viernes, 30 de octubre de 2015

Sangre seca en la pared


Vivimos en el sótano. Papá, mamá, Joel, Santiago, Laura, Daniela y yo. Los días pasan lentos y a medida que crezco se tornan más aburridos. El encierro puede volverte loco cuando estás con personas a las que ves todo el tiempo y a quienes  a veces quisieras rebanarles el cuello.

La casa nos mira. Cada uno de sus rincones, las esquinas roídas, la suciedad y decadencia que se extienden como una capa fina de oxígeno para respirar, el desorden que a nadie le importa recoger,  la sangre seca que se pega rebelde en las pared y se rehúsa a salir por más agua y jabón que se le eche como un recordatorio permanente de nuestros pecados.

Por lo general me hago en un rincón. El que está al lado de la ventana donde se ve de manera pequeña, casi diminuta el exterior. No es mucho lo que hay allí, apenas la nieve eterna que cae desde que nací, copos y más copos de mierda blanca que cae en pequeños filamentos, lo  cual no impide que me pregunte que se sentiría estar afuera, jugar con las pequeña gotas de nieve que caen del cielo, sentir el aire fresco y dejar de ver por lo menos un instante esa sangre que está en la pared y que no dejo de ver de manera compulsiva.

Joel,  el hermano mayor, velaba por nosotros mientras mamá alimentaba a Daniela y papá iba de cacería. Le gustaba observarme de manera extraña cuando nadie veía y se acercaba a mí generándome una ansiedad por salir del sótano y la casa y romper el reglamento. A veces metía su mano por dentro de mi falda y me pellizcaba el interior dándome ganas de llorar pero siendo incapaz de hacerlo.

-“Si dices algo te mataré a como a un cerdo” –decía Joel mientras me observaba con los ojos más hermosos que hubiera visto jamás-

Yo sólo lo observó con las lágrimas a punto de aflorar mientrasme pellizcaba adentro de la falda y por encima de mi blusa. Podía sentir como él no experimentaba placer, ni curiosidad en sus torturas, simplemente el aburrimiento del encierro, la monotonía que hace que Santiago tenga la piel en carne viva de tanto golpear con los puños las paredes  dejando su huella sanguinolenta en ellas, o que mamá se arranque el pelo y esté prácticamente calva y ojerosa como un cadáver en vida o que yo coma tierra y observe la pequeña ventana donde los copos de nieve caen uno tras otro en un invierno que no habrá de terminar jamás.

En una ocasión mamá descubrió a Joel mientras me pellizcaba. Tomó un cuchillo y lo hirió en el hombro, muy levemente,  un escarmiento que  sanaría en un par de días. La sangre manó del hombro como un toro después de la pica y mamá intentó acercarse para la curación pero él la rechazó con odio y con desdén, “Me voy”, anunció con rabia, “Sabes que no puedes hacerlo” replicó ella, “No me importa, no creo en Padre ni en sus leyes”. Soltó las vendas, las gasas y la pomada y se arrodilló agarrando sus pies e intentando detenerlo. “Suéltame, ya no creo en ti ni en las patrañas de Padre, quiero ser libre, ¡libre!”, la aparto de una patada, se precipitó al piso superior y a la puerta que abrió de un portazo. Mamá lloraba en el suelo y mis otros hermanos la observaban en silencio, inexpresivos, casi muertos mientras que yo observaba desde mi pequeña ventana a Joel correr como un desaforado sintiendo por primera vez los rayos de sol y los copos de nieve caer.

Muy pronto su rostro exacerbado y emocionado se convirtió en una mueca de terror y empezó a gritar como si un dolor extremo se colara por cada rincón de su humanidad. Cayó de rodillas y la piel empezó a caérsele a jirones del cuerpo. Los gritos seguían elevándose hasta el cielo sordo ante sus clamores  mientras mamá intentaba confundirlos con sus gritos de hembra impotente  ante la agonía de su primogénito. Aun así,  fue incapaz de asomarse y verlo morir, el resto de mis hermanos parecían una manada de cachorrillos desorientados incapaces de otra cosa que rodearla mientras yo veía como su cuerpo empezaba a arder y quemarse frente a mi ventana y el olor a carne chamuscada se metía a través de las diminutas rendijas de la ventana e involuntariamente empezaba a salivar y relamerme  pensando en la cantidad de carne que era desperdiciada en medio de esta hambre tan atroz.

El sol quema
El frío congela
La mayoría de los animales están muertos y han desaparecido
Los frutos son tóxicos
El exterior te puede asesinar en un par de segundos
El único refugio es el sotano
hogar, madre y cárcel

Me gusta ver a papá salir de cacería. Yo lo ayudo a ponerse su traje especial, él me llama ‘Mi segunda al mando’, mientras le pongo su casco. Me gusta verlo salir al exterior con su traje, camina lento, parece un buque que se va perdiendo mientras los copos de nieve van devorándolo. Como Joel murió, ahora soy la responsable de mantener el orden mientras mamá le da pecho a Daniela: Juego con Santiago y le leo cuentos que selecciono de la biblioteca a Laura, a veces me queda tiempo para ir a mi rincón y mirar la ventana y la luz asesina caer sobre los campos blancos solitarios, en ocasiones me quedo mirando la pared y las manchas de sangre seca y empiezo a hacer mil conjeturas de cómo pudo haber llegado hasta ahí.

Por la noche vuelve papá, por lo general con la bolsa llena. Siempre lo esperamos ansiosos,  emocionados, tan pronto oímos la puerta abrirse nuestros estómagos empiezan a gruñir. Hambre. Siempre Hambre, voraz, ansiosa, nunca saciada del todo, siempre queda presente como un aguijón punzante y presente, nos mantenemos vivos pero no somos seres humanos, sólo seres vegetantes y hambrientos en un sótano. Papá abre la bolsa, la mayoría de las veces son animales pequeños, ratas, pajarillos, cuando hay suerte un pequeño gato o perro que ha logrado cazar en las cloacas de la ciudad. La mayoría de las veces, los hijos nos abalanzamos primero sobre la comida, no hay tiempo ni  manera de cocinarla, simplemente la agarramos y empezamos a devorarla, con las uñas, con los dientes y nos damos un festín en donde la sangre se nos desliza por la comisura de los labios y no dejamos ni una pluma o una uña de nuestro alimento.

Los últimos días no han sido buenos. Papá cada vez viene con menos comida a la casa, la última noche vino con unos pedazos grandes y negros que cuando los mordimos salía pus, no quisimos preguntar qué era pero igual lo terminamos devorando.  Nos cayó mal. Yo no dejo de ir a la letrina y Laura no hace otra cosa que vomitar todo el día mientras sus ojos se tornan amarillentos. Las jornadas siguientes no fueron mejores, cada vez menos alimento y más hambre. La leche de mamá se torna agría y asquerosa, lo puedo ver en el semblante de Daniela, parece una pequeña momia, un engendro con cara de anciana enferma cuyos chillidos me enloquecen y que mamá intenta apaciguar arrullándola. Ella se despierta todas las noches con gritos incontrolables de hambre, de ansias por leche buena de la teta de mamá y no ese líquido asqueroso que ahora le brota de su pecho, yo la miro y me preguntó si debería ahorcarla hasta que se acabe el sufrimiento y cesen los chillidos, puedo imaginar sus ojos grandes atenazados por mis manos, mientras aprieto con fuerza hasta que su cabeza caiga de lado como si fuera una muñeca, me contentó con pellizcarle con fuerza el brazo para que tenga algún motivo de verdad para llorar.  

Finalmente Daniela amanece muerta. Mamá intenta de manera inútil acercarla a su pecho para que beba un poco de su leche putrefacta pero el cadáver no reacciona y tan solo recibe las gotas de agua que caen de los ojos de su progenitora. Ella la deja en el suelo mientras piensa qué va a hacer con la bebé, cuando Santiago se acerca hasta el cadáver, empieza a acariciarle con suavidad el pelo y pasa un dedo sobre su rostro con cariño, la acerca hacia sí y le da un beso y luego otro, muy pronto los besos dan pasos a lengüetazos desesperados y de repente le da un mordisco que le arranca la carne del pómulo.

Mamá aleja al hijo-carroñero del cadáver de su hermosa bebita muerta a quien acuna contra su pecho mientras repite como un mantra “A mi hija no, a mi hija no”,  Santiago saborea la carne de Daniela como si fuera el más delicioso de los manjares mientras se levanta de manera amenazadora igual que Laura. Yo misma me sorprendo al darme cuenta que estoy de pie, mi boca empieza a salivar y no dejo de imaginarme lo suculenta que debe ser esa carne, no pienso en el futuro ni en las consecuencias solo quiero  que los aguijones en el vientre y los dolores de cabeza cesen.  Antes de que podamos reaccionar, Mamá se pone de pie y sube hasta la entrada de la casa arrojando el cuerpo de su hija al exterior. Regresa con algunas partes de su piel en carne viva y nos abraza mientras lloramos por la hermana muerta y la humanidad perdida.

Papá regresa después de dos días con un poco de comida, no es mucha pero nos sirve para mantenernos en pie. Cuando se enteró de la muerte de su hija, simplemente asintió diciendo ‘ah’ y cambiando de tema casi de inmediato. Me pregunto si desde la muerte de Joel espera que los más débiles o malvados vayan muriendo, si piensa que ahora tiene una boca menos que alimentar o si acaso pasa tanto tiempo en esos parajes baldíos y yermos consiguiendo nuestro alimento que se siente más afín en medio de la nieve perpetua que con nosotros.

La comida vuelve a escasear. Con cada excursión él vuelve con menos alimentos, ya ni siquiera son animales completos, ahora debemos conformarnos con la parte inferior de una rata, un ala de un gorrión, las patas asquerosas y pegajosas de un animal desconocido del que me da miedo preguntar cuál es.  Al final cae enfermo. Está débil y hambriento y eso se refleja en las fuertes fiebres que tiene, nadie tiene la suficiente fuerza para ponerse el traje y salir al exterior. Todos nos quedamos tirados en el gran sótano, extinguiéndonos cada hora un poco más.

 Cuando estamos a punto de morir, Mamá nos hace arreglarnos. Obliga a papá a levantarse y le da un beso ligero en los labios. Nos da un cuchillo a cada uno.  Coge la biblia, la abre en un sitio que ya tenía seleccionado y empieza a leer:

“Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.  Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella;  porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados”

Al terminar, deja caer la biblia y dice: Los amo hijos míos…..toma uno de los cuchillos restantes y se lo clava en el vientre. Sin darle tiempo a que sufra más, papá la abraza y la acuchilla muchas veces, inmediatamente corremos nosotros, cuchillo en mano, mientras las lágrimas se mezclan con la sangre que desgarran los cuchillos en la carne de la persona que más hemos amado.

Plenitud. Nunca había estado tan llena en mi vida. El cuerpo de Mamá es exquisito, no dejo de lamer cada pedazo de mi parte. Nunca me había sentido tan fuerte. Papá también tiene el mismo efecto pues ha salido de cacería y nos ha prometido que el sacrificio de mamá no será en vano y que no volverá hasta que nos haya conseguido buen alimento sin importar lo que deba hacer para conseguirlo y no sé porque esta última frase me provoca terror a la misma vez que hambre.

 No ignoro que nuevas manchas de sangre han ido a acompañar a las antiguas y no dejo de preguntarme mientras Papá está de excursión si será la sangre de  Laura, Santiago, mi padre o la mia las que irán a acompañar las antiguas y las de mamá






miércoles, 28 de octubre de 2015

Libros leídos (12)- Revival de Stephen King

Título original: Revival
Sello: Plaza y Janés
413 páginas



«Al menos en un sentido nuestras vidas son ciertamente como las
películas. El elenco principal se compone de la familia y los amigos.
Los actores son los vecinos, los compañeros de trabajo, los profesores y los conocidos.
[...]
»Pero a veces entra en nuestra vida una persona que no encaja en ninguna de estas categorías.
[...]
»Cuando pienso en Charles Jacobs -mi quinto en discordia, mi agente del cambio, mi maldición-, se me hace imposible creer que su presencia en mi vida tuvo que ver con el destino.»


Cuando el pequeño Jaime Morton ve una sombra que se alza misteriosa sobre sus soldados de juguete no se imagina que conocerá a un hombre, Pastor para más señas, que lo llevará por los caminos misteriosos y prohibidos de la electricidad y los límites de la vida y la muerte.

Revival es la nueva novela de Stephen King que ha sido publicada en español (en inglés lo más reciente es Finders Keepers, continuación  de Mr Mercedes) y que viene a ser desde Duma Key (para mí, su mejor novela de este siglo) su vuelta al terror en estado puro.

Y no nos engañemos, aunque las obras anteriores no estaban mal, King había dejado un poco el género que lo hizo tan famoso escribiendo sobre otras temáticas como ciencia ficción (22/11/63 y la Cúpula), novela policíaca (Mr Mercedes) y algunas con tinte sobrenatural a pesar de no explayarse con el terror (Dr Sleep y Joyland) y se le extrañaba de vuelta en el territorio en que es rey.

Desde la dedicatoria deja en claro sus intenciones: En ella agradece a escritores como HP Lovecraft, Mary Shelley, Bram Stoker y Peter Straub por ‘haber construido su casa’, y cuya influencia será notable en esta historia donde dioses oscuros,  resurrecciones, vida artificial y aquellas cosas que no deben ser nombradas están a la orden del día.

Sin embargo vale la pena aclarar algo. A diferencia de su hijo Joe Hill quien en su novela Nos4a2 lleva un ritmo frenético y salvaje  buscando  sorprender y asustar en cada página; King sabe manejar mejor los ritmos y es más pausado con su trama. Podríamos decir que ese es uno de los rasgos de las últimas novelas del Maestro, quien se preocupa más por construir un ambiente que por causar susto e inquietud constante en el lector.

Esto se ve reflejado en la historia. En ella seguimos la vida de Jamie Morton desde que tiene seis años hasta los cincuenta casi sesenta, y cómo su camino se cruza constantemente con Charles Jacobs (En un principio Pastor y luego…) con quien comparte sueños, obsesiones, adicciones y pérdidas hasta el frenético final donde sus sendas  se convertirán en una sola.

¿Y el terror? Está presente, sin duda alguna. Cada vez que este par se encuentran uno sabe que algo va a pasar, es una sensación incómoda que se instala en el lector y que va creciendo de a pocos hasta que lo inevitable ocurre. Lo horrible está maravillosamente presentado desde una tragedia terrible pero posible, hasta la osadía de querer transgredir los límites de lo humano.

Quienes son fieles lectores del Maestro saben que su gran talón de Aquiles son sus finales, a veces muy precipitados, otros insatisfactorios, pues bien, en esta novela, podemos ver uno de sus mejores finales (mi favorito sigue siendo el de Cementerio de animales pero este no anda demasiado alejado), donde la desesperanza y el terror son los invitados de honor de este festín.

Encontrarse con Stephen King es como esa cita anual que tenemos con una película de Woody Allen o encontrarse con ese viejo y querido amigo al que por cosas de la vida solo nos encontramos una vez al año. A veces, sus historias nos encantarán, otras no tanto, pero sin duda pasaremos un gran rato y nos preguntaremos dónde había estado metido el resto del tiempo.



No los escucho gritar lo suficientemente alto......

viernes, 23 de octubre de 2015

Candidatos hasta en la sopa

Por: El Gato Bandido

Ay, las campañas electorales. Todos sabemos que son como un examen de próstata: Se hacen cada cierto tiempo, son incómodas, dolorosas, buscan evitar un mal mayor, pero  la votación a diferencia del procedimiento médico es  una acción completamente inútil, a pesar que en ambos queda el mismo olor en el aire.

En las calles se ven pancartas, pasacalles, avisos parroquiales, debates, más debates, ronquidos de Angelino, propagandas de televisión, más ronquidos de Angelino, cuñas radiales, volantes, vallas y mucho más.

Ha sido tal la inundación de propaganda que ya se reportan graves casos de paranoia y demencia en el pobre pueblo caleño. Como aquella damisela que en pleno acto sexual confundió a su fogoso amante con uno de los candidatos y ahora está recluida en el psiquiátrico y cada vez que le dan mermelada en el desayuno empieza a llorar desconsoladamente; o el caso de un bebé cuya primera palabra fue Ma-ma….ma-ma….María Isabel Urrutia.

Pero como dice el amigo Murphy, si algo es susceptible a empeorar lo hará, más aún si nos atenemos a ciertos rumores gatunos que nos llegan de fuentes tan fiables como los apellidos Springer Von Schwarzenberg quienes aseguran que las principales campañas en carrera por la alcaldía están planeando expandir su plan de acción para prácticamente meterse hasta en la sopa del pobre electorado.

Quien irá con ‘todos los juguetes’ será el Partido de la U cuyo abanderado es el Pastraniuribisantista ahora Royista, Angelino Garzón, quien dada la afinidad gastronómica del candidato  pondrá la foto del ex vicepresidente en la cara de los simpáticas lechonas que se ofrecerán en las comitivas del partido en los barrios más deprimidos junto a bultos de cemento y guacales de cerveza.

Así mismo en una labor lúdicopedagogica, el famoso senador Roy Barreras saldrá de gira por todos los barrios de Cali añadiendo a su faceta de médico, político y poeta, la de ventrílocuo. Será así tal Carlos Donoso irá con un muñeco gordito y gangoso llamado Angelito explicando las bondades de su candidato.

Por los lados de Armitage, la situación es preocupante. El empresario no sabe cómo hacer para que la clase media y baja dejen de confundir su apellido con una nueva atracción de la ‘Ciudad de Hierro’ por lo que alista un mamotreto que repartirá en conciertos de reguetón y partidos del América donde explica las bondades de sus proyectos tales como el día sin agua, el día sin luz y el día sin caleños.

El candidato del Polo, Wilson Arias, al igual que su contraparte bogotana la tiene ‘Clara’. Su partido ya ha contratado a los cuenteros de San Antonio para que en medio de sus cuentos hagan una pausa de publicidad política pagada donde hablen de las bondades del candidato, lo mismo aplican para canciones mamertas cuyas letras han sido cambiados como El Unipolo Amarillo, Wilson con Cantera, Gracias al Polo que me ha dado tanto, entre otros…

El conservatismo con Holguín Jr (¿en verdad alguien sabe el nombre de este muchacho?) no se preocupan mucho. Fieles a la filosofía de su partido saben que no ganarán, pero a último minuto se adherirán al alcalde y a cambio pedirán puestos. Para ello, desde ya, están preparando tarritos de mermelada los cuales llevarán la cara de Junior las cuales se enviarán al resto de candidatos.

Por parte de los otros candidatos aspiran a salir con un megáfono por sus respectivos barrios para por lo menos tengan otros votos aparte de sus familias.

Así como están las cosas, no duden en salir a votar. Ya sabemos que cada candidato es peor que el anterior y que cada partido ya anuncia serruchos y chanchullos en caso de ganar, pero por lo menos será un plan tradicional valluno como comer sancocho de gallina en Pance o cholado en las Panamericanas.

Con el Votas tas, tas tas....Armitage busca convencer al electorado

Nota publicada en El Gato, el mejor periódico del mundo y sus contornos.

martes, 20 de octubre de 2015

Rapsodia en una banca de parque

Sentado en el banco del parque de la calle X,  Tomás contemplaba el atardecer. En una mano tenía una botella de cerveza de donde se derramaban pequeñas gotas del color del trigo y en la otra un cigarrillo a medio acabar del cual daba pequeñas caladas para que no se deshiciera inútilmente en sus manos. Se acomodaba en el asiento solitario en el parque solitario mientras contemplaba el sol esconderse con lentitud en las montañas y no evitaba preguntarse si estaba contemplando la realidad verdadera o acaso estaba allí exánime y casi inerte viviendo dentro de una fotografía  de Morgana.

Morgana y la nada, la nada y Morgana, bien podría decirle hechicera o quizá su verdadero nombre, aunque le parecía demasiado mundano, el triunfo de lo común; un nombre es sólo una etiqueta y desde que la conoció, en medio de cigarrillos a medio terminar, papas con mayonesa y una ración extra de sal decidió bautizarla con ese nombre. Ella lo sabía, desde luego, y tan sólo reía ante la ocurrencia mientras pedía otra cerveza.  Mientras estaba sentado en el parque viviendo en una de las fotos de la mujer, meditaba en sí podría salir de ella sin hacer demasiado destrozos, o en cómo volver a la casa si detrás de los árboles donde los columpios estaban colgados justo al lado de la rayuela se escondían los asaltantes que estaban esperando a que él terminara sus cavilaciones para caer como lobos y robarle la plata que no tenía, a la vez que hundían su puñal brillante y oxidado en su pecho, y no puede evitar sentir esa mezcla de pánico y una morbosa curiosidad de saber qué se siente sentir el acero penetrar en su interior, acaso un dolor placentero, una especie de orgasmo mortal, una agonía como la de un parto sólo que esta vez no sería algo momentáneo y destinado al olvido para futuros hijos y el correcto repoblamiento mundial, sino un cruel y lento penar en el que las gotas de sangre carmesí saldrían de su pecho acompasadas con el reloj de bolsillo que guardaba en su pantalón.

Últimamente le había dado por revisar viejas cartas de amor que había cruzado con Emilia. Ya no sentía la premura de los viejos tiempos, ni el agobio del amor y el tiempo perdido aunque las releía de manera obsesiva y frenética, y no porque pensara en volver con ella – no lo hubiera hecho ni por todo el oro del mundo-, al contrario, al releerlas, sentía poco más que la neutralidad de un funcionario público que debe revisar un documento y asegurarse de que estuviera todo en orden,  aur revoir, good bye. Aun así, se quedaba horas contemplando el baulito rojo donde había guardado su correspondencia con ella, sacaba las cartas, releía las letras que habían sido escritas con amor profundo o con pasión de fuego o, en el último tramo, con asco latente de lado y lado. Las clasificaba, las leía en voz alta mientras tomaba uno o dos vasos de algún licor con sabor a hierbas e intentaba entender esa relación, cogía cada una de ellas y las ponía encima de la mesa donde Belcebú lo observaba medio adormecido y ronroneante, con ese ojo amarillo único que parecía iluminarlo todo, e intentaba de manera fútil encajar las piezas del rompecabezas y trataba de comprender qué demonios había pasado y cómo el infinito había durado tan poco. A veces le parecía que la culpa era suya, otras que era de Emilia y la mayoría de las veces la relación quedaba en tablas, un empate sin redención ni merecimientos de tiempo extra o definición por penales.  

Había visto la foto  del atardecer en una foto que Morgana había subido a su muro de Facebook, si la vida fuera tan elegante como las novelas habría podido decir que la había observado en una galería de arte, pero la vida ha dejado de ser pretenciosa y se sacia con una foto vista en redes sociales, una especie de imitación barata de la realidad, donde un atardecer deja de ser un ocaso y donde ni siquiera se convierte en el zoom de los lentes de Morgana para transformarse en una serie píxeles, uno tras otro que viajan a la velocidad de la luz, de computador en computador para ser observados por los ojos anónimos de un mundo virtual que verá el atardecer artificial  ignorando la luz rojiza y mortecina que entra por sus ventanas para casi al instante abrir otra ventana donde puedan ver el resultado del último partido de fútbol o las últimas noticias sobre su actriz favorita.

Y allí estaba él, 32 años, tomando una cerveza que ya estaba dejando de estar helada y prendiendo otro cigarrillo sólo por el ejercicio mecánico de darle una que otra chupada ocasional, pues su verdadero placer era ver como el humo ascendía a los cielos como si se tratara de una diminuta hoguera, mientras el sonido seco del cigarrillo consumiéndose interrumpía el silencio del parque que parecía sucumbir al apocalipsis al que parece sumirse el mundo a las 6:30 de la tarde.  Los pensamientos que tenían eran fugaces y parecían superponerse el uno sobre el otro: Morgana, Emilia, los asaltantes que lo esperaban detrás del árbol de los columpios al lado de la rayuela, la navaja que esperaba por beber la sangre ceremonial, el padre muerto con los ojos perdidos con un reproche que no alcanzó a decir, la sangre que siempre brota, ya sea aquella que se queda en la navaja de afeitar o la que salía a borbotones de hombres mejores que él a los que le había roto la cara o la suya propia cuando neandertales le habían roto la nariz, le gustaba probar su propia sangre, saborear  los fluidos que deberían estar dentro del organismo y cuya salida proscrita le otorgaba el placer de lo prohibido, las caras de las mujeres que lo habían amado en noches de frenesí donde habían jugado al papá y a la mamá en una deformación extrema del juego inocente que hacían en la niñez, al mismo tiempo que sentía como el frío se metía por los zapatos y el pantalón y la camisa y lo hacía tiritar de manera compulsiva a pesar de lo cual se quedaba en el parque, porque sentía que con ese viento helado que hacía erizar cada centímetro de su piel purgaba por lo menos un poco de sus pecados, a la vez que lo hacía sentir vivo y lejano a esa realidad virtual que había devorado sus pensamiento y su alma como si fuera una mosca a merced de esa araña insaciable, depredadora de esa red invisible.

Quizá por eso era que disfrutaba tanto de la compañía de Morgana. A su lado el mundo se hacía más real y disfrutaba verla comer otra porción de papas a la francesa con mayonesa, ración extra de sal y una cerveza helada, o salían a caminar por las calles de la ciudad mientras hablaban de esto y lo otro y hacían pausas en medio de la avenida donde ninguno de los dos daba el primer paso y los besos quedaban guardados, acumulados para otra ocasión o iban de cacería hacia otro restaurante desconocido donde quizá los esperaba una anguila que se rehusaba a morir y se revolcaba esperando una salvación que no habría de llegar, o un restaurante árabe donde fumaban narguila con sabor a menta y cereza o simplemente entraban al primer bar que encontraban y tomaban océanos de alcohol, en botellas de mil formas y colores que se acumulaban de forma patética encima de la mesa, mientras poco a poco iban desnudando el interior, dejándose ir mutuamente de lado, confesándose intimidades tan secretas que ninguna relación sexual podía comparar, para  al final dormir de manera casta el uno al lado del otro, viéndola él dormitar primero y luego caer en ese abismo de la inconsciencia en el que las respiraciones de ambos se acompasaban.

Los rayos finales del sol de la fotografía de Morgana que explotaban y se expandían como tentáculos hasta el infinito ya no existían en la tarde de Tomás y el parque de la Calle X; sólo quedaban a manera de recuerdos una que otra estrella lejana que guardaba para sí la luz de los soles. El hombre se levantó, apagó el cigarrillo a medio empezar, lo tiró en el cemento mientras cogía la botella vacía de cerveza y la arrojó en un gesto despreocupado en el cesto de basura que tenía al lado, y caminó justo hacía los árboles donde estaban los columpios al lado de la rayuela, si tenía suerte saldrían los asaltantes y la navaja sedienta, si no aún lo esperaba el largo camino de vuelta a casa. 


jueves, 15 de octubre de 2015

Algunas palabras sobre el 12 de octubre


Acaba de pasar otro día del descubrimiento de América y observo una vez más la cientos de voces que se elevan indignadas contra esta fecha. Alegan que América no fue descubierta, que los españoles lo único que vinieron a hacer fue a saquear, robar y violar, que Colón era prácticamente un monstruo y que no hay nada que celebrar sino lamentar publicando en sus redes de manera reiterativa y casi compulsiva frases de Eduardo Galeano.

Y pongámonos de acuerdo. Lo ocurrido durante la conquista fue terrible, se habla de saqueo y es cierto, se hablan de violaciones, robos y asesinatos y no es menos falso; civilizaciones antiguas fueron diezmadas por el arcabuz y el salvajismo de los intrusos sedientos por las riquezas exuberantes de un nuevo mundo fascinante y la codicia desmedida por el oro, pero reducir el encuentro de dos mundos a esto es de una idiotez digna de un estudiante de colegio. Para empezar, si Colón no se hubiera topado con América aquél lejano 12 de octubre de 1492, ninguno de los camaradas que tan fervientemente protestan por este hecho existirían,  de hecho ni yo que estoy escribiendo este texto, ni usted que tan gentilmente lo está leyendo estaríamos en este valle de lágrimas.

No somos hijos solamente de las culturas precolombinas que moraron estas tierras sino también de los saqueadores españoles y de los africanos que trajeron consigo la tristeza de la esclavitud y su alegría innata. Somos a la vez hijos de Quetzacoatl, Bachué, Jehová, Ochún y Yemanya, una sangre donde se mezclan tres continente y donde despreciar y renegar de una parte de ella es escupir para arriba.

El problema es que juzgamos lo ocurrido –y ojo que no lo estoy justificando- con los avances a nivel de derechos humanos que hemos hecho a lo largo de los siglos. Así como se conquistó América, los romanos, por ejemplo, se adueñaron del mundo conocido exterminando de la historia a ciertas civilizaciones (En Cartago, por ejemplo, echaron sal en sus tierras para que no floreciera nada de nuevo), lo mismo hicieron Alejandro Magno, o los persas, o los babilonios o...bueno ya entienden el punto. La cuestión es que durante mucho tiempo quien era más débil a nivel militar se convertía en el alimento de la potencia del momento.

Pero hemos crecido como raza. Sabemos que está mal la conquista de otros pueblos (y sí, se sigue haciendo pero por lo menos ya se usan excusas para encubrirlo, aunque eso es otra historia), de pronto la invasión de los Nazis habría sido tolerada en siglos pasados, pero no se puede juzgar con la óptica de los tiempos actuales lo ocurrido hace poco más de medio milenio.

Dicen que los españoles exterminaron a los indígenas, pero no es del todo cierto; y sí, la sangre derramada por estos pueblos es incontable, la mayoría de los hijos del mestizaje también lo son de violaciones pero no se puede hablar de la desaparición de una raza, como sí ocurrió en Norteamérica, donde los ingleses no se mezclaron con los nativos y donde ahora son muy pocos los que quedan, prácticamente arrinconados en resguardos. Entre los conquistadores también llegaron hombres que se maravillaron con la riqueza de estas tierras de ensueño, hombres que dejaron testimonio en sus crónicas de animales fabulosos de mitología, frutas, colores y olores que jamás habían visto o saboreado, seres humanos que defendieron a los indígenas de los maltratos y que hicieron de la causa de ellos, la suya propia.

Uno de los argumentos de quienes denigran esta fecha es la generalización. Para ellos, TODOS los españoles eran criminales y asesinos. ¿De verdad se puede ser tan tonto? ¿Acaso eran nazis todos los alemanes?  ¿Incluso las mujeres que fueron violadas por los rusos y los niños que fueron llevados al campo de batalla cuando se avecinaba el fin? ¿Son todos los gringos, ingleses, árabes responsables de las conquistas que llevan a cabo sus dirigentes? ¿Somos responsables TODOS los colombianos de los falsos positivos, las caballerizas de Usaquen o los crímenes que se haya cometido contra Perú en la guerra que tuvimos contra ese vecino país en 1930? ¿Cómo se puede ser tan idiota y no morir en el intento?

El problema de estos frenéticos amigos con alma de escolares es que idealizan las culturas indígenas al extremo, así como el novio despechado idealiza la imagen de la amada que le acaba de dar una patada en el culo. Según ellos, todos vivían en paz hasta la llegada de los europeos cuando claramente no era así. De hecho, si la conquista de América ocurrió, fue principalmente por la división y los conflictos existentes entre los pueblos indígenas situación aprovechada por los españoles para alcanzar con más facilidad sus objetivos. Así lo hizo Pizarro con los hermanos  Atahualpa y Huáscar en el imperio Inca y Hernán Cortés quien agrupo a todas las tribus enemigas de los aztecas para acabar con sus odiados enemigos (sin saber que ellos mismos estaban clavándose el cuchillo de la derrota y la muerte).


No se puede negar que la historia de América ha estado escrita con sangre, tanto en el pasado como en el presente. Somos hijos de la muerte y la destrucción, pero también de la adoración de la naturaleza, de los paisajes paradisíacos de este continente y del idioma español. No vale la pena renegar del pasado y odiar a nuestros propios ancestros sino al contrario, observar de manera calmada la historia, comprenderla y no repetir sus errores sino nutrirse de ella para construir un mejor futuro.


martes, 6 de octubre de 2015

Vamos a teatro: Vidas al borde de Álvaro Vanegas

Creo que ninguna película por maravillosa que sea podrá emular jamás la emoción que implica estar en una obra teatral. En ningún lugar como en éste, puedes sentir con tal intensidad la emoción y el nerviosismo previos a la gran función. Hay, desde luego, un telón, unas cortinas que esperan el momento oportuno para abrirse o un escenario aguardando la llegada de los actores, también están los espectadores quienes verán las miserias, los triunfos y desgracias de esos personajes como si fueran testigos indeseados, intrusos.

En Vidas al borde, escrita por Álvaro Vanegas y dirigida por Alejandro Aguilar, esta sensación incómoda pero a la vez morbosa de estar presentes en algo muy íntimo y privado se acrecienta. La situación es lo de menos, podría ser una charla de pareja, un grupo de personas que esperan bajo una parada de bus o una fiesta de cumpleaños como ocurre en esta ocasión. Nos adentramos poco a poco en esta celebración donde poco irán saliendo a luz los peores secretos de sus integrantes (y de qué manera)  y lo más abyecto y patético de la naturaleza humana.

Les juro que por más que intento recordar los nombres de los personajes no lo logro. No es porque no tengan fuerza y sean fácilmente olvidables, sino porque cada uno de ellas es un estereotipo que va más allá de su nombre, está el escritor fracasado, con poca personalidad y manipulado por su esposa, la arpía que pretende que todo sea perfecto a pesar que ese barco, su barco, hace mucho se hundió, la estrella de rock que vive de triunfos pasados, el petulante pedante y estúpido al que provoca darle un par –o muchos más- golpes, el homosexual y la lujuriosa alcohólica.

Ante estos personajes hubiera sido muy sencillo caer en el cliché barato, en el humor sencillo, pero tanto el guión, como la dirección y la estupenda actuación del reparto evitan esto. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos caído en algunos de estos estereotipos, hemos sido el ebrio insoportable, el pedante hijo-de-puta, la arpía severa de doble moral o esa persona que vive su vida a pesar de ser juzgada por ello y la obra lo refleja a la perfección, sin exageraciones, sin burlas, a pesar que Vidas al borde, entraría en la categoría de humor negro.

Las conversaciones y situaciones son perfectamente creíbles y creo que más de uno hemos estado presentes en este tipo de fiestas donde las cosas se salen de control, quizá ciertas acciones sean un poco exageradas pero creo que precisamente la magia del teatro es manipular de cierta forma la realidad para darle énfasis a ciertas temáticas.

Como dije anteriormente, las actuaciones son destacables. Cada uno de los actores y actrices se meten por completo en la piel de sus personajes y dejan el alma en ello. Hay además ciertos elementos externos bastante recursivos dentro de la obra que le da mayor fuerza a su papel (uno de ellos podría ser que en cierto momento todas las luces se apagan y ellos se alumbran a la cara mientras hacen un monólogo).

Debo decir, y creo que ha quedado claro con los párrafos anteriores, que la obra me ha encantado. Me ha gustado la trama, la dirección, las actuaciones, esa magia que se respira a borbotones en el Teatro Cámara….vayan a verla, les aseguro que no se arrepentirán, después de todo ¿qué sería lo peor que podría pasar en este cumpleaños?