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domingo, 30 de marzo de 2014

Anatomía de un orgasmo

Dos cuerpos desnudos, perlados en sudor observándose en un silencio que sólo es interrumpido por gemidos y murmullos suaves. Finalmente, uno de los dos está en el interior del otro, y el mundo tiende a desaparecer para los amantes sin importar la consecuencia que puede tener este ataque improvisado o largamente esperado.

Siempre me he preguntado cuál es el miedo que genera el sexo. De todas las acciones naturales es la que más ha sido condenada, la que más pánico  genera en las religiones, la que más produce risa pícara, pudor y vergüenza en los círculos convencionales pero más liberación cuando se está a solas.

La palabra es placer. No existe ninguna sensación tan intensa como aquella que ocurre cuando tenemos un orgasmo. Es en ese instante donde nos dejamos ir y somos incapaces de controlar nuestras acciones y pensamientos, algo que no nos ocurre con otros instintos como el hambre o el sueño.

Es curioso, nunca, como en el momento de una relación sexual, se siente con tanta fuerza el impulso de la vida y la muerte, Eros y Tánatos que rigen nuestra existencia. Es tal la intensidad del orgasmo que los franceses le llaman Le petit mort, la pequeña muerte, pero a su vez, el mismo encuentro por lo general, tiene como finalidad fisiológica dar vida. Vida y muerte orbitando en nuestra existencia en unos breves pero potentísimos instantes.

Nos asusta tanto lo que sentimos que buscamos a toda costa refrenarlo. Creamos dioses que satanizan el sexo, personas que nos juzgan y nos dicen qué es lo correcto e incorrecto. Seguimos normas en las que no creemos, que esperamos nos mantengan a raya para luego quebrarlas a hurtadillas, enorgulleciéndonos al hacerlo pero sintiéndonos avergonzados después, sucios, y pecadores; y, a pesar de ello, volvemos una y otra vez a ese momento queriendo encontrar ese instante de eternidad y olvido.

Es el sexo la respuesta a por qué las religiones se ceban en las mujeres. Es tal el terror que los dirigentes eclesiásticos tienen hacia el encanto y poder femenino que su única respuesta ha sido implantar la  idea de que ellas son sucias y provocadoras del pecado. Las relegan al papel de virginales madres (curiosa contradicción) o sumisas acompañantes y cuando alguna se quiere salir del molde es tildada de pecadora o puta. Las obligan a cubrirse, a relegarse en claustros horribles, a renegar de sus impulsos y deseos. Sus mesías siempre son hombres, castos, misóginos o pedófilos.

A pesar de ser una necesidad fisiológica practicada por todos los animales, en nosotros la racionalidad la vuelve compleja a límites inimaginables. Es la única sensación que puede involucrar sentimientos tan antagónicos como amor y odio extremo. Podemos tener sexo por placer,  compasión,  rencor,  insatisfacción, por el deseo de tener un hijo con esa persona que amamos,  humillación o por  el simple hecho de poseer a una persona para luego  desecharla como basura con la misma sutileza con que se bota un pañal usado.

 Uno de los crímenes más comunes en las guerras o en las incursiones armadas es la violación por parte de los soldados. Ese es el mayor grado de degradación y conquista al que puede someter el vencedor al derrotado. Es deshumanizar a la parte contraria, “ensuciarla”, hacerla repudiable. Es tanta la importancia que se le da que muchas veces los líderes políticos (aquellos que arman guerras pero son incapaces de ir a pelearlas) comparan constantemente a la patria con la mujer vulnerada.

Convertimos algo natural en una perversión, escenarios de personas que se aman o por lo menos desean, en  eventos sórdido.  Se juzga de manera tan severa  a quienes se atreven a explorar otras alternativas (con las que podemos estar de acuerdo o no) que no dejo de preguntarme si ese odio es en verdad genuino o tan simplemente un grito desesperado de  envidia hacia aquél que se atrevió a probar lo que el otro ansía pero es tan cobarde para es incapaz de hacerlo.

Pero a pesar de todo, de los límites que nos ponemos, de las barreras existentes, de esos tristes y patéticos personajillos que siempre condenarán el acto más excelso  como algo malo y sucio,  buscaremos una y otra vez esos labios que se necesitan, esas pupilas que se dilatan, la palabra ansiada, el cuerpo dispuesto y esa llama, esa muerte que nos hace vivir mil vidas en un segundo.

lunes, 17 de marzo de 2014

El día en que la cerveza quiso asesinar a los libros


La cuestión va así: Dos amigos están en un bar donde llega un tercero regalándoles un libro. La cara de desconcierto del dúo es evidente, pero la alegría retorna cuando el bromista descubre que dentro del gigantesco tomo se encuentra oculta una cerveza. Lo anterior es un comercial de la cerveza Póker para celebrar El día de los amigos (menuda bobada innecesaria inventada por la cervecera en un país que no necesita pretexto para tomar) y que tuvo rasgándose las vestiduras a la élite cultural e intelectual del país la semana pasada.

Fue tanto el alboroto que se dirigió una carta pidiendo que saliera del aire el comercial de marras, cosa que se logró con éxito. ‘Triunfamos’ fue la voz cantante de varios escritores, editores, profesores  e intelectuales quienes condenaban el comercial sentenciando que era el colmo que se desprestigiara a la literatura de esa manera, tildando a los libros de aburridos en un país donde la gente difícilmente lee dos de ellos al año.

Pero, ¿en verdad era necesario tanto alboroto? ¿Estuvieron los libros sentenciados a ser sepultados bajo las olas deliciosas y espumosas de una fría cerveza o quizá se hizo una tormenta innecesaria por personas que presumen de amarlos y alardean de querer hacerlos más accesibles a la gente del común pero que en realidad los alejan de ellos cada vez más?

Nunca he confiado en aquellos que se autodenominan ‘intelectuales’ o ‘poetas’, creo que más que darnos generosamente títulos y palmaditas en la espalda deben ser nuestras acciones y nuestras letras las que nos definan. Son estas personas que se encumbran en una torre de marfil cultural y que miran por encima del hombro a quien no tengan su bagaje cultural o sus gustos quienes generan una repulsión hacia la literatura y lo que la rodea.

Seguramente los han visto, están en todos los círculos sociales. Bien pudo haber sido ese profesor de quinto de primaria que los obligó a leer El Quijote de la Mancha,el director que decomisaba comics por parecerles una pérdida de tiempo, la directora de esa revista cultural que califica a Stephen King como basura sin haberlo leído, o condenan a Harry Potter y a Juego de Tronos como lecturas para tontos  por estar de moda y  por ende indigna en salir en su prestigiosa y cultural publicación, o el estúpido prepotente que llega a las reuniones burlándose de fulanito o sutanito por leer ‘literatura basura’ y no leer a Flaubert o a Dostoievski en su idioma original.

El problema de este grupúsculo es el mismo que tienen los fanáticos religiosos, políticos y similares: Carecen de buen humor, se toman las cosas demasiado en serio y creen que su pomposa solemnidad es sinónimo de que tienen la razón. Han sido ellos quien han encumbrado a la literatura a un estante incapaz de acceder por parte de la persona del común.  Si en lugar de indignarse por el comercial aquél, se hubieran burlado de él por mediocre (lo cual es cierto) y hubieran buscado una alianza o alguna estrategia para contrarrestarlo indicando que tomar cerveza y leer un libro son dos actividades que pueden ir de la mano, otro gallo cantaría. Pero obviamente para este círculo tomar cerveza debe ser un  acto de la más baja calidad moral.

A estas personas habría que decirles que la literatura es un mundo maravilloso e infinito. Es la puerta que nos permite hablar con miles de personas de diferentes países, de distintas eras. En ella se esconden millones de historias y mundos que florecen con solo el abrir de sus páginas. No todos los textos  son para todas las personas, habrá muchos de ellos que no nos dicen nada y no por eso debemos despreciar a la persona que no lo entiende, deberíamos más bien ayudarla, comprenderla sin obligarla, hasta que halle la historia que le hable a su alma. En este sentido, los libros son como el amor: Es difícil encontrarlo pero una vez lo hacemos es difícil separarnos de ellos.

También hay que despojar de tanta seriedad a los libros, a esa barrera creada sin necesidad. Si alguien oye hablar del Quijote quizá lo relacione con ese texto gigantesco e incomprensible pero si le hablamos de una comedia donde un tipo pierde la cabeza y mantiene confundiendo aldeanas horribles con doncellas hermosas, molinos con gigantes y rebaños con ejércitos y al que siempre terminan aporreando seguramente verá que no es algo tan ajeno a lo que habrá visto en algún programa de televisión, el cine o su propia vida.

Quizá si logramos crear un genuino  interés en la juventud o para no ir más lejos con nuestro vecino del lado sobre lo maravilloso que es leer no sería descabellado pensar en que algún día celebrar el día del amigo regalando una cerveza y un libro.

El comercial en cuestión:






martes, 4 de septiembre de 2012

Escritor


Puedes verlo en medio de la multitud,  como uno más, anodino, gris entre las mil tonalidades de grises de la masa; puede ser una criatura de la noche, ahogando sus penas y sus tormentos en los vasos llenos de hielo derretido por el whiskey ausente,  el blues a todo volumen, el humo disoluto de un cigarrillo a medio empezar y los labios ocasionales y carnosos de una mujer; puede ser callado, taimado, con ínfulas de grandeza, la ternura de un niño grande o desesperante como El Principito de Exupery con su curiosidad insatisfecha, pero lo más probable es que sea un escritor y que esa sea su desgracia y único consuelo.

El escritor es solitario. No importa que esté casado, que tenga cinco hijos, un par de amantes y un perro o un gato; que viva la vida bohemia con sus noches de colores, su música incesante, sus compañeros de juerga y las mujeres pasajeras; no importa que sus libros hablen de amistad, que hayan mil personajes que se amen y se odien con ferocidad , y que en sus páginas cree mundos luminosos, capaces de causar lágrimas de alegría o dolor. Si es una persona que decidió tomar la pluma como luz y faro de su alma, si sólo las palabras reflejadas son capaces de aplacar los mil y un demonios que se agazapan en su corazón, lo más posible es que una parte de él siempre este sola, no encuentre sosiego jamás y busque una salida desesperada e inútil, como el grito de un náufrago en un mar insondable e infinito, a través de sus historias.

A pesar de lo mucho que hable, que sea el alma de la fiesta, que llene de risas un auditorio como un bufón, las palabras que salgan de sus labios serán estúpidas, destempladas y él siempre se sentirá torpe al hacerlo como si fuera un enorme oso  obligado a montar esas pequeñas bicicletas que se ven en los circos. Su verdadero ambiente es el silencio, la reflexión, quizá la música a todo volumen que le ayude a acallar las voces de sus personajes que pugnan por salir de manera alocada y desesperada.

Si le preguntan quién es, probablemente se encogerá de hombros, terminará de fumarse un cigarrillo, mirará a las estrellas y exhalará de manera pausada el humo. No hay honor en ser escritor. Algunos se engañarán diciendo que lo hacen en busca de la fama –oh dama veleidosa- y el dinero, otros más que lo hacen porque no les queda más remedio, que es lo que mejor se le da. Pero nada de eso es cierto, si el escritor pudiera escoger ser alguien diferente lo haría sin vacilaciones, quizá un carnicero, abogado, un astronauta, un gerente, un mesero, una profesión normal que les permitiera llevar una vida ordinaria en donde no llevaran su alma hasta las puertas del abismo.

Porque escribir es eso. Es tener una hoja en blanco e irla llenando con la sangre que brota del alma, es dejarse llevar por voces misteriosas, por el sentir de los muertos y los lugares que no se han visto jamás pero que juraría haber visitado en sueños. Es tener tantos pesares y alegrías que las palabras no  alcanzarían jamás a expresarlas, es escribir su vida y vidas ajenas en un pedazo de papel para después de tanto sufrimientos, de tantas noches de insomnio y lágrimas que brotan en forma de tinta, avergonzarse de lo escrito y arrojarlo al fuego o  guardarlo sólo para si mismo y leerlo y releerlo en los momentos más miserables de la vida.

Y si logra publicar el destino no será mejor. Siempre se estará preguntando si no es más que una atracción de feria, un fenómeno de moda que se irá apagando paulatinamente,  un afortunado con suerte y sin talento. Por las noches, después de las editoriales, los cócteles, las felicitaciones de gente que lo odia y las reseñas de la prensa, pensará como Juan Pablo Castel si habrá alguien, por lo menos una sola persona, capaz de comprender ese mensaje que ha plasmado en su obra, esa mujer solitaria viendo al mar a través de una ventanita.

Probablemente el escritor dude y quiera escapar de su destino. Se ahogará en los placeres de una vida confortable, en las mieles de la rutina y el dinero, o lo hará a través de los excesos, todo sea con tal de no escribir de ver esa hoja en blanco y no tener más remedio que llenarla redimiéndose y condenándose a la vez. Pero la letra es fuerte y siempre se verá obligado a volver, a su suerte de amanuense del destino, y una vez que plasme la primera letra, seguirá otra y otra y empezará a vaciar su cabeza una vez más y verá que su sino es a la vez trágico y grandioso.

Si usted, querido lector, se encuentre con un espécimen así, no lo regañe, no intente comprenderlo, no le de plata, alabe sus cuentos o sea cruel con sus críticas. Si alguna vez tiene la inmensa mala suerte de conocer a una persona de esta clase,  simplemente obsérvelo a los ojos y descifre sus silencios tristes, las palabras que no dirá jamás, coja sus manuscritos y léalos a conciencia. Él se lo agradecerá. 

lunes, 4 de junio de 2012

Somos


Somos las frustraciones de nuestros padres. Los herederos de la desazón de sus vidas malgastadas en el trabajo. Somos los hijos de la publicidad, de un paraíso de marcas perfectas, familias felices con perro incluido, mujeres en vestido de baño dispuestas a complacer nuestras necesidades sexuales a cambio de una cerveza, somos los hijos del Ipod, del Blackberry, del pc, del Mazda, el Chevrolet  y el Mercedes, somos felices mientras podamos adquirir más y más y cada vez más sin saciarnos jamás.

Somos la búsqueda del ser, de querer ascender en el trabajo porque así podremos tener más plata, somos la necesidad de tener más plata para adquirir lo que no necesitamos, somos la herencia de Pablo Escobar, para quien lo importante era conseguir sin importar el cómo, somos los billetes que tenemos en el bolsillo, los cheques que ya nadie usa, el saldo de la  tarjeta de crédito, somos nuestros anhelos desesperados  de viajar para conocer otras tierras a pesar que el sol siempre es el mismo en Timbuctú o en Ipiales.

Somos la maldad de los políticos, su retorcida moralidad, somos los hijos de Uribe, de Samper, de Gaviria, de Turbay, de Bolívar,  de Roy, de Merlano, del Congreso y su apatía, de la mentira, el robo, la corrupción, el  todo vale y ustedes nos tienen que servir en lugar de ser al contrario como debería ser.

Somos la mentira de la libertad, de la felicidad que nos inculcaron que debíamos alcanzar de pequeños. Somos una evasión, cine por la tarde, tequila, ron, aguardiente, ginebra, whiskey, cerveza, por la noche, marihuana, coca, heroína, extasis a la madrugada,  procuramos ser felices en esas horas sin tiempo, en esos besos sin dueño, en ese fluir sin pensar.  

Somos una foto de facebook, un trino de Twister, una foto en el flickr, una entrada en un blog. Somos las palabras políticamente incorrectas que no decimos por miedo a ser juzgados, la manera en que hipócritamente queremos encajar en la sociedad, los gritos silenciosos que cambiamos por borracheras para poder ser sinceros sin necesidad de avergonzarnos, la mentira de un mundo virtualmente perfecto que creamos a nuestra imagen y semejanza como si fuéramos pequeños y patéticos dioses.

Somos un trabajo de ocho a cinco, un cubículo, hablar del programa de televisión de moda y juzgar a quien dé papaya para hacerlo, somos un teléfono celular, un pin en el blackberry, un televisor en high definition con home teather, somos el número de una cédula, una cifra para los bancos, un sirviente más para la empresa que laboramos, un engranaje más para el funcionamiento de una sociedad enferma.

Queremos ser tantas cosas que olvidamos que somos un accidente en el universo, simple polvo de estrellas destinado a desvanecerse.

domingo, 27 de mayo de 2012

Insatisfacción



Una de las constantes del ser humano es la insatisfacción. Somos insaciables por naturaleza, siempre queremos más y más,  I can´t get no satisfaction grita por los micrófonos Mick Jagger y tiene razón. Si la raza humana se hubiera conformado con lo que tenía seguramente a esta hora estaríamos todos en una rama, a oscuras y tirándonos heces de mono a la cabeza.

El ser humano es ambicioso y egoísta, si el Comunismo falló fue por no tomar en cuenta la naturaleza humana, ¿por qué tener lo mismo que Juanito si puedo aspirar a mucho más? Aunque en el otro extremo, el Capitalismo salvajemente competitivo y asesino, tampoco es el mejor ejemplo a seguir.

Personalmente me parece bien no conformarse. Siempre hay que estar buscando, observando, aprendiendo, yendo más allá de las cosas simples que nos ofrece la vida.

¿Pero cómo encontrar ese ‘algo más’ que buscamos? La mayoría cree que la respuesta a esta insatisfacción está en los lujos de la vida moderna en tener un carro último modelo, un apartamento lujoso, viajes cada ocho días, ropas costosas, aparatos de última tecnología y accesorios de lujos.  Se vuelven simples lacayos de las cosas materiales, sirven a los objetos que deberían servirles a ellos.

Otros se desencantan por un hedonismo directo, sin contemplaciones. Una rumba perpetua: Bailes los jueves, viernes y sábados y guayabo los domingos. Fiestas, música a todo volumen para no pensar, dejarse llevar por las sensaciones  placenteras y efímeras para olvidar la pregunta incesante. Un coctel peligroso que no responde nada y que aumenta el desconcierto, despertando una insaciabilidad perpetua que busca resolverse el próximo fin de semana pero que será inútil porque al final siempre se acaba la fiesta, la música deja de sonar, los besos terminan y quedamos más solos y vacíos que nunca.

¿Cuál es la respuesta a esta interrogante? Por desgracia aquí no está. Es un camino personal, la vida nos ofrece tantas opciones como estrellas en el cielo y cada persona tiene una diferente, lo que diré es que lo único importante es despojarse del miedo, quien vive con con él es esclavo de sí mismo y nunca, jamás, podrá ser feliz por más que lo intente.

Yo también espero encontrar ese ‘algo más’, quiero dejar que la vida me sorprenda pero sorprendiéndola a su vez, hay que gozarse la existencia porque es una sola pero no quedarse allí, hay que actuar, no esperar un salvador porque nadie va a aparecer de la nada.

Es cierto que hay que buscar ese ‘algo más’, pero creo que no por ello hay que dejar abandonada la felicidad.  No creo que la búsqueda de una satisfacción y una felicidad tengan necesariamente que reñir, al contrario, creo que se complementan, que esa búsqueda se ve fortalecida si se aprecia lo que se tiene.

Ahora bien los extremos son malos, si nos conformamos con lo que tenemos corremos el riesgo de quedarnos estáticos, volvernos seres mediocres, esclavos del sistema a la espera de una jubilación, morirnos de a pocos en vida.  La solución está en priorizar: perseguir los sueños y las respuestas, pero siendo consciente de lo que tenemos y alimentándonos de ello para continuar el camino.

Mi respuesta está en las letras. La vida me sorprende cada vez que me siento frente al teclado y las historias surgen como por arte de magia, dejando que en cada relato, en cada página pueda ver mil amaneceres de distintos colores.

Sé que la literatura es mi camino. Que si quiero que sea mi opción de vida debo tomármela en serio, con solemnidad, dándole la importancia que se merece, lo cual no quiere decir que no me divierta al hacerlo. Pero no por ello dejaré de amar con intensidad,  ni permitiré que el miedo guié mis actos, o perderé mi luz en el camino, sino por el contrario, la haré refulgir con mayor fuerza dándole calor a todos los que me rodean. Sé que si sigo en mi empeño, si creo en mí, lograré el milagro y todos mis sueños se harán realidad.

Los dioses me susurran historias asombrosas y los muertos guían mi mano hacia el teclado.

  

jueves, 17 de noviembre de 2011

Las justicias de la vida


¿Cuántas veces no han escuchado la expresión ‘la vida no es justa’ o ‘no entiendo porque le pasó tal cosa a fulanito  es tan buena persona’? hablan como si la vida fuera un concurso de méritos, como si el hecho de hacer cosas buenas fuera un salvoconducto protector.

Y yo lamento tener que informarles, pero la vida es una MIERDA. Así, en mayúsculas. Es cierto que tiene cosas buenas: Un recuerdo preciado, el tacto de la persona amada, una noche de lluvia o llena de estrellas, la vez que nos graduamos del colegio para no tener que ver a los petulantes con los que nos obligaron a convivir durante once años, pero las deudas, los trancones, los impuestos, los  políticos, el  pasar media vida en la oficina en un trabajo que no nos gusta queriendo estar en casa para no trabajar y la otra media deseando estar en el trabajo para no aguantarse las cantaletas, los niños llorando y el insoportable ambiente hogareño,  y el terminar con Alzheimer comiendo compota y cagándose en los pantalones, hacen que las cosas malas prevalezcan sobre las buenas.

 No, la vida no es justa. El hecho de que te vayas al África a ayudar a los niños pobres, que te vayas a curar leprosos a Kazajistán, que vayas a misa de seis todos los domingos y que juzgues misericordiosamente a quien no es igual que tú, no te exime de que  pises mierda de perro en la calle,  te de un cáncer en el cerebro o que a tú papá no lo maté una bala perdida.  Al contrario, la peor persona puede ser la que tiene más plata, la más admirada por la gente, deseada por la mujer que anhelas y el que se gana el baloto mientras tú, buen muchacho comes un poco más de carroña.

Esto no se trata de méritos, ni de realizar buenos actos en busca de una recompensa, no se trata de hacer el bien en busca de esperar una recompensa ya sea terrenal o en el cielo en medio de coros celestiales y ángeles rubicundos. El karma, el paraíso y la reencarnación son palabras para la satisfacción de los mediocres que esperan que en el futuro sus buenas obras o intenciones se vean premiadas.

Si quieren que les sea sincero todo le veo como una gran ruleta. Todo es un gran juego: Pestes, enfermedades, guerras, loterías, éxitos, nacer en un país del primer mundo, en una familia que te ame, o que seas abortado incluso antes de nacer están en un mismo saco. Lo importantes es que la rueda empiece a girar y girar…..se mueve a toda velocidad ¿La puedes ver? Hasta que finalmente se detiene, y es un placer informarte que esa mujer que te encontraste comiendo un helado en el parque es tu verdadero amor. Giramos la rueda de nuevo….Vaya, tu madre va a morir en un atraco, lo siento mucho ¿Lo intentamos de nuevo o ya te quieres retirar?

Si de nada sirve rezar o pecar ¿Qué hacer? Lo verdaderamente importante es no cómo somos o quejarnos de lo que nos ha pasado sino tener ‘una gracia’.

Me explico, en los campos de concentración quienes se salvaban no eran los más justos, ni los más piadosos, ni los que más supieran el Torah. Quienes tenían mayor capacidad de escapar de la muerte eran los más hábiles, los más ingeniosos, aquellos que eran buenos en orfebrería, en calzado, en falsificaciones, los más astutos o hábiles de palabras.  En pocas palabras quienes sobreviven siempre no son necesariamente los ‘buenos’, ni siquiera los más fuertes sino aquellos que se enfrentaron de manera inteligente a los tiempos difíciles y se adaptaron. Estoy seguro que el homo sapiens no era el más bondadoso de las especies pero quizá si la más tenaz, la más cabrona y bueno, producto de eso acá estamos.

Si quieres hacer buenos actos hazlos porque te nacen;  si no quieres agarrar a patadas a ese niño de cinco años que juega a la pelota no lo hagas, pero no  porque quieres ir al cielo o porque creas que la vida te lo va a recompensar más adelante sino porque estás convencido de no querer lastimar a otra persona.

Creo, eso sí y por irónico que pueda parecer, que quien hace buenas cosas atrae también buenas cosas. No es lo mismo tener personas que te quieran que haber matado, robado y engañado a medio mundo. Lo importante es vivir la vida como venga, sorteando las dificultades sin ataduras, libre y auténticamente genuino, comportándose de acuerdo con nuestro pensamiento y esencia en lugar de hacerlo en busca de paraísos perdidos y premios terrenales.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Reivindicación de la tristeza


Todos vestimos disfraces. No importa cuánto lo neguemos, refutemos o pretendamos que nos importa, nos ponemos ropajes que nos permitan encajar en el mundo.  Queremos ser parte del mismo pero evitamos pertenecerle por completo; pretendemos ser aceptados pero por temor al rechazo ocultamos nuestra desnudez, nuestra verdadera esencia y la escondemos en los lujosos antifaces, en los temas obvios de conversación que creemos nos realizan como persona.

La tristeza es inherente al ser humano pero intentamos desaparecerla. Somos tristes porque estamos conscientes de lo efímeros que somos; la racionalidad que nos ha permitido construir las civilizaciones también es una maldición porque, en cierto sentido, nos abre los ojos ante la inminencia de la muerte y la soledad que siempre va a estar presente en nosotros. Nacemos solos y así también moriremos, sin importar cuánta gente haya nuestro alrededor.

Pero la modernidad no conoce de tristezas, de tomarse un pequeño descanso para ser consciente de lo que somos, de lo que seremos. Estos tiempos son agitados en todos los sentidos: En la comida, en las ropas, en los sentimientos. Las redes sociales existen para recordar cuan felices somos, las fotos de Facebook sólo reflejan momentos –reales o fingidos- de eterna felicidad; por medio del Twitter expresamos nuestros pensamientos más optimistas o cínicos. Sin embargo me ocurre que en ciertos momentos me aterra tanta felicidad impuesta, siento que en esos rostros en fiestas, en paisajes hermosos o reuniones familiares, una máscara de yeso con una sonrisa obligada, con unos ojos marchitos y mentirosos y pienso que las distopias señaladas por Orwell y Huxley son realidades absolutas sin que seamos siquiera capaces de notarlas. No ha sido necesario que un tirano vigilante haya instalado un ‘Momento de odio’ o que el uso de las drogas sea obligatoria para ser felices, porque nos hemos engañado tanto que vivimos bajo el influjo de una civilización que exige la felicidad para hacer parte de ella.

Antes de salir de casa, desde el mismo momento que nos levantamos de la cama nos disfrazamos, tomamos nuestra careta de turno y nos disponemos a enfrentarnos al mundo. Recién llegamos a determinado sitio nos asignamos –si tenemos suerte-, o nos asignan un nuevo rol: Quizá el del tipo buena gente que puede pasar por idiota, el del mujeriego, la mujer maternal o la comehombres, el mujeriego, el bromista, y el resto de nuestra existencia intentamos mantener ese estereotipo que nos da reconocimiento, que nos vuelve reales, visibles ante los ojos de los demás.

Después de un tiempo nuestra máscara está tan adherida a nosotros mismos que es casi imposible despojarse de ella.  Las personas que me conocen dirán que soy un despistado que a veces hago chistes malos y obvios; esa es mi máscara, mi disfraz para asumir la fiesta de la alegría perpetua. Supongo que tanto tiempo en el mismo rol ha vuelto ese papel una parte de mí;  sin embargo, no lo es todo, hay ciertos aspectos que guardo para mí, aspectos oscuros que complementan parte de mi ser.

Tal vez exagero y hago suposiciones falsas, quizá nadie esté en ese baile de máscaras y esté solo dando vueltas y vueltas en mi propio túnel interno. Es posible que así sea.  A lo mejor si fuera tan feliz como la gente de los comerciales y las fotos del Facebook no necesitaría escribir y expulsar el veneno que en ocasiones me corroe. No lo sé, puede que sea algo mal que está en mí.

No es mi intención con este texto el de decir que está mal ser feliz. Más allá del conocimiento, de la plata, del éxito y la fama, la felicidad debe ser el propósito de la vida, quien es feliz puede darse por bien servido. Lo que pretendo con estas letras es la reivindicación de la tristeza, es decir que no todo tiene porque ser sonrisas y ojos brillantes y ‘Te amos’ y ‘Amiguis’; mi intención es la de despojarme  en una ocasión de las armaduras que nos impiden ser sinceros, de quitarme por unas horas el maquillaje que me muestran como un hombre feliz y miembro orgulloso de la sociedad; lo que quiero con estas letras es poder decir que en ocasiones está bien estar tristes, que ese sentimiento hace parte de nuestra humanidad, que no debemos dejar de ser nosotros mismos para pertenecer a una sociedad que en la menor oportunidad puede darte una patada en el culo sin decirte siquiera buena suerte.

En ocasiones, vale la pena quitarse toda la ropa, arrancarse la máscara y desnudos arrojarnos en el océano inmenso de nosotros mismos.