Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de mayo de 2019

Una idea que se resiste a morir

 Tengo una idea para una historia. He intentado olvidarla, dejarla de lado, pero se rehúsa a morir y reaparece una y otra vez en los momentos menos esperados. Veo a sus protagonistas en diferentes situaciones y me parece que cada vez cobran más vida, como si poco importara que los trajera a la vida, como si por el solo hecho de imaginarlos  existieran, pero aun así quieren que su historia sea contada. Lo exigen.

Cuando pienso en ellos me pregunto si vale la pena. Si quizá no llegue, tarde o temprano, la Policía de la Moral y lo Políticamente Correcto diciendo que tengo el alma y la mente podrida por lo que estoy pensando y creando; peor aún, me pregunto si quizá cuando la escriba sea recibida en medio de la apatía general y mis letras sean incapaces de llegar a una persona, una por lo menos que se  vea reflejada como yo en esta historia.

Pero la Historia poco sabe de Policía de la Moral y lo políticamente correcto, poco sabe de si será leída o aceptada o querida. Ella solo quiere nacer, quiere que su parto ocurra día a día a través de la  hoja en blanco. Poco le importo yo o mis pensamientos o penurias, soy solo el médium, la herramienta para que pueda ver la luz. Soy su padre pero a este feto de ideas poco le importo y lo único que hace es susurrarme que deje de hacerme el idiota y que sé muy bien lo que debo hacer.

Hasta el momento solo tengo una novela que está en el baúl de los recuerdos. La novela fue escrita en un momento oscuro de mi vida y escribirla me dejó extenuado como si fuera incapaz de escribir de nuevo. Muchos años lo creí así. Pensé que sería un hombre de una sola historia, quizá leída por la gente más cercana a mí pero no más. Escribirla fue un placer pero al mismo tiempo agotador como si drenara mi vida, mi alma, pero ahora siento como si esta nueva idea que crece dentro de mi pecho y se expande cada día un poco más tuviera la fuerza incontenible de mil huracanes juntos.

No es desde nuevo una idea nueva. Llevo pensando en ella desde hace ya algunos años. Al principio la ignoré pero ella vuelve una y otra vez, molesta como un grano en el culo, intensa como el zumbido de un zancudo a la madrugada y cada vez toma más fuerza. Me escudo en la pereza, en lo agotado que llego del trabajo y del gimnasio; me escudo diciendo que a pesar de toda mi palabrería no soy un escritor y que no vale la pena ni siquiera el esfuerzo, que debería dejarlo a los expertos en el tema,  que el tema no será del interés de nadie, que mis letras son una mierda y que a fin de cuentas a nadie le gustan…..pero la idea no se resigna a morir y embiste una y otra vez con la ferocidad de un boxeador que sabe que puede ganar la pelea y en medio de los golpes, la nariz rota, los ojos morados y la boca destrozada, sonríe diciéndome que más allá de que todo eso sea cierto escriba la historia para mí, que valdrá la pena.

Tengo una idea para una historia, y mucho me temo (más allá de mis protestas y berrinches de niño pequeño) que tendré que escribirla.




martes, 4 de agosto de 2015

Acabo de empezar una nueva novela

Acabo de empezar una nueva novela. No llevo demasiado sumergido en ella, tan solo cuatro o cinco días pero en cierto sentido siento un compromiso tan grande como el que tuve con la primera que escribí.

Estoy escribiendo sobre fantasía, quizá alguien podría clasificarlo como literatura juvenil. Me gusta este género porque me abre las  puertas a otros mundos dentro de éste, amplía el espectro sobre lo que es real y no, cómo se percibe el mundo y cómo seres imaginarios y magníficos, mitológicos y aterradores se hacen tan reales que puedes sentir sus alas y sus colmillos cerca de ti…

Lo más difícil es, desde luego, empezar. Tienes la hoja en blanco y una idea que te ha rondado en la cabeza por días, meses, incluso años, pero no sabes cómo empezar a plasmarla, traducir la imagen que tienes en tu cerebro al papel y que se siga viendo igual de atractiva, sin afearla ni estropearla. Ese bloqueo, ese fenómeno de la hoja en blanco no se limita al día en que finalmente decides empezar, sino que viene de mucho tiempo atrás, desde el génesis de la misma idea, pero procrastinas una y otra vez hasta que no puedes hacerlo más y empiezas a escribir de nuevo. Y es maravilloso

En mi caso, la razón para este aplazamiento indefinido (que hasta ahora lleva dos años) es el miedo, miedo a escribir. Tal vez esta sea la verdad que no he revelado, la escritura para mí es lo más placentero pero lo más doloroso que pueda existir.

Nunca soy más yo que cuando escribo. Nunca muestro más de mi verdadero ser que cuando tecleo como endemoniado, no encuentro más paz o reposo que en las letras con las que intento comunicar algo. Pero es al mismo tiempo, una esclavitud, una fuente que me agota de maneras inimaginables porque es tanto lo que dejo en ella que me deja exhausto a nivel físico, intelectual y anímico. Es una relación de amor y odio, deseo y necesidad que se repite una y otra vez en los ciclos que decido ponerme manos a la obra, tal como un yonki con la droga que lo lleva al cielo a la vez que lo destruye.

Pienso que hay gente que nace para amar y ser amados, para encontrar un descanso en el dulce abrazo de la persona correspondida, otras  que lo hacen para ser felices y  llevar vidas despreocupadas adaptándose a los cambios sin problemas; también hay quienes nacieron para viajar, explorar países y paisajes maravillosos, y otras que nacimos no para buscar la  felicidad, o ser amados o conocer lugares exóticos sino para escribir, para plasmar de manera frenética historias maravillosas, fantásticas o trágicas, porque ese es nuestro destino, nuestro llamado.  

Escribo, porque es lo que me mueve, porque es lo que verdaderamente me llena sin importar las consecuencias, es el alivio, el amor y el verdugo, la salida a la carga que  lleva dentro, porque la escritura me muestra que entre más me intenté alejar de ella y pertenecer a otra parte al final  volveré a ella una y otra vez como un hijo pródigo.

Acabo de empezar una nueva novela y no sé qué vaya a pasar con ella. No me importa si se convierte en letra muerta, en una historia que no le interese a nadie, palabras, frases y hojas cuyo destino sea acabar en el olvido, pero es mi historia, mi novela, el reflejo de mi alma y por el momento eso es lo que importa. Es pequeña y luce desvalida pero está hambrienta esperando a ser alimentada por mis sueños y pesadillas y se ve casi indefensa. Pero respira.

martes, 24 de junio de 2014

Empezar de nuevo


 Desde que terminé mi novela no he podido escribir de nuevo. Es decir, he hecho un par de artículos para El Gato, el periódico humorístico donde colaboro con alguna frecuencia, y he escrito uno que otro relato breve –tal vez uno o dos, no más- pero no he sido capaz de ponerme de ponerme activo con toda la seriedad del caso en una nueva historia que absorba todas mis fuerzas y me haga escribir como endemoniado.

Me pregunto si para el resto de los escritores es algo normal: Stephen King escribe anualmente una novela o dos pero también conozco casos de novelistas quienes solo tienen una obra durante toda su vida o algunos que dejan pasar meses e incluso años para finalizar, o por lo menos empezar una nueva obra.

Debo confesar que ese escenario me aterra. Me refiero a haber escrito todo lo que tenía que decir, plasmado todos mis fantasmas en unas pocas páginas y no tener la habilidad de sumergirme de nuevo en otra historia. Es cierto que he tenido varias ideas que han rondado mi cabeza por días e incluso semanas. Llegan de manera silenciosa y de un momento a otro me encuentro fantaseando con ellas, soñando despierto con las posibilidades que tendrían si decidiera trabajar en ellas, estoy convencido que podrían tener una  buena posibilidad, pero llegado el momento apropiado, el de la hoja en blanco, no he podido concretarlas, es como si un ‘algo’ agarrotara mi manos y mis ideas e impidiera que me pusiera manos en la obra con ella. Naturalmente esas ideas mueren antes de nacer y abandonan mi cabeza con la misma rapidez con que llegan.

Rabia, mi novela, es un texto bastante pesado, tiene demasiadas cosas oscuras, muchas escenas donde el sexo es usado como una herramienta para olvidar o castigar, otras que tienen demasiada violencia, Ultraviolencia como diría Alex de Large de La naranja mecánica. Es cierto que necesitaba escribirla, que en cierto sentido me sirvió como catarsis para una época muy importante de mi vida que se ha extinguido para siempre y que una parte de mí se divirtió mucho escribiéndola, en especial las partes más decadentes y terribles, pero debo reconocer que escribirla y releeerla una y otra vez me ha dejado agotado, un poco exhausto como si hubiera vaciado gran parte de mis sesos en las páginas diligenciadas.

Cuenta Stephen King que después del accidente que casi le costó la vida, no era capaz de escribir. Dedicaba toda su energía a recuperarse y no fue sino hasta que su esposa Tabitha prácticamente lo empujara hasta su despacho y obligara a retomar su trabajo que redescubrió el placer que sentía en tejer historias. Al principio salían relatos flojos, páginas aún peores, pero conforme pasaba el tiempo y escribía con mayor frecuencia sentía retomar ese ritmo que lo hacía sentir bien consigo mismo.

En estos momentos, tengo una historia que empecé hace un par de años rondándome una y otra vez la cabeza, tengo un buen presentimiento sobre ella, además me ayudaría a cambiar el registro y aventurarme en algo menos duro, sé que debo retomarla, pocas cosas se comparan a la emoción de estar escribiendo en la madrugada de manera frenética, con los muertos y las musas susurrándote a los oídos mientras la ciudad duerme. Debo empezar, se requiere disciplina y orden pero sé que una vez lo haga me embarcaré irremediablemente en una nueva aventura. Sólo debo iniciar y las palabras irán llegando. Una a una.





martes, 20 de mayo de 2014

Corregir una novela


Las comas son como sanguijuelas, condenadas y malditas, quienes con su pequeña cola lo único que buscan es entorpecer el texto, hacerlo más lento y farragoso. Su uso puede dictaminar el éxito o fracaso de un párrafo, eso por no hablar de un punto mal ubicado,  dos puntos que sobran o un punto y coma que pueden ser o punto o coma pero no ambos y que puede alejarte de tu objetivo final con una facilidad que es difícil de creer.

Finalmente, después de nueve meses, he terminado de corregir mi novela. La dejé descansar, la imprimí y empecé a releerla, día tras día, noche tras noche –a veces hasta la madrugada- en voz alta y con un lapicero negro al lado que cumplía la labor de guillotina verbal, descabezando aquello que estuviera de más.

Les  confieso que es una labor horrible. Si escribirla es exprimir el alma en busca de una historia y unos personajes que valieran la pena, corregirla es tomar tu cerebro y exprimirlo hasta la última gota en busca del más mínimo error, revisar con lupa que cada una de las frases escritas tenga sentido (y para una persona tan instintiva como yo, que escribo a toda carrera frases que muchas veces no recuerdo, es un verdadero suplicio) y empezar a tachar. Eliminas con la eficiencia de un asesino profesional signos de puntuación, frases y párrafos enteros que entorpecen tu narración; a veces, lo haces con lágrimas en los ojos, pues sabes que esas líneas que quedaron –a tu parecer- fantásticas no tienen cabida en el producto final y empiezas.

Quitas letras, signos de puntuación, ideas, personajes, en la corrección te sientes tentado incluso a corregir ciertas historias, pero te muerdes los nudillos porque sabes que no es lo correcto, que la parte de la inspiración ya ha terminado y ahora sólo queda desempeñar el rol de carnicero y terminar de desmembrar y volver a unir los fragmentos de esa historia que escribiste con la ansiedad de un niño.

Y lees y relees y en algún momento sientes que es la peor bazofia que nadie pudo haber escrito jamás, que ninguno de los grandes escritores que admiraste habría escrito algo tan mediocre ni siquiera en sus peores años y nunca te sientes tan tentado de tirar ese manuscrito a la cesta de la basura como en ese momento,  porque ¿quién en su sano juicio leería una historia como esa hasta el final? Y miras esas pobres páginas rayadas, simple reflejo de un escritor, de sus sentimientos, su soledad y sus demonios y una voz te dice que a pesar de todo, los miedos, el temor de no lograr que nadie se emocione ante lo que hiciste, las letras olvidadas, se debe seguir, solamente por terquedad, con la testarudez de un toro de lidia, porque pase lo que pase, terminaste la historia y es la tuya.

Terminé Rabia y a pesar que en muchas ocasiones llegué a odiar mi creación, quise quemarla y más de una vez me pregunté cómo pude gastar dos años de mi vida dedicado a este proyecto, proseguí porque no tenía otra alternativa. ¿Es una mala o buena historia,  está bien o mal escrita? No lo sé, en este momento no importa verdaderamente, lo relevante es que, a pesar de todo, la acabé y siento que me quitaran un peso gigante de encima, la catarsis está hecha y la novela es ahora simplemente un fantasma incapaz de asustar a nadie, pero debía terminarla, darle ese punto final que me permitiera seguir con mi vida y ponerme a la caza de nuevas historias por escribir. Y les garantizo que hay muchas que espero poder plasmarlas en un papel.


Ahora solamente queda el seguir escribiendo y el largo peregrinar de esta novela finalizada por editoriales y concursos, quizá algún día valga la pena, quizá algún día sea leída y publicada…….

lunes, 12 de agosto de 2013

Escribir una novela


Dicen que el dolor más fuerte y placentero que se puede experimentar de manera simultánea es dar a luz. Las sensaciones son  tan intensas que el cerebro elige olvidarlas para que el proceso se pueda repetir una vez más y las mujeres no se rehúsen a ello. Nunca podré saber lo que se siente por obvias razones, pero estoy seguro que la gestación de una novela, si bien no tiene la misma intensidad, se le debe parecer bastante.
Se comienza con una hoja en blanco. Sólo quienes escribimos sabemos el pavor que puede causar esa brillantez, esa raya titilante que aparece en el computador presionándote para empezar a escribir, para vaciar las ideas que se agolpan de manera desesperada en el cerebro y que buscan un pequeño resquicio, ya sea una vocal o una consonante para empezar a salir de manera desaforada, desordenada, esperando para inundarlo todo como una avalancha, un magma incandescente dispuesto a devorarlo todo.
En mi caso, no soy un escritor ordenado o flemático. No planeo con anterioridad cada uno de los párrafos que van a salir, simplemente empiezo a teclear con la misma fuerza que un pianista toca su instrumento;  podrá parecer ridículo, pero al momento en que mis dedos se posan sobre las letras y empiezo a traducir mis demonios en oraciones y párrafos, mi mente se desvanece por completo, ya no me pertenece en lo absoluto, me siento como una especie de instrumento de algo que se escapa a mi comprensión, un médium cuyo único objetivo es escribir y escribir como si fuera un prisionero y la única manera de obtener mi libertad momentánea (que se revocará una vez me siente nuevamente frente al teclado) es llenar esa blancura sin límites que está frente a mí, el enemigo a derrotar que soy yo mismo.
He terminado, después de ciento sesenta y cinco páginas y  un año y dos meses, mi primera novela. Sería incapaz de relatarles de manera exacta lo que esto ha significado para mí, no sólo por el hecho de, finalmente, haber completado uno de mis tantos proyectos inconclusos, sino por lo mucho que he tenido que atravesar, tanto de manera física como mental y espiritual para poder hacerlo. Es casi imposible de describirlo. Sin embargo lo voy a intentar.
Lo primero que les diré es que ha sido doloroso, muy doloroso. Quizá sea por la historia en sí, que en cierto sentido habla de una parte muy difícil de mi vida, de ciertas heridas que dolieron en su momento y aún lo siguen haciendo. Escribir, día tras día, era sumergirme una y otra vez en una época que ocurrió hace ya algún tiempo y tratar de retener los recuerdos en unos pocos trazos, como quien pretende agarrar el sol con sus puños para que, al final, cuando abra las manos se dé cuenta que las tiene vacías. Era relatar sobre personajes que vivían en mi interior, que reflejaban diferentes facetas sombrías pero que vagaban por los abismos más profundos de mi alma, ocultos y danzando en un baile de máscaras del cual yo pretendía escuchar la melodía sin lograrlo en muchas ocasiones.
Alguien dirá que soy masoquista, probablemente tenga razón, no lo niego. Pero más allá de eso era una necesidad que me azuzaba, que me chuzaba, como una especie de alfiler que tienes clavado en el corazón y que empieza a punzar cuando no escribes. Podía empezar a rasgarme en los momentos más ordinarios del día como cuando estaba en la oficina, almorzando o trotando, era una especie de silbido que se convertía en un murmullo que pretendía ignorar y que cada vez aumentaba su intensidad hasta convertirse en un grito que se alojaba en mi cuerpo, que se repetía como un eco infinito y me ordenaba continuar con la historia.
¿Han escuchado que cuando los drogadictos entran a rehabilitación y empiezan a desintoxicarse es su cuerpo el que les pide más y más drogas al extremo de empezar a enfermarse por su ausencia? Podría decirse que cuando escribes una novela sientes lo mismo, puedes no quererlo, tener el impulso de abandonar a tus personajes a su deriva en una especie de limbo literario pensando que ellos no necesitan de tu ayuda para salir adelante y resolverán solos sus problemas, mandarlo todo a paseo y continuar con tu vida como si nada, pero las cosas ya no son como antes, una vez te has embarcado en esta travesía te das cuenta que es un viaje sin retorno y debes continuar hasta acabar. Mala suerte. El cuerpo, tu alma te lo exige, te has convertido en un yonki de las letras. No es que quieras hacerlo o no. Es que debes hacerlo.
Lo segundo que diré es que adquirir la disciplina necesaria es el equivalente a tratar de amaestrar un elefante. Es pesada, lenta y si te distraes una vez es posible que hayas perdido todos los avances que habías logrado hasta el momento.
Tan sólo necesitas trazarte el objetivo de querer escribir tu novela para que todas las tentaciones floten a tu lado, ingrávidas y dulces como voces de sirenas. No sólo los planes que aparecen de ningún lado, las amistades que nunca se habían manifestado sino hasta ese instante, sino que tú misma casa se convierte en tu enemigo, de repente quieres verte ese episodio de televisión que has visto mil veces o a mitad de un párrafo trascendental querer revisar tu cuenta de Facebook (Estoy convencido que el invento de Mark Zuckerberg se ha convertido en el cementerio de más de un aspirante a escritor).
Confieso que muchas veces he caído. He dejado aparcado mi escrito para irme de juerga, ‘es sólo un día’ me repetía de manera inocente, mañana sin duda retomo, al otro día decía lo mismo como quien repite un mantra, hasta que me daba cuenta que había pasado una semana o un par de ellas sin tocar la historia y volvía apesadumbrado y contrito a mi universo, y cada vez que me iba me costaba más trabajo retomar el ritmo.
Sin embargo, a pesar de ello, puedo decir que mantuve un ritmo regular. Escribí cada vez que podía, especialmente en los momentos anímicos más difíciles, lo hacía en noches lluviosas, estando tan embriagado que a duras penas lograba ver el teclado, en medio de montañas de cigarrillos y nubes de humo a pesar de prometerme a mí mismo que iba a dejar de fumar, y el teclado se llenaba de nicotina y pensamientos brumosos como si fuera la caverna de un dragón; lo hacía con el alma destrozada después de ver, enterarme o escuchar cosas que no debía saber. Pero también lo hice durante noches buenas, llenas de ilusiones y sueños, en momentos donde escribir era un placer, donde reía con mis personajes, y no veía el momento en que estuviera cercana la medianoche para llegar a teclear un par de buenas ideas que se me habían ocurrido durante el día.
Lo tercero que diré es que es muy difícil encontrar un estilo propio. Escribes, relees lo escrito y piensas que es muy superficial, demasiado estúpido,  no quieres ser el rey de lo evidente, un Paulo Coelho en potencia, pero hacía allá te diriges a pasos agigantados; o te pasa lo contrario, tu escrito es muy denso, te has convertido en uno de esos autores de medio pelo, pretenciosos y petulantes que has detestado toda tu vida.
¿Dónde se encuentra el equilibrio? En Mientras Escribo, el libro de Stephen King sobre la escritura, el autor nos dice que lo importante a la hora de redactar un texto es decir una verdad, TÚ verdad; puede que al resto del universo le parezca un idiotez, pero al menos estarás siendo honesto contigo mismo. He intentado seguir esta premisa con mi historia pero siempre he tenido la impresión de estar caminando en una cornisa entre lo simple, estúpido y baladí  y lo incomprensible y farragoso.
Siempre he pensado que los escritores son –somos- como niños pequeños, constantemente reclaman atención, quieren que el universo gire en torno a ellos, a sus historias, escriben para compartir un pedazo de sus sueños y pesadillas con el mundo, pero a cambio piden que no sean olvidados, que sean leídos. Podrán haber pocas excepciones a la regla: Un Kafka que guardaba sus escritos bajo llave y que pidió que su obra fuera destruida al morir, o un Ernesto Sabato que escribía múltiples historias para una vez terminadas sacrificarlas al fuego (De hecho, Sobre héroes y tumbas fue rescatada de las llamas por la esposa del escritor), pero la mayoría de los ellos sueñan con publicar sus historias y que sus libros se vendan en el mundo.
Diré que también me he dejado llevar por esas fantasías, que he soñado con ver publicado mi libro y que sea exhibido en una librería. Pero también sé que el camino es largo, que éste es mi primer relato, que los autores nuevos son ignorados por las grandes editoriales y que vivo en un país donde la lectura es algo prescindible. Más importante aún, debo concientizarme que lo importante no es esa meta sino haber terminado, que este es un escalón y que debo continuar la senda sin importar cuántas negativas reciba y cuantos obstáculos se crucen en mi vida. Siempre he creído que al final, el verdadero talento saldrá triunfante.
Ahora que he terminado Rabia (mi novela), me siento un poco vacío, exhausto, después de tanto esfuerzo. Retomé viejas lecturas y he empezado a corregir una de mis historias de terror que tenía en el desván de los recuerdos, pero siento como si la novela hubiera absorbido mis energías para escribir de nuevo, pero sé que debo reponerme y retomar el buen  camino, finalmente me quedan cientos de historias por escribir.
Bastará decir que este no es el fin del camino, ya que queda una parte muy importante por hacer y que, confieso, es a la que menos cariño le tengo: Corregir. Para una persona como yo, pasional e impulsiva, detenerse en los detalles, comas, sintaxis, en la relectura una y otra vez de los sitios ya visitados, es lo más parecido a un laberinto de pesadilla, y sin embargo, debo hacerlo porque en la corrección está la perfección. Por el momento dejaré descansar la historia un mes en el desván (finalmente no irá a ningún lado), tomaré un poco de aire, quizá tome una cerveza y me pondré a ello, palabra por palabra, letra por letra.

Para finalizar quería confesarles algo curioso que ocurrió durante el proceso. La novela la escribí pensando en alguien. Cada capítulo, palabra y letra la hacía pensando en ella, en su reacción al leerla, el brillo de sus ojos, su sonrisa, cabeza ladeada e inclinación de hombros; podría decirse que la historia le pertenece por completo. Su presencia, o quizá su falta de ella fue la fuerza que me impulsó para sumergirme cada día en esta historia, como una especie de musa ausente, sin ella quizá no la habría terminado, pero ahora, al final de las cosas, al momento en que todo ha terminado, siento que no vale la pena que la lea.