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miércoles, 20 de diciembre de 2017

Navidades en Cali

Todas las  mañanas de navidad eran soleadas, o por lo menos así me gusta recordarlas. Después de tantos años la nostalgia tiñe ciertos días de la manera  en que las idealizamos, era así como me gusta imaginar los viernes santos con una fugaz lluvia que comenzaba a las tres de la tarde hora en que moría Jesuscristo en la cruz y los 31 de octubre mientras corría disfrazado de apartamento en apartamento por los bloques de mi unidad pidiendo dulces junto a mis amigos de la época, la noche era mística y mágica y cualquier vampiro podría estar acechando a la vuelta de la esquina.

La navidad, sin embargo no empezaba el 24 de diciembre sino quince días antes cuando armábamos el pesebre en casa. Era español con figuras gigantescas donde nunca pude diferenciar a San José del pastor (Los reyes magos estaban vestidos de oro por lo que estaban fuera de discusión). Recuerdo que siempre usábamos un desgastado papel verde para sembrar el suelo en Belén pero después empezábamos a crear de manera aleatoria ríos (papel azul), establos (aserrín) lleno de vacas y toros y caminos, a veces en pleno medio oriente se colaba un GI JOE o un Caballero del Zodíaco para guiar a los reyes magos o librarlos de los ojos atentos y maléficos de Herodes que buscaban impedir el feliz desenlace de su largo viaje. Nunca hicimos árbol, pues ostías como descendientes de españoles el pesebre era más que suficiente ¡joder!

En esos tiempos no había ni celulares, internet o tabletas y los niños de la unidad íbamos desbandados como reses que se habían escapado del matadero. Eran vacaciones y jugábamos desde el inicio del día hasta que nuestras mamás prácticamente nos metían a pescozones a la casa; sin embargo lo que más esperábamos eran las novenas. Las hacíamos comunales por plazoletas y ser elegidos para leer era un gran honor, en el gran momento de leer la oración a la Virgen María o la jornada del día toda la energía imparable y juvenil desaparecía dando paso a un hilillo de voz que tartamudeaba durante cada palabra hasta terminar de leer como buenamente se pudiera o como diríamos en Cali a la guachipanda. Los no seleccionados armaban el jolgorio y ruido al cantar los villancicos o golpear las panderetas y silbar durante los gozos, al final seleccionados y no seleccionados comíamos las delicias de esa temporada: Buñuelos, natilla, hojaldras, manjarblanco, arroz con leche, entre otros.  

A veces nos tocaba a mi hermana y a mí ir a rezar la novena donde los abuelos. Era terrible, pues iban solo las ancianas que olían raro a cantar villancicos que en sus decrépitas voces parecían letanías funerarias, además de llenarnos de besos babosos y pellizcos en la mejilla. Suerte que nos fugábamos a la cocina donde nos esperaba con una sonrisa nuestra amada Nana quien nos tenía listos su mayor especialidad, unas hojaldras crocantes y deliciosas, un pedazo de cielo, que nunca más he vuelto a probar pues nunca compartió su secreto con nadie.

María Antonia Ruíz, la Nana, había llegado hace cincuenta y un años a casa de mis abuelos. Venía por unos días a ayudar en el embarazo de mi tía pero se quedó para siempre después que nació mi primo. Negra y gorda siempre estuvo para amar y consentir a toda una generación de primos a mi hermana y a mí. Cuando ya estuvo muy vieja para seguir trabajando mi tía se la llevo con ella como una más de la familia y fue atendida como una reina hasta una madrugada en que su corazón no aguantó más y se detuvo, muriendo de la manera dulce, relajada y pacífica con la que siempre vivió.
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Sin embargo antes de las novenas estaba el día de las velitas. Comprábamos una bolsa con diez velas y las prendíamos en la plazoleta cada una se suponía era un faro para guiar a la sagrada familia a través de las sombras. Ahora que lo recuerdo era bonita ver la plazoleta completamente iluminada de velas, parecía una versión en miniatura de esas imágenes que toman los satélites de la tierra cuando está iluminada. En ese tiempo la pólvora no estaba prohibida y los niños jugábamos con las chispitas mariposas (habían otras, las toreros de menor rating) y los más osados prendían volcanes, diablitos o totes, mientras que los adultos se reunían para tomar y celebrar hasta altas horas de la madrugada. También por esas fechas era tradicional salir en familia por  las calles de la ciudad, contagiarse del ambiente navideño, disfrutar del alumbrado y admirar las miles de luces de una ciudad parecía nunca descansar en esa temporada, ser uno con la fecha. Sonreír


Cuando llegué a la adolescencia acompañaba a mi papá a comprar mi regalo de navidad, íbamos hasta San Andresito donde por esas fechas (ayer como hoy) corrían ríos de personas infestadas del espíritu navideño y consumista de la época. Nos tocaba aguantarnos trancones horribles, gente malhumorada y vendedores que trataban de tumbarnos pero el viejo siempre esperaba hasta que comprara lo que yo quisiera. Antes de eso nunca supe cómo conseguía los regalos que le pedía cuando niño, asumo que debía ser tan insistente e insoportable como un niño corriente y al final siempre obtenía lo que mis dictados de cruel emperadorcillo le pedía. No me imagino a mi papá, que odiaba la tecnología,  metido en el maremagnun San Andresito buscando en las tiendas más recónditas aparatos más raros que el hielo para José Aureliano Buendía como Nintendos o tamagotchi para satisfacer a su primogénito. Siempre es al final, cuando ya es demasiado tarde, que comprendemos los sacrificios que hicieron nuestros padres para hacernos felices.


El diecisiete de agosto de 2014 estaba en Cali visitando a mi padre en vísperas de su cumpleaños (que era el veinte de ese mes), al día siguiente debía devolverme para Bogotá. Ese fin de semana, él había estado un poco indispuesto del estómago y habíamos ido al hospital para tomar algunos exámenes. Ese día mi mamá fue a visitarlo a hacerle una sopa y habló con mi hermana por Skype, por la noche fui a donde mi mamá, que vivía a una cuadra de su casa a visitarla, al volver lo encontré tirado en el suelo. Desde el primer momento que lo vi, mucho antes de encender las luces y verlo con los ojos abiertos mirando a ninguna parte y a pesar de los patéticos intentos de primeros auxilios y susurros primeros y luego gritos de desesperación supe que mi papá, Carlos Fernández Bonilla, Calicho para los amigos, había muerto de la forma que siempre quiso, rápida, indolora y sin sufrimiento, más allá de unos cuantos segundos.

El día de navidad empezaba temprano, recuerdo que ‘Puntilla’ llegaba a primera hora de la mañana. Era un cocinero extraordinario pero alcohólico, tanto así que solo aceptaba como pago no sólo  alcohol a pesar de que han pasado casi veinticinco años me parece recordarlo como si fuera ayer en el lavadero de la casa preparando su famoso pollo relleno. A veces nos mandaba a  mi papá y a mí a la galería ( o plaza de mercado como la llaman los rolos) por suministros que le faltaban. Era feliz acompañando a mi papá ese día. Saludaba a cada vendedor como si fuera un amigo de mucho tiempo, les hablaba de sus hijos y de tiempos pasados y ellos le respondían con el mismo cariño. Pienso en Carullas  y nuevas tiendas eficientes pero igual de frías y pienso que a pesar de todos los avances se ha perdido el factor humano, esa calidez que solo se siente con una persona de carne y hueso en vez de una fría caja. Obviamente el pobre ‘Puntilla’ murió algunos años después de cirrosis. Pero murió en su ley.

Éramos unos nómadas de la navidad. Nunca la celebramos en casa, íbamos a casa de mi tía o su cuñada o donde los vecinos. No éramos desde luego gorrones pues siempre llevábamos las delicias de Puntilla, y la alegría que impregnaba mi papá hacía olvidar cualquier desavenencia. Nunca nos entregábamos los regalos a la medianoche, mi papá tenía la costumbre de que el Niño Dios nos daba los regalos al día siguiente  debíamos dejar los zapatos viejos en la sala para que el Niño Dios nos visitará esa madrugada. Al día siguiente nos visitaba nos dejaba Barbies o Nintendos  o lo que yo pidiera. Los amaneceres del 25 de diciembre tenían tanta magia como no los he sentido de nuevo en  mi vida.

Desde luego la navidad no acaba allí. Faltaba la fiesta de año nuevo donde mi mamá era reina. Llenaba la casa de incienso mientras nos obligaba a bañarnos con infusiones de aguas extrañas y nos ponía ropa interior amarilla, a comer 12 uvas rojas a la medianoche, a besar a esa hora a alguien del sexo opuesto o salir corriendo para dar la vuelta a la manzana con una maleta para tener un años venturoso y lleno de viajes y nuevas aventuras. Seguíamos siendo peregrinos e íbamos a casa de nuestros grandes amigos la familia Muriel aunque a veces eran ellos quienes venían a visitarnos para  compartir este día especial.

El 4 de febrero de este año  mi mamá murió en mis brazos, podrida por el cáncer, después de una lucha visceral contra esa enfermedad de mierda durante diez años. La noche de su muerte le sostuve su mano derecha mientras mi hermana lo hacía del derecho. Se fue mientras creía ver algo maravilloso más allá de lo que mi hermana, cuñado o yo pudiéramos ver. No ha pasado un día en mi vida en que no extrañe verla u oír su voz tan solo una vez más.

Ahora, las navidades que viví han desaparecido para siempre. La casa en la que crecí ya no existe y sus habitantes se han ido para no volver. Soy un extranjero de la ciudad en que nací y las únicas raíces que aún perduran son los recuerdos de esas personas y sus sonrisas.


Los fantasmas de las navidades pasadas no son espectros como lo proclamaba Dickens, son los recuerdos de la nostalgia que nos acechan rememorando un pasado mejor y más inocente.  Pero quedarnos en el pasado o sirve de nada. La vida siempre avanza y nuevas vidas nos darán vidas para continuar soñando. Somos nómadas de la vida y del amor que damos y recibimos, nuestra impronta es lo que damos y nuestro legado son nuestras acciones. Soy afortunado por mi pasado, presente y lo que vendrá más allá, soy afortunado por el amor que he recibido por parte de quienes no están  ahora y que alumbra como un faro que me acompañará hasta el final de mis días y el que espero transmitir a las futuras generaciones.







miércoles, 23 de diciembre de 2015

Demasiada navidad

 Me despierta el estruendo. No sabría decir cuántas horas llevo dormido encima de la barra. Es noche de navidad  y tengo un sombrero ridículo en la cabeza, corrijo es noche de navidad, tengo un sombrero ridículo en la cabeza, estoy ligeramente embriagado y tengo el corazón roto en mil pedazos.

Levanto la vista, no hay nadie en el bar a excepción del mesero  que me observa con preocupación. Miro la botella de vino de la que estoy agarrado como un náufrago a una tabla o un bebé a una teta. Está vacía.

-Otra botella, por favor –digo mientras el otro me mira con un leve reproche pero alza los hombros y la trae­-. Bueno, pero que esto no parezca un funeral, ¿brindarías conmigo?

El hombre vuelve a alzar los hombros y trae dos copas.

-¿Por qué brindamos? No por las que se van, ni por las que vienen, ya habrá tiempo de pensar en ellas –detallo su rostro y comprendo finalmente a quién se parece- Oye, hoy es navidad y celebramos tu nacimiento, ¿no?

-Muchas gracias, señor  –responde el mesero, siguiéndome la corriente-.

-A tú salud, entonces…

Me dispongo a tomar la copa cuando la campanilla de la entrada suena. Un anciano gordo, barbado, sucio y sudando como un animal entra en el bar, lo acompañan una banda de siete enanos.

-¿Dónde está el cumpleañero? –grita el viejo acercándose al mesero, abrazándolo- Oye, antes de celebrar sírveme lo de siempre….

-¿Malta para los renos también? –responde el mesero.

-Desde luego, desde luego –se ríe el viejo con una especie de ho ho ho que me recuerda a un fuelle o algo parecido.

El mesero carga un galón de una bebida oscura pero antes de salir deja en la mesa del extraño grupo una botella de whiskey.  El viejo y los enanos empiezan a tomar, los chiquitines toman como cosacos pero no hablan mientras el panzón ríe y grita más de lo que toma.

-Oye tú, hijo –me llama- ¿quieres sentarte con nosotros a tomar una bebida de verdad?

En casa me enseñaron que es de mala educación despreciar una invitación y más si se trata de licor, así que me levanto y me dirijo hacia el extraño grupo.

-Muy bien, muy bien –me dice el viejete mientras corre a uno de los enanos- siéntate acá…mi nombre es Nicolás y estos son Alvi, Gabi, Cruci, Boni, Crici, Ani y Keli.

El trago es realmente bueno y me pierdo en su parloteo y los gruñidos sin sentidos de estos Oompa Loompas versión descontinuada. Habla del frío que hace en el polo norte, en el cuidado de los renos, la producción de regalos y lo mal que va el negocio y en los niños…pequeños tiranos chillones y mocosos, sino fuera porque estaba obligado a hacer lo que hace, dice mientras sorbe otra copa de whiskey, hace rato habría degollado a más de uno, y es que carajo jo jo, a veces creo que Herodes era un santo. Al rato no sé quién está más ebrio, si el rubicundo anciano, su recua de enanos o este servidor. Va a agregar algo más cuando la puerta se abre nuevamente.

Los recién llegados son un par de árabes y un negro. Están regiamente vestidos y su presencia es imponente aunque un poco soberbia. Dos llevan cofre en sus manos y el tercero una cadena que al final lleva incienso.

-¿Es aquí donde se celebra el cumpleaños? –pregunta el que parece ser el líder de ellos sin ocultar su cara de desagrado por el sitio.

-Debe serlo –replica el negro-. La estrella no miente.

-A darle por culo a la estrella –replica el tercero con acento español fuertemente marcado-. Hemos seguido la jodida estrella por Estambul, Cafarnaúm y casi nos linchan en Jerusalén. De acá no me muevo. Oye tú, muchacho –dice mientras me señala, tráenos un poco de sangría.

A estas alturas de borrachera no pienso desobedecer y no sólo encuentro una jarra de sangría detrás de la barra sino otra botella de whiskey que llevo a mi  grupo.

El viejo sigue tomando pero ya no se ríe y no deja de mirar a la mesa de los árabes. Finalmente no se contiene….

-¿No deberían estar buscando el camino hacia España? Para no llegar tarde, en el puto mes de enero como siempre.

-Vaya, vaya, nos habla la valla andante de Coca Cola –replica uno de los árabes-. ¿No deberías estar sentando niños en tu regazo?

-Siempre he tenido una duda –responde el viejo panzón ignorando el comentario anterior- ¿Cómo es que se llama el negro? Nunca he aprendido a saber quién es quién.

-¡Es afro! –dice el negro agitando la cadena del incienso y luego lanzándosela al decrépito e impactando en la cabeza de uno de los pequeñajos con cara de viejo.

Y allí se arma Troya. Los gnomos, el viejo se abalanzan sobre los extranjeros. Puño va, puño viene y yo observando toda la situación sin meterme con nadie hasta que uno de los duendes en medio de una jeringoza incomprensible se aferra mi pierna cual perro en celo y me muerde, yo no hago otra cosa que sacudirme y lanzar a este Critter de los infiernos contra una mesa.  Ciego de ira y de alcohol me abalanzo sobre la turba y golpeo, muerdo y aruño sin importar a quien.

De repente, se abre nuevamente la puerta.

Cinco árabes más, de aspecto humilde y cargando ovejas entran. Perfecto, no me sorprendería que en  cualquier momento entrará el FBI y nos arrestará a todos pensando que es la convención anual del Al Qaeda.

-Salaam – dice uno de ellos- es aquí la reunión para el cumpleaños de….

No dejan terminar al pobre Moro porque una botella arrojada por quién sabe quién  le impacta en la cabeza.

-¡Maktub! –grita uno de sus acompañantes y con sus acompañantes arremeten contra la turba.

El zafarrancho es impresionante, recibo puños, patadas de duendes, viejos, árabes y negros, una oveja me muerde y yo la pateo. Doy tantos golpes como recibo, y el lugar es un desastre, hay vidrios, mesas y sillas rotas, el alcohol se riega con tanta prodigalidad como la sangre pero nadie ceja en su furia. De repente se escucha un grito superior al jaleo.

-¿Qué carajos está pasando aquí? –exclama el mesero quien vuelve acompañado de un par de renos.

Todos se detienen y se empiezan a mirar apenados.

-Lo que dije era amaos los unos a los otros, no ‘cascaos’. Amaos, carajo, amaos.

-Empezó Nicolás –dice el negro mientras apuntaba al viejo.

-¡Me importan dos peces y panes quién empezó! –sigue gritando el mesero- Me hacen el favor y se disculpan todos y celebramos el jodido cumpleaños de una vez.

Todos se levantan y empiezan a darse la mano y abrazarse. Un par de enanos se abrazan amistosamente a mis piernas, uno de los árabes elegantes me abrazan sacándome el aire, una oveja me lame la cara  y el viejo me dice “este año has sido un buen muchacho, para el próximo te regalaré una mujer que no joda”, “No prometas imposibles”, le respondo mientras lo abrazo.

-Mucho mejor –dice el mesero- Ahora acomódense todos juntos que voy a tomar una selfie del grupo.

Nuestros cuerpos han visto días mejores. Entre nosotros hay varias narices, costillas, cabezas y huesos rotos lo cual no impide que sonriamos para la foto.

-Muy bien –dice riendo el cumpleañero- digan todos ¡FELIZ NAVIDAD!



viernes, 20 de diciembre de 2013

Villancicos Gatunos

Por: El Gato Bandido

Llega la navidad y este felino rotativo no puede alejarse de la fiesta navideña (que empezó a celebrarse desde el 1 de noviembre) y todos sus papás noeles, muñecos de nieve caribeños, natillas y buñuelos que provocarán promesas de dietas el 2 de enero. Es por ello que desde el mejor rotativo del mundo y sus contornos hemos decidido adaptar algunos villancicos a los nuevos tiempos. Esperamos los disfruten…

Pero mira como BeBe América en el rio

Umaña está despeinado
La hinchada está llorando
 El Pascual no se está llenando
El diablo otro año esperando ….

Pero mira como BeBe el América perdido
Pero mira como BeBe otro año en la B
B B y B B y vuelve a BeBer
Américaa  la promoción ha perdido otra  vez


Tutina tuturama

Tutina tuturumá
Tutina Vargas Lleras
Tutina re re reelección reelección
Tutina Tuturumaina

Los lagartos del país vienen a adorar a Santos
Vargas Lleras y Don Roy los reciben sin balazos

Tutina tuturumá
Tutina Vargas Lleras
Tutina re re reelección reelección
Tutina Tuturumaina

Uribe viene también
Con Zuluaga y Pachito
A quitarle el poder
A nuestro JuanMa querido.


Zagalillos

Pekermancillo del bosque venid
Falcaillo del Mónaco llegad
La esperanza del mundial prometido
Ya vendrá, ya vendrá, ya vendrá

La esperanza, la gloria y la dicha
De esta selección que nadie la duda
De la mano de James, Wason y Ospina
A Brasil iremos sin duda

Pekermancillo del bosque venid
Falcaillo del Mónaco llegad
La esperanza del mundial prometido
Ya vendrá, ya vendrá, ya vendrá


El Roycito sabanero
Con mi Roycito Sabanero voy camino al Senado
Con mi Roycito Sabanero voy camino al Senado
Si me ven, si me ven de partido cambiaré
Si me ven, si me ven de partido cambiaré

Con mi partido voy andando
Y de a poquitos lo voy cambiando
Si me ven, si me ven de partido cambiaré
Si me ven, si me ven de partido cambiaré

Tuqui tuqui tuqui tuqui tuqui ta
A pesar de ser médico a la salud voy a quebrar
Tuqui tuqui tuqui tuqui tuqui ta
A mi hijo en el Consejo lo voy a poner a mandar

Con mi Roycito Sabanero voy camino al Senado
Con mi Roycito Sabanero voy camino al Senado
Si me ven, si me ven de partido cambiaré
Si me ven, si me ven de partido cambiaré



Publicado originalmente en el periódico de humor: EL GATO del mes de diciembre



viernes, 23 de diciembre de 2011

La navidad de Noir (cuento navideño)


Mi regalo de navidad para todos ustedes.

Espero les guste.

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La navidad de Noir


El vampiro echó la cabeza para atrás. La luz molesta y artificial –amarilla, mortecina- del transporte le irritaba los ojos. Se acomodó el sombrero y miró por la ventana: Afuera, la oscuridad parecía devorar la carretera.

Sonrió con ironía al pensar que ninguno de los vampiros glamurosos y delicados del cine o los libros se montaría jamás en un bus; pero él no era ningún Conde o Marques para ese tipo de elegancias; era simplemente un detective, un ‘reparador’ de cosas, o como le dijo alguna vez un demonio: “El encargado de untarse las manos de sangre en lugar de bebérsela”,

Estaba allí, en ese bus maloliente, rodeado de ganado humano y reprimiendo el instinto de lanzarse sobre esa niña que jugueteaba con una muñeca y lo miraba de reojo una y otra vez con curiosidad. No tendría ningún problema en matar al resto de los pasajeros para después posar sus labios en el cuello suave de la infante, sentir su olor delicioso, enloquecedor y hundir sus colmillos hasta saciarse con su pura y virginal sangre.

Pasó una mano sobre la comisura de los labios. Aún conservaba el mal sabor. Su última experiencia había sido un fiasco: Al final, había tenido que alimentarse de un viejo ebrio disfrazado de Papá Noel.  No tuvo que abalanzarse sobre él o hipnotizarlo pues el borracho estaba dormido, tirado en la calle. Lo único que había atinado hacer mientras bebían su sangre, fue roncar más fuerte y mover la mano como si fuera aplastar a un zancudo.

Noir recibió la bofetada del viejo y pensó seriamente en romperle el cuello, pero al ver su patética estampa, su aliento maloliente y su disfraz sucio con trazos de vomito seco, desistió de la idea. Vivir era, sin duda, un peor castigo para esa escoria.

La razón por la que terminó bebiendo de esa sangre fueron los interrogatorios. Se había demorado demasiado con un par de individuos que, para su desgracia, habían decidido guardar silencio sobre una información vital, lo que retraso la búsqueda de una mejor presa.
Si para Noir existía un mayor placer que obtener la información por la fuerza, no la conocía; ni siquiera la cacería le llamaba la atención: Después de tantos años  se  había convertido en rutina y finalmente todo se reducía a alimento. Pero la sensación de romper huesos, de percibir el terror de los sospechosos y arrancarles una confesión lo hacía sentirse vivo, por irónico que pudiera parecer.

Del techo del bus  empezó a sonar, a todo volumen, un villancico: Ruido disfónico, rimas sin sentido, estupidez sin pausa. La niña que estaba junto al vampiro, y quien no tendría más de cinco años, empezó a tararear la canción mientras aplaudía al son de la música.

La pequeña lucía radiante, tierna, delicioso receptáculo del líquido vital. Noir le acarició la cabecita, pasó un dedo frío por los labios y se detuvo en el cuello. Sintió cada gota de su sangre fluir como una cascada a través del torrente sanguíneo. Hizo un ademán de acercarse pero se sintió observado por lo que desistió de la idea. Podía matarlos a todos, pero no convenía, debía ahorrar energías para  el caso.

El villancico sonó con más fuerza.

“Odio la navidad”, pensó el vampiro.



Se bajó según las coordenadas en un lugar en medio de la nada. Prendió un cigarrillo y empezó a caminar a través de una carretera solitaria; aunque no corría, su movimiento era más rápido que el del más veloz de los humanos. Finalmente, vio a lo lejos, el  carro.

En el capó, acostado, había una figura que observaba las estrellas.

-Hola jefe –dijo el desconocido sin moverse.

-¿Qué información tienes?

El ser se incorporó y se dirigió a Noir,

-Tan pronto recibí su llamada llegué a este lugar y he estado examinándolo por una hora. Sin embargo, es muy extraño…

-Stephan –interrumpió Noir- ¿Qué demonios es eso?

-¿Esto? –dijo el ayudante mientras se tocaba la cabeza-. Es un gorro navideño, de Papa Noel. ¡Mire! Tiene mi nombre escrito con escarcha.

-Ya sé que es un gorro navideño, idiota. ¿Por qué te lo pones? Eres un hombre lobo.

-Debería dejar de ser tan gruñón jefe y contagiarse del espíritu ¡Me encanta esta época!

El detective puso los ojos en blanco. Prendió otro cigarrillo.

-¿Qué es lo extraño? –retomó.

-No pude percibir tantos zombies como creíamos…quizá no sean más de cincuenta, además son de clase tres, ya sabe lo débil que es esa escoria.

-No es mucho lo que pueda hacerse con un grupo de inútiles como ese...

-Debería informar a quien nos contrato que la amenaza es nula.

-No –respondió el vampiro- nos contrataron para un trabajo y lo vamos a terminar. Es lo mínimo después de venir hasta este lugar.

Noir desenfundó su arma, una de las míticas Stocker, una de las diez últimas que aún existían en el mundo. Por su parte, Stephan, desplegó sobre el capó, una colección de hermosos cuchillos. Siguiendo el llamado de su especie, prefería las armas blancas; sentir la cercanía del enemigo, el momento en el que arrebataba una vida. Escogió diez.

-Estamos en luna nueva y no tendrás toda tu fuerza ¿No hay problema?

-Para vencer a unos zombies clase tres no necesito la ayuda de la luna, además estuve viendo unos movimientos buenísimos en una peli de Bruce Lee. Voy a aplicarlos.

-Ya veremos –dijo Noir mientras sonreía.

Tan pronto ingresaron al jardín principal, un par de metralletas Deik surgieron de la nada y empezaron  a dispararles.

-No puedo creer que este tipo ni siquiera tenga un par de Andujars.

Las Andujars, como todos saben, son  metralletas gigantes de última generación: Diez veces más rápida que una Deick y equipadas con rayo laser y detector de calor.

-Lo sé –respondió el vampiro- algo extraño ocurre y voy a averiguar de qué se trata.

El hombre lobo lanzó de manera certera varios cuchillos a ambas metralletas, averiándolas.
Ingresaron al gran salón. En su interior lo esperaban más de veinte zombies debidamente ataviados: Vestidos como duendes, con trajes de colores verde, blanco y rojo, medias hasta las rodillas, cascabeles por todo el cuerpo y gorros similares a los de Stephan.

-Odio la navidad –murmuró Noir mientras encendía otro cigarrillo.

El enfrentamiento fue sencillo. Los zombies no eran rivales para la Stocker y a cada disparo caían como  moscas; por otro lado, el hombre lobo se daba un banquete manejando con destreza los cuchillos y realizando sus movimientos de artes marciales de manera exagerada y poco práctica.

A los cinco minutos el piso estaba lleno de cadáveres. Las criaturas no habían tenido tiempo de reaccionar antes de ser masacradas.

Fueron al siguiente cuarto. Los perros no tenían piel y gruñían como hienas mientras se relamían unos colmillos descomunalmente largos, en las cabezas tenían puesto unos cuernos decorativos que los hacían ver como los renos más horribles del mundo.

Guardó la pistola. No valía la pena gastar más balas en esta idiotez. La parafernalia navideña lo tenía de mal humor. De muy mal humor. Necesitaba descargarse un poco. Matar a alguien o algo. Cogió al perro más cercano, lo tumbó y le aplastó el cráneo, sintiendo como se quebraba cada uno de sus huesecillos.

Uno de los canes lo cogió desprevenido, lo hizo caer e intentó morderlo.  Noir sintió el aliento baboso y los ojos rojos del animal, con dificultad puso una de sus manos sobre el pescuezo de la bestia y apretó hasta que lo sintió estallar.

Mientras tanto, el hombre los esperaba con ansiedad.  A través de las cámaras de seguridad los había visto ingresar a la mansión, arruinar sus armas, masacrar a su ejército de zombies  y aplastar a sus hermosos animales. No había tenido necesidad de investigar quiénes eran los intrusos pues era bien conocida la identidad del vampiro que se vestía como un detective de los años treinta. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de vencerlos  por medio de la fuerza por lo que le dio otro sorbo a su copa de vino. Y pensó.

Noir no pudo reprimir una sonrisa al ver a Stephan: No había querido quitarse el gorro navideño sin importarle que estuviera untado de sangre y la materia viscosa de los perros.  Cada cierto tiempo debía acomodárselo pues se le pegaba a la frente. El vampiro pensó que si en algo combinaba el jodido sombrerito de Papá Noel, era con esa inmundicia. Se dirigieron hacia una enorme puerta ubicada en el piso superior. Empujaron.

El cuarto era enorme y estaba pulcramente organizado. A lo lejos, se veía un enorme dispositivo  con varias pantallas que transmitían la información recolectada por las cámaras de seguridad. En un rincón se veía un enorme pesebre debidamente organizado, contiguo a él se alzaba un árbol de navidad decorado con guirnaldas, bolas y luces. En el centro de la habitación estaba sentado un joven que los observaba con atención. A su lado, un zombie con disfraz de Papá Noel sostenía una jarra. A una orden, la criatura sirvió  el líquido a su amo.

-Los esperaba…sean bienvenidos -dijo mientras bebía de su copa.

Noir prendió otro cigarrillo, mientras el hombre lobo miraba fascinado el cuarto.

-¿Se puede saber a qué se debe su visita, detective?- preguntó el hombre al ver que ninguno de ellos contestaba.

El vampiro dio una calada a su cigarrillo, desenfundó la pistola y apuntó a la cabeza del anfitrión.

-Dame una buena razón para no volarte la cabeza…-respondió.

-¿No puedo saber siquiera cuáles son mis crímenes? –preguntó el hombre.

-Creación ilegal de un ejército de zombies. Alguien, en el Grupo de los Trece, cree que puedes usarlo en su contra.

-¿El Grupo de los Trece? –respondió el interlocutor asombrado.

-¿No sabes quiénes son los trece?  ¿Los dueños de la ciudad?–interrumpió asombrado Stephan-. Jefe, debería acabarlo, no por los zombies  sino por idiota.

- ¿Les parece que tengo un ‘ejército’? – respondió el hombre-. Ustedes han visto a mis muchachos, a mis mascotas. Son muy débiles y no son una amenaza para nadie, ni siquiera para un grupo numeroso y armado de humanos.

-¿Entonces por qué hacerse con este grupo de caminantes? –preguntó Noir mientras enfundaba nuevamente el arma, el idiota no representaba mayor peligro-. Si la respuesta no me satisface, tus sesos harán juego con la decoración del lugar.

-No pretendo atentar contra el Consejo vampírico ni contra ninguna otra criatura, yo sólo quiero vengarme de unos mortales. Todo se remonta a la época en que era estudiante…

-¿Es esta una de esas historias eternas sobre el pasado? –preguntó el hombre lobo apesadumbrado-. Noir, ¿no es posible que mientras tanto elimine a los zombies que no hayan quedado  inservibles?

-Seré breve, lo prometo –respondió en su lugar el hombre.

Stephan ignoró a su interlocutor, miró a su jefe y  a una señal se quedo quieto en el puesto.

-Como decía, quiero buscar venganza de unos humanos –y al mencionar las últimas palabras el rostro del joven abandonó su dejo burlón- Hace treinta y cinco  años me enamoré de la niña más linda del colegio, para mí desgracia, era la novia de Miguel Valbuena, un compañero que era hijo del dueño de la ciudad. Valbuena y sus amigos aprovecharon un paseo que hizo el curso al río y en compañía de sus cómplices, me ahogaron….

Noir movió la muñeca en círculos exigiendo que el joven acelerara su historia; Stephan, sentado en un rincón, bostezaba.

-Miserables niños, me asesinaron y nadie hizo nada por encontrar los responsables. Mi espíritu vagó muchos años en busca de venganza, hasta que un día –y el rostro del muchacho esbozó una sonrisa macabra- me encontré con un demonio. Ofreció darme mi antiguo cuerpo y la oportunidad de desquitarme a cambio de mi alma.

Mocoso estúpido, pensó Noir, no sabía lo que  había hecho. Un demonio puede llegar a que desees haber nacido sin alma. Igual no era asunto suyo.

-El mismo demonio me dijo algo que me llenó de regocijo: Esa gente va a celebrar una reunión de graduados en la mansión de Valbuena durante la noche de navidad y van a llevar a sus familias. Por fin tendré lo que buscaba…

-¿Quién me dice que no atentarás contra el Grupo de los Trece?

-Mis zombies son débiles, muy débiles. No quiero otra cosa que mi venganza.  Está estipulado en el contrato que apenas efectúe mi deseo deberé entregarle mi alma a quien me compró.

-¿No atentarás contra ninguna otra criatura?

-No.

-¿Ni siquiera contra ningún otro humano?

-¿Importa? –después de ver en los ojos del vampiro una amenaza, respondió– aparte de las personas que asistan a la reunión no asesinaré a nadie más y el ejército se desvanecerá en las sombras.

-No creo que seas una amenaza para nadie –dijo el detective mientras pensaba en lo obeso y desagradable del anfitrión, seguramente él también lo habría ahogado-. Lamentablemente, alguien me ha pagado muy bien por tu cabeza. Ya sabes lo que dicen, es mejor curar que lamentar.

-Pago el triple de lo que le hayan ofrecido. Eso y mi promesa de que me iré para no volver. ¿Alguna pregunta?

-¿Para qué el pesebre y el árbol de navidad?

-Soy un nostálgico, detective…

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Nochebuena. La casa de campo de los Valbuena se engalana para recibir ilustres invitado. El salón de baile está decorado no con los tradicionales blanco y rojo sino con gris y dorado, colores más sobrios  pero sin duda más elegantes.

Del cielo penden globos, guirnaldas y los respectivos muérdagos para que los enamorados puedan hacer de las suyas. La orquesta toca música suave, relajante, y los antiguos compañeros de colegio rememoran viejos tiempos a la vez que presentan en sociedad a sus parejas y a sus hijos.

El punto cumbre de la fiesta es el momento en que suenan las campanadas que anuncian la medianoche. Cuando los presentes se abrazan emocionados deseándose la feliz navidad, intempestivamente las puertas del gran salón se abren trayendo a los residentes del infierno a tan elegante celebración.

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Un adolescente obeso con gafas y cara redonda está en el  centro, su mirada está llena de odio, de furia, de resentimiento; a su lado hay unos seres grotescos y putrefactos, algunos están disfrazados de duendes, o de papa Noel, otros más de pastorcitos que habrían de visitar Belén. Las criaturas huelen el aire y empiezan a hacer sonidos tétricos provocados por el hambre de la carne y la sangre. A un costado hay dos hombres en los que nadie repara: Uno de ellos tiene pelo largo y ojos de color dorado, el otro está vestido como un detective de película del cine negro.

Algunos de los asistentes creen reconocer al gordo que está en el centro, comienzan a gritar aterrados y pronto, la noticia del regreso de Hernández de la tierra de los muertos, se riega como  pólvora. Los gritos y los llantos son interrumpidos súbitamente.

-Señores, esta fiesta ha terminado. –concluye emocionado el joven.

Los tres seres están sentados en una mesa mientras los zombies cumplen su tarea con eficiencia. Stephan tuvo la idea de incendiar el salón para darle mayor dramatismo a la escena y apuñaló en las rodillas a un par de invitados que pretendían escapar del lugar, se ha quejado sin parar, pero es inocultable que está divirtiéndose en grande con su noche navideña.

El agasajado observa la escena y los rostros agonizantes y carcomidos de los presentes. Disfrutaba especialmente el contemplar su rostro al ver como devoraban a sus seres amados. Quizá había sido un error no ordenar a su grupo el dirigirse exclusivamente a los familiares y dejar a los culpables para el final. Eso ya no importaba, lo relevante era disfrutar el momento, grabar en sus retinas cada segundo de esa noche,  guardar como un tesoro los rostros ensangrentados de sus victimarios. El futuro podía ser terrible, pero ese día le pertenecía únicamente a él por la eternidad entera. Haría que valiera la pena. Levantó una copa de vino y se dirigió al vampiro.

-Feliz navidad –le dijo.

El detective contemplaba la escena en medio de sorbos ocasionales de su copa. La sangre estaba deliciosa, en su punto. No lo confesaría jamás pero el incendio, los zombies disfrazados y la gente histérica corriendo de un lado para el otro intentando escapar de una muerte segura le divertía. Eso sin contar con el oro que se había embolsado sin hacer ningún esfuerzo.

Escuchó el chomp, chomp de un caminante que se daba un banquete con una pequeña niña. Luego de abrirla, devorar su intestino, hígado y pulmones, en un acto de violencia sin sentido, le  arrancó la cabeza y la arrojó a los pies del vampiro que al mirarla, pensó que podía ser, perfectamente, la niña que se había sentado a su lado en el bus repleto de ganado humano.

-Feliz navidad –respondió Noir.