martes, 1 de septiembre de 2015

La parábola de la guillotina


El pasado mes de julio una conductora del SITP, un transporte público de Bogotá, aseguró que mientras conducía su vehículo había sido atacada y  violada por dos hombres y una mujer. Uno de los sujetos era, según el retrato hablado por ella, un hombre cuyo rostro era surcado por una cicatriz.  A los pocos días, una persona de rostro inexpresivo pero con la consabida cicatriz fue capturado.

Hace una semana, el futbolista uruguayo radicado en el país, Alexis ‘El pulpo’ Viera fue herido de bala en un asalto que le hicieron en la ciudad de Cali, el criminal fue un hombre de raza negra y al poco tiempo se señaló de manera automática que era alias “Barney”, quien en el pasado fue encarcelado por hurto, el autor de los hechos.

¿Qué tienen en común ambas historias? Al poco tiempo y ante los interrogatorios de la policía, la conductora del SITP reconoció que había mentido. Nadie había abusado de ella e inventó la historia para obtener beneficios personales en el trabajo; por su parte, “Barney”, al recibir amenazas contra su vida por supuestamente haber atentado contra el futbolista, decidió ir a la policía para aclarar su situación, la esposa del deportista, quien estuvo presente durante el robo, negó que él hubiera participado de este hecho.

A mi Facebook llegaron la imagen de ambos personajes. La del hombre de la cicatriz por los enlaces de los periódicos y la Barney por una foto compartida por un contacto donde ya se daba por hecho que él era el criminal. Las fotos iban acompañadas de cientos de comentarios llenos de odio donde los hombres ya habían sido condenados de inmediato, las redes rezumaban rencor, se pedía que se asesinaran a tan terribles canallas: Que se castrara al violador que se linchara al ladrón. Me pregunto si las personas que imploraban  de manera tan fervorosa sangre habrían sentido algo de culpa si hubieran matado a los sospechosos y después comprobado la inocencia.

No es algo que vea por primera vez. Recuerdo hace poco el caso de un hombre que intentaba de manera infructuosa limpiar su nombre. No sabía cómo pero su nombre había aparecido de manera ligada a una historia sobre una violación, el pobre individuo no sabía qué hacer pues ya había sido juzgado por la sociedad por un crimen que no había cometido y del que no sabía cómo había sido acusado. La nota decía que el hombre era tratado como un criminal y un paria por quien lo reconocía en la calle.

Pareciera que las redes sociales nos convierten en dioses. Tenemos el poder de juzgar, de condenar impunemente. Decidimos quién es bueno y quién es malo, hermoso u horrible, culpable o inocente por una foto o un post. Usamos clicks y likes para sentirnos parte de una comunidad o superiores al resto de las personas pero olvidamos que acciones similares han desembocado en un acoso –o bullying- desaforado desencadenando el suicidio de más de un adolescente.

Me llama la atención que las mismas redes revelan un odio que revela una sociedad enferma y que francamente me asusta. Mucha gente clama por asesinatos, guerras, y linchamientos, y muchas de esas acusaciones recaen en personas diferentes, ya sea por aspecto, raza, estrato social u orientación sexual. Me pregunto si la misma gente que exuda tanto odio por los poros virtuales sería capaces en la realidad de cometer esos actos. Lo dudo, pero crean el ambiente y hacen propicio que otras personas con menos escrúpulos cometan esos crímenes sintiéndose respaldada por la sociedad.

Este ambiente me recuerda mucho a Historia de dos ciudades, la genial novela de Charles Dickens. En ella, nos situamos durante la revolución francesa y el gran novelista inglés nos muestra los excesos cometidos durante dicha época y que pervirtieron los ideales de libertad,  igualdad y fraternidad en una orgía de sangre donde un rumor era suficiente para conducirte a la guillotina ante un pueblo embriagado de odio y resentimiento que aplaudía cayera quien cayera, siempre y cuando la cesta se llenara de cabezas cercenadas.

Lo curioso con la guillotina es lo siguiente, siempre tiene hambre y nunca parece saciarse de víctimas, no le importa si quien está debajo de ella es un rey, un hombre de una cicatriz, un ladrón, un sabio o un campesino. Espero que la marea de los tiempos no le pida a la guillotina virtual las cabezas de quien hasta hace poco lanzaba enardecidas acusaciones contra personas cuya culpabilidad nunca le constara.



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