martes, 22 de noviembre de 2011

Libros leídos (37) El evangelio según Jesucristo de José Saramago: Herejías divinas






En este evangelio, Jesucristo no es el mesías infalible que siempre supo qué hacer. Saramago se mete en la piel del hijo de Dios, descubriendo a un hombre real lleno de dudas, miedos y amor que es conducida por su padre celestial como una oveja al sacrificio.






La primera imagen que tengo de este libro fue paradójicamente en el colegio jesuita donde estudié. Uno de los profesores de literatura, Elber -no recuerdo su apellido ¿Aramburo?, no estoy seguro-  me lo recomendó pues para esa época había terminado de leer el libro que correspondía al semestre que si no me equivoco era ‘La Iliada’.

Recordando esa época, el pobre profesor era objeto de burla  por parte de sus alumnos, los cuales no estaban satisfechos si no humillaban y acababan con todo como seguramente lo aprendieron de su patrón, Ignacio de Loyola, quien haría lo mismo en la guerra mientras mataba franceses. En fin, el tipo era una buena persona, estoy seguro que si los curas lo hubieran descubierto recomendando ese texto lo hubieran echado sin contemplaciones. Guardo una buena imagen del profesor a pesar que en sus ojos callados, grandes; su actitud bondadosa y calmada, siempre me pareció  ver agazapado muy  en el fondo, a  un psicópata en potencia que el día menos pensado podía hacer una masacre luego de lo cual tranquilamente se daría un tiro en la sien.

Comencé el libro con gran entusiasmo pero a las pocas páginas me fui desilusionando y aburriendo hasta dejarlo a medias. No nos engañemos, la lectura de Saramago puede ser compleja y a mis diecisiete años busca textos menos densos.

Habría de reconciliarme con el portugués en la universidad, con la lectura de ‘Ensayo sobre la ceguera’ y desde allí la admiración por él ha ido en aumento a cada obra de arte suya como ‘Caín’, ‘Ensayo sobre la lucidez’, ‘La caverna’, ‘Historia del cerco de Lisboa’ y  ‘Las pequeñas memorias’. Creo que era inevitable que tarde o temprano volviera a este evangelio de Jesucristo.


                                                 El genio


José Saramago, nacido en Azinhaga, Portugal en 1922 y fallecido en Lanzarote, España en el 2010, fue un hombre al que siempre lo inquietó la injusticia. Por medio de sus obras siempre planteó estas inquietudes y reclamos hacia Dios –Caín, El factor Dios, el Evangelio según Jesucristo-, los gobiernos –Ensayo sobre la lucidez- y hasta la naturaleza humana y la deshumanización  –Ensayo sobre la ceguera, La caverna-. Siendo consecuente con  sí mismo se declaró ateo y comunista.

Siempre he pensado que en cierta medida los ateos son –y me incluyo- más místicos que los propios creyentes. Nuestra falta de fe, nuestra rebelión siempre ha sido un grito desesperado en busca del Absoluto, de esa energía o ese ser, que en caso de existir siempre ha hecho caso omiso a las desgracias del ser humano, y, por el contrario, parecer disfrutar a un extremo sádico de la sangre y muerte que las guerras por comprobar su existencia y supremacía han causado.

Saramago confiesa que lo que lo animó a escribir este libro fue la muerte de los inocentes asesinados por Herodes y a los cuales no salvó ninguna fuerza divina –aunque en el libro el peso de este crimen habrá de llevarlo José, padre de Jesús-.

El libro comienza de una manera potentísima describiendo un grabado de Durero llamado ‘Crucifixión’, en donde ya aparece Jesucristo en la cruz, rodeado de ladrones, Marías y Santos. El Nobel de manera magistral es capaz de convertir la imagen en pura poesía a través de su genial prosa.

                                           Este es el grabado que describe Saramago                    


Luego de esa descripción comienza la historia como tal. Una versión humanizada de Jesucristo. Un hombre lleno de dudas, de ambiciones, un hombre capaz de amar y odiar. Una versión mucho más cercana que esa figura simbólica e inalcanzable creada por el concilio de Nicea.

La manera de escribir de Saramago, tal como lo comenté antes, no es sencilla en un inicio. El lector novato  tendrá más de un problema con sus largos párrafos, con sus comas  tan seguidas que en ocasiones pareciera que está leyendo un telegrama de más de quinientas páginas y porque nunca separa los diálogos. Pero una vez uno se acostumbra a su estilo le parecerá que habla con un viejo amigo.

El libro narra a su manera la matanza de los inocentes, el bautismo que hace Juan, los milagros, el encuentro con María de Magdala y su vida y obra de Jesús. Existe, sin embargo, un fragmento en que el libro se aparta de lo narrado en la biblia y adquiere la grandeza que solo las obras inmortales tienen.

Me refiero específicamente cuando Jesús se monta en una barca y sostiene un diálogo de cuarenta días con Dios y al que se une el Diablo. Esta conversación es majestuosa y en ella se muestran los orígenes de la civilización occidental, a lo que ha llevado la creencia de un dios que basa su existencia y devoción en la concepción y existencia del pecado como método del control, de los ríos de sangre que ha desencadenado la creencia de ese dios pasivo que sólo busca ser adorado. Es una lectura que recomienda a los ateos pero en especial a los creyentes para quienes no está de más reflexionar en qué es lo que creen.

Obviamente el libro fue rechazado por las jerarquías católicas y fue tanta la presión que se le hizo a Saramago en su patria que se vio obligado a un exilio ‘voluntario’ en España. No importa, el mensaje fue escrito y nos llegó a miles de personas. El portugués habría de completar su labor con una segunda parte, ‘Caín’, en donde por medio de este personaje, se encarga de mostrar la naturaleza sangrienta y cruel del Jehová del Antiguo Testamento. Ambos libros son infinitamente recomendables.

Acá les dejo un par de frases que en mi opinión describen el espíritu de este ‘Evangelio según Jesucristo’:

“Entonces el Diablo dijo, Es necesario ser Dios para que le guste tanto la sangre”

“Entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al  sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía, Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

Las justicias de la vida


¿Cuántas veces no han escuchado la expresión ‘la vida no es justa’ o ‘no entiendo porque le pasó tal cosa a fulanito  es tan buena persona’? hablan como si la vida fuera un concurso de méritos, como si el hecho de hacer cosas buenas fuera un salvoconducto protector.

Y yo lamento tener que informarles, pero la vida es una MIERDA. Así, en mayúsculas. Es cierto que tiene cosas buenas: Un recuerdo preciado, el tacto de la persona amada, una noche de lluvia o llena de estrellas, la vez que nos graduamos del colegio para no tener que ver a los petulantes con los que nos obligaron a convivir durante once años, pero las deudas, los trancones, los impuestos, los  políticos, el  pasar media vida en la oficina en un trabajo que no nos gusta queriendo estar en casa para no trabajar y la otra media deseando estar en el trabajo para no aguantarse las cantaletas, los niños llorando y el insoportable ambiente hogareño,  y el terminar con Alzheimer comiendo compota y cagándose en los pantalones, hacen que las cosas malas prevalezcan sobre las buenas.

 No, la vida no es justa. El hecho de que te vayas al África a ayudar a los niños pobres, que te vayas a curar leprosos a Kazajistán, que vayas a misa de seis todos los domingos y que juzgues misericordiosamente a quien no es igual que tú, no te exime de que  pises mierda de perro en la calle,  te de un cáncer en el cerebro o que a tú papá no lo maté una bala perdida.  Al contrario, la peor persona puede ser la que tiene más plata, la más admirada por la gente, deseada por la mujer que anhelas y el que se gana el baloto mientras tú, buen muchacho comes un poco más de carroña.

Esto no se trata de méritos, ni de realizar buenos actos en busca de una recompensa, no se trata de hacer el bien en busca de esperar una recompensa ya sea terrenal o en el cielo en medio de coros celestiales y ángeles rubicundos. El karma, el paraíso y la reencarnación son palabras para la satisfacción de los mediocres que esperan que en el futuro sus buenas obras o intenciones se vean premiadas.

Si quieren que les sea sincero todo le veo como una gran ruleta. Todo es un gran juego: Pestes, enfermedades, guerras, loterías, éxitos, nacer en un país del primer mundo, en una familia que te ame, o que seas abortado incluso antes de nacer están en un mismo saco. Lo importantes es que la rueda empiece a girar y girar…..se mueve a toda velocidad ¿La puedes ver? Hasta que finalmente se detiene, y es un placer informarte que esa mujer que te encontraste comiendo un helado en el parque es tu verdadero amor. Giramos la rueda de nuevo….Vaya, tu madre va a morir en un atraco, lo siento mucho ¿Lo intentamos de nuevo o ya te quieres retirar?

Si de nada sirve rezar o pecar ¿Qué hacer? Lo verdaderamente importante es no cómo somos o quejarnos de lo que nos ha pasado sino tener ‘una gracia’.

Me explico, en los campos de concentración quienes se salvaban no eran los más justos, ni los más piadosos, ni los que más supieran el Torah. Quienes tenían mayor capacidad de escapar de la muerte eran los más hábiles, los más ingeniosos, aquellos que eran buenos en orfebrería, en calzado, en falsificaciones, los más astutos o hábiles de palabras.  En pocas palabras quienes sobreviven siempre no son necesariamente los ‘buenos’, ni siquiera los más fuertes sino aquellos que se enfrentaron de manera inteligente a los tiempos difíciles y se adaptaron. Estoy seguro que el homo sapiens no era el más bondadoso de las especies pero quizá si la más tenaz, la más cabrona y bueno, producto de eso acá estamos.

Si quieres hacer buenos actos hazlos porque te nacen;  si no quieres agarrar a patadas a ese niño de cinco años que juega a la pelota no lo hagas, pero no  porque quieres ir al cielo o porque creas que la vida te lo va a recompensar más adelante sino porque estás convencido de no querer lastimar a otra persona.

Creo, eso sí y por irónico que pueda parecer, que quien hace buenas cosas atrae también buenas cosas. No es lo mismo tener personas que te quieran que haber matado, robado y engañado a medio mundo. Lo importante es vivir la vida como venga, sorteando las dificultades sin ataduras, libre y auténticamente genuino, comportándose de acuerdo con nuestro pensamiento y esencia en lugar de hacerlo en busca de paraísos perdidos y premios terrenales.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Los misterios del señor Burdick



Hace muchos años, el editor de libros infantiles, Peter Wenders, recibió una extraña visita. Un hombre misterioso que se presentó como Harris Burdick le presentó un proyecto que consistía en catorce cuentos, cada uno con varias ilustraciones. Ese día, Burdick no había llevado consigo todo el material, tan sólo un dibujo por cada cuento que además estaba titulado y tenía un pequeño epígrafe.

Wenders quedo fascinado por  los dibujos y le pidió a mister Burdick que al día siguiente le llevara todo el material, a lo que éste accedió encantado. Pero Burdick no apareció nunca más. Se le buscó por cielo, mar y aire pero no se volvió a saber nunca más de él.

El editor se quedó con los dibujos, los títulos de los cuentos y los epígrafes. A cada visita que recibía le mostraba el misterioso material. Muy pronto las personas quisieron completar los cuentos  basándose en  las imágenes y el epígrafe, a los pocos años, mister Wenders contaba con cientos de cuentos de amigos, colegas y familiares que habían escrito sus propias historias con el material de Burdick.

Años después, Wenders recibió otra visita: La de su buen amigo Chris Van Allbursg a quien le comentó la misma historia. Van Allsburg tuvo entonces una buena idea: La de agrupar todo el material disponible en un solo libro y publicarlo para que el mundo entero pudiera completar los relatos de Harris Burdick.

Mi buen amigo Adrian Granatto, un argentino excelente escritor y algo loco, me ha propuesto –a la vez que a un grupo de escritores- a que vivamos la experiencia de ‘los misterios de Harris Burdick’. La mecánica será la siguiente: Los catorce relatos se repartieron entre igual número de personas a las cuales les corresponderá un relato por semana. A mí me toca el tercer relato que se titula ‘Una extraño día en julio’ y desde ya estoy muy dedicado en escribir una buena historia para compartirla con todos ustedes.

Los relatos serán publicados semanalmente  en esta página: http://historiasenelpiso-trece.blogspot.com/ . El primero de ellos, ‘Archie Smith, niño maravilla’, le correspondió al bueno de Adrián que lo ha publicado hoy en la página de marras. Ya lo leí y me pareció excelente, lo recomiendo con los ojos cerrados.

Y ustedes ¿Se atreven a sumergirse en los misterios del señor Burdick?

viernes, 4 de noviembre de 2011

Reivindicación de la tristeza


Todos vestimos disfraces. No importa cuánto lo neguemos, refutemos o pretendamos que nos importa, nos ponemos ropajes que nos permitan encajar en el mundo.  Queremos ser parte del mismo pero evitamos pertenecerle por completo; pretendemos ser aceptados pero por temor al rechazo ocultamos nuestra desnudez, nuestra verdadera esencia y la escondemos en los lujosos antifaces, en los temas obvios de conversación que creemos nos realizan como persona.

La tristeza es inherente al ser humano pero intentamos desaparecerla. Somos tristes porque estamos conscientes de lo efímeros que somos; la racionalidad que nos ha permitido construir las civilizaciones también es una maldición porque, en cierto sentido, nos abre los ojos ante la inminencia de la muerte y la soledad que siempre va a estar presente en nosotros. Nacemos solos y así también moriremos, sin importar cuánta gente haya nuestro alrededor.

Pero la modernidad no conoce de tristezas, de tomarse un pequeño descanso para ser consciente de lo que somos, de lo que seremos. Estos tiempos son agitados en todos los sentidos: En la comida, en las ropas, en los sentimientos. Las redes sociales existen para recordar cuan felices somos, las fotos de Facebook sólo reflejan momentos –reales o fingidos- de eterna felicidad; por medio del Twitter expresamos nuestros pensamientos más optimistas o cínicos. Sin embargo me ocurre que en ciertos momentos me aterra tanta felicidad impuesta, siento que en esos rostros en fiestas, en paisajes hermosos o reuniones familiares, una máscara de yeso con una sonrisa obligada, con unos ojos marchitos y mentirosos y pienso que las distopias señaladas por Orwell y Huxley son realidades absolutas sin que seamos siquiera capaces de notarlas. No ha sido necesario que un tirano vigilante haya instalado un ‘Momento de odio’ o que el uso de las drogas sea obligatoria para ser felices, porque nos hemos engañado tanto que vivimos bajo el influjo de una civilización que exige la felicidad para hacer parte de ella.

Antes de salir de casa, desde el mismo momento que nos levantamos de la cama nos disfrazamos, tomamos nuestra careta de turno y nos disponemos a enfrentarnos al mundo. Recién llegamos a determinado sitio nos asignamos –si tenemos suerte-, o nos asignan un nuevo rol: Quizá el del tipo buena gente que puede pasar por idiota, el del mujeriego, la mujer maternal o la comehombres, el mujeriego, el bromista, y el resto de nuestra existencia intentamos mantener ese estereotipo que nos da reconocimiento, que nos vuelve reales, visibles ante los ojos de los demás.

Después de un tiempo nuestra máscara está tan adherida a nosotros mismos que es casi imposible despojarse de ella.  Las personas que me conocen dirán que soy un despistado que a veces hago chistes malos y obvios; esa es mi máscara, mi disfraz para asumir la fiesta de la alegría perpetua. Supongo que tanto tiempo en el mismo rol ha vuelto ese papel una parte de mí;  sin embargo, no lo es todo, hay ciertos aspectos que guardo para mí, aspectos oscuros que complementan parte de mi ser.

Tal vez exagero y hago suposiciones falsas, quizá nadie esté en ese baile de máscaras y esté solo dando vueltas y vueltas en mi propio túnel interno. Es posible que así sea.  A lo mejor si fuera tan feliz como la gente de los comerciales y las fotos del Facebook no necesitaría escribir y expulsar el veneno que en ocasiones me corroe. No lo sé, puede que sea algo mal que está en mí.

No es mi intención con este texto el de decir que está mal ser feliz. Más allá del conocimiento, de la plata, del éxito y la fama, la felicidad debe ser el propósito de la vida, quien es feliz puede darse por bien servido. Lo que pretendo con estas letras es la reivindicación de la tristeza, es decir que no todo tiene porque ser sonrisas y ojos brillantes y ‘Te amos’ y ‘Amiguis’; mi intención es la de despojarme  en una ocasión de las armaduras que nos impiden ser sinceros, de quitarme por unas horas el maquillaje que me muestran como un hombre feliz y miembro orgulloso de la sociedad; lo que quiero con estas letras es poder decir que en ocasiones está bien estar tristes, que ese sentimiento hace parte de nuestra humanidad, que no debemos dejar de ser nosotros mismos para pertenecer a una sociedad que en la menor oportunidad puede darte una patada en el culo sin decirte siquiera buena suerte.

En ocasiones, vale la pena quitarse toda la ropa, arrancarse la máscara y desnudos arrojarnos en el océano inmenso de nosotros mismos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Demasiada noche de rumba en Bogotá


Tengo un amigo, Patricio, que me ha pedido desde hace ya varias semanas que lo acompañe  a rumbear y buscar mujeres después trabajo. Le dije que no sé bailar y me dijo que por eso mismo: Le había prometido al señor de Monserrate que si conquistaba a cierta señorita, iba a tener un acto de caridad con un pobre desgraciado. Yo era ese desgraciado.

Después de tanta rogadera decidí aceptar. Me preguntó qué cuándo había sido la última vez que había salido a bailar, yo le contesté que si aún seguían de moda el trance y los Vengaboys yo  aun estaba en la vanguardia del baile. Patricio se santiguó tres veces seguidas y me dijo que le sorprendía que yo no fuera virgen, le contesté que a mí también me sorprendía.

Pasó a recogerme a las once de la noche. Le tocó insistir porque pensando que ya era muy tarde y el plan se había cancelado  me había empijamado y estaba haciendo zapping a ver que estaban dando en la televisión. “No seas pendejo”, me dijo mi amigo molesto, “a esta hora la rumba apenas está empezando” y remató diciendo que si lograba que yo levantara algo le iba a pedir al señor de Monserrate no una niña entera sino todo un harem.

Llegamos a un sitio de cuyo nombre no quiero acordarme, sí diré sin embargo, que estaba decorado con vírgenes estrafalarias, chivas en mniniatura, bultos de café y todas esas cosas que si estuvieran en un lugar de menor estrato sería considerado como mañé y lobo pero que en este lugar se veía nice y chic.

-Hay algo que debes saber – me recomendó Patricio- las mujeres no les interesan los colombianos. Si quieres conquistar a alguna debes aparentar que eres de otra parte. Los monos como yo, sin importar de donde seamos siempre vamos a ser ‘gringos’ y tenemos buen público, los negros pueden enredar diciendo que son africanos o brasileros. El problema –y me miró preocupado- es que eres demasiado indio…

-¿Puedo ser peruano?- pregunté tímidamente.

-¡NO! –Rugió mi acompañante- los peruanos siempre van a estar ligados a ‘La cocina de Don Pedrito’ y a ‘Laura en América’, no es conveniente, además qué ceba meterse con un latinoamericano. ¡Ya sé! Podemos decir que eres de la India o Filipinas…..por cierto –y su semblante se puso serio- de ahora en adelante me llamo Patrick, no Patricio.

-¿Qué tiene de malo tu nombre?

-¿Te imaginas un gringo que se llame Patricio? No pega ni con cola. Por cierto, diremos que tu nombre es tan raro que no se puede mencionar en nuestra lengua. Bueno voy a dar una vuelta por ahí, ahora nos vemos.
Mi amigo salió raudo y se mezcló como pez en el agua con su entorno. Empecé a caminar y al ver la gente me confundí. Miré al cielo a ver si veía el sol pero seguía siendo de noche, volví a mirar a la gente y por reflejo levanté la vista de nuevo. Extrañado busqué a mi amigo hablaba con una hermosa mujer.

-Patricio….-lo interrumpí.

-¡PATRICK!-me corrigió de manera nada agradable.

-Eso, eso …Patrick, no entiendo una cosa. ¿Es esta una de esas fiestas temáticas de disfraces?

-¿Por qué? –preguntó extrañado.

-Es que creo que la gente está disfrazada de playa o algo así.

-¿Cómo así?

-Sí…andan con gafas de sol, está oscuro y vienen con sombreritos en plena noche ¿Será que así ocultan su calvicie?

-Nada de eso –contestó exasperado-, es la moda. Es lo que está chic, son los hipsters: si quieres hablar con ellos debes hablar con propiedad de cosas de las que no tienes idea: Te metes por Blackberry a Wikipedia y asunto arreglado….ahora ven me encontré con Cata, Cris, Caro, Pao, Mafe, Pau y Lau.

- ¿Y esos nombres? ¿La nueva versión de los enanitos de Blancanieves?

Patricio puso los ojos en blanco. Después de un rato le pedí a Cata que si quería bailar conmigo. Pensé que lo estaba haciendo bien hasta que al final de la pista y siguiendo el consejo de mi amigo  le dije que era de la India, a lo que la señorita me contesto: “Sí, eres un indio… pero de la Caracas con Jiménez ¡Ni se te ocurra sacarme otra vez!”

Estuve más perdido que un gay en un seminario del profesor Galat. Por ejemplo, cuando hablaban sobre Ginebra, yo decía que sí, que en Ginebra, Valle, vendían el mejor sancocho  de gallina del mundo  y me miraban con cara de lástima, mi amigo decía,  ‘No les había dicho que mi amigo era graciosísimo’ y se reía escandalosamente mientras de reojo me miraba hecho una furia.



Llegó la hora de comprar el trago. Cuando llegó la carta pensé que el sitio de puro chocoloco le había puesto un cero de más a los precios de manera decorativa, cuando Cata me dijo que no había ningún problema con los precios casi me voy de para atrás: Con lo que vale un aguardiente  hago un mercado que me dura un mes. La situación se agravó porque Patricio me pidió que pusiera su parte, le dije que no pero me puso cara de ternero degollado y me explicó que se iba a llevar a Pao, Pau y Lau a un motel entonces tenía la plata reservada para eso, me dijo en medio de lágrimas que estaría agradecido  conmigo el resto de la vida. Accedí, ya que no puedo tener sexo no puedo negarme a que mi amigo lo tuviera por partida triple.

Como el asunto del baile fracasó –saqué a Mafe y me miró como una bacterióloga al terminar la pieza-, me quedé sentado viendo a la gente zangolotearse apeñuscada con apenas aire para respirar mientras me emborrachaba con el aguardiente más caro que había comprado en mi vida.

Al final, Patricio se fue con sus mujeres y a mí me tocó devolverme a pie hasta mi casa porque los taxis me cobraban cuatro veces más de lo habitual y no me alcanzaba, llegué borracho, mojado –llovío-, y  solo. Aún así pasé un buen rato y no dudaría en enfrentarme de nuevo a la rumba bogotana, no le he dicho a Patricio pero la próxima vez planeo hacer una revolución en la moda hipster: Iré a la discoteca con una pantaloneta de playa y camiseta manga siza.  

martes, 1 de noviembre de 2011

Libros leídos: Capitán Alatriste, Obras (in)completas de HG Wells, El peso de las cosas al caer y la Cúpula.

Vaya, ando más atrasado que el conejo blanco al que persiguió Alicia en su camino hacia el País de las Maravillas. No sé aún si alguien haya extrañado estas bizarrías; en el improbable caso que así haya sido, espero no se hayan aburrido demasiado. La verdad estos días estuve bastante ocupado además me asaltó un poco la desazón al escribir que me visita de vez en cuando.

Si bien dejé de escribir no he dejado de leer un solo día. Para evitar hacer cuatro reseñas largas  he decidido 
 escribir cuatro pequeñas y breves. Sin más preámbulos acá van:


(33) El capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte: ¡A por la aventura, joder!

“No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se
llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en
las guerras de Flandes”,
así empieza la saga creada por el periodista y corresponsal de guerra Arturo Pérez Reverte, quien tiene entre sus obras ‘La reina del Sur’ que ha sido adaptada a la televisión y ‘el Asedio’ que narra lo sucedido  en el sitio de Cádiz.

Esta obra tiene ese tinte de aventuras juveniles que leía cuando niño, lo que quiere decir que me encantó su tono desenfadado y alegre. El capitán Alatriste es un aventurero como los de antes: Osado, sin miedo al peligro y dispuesto a cruzar su espada contra la injusticia.

Una de las fortalezas de esta novela es la ambientación que hace de la España del siglo de XVII , no sólo es la inclusión de grandes artistas del Siglo de Oro como Lope de Vega , Quevedo y Velásquez Sino que Pérez Reverte ha sabido captar los sonidos, los olores y los sabores de esa España poderosa y escéptica que reinaba sobre Europa.

Debo hacer ahora una pequeña confesión: Cuando era joven tenía cierto resentimiento contra los españoles por el abuso, la muerte y destrucción que trajeron a América. Creía que con nuestra riqueza España se había prosperado y sus habitantes se vestían en el oro teñido por la sangre de nuestros indios. Este libro me ha hecho reconsiderar esta idea, los habitantes de esa España eran como los de todas las épocas: Pobres, resignados, buscando sobrevivir al precio que fuera. ¿Y el oro? Como siempre…desapareció en los bolsillos de unos pocos y en la economía de la guerra.

Esta saga fue llevada al cine y Viggo Mortensen encarnó al capitán. Desgraciadamente los comentarios no son muy positivos pues se pretendió adaptar varios libros en dos míseras horas. Una lástima porque él calza exacto como el capitán.

Sólo he leído la primera parte pero estoy dispuesto a zambullirme varias veces más con el valiente Alatriste, el aprendiz Íñigo y el poeta loco Quevedo. ¡A por la aventura!

PD: Hay una canción del grupo español ‘Mago de Oz’ que me trae siempre de vuelta a este libro: ‘La cruz de Santiago’, ignoro si ellos leyeron el libro o es una coincidencia, pero ¡sí qué es bueno!





(34) Obras (in) completas de HG Wells: Los sueños de un visionario

Relatos incluidos: La máquina del tiempo, la isla del Dr. Moreau, el hombre invisible, la guerra de los mundos y  cuando el durmiente despierta.

Soy una persona extraña. Siempre he creído que la literatura tiene la respuesta a todo; prefiero leerme una buena novela que verdaderos ladrillos como ‘El Capital’ de Karl Marx o esos mamotretos inteligibles de 
filósofos e intelectuales que sólo sirven para que universitarios melenudos puedan impresionar a primíparas crédulas.

Con obras como las de Wells me reafirmó en mi posición. No es necesario expresar una buena idea con palabras rebuscadas o plasmar las ideas de manera complicada para poder expresar la miseria humana y  aquellos temas que afectan al hombre como tal.

Al lector despistado podrá parecerle que hablo bobadas ¿Acaso Wells no habla de marcianos? ¿De esos monstruenques feos, los Morloks? ¿De animales humanizados? Pues sí y no. A primera vista la lectura de sus relatos hablan de historias fantásticas llenas de ciencia ficción, pero si se escarba un poco más  - y espero de todo corazón no estar en el mismo nivel de paranoia que Dorfman y Martel en su ‘Para leer al pato Donald’- podrá verse que hay varios temas que son recurrentes en la temática del inglés.

Si se quiere hablar de los riesgos del capitalismo descarnado se puede citar a ‘La máquina del tiempo’ en donde tanto Morloks como Eloims son los extremos y  caricaturas de los miserables y la oligarquía respectivamente, o ‘Cuando el durmiente despierta’ historia que habla sobre un tipo que duerme por doscientos años para que al despertarse compruebe que la injusticia sigue siendo la realidad cotidiana.

Al ser un hombre de ciencia, Wells abordó acertadamente los riesgos de los excesos de la misma. ‘La isla del dr Moreau’ y ‘El hombre invisible’,  exponen los peligros de  una búsqueda amoral del conocimiento supremo. En la isla, el Dr Moreau juega a ser dios y borra el límite entre lo animal y lo humano  encontrándose con que el instinto salvaje no puede ser eliminado y por ende se topa con la muerte y la destrucción de su utopía.

                  Vaya, estos marcianos no se parecen en nada a Marvin


Finalmente está ‘La guerra de los mundos’. Esta obra fue mundialmente conocida gracias a un jovencito Orson Wells,  quien como muchos sabrán, hizo una dramatización radial de la novela  diciendo que los marcianos habían llegado a invadir los Estados Unidos;  antes de descubrir la broma, más de un gringo había alistado maletas y se había largado a las montañas huyendo de ET y su cuadrilla.  Esta novela es mi favorita de las que leí de Wells: Los humanos son aniquilados como hormigas por los marcianos y ni toda su tecnología, ni sus ganas de vivir les sirve de nada. ¿Cómo se salvaran entonces? Lean el libro y se enteran- los más perezosos pueden escuchar la obra de Wells o ver la película de Spielberg-.

Una curiosidad…pongo obras incompletas por dos razones: Una es que eran dos mamotretos cada uno de 1500 páginas con la obra completa del susodicho, yo me llevé sólo uno  pero de dicho  libro sólo me leí mil páginas –me estoy haciendo viejo- y se me olvidó entregar el jodido libro a tiempo, cuando lo devolví me penalizaron con dos meses de suspensión en la biblioteca.




(35) EL ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez: Verdades ingrávidas y mudas

Quería que este libro me gustara. Mucho. Para empezar, me lo regaló de ‘Amigo Secreto’, Óscar Montes, un gran periodista, maestro  y amigo del trabajo; en segundo lugar, la novela  fue la ganadora del Premio Alfaguara de 2011 y fue escrita por un compatriota de más o menos mi edad  -me lleva diez años-  y trata sobre los inicios del narcotráfico y de cómo una generación entera se rindió ante este fenómeno.

Decía que quería que esta obra me gustara y puse todo mi empeño. El libro comienza bien, relatando la muerte de ‘Pepe’ el hipopótamo que vivía en lo que había sido la finca ‘Nápoles’ de Pablo Escobar y que fue brutalmente sacrificado por el ejército. Este hecho nos da paso al protagonista quien rememora su amistad con un viejo que se encuentra en un billar y del que conocerá su triste historia.

Vásquez intenta a través de  Ricardo Laverde (el viejo), relatar lo que significó el inicio del fenómeno del narcotráfico y su expansión, la locura por la plata fácil que las drogas desataron en  los colombianos, todo eso atravesado por los Cuerpos de Paz gringos que de una u otra manera fueron quienes llevaron ese fenómeno  a los Estados Unidos.

Por otra parte, AntonioYammara, el protagonista, implica la visión de las personas que están llegando a los cuarenta años y que en su juventud padecieron  la barbarie que se vivió con el narcotráfico, y cuyo máximo representante fue Escobar y su monumento exponencial fue ´Nápoles’.

La temática es, sin ninguna duda, interesante pero la ejecución es terrible. El libro sufre del peor de las desgracias que le puede pasar a un texto: Es aburrido. Corrijo, es muy, muy aburrido. Aunque el libro está narrado en primera persona, el lector no se siente identificado con el protagonista y a las pocas páginas a uno ya no le importa que le pueda pasar a él o a Laverde.

A pesar de que lo ocurrido en Colombia es tan terrible y tan desgarrador, el libro no lo refleja. Sólo un desapego, una frialdad para narrar que espanta al lector. No quisiera que me malinterpretaran: Cuando me refiero a que le falta calor no es que quiera una novela hipersensible que busque por medio del llanto barato conmover al lector, pero carajo lo que pasó ha sido demasiado doloroso para que en vez de pasar las páginas en medio de las lágrimas, se pasen en medio de bostezos.

Ahora bien, se pueden narrar las cosas de manera fría, helada si el personaje es un cínico, un nihilista. De hecho, esas  historias suelen ser las mejores y personajes como el protagonista de ‘El extranjero’ de Albert Camus, Horacio Oliveira de ‘Rayuela’ de Cortazar y en el caso colombiano Ignacio Escobar de la extraordinaria ‘Sin remedio’ de Antonio Caballero pueden dar fe de ello.  Por desgracia nada de eso se encuentra en esta novela, no hay un personaje, situación o frase que a uno se le quede en la memoria después de leer la última página.

De los premios Alfaguara me he leído dos: ‘Delirio’ de la colombiana Laura Restrepo y ‘Abril rojo’ del peruano Santiago Rocangliolo, debo decir que ambas obras me encantaron. Son novelas llenas de suspenso, magia y tremendamente adictivas – ‘Abril rojo’ lo encontré en una casa donde me hospedé  mientras buscaba trabajo en otra ciudad; lo comencé a las nueve de la noche y no pude parar hasta que leí la última página; las ojeras del día siguiente en la entrevista de trabajo fueron míticas-, por lo que no entiendo como esta obra pudo ganar un premio que tiene semejante prestigio.




(36.) La cúpula de Stephen King:  El tito lo ha hecho de nuevo.

Tenía una pereza infinita de comenzar este libro. Una novela que tiene la misma trama que la  película de ‘Los Simpsons’ –y eso que son los Simpsons en declive,  esos de las últimas temporadas que ya no tienen la voz de Humberto Vélez y los libretos parecen hechos por los monos escritores  que el sr Burns tiene guardados en su sótano-, no me llamaba para nada la atención. La trama de hecho es bastante interesante, en ambos casos un gigantesco domo separa a una población –Springfield, Chesters Mill- del resto del mundo y a ver cómo se las arreglan.

King había dicho que tenía esa idea desde hace veinticinco años, pero no nos mintamos: Si la coincidencia de argumentos no hubiera sido de una obra de STEPHEN KING sino de cualquier ‘perico de los palotes’ seguramente  ‘La cúpula’ no habría visto jamás la luz.

Mi amigo George Valencia, más conocido en el bajo mundo como Ariakas o calavera me terminó convenciendo de darle una oportunidad al tito ¡y vaya que ha valido la pena!

El libro es atrapante desde la introducción. La cúpula aparece de la nada y aísla a un pequeño pueblo gringo; a diferencia de Los Simpsons en donde Homero y su familia salen del domo y buscan como arreglar el problema, acá Dale Barbara –el protagonista- y el resto de moradores están  atrapados y deben buscar su libertad antes que sea demasiado tarde.

Como podrán pensarlo esta es una obra  -otra más- coral  de King y acá demuestra que toda su experiencia no es en vano, todas las obras previas del mismo corte como ‘Apocalipsis’, ‘La Tienda’ o ‘La tormenta del siglo’ encuentran su máximo exponente con un interesante cambio:  Si en obras anteriores el antagonista tenía tintes paranormales como Randall Flagg en ‘Apocalipsis’, Leland Gaunt en ‘La tienda’ o Andre Linoge en ‘La tormenta del siglo’, en ‘La cúpula’, aparte de  el domo como tal, no existen más factores sobrenaturales y el villano de turno es un mísero ser humano, ‘Big’ Jim Reenie aunque es un completo hijo de puta, valga la pena aclarar.

Entre los fanáticos de King o ‘frikings’ existe una pequeña controversia entre quienes opinan que el escritor bajo notablemente su calidad después del accidente que sufrió el 19 de julio de 1999, cuando fue atropellado por una camioneta y casi muere, y quienes opinan que aunque su manera de escribir ha cambiado un poco su pluma sigue igual de buena que siempre.

Personalmente opino que si bien los tres últimos tomos de ‘La torre oscura’ bajaron considerablemente el listón en comparación con lo que había escrito antes –y en especial con ese último tomo que cada vez que lo veo me dan ganas de ponerme a llorar-, tiene escritos de la calidad de ‘Duma Key’ y esta Cúpula que me hacen pensar que el maestro del terror está como los buenos vinos y entre más tiempo pasa está mucho mejor. Esperemos que siga siendo así.