martes, 18 de junio de 2019

Ese extraño monstruo que repta en mi interior


Una espina que crece en el pecho. En un principio no es más grande que una semilla pero va creciendo hasta que se convierte en raíces que van envolviendo tu corazón, tus pulmones, el resto de tus órganos y tu alma, que se alimenta de tu odio y tu rabia y que continúa creciendo hasta que se ha apoderado de ti y te ahogado tanto de manera figurada como literal.

Hablo, como no, de la envidia. Puede nacer de un gesto, una palabra, a la que al principio no le prestamos atención pero la semilla está plantada, la duda se queda incrustada en nuestro interior a veces incluso por años hasta que todo lo acumulado, en una especie de sangre negra y espesa, sale hirviendo como lava dispuesto a arrasar con todos incluso con nosotros (o especialmente con nosotros mismos).

Este sentimiento no es más que el miedo de vernos al espejo y ser incapaces de ver el valor que tenemos. Vemos nuestro reflejo desnudo y engrandecemos nuestras carencias y defectos e idealizamos las cualidades de otro. Lo despreciamos porque creemos que tiene algo que nos pertenece, porque sentimos que es mejor que nosotros y no lo merece, al fin y al cabo ¿quién es ese pobre imbécil? ¿Por qué tiene la pareja, la familia, el trabajo o la riqueza que soñamos en noches de desvelo? Y en nuestra ensoñación creemos que esa persona todo le ha caído del cielo y no ha tenido que esforzarse como nosotros, a pesar que su ventura es tan bendita y la de nosotros tan desdichada.

Y no sabemos, preferimos ignorar, que esa otra persona también se ve en el espejo y es consciente de sus propias falencias y quizá anhele lo que tiene el otro, y en ocasiones, en un giro irónico del destino esa persona nos envidia a nosotros, creándose un juego macabro del  gato y el ratón donde dos figuras se ven del lado opuesto del espejo y cada una anhela el reflejo que ve frente a él sin saber que su suerte también es deseada y soñada.

Pasamos nuestra vida envidiando a mucha gente. Estrellas de cine, cantantes, deportistas, conquistadores empedernidos, a veces nuestros objetivos son más cercanos y lo hacemos con el compañero del trabajo al que todos quieren, el amigo que enamoró a la mujer que deseamos, el otro que logró nuestro sueño más anhelado  por el que nunca supimos luchar, el vecino que compró el celular de última moda o viajó a esa isla paradisíaca con la que soñamos pero nunca nos hemos atrevido a ir.

Pero, ¿saben qué? Está bien tener ese monstruo que crece en nuestro interior, ese maldito huésped, no es sano reprochar su presencia, su existencia en dosis sanas es necesaria. Es la envidia, el querer lo que ha conseguido el otro, lo que muchas veces nos impulsa a seguir adelante, a no rendirnos, a demostrarnos que si ese cabrón fue capaz de conseguirlo nosotros también lo haremos. Y sí él  logró un milagro no solo lo alcanzaremos sino que lo superaremos. Quizá fue la envidia lo que nos permitió salir de las cavernas y conquistar el mundo, quizás no.

El truco está, desde luego, en la justa medida de las cosas. El límite entre dejar que ese pequeño engendro que vive en nuestro interior nos empuje a realizar lo que el miedo no permite y dejar que se alimente como un feto maligno de nuestra sangre, bilis y odio y nos lleve a nuestra propia destrucción (así al final parezca que hayamos triunfado cuando nunca es así) es muy tenue. Depende de cada uno de nosotros establecer la diferencia y mantener a raya al monstruo que vive en el ático de nuestra conciencia….

¿Es mejor despertarla que sentirla? Qué sé yo, quizá lo mejor sea ser consciente que el pasto nunca es tan verde en el patio del vecino como lo imaginamos y que no somos ni la mitad de miserables de lo que creemos en nuestros momentos más desesperados. Quizá lo mejor sea cuando sentimos que el ser es incontrolable salir, ver la naturaleza, y repetirnos que somos poco más que polvo estelar insignificante que no dura ni una milésima de  segundo en la historia del universo. Y el cabrón que tanto envidias también.







martes, 11 de junio de 2019

El extraño placer de recorrer calles que no son las tuyas


De repente te encuentras en una ciudad extraña donde nadie habla tu idioma y todas las calles llevan a caminos inesperados. El universo se extiende en cientos de ramificaciones en forma de concreto. Ninguna senda es la tuya porque todas la son. No tienes destino y el camino es el que estás a punto de recorrer.

Quizá tengas suerte y tengas un amigo de viaje. Podrás hablar de la vida, las mujeres, los sueños del pasado y el futuro; no te detendrás porque a pesar de no tener un objetivo fijo te dejas llevar por la marea de gente que va de un lado para el otro como hormigas, te unes a ellos de manera efímera aunque sabes que nunca serás parte de su grupo, eres un extraño, se te nota y ni siquiera por tu color de piel o idioma, sino porque  esa ciudad no es tu hogar, no ha dejado la huella profunda que se les ve en los ojos a ellos, ese caos eterno, ese trasegar sin pausa que tienen.

Pero a veces a pesar de la compañía y a pesar del constante hablar y escuchar, mientras te refieres a cosas nimias como el almuerzo o lo que harán más tarde, callas y escuchas la sinfonía de la ciudad, los murmullos de cada una de las calles que caminas, que comienzan de manera suave pero van alzando su voz hasta que eres consciente de ella. Esa voz que combina el sonido de los taxis, los cientos de idiomas que se entremezclan, cada uno con su acento y cultura particular, el viento que se eleva por encima de los pasos y la ciudad. Es un sonido sin orden alguno, sin afinación, en ocasiones podrá parecer tosco pero sin duda es hermoso.

Te internas por callejones solitarios. En algunos ya no hay gente y solo se encuentran las edificaciones y levantas la vista y te quedas en silencio porque sabes que ellas son el intento humano de dejar un legado, una huella de su paso por el mundo pero sabes que es inútil, en algún momento futuro de la historia, años, siglos o milenios venideros, se vendrán abajo y haces apuestas en tu mente sobre si será algún ataque terrorista, una guerra o quizá una destrucción silenciosa, tal vez será la misma naturaleza quien reclame los gigantes de cemento y algún día cuando ya no estemos la vegetación recupere los territorios perdidos. Pero ahora no es momento de pensar en ello, simplemente levantas la vista y admiras lo que ha logrado la humanidad y contemplas los edificios y la ciudad como un monumento al siglo que acaba de terminar, al milenio que comienza y la época que te toco vivir en la historia del mundo.

Y recorres esa ciudad extraña que es el centro de la civilización misma. Lo haces en la mañana, en la tarde y en la noche, durante la lluvia y el calor. Te maravillas con el metro, sus cientos de  luces de neón  y los millones de universos que se contienen en las personas que la habitan y que te dan la bienvenida al tiempo que no lo hacen. La ciudad no duerme y tú tampoco lo haces porque incluso cuando llegas extenuado a tu posada a dormir sueñas con ella, con sus lucecitas similares a la navidad, en su inmensidad, en esos laberintos de concreto, con sus estatuas gigantes, sus parques majestuosos y esa faceta esplendorosa que descubres con la ansiedad de un niño que está listo a desenvolver un regalo.

Y cuando llega el momento de partir te preguntas si en este mismo instante no hay otra alma maravillada en tu ciudad, a miles de kilómetros de donde estás, quizá ese desconocido abre los ojos y recorre con asombro las calles que conoces de memoria y a la que ya no le ves la belleza que tiene, quizá camina por las noches en medio del tráfico y los anuncios nocturnos de neón pensando en que nunca había visto algo tan espectacular, quizá como ya sabemos la belleza siempre está en el ojo de quien admira e incluso una finca pequeña y humilde con un patio en el que solo se vea el cielo estrellado contiene aquello que tanto has buscado.




martes, 21 de mayo de 2019

Una idea que se resiste a morir

 Tengo una idea para una historia. He intentado olvidarla, dejarla de lado, pero se rehúsa a morir y reaparece una y otra vez en los momentos menos esperados. Veo a sus protagonistas en diferentes situaciones y me parece que cada vez cobran más vida, como si poco importara que los trajera a la vida, como si por el solo hecho de imaginarlos  existieran, pero aun así quieren que su historia sea contada. Lo exigen.

Cuando pienso en ellos me pregunto si vale la pena. Si quizá no llegue, tarde o temprano, la Policía de la Moral y lo Políticamente Correcto diciendo que tengo el alma y la mente podrida por lo que estoy pensando y creando; peor aún, me pregunto si quizá cuando la escriba sea recibida en medio de la apatía general y mis letras sean incapaces de llegar a una persona, una por lo menos que se  vea reflejada como yo en esta historia.

Pero la Historia poco sabe de Policía de la Moral y lo políticamente correcto, poco sabe de si será leída o aceptada o querida. Ella solo quiere nacer, quiere que su parto ocurra día a día a través de la  hoja en blanco. Poco le importo yo o mis pensamientos o penurias, soy solo el médium, la herramienta para que pueda ver la luz. Soy su padre pero a este feto de ideas poco le importo y lo único que hace es susurrarme que deje de hacerme el idiota y que sé muy bien lo que debo hacer.

Hasta el momento solo tengo una novela que está en el baúl de los recuerdos. La novela fue escrita en un momento oscuro de mi vida y escribirla me dejó extenuado como si fuera incapaz de escribir de nuevo. Muchos años lo creí así. Pensé que sería un hombre de una sola historia, quizá leída por la gente más cercana a mí pero no más. Escribirla fue un placer pero al mismo tiempo agotador como si drenara mi vida, mi alma, pero ahora siento como si esta nueva idea que crece dentro de mi pecho y se expande cada día un poco más tuviera la fuerza incontenible de mil huracanes juntos.

No es desde nuevo una idea nueva. Llevo pensando en ella desde hace ya algunos años. Al principio la ignoré pero ella vuelve una y otra vez, molesta como un grano en el culo, intensa como el zumbido de un zancudo a la madrugada y cada vez toma más fuerza. Me escudo en la pereza, en lo agotado que llego del trabajo y del gimnasio; me escudo diciendo que a pesar de toda mi palabrería no soy un escritor y que no vale la pena ni siquiera el esfuerzo, que debería dejarlo a los expertos en el tema,  que el tema no será del interés de nadie, que mis letras son una mierda y que a fin de cuentas a nadie le gustan…..pero la idea no se resigna a morir y embiste una y otra vez con la ferocidad de un boxeador que sabe que puede ganar la pelea y en medio de los golpes, la nariz rota, los ojos morados y la boca destrozada, sonríe diciéndome que más allá de que todo eso sea cierto escriba la historia para mí, que valdrá la pena.

Tengo una idea para una historia, y mucho me temo (más allá de mis protestas y berrinches de niño pequeño) que tendré que escribirla.




martes, 14 de mayo de 2019

De amistades lejanas, cercanas y otros tipos

Nunca, bueno casi nunca, hablo con mi mejor amiga. A pesar de la amistad y los años en ocasiones pierdo el contacto con ella incluso por meses. Si bien en un principio me molestaba con el tiempo aprendí a comprenderla. Ella, descendiente de un francés heredó su carácter y simplemente es así, sé que no hablamos a diario, pero cuando mas la he necesitado allí está y cuando nos vemos -porque no vive en el país- es uno  de los momentos más maravillosos del año. Y está bien, así la quiero. 

Hablo de ella porque antier cumplí años y recibí montones de felicitaciones y amor por cantidades. Si bien en el día estuve acompañado solo de mi gran amigo y roomate Nelson Cadavid (quien tuvo la amabilidad de invitarme a desayunar y almorzar) en realidad me sentí mucho más acompañado y rodeado de lo que estuve físicamente . Sentí cada uno de los mensajes de cada una de las personas que conozco en persona y de manera virtual de una manera tan cercana como si los hubiera recibido de frente.

Y reflexioné sobre la amistad. Sobre aquellas que se alimentan diariamente de rutinas y de detalles, las que viven del recuerdo de un pasado mejor, de otras vidas; de las que se han ido, quizá porque esa persona ha muerto, quizá porque nosotros mismos hemos cambiado y ya no somos quienes éramos; de las lejanas cuya luz es tan intensa que sin importar las distancias o el tiempo siempre siguen constantes y van más allá incluso de la muerte.

Y siento que ninguna es mejor que otra o correcta. Lo importante son los sentimientos, la alegría que sentimos al ver ese viejo amigo, una noche rodeada de cervezas en un bar, o una ida a cine, o simplemente hablar por un chat de whatsapp después de mucho tiempo de no hacerlo, o compartir noches de borrachera que parecen eternas. Lo verdaderamente importante de la amistad es que esa persona en la que confiamos y queremos saca lo mejor de nosotros y nos acepta como somos sin necesidad de maquillaje o las mentiras que decimos y solemos creernos para ser aceptados. 

Y esto fue lo que sentí con sus mensajes, llamadas el pasado domingo 12 de mayo día de mi cumpleaños número 36. Y quería decirles gracias. También los quiero.




domingo, 12 de mayo de 2019

36


No tengo a mi papá conmigo pero sus enseñanzas han hecho de mí la persona que soy y su recuerdo me fortalece siempre

No tengo a mi mamá conmigo pero su amor siempre está presente en mi vida. Todo lo bueno que soy y que puedo llegar a ser es gracias a ella.

No tengo a mi hermana cerca pero a pesar de la distancia ella es mi todo. Mi luz, mi faro, mi consejera, vivir es saber que ella existe. La persona más importante de mi universo, quien hace que todos los días, incluso aquellos en los que no quiero levantarme, valgan la pena.

No tengo a mi mascota conmigo pero durante su breve existencia mi perrito Gruñón me enseñó el amor por los animales, que las mascotas pueden llegar a ser tus amigos más entrañables y son parte de la familia.

No tengo a mi Nana conmigo pero de ella aprendí que el amor no tiene color, edad y género. Que siempre oiré la voz alegre y llena de cariño en mis recuerdos de mi negra hermosa.

No tengo novia pero he conocido el amor de mujeres maravillosas, mucho mejores que yo en todo caso, que me han enseñado el maravilloso y misterioso mundo femenino y me han brindado su cariño y apoyo incluso cuando yo mismo no he creído en mí.

No tengo a Camilo conmigo pero de él aprendí que la amistad nunca termina y ni siquiera algo tan poderoso e inevitable como la muerte es capaz de ganarle al amor, que su presencia siempre me acompañará hasta el día que muera.

No tengo a mis abuelos conmigo pero de ellos aprendí que nada se ha ido del todo si vive en tu corazón.

Desde hace unos años tengo la tradición de que el inicio de mi cumpleaños me coja escribiendo. Me gusta que la medianoche del once de mayo me coja mientras tecleo en mi computador y hago este pequeño texto reflexionando un poco sobre qué es cumplir un nuevo año.

Los 36 años me cogen reflexionando sobre lo que decía al principio. He tenido algunas pérdidas. Gente que se ha ido para no volver jamás. Pero si me comparo con otras personas soy muy afortunado pues tuve la oportunidad de estar con estas personas, de poder decirles cuánto las amé, de aprender de ellas y disfrutarlas todo lo que pude.

He vivido, viajado, amado, llorado, experimentado, reído y conocido. Personas han partido sí, pero también otras han llegado para seguir aprendiendo. A veces creo que el mundo en el que he crecido ha desaparecido, la ciudad de mi niñez ya no existe y donde vivo ahora  a pesar del tiempo que he estado nunca será mía; a veces me gustaría encontrar un lugar en el mundo pero quizá crecer consiste en creártelo tú mismo. Quizá todo el amor que he recibido y sigo recibiendo es mi mundo, quizás mis letras son mi mundo, siempre cambiante, siempre presente.

También están mis pequeños sobrinos, mi amada Verónica y mi futuro sobrino (o sobrina) por venir, quienes me hacen luchar por un futuro mejor, por dejarles a ellos un mundo mejor del que me tocó, sus ojillos me hacen tener fe y esperanza en que todo estará bien en el mundo.

Y están ustedes, quienes me leen. A algunos he tenido el placer de conocerlos en persona, otras solo de manera virtual, algunos más se asoman acá como visitante efímeros, pero son todos y cada uno de ustedes quienes con su presencia, paciencia, tolerancia y cariño me animan a seguir escribiendo y por lo tanto a seguir siendo yo.

A todos, los presentes y los ausentes; a quienes han partido y quienes no y los que llegaran, GRACIAS, por estar allí, por ser mi fuerza y ánimo.

Nos estamos leyendo. Un abrazo.




martes, 23 de abril de 2019

Colombia, el país que no sabía amar.


A veces pienso que los colombianos estamos enfermos de odio. Nos matamos (ya sea de manera simbólica o literal) por una ideología, un partido, un político al que defender (como si al final del día a estos les importáramos en algo más allá de la época electoral) e incluso por una camiseta de fútbol. Odiamos tanto que cuando vemos el amor lo juzgamos, lo etiquetamos y lo discriminamos si no es igual al que decimos profesar.

Me refiero, claro está, a lo que pasó hace algunos días en un importante Centro Comercial en Bogotá donde un tipo se acercó a una pareja homosexual y la agredió bajo el pretexto que estaba pervirtiendo a los niños. El energúmeno sujeto  acusó de animales (que sí, que todos lo somos pero acá la intención de insulto era obvia) y de andarse manoseando con su ‘novia’ (era una pareja de hombres) alegando que él estaba con su hijo. Posteriormente las grabaciones del Centro Comercial demostraron que las acusaciones eran falsas y la pareja no había hecho nada indebido, un par de días después  un grupo nutrido de homosexuales se reunieron para hacer una ‘besatón’ de protesta y el asunto quedó allí.

O no. No quedó allí. Basta con darse una vuelta por las cloacas de las redes, es decir los foros para ver el nivel de homofobia de este país. Desde el insulto fácil e hiriente hasta la discriminación disfrazada de buenas palabras ‘Yo no tengo nada contra los homosexuales pero…..’, ‘Igual yo tengo amigos gays’ ..., ‘yo no tengo nada contra los homosexuales y hasta los tolero’ y sandeces del mismo estilo.

Lo que dicen estos amiguitos defensores de la buena moral, es que está bien ser homosexual siempre y cuando lo hagan en un espacio lejano donde nadie se entere ni los vea…y siempre excusándose en los mismos caballitos de batalla, que es antinatural, que la moral y las buenas costumbres, que la biblia dice, que los niños (como si a los pobres niños no les bastara con ser asesinados, torturados, abusados todos los días por miles para que ahora vengan a ser usados como pretextos por los homófobos para justificar su odio)...

Habría que decirle al energúmeno padre de familia que él sí que es un animal, una completa bestia. En su defensa, habría que decir que todos lo somos. Unos simios más evolucionados que razonan, que hablan, se visten y hasta van a centros comerciales pero animales al fin y al cabo. Que si nos basáramos en lo que es natural, deberíamos habernos seguido regidos por la madre naturaleza, no nos vestiríamos con los trapos muchas veces ridículos que nos ponemos como ropa y de seguro no habríamos salido de la cuevas, o hubiéramos  creado el  fuego,  o aprendido hablar y escribir, o veríamos el sexo como algo más que para reproducirnos (aunque creo que los delfines también lo hacen por placer) y que se agarre con esta noticia, porque tampoco hubiéramos creado ningún dios  y no tendría que aterrarse por ver dos personas demostrarse cariño.

No es ningún secreto para nadie que no creo en dios. Si hay una fuerza superior la felicito por existir, le agradezco de todo corazón que no se meta conmigo, y me deje en paz- yo prometo hacer lo mismo-. Si el resto de la gente quiere creer en Jehová, Ganesha, Alá o en deificar a una lechuga me parece perfecto siempre y cuando no vengan a joder a quienes no son como ellos, ya veremos los paganos si nos quemamos en el infierno o no. Lo que me parece muy jodido es que alguien que crea en una religión creada por y para gente del Medio Oriente hace más de dos mil años, que cree que venimos de arcilla, que un ente creo siete plagas en Egipto,  un viejo separó el mar  y que su salvador nació de una virgen venga a decir que le parece poco natural que dos tipos se besen porque están enamorados. Mi hermanita y mucha gente que quiero y admiro son religiosas, pero esta fuerza los ayuda a ser mejores humanos y no a creerse mejores que nadie, a juzgarlos y hacerles la vida imposible por no ser como su ‘dios de amor’esperaba. 

Me gustaría que  quedara  claro que no pretendo hablar mal de las personas que son religiosas, ni busco generalizar, muchos de ellos se apoyan en su fe para su crecimiento espiritual pero tampoco puede desconocerse que también hay una problemática con personas que usan este aspecto para atacar a los demás. 

Sinceramente compadezco a los niños de ese Centro Comercial. No por haber visto a dos tipos besándose, sino por el escándalo que ello supone. Si alguno es homosexual nunca podrá vivir plenamente su sexualidad ni su vida afectiva porque siempre tendrá en la retina la muchedumbre ignorante y sedienta de rabia que lo va a juzgar por quien es, que prefiere que viva una mentira por respeto a las ‘buenas costumbres’ a ocultar su esencia; si no lo es, va a crecer aprendiendo a odiar, a discriminar, a pensar que la violencia es el único camino, que la rabia es el único lenguaje y que ‘eliminar’ a quien no es igual es lo correcto.

Pobre Colombia, prefiere la muerte sobre la vida, el odio sobre el amor, la religión impuesta sobre la libertad, la violencia sobre la paz y por eso le va como le va... Pobre Colombia tan corto su amor y tan largo su olvido a saberse diversa y feliz





martes, 16 de abril de 2019

Todos somos el villano en alguna historia de amor

Hace poco me topé en televisión y terminé viendo de nuevo la película 500 days of Summer (0 500 días con ella, como se le conoció por estas latitudes),  que por si alguien no conoce resumiré: La película  narra la historia de Tom quien se enamora de su compañera de trabajo Summer, establecen una relación de amigos con derechos (o follamigos como dirían los españoles con la sutileza que les caracteriza) ella se aburre, lo deja y acompañamos a Tom por el tortuoso camino del desamor hasta que al final sale adelante.

Es curioso, uno por lo general ve este tipo de películas, esta y la de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos de Jim Carrey y Kate Winslet cuando está en plena tusa (bueno y no solo eso, oye hasta el cansancio a Enrique Bunbury, se embriaga hasta que no puede más y la palabra favorita es ‘si’: “que hubiera pasado si hubiera hecho esto o aquello”) y es normal. En esos momentos nos gusta retorcernos en el dolor y la miseria, nos sentimos los más infelices sobre la tierra y queremos gritarle al mundo nuestro dolor y el de ese –o esa- miserable que tanto nos ha lastimado.  Cuando ves la película en ese estado culpas a Summer, esa perra, del sufrimiento del pobre Tom, porque te ves reflejado en él, pero cuando la repites con la cabeza –el corazón- frío la percepción cambia totalmente.

Porque no. Summer no es la villana de esa historia. Desde el principio fue clara con Tom y le dijo que no quería una relación seria; pero Tom tampoco es el villano, nadie puede controlar de quién se enamora así jure que no lo vaya a hacer. Y sí, ambos cometen errores, él la idealiza y se le exige lo que ella nunca le prometió, y ella sabiendo que él no la ha superado lo invita a una fiesta donde le restriega que está comprometida con otro. Pero son cosas inevitables que pasan en el amor y en la vida.

Y lo digo con conocimiento de causa. He estado en ambas posiciones. He amado un par de veces en la vida, de manera ciega e ingenua, entregándolo todo, ignorando consejos y dejándome llevar por una palabra, una mirada; pero también he estado en la otra orilla, he rechazado el amor puro que me han ofrecido y algunas veces me he quedado por un cuerpo, una promesa, he intentado no lastimar pero al final ha sido inevitable, de hecho creo que lastimamos de maneras más crueles y duras cuando no queremos hacerlo.

Porque siempre somos el villano en la historia de  amor de alguien, porque  a pesar del tiempo compartido, los buenos momentos, el no querer hacer daño, siempre habrá alguien que nos recordará con el desprecio de la ruptura final. Y siempre ese cuerpo que amamos y poseímos se convertirá en un territorio hostil y los ojos que algunas veces depositaron en nosotros las esperanzas de un futuro compartido se apagarán para nosotros de manera inexorable.

Pero es normal. El amor no se puede exigir ni  mendigar. Simplemente fluye, libre, desinteresado. Siempre cambiante, a veces se acaba, otras muta y se transforma en algo más. El tiempo te enseña que no hay héroes y villanos cuando se ama, solamente seres humanos que ven un brillo especial que nadie más ve en otro y van vulnerables a ofrecer su alma. A veces es correspondido y todo es felicidad, otras no y cada lluvia es como las lágrimas de un corazón herido.

Y sin embargo, al final, porque siempre hay un final, quedan los recuerdos por los buenos momentos, una frase cómplice, un beso o una canción; incluso en las relaciones más desafortunadas hay enseñanzas de vida, cicatrices que como tatuajes de un guerrero nos recuerdan que no todas las personas son bondadosas y hay que escoger muy bien en quien confiar.

En la vida he conocido muchos tipos de amor y desamor. A algunas personas nos cuesta mucho establecer este tipo de relaciones, yo por ejemplo llevo siete años desde mi último noviazgo y a veces dudo de si sea capaz de volver a hacerlo. Pero también conozco gente enamorada del amor, que lo busca cada fin de semana, cada día, de manera desesperada; hay otros que lo buscan en la carnalidad sensual de otros cuerpos y hay quienes incluso renuncian a una pareja y  lo han encontrado en su dios.  Los hay quienes encuentran esa persona capaz de soportar sus luces y sus sombras, en la tranquilidad de una complicidad de pareja y hay quienes redescubren ese brillo especial en otra persona sin importar su sexo cada cierto tiempo….al final es el amor lo que nos hace verdaderamente humanos y libres.

Ah, el amor y sus oscuros y vedados misterios….




lunes, 8 de abril de 2019

El día en el que casi ayudo a morir a mamá


Hay un plano fijo en el que se ve una pareja. Él habla y dice lo que le va a hacer a  su esposa,  tiene una voz firme y serena; ella está recostada en un sillón rojo y tiene la mirada perdida (y cuántas veces yo mismo no vi esa misma mirada a pesar de no conocer a esta mujer) y su voz es solo un hilo débil  que se desgarra  en monosílabos. Él se llama Ángel Hernández, ella María José Carrasco. Ella sufría de esclerosis múltiple desde hacía treinta años, él la ayudo a morir, suministrándole una bebida que la ayudó a descansar de su cárcel de carne y huesos.

El caso ocurrió la semana pasada en España y, en esta aldea global que nos ha convertido este mundo tecnológico, tuve la oportunidad de ver el video y los ojos cansados y tristes de María José Carrasco se quedaron incrustados un largo momento en mi alma, como una especie de fotografía transportándome a una calurosa mañana de diciembre de 2016.

En ese momento el cáncer prácticamente había devorado a mi mamá. De la mujer sabia y alegre quedaban pocos retazos y  cada vez más el malhumor y el dolor se apoderaban de ella. Eso sin contar con lo que quedaba de su cuerpo, era un eco de sí misma, y aun así, a pesar de todo, siempre tuvo amor que darnos y fortaleza que enseñarnos hasta el final. Muchas mañanas le daba una vuelta por la unidad residencial donde vivía, como ya no tenía fuerzas para caminar yo la llevaba en silla de ruedas, siempre despacio porque hasta el más ligero cambio de superficie le ocasionaba dolor.

Durante nuestros paseos hablábamos, a veces de la vida, a veces de cosas más cotidianas, como el paisaje, el calor, lo que pasaba en la familia. Un día hice acopió de las fuerzas que tenía y le dije que si ella deseaba morir yo podía encargarme de todo y asumir las consecuencias. Era un tema que me estaba rondando por la cabeza durante varios días y que no tuve el valor de preguntar hasta ese día.

Mi mamá es quizá, y con el perdón de mi papá, el ser humano que más haya amado en mi vida. Ver el deterioro de la persona que más quieres no es fácil, no importa que tanto lo hayas visto en televisión, cuántos libros o relatos hayas conocido nunca estás preparado para ello. Ver a tu mamá prácticamente con la piel pegada al cuerpo, con dolores recurrentes,  sin ser capaz de comer nada porque todo le repugnaba, ni siquiera de ser capaz de leer sus libros favoritos porque su olor la mareaba, de vomitar prácticamente a diario y no tener fuerzas ni siquiera para caminar te puede partir el corazón de dolor. Lo peor es que no había ninguna salida: Mi hermana, ella y yo nos aferrábamos con la fe de un náufrago a un lejano tratamiento en la mítica Clínica Mayo a pesar que era una quimera, como después se demostró.

No sabía cuánto iba a demorarse todo en acabarse y a pesar de que la eutanasia en Colombia existe recordé el caso del padre del caricaturista ‘Matador’, el  cual tuvo que luchar durante bastante tiempo para que su padre tuviera una muerte digna. Yo no estaba dispuesto a esperar tanto, me dolía, me destrozaba, verla así e hice lo más sensato: Le pregunté a ella que quería.

Le dije que estaba bien lo que decidiera. Que no pensará en mi hermana, en mí o en las leyes de su dios que tan sordo se había mostrado a sus súplicas, que pensara que era verdaderamente lo que quería. Me pidió que nos detuviéramos, no lo pensó mucho y me dijo: ‘Quiero luchar. Hasta el final”. No volví a hablar del tema y ella luchó con toda su alma hasta el final cuando su débil cuerpo no aguanto más y su espíritu maravilloso por fin descansó.

Ella me dijo que no pero también me pudo decir que sí. Y si lo hubiera hecho no me habría temblado el pulso para hacerlo. Más allá de las leyes de los dioses o lo hombres y sus consecuencias lo habría hecho y con el más grande amor hacia ella.

Mucho se habla de la eutanasia y sus más enconados detractores siempre sacan la tarjeta de la religión en contra ¿Qué saben ellos? ¿Con qué huevos son capaces de decir que la única persona capaz de decir quién se muere y cuándo se muere es su dios? ¿Con qué derecho son capaces de hablar de ese tema si no han visto esa persona que aman vuelta mierda, llena de dolor y siendo testigo de cómo la vida se va apagando cada día más? ¿Son tan canallas de creer que si una persona ayuda a morir a otra lo hace lleno de alegría o por cobardía?  No hay acto de amor más grande que el de ayudar a descansar a quien no quiere continuar pero no tiene la fuerza para acabar por sí mismo con su vida. Pienso en si mamá me hubiera dicho que sí, habría sido lo más doloroso en mi vida, pero no me arrepentiría.

En el caso de Ángel y María José hay otro video. Ella ya acostada en la cama, él con el veneno disuelto en un vaso con agua. Son un matrimonio de más de treinta años, pienso en todo lo que hubo en esa pareja, pienso que si mamá hubiera dicho que sí yo podría haber sido Ángel y puedo ver en las palabras que él va diciendo todo el amor que siente por su esposa, amor que mucha gente no podrá entender jamás, le suministra el líquido y después le dice "A ver, dame la mano que quiero notar la ausencia definitiva de tu sufrimiento. Tranquila, ahora te dormirás enseguida".









lunes, 1 de abril de 2019

Lo que pasa cuando escribo.


Mi sonido favorito es el que estoy ocasionando en este momento: El movimiento de mis dedos cayendo con fuerza (porque odio la sutileza al crear mi propia pequeña sinfonía) sobre el teclado y que suena de manea similar al de la lluvia que golpea con furia la ventana. La semejanza va incluso más allá del sonido. Escribir como la lluvia que se desborda es dejarlo todo en pequeñas gotas de tinta que se van plasmando en el papel dejando un rastro negro y pegajoso del alma de quien lo hace.

Para mí escribir es lo más feliz que puedo hacer pero al mismo tiempo es jodidamente doloroso y difícil. Alguien dijo por ahí, creo que fue Bukowski, que hay que encontrar aquello que nos apasiona y dejar que nos mate. En mi caso escribir me deja completamente exhausto, me gustaría decirles la razón pero se escapa de mi mente, es la misma por la que empiezo a escribir sin parar, como si la inspiración me fuera dictado por algo más, alguien más, al oído y no tuviera otro remedio que obedecerle y teclear como una especie de zombie sin saber si cuando termine haya alguna recompensa, algún final.

Pienso un poco en la persona que soy cuando escribo y cuando no lo hago. Mis conocidos podrán decir que soy, a grandes rasgos, un buen tipo. Uno que no se destaca por nada en particular pero que  tampoco es un marginado. Simplemente uno que encaja como tantos, como miles. Dirán que mi sentido del humor es un poco bobo y no lo discutiré, es mi manera de encajar en la sociedad, es una especie de máscara que no me molesto en llevar, porque al final todos de una u otra manera siempre portamos una.

Pero cuando escribo soy otra persona, completamente diferente. Es curioso, pero es difícil de expresarlo con palabras. Es como si mi ser más salvaje, más oscuro y real tomara posesión de mí, como si todos los filtros que constantemente estoy aplicando en la vida cotidiana desaparecieran, es como si no pudiera controlar lo que escribo pero tampoco me importa tanto, es como si estuviera desnudo, más allá de despojarme de la ropa o no.

Hay algo más que pasa cuando escribo: Me transporto a diferentes lugares como si se tratara de algo de ciencia ficción o un episodio de la dimensión desconocida. Escribo, pero ahora tengo veintidós años y estoy escribiendo el primer cuento que hice, Pasión y muerte en la plaza de Marbella, dedicado a mi hermanita; ahora estoy  con mis veintinueve en un diminuto cuarto de pensión donde tuve que parar en un mal momento de mi vida y donde mi único escape eran las letras; ahora estoy fumándome un cigarrillo pensando en las palabras de amor que le escribiré a la mujer de la que estuve enamorado cuatro años y con quien nunca pasará nada más allá de una amistad, ahora soy un niño que lee y lee y espera ser un gran escritor algún día; y ahora estoy yo, el resultado de todos estos recuerdos reunidos tecleando y tecleando sin parar.

Hay algo hermoso en escribir y publicar –ya sea un libro, un post de Facebook o un blog- . De una manera u otra pensamos que nuestras letras, nuestra alma puede llegar incluso a gente que no conocemos. Que tenemos el poder de tocar su mente, su corazón  con nuestros pensamientos y quizá sí o  quizá no, pero exponemos nuestra ser en ello. Seré un poco menos correcto políticamente que el resto y diré que escribo porque siento placer (a la vez que dolor y agotamiento) al hacerlo y lo haría así nadie lo leyera (pero shhht…es un secreto) pero me hace infinitamente feliz saber que por lo menos hay una persona que me lea. A ti, mi lector, gracias por hacerlo.




miércoles, 27 de marzo de 2019

Porque las cosas cambian


 En estos meses han ocurrido cambios que aunque no me han afectado directamente si lo han hecho en algunos entornos donde me muevo y ciertos grupos de amigos. Cambios que nunca se me pasaron por la cabeza que fueran a pasar porque a veces uno da por sentado la presencia de  ciertas personas, lugares y etapas de la vida que cuando desaparecen parece que hubieran existido únicamente en sueños.

Los amigos de hoy pueden ser los enemigos del mañana; los amantes que compartieron ilusiones y cama, a la vuelta de la esquina pueden convertirse en dos desconocidos y la piel recorrida solo volverá durante breves instantes quizá con otros labios y cuerpos; la gente empieza a morir y nunca vas a estar preparado para ello, te consolarás diciendo que los verás en otra vida pero en días grises te preguntas si eso no es solo una mentira que te repites tantas veces hasta querer convencerte de ello; conoces a una mujer de pelo recogido y ojos color infinito y sientes que tu corazón late con más fuerza cuando la ves pero aún no te atreves a invitarla a salir porque no estás seguro de si te rechazara aunque es posible que una vez lo hagas tu vida no vuelva a ser la misma.

Pero los cambios no son solamente externos. Mudamos tantas veces de alma y piel que apenas somos conscientes de ello. Nuestro yo adolescente no  es el mismo que cuando teníamos veinte, veinticinco  o treinta. Lo que antes juzgábamos con dureza lo toleramos ahora cuando hemos sido nosotros mismos quienes hicimos lo que en el pasado juramos que nunca hacer. También aplica en el sentido contrario cuando ya no aguantamos a gente y situaciones que antes hacíamos por cortesía así nos resultara insoportable. Viajamos, conocemos, leemos, amamos, experimentamos, odiamos  y follamos tanto en una vida que pareciera que  no tenemos una sino mil encerradas en un solo cuerpo mutable y son todas las experiencias, tanto las buenas como las malas, quienes constantemente van moldeando nuestra esencia.

Los últimos años que he vivido han sido muy intensos. He visto demasiado gente amada partir pero también he visto nueva gente que aunque nunca ocuparán su lugar han creado nuevos recuerdos, nuevas sonrisas; he amado y he perdido, pero también he conocido y he besado unos labios que me moría por conocer y he visto ojos maravillosos observarme desde la penumbra de un cuarto a oscuras. He conocido el odio, el amor, diferentes países a los que nunca imaginé conocer y he escrito páginas y más páginas, algunas de las cuales he compartido con ustedes….el camino me ha cambiado pero a ustedes también y sí seguimos acá es quizá porque más allá de lo que pase la senda siempre nos llevará de vuelta por caminos conocidos. A casa.

¿Y el viaje ha valido la pena? Todos lo hacen, desde aquel que haces recorriendo miles de kilómetros hasta aquel que realizas sin salir de tu casa, porque lo importante de los ellos es que al final nunca serás el mismo. Y eso es bueno.  Ya lo expreso mejor que yo el maestro Bunbury (no creerían que tome el título de su canción sin pensar usarla)

Porque emprendemos nuevos viajes extraordinarios
Porque perdimos el equipaje con nuestras rutinas
Porque la ruina trajo consigo y de la mano las musas
Porque me dejo querer por tí




martes, 19 de marzo de 2019

La pluma rota


Puede que lo hayan notado o no, pero desde hace algunas semanas he vuelto a escribir con cierta constancia en este blog luego de haberlo casi abandonado el año pasado. Escribo los lunes por la noche y lo pongo en redes los martes por la mañana por si alguien quiere leerme.

No ha sido fácil, desde hace algún tiempo ando con lo que yo llamó el síndrome de  ‘la pluma rota’ que consiste básicamente en sentir que no hay nada más por escribir, por contar, es sentir, incluso, pereza de escribir. Toda mi vida, desde pequeño, sentí el llamado de las letras, primero leyéndolas y sumergiéndome en otros mundos y luego queriendo ser yo el que creara universos desde mi teclado. Todo eso desaparece cuando la pluma está rota, los pensamientos de que todo no es más que una pérdida de tiempo aumentan, sentir que nadie lee lo que escribo o que  lo que escribo es aburrido y que quizá nunca seré tan bueno como los escritores que tanto admiro se vuelven recurrentes. Es pensar para mí que quizá no hay nada más para mí en este mundo.

No he dejado del todo la escritura. Escribo cuentos ocasionales para mis amigos del Parche Lector (un grupo de locos que se reúnen una vez al mes  para escribir y compartir sus escritos) y los microcuentos de los jueves que es, donde ahora,  encuentro mayor placer a la hora de escribir quizá  porque su extensión es corta o porque en esos momento siento una desconexión del universo y solo está en mi mente el escribir una  nueva historia cada semana.

Pero aparte de eso ¿hay algo más? Escribo estos artículos porque en parte siento la obligación de no dejarme oxidar, como un atleta retirado que no deja de entrenar porque de cierta forma el ejercicio hace parte de sí y lo hace sentir vivo. ¿Pasa lo mismo con la escritura para mí? ¿Soy un escritor? He leído muchas veces que los escritores necesitan escribir como un pez necesita el agua, pero yo muchas veces lo he dejado, en ocasiones por periodos muy largos de tiempo y siento que no lo he necesitado, pero al final de una u otra forma siempre termino volviendo al refugio de tinta.

Quizá la decepción venga en parte al comprender que nunca podré vivir de la escritura. O de que con los años comprendes que la escritura no te sirve para evitar la muerte de tus seres amados o para evitar la soledad o la tristeza. Quizá a veces sienta que solo escribo letras y palabras sin sentido, plasmando fragmentos de mi alma  en una hoja virtual que quizá nadie puede comprender realmente.

Pero al final todo se reduce al acto de escribir. De tamborilear tus dedos sobre el teclado: Nunca me siento más libre, más en paz conmigo mismo que cuando lo hago, todo a mi alrededor se desvanece y nunca soy más yo que cuando escribo. En mi vida cotidiana a veces tiendo a ser un poco payaso en un papel que a veces siento no puedo dejar de ejercer, escribir soy yo al desnudo, con mis luces y sombras. Quien de verdad quiera conocerme tiene que leerme porque es quizá allí –aquí- donde reside mi verdadera esencia.

Así que sí trataré de seguirlo haciendo. Asi no sea un escritor,  así muchas veces sienta que todo está dicho, que la pluma está rota más allá de toda posibilidad de arreglarse, que no vale la pena. Seguiré haciéndolo porque este mundo de las letras es quien soy, mi esencia, mi casa.

Nos vemos el otro martes.




martes, 12 de marzo de 2019

Del día de la mujer...


Mi abuela fue una de las mujeres más fuertes que he conocido. Pasó de ser una más de siete hermanos (creo que me equivocó en la cifra, ya me corregirán mis primos) a ser la primera caleña en ganarse el premio Paul Harris del Club Rotario y llegar a ser Concejal, era tanta su importancia que sus hermanos le decían ‘La Doctora’. También podría  mencionar a mi mamá que luchó con uñas y dientes diez años contra un feroz cáncer y aun así tuvo la fortaleza de no rendirse jamás ni siquiera hasta el fin y cuyo amor y ejemplo siempre vivirán en mi corazón. Podría mencionar a mi Nana, mi tía, podría hablar de mi hermana que es mi columna y fortaleza, el motivo por el que me levanto cada mañana, o mencionar a mi sobrina Verónica y sus ojos que parecen esconder el secreto de un futuro radiante.

He tenido la suerte de conocer a lo largo de toda mi vida a  mujeres brillantes, talentosas  valientes y bondadosas. Mujeres con la fortaleza emocional que harían sonrojar a muchos que presumen de saberlo todo y al final no saben nada. He amado a muchas de ellas, en ocasión algunas me han correspondido y otras no. He sido amigo, hijo, hermano, novio y amante, en mi trabajo la mayoría de compañeras son mujeres y mis jefas también lo son. Cada día aprendo de ellas, de su diferencia, de su manera maravillosa de concebir el mundo.

Una de las cosas con las que no comulgo con el feminismo radical es el maniqueísmo que promulgan. Para muchas de ellas (y evito tratar de generalizar porque como me dijo mi mejor amiga, no hay un feminismo sino muchos que pugnan por hacer oír su voz) todas las mujeres son buenas por el simple hecho de pertenecer al género femenino y todos los hombres son malvados y violadores en potencia, machos privilegiados que deberían sentirse avergonzados por su género y pedir perdón por ello.

Mi visión de la realidad es un poco diferente. Ser de una raza o un género no te define ni para bien o para mal, lo hacen tus acciones, la manera en que concibes el mundo y te relacionas con los otros seres humanos, la empatía que puedes tener ante las injusticias y el sufrimiento ajeno.  Así como más arriba he dicho que he conocido mujeres maravillosas que a pesar de ser tan diferentes se caracterizan por su valentía, también he conocido mujeres malvadas, llenas de odio y rencor, que disfrutan hablando a las espaldas o engañando, o simplemente haciendo el mal de una manera frívola y macabra. No las juzgo por ser mujeres sino por ser humanos. Las personas no somos blancas o negras sino que nos movemos en un amplia gama de grises y todos sin importar que seamos somos capaces de lo peor…también, por fortuna, de lo mejor. Querer encasillarnos no solamente es estúpido sino perjudicial.

Dicho esto es estúpido negar que las mujeres lo han tenido muy jodido durante toda la historia. Han sido discriminadas, asesinadas, violadas, usadas como trofeos de guerras, gracias a religiones misóginas han sido relegadas o al rol de santa o al de puta. En diferentes culturas a lo largo del tiempo han sido humilladas de mil y un formas y su voz silenciada. Por siglos fueron relegadas a parir y encargarse de labores domésticas y me pregunto con tristeza cuántas artistas, científicas, filósofas y creadoras nos hemos perdido por una historia injusta que ha ignorado a la mitad (o incluso más) de su población durante tantísimo tiempo.

Incluso hoy, cuando se ha avanzado tanto en la lucha por la igualdad de derecho siento que falta muchísimo. Quiero que las mujeres que tanto conozco y admiro puedan luchar por lo que quieren sin desventajas de ningún tipo. Sueño con que mi sobrina no tenga que soportar ningún pervertido que la haga sentir incómoda, que no tema por caminar sola de noche, que tenga miedo de ser violada y peor aún sea revictimizada de diferentes formas (sin que eso nos lleve a desconocer la presunción de inocencia), ni que nadie la haga sentir menos por ser mujer.

Siempre he creído que la mejor manera de cambiar la sociedad debe partir desde el amor y no desde el odio. La mejor manera de construir una mejor sociedad debe ser cambiando la cultura y echando abajo los cimientos de la anterior. Creo que para una sociedad más justa el cambio debe venir no solamente de las mujeres sino también de los hombres pero no aislando a ninguno de los géneros sino haciéndolo juntos sin pretender ser iguales, sino más bien celebrando la diferencia entre hombres y mujeres, pero pugnando por la igualdad de derechos y el respeto en todos los ámbitos y creo que compromiso debe partir de cada uno de nosotros y hacerlo evidente no con palabras sino en acciones, solo así podremos tener un futuro más hermoso. Como el que veo cada vez que me sumerjo en los ojos de mi sobrina.




   

lunes, 4 de marzo de 2019

Pensamientos antes de dormir


A veces, cuando las luces ya se han apagado y antes de que llegue el sueño, en ese instante en que solo hay silencio y oscuridad, hay un pensamiento que se filtra por la puerta y se hace presente en mi cabeza y en mi corazón y consiste en saber si pude haber hecho algo más por la gente que quise y ya no está.

Es un pensamiento inútil. Los muertos no vuelven más que a través de recuerdos y en ciertos actos cotidianos de los que apenas somos conscientes como ese pequeño gesto que hacemos sin darnos cuenta, esa canción heredada, esa comida que nos retrocede años atrás, ese lugar que ya no existe. Lo que hicimos o dejamos de hacer mientras ellos vivían ya es irrelevante, el tiempo no se detiene y máquinas para viajar en el tiempo solo existen en películas ochenteras y en la mente de novelistas febriles.

 Y sin embargo, a pesar de ello, siempre vuelve. Pienso en mis padres. En si fui un buen hijo o si pude hacer algo más por ellos, si muchas veces no me quede con lo más cómodo, si quizá debí aprovechar más el tiempo con ellos, disfrutar más de las historias de mi papá y no poner los ojos en blanco cuando me contaba la misma historia por cincuentava vez o tener mejor disposición hacia los regaños de mi mamá. Ahora que ya no están extraño las historias de mi viejo y me hacen falta las observaciones siempre acertadas de mi mamá –sin duda sería mucho mejor persona si las siguiera-.

En ocasiones pienso en si debí irme a Bogotá y dejarlos solos. Siempre que me devolvía a la capital llegaba con el corazón un poco roto después de verlos un poco más viejos y, en ocasiones, enfermos. Pienso –de manera un poco injustificada- en si pude hacer algo para salvarlos, si pude darle plata a mi papá para ayudarlo en la parte económica o pude haber hecho algo, así fuera lo más mínimo para ayudar a mi mamá en su batalla contra el cáncer, si pudimos derrotar la enfermedad de mierda.

Pienso en mi mejor amigo, en mi Nana, en mis abuelos, en mi perro. En si fui lo suficiente para ellos. En si pude demostrar cuánto los quería. Pienso en los que están ahora. A veces en mi hermana, en cuando ha estado triste o me ha necesitado, si he estado lo suficiente para ella y si puedo hacer algo más para ayudarla a que sea feliz. A veces no hay cosa más dura que saberse pequeño e impotente enredado en  las enredadas telarañas de la realidad.

Pero a la vez me queda el consuelo que los quise. A todos y cada uno de ellos con el corazón y con el alma. Y a pesar de las peleas, los malos entendidos, de no haber compartido el tiempo que hubiera querido y que sin duda merecían o de no tener la plata para consentirlos, los quise de verdad y trate de demostrarlo siempre que pude, y a veces estar allí es lo único que la otra persona necesita de nosotros. La compañía, las palabras dichas y no dichas, es lo único que tenemos y  a veces, tan solo eso, basta.




lunes, 25 de febrero de 2019

Saturnina

El bus de Flota Magdalena proveniente de la ciudad de Magangué llegó a la capital una noche de vientos helados. A pesar de no estar bien abrigado, el gigantesco  negro de casi dos metros, casi no se inmutó ante el frío. Al salir de la terminal prendió un puro mientras sacaba una hoja amarillenta y arrugada con un nombre escrito en una caligrafía casi inteligible: Saturnina Orozco y abajo una indicación, El Castillo de Don Andrés, Callejón de las putas.

El hombre alquiló un cuarto en una pensión de mala muerte, repleta de ladrones, semi indigentes, poetas y venezolanos. No pensaba quedarse mucho tiempo en la ciudad, antes de dormirse siguió fumándose el puro y tomando unas cuantas copas mientras se arrullaba con el sonido de las balaceras en el exterior.

Al día siguiente se levantó, desayunó una taza de café negro sin azúcar y se encaminó al Callejón de las Putas, ubicado en la zona de tolerancia de la ciudad. Nadie cuerdo se metería en ese lugar a plena luz del día sin la complicidad de la Policía que cuidaba esa cuadra desde el ocaso, momento en el que empezaba la jornada puteril.  El Castillo de Don Andrés hacía mucho tiempo había desaparecido. Don Andrés había sido apuñalado por una de sus ‘chicas’ favoritas, cuando se recuperó vendió el negocio y se fue para siempre. Sin embargo en uno de los locales se encontró con que su regente más conocida como Samanta La deliciosa, una  ex puta vieja y gorda decía haber conocido a Satu, como la llamaba.

En esos tiempos, Samanta todavía se llamaba Sara  y era una joven adolescente de diecisiete años que venía desde  Dosquebradas buscando fortuna. Cuando recién arrimó al Castillo, la estrella era Micaela o como le decían ‘La reina de Saba’, su piel oscura seducía a todos y era la joya del Castillo y protegida de Don Andrés; no era una prostituta del común y lo sabía. Pese a ello no tenía ínfulas de diva y se mostró solícita con Sara mostrándole todos los trucos para soportar la dura vida que había elegido. Al poco tiempo se habían hecho grandes amigas y no se separaban hasta cuando ella rompió la única regla que no podía quebrantarse: Se enamoró de un cliente. Del Edgardo poco se sabía más allá que era policía, antes de irse Saturnina le había dejado la dirección, por extraño que pareciera, a pesar de todos estos años en que nunca la visitó aún la conservaba por si él la quería.

La pericia del detective consiste en la insistencia y en conocer el momento exacto para indagar. Las balas y la acción pertenecían más al mundo de la televisión que otra cosa, en la vida real la verdadera virtud es esperar e ir de un lugar a otro como una veleta, observando como quien no quiere la cosa pero fijándose en los detalles y sabiendo qué preguntar. De la dirección que le dieron, la mujer y su esposo se habían mudado hacía muchos años, pero había una vecina que le dio una pieza más para completar el rompecabezas.

Porque siempre quedaba un hilillo de donde tirar, siempre aparecía una persona que no dejaba extinguir la llama de la existencia de una persona, por más malvados o insignificantes que nos creamos al final hemos dejado huella incluso en los lugares menos pensados.

Del apartamento en el centro de la ciudad a donde lo mandó Samanta La Deliciosa, fue a otros tres con resultados negativos, pero cada visita, cada persona que visitaba la ayudaba a crear un perfil más completo de Saturnina Orozco, aunque nadie tiene la verdad absoluta, tan solo ‘su verdad’, su propio reflejo de lo que había significado esa mujer que conocieron en algún momento de sus vidas.

Finalmente su búsqueda lo llevo al ancianato de un pequeño pueblo a unas dos horas  de Bogotá. Sabía que la mujer había terminado sola y desamparada, Edgardo, quien acaso fue la única persona que la amó de verdad había fallecido hacía ya varios años fruto de un aneurisma implacable que le quitó la vida en un parpadeo y ella prefirió vivir sus últimos años rodeados de otros viejos en vez de la soledad de una casa vacía.

El ancianato de Santa Mercedes era una casucha que albergaba  casi diez viejos. No era un sitio deplorable pero tampoco en el que uno se visualiza terminando su vida. Las enfermeras  recordaban a la mujer, la rodeaba una aura de tristeza dijeron, y no hablaba mucho aunque era amable con quien se le acercara, no como otros residentes que se volvían berrinchudos como si estuvieran viviendo una segunda niñez. Cuando preguntó donde estaba le dieron un papel y una dirección, al ver el nombre del lugar sabía que finalmente la había hallado.

Llegó al Cementerio del pueblo al ocaso, algunos grillos empezaban a hacer su característico ‘cri cri’. El lugar estaba desierto, no había ni siquiera un guardían que le dijera que debía marcharse a determinada hora. Sintió compasión por la soledad de los fantasmas en un lugar así. Con las indicaciones de las enfermeras pronto llegó a su destino: Una de las lápidas que estaba junto a un árbol decía Saturnina Orozco Correa y más abajo tan solo su año de defunción ‘2001’.

El hombre se quedó en silencio varios minutos contemplando la tumba. Había esperado toda su vida ese momento, tantas preguntas, aunque al final todo se reducía a un ‘por qué’ que en el fondo no servía de nada, ella solo lo había cargado siete meses y se había desecho de él como si fuera basura, tan solo era el semen de un cliente  en el coño de una puta, pero aún así había hecho ese viaje porque quería saber, quería comprender su origen.

Ya nada de eso tenía sentido. Contempló el polvo que carcomía la tumba, el nombre que casi se había difuminado, lo único que tenía de su madre era un nombre y la visión distorsionada de todas las personas que la conocieron, eso debía bastar. Sacó una petaca de su gabán, la había cargado durante todos sus viajes con la esperanza de encontrarla y compartirla con ella. Le echo un largo trago y sintió como el aguardiente quemaba su garganta y sus entrañas como si fuera una especie de líquido purificador, luego echó el resto de su contenido sobre la tumba de Saturnina y salió del cementerio para no volver jamás.