusticias, homofobia, machismo y tantas cosas que hemos hecho mal durante tanto tiempo. Nuestro legado, nuestro sentido debe ser vivir y morir con la conciencia tranquila de haber hecho el bien y transmitir el amor y la tolerancia en un mundo lleno de odio, donde lo malo se ha convertido en bueno y la superficialidad parece haberse adueñado de la existencia.

Soy lo que soy por lo que he vivido y leído; por la educación que recibí de mis padres, por el amor que recibo de tanta gente a diario, por las enseñanzas tanto buenas y malas de los años venidos y por venir. En el amanecer de mis 34 años siento que ya no le temo a la muerte porque al llegar me reuniré con tanta gente amada que me aguarda con una sonrisa, ya en un más allá que aún  no concibo o en el silencio y el descanso de la nada, pero mientras viva, en cada respiro procuraré hacer que todo valga la pena.

A todos, a quienes me quieren, a los que amablemente se pasan por estas Letras Bizarras, a quienes no les caigo bien –pero quienes a su forma me han enseñado a forjar el carácter- a los presentes y a los ausentes, a los que desde la muerte me cuidan y todos quienes de una u otra forma han formado parte de mi vida, gracias. Los quiero.




miércoles, 26 de abril de 2017

Mariana, Nairo y el resentimiento en Colombia

Para quien no haya visto noticias los últimos días la cosa va así: Nairo Quintana criticó duramente a la Federación de Ciclismo por su pobre gestión y  falta de apoyo a los ciclistas. Al poco tiempo se filtró un audio que Mariana Pajón envió a su papá  criticándolo y diciendo que ‘Nairo debería tener cuidado con lo que dice’ y que ‘mejor se ponga a pedalear porque cuando un deportista se mete en temas políticos la cosa no va bien’, cabe aclarar que su padre es vocero de Fedeciclismo.

Al día de esta filtración, Pajón emitió un comunicado diciendo que no tiene diferencias personales con Quintana pero que está en desacuerdo como expresó su inconformidad, a lo que Nairo envió un video diciendo que no creía que ella hablara con mala intención y que todo se reduce a puntos de vista personales y toca seguir investigando para el bien del ciclismo nacional.

¿Asunto arreglado? Desde que se filtró la conversación hasta la respuesta de ambos deportistas, miles de post en facebook, trinos en twitter y artículos se hicieron sentir, donde la multitud, juez y parte se puso a favor de Nairo, condenando a Mariana por sus palabras. La violencia de los comentarios fue inmensa pero todo se reducía a la siguiente premisa: Quintana tenía razón porque es humilde y denunciaba a los poderosos y Pajón es sólo una niña rica  y mimada que lo ha tenido todo en bandeja de plata y no ha tenido que lucharla como el ciclista boyacense.

La agresividad de los comentarios fue incrementándose con el transcurrir de las horas, incluso llegando a demeritar los triunfos de Mariana porque ‘corre en una pista cinco minutos y no aguanta horas como Naironman’ como vi por ahí, e incluso un artículo desafortunado, incendiario y mediocre que salió en Las2Orillas con el título de “Mariana Pajón, mientras los papás de Nairo venden ruanas en Cómbita, el tuyo es directivo de Fedeciclismo”.

Todo este incidente deja al descubierto un grave problema de la sociedad colombiana. Nos carcome el odio y el resentimiento: Se perdió una oportunidad de oro de dar un debate por la gestión de Fedeciclismo por andar hablando de si Nairo fue pobre o Mariana nació en cuna de oro.

Es estúpido pensar que Nairo tiene razón porque es (o haya sido) pobre y Mariana una persona que no sabe nada porque nació en una posición privilegiada. Ese pensamiento retrogrado y maniqueo es en parte culpable de la mentalidad mediocre del colombiano que en lugar de luchar por oportunidades busca culpables por su situación.

¿Y qué si Mariana nació en un estrato alto? ¿Qué debería hacer? ¿No aprovechar la oportunidad del destino? Que yo sepa, desde niña entrena todos los días de su vida muy duro por cumplir sus sueños logrando dos medallas doradas olímpicas, hazaña que ningún otro deportista en Colombia ha logrado hasta el momento, y nadie le ha regalado absolutamente nada, si ser rico fuera sinónimo de talento o triunfo este país injusto estaría lleno de medallistas olímpicos, nobeles y ganadores del Premio Oscar.

Y que los papás de Nairo sean vendedores de ruanas no dice otra cosa más que la tenacidad del boyacense por superarse y salir adelante por encima de sus orígenes y convertirse en uno de los mejores ciclistas colombianos de todos los tiempos

También me parece pertinente aclarar, al parecer no se ha hecho lo suficiente, que el audio de Mariana era privado y no estaba destinado para los medios. Ahora piensen, apreciados lectores, en sus chats , las conversaciones y audios que mandan a diarios y que son íntimos. A mí me parece que en ningún momento ella habla mal de Nairo, por el contrario, dice que en ciertos aspectos tiene razón pero da su punto de vista.


Toda esta discusión sin sentido nos aleja de los puntos verdaderamente importantes de este tema ¿quién filtró ese audio privado? ¿A quién le conviene que estos deportistas se peleen? (Por ahí Pirry da una buenas puntadas) ¿Qué tan ciertas son las denuncias de Nairo? En un país serio se estaría investigando a Fedeciclismo ya fuera para tomar medidas pertinentes o desestimar con pruebas lo expresado por él , pero este es el país del Sagrado Corazón y la próxima semana toda esta discusión ya estará sepultada por el escándalo de turno.







jueves, 9 de marzo de 2017

En más de mil lugares

Oyéndola respirar dormida mientras fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce.

La noche en que la conocí, mis pasos me habían guiado por más de diez bares. Una copa en cada uno de ellos y salir de nuevo a la oscuridad. El lugar en donde la vi estaba a reventar y la gente celebraba el placer de estar viva. Una leve carcajada ebria y el brillo del castaño platino de su pelo me llamó la atención de inmediato. Nos vimos y acercamos como si fuéramos viejos conocidos que no se habían visto en toda su vida. Iba empezar el viejo proceso de conquista cuando me susurro al oído: ‘Vámonos’.

Recorrimos la madrugada de la calle, vimos ebrios que vomitaban por los parques, indigentes que hacía fogatas para protegerse del frío, prostitutas que abordaban carros con destinos inciertos mientras reíamos y hablábamos y copos de nieve se posaban tímidos sobre su nariz.

Llegamos a su apartamento y antes de darme tiempo de abalanzarme sobre ella se escabulló como una cervatilla que huye de su depredador. Prendió su televisor y antes de que reaccionara me pasó un control de videojuegos.

-¿Me ayudas? Es que no he podido pasar de ese nivel-dijo tratando de ocultar una carcajada  -no creerás que te traje aquí para que me comieras.

Era un juego de zombies. Me pasó una botella de ron a la vez que limpiábamos las calles de la amenaza y mientras exterminaba seres renqueantes y putrefactos imaginé lo que se sentiría meter mi lengua en su boca y someterla de mil maneras impúdicas, me miró de reojo mientras que en la pantalla usaba un lanzallamas para quemar a los pobres muertos que se habían metido en su camino. No supe cuántas botellas llevábamos o cuantos cadáveres adornaban las calles virtuales cuando boté el control e hice lo que deseé desde el primer instante que la vi.

-Tengo alguien bueno que me ama –susurró a manera de excusa intentando escaparse de mis brazos.

-Todos hemos tenido alguna vez a alguien bueno que nos ama –respondí mientras le quitaba la ropa

Su cuerpo era único como si el oro se pudiera degustar y sus ojos parecían brillar aún más incluso en la penumbra de su cama. Parecía una medusa enloquecida bajo mi cuerpo, moviéndose siseando, mordiendo y chupando como si quisiera dominar a su dominante, con rabia, ternura, y placer que brotaban de mil fuentes confluyendo bajo los estertores de un orgasmo continuo.

Me quedé a dormir junto a ella y el sol nos atrapó mientras respiraba sobre su nuca. Nunca más hablamos de aquella noche ni de la botella de ron o la cacería de zombies y nos despedimos de mano en la portería de su edificio justo después de haber tenido sexo en la ducha de su apartamento.

No intercambiamos teléfonos, ni correo o redes sociales,  teníamos la certeza de que nuestros cuerpos se llamaban y un pronto encuentro era inevitable. A los seis meses coincidimos en la fila de un banco y pasamos el resto de la tarde viendo nuestros cuerpos sudados en el reflejo del espejo de un techo.

Podíamos vernos en cualquier momento, en cualquier lugar. Una vez nos divisamos en la calle a lo lejos mientras la policía desintegraba una revuelta estudiantil y tuvimos que atravesar la calle de repleta de gas mostaza, sangre y pancartas de izquierda para irnos a tirar tranquilos.

La única regla que teníamos, si era que podía considerarse como tal, era que siempre hacíamos el amor en diferentes lugares. Íbamos desde hoteles cinco estrellas donde una noche podía costar una fortuna hasta lumpanares grotescos donde la pared era tan floja que podías escuchar todos los gritos y gemidos de todo el piso si te concentrabas lo suficiente.

Hacer el amor con ella era excesivo. Todo en ella lo era. Su estatura, el tamaño de sus tetas, lo descabellado de sus historias, el deseo que parecía emanar de su piel, cada vez más ansioso, más urgido de mis besos. Nos encontramos de manera casual por muchos años y nunca parecía saciarme de ella, devorándola con la misma intensidad que la primera.

Y siempre llegaba el momento en que parábamos exhaustos de la frenética jornada. Ella ponía su cabeza sobre mi pecho y hablábamos. Le contaba cosas que ninguna mujer, ni siquiera aquellas que dijeron amarme o que creí yo hacerlo supieron jamás y ella escuchaba, cerraba los ojos y se dejaba arrullar por mis extrañas historias como si fueran canciones de cuna; en sus silencios, en esa sonrisa plácida, podía entrever una libertad que nunca había experimentado y que quedaba encerrada en esas cuatros paredes y esos segundos finitosinfinitos que duraban nuestros encuentros.

Un día recibí una llamada. Fue la primera y única vez que me contactó. Siempre tuve la sospecha que sabía quién era y cómo llegar a mí pero prefería dejar nuestros encuentros a los múltiples dados del azar. Me citó en su apartamento y me comunicó lo que sospeché desde que oí su voz por el celular, se casaría con ese alguien demasiado bueno que la amaba. No le pregunté si ella lo amaba igual ni intenté convencerla de que se fugara conmigo para un lugar remoto porque así no funcionaba la vida.

- Siempre es bueno tener a alguien demasiado bueno que nos ama –le susurré mientras le quitaba la ropa y me disponía en hacerla mía en todos los rincones de su casa en un fin de semana que ninguno habría de olvidar jamás.

Oyéndola respirar dormida mientras me fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce y llegué a la conclusión que su encanto era precisamente el de saberla lejana y difusa, un huracán hecho mujer, una fuerza de la naturaleza cuyo milagro era simplemente ser y que, a veces, las mejores historias comienzan con una la respiración de una mujer dormida después de un orgasmo.

Sabía que la volvería a ver, los cuerpos se seguirían llamando una y otra vez por años a pesar de ser su llamada cada vez más débil. Quizá alguna vez la vería a lo lejos con su hombre demasiado bueno tomada de la mano al hacerlo prendería otro cigarrillo en su honor y daría media vuelta mientras seguiría eternamente atrapado en el misterio de sus ojos.





lunes, 6 de marzo de 2017

Logan

 (La siguiente reseña tendrá spoilers de la película así que no la han visto no la lean. Advertidos quedan)


“El mundo ya no es lo que era”
                                                Logan


Logan es una película triste. Estamos acostumbrados a películas de superhéroes poderosos que se enfrentan a grandes amenazas y villanos para al final salir victoriosos y arreglar las cosas, este no es el caso ya que nos enfrentamos al ocaso de los mutantes y a un mundo apocalíptico para ellos.

Lo que más sobresale de esta cinta es lo cansados que están los protagonistas. No tienen nada de esplendorosos, ya no existen Wolverine, el Profesor X, solo un viejo Logan y un Charles Xavier que sobreviven en un entorno hostil donde los mutantes son una especie en vía de extinción.

Charles sufre de demencia senil convirtiendo a uno de los más poderosos mutantes en un arma de destrucción masiva que nadie puede controlar. Logan se ha hecho cargo de su amigo cuidando de él en un lugar olvidado por todos en la frontera con México. Ambos saben que no tienen salida, no hay nada que puedan hacer o combatir para arreglar la situación. A lo largo de las películas la relación de ellos ha sido paternal donde un Xavier guiaba a Logan pero en esta última se ha invertido y se ha vuelto mucho más profunda y entrañable.

En esa situación aparece Laura, X-23, el reflejo de Logan, su hija. Joven, impetuosa, salvaje, confundida, y tras ella una siniestra organización causante de la desaparición de los mutantes que busca convertir a niños en armas de guerra. Ella es la esperanza en un mundo gris, la luz para nuestros protagonistas de un futuro al que no pertenecen donde están viviendo horas extras.

Lo mejor de la película son las actuaciones, tanto Hugh Jackman como Patrick Stewart dejan la piel en sus papeles, saben que es la última vez que visitarán el mundo mutante y no se restringen regalándonos interpretaciones magistrales. Dafne Keen como X-23 también hace muy bien su papel sobrotodo teniendo en cuenta que no habla durante más de la mitad del filme.

Hablaba de que es una película triste y esto  se ve representado más que todo en el hecho que ambos son el eco de un mundo destinado a desaparecer y porque fue el mismo Charles Xavier quien sin intención  mata por accidente a los Xmen. Todo lo que vimos en el pasado, todo lo que construyó a través de décadas se ha ido.

Desde que vemos la enfermedad de Charles, la paulatina desaparición del poder regenerativo de Logan y el lugar donde se desenvuelven  sabemos que lo único que les espera es la muerte, el descanso. Este viene en forma de X-24 un clon exacto de Logan, que representa lo que éste debió haber sido, a lo que se rebeló, una herramienta, un asesino,  luchando con él para salvar la vida de su hija encuentra un propósito.

Sorprende que James Mangold, director de la mediocre cinta anterior, The Wolverine, haya realizado esta película tan íntima y oscura. En una entrevista había dicho que quería una cinta alejada de la parafernalia de los superhéroes, deseaba algo más realista y vaya que lo consiguió;  para mí la cinta es un road trip con toques de western y muy poco de súper poderes (quizá donde más se nota es en el tercer acto). El haber cambiado la clasificación de la película en una para  adultos ayuda a crear una cinta mucho más madura de lo que podría haber sido, donde no se cortan para mostrar sangre o desmembramientos (lo que de verdad haría un tipo con garras de adamantio si existiera) y se ve de manera natural, sin parecer en ningún momento exagerado.

En el 2029, los mutantes han llegado a su fin, nuestro héroes han encontrado el reposo a su largo camino….y el futuro reposa en Laura y sus amigos a quienes quizá veamos en nuevas cintas.

¿Qué les pareció la película?





miércoles, 1 de marzo de 2017

El día en que las Tortugas Ninja salieron del closet

En 1992 un niño pegó unas laminitas de las Tortugas Ninja en su closet, seguramente eran repetidas o de pronto quiso dejar un legado eterno e imborrable en ese pedazo de madera que veía todos los días como desafío al tiempo. Veinticinco años después, el hombre en el que se convirtió ese pequeño observaba por última vez esas figuras sabiendo que era la última vez en su vida que las vería.

Vaciando la casa de mi madre para no volver, en donde los objetos acumulados por casi treinta años se mezclaban con un torrente inabarcable de recuerdos, mi mirada volvía una y otra vez a las figuras amenazantes y divertidas de mis héroes de niñez. Recuerdo la habitación y el tiempo que pasé en ellas pero ese niño que fui yo mismo se me hace lejano y ajeno como si fuera alguien completamente diferente e incomprensible para este hombre que ha vivido muchas cosas tantas buenas como malas en el camino que ha recorrido y las decisiones que ha tomado.

¿Qué pensaba ese niño? Seguramente sus preocupaciones me parecerían insignificantes ahora pero en ese tiempo eran importantísimas, sé que su infancia fue muy feliz y que nunca fue consciente de lo afortunado que fue durante ese periodo. Cuando estamos pequeños no sabemos todo lo que nuestros padres hacen para blindarnos de los problemas del mundo real y mantenernos en una burbuja feliz que se rompe cuando nos hacemos adultos y crecer es darnos cuenta que al final estamos solos frente al mundo.

El niño creció, se mudó con su padre después del divorcio pero el closet de su niñez siguió igual con las Tortugas Ninja atentas, vigilando los recuerdos de su infancia. Él volvería muchas veces a ese lugar cada vez más adulto, cambiado, vería el cuarto y le traería recuerdos del olor del pan, de la emoción con que pegó esas laminas y la cama ya inexistente donde su mamá le daba un beso antes de dormir y le dejaba prendida la radio en la estación de música clásica mientras se dormía, pero nunca se imaginaría que habría una última vez, una última visita, un último adiós.

¿Cuántas personas somos durante nuestra existencia? Cambiamos tantas veces de manera tan sutil que ni siquiera nos damos cuenta. Cada año, cada década tenemos tantas experiencias, personas por conocer, lugares por visitar, dolores y alegrías que sentir que nos convierten en personas casi extrañas a las que fuimos algún día aunque nuestra esencia siga casi intacta. Quizá somos mil y una más, como si viviéramos infinitas vidas en una sola y no nos diéramos cuenta de ello sino en determinados momentos cuando la nostalgia toca nuestra puerta, a veces de manera sutil, a veces con la ferocidad de un monstruo insaciable en busca de épocas mejores.

Nuestra vida es un recorrer infinito de lugares y personas que solo tendrá descanso al morir. En algún momento los lugares de nuestra niñez, donde dimos el primer beso o amamos intensamente desaparecerán físicamente y vivirán únicamente en nuestra memoria desapareciendo nuevamente cuando nosotros ya no estemos.

Recordé esto el penúltimo día antes de dejar la casa de mi madre. Esa noche fui al parque cercano que se veía mucho más pequeño de lo que recordaba. Vi el inmenso árbol y los columpios donde tantas veces corrí hasta quedar exhausto sabiendo que en casa mamá y papá estarían esperando por mi regreso, y todos mis seres, el niño que pegó los cromos, el adolescente indiferente y taciturno y el hombre lleno de cicatrices que soy ahora supe lo afortunado que ha sido por los lugares que ha recorrido y por la gente que ha tenido la fortuna de conocer y amar.

De momento las Tortugas siguen en el closet a la espera de un futuro incierto pero no las visitaré más, las llevo en mi corazón y eso basta por los años pasados y por venir. Su guardia ha terminado.





miércoles, 22 de febrero de 2017

Gracias

A veces vivir parece un acto de valentía. El mundo parece haberse ido al garete y las noticias son como cucharadas de jarabe de ricino, amargas y espesas. Nos levantamos y no sabemos si estar más aterrados por lo que ocurre en el mundo con sus guerras, la paranoia y el odio al que es diferente que crece como un monstruo desbocado o el miedo a lo cercano, a ese ser desconocido que vive en nuestra calle o es cercano a nosoros y que detrás de una cara amable puede esconder un violador o un asesino en potencia.

Actos horribles ocurren en el mundo y los gritos silenciosos de los asesinados por fuerzas oscuras, los niños cuya inocencia es arrebatada por bestias disfrazadas de hombres, las bombas que arrasan poblaciones y que no nos importan porque son en lugares lejanos se convierten en parte del paisaje que, en el mejor de los casos, darán pasos a airadas y efímeras protestas que se olvidarán a los pocos días para dar paso a la rutina de siempre, a la vida en donde la tragedia y la comedia esperan acechantes a la vuelta de la esquina.

Pero me gusta pensar que también hay bondad en el mundo. Que a pesar de la oscuridad también hay un rayo de sol que puede atravesar la noche, que los seres humanos podemos ser compasivos con el otro de manera desinteresada, que el alma humana que en ocasiones puede ser tan superficial y egoísta puede al mismo tiempo albergar los sentimientos más hermosos.

Durante los últimos meses de la enfermedad de mi madre pude comprobar esto último. En ningún momento estuvo sola. Siempre hubo algún vecino, familiar o amigo dispuesto a visitarla y acompañarla; personas que incluso que viajaron desde ciudades lejanas para hacer algo que la hicieran sentir mejor. Cuando viajaba veía todo ese amor que la rodeaba, esa romería de personas que no la desamparaban un momento, que no tenían ninguna obligación con ella pero aun así estaban pendiente de su salud, algunas incluso a diario.

Pienso quizá que esto se debió a que fue ella quien cultivó esas amistades, ese cariño. Siempre estuvo presta a dar un consejo, a ayudar a quien la buscara. Pero a veces, esos actos de bondad, no suelen ser recíprocos y en los momentos más difíciles las personas que estuvieron en la fortuna suelen ser los primeros que se alejan y huyen. Afortunadamente ese no fue su caso.

Incluso después de su muerte muchas personas se siguieron manifestando. En ambas ceremonias que le hicimos, tanto en Estados Unidos como en Colombia los lugares estuvieron llenos para recordarla. Recibí gestos de condolencia incluso de gente que hace mucho tiempo no veía y de personas que no creí que fueran capaces de tal empatía, de personas que ven en mi hermana y en mí un eco de lo que ella fue y que nos han acompañado brindándonos con su cariño la fuerza necesaria para atravesar este triste momento.

Una de las frases que más repetía mi mamá era “Para qué las más hermosas flores sobre mi tumba si en vida no se portaron bien” y creo que recibió ramos infinitos de astromelias (sus flores favoritas) de manera simbólica mientras estuvo viva y que a día de hoy lo sigue haciendo mientras se le recuerde con cariño.

Gracias. Infinitas gracias a todos aquellos que la acompañaron de manera paciente y amorosa hasta el fin de su camino, con actos que incluso podían parecer insignificantes pero que tuvieron para ella un gran significado. Gracias por quererla y por no tener miedo en demostrarlo. Gracias a quienes en estas horas aciagas nos acompañan a mi hermana y a mí con una palabra de apoyo, un consejo o simplemente oírnos. Gracias mil y un veces..

Mientras tanto una lluvia de pétalos de astromelias siguen cayendo por mi ventana donde brilla la luna.





martes, 7 de febrero de 2017

Mamá

I.

El día en que mi madre murió abordé un avión a las diez de la mañana desde Bogotá hacia Orlando donde ella estaba viviendo. En el vuelo repetí la película Doctor Strange y terminé el libro No es país para viejos de Cormac McCarthy; a las tres de la tarde  llegué a Estados Unidos y tuve que esperar media hora hasta que mi hermana me recogió. En su carro hablamos de la situación de mamá y paramos por burritos para llevar a casa. Cuando llegamos al apartamento la vi. Estaba mucho más flaca que de costumbre y ya no podía caminar ni tenerse por sí misma, no se alegró visiblemente de verme pero me hizo saber que estaba feliz de que estuviera allí.

Me pidió que la llevara desde su cama hasta el sillón reclinable donde veía televisión, la cargué y me sorprendí que una persona tan esquelética pudiera pesar tanto. Vimos Zootopia en inglés y ella se durmió la mitad de la película por su cansancio. Vino una vieja amiga que hace once vive acá a hacerle la visita y dejó una sopa a medio terminar; en algún momento mi hermana me dijo que ella estaba agonizando, a las diez de la noche pidió que la trasladáramos a la  cama porque tenía sueño (días después mi hermana me confesaría que ella nunca se acostaba tan temprano), la cargué de nuevo desde el sillón hasta la cama y apagamos las luces.

Antes de la medianoche empezó a quejarse, a gemir, a decir que tenía mucho calor, que la ayudara. Yo estaba a sus pies en una colchoneta improvisada a su lado; empecé a moverla de un lado a otro, me dijo que tenía una incomodidad pero no sabía dónde, le unté los labios de hielo, le quité la pijama porque se quejaba del calor, ‘quiténmelo, quítenmelo’ repetía una y otra vez; mi hermana salió de su cuarto, se acostó detrás de ella y la abrazó, de un momento a otro empezó a respirar pesadamente…miento, a respirar dolorosamente, sé que suena raro pero así fue, era un sonido extraño, un fuelle cuya exhalación era una expresión de dolor, un eco atroz e inolvidable.

En la oscuridad la tomé de su mano, era delgada, casi en los huesos. Ella que al final no soportaba el contacto físico no la retiró, empecé a acariciarla. Tanto mi hermana como yo empezamos a decirle cada uno por nuestro lado lo mucho que la amábamos y que ya era justo y necesario que descansara, que tenía que dejarse ir, en un momento dijo con todas sus fuerzas, ‘Dios ayúdame’.....empezó a respirar cada vez más frenéticamente y cada exhalación seguía siendo una queja, hasta que la intensidad de cada suspiro empezó a disminuir, en la oscuridad me pareció ver que miraba un punto fijo que iba más allá de cualquier objeto terrenal que me sobrecogió (a día de hoy me preguntó si habrá visto a la muerte) me apretó la mano y empezó a respirar cada vez más bajo hasta que dejó de hacerlo. Cuando mi cuñado asustado por los gritos de mi hermana  prendió la luz, mi mamá había dejado de ver ese punto exacto, había cerrado sus ojos y había partido de este mundo con sus amados hijos a su lado.



II.

Días después mi hermana me confesó que la última vez que la enfermera fue a ver a mi mamá  fue incapaz de encontrarle el pulso, estaba  tan débil que era incapaz de ser detectado. Le dijo a mi hermana que su situación era tan difícil que creía que le quedaban un par de semanas y que seguramente no llegaría a fin de mes. Tan pronto mi hermana me hizo saber esto no dudé antes de pedir una licencia en mi trabajo (donde tanto la gerente como mi jefe han demostrado una calidad humana de la cual estoy infinitamente agradecido y que parece increíble encontrar en estos tiempo frenéticos) que me permitieran acompañarla sus últimos días que a la postre terminaron convirtiéndose en sus últimas horas.

Ayer al venir las enfermeras a recoger los insumos de mi madre me dijeron algo más. Según quien la había visto me dijo que su situación era tan grave que no le quedaban más de 24 horas, incluso 48 era una exageración, pero ella superó todos esos records aguantando casi 72 distribuidas en tres días. Su cuerpo estaba completamente roto pero su alma no lo estaba y esperaba algo más.

Mi hermana me cuenta que el sábado en que mi madre murió había amanecido relativamente bien, pero tan pronto llegué empezó a empeorar a una velocidad inimaginable hasta su fin. Ella estaba esperando que llegara  para poder partir en paz y estoy convencido que si no hubiera viajado ese sábado sino el lunes como era mi plan inicial ella, a pesar del inmenso dolor, habría aguantado porque quería despedirse de su primogénito.

  Y pienso que a pesar de su lamento sobrecogedor de sus últimos minutos de vida, a pesar de que ya no expresaba gran cosa por el dolor y el agotamiento el haber estado con ella hasta el final, el haber sentido el apretón de su mano en el momento final hace que todo hubiera valido la pena una y mil veces más.




III.

Trato de no pensar en mi mamá en sus últimos meses de vida y me pregunto qué es aquello que conforma a una persona. Si sus momentos malos o los buenos o los tristes o felices. Si es posible encasillar a nuestros seres queridos en una sola categoría como la Santa, la Virgen o el Villano y llego a la conclusión que no hay categorías absolutas como el blanco y negro sino que todo se reduce a una gama casi inabarcable de grises donde la mayoría de las personas nos movemos durante toda nuestra vida.

En los últimos días mi hermana se repite una y otra vez algo que decía  mi mamá en sus días finales: ‘Qué he hecho yo para merecer esto’….y no hay una respuesta satisfactoria para esto, no hay cielo ni infierno, ni recompensa ni castigo, no existe un dios que nos castigue o recompense, ni un karma similar a una policía de lo moral dispuesto a culparnos por nuestros pecados, lo único real es el azar que no respeta ni ricos o pobres o buenos o malos y lo único realmente  importante son nuestras acciones ante ese azar.

Mi mamá fue una persona hermosa y no pude elegir una mejor madre para que fuera la mía. Pienso ahora en miles de recuerdos que se entremezclan uno sobrepuesto al  otro: Ahora me está disfrazando para ir a pedir dulces en Halloween, ahora estamos viendo Félix el gato en un miserable colchón en un diminuto televisor en blanco y negro en una apartamento vacío en 1989 , ahora me acaricia la cabeza de una manera en que ninguna mujer lo ha hecho o hará de una forma que era como su firma sobre mi piel; ahora me aconseja sobre aquella mujer pelinegra de mirada perdida en el infinito a quien amé pero no me correspondió, ahora estamos en Brasil disfrutando de la playa de Río de Janeiro en un día  de sol que no parece terminar jamás, ahora me dice al igual que papá que debo ser muy unido con mi hermana y que el dolor de uno lo debe sentir el otro; ahora me está poniendo la ropa (una camisetica amarilla y unos pantaloncitos cafés)  y acompañándome a la portería del conjunto esperando el transporte de mi jardín infantil, ahora la veo llevándonos a mi hermana y a mí a terapia mientras ponía  en  casette y cantaba a todo volumen a Juan Gabriel en su viejo Zastava del año 71 y ahora la veo en el chat de la familia llamándonos a mi hermana y a mi ‘tortolitos’ y diciendo lo mucho que nos amaba y planeando nuevos viajes que nunca habrían de realizarse.

El legado más importante de su mamá fue su valentía, su fortaleza.  No importaba lo podrida que estuviera por el cáncer o los diagnósticos de los doctores, nunca derramó una lágrima. “Lloren, lloren todo lo que quieran pero no quiero que cuando me hayan ido se vayan a enloquecer o hacer tonterías” nos dijo cuando los doctores nos dijeron que ya nada se podía hacer por ella. Y al final, por irónico que pueda parecer, ella venció, no se fue cuando el cáncer se le dio la gana sino cuando ella así lo quizo, pateándole el culo por infinita vez a esa enfermedad de mierda, demostrándole que un espíritu y una voluntad  de fuego es capaz incluso de derrotar al peor de los males.

Hay un libro del Joël Dicker, El libro de los Baltimore para ser más exactos,  donde uno de los protagonistas sufre de cáncer y dice lo siguiente: “Somos muchos los que buscamos darle algún sentido a la vida, pero la vida solo tiene sentido si somos capaces de cumplir estos tres propósitos: dar amor, recibirlo y saber perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo”.  Pienso en toda la gente que fue a visitar a mamá en sus últimos días, tantas muestras de amor de quienes fueron testigos de sus últimos meses, personas que nunca pensamos aparecerían y así lo hicieron; pienso en que hizo las paces con todos antes de partir y pienso en que me esperó para poder partir mientras le decía a mi hermana lo mucho que la amaba y me recomendaba con ella. Pienso que ella amó intensamente, fue amada con la misma magnitud, perdonó las ofensas contra ella y pidió perdón por los errores que pudo haber tenido. Pienso que su legado vive en mi hermana y en mí, y que la vida es solo el amor que damos y recibimos y ella fue generosa hasta más allá del límite en brindar su amor y cariño y sé que ahora junto lloramos porque nunca es fácil decir adiós a alguien tan querido pero su fuego vive en nosotros y de nosotros depende que su valentía sea la estrella más brillante en el cielo que nos habrá de guiar hasta que sea hora de reunirnos con ella.

Te amo mamá. Me haces mucha falta. Algún día nos veremos de nuevo.


María Cristina Mendoza. Septiembre 8, 1958 – Febrero 4, 2017