viernes, 4 de agosto de 2017

Carta a mamá seis meses después

Mamá,

Hoy se cumplen exactamente seis meses desde que te fuiste…cómo pasa el tiempo de rápido, ¿no crees? Aún no sé si valga la pena escribir esta carta: los religiosos creen en otra vida, incluso alguien le dijo a mi hermana que tú ya estabas en el más allá y mi papá te estaba guiando, y si bien tan pronto nos dejaste quise creer en estas afirmaciones, ahora, con el tiempo, lo veo con la ternura de quien quiere creer en cuentos de hadas o historias bonitas como aquella que el amor de pareja dura para siempre.

Los psicólogos dirán que escribirte es una catarsis, un desahogo del alma que no tiene más beneficiario que yo mismo. Quien me conoce creerá que escribo porque es mi único lenguaje, apropiarme de las palabras de un teclado ha sido la única manera que realmente revelo quien soy, más allá de máscaras y convenciones y es quizá la única forma en que mis silencios y miradas cobran voz.  Pero ¿qué creo yo? Nadie, ni siquiera tú has regresado de la muerte, es posible que como le dijeron a mi hermana estés junto al viejo descubriendo cosas maravillosas o te hayas desvanecido del mundo físico de la misma manera en que apareciste en él. Las probabilidades son las mismas que el dios verdadero sea el Jehová de los cristianos y judíos  y no el Quetzacoatl de los mayas o el Ra de los egipcios o alguno de los miles de dioses que pululan por el mundo.

De lo que puedan decir o creer de la muerte (de muerte) tanto religiosos como psicólogos, amigos o familiares sólo tengo una certeza, una que duele todos los días, como si te desollaran el alma: No hay un solo día que no te extrañe mamá, no hay un solo día en los que no daría mi vida entera por oírte, por verte, abrazarte o poderte besar y quizá escribirte sea mi manera de mantenerte solo un rato más junto a ti, como si pudiera traerte de vuelta por un par de horas.

 Eras mi norte, mi brújula, mi polo a tierra. Cuando murió papá fuiste tú quien no dejo que ni mi hermana ni yo nos derrumbáramos. Desde que partiste he comprendido en su totalidad el significado de ser huérfano,  es frío, como si todo el hielo del mundo se metiera en cada parte de ti. Es una palabra cruel que cuando niño relacionaba con novelas como las de Dickens y que ahora, cuando toca afrontarla, lo haces  con una valentía que no crees tener pero que está en el fondo de tu corazón. Por algo somos tus hijos.

Extraño tus consejos. El llamar a Cali a diario y escucharte mientras sonaban los grillos (creo que es una de las cosas que más extraño de la ciudad donde nací) donde al fondo se escuchaban los ladridos de Gruñón y el ruido de la televisión. Extraño visitarte, llenarte de besos y recostarme a tu lado mientras me consentías la cabeza y jugabas con mi oreja como si fuera tu firma sobre mi piel. Extraño los besos, las conversaciones, el poder contarte mis problemas y siempre oír la mejor solución como si todos los problemas del mundo palidecieran ante tus acertados consejos.

Trato de pensar para contrarrestar la tristeza y la nostalgia en los recuerdos bonitos y no te asombraras de saber que de  esos hay muchísimos. Desde los paseos a lugares lejanos como Disneylandia al visitar a Nata en Orlando, nuestro viaje a Brasil durante el mundial, o incluso los más cotidianos como simplemente salir a caminar por el parque cercano mientras el perrito nos seguía rebosante de felicidad canina, mientras nos bañaba el sol y éramos eternos e infinitos sin siquiera darnos cuenta.

Hace poco me enfermé dos veces. Una de ellas fue una leve intoxicación que me tuvo vomitando un día entero y la otra una gripa que me duro casi una semana y que me tuvo en cama débil. No sabes cómo te pensé en ambos momentos, no sólo porque me hicieran falta tus cuidados y mimos -nadie podrá cuidarte jamás con el amor de una madre- sino porque en medio del dolor y la maluquera recordaba que había noches enteras en que no dejabas de vomitar en ese maldito balde  (de solo recordarlo me llena de odio, como si fuera una de las representaciones de tu enfermedad), y durante meses soportaste un dolor infinitamente más potente que la peor de las gripas.

Pensaba que nunca podré saber todo lo que experimentaste, lo que padeciste. Y nunca te quejaste. Lo soportaste todo con una valentía que quisiera tener; es cierto, a veces te ponías irritable pero mierda, con todo lo que estabas viviendo eras prácticamente una santa. Al estar enfermo y pensar en ti es inevitable pensar en si me porté bien contigo, sí pude hacer algo por aliviar tu dolor o por lo menos hacerte feliz, si fui útil o lo suficientemente paciente. A veces también me irritaba y mi humor no era el mejor, pero no era contigo, nunca, era simplemente la impotencia feroz de ver como esa enfermedad te iba carcomiendo de a pocos sin poder hacer nada. Es cierto que la mayoría de la gente dice que tanto Nata como yo hicimos todo lo que pudimos pero siempre queda la inquietud de saber si pudimos hacer algo más. Ese algo más que podría salvarte o hacerte todo más fácil.

Debo confesarte algo. Algo que no te gustara. Si estuviéramos hablando por teléfono seguramente habrías notado mi voz rara y me habrías preguntado si algo me ocurría hasta que te lo habría confesado todo….trato de imaginar tu voz y contártelo por acá. Mamá desde que te fuiste siento que nada me asombra, nada me impresiona, estoy tranquilo, pero siento que nada me emociona. Me digo a mi mismo que es por tu ausencia, que tanto todo lo que paso con mi papá, como tu enfermedad o la muerte del perrito (así como mis propias decepciones acá en Bogotá) me han desgastado emocionalmente y que necesito tiempo para estar mejor.

Pero a veces me da miedo….me da miedo quedarme así, pasmado para siempre, como si estuviera muerto en vida, viéndola pasar impávido,  no ser capaz de escribir de nuevo o emocionarme otra vez ante las pequeñas maravillas que trae la vida y que ignoramos cuando estamos sanos y con nuestros estúpidos problemas de adultos. No lo sé mamá, me asusta no ser feliz nunca más, y necesito tu consejo para tranquilizarme y ahora que no estás trato de escuchar tu voz en mi corazón…pero no siempre estás allí.

Trato también en pesar cosas agradables. A pesar de todo pude disfrutarte un poco más de treinta años, muchas personas no han sido tan afortunadas y han perdido seres queridos mucho antes…y nos encontramos mamá, he sido tan afortunado en ser tu hijo y más allá del dolor que aún siento, también sonrío al pensarte y vivo orgulloso de ti, de tu valentía, del amor infinito, de tu sabiduría, de darme también a mi hermana, mi gran amor que se parece tanto a ti...

Y miro el futuro, ese que se ve tan sombrío a veces en el país, en el mundo, pero que ahora espera por nacer en Verónica, tu primera nieta. No sé si lo hayas visto pero tu hija está hermosísima con su embarazo. Pienso en ella y el solo hecho que nazca es ya de por sí un milagro. Tú eres el pasado que vive en nosotros, pero ella mamá, ella es el futuro, la esperanza, y no veo la hora de que nazca para cubrirla de besos y decirle que lucharé porque tenga un mundo mejor. Espero que heredé de ti todas las cosas buenas y no dejaré de decirle un solo segundo lo maravilla que fuiste y todo el amor que nos dejaste y que la cubrirá a ella también.

Creo que eso es todo lo que tengo por decirte por ahora. No sé si puedas leer esta carta, y sí es así quiero que sepas que te amo. Y te extraño. Y tanto Nata como yo estaremos bien. Somos fuertes. Al fin y al cabo somos tus hijos.

Tu hijo que te ama,


TuLio:.



miércoles, 26 de julio de 2017

La insoportable levedad del ex

Pasó así: Estaba almorzando en una pequeña plazoleta de comidas en una parte  de la ciudad que pocas veces frecuento cuando la vi entrar, miré dos veces para asegurarme que fuera ella. En el segundo vistazo nuestras miradas se cruzaron y ella también me reconoció. Me levanté de la mesa fui hasta donde estaba mi ex novia, me saludó de manera amable, me presentó a su novio (con el que tengo entendido vive ahora) a otro acompañante y nos despedimos con la misma rapidez. Como había terminado de almorzar, abandoné el lugar. Eso fue todo.

Lo curioso fue que no sentí nada al verla, ni tristeza, rabia o alegría, acaso un débil, muy débil eco de simpatía. Al verla caí en cuenta que no recordaba su voz, rostro o  cuerpo más allá de algunas fotografías que encuentro ocasionalmente en las redes sociales.

La cuestión es que durante meses sufrí por ella. Lloré, me lamenté, le escribí una novela –impublicable- y por largo tiempo pensé que no sería capaz de superarla. La veía en sueños, en las calles y  en los lugares compartidos, en las noches de viernes y las tardes de domingo. Sentía cada beso, cada caricia que nos habíamos dado en noches infinitas de reconocernos una y otra vez. Mi mamá, con la sabiduría innata que tienen todas las progenitoras, me decía que era cuestión de tiempo para olvidarla, obviamente no le creí y acá estoy cinco años después, intentando recordar algo de ella, un beso, un gesto, algo por mínimo que sea y no soy capaz. Parece increíble, como si el tiempo vivido con ella hubiera sido tan solo un sueño.

Hubo un tiempo en que ella era todo para mí. Cuando me abandonó quedé destrozado y me hundí en el pozo de lo que pudo ser y no fue, de los futuros que había imaginado a su lado. Estuve largo tiempo frente al abismo, contemplando en silencio la oscuridad que sentía me llamaba. La novela que escribí es una catarsis de ese periodo de mi vida: es sucia, violenta y salvaje, tal como me sentía en ese entonces. Hasta que finalmente me levanté, limpié las lágrimas y seguí avanzando así no quisiera como hacemos siempre los seres humanos después de un duelo.  

Hay un poema, Ozymandias de Percy Shelley, donde nos hablan de un viajero que se topa con las ruinas de una estatua de Ramses II y en el pedestal que está junto a esas ruinas se proclama la grandeza del rey de reyes y sus obras, ahora solo la acompañan la arena y el silencio. Pensé en este poema con este encuentro y es que el tiempo todo lo borra, alguien me dijo que nada dura para siempre y tiene razón.

Todos lo hemos vivido. Conocemos a esa persona especial, vemos el universo en sus ojos y creemos que podemos construir algo grande ‘para siempre’ a su lado hasta que la realidad pincha ese sueño como una aguja a una bomba. Amamos hasta desgarrarnos el corazón y sentir que nos va a estallar el pecho. Pretendemos olvidar con noches de trago, lágrimas,  sexo sin placer, cigarrillos que se consumen al pie de la ventana mientras lo  cuestionamos todo y a todos y creemos que nunca más seremos felices, como si nuestra felicidad dependiera de otra persona y no de nosotros mismos. Hasta que llega un día que nos preguntamos si realmente tanta tristeza valía la pena y del monumento a ese gran amor quedan solamente sus ruinas y a veces ni siquiera eso.

Pero más allá de esta ex novia pienso en este olvido que seremos, en todos los lugares que hemos visitado, las amistades que fueron importantes en alguna etapa de nuestra vida y con la que perdimos vínculo para siempre, la escuela donde aprendemos a leer que ya ha sido demolida, el barrio que ya no es lo que era, esa primera noviecita a quien le dimos el primer beso y  por la que creímos moriríamos y de la cual ya no recordamos su rostro; al final, son muchas las personas que conocemos, los lugares que visitamos, las acciones que realizamos, el universo que queremos abarcar con nuestras manos, pero son pocas las personas, lugares y acciones que nos habrán de acompañar hasta el final de nuestros días y estas son las que realmente  valen la pena, el resto es arena y silencio.

 Coda: Hace poco salí a celebrar el cumpleaños de un amigo y vi que la novia de uno sus amigos se parecía mucho a esta ex novia de la que les hablo. Cuando sonrió recordé momentos bonitos junto a ella. Más allá de lo que he escrito guardo una grata impresión de ella y es este tipo de vivencias las que nos hace crecer como personas. Espero sea feliz.

Coda 2: No me resistí y les compartiré el poema Ozymandias. (Que es muy corto). Lo pondré en español y publicaré un video en su idioma original leído por el gran Bryan Craston (Walter White).

Ozymandia

Conocí a un viajero de una tierra antigua
que dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco
se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena,
semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!"
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas»

Percy Shelley





lunes, 3 de julio de 2017

Los buitres

Esperan por la carroña, destrucción y muerte. La desean, huelen y sienten antes de que pase. La rondan con hambre insaciable, obscena, y tan pronto ocurre son los primeros en llegar al desastre: Se alisan su hediondo plumaje antes de presentarse como los salvadores sin importarles que mientras graznan sus horribles discursos de odio, tengan el pico untado de la sangre del cadáver sin enfriar de las víctimas.

Tuve esta imagen repentina cuando ocurrió el atentado del Centro Comercial Andino. Las primeras voces que se oyeron fueron las de Uribe y su séquito, su discurso exudaba tanta prepotencia, odio –ni siquiera por el petardo sino contra Santos- y falsedad que parecía que, de una manera grotesca y vulgar, se alegraran de lo ocurrido.

Para nadie es un descubrimiento que la ideología de Álvaro Uribe se basa en el odio y la muerte. Su discurso se alimenta del rencor que anida en el alma de los colombianos, en un país de pensamiento retrógrado que se preocupa más por la sexualidad de sus ciudadanos que en la pobreza y corrupción a la que han aprendido a tolerar.

 Hay mucho odio en la mayoría de la sociedad, miedo a lo desconocido, a aceptar nuevas realidades y aceptar que no hay verdades absolutas donde de un lado están los buenos –ellos- y en el otro bando quienes no piensan como ellos, tengan su sexualidad o crean en su dios, y es en un país como éste que una figura como la de Uribe, autoritaria, paternalista y  de derecha se erige como faro y guía de ese país que quiere seguir viviendo a comienzos del siglo XX sin darse cuenta que la humanidad sigue avanzando.

Eso explicaría el cinismo y la prepotencia de las huestes uribistas. No solo mienten una y otra vez sino que lo hacen de una manera tan mediocre, tan mal hecha que uno se pregunta si no lo hacen de aposta para burlarse en la misma cara de sus seguidores. Las falsedades del referendo, la reunión que tuvieron con Trump (una mentira tan patética como ridícula que era obvio se iba a descubrir), todo lo que dijeron del proceso de paz son prueba de lo que digo. Pero sus seguidores siguen hechizados por el magnetismo de su líder, no solo ignoran cuando se descubre el engaño sino que incluso toman estas mentiras, incluso las más absurdas como verdades indiscutibles.

A veces pienso sin embargo que este país quizá sí se merece a Álvaro Uribe, no el títere que elija como su candidato para gobernar desde las sombras, sino él mismo. En ocasiones siento una mentalidad tan cerrada, tan radical, tan viciada, que dan ganas que lo nombre presidente vitalicio, una figura como la del Generalísimo Franco o Pinochet o incluso Hitler que haga más oscura la noche que nunca cesa en Colombia, porque si algo nos ha enseñado la historia es que después que se toca fondo hay un renacimiento en los países.

Pero mientras tanto los buitres siguen volando en el cielo, al acecho, esperando…..




lunes, 19 de junio de 2017

Memento mori

Hace cinco semanas, mientras visitaba a mi hermana en Orlando, ella me pidió que la acompañará al grado del hijo de una amiga del trabajo. Al llegar nos encontramos con la compañera y sus hijos: el agasajado, la  pequeña niña y el hijo del medio, joven promesa del fútbol y amable sonrisa quien me ofreció su silla cuando llegué. Una semana después, él, el amable deportista, el hijo y hermano dedicado y adolescente  de quince años había muerto junto a su novia en un trágico accidente de tránsito.

El sábado pasado explotó un petardo en el baño femenino en el Centro Comercial Andino matando a tres mujeres quienes ese día se habrían despertado sin saber que sería el último amanecer que verían.

 Es curioso como malgastamos nuestra vida sin darnos cuenta. Sabemos que es corta pero lo olvidamos mientras la rutina nos devora lentamente y sólo cuando la fatalidad toca a nuestra puerta lo recordamos. Quizá sea un mecanismo de supervivencia y, al igual que una mujer que da a luz olvida el dolor que experimenta durante el parto para poder tener más hijos, tal vez si fuéramos conscientes de nuestra mortalidad estaríamos tan estupefactos que seríamos incapaces de vivir.

Pero a veces caemos en un largo letargo, en la indiferencia absoluta. Un ejército de muertos en vida pegados a un celular, a un computador portátil, al televisor, esclavos de sus propios inventos quienes todos los días hacen lo mismo una y otra vez, los mismos lugares con la misma gente. Pero miento, es probable que exagere: En gran parte es la repetición lo que le da cierto sentido a nuestra existencia, vemos a las mismas personas porque establecemos vínculos afectivos con ellos, repetimos las mismas actividades porque muchas veces nos dan placer y nos establecemos en una ciudad o un país porque creemos haber encontrado nuestro lugar en el universo. Algunos lo encuentran desde niños, a otros nos cuesta hallarlo toda la vida.

El problema es entonces la actitud hacia la vida. Olvidamos que un milagro se encuentra en las cosas más sencillas. El solo hecho de que escriba estas líneas y ustedes la lean es ya uno de ellos. Millones de posibilidades y probabilidades han tenido que ocurrir para que estemos aquí y ahora. Cosas tan maravillosas como amar y ser amados, poder besar y abrazar a quienes queremos, incluso quienes se sientan las personas más solitarias del mundo pueden alzar la vista y sentir el calor del sol o las gotas de agua que se deslizan por su cuerpo, pueden ver las estrellas o caminar por un parque cercano y disfrutar la naturaleza en su esplendor, son en ocasiones invisibles a nuestros ojos.

La sociedad nos convence que lo único  importante es la plata, el reconocimiento, las mujeres (u hombres) que te puedas llevar a la cama, la fiesta, los restaurantes elegantes, la vida social o los viajes por el mundo  y no seré tan mojigato de decir que todo eso  no pueda ser divertido, pero lo que intento decir es que la vida va mucho más allá de eso. Solo cuando conocemos la enfermedad de cerca (ya sea padeciéndola en carne propia o en un familiar) vemos lo afortunados que somos por el hecho de estar sanos, solo cuando vemos morir a alguien cercano somos conscientes de lo efímero que somos en la vida antes de internarnos en el desierto infinito de la noche.

Mi invitación es sencilla. Vivan su vida con pasión. Saboreen ese helado que compraron por ahí, abracen con fuerza a sus seres queridos, no les de pena decirles cuánto los quieren porque alguna vez será la última, díganle a esa mujer que mira el infinito que tanto les gusta que la aman así les rompa el corazón con su negativa, disfruten su trabajo y sus amigos, permítanse soñar y vayan en pos de eso que tanto los hace felices así fracasen una y otra vez. Y no olviden a sus muertos: Su amor guía nuestra vida hasta el momento de un reencuentro.


En la antigua Roma cuando un general victorioso recorría sus calles siendo vitoreado por el pueblo tenía detrás un siervo que le susurraba ‘Memento mori’, recuerda que morirás. En mi visita a Estados Unidos mientras abrazaba a mi hermana embarazada y mi cuñado y disfrutaba de la maravillosa hospitalidad de mi mejor amiga y su esposo, me sentí el hombre más feliz de la tierra. Y sí, oí esa voz que me dice que algún día moriré, pero también recordé que el amor, la felicidad y la tranquilidad nos harán perdurar más allá de la muerte.

miércoles, 17 de mayo de 2017

El hombre que mató a dios

Dios ha muerto. Yo lo maté. En las largas noches cuando los huesos se clavan como astillas y no concilio el sueño lo visualizo: las manos intentando proteger la cara, un grito ahogado que nunca llegó a salir y la sangre corriendo como manantial bañando el crucifijo que no vi hasta minutos después, cuando era demasiado tarde.

Lo recuerdo con claridad, el bochorno, el polvo que levantaba mi caballo, el sudor que se deslizaba por la cabeza y la espalda,  la mula que venía solitaria trayendo al hombre que venía al encuentro de su destino. La vida del forajido consiste básicamente en esperar y saquear, a veces se caza, otras no, como todo en la vida.  Azucé a mi equino y salí rumbo hacía él, al llegar me arrepentí, vestía un sombrero de paja y unas ropas humildes, pobres, sin ningún lujo o excentricidad, pero en la parte trasera del animal había una maleta.

-Bienhallado seas, hijo mío –me dijo un hombre un poco regordete. Sus palabras hicieron que mi corazón hirviera de odio.

-¡Yo no tengo padre! –grité a la vez que a mi mente acudían imágenes de puños que caían y lágrimas de una mujer ya devoradas por el tiempo-. ¡Deme todo lo que tenga!

Lo apunté con la pistola mientras él se tapaba la cara con las manos en un vano intento por protegerse.

En ese momento sentí la luz del sol que me cegaba, el calor se había vuelto insoportable y sentía derretirme como una vela, la imagen del hombre desprotegido y patético que susurraba que no le fuera a hacer daño, además esa palabra.

Hijo mío

No me lastimes

Hijo mío

No me mates

Hijo

Bang

No cayó de inmediato sino que se sostuvo un par de segundos de su mula como si estuviera borracho hasta que lo hizo de manera estrepitosa. Quitado el obstáculo me dirigí hacia mi botín. Tan pronto abrí la maleta el terror se incubó dentro de mi estómago como huevos de serpientes: En su interior habían dos sotanas, un rosario, una biblia, un poco de ropa y una carta del obispo donde anunciaba al ahora difunto sacerdote Atanasio Estévez como nuevo párroco de Pico de Oro.

A la desesperación le siguió el llanto y al llanto, el arrepentimiento. Había matado a un hombre santo. Caí de rodillas como Saulo de Tarso camino a Damasco y mientras las lágrimas se confundían con la sangre del sacerdote, veía el ocaso de un día que se extinguía.

¿Qué me impulsó a tomar su lugar? Mi alma no tiene salvación desde ese día pero sentí que el pueblo no podía quedar a la deriva. Lo enterré haciéndole un montículo de piedras, estuve un rato largo pidiéndole perdón y prometiéndole que me haría cargo de su misión y me encaminé al lugar.

Pico de Oro, a diferencia de lo que su nombre da a entender, es un pueblo más pobre que las ratas, un sitio de no más de cuatrocientas personas y cien casas donde todo estaba por hacer. Llegué al día siguiente y el alguacil, un pobre diablo que ni siquiera iba armado, me llevó a la parroquia, una casucha que parecía incluso más miserable que el resto.

La primera misa fue un desastre. La ropa de Estévez me quedaba dos tallas más grande haciéndome ver como un payaso y no sabía qué decir o cómo hacerlo. A la gente no le importó, de hecho me parecieron que estaban divertidos por la función, cuando empezaba a titubear ellos empezaron a corear lo que debía decir y yo lo repetía al revés de lo que debería ser una sacristía normal.

¿Sabían que era un farsante? Nunca lo he dudado. No creo que sea muy común que un cura se emborraché con sus feligreses o cada cierto tiempo se vaya de putas para descargar sus instintos más primitivos, sigo siendo un hombre y la castidad me parece más inútil que una cagada de caballo en el desierto. Sin embargo, también me hice uno con el pueblo, como decía antes estaba todo por hacer, no sólo desempeñé funciones de sacerdote sino de carpintero, artesano, agricultor, carajo incluso fui una especie de alguacil cuando me tocó ir a detener al joven Walter quien borracho le estaba pegando a su mujer y si bien en un principio no quiso oír mis sermones y me mando a que me metiera ‘la puta biblia por el culo’, me escuchó mejor cuando le di un par de golpes y hundí su cabeza en el abrevadero. Prometió no hacerlo de nuevo.

Cada vez leía más la biblia al punto que llegué a aprenderme capítulos de memoria. Reflexionaba en sus historias y pensaba en dónde estaba dios, en el sentido de las cosas. No lo vi en el antiguo ni en el nuevo testamento, ni en Jesucristo resucitado o en el Vaticano, esos culos gordos que habían mandado al difunto Atanasio Estévez a este pueblo olvidado por todos donde nunca le hicieron llegar  ni un centavo, pero sí lo veía en el pueblo, en la sonrisa de los niños que asistían a la misa, en la comunión que se formaba durante la sacristía, en un pueblo lleno de fe que había acogido a un extraño como si fuera un santo, quizá sabían que era un farsante, pero era su farsante.

Así transcurrieron años y décadas donde mi pelo se tornó gris y vi contraer matrimonio a muchos de los niños que correteaban por las calles polvorientas, así como vi partir a muchos amigos al más allá. En los últimos días llegaron noticias aterradoras de poblaciones vecinas: Un grupo de bandoleros comandados por un tal Sucio Juan había saqueado todo lo que se encontraba a su paso violando y matando sin importar si el pueblo no ofrece resistencia. Mi pueblo es el próximo en su camino.

Ahora bien, soy más partidario del Antiguo Testamento que del Nuevo, sobre todo  si se trata de supervivencia. Las parábolas de Jesucristo son bonitos cuentos pero no se aplican a la vida real,  dar la otra mejilla no es recomendable especialmente si una banda de asesinos piensa matar a tu hijo y follarse a tu mujer delante de ti. Con esto en mente reuní al pueblo en la capilla. Les hablé de David, Saúl, Sansón, Moisés y Josué y como al igual que los judíos éramos un pueblo elegido por dios por lo que debíamos defender nuestra tierra de toda invasión. Saliva gastada en vano, desde la primera frase sabía que me iban a seguir, igual continué otro rato  buscando inspirarlos más.

Y ahora estamos a la espera de Sucio Juan. Armados de pocas pistolas, azadones,rastrillos, piedras, picas y todo lo que pueda matar. Ellos son asesinos profesionales, el pueblo, en su mayoría, campesinos; no sé qué vaya a pasar, si logremos detenerlos o ellos dejen el pueblo reducido a cenizas o si dios en su magnificencia descienda un puto ángel del cielo que detenga esta locura. Sólo sé una cosa, correrá sangre, mucha sangre y quizá al final del día y sin importar nada más, haya encontrado redención por mi pecado. Oigo los cascos de cincuenta hombres retumbar hacía acá, el asesino que hay en mí se regocija. Se acercan. Que dios nos bendiga.   



viernes, 12 de mayo de 2017

34

Hay un libro muy hermoso, y en ciertos aspectos triste, Mis whatsapp con mamá, donde el hijo conversa con una madre ya muy enferma y ella le dice que ser adulto es tomar conciencia de que siempre estarás solo cuando debas enfrentarte al mundo, esas palabras parecieran definir lo que ha sido este último año para mí.

Hablar de estos 34 años sin mencionar la pérdida de mi mamá sería imposible. Fue a esta edad que la perdí después de una enfermedad de mierda que la fue apagando primero lentamente y luego con una velocidad impresionante. Han pasado cuatro meses desde su partida y no hay un día que no extrañe su voz, sus consejos, abrazarla, sentir un beso suyo o como jugaba con mi pelo cuando estábamos acostados. Sí, es cierto que uno aprende a sobrellevar la tristeza, a seguir adelante como ella lo hubiera querido pero perder a un ser querido (así como la ausencia de mi papá, de Camilo o mi perro Gruñón) deja una cicatriz en el alma que siempre estará presente, donde los recuerdas con todo el amor del mundo pero también con un halo inevitable de tristeza que deja su ausencia.

Después de su muerte reflexioné mucho, pensé en si valía la pena seguir escribiendo. Sentí que no tenía sentido, que nada lo tenía. En muchos aspectos sentí que las letras no servían, no he logrado publicar nada, ni con ellas logré ayudarla a ella, o por lo menos mitigar su dolor, no logré que la mujer que amaba sintiera lo mismo por mí y muchas veces siento que no ha servido para tocar a nadie, conseguir que mis palabras muevan o lleguen, pero también leí el poema Bukowski ¿Así que quieres ser escritor? y recordé que escribo porque para bien o para mal soy un escritor, que siento tantas palabras que se ahogan en mi interior que debo sacarlas de una forma u otra, es un camino solitario, es cierto, pero es mi camino, la única forma real que tengo de comunicarme y siempre que intenté salirme de esta senda estarán los fantasmas de mis seres amados y de tantos buenos escritores que me han precedido mostrándome la senda en la que debe transitar mi vida así no publiqué nada nunca o mis letras no sean lo suficientemente buenas o mis historias deban permanecer para siempre en papeles olvidados.

Treinta y cuatro años son un montón y no me siento ni más sabio o mejor persona, sólo un ser con cicatrices formadas por  experiencias de vida que han formado la persona que soy, la esencia que se mantiene intacta. He aprendido que hay personas que me detestan (alguna con justa razón otras no tanto) pero como mi mamá solía decir ‘nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo’, pero al mismo tiempo soy afortunado por contar con otra cantidad gigantesca de personas que me quieren, que cada día me ayudan a ser mejor persona, que con su amor hacen de mí un mejor ser humano, me empujan cuando siento que ya no tengo fuerzas para seguir luchando y le dan sentido a mi vida.

A veces cuando estoy triste y se acumulan recuerdos difíciles, cuando los demonios que cargo en mi espalda pesan demasiado y parecen ser más fuertes que yo pienso en las cosas hermosas que tiene la vida: Unas cervezas –o unos buenos tragos- con unos amigos, un cigarrillo ocasional en mi ventana donde a oscuras se ven las estrellas, en el cielo azul y sentir el calor del sol en mi piel, en los recuerdos de mi niñez o la gente que tanto he amado y ya ha partido, en el recuerdo de ver el cielo estrellado con alguien especial, en tantos momentos que me han quitado la respiración en esta vida tan fugaz, que pienso que todo lo vivido tantos los momentos buenos como malos han valido la pena y puedo partir mañana mismo de este mundo con una sonrisa.

Pasa algo curioso. Mis dos mejores amigos (un hombre y una mujer) ambos nacidos en abril –si fuera astrólogo habría que ver por qué quiero tanto a los aries- se casan este año. Ella ya lo hizo, él lo hará más adelante –curiosamente el día que cumple años mi amada hermanita-. Asimismo mi hermana está embarazada y la hermosa Verónica nacerá en octubre. Pienso en ello, en como la vida no se detiene, en cómo hay seres que nos dejan mientras la vida misma sigue dando vueltas, llenándonos de momento felices y tristes, y llegan nuevos seres a los cuales amar  que teñirán nuestra existencia de luz. Siento que debo luchar con todas mis fuerzas por dejarle un mejor mundo a mi sobrina, pelear contra tantas injusticias, homofobia, machismo y tantas cosas que hemos hecho mal durante tanto tiempo. Nuestro legado, nuestro sentido debe ser vivir y morir con la conciencia tranquila de haber hecho el bien y transmitir el amor y la tolerancia en un mundo lleno de odio, donde lo malo se ha convertido en bueno y la superficialidad parece haberse adueñado de la existencia.

Soy lo que soy por lo que he vivido y leído; por la educación que recibí de mis padres, por el amor que recibo de tanta gente a diario, por las enseñanzas tanto buenas y malas de los años venidos y por venir. En el amanecer de mis 34 años siento que ya no le temo a la muerte porque al llegar me reuniré con tanta gente amada que me aguarda con una sonrisa, ya en un más allá que aún  no concibo o en el silencio y el descanso de la nada, pero mientras viva, en cada respiro procuraré hacer que todo valga la pena.

A todos, a quienes me quieren, a los que amablemente se pasan por estas Letras Bizarras, a quienes no les caigo bien –pero quienes a su forma me han enseñado a forjar el carácter- a los presentes y a los ausentes, a los que desde la muerte me cuidan y todos quienes de una u otra forma han formado parte de mi vida, gracias. Los quiero.




miércoles, 26 de abril de 2017

Mariana, Nairo y el resentimiento en Colombia

Para quien no haya visto noticias los últimos días la cosa va así: Nairo Quintana criticó duramente a la Federación de Ciclismo por su pobre gestión y  falta de apoyo a los ciclistas. Al poco tiempo se filtró un audio que Mariana Pajón envió a su papá  criticándolo y diciendo que ‘Nairo debería tener cuidado con lo que dice’ y que ‘mejor se ponga a pedalear porque cuando un deportista se mete en temas políticos la cosa no va bien’, cabe aclarar que su padre es vocero de Fedeciclismo.

Al día de esta filtración, Pajón emitió un comunicado diciendo que no tiene diferencias personales con Quintana pero que está en desacuerdo como expresó su inconformidad, a lo que Nairo envió un video diciendo que no creía que ella hablara con mala intención y que todo se reduce a puntos de vista personales y toca seguir investigando para el bien del ciclismo nacional.

¿Asunto arreglado? Desde que se filtró la conversación hasta la respuesta de ambos deportistas, miles de post en facebook, trinos en twitter y artículos se hicieron sentir, donde la multitud, juez y parte se puso a favor de Nairo, condenando a Mariana por sus palabras. La violencia de los comentarios fue inmensa pero todo se reducía a la siguiente premisa: Quintana tenía razón porque es humilde y denunciaba a los poderosos y Pajón es sólo una niña rica  y mimada que lo ha tenido todo en bandeja de plata y no ha tenido que lucharla como el ciclista boyacense.

La agresividad de los comentarios fue incrementándose con el transcurrir de las horas, incluso llegando a demeritar los triunfos de Mariana porque ‘corre en una pista cinco minutos y no aguanta horas como Naironman’ como vi por ahí, e incluso un artículo desafortunado, incendiario y mediocre que salió en Las2Orillas con el título de “Mariana Pajón, mientras los papás de Nairo venden ruanas en Cómbita, el tuyo es directivo de Fedeciclismo”.

Todo este incidente deja al descubierto un grave problema de la sociedad colombiana. Nos carcome el odio y el resentimiento: Se perdió una oportunidad de oro de dar un debate por la gestión de Fedeciclismo por andar hablando de si Nairo fue pobre o Mariana nació en cuna de oro.

Es estúpido pensar que Nairo tiene razón porque es (o haya sido) pobre y Mariana una persona que no sabe nada porque nació en una posición privilegiada. Ese pensamiento retrogrado y maniqueo es en parte culpable de la mentalidad mediocre del colombiano que en lugar de luchar por oportunidades busca culpables por su situación.

¿Y qué si Mariana nació en un estrato alto? ¿Qué debería hacer? ¿No aprovechar la oportunidad del destino? Que yo sepa, desde niña entrena todos los días de su vida muy duro por cumplir sus sueños logrando dos medallas doradas olímpicas, hazaña que ningún otro deportista en Colombia ha logrado hasta el momento, y nadie le ha regalado absolutamente nada, si ser rico fuera sinónimo de talento o triunfo este país injusto estaría lleno de medallistas olímpicos, nobeles y ganadores del Premio Oscar.

Y que los papás de Nairo sean vendedores de ruanas no dice otra cosa más que la tenacidad del boyacense por superarse y salir adelante por encima de sus orígenes y convertirse en uno de los mejores ciclistas colombianos de todos los tiempos

También me parece pertinente aclarar, al parecer no se ha hecho lo suficiente, que el audio de Mariana era privado y no estaba destinado para los medios. Ahora piensen, apreciados lectores, en sus chats , las conversaciones y audios que mandan a diarios y que son íntimos. A mí me parece que en ningún momento ella habla mal de Nairo, por el contrario, dice que en ciertos aspectos tiene razón pero da su punto de vista.


Toda esta discusión sin sentido nos aleja de los puntos verdaderamente importantes de este tema ¿quién filtró ese audio privado? ¿A quién le conviene que estos deportistas se peleen? (Por ahí Pirry da una buenas puntadas) ¿Qué tan ciertas son las denuncias de Nairo? En un país serio se estaría investigando a Fedeciclismo ya fuera para tomar medidas pertinentes o desestimar con pruebas lo expresado por él , pero este es el país del Sagrado Corazón y la próxima semana toda esta discusión ya estará sepultada por el escándalo de turno.







jueves, 9 de marzo de 2017

En más de mil lugares

Oyéndola respirar dormida mientras fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce.

La noche en que la conocí, mis pasos me habían guiado por más de diez bares. Una copa en cada uno de ellos y salir de nuevo a la oscuridad. El lugar en donde la vi estaba a reventar y la gente celebraba el placer de estar viva. Una leve carcajada ebria y el brillo del castaño platino de su pelo me llamó la atención de inmediato. Nos vimos y acercamos como si fuéramos viejos conocidos que no se habían visto en toda su vida. Iba empezar el viejo proceso de conquista cuando me susurro al oído: ‘Vámonos’.

Recorrimos la madrugada de la calle, vimos ebrios que vomitaban por los parques, indigentes que hacía fogatas para protegerse del frío, prostitutas que abordaban carros con destinos inciertos mientras reíamos y hablábamos y copos de nieve se posaban tímidos sobre su nariz.

Llegamos a su apartamento y antes de darme tiempo de abalanzarme sobre ella se escabulló como una cervatilla que huye de su depredador. Prendió su televisor y antes de que reaccionara me pasó un control de videojuegos.

-¿Me ayudas? Es que no he podido pasar de ese nivel-dijo tratando de ocultar una carcajada  -no creerás que te traje aquí para que me comieras.

Era un juego de zombies. Me pasó una botella de ron a la vez que limpiábamos las calles de la amenaza y mientras exterminaba seres renqueantes y putrefactos imaginé lo que se sentiría meter mi lengua en su boca y someterla de mil maneras impúdicas, me miró de reojo mientras que en la pantalla usaba un lanzallamas para quemar a los pobres muertos que se habían metido en su camino. No supe cuántas botellas llevábamos o cuantos cadáveres adornaban las calles virtuales cuando boté el control e hice lo que deseé desde el primer instante que la vi.

-Tengo alguien bueno que me ama –susurró a manera de excusa intentando escaparse de mis brazos.

-Todos hemos tenido alguna vez a alguien bueno que nos ama –respondí mientras le quitaba la ropa

Su cuerpo era único como si el oro se pudiera degustar y sus ojos parecían brillar aún más incluso en la penumbra de su cama. Parecía una medusa enloquecida bajo mi cuerpo, moviéndose siseando, mordiendo y chupando como si quisiera dominar a su dominante, con rabia, ternura, y placer que brotaban de mil fuentes confluyendo bajo los estertores de un orgasmo continuo.

Me quedé a dormir junto a ella y el sol nos atrapó mientras respiraba sobre su nuca. Nunca más hablamos de aquella noche ni de la botella de ron o la cacería de zombies y nos despedimos de mano en la portería de su edificio justo después de haber tenido sexo en la ducha de su apartamento.

No intercambiamos teléfonos, ni correo o redes sociales,  teníamos la certeza de que nuestros cuerpos se llamaban y un pronto encuentro era inevitable. A los seis meses coincidimos en la fila de un banco y pasamos el resto de la tarde viendo nuestros cuerpos sudados en el reflejo del espejo de un techo.

Podíamos vernos en cualquier momento, en cualquier lugar. Una vez nos divisamos en la calle a lo lejos mientras la policía desintegraba una revuelta estudiantil y tuvimos que atravesar la calle de repleta de gas mostaza, sangre y pancartas de izquierda para irnos a tirar tranquilos.

La única regla que teníamos, si era que podía considerarse como tal, era que siempre hacíamos el amor en diferentes lugares. Íbamos desde hoteles cinco estrellas donde una noche podía costar una fortuna hasta lumpanares grotescos donde la pared era tan floja que podías escuchar todos los gritos y gemidos de todo el piso si te concentrabas lo suficiente.

Hacer el amor con ella era excesivo. Todo en ella lo era. Su estatura, el tamaño de sus tetas, lo descabellado de sus historias, el deseo que parecía emanar de su piel, cada vez más ansioso, más urgido de mis besos. Nos encontramos de manera casual por muchos años y nunca parecía saciarme de ella, devorándola con la misma intensidad que la primera.

Y siempre llegaba el momento en que parábamos exhaustos de la frenética jornada. Ella ponía su cabeza sobre mi pecho y hablábamos. Le contaba cosas que ninguna mujer, ni siquiera aquellas que dijeron amarme o que creí yo hacerlo supieron jamás y ella escuchaba, cerraba los ojos y se dejaba arrullar por mis extrañas historias como si fueran canciones de cuna; en sus silencios, en esa sonrisa plácida, podía entrever una libertad que nunca había experimentado y que quedaba encerrada en esas cuatros paredes y esos segundos finitosinfinitos que duraban nuestros encuentros.

Un día recibí una llamada. Fue la primera y única vez que me contactó. Siempre tuve la sospecha que sabía quién era y cómo llegar a mí pero prefería dejar nuestros encuentros a los múltiples dados del azar. Me citó en su apartamento y me comunicó lo que sospeché desde que oí su voz por el celular, se casaría con ese alguien demasiado bueno que la amaba. No le pregunté si ella lo amaba igual ni intenté convencerla de que se fugara conmigo para un lugar remoto porque así no funcionaba la vida.

- Siempre es bueno tener a alguien demasiado bueno que nos ama –le susurré mientras le quitaba la ropa y me disponía en hacerla mía en todos los rincones de su casa en un fin de semana que ninguno habría de olvidar jamás.

Oyéndola respirar dormida mientras me fumaba un último cigarrillo pensaba quién demonios era esa mujer. La primera vez que la vi pensé que podía pasar como princesa hindú, espía francesa, reportera inglesa o estatua romana de perfil estilizado y orgulloso. Tenía la facilidad de ser mil mujeres y ninguna a la vez pero en todas ellas refulgían ese par de faros verdes que eran sus ojos de depredadora dulce y llegué a la conclusión que su encanto era precisamente el de saberla lejana y difusa, un huracán hecho mujer, una fuerza de la naturaleza cuyo milagro era simplemente ser y que, a veces, las mejores historias comienzan con una la respiración de una mujer dormida después de un orgasmo.

Sabía que la volvería a ver, los cuerpos se seguirían llamando una y otra vez por años a pesar de ser su llamada cada vez más débil. Quizá alguna vez la vería a lo lejos con su hombre demasiado bueno tomada de la mano al hacerlo prendería otro cigarrillo en su honor y daría media vuelta mientras seguiría eternamente atrapado en el misterio de sus ojos.





lunes, 6 de marzo de 2017

Logan

 (La siguiente reseña tendrá spoilers de la película así que no la han visto no la lean. Advertidos quedan)


“El mundo ya no es lo que era”
                                                Logan


Logan es una película triste. Estamos acostumbrados a películas de superhéroes poderosos que se enfrentan a grandes amenazas y villanos para al final salir victoriosos y arreglar las cosas, este no es el caso ya que nos enfrentamos al ocaso de los mutantes y a un mundo apocalíptico para ellos.

Lo que más sobresale de esta cinta es lo cansados que están los protagonistas. No tienen nada de esplendorosos, ya no existen Wolverine, el Profesor X, solo un viejo Logan y un Charles Xavier que sobreviven en un entorno hostil donde los mutantes son una especie en vía de extinción.

Charles sufre de demencia senil convirtiendo a uno de los más poderosos mutantes en un arma de destrucción masiva que nadie puede controlar. Logan se ha hecho cargo de su amigo cuidando de él en un lugar olvidado por todos en la frontera con México. Ambos saben que no tienen salida, no hay nada que puedan hacer o combatir para arreglar la situación. A lo largo de las películas la relación de ellos ha sido paternal donde un Xavier guiaba a Logan pero en esta última se ha invertido y se ha vuelto mucho más profunda y entrañable.

En esa situación aparece Laura, X-23, el reflejo de Logan, su hija. Joven, impetuosa, salvaje, confundida, y tras ella una siniestra organización causante de la desaparición de los mutantes que busca convertir a niños en armas de guerra. Ella es la esperanza en un mundo gris, la luz para nuestros protagonistas de un futuro al que no pertenecen donde están viviendo horas extras.

Lo mejor de la película son las actuaciones, tanto Hugh Jackman como Patrick Stewart dejan la piel en sus papeles, saben que es la última vez que visitarán el mundo mutante y no se restringen regalándonos interpretaciones magistrales. Dafne Keen como X-23 también hace muy bien su papel sobrotodo teniendo en cuenta que no habla durante más de la mitad del filme.

Hablaba de que es una película triste y esto  se ve representado más que todo en el hecho que ambos son el eco de un mundo destinado a desaparecer y porque fue el mismo Charles Xavier quien sin intención  mata por accidente a los Xmen. Todo lo que vimos en el pasado, todo lo que construyó a través de décadas se ha ido.

Desde que vemos la enfermedad de Charles, la paulatina desaparición del poder regenerativo de Logan y el lugar donde se desenvuelven  sabemos que lo único que les espera es la muerte, el descanso. Este viene en forma de X-24 un clon exacto de Logan, que representa lo que éste debió haber sido, a lo que se rebeló, una herramienta, un asesino,  luchando con él para salvar la vida de su hija encuentra un propósito.

Sorprende que James Mangold, director de la mediocre cinta anterior, The Wolverine, haya realizado esta película tan íntima y oscura. En una entrevista había dicho que quería una cinta alejada de la parafernalia de los superhéroes, deseaba algo más realista y vaya que lo consiguió;  para mí la cinta es un road trip con toques de western y muy poco de súper poderes (quizá donde más se nota es en el tercer acto). El haber cambiado la clasificación de la película en una para  adultos ayuda a crear una cinta mucho más madura de lo que podría haber sido, donde no se cortan para mostrar sangre o desmembramientos (lo que de verdad haría un tipo con garras de adamantio si existiera) y se ve de manera natural, sin parecer en ningún momento exagerado.

En el 2029, los mutantes han llegado a su fin, nuestro héroes han encontrado el reposo a su largo camino….y el futuro reposa en Laura y sus amigos a quienes quizá veamos en nuevas cintas.

¿Qué les pareció la película?





miércoles, 1 de marzo de 2017

El día en que las Tortugas Ninja salieron del closet

En 1992 un niño pegó unas laminitas de las Tortugas Ninja en su closet, seguramente eran repetidas o de pronto quiso dejar un legado eterno e imborrable en ese pedazo de madera que veía todos los días como desafío al tiempo. Veinticinco años después, el hombre en el que se convirtió ese pequeño observaba por última vez esas figuras sabiendo que era la última vez en su vida que las vería.

Vaciando la casa de mi madre para no volver, en donde los objetos acumulados por casi treinta años se mezclaban con un torrente inabarcable de recuerdos, mi mirada volvía una y otra vez a las figuras amenazantes y divertidas de mis héroes de niñez. Recuerdo la habitación y el tiempo que pasé en ellas pero ese niño que fui yo mismo se me hace lejano y ajeno como si fuera alguien completamente diferente e incomprensible para este hombre que ha vivido muchas cosas tantas buenas como malas en el camino que ha recorrido y las decisiones que ha tomado.

¿Qué pensaba ese niño? Seguramente sus preocupaciones me parecerían insignificantes ahora pero en ese tiempo eran importantísimas, sé que su infancia fue muy feliz y que nunca fue consciente de lo afortunado que fue durante ese periodo. Cuando estamos pequeños no sabemos todo lo que nuestros padres hacen para blindarnos de los problemas del mundo real y mantenernos en una burbuja feliz que se rompe cuando nos hacemos adultos y crecer es darnos cuenta que al final estamos solos frente al mundo.

El niño creció, se mudó con su padre después del divorcio pero el closet de su niñez siguió igual con las Tortugas Ninja atentas, vigilando los recuerdos de su infancia. Él volvería muchas veces a ese lugar cada vez más adulto, cambiado, vería el cuarto y le traería recuerdos del olor del pan, de la emoción con que pegó esas laminas y la cama ya inexistente donde su mamá le daba un beso antes de dormir y le dejaba prendida la radio en la estación de música clásica mientras se dormía, pero nunca se imaginaría que habría una última vez, una última visita, un último adiós.

¿Cuántas personas somos durante nuestra existencia? Cambiamos tantas veces de manera tan sutil que ni siquiera nos damos cuenta. Cada año, cada década tenemos tantas experiencias, personas por conocer, lugares por visitar, dolores y alegrías que sentir que nos convierten en personas casi extrañas a las que fuimos algún día aunque nuestra esencia siga casi intacta. Quizá somos mil y una más, como si viviéramos infinitas vidas en una sola y no nos diéramos cuenta de ello sino en determinados momentos cuando la nostalgia toca nuestra puerta, a veces de manera sutil, a veces con la ferocidad de un monstruo insaciable en busca de épocas mejores.

Nuestra vida es un recorrer infinito de lugares y personas que solo tendrá descanso al morir. En algún momento los lugares de nuestra niñez, donde dimos el primer beso o amamos intensamente desaparecerán físicamente y vivirán únicamente en nuestra memoria desapareciendo nuevamente cuando nosotros ya no estemos.

Recordé esto el penúltimo día antes de dejar la casa de mi madre. Esa noche fui al parque cercano que se veía mucho más pequeño de lo que recordaba. Vi el inmenso árbol y los columpios donde tantas veces corrí hasta quedar exhausto sabiendo que en casa mamá y papá estarían esperando por mi regreso, y todos mis seres, el niño que pegó los cromos, el adolescente indiferente y taciturno y el hombre lleno de cicatrices que soy ahora supe lo afortunado que ha sido por los lugares que ha recorrido y por la gente que ha tenido la fortuna de conocer y amar.

De momento las Tortugas siguen en el closet a la espera de un futuro incierto pero no las visitaré más, las llevo en mi corazón y eso basta por los años pasados y por venir. Su guardia ha terminado.