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viernes, 17 de julio de 2015

Libros leídos 2015 (7) –Lo bello y lo triste de Yasunari Kawabata


Título original: 美しさと哀しみと, (Utsukushisa to kanashimi to)
Sello: Austral Editorial
212 páginas

Sinopsis: Impulsado por la nostalgia, Oki Toshio decide viajar a Kyoto para oír sonar las campanas del templo en el Año Nuevo. Pero, además, quiere ver a Otoko, su antigua amante, ahora pintora. Todavía hermosa, Otoko vive con su protegida Keiko, una joven amoral, sensual y apasionada de apenas veinte años. Keiko desencadenará este cruel drama de amor, venganza y destrucción

Sin palabras he quedado después de leer la última frase de esta novela del nobel japonés (del 68 para más señas) Yasunari Kawabata.  La historia desborda tanta belleza, tanto odio, erotismo, nostalgia y tristeza  a partes iguales que al final es imposible que alguien se quede impávido.

En esta aventura seguimos a Okio quien después de poco más de veinte años decide reencontrarse con su ex amante, la pintora Otoko. El tiempo ha pasado para ambos y él sabe que de una u otra forma verla después de tantos años tendrá repercusiones y aun así no puede evitar hacerlo.

Kawabata es el segundo escritor que leo después de Haruki Murakami y leyéndolos a ambos es posible ver el cambio generacional existente. Mientras que Murakami nos habla de un nuevo Japón, moderno y tecnológico ahogado en su propia soledad, Kawabata nos habla un poco de ese Japón antiguo, de la belleza de sus templos y sus paisajes, de un país que empieza a levantarse después de su tragedia.

Sin embargo, también hay puntos en común. Ambos autores nos muestran la sexualidad como un reemplazo, no por el placer en sí sino como un placebo, un reemplazo para el odio, la venganza y la tristeza por lo perdido, en cierto forma hacen suya esa frase de Oscar Wilde: “Todo en la vida trata de sexo menos el sexo, el sexo habla de poder”.

Algo que me llamó la atención del libro es que en él quienes verdaderamente son son las mujeres quienes tienen los sentimientos más fuertes y apasionados,  los hombres por el contrario son cobardes, patéticos o simplemente una herramienta para ejecutar una venganza. Podemos ver en Otoko, la grandeza y la fortaleza del amor verdadero y el perdón, en Fumiko, la humillación de una mujer engañada, el odio hacia un fantasma y la incertidumbre de no saberse amada y en Keiko, la energía potente de la juventud y el ansia de acabar con todo.

Es una historia corta pero profunda. En pocos párrafos Kawabata es capaz de perfilar perfectamente la personalidad de sus personajes, sientes la tensión de una situación, la inminencia de una tragedia que no podrá ser impedida, pero a la vez sientes conocer ese Japón mágico y por un momento te parece oír las campanadas del templo en Kyoto por el año nuevo, o comer en esa posada internada en el bosque o conocer hasta el último rincón de piel de esa mujer consumida por la desesperación incapaz de amar.

Yasunari Kawabata, uno de los escritores emblemas del Japón, primer ganador del Nobel de literatura (el otro es Kenzaburo Oe), se suicidó el 16 de abril de 1972 sin dar ninguna explicación, pero siendo consecuente con su vida de solitario empedernido, de él nos queda su gran legado literario (como dato curioso cabe decir que su obra La casa de las bellas durmientes le sirvió de inspiración a Gabriel García Márquez para escribir Memorias de mis putas tristes) al cual sin ninguna duda volveré.


lunes, 2 de junio de 2014

Duerme


Relato inspirado en la novela After Dark de Haruki Murakami

-Por supuesto –responde Takahashi-. Claro que puede. Pero lo que para una persona puede ser una distancia prudencial, para otra puede ser un abismo. A veces pasa.

After Dark, Hm.

Y llegará el momento en que me dirás una vez más ‘quiero dormir’, dejarás un vaso con agua encima del nochero, te quitarás la ropa del trabajo y pondrás una más cómoda, mirarás a través de tu ventana esa ciudad nocturna y oscura que se extiende a través de inimaginables luces, bombillos y faroles de esta ciudad caótica donde cada una de ellas esconde una historia, un secreto por resolver.

No esperarás hasta las primeras luces del amanecer, con pasos tambaleantes te dirigirás a la cama y caerás rendida agotada por el peso de los secretos, los enigmas y una vida que a pesar del poco tiempo te parecerá dolorosamente eterna. Te veré a lo lejos con mirada condescendiente, un poco desesperada y ansiosa mientras te encaminas a la cita por tanto tiempo deseada.

Te estirarás como un gato y mirarás un rato al techo, a ese bombillo que ya no te contempla de manera titilante pues está apagado. Pensarás en todo y en nada mientras tus ojos se van cerrando, la boca distensionando y entregando a la placidez a la que tu cuerpo ya ha sucumbido.

A lo lejos contemplo tu cuerpo semidesnudo que ya cubren las sabanas, el calor que compartes con ellas mientras te volteas y abrazas una almohada. Sigo en el marco de la ventana, contemplando a lo alto, el cielo estrellado, y abajo la ciudad que tiene la vida propia que le otorga las prostitutas, los jugadores, los mendigos, los proscritos de la vida diurna, esplendorosa y lúcida.

Ahora duermes, es difícil saber si lo haces o si has muerto, es tan leve tu respiración que podría parecer que estés en un estado catatónico. Es posible que así sea. Me levantó y en puntas de pies para no hacer ruido voy hasta donde estás, sigues viva, tu pelo negro y largo cae como cascada por encima de la cama blanca haciendo un contraste hermoso, tengo ganas de acariciarte la cabeza como he hecho tantas veces pero esta vez no lo consigo, me siento como un intruso en un ritual al que no soy bienvenido; tienes facciones de  paz y serenidad que nunca posees cuando estás despierta, aunque murmuras pequeñas y pocas palabras que no soy capaz de descifrar, quizá un recuerdo de la niñez, viajes o un amor por el cual aún suspiras y que es protagonista de tus sueños.

Enciendo un cigarrillo y me dirijo nuevamente a la ventana para no incomodarte con el humo o el olor a nicotina. De las cosas que más disfruto al compartir tu compañía en las noches es el momento en que duermes, es uno de los pocos momentos de débil comunión que tenemos, tú la bella durmiente que no ansía un beso para despertar y yo el centinela insomne que resguardo tu sueño de los fantasmas del pasado.
.
Mientras consumo el pitillo y el humo se confunde con la oscuridad,  afuera la noche sigue su curso endemoniado, esta es la hora donde los ríos de alcohol, sangre y semen se confunden en las cloacas, pero también es el momento mágico donde cualquier cosa puede pasar: Un par de estudiantes caminando por las calles alimentando gatos famélicos mientras hablan de esto y lo otro, un oficinista que mata el tiempo trabajando hasta la madrugada con pausas para ir a un motel y golpear a una prostituta a placer, un taxista que da vueltas por la urbe una y otra vez, cientos de historias que se cruzan y se deshacen como el hilo de una madeja.

A punto de terminar el cigarrillo sigo mirándote y me doy cuenta que es ahora el instante en el que nos mostramos tal como somos, sin necesidad de máscaras o alcohol para desinhibirnos. Dejo de ser el hombre que habla hasta por los codos, de proyectar la imagen de bufón buscando que lo quieran y muestro mi verdadera esencia, callada y nostálgica, mientras que  tú, por primera vez, dejas de erigir fortalezas de silencio y apatía en torno tuyo para revelarte de manera vulnerablemente tierna en donde cualquier hombre podría quedarse a tu lado hasta el final de los tiempos.

Ahora tu boca se cierra un poco y da la impresión de formar una ‘o’ silenciosa. Podría acercarme, meterme debajo de las cobijas, abrazarte y  robarle un poco de la calidez que compartes con ellas pero no lo hago. Ahora le perteneces a la noche, al reino de las tinieblas y el reposo sin fatiga, este es tu mundo, la verdadera esencia de tu ser y no hay espacio para mí. En su lugar te sigo admirando y prendiendo un nuevo cigarrillo con la esperanza de disolverme al igual que el humo que expulso de tu boca.

Amanece en  la ciudad y los rayos de sol se meten por toda la casa a excepción de tu cama que parece ser territorio de nadie.  Me pongo los zapatos, te dirijo una nueva mirada y salgo de tu apartamento con las luces del nuevo día mientras tú sigues durmiendo.


Duerme.

martes, 20 de septiembre de 2011

(31) Libros leídos. Tokio Blues de Haruki Murakami: Amor y muerte escritos en un pétalo de cerezo

Al llegar a Alemania por un viaje de negocios, Toru Watanabe escucha la canción de los Beatles, Norwegian Wood, la cual le trae recuerdos de un antiguo amor, Naoko, quien en el colegio fue novia de su mejor amigo, Kizuki , el cual un día, y sin dar ninguna explicación, se suicida. Al ritmo de esa canción, Toru se sumerge en esa etapa dolorosa pero feliz de su juventud.




Nunca había leído nada de ningún autor japonés. Mi mayor acercamiento con la literatura oriental era a través de la lectura de mangas, pequeñas obras de arte, algunas las cuales no tienen nada que envidiarle a cualquier escrito pues retratan magistralmente diferentes aspectos de la humanidad y dudas existenciales.
Por desgracia, tampoco soy muy asiduo a la poesía, siempre he sido más de novela y de cuento; mi acercamiento a este género se reduce a unos pocos poemas que me han gustado y a escribir yo mismo algunos cuando estoy o muy triste o muy ebrio. Menciono esto para decir que tampoco he tenido un acercamiento a la poesía nipona que tiene su mayor expresión en los haikus, versos que en su mínima expresión son capaces de diseñar hermosos paisajes y situaciones.
Siempre he pensado en el japonés como un ser que se fija hasta el último detalle, en la minucia. Lo hace de manera obsesiva, compulsiva pero el resultado siempre es hermoso. Pienso en los haikus, en el cuidado que dispensan en esos árboles en miniatura que son los bonsáis, en sus tazas con grabados complejísimos, en sus mujeres con esas zapatillas casi diminutas…..
Por esta razón y a pesar de ser un fanático del manga y animación o animé japonesa, me acerqué con un poco de precaución a la obra del célebre escritor japonés, Haruki Murakami. Varias personas me lo habían recomendado pero siempre que iba a la biblioteca, sus libros estaban reservados hasta que finalmente pude dar con la obra que tuve el placer de leer: Tokio Blues.
Los estereotipos son una predisposición verdaderamente absurda: Decir que todos los colombianos somos narcotraficantes, que los gringos son unos estúpidos analfabetas e incultos, que los europeos son unos xenófobos y que los asiáticos son unos cuadriculados obsesivos y aburridos es caer en lugares comunes demasiado obvios. Continuamos con ello porque supongo que al hacerlo nos sentimos superiores a aquellas personas que encasillamos. Confieso que llegué a este libro un poco prevenido, pensando que me iba a encontrar con personajes cuadriculados, inflexibles y que sólo vivían para trabajar. Qué equivocado estaba.
Tokio Blues es un libro que habla del amor. Del amor en el recuerdo, en las palabras, en las caminatas silenciosas, en un aroma que nos trae a épocas diferentes, en conversaciones que se atesoran para el futuro, en canciones que hoy tarareamos pero que mañana habrán de traernos el recuerdo fugaz y casi olvidado de quienes amamos. Nos habla del amor y la muerte como reversos de una misma moneda. Es en definitiva, un libro muy hermoso.
En contra de mis prevenciones iniciales, el protagonista principal, Toru Watanabe es una persona con la que uno se puede identificar fácilmente. Es un estudiante universitario lleno de dudas, pero decidido a seguir su camino. Es una persona que comete errores, pero sus palabras, sus pensamientos y sus acciones despiertan la simpatía del lector.
Murakami pareciera que hubiera leído mi mente, pues se ríe de los prejuicios y crea un personaje compañero de piso de Toru al que se le conoce como Tropa-de-Asalto, el cual tiene todos los defectos de los estereotipos llevados al extremo, caricaturizándolos y siendo causante de muchas risas por mi parte al leer el libro.
                                  Naoko y Toru, un amor que vivirá a través de los recuerdos

En ese Japón de los sesenta todos están en una constante búsqueda. Toru busca su lugar en el mundo, Naoko intenta salir del hoyo oscuro de la depresión, su amigo Nagasawa cree encontrar una respuesta en el hedonismo, Midori a través de su optimismo y alegría sin importar los problemas. Sin embargo, la muerte, por medio del suicidio ronda a todos los protagonistas, en los silencios, en las conversaciones; no hay que olvidar que son orientales, quizá si fueran occidentales hallarían respuesta en una vida sin sentido, en un nihilismo como el  de un Horacio Oliveira de Rayuela o un Tomás de La insoportable levedad del ser, y aún peor, ellos son casi adolescentes y creen que la respuesta se puede hallar en el dulce silencio de la muerte.
Pero más allá de eso me gusta el concepto del libro, su base de partida. Creo que quien no ha amado, no ha vivido de verdad. Todos los humanos guardamos en nuestro corazón momentos de ternura junto a otra persona, de caminatas, de cenas románticas, de abrazos y de besos, momentos especiales que se atesoran en el recuerdo y cuando llega el momento de la separación (porque siempre hay un momento en que todo acaba), esa persona inevitablemente va abandonándonos y difuminándose lentamente, su sombra nos va dejando porque si siguiera siempre con la misma intensidad no podríamos seguir adelante con  la vida. Pero siempre habrá una canción, una comida, una foto, un olor, una palabra, que nos recuerde esos momentos, a ese ser, y nuestro espíritu se transporta a esa época maravillosa y trágica en donde  vemos a esa persona que ya no existe cerca a nosotros y creemos que tan sólo con estirar nuestra mano podremos tocarla y obtener de nuevo su sonrisa… y ese momento será especial triste y feliz a la vez, pero sólo nuestro y vivirá para siempre en nuestro interior.
A pesar de todo el relato es sumamente japonés. Respira aire nipón hasta la última letra, lo cual no es malo, pero no dejo de imaginarme al gran Haruki Murakami como un criador de bonsáis de las letras, como un poeta de haikus en prosa. Su libro es en verdad precioso, no le hace falta ninguna letra, no le sobra ninguna página. Es sencillamente una obra de arte y uno de los mejores libros que he leído este año.
Imprescindible.
PD
En el libro, el protagonista y su amigo Nagasawa comparten el gusto por el libro de F. Scott Fitzgerald, ‘El gran Gatsby’ y como además había visto al mismo Fitzgerald en la gran última película de Woody Allen, Medianoche en París, no pude evitar alquilar en la biblioteca y leerme a

(32) El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.
En el Nueva York de la depresión poco a poco va surgiendo la figura enigmática de Jay Gatsby que organiza fiestas de gran renombre donde se reúne toda la crema y nata de la sociedad estadounidense, quienes intentan desvelar el secreto del origen de su anfitrión. Poco a poco el lector irá averiguando de dónde ha salido este misterioso personaje y descubrirá de lo que es capaz de hacer por amor.
Muchos críticos consideran este libro como una de los grandes clásicos de la literatura norteamericana del siglo pasado. Debo confesar que aunque me parece un muy buen libro, en especial la segunda parte ya que al inicio le cuesta un poco al autor despegar la obra –demasiadas fiestas ;) -, no me atrapó del todo. Quizá porque la sombra de Tokio Blues es demasiado larga o porque sencillamente hay mejores escritores gringos a mi juicio como Hemingway, no me pareció el gran clásico de quien todos hablan. Pero que no se malinterprenten mis palabras, es un libro altamente recomendable, a mi parecer, Jay Gatsby, es uno de los grandes personajes de la literatura y al leer hasta el final uno no puede menos que considerarlo como ‘El gran Gatsby’. No se me ocurre un mejor libro para que Watanabe se pueda sentir identificado………….