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martes, 19 de marzo de 2019

La pluma rota


Puede que lo hayan notado o no, pero desde hace algunas semanas he vuelto a escribir con cierta constancia en este blog luego de haberlo casi abandonado el año pasado. Escribo los lunes por la noche y lo pongo en redes los martes por la mañana por si alguien quiere leerme.

No ha sido fácil, desde hace algún tiempo ando con lo que yo llamó el síndrome de  ‘la pluma rota’ que consiste básicamente en sentir que no hay nada más por escribir, por contar, es sentir, incluso, pereza de escribir. Toda mi vida, desde pequeño, sentí el llamado de las letras, primero leyéndolas y sumergiéndome en otros mundos y luego queriendo ser yo el que creara universos desde mi teclado. Todo eso desaparece cuando la pluma está rota, los pensamientos de que todo no es más que una pérdida de tiempo aumentan, sentir que nadie lee lo que escribo o que  lo que escribo es aburrido y que quizá nunca seré tan bueno como los escritores que tanto admiro se vuelven recurrentes. Es pensar para mí que quizá no hay nada más para mí en este mundo.

No he dejado del todo la escritura. Escribo cuentos ocasionales para mis amigos del Parche Lector (un grupo de locos que se reúnen una vez al mes  para escribir y compartir sus escritos) y los microcuentos de los jueves que es, donde ahora,  encuentro mayor placer a la hora de escribir quizá  porque su extensión es corta o porque en esos momento siento una desconexión del universo y solo está en mi mente el escribir una  nueva historia cada semana.

Pero aparte de eso ¿hay algo más? Escribo estos artículos porque en parte siento la obligación de no dejarme oxidar, como un atleta retirado que no deja de entrenar porque de cierta forma el ejercicio hace parte de sí y lo hace sentir vivo. ¿Pasa lo mismo con la escritura para mí? ¿Soy un escritor? He leído muchas veces que los escritores necesitan escribir como un pez necesita el agua, pero yo muchas veces lo he dejado, en ocasiones por periodos muy largos de tiempo y siento que no lo he necesitado, pero al final de una u otra forma siempre termino volviendo al refugio de tinta.

Quizá la decepción venga en parte al comprender que nunca podré vivir de la escritura. O de que con los años comprendes que la escritura no te sirve para evitar la muerte de tus seres amados o para evitar la soledad o la tristeza. Quizá a veces sienta que solo escribo letras y palabras sin sentido, plasmando fragmentos de mi alma  en una hoja virtual que quizá nadie puede comprender realmente.

Pero al final todo se reduce al acto de escribir. De tamborilear tus dedos sobre el teclado: Nunca me siento más libre, más en paz conmigo mismo que cuando lo hago, todo a mi alrededor se desvanece y nunca soy más yo que cuando escribo. En mi vida cotidiana a veces tiendo a ser un poco payaso en un papel que a veces siento no puedo dejar de ejercer, escribir soy yo al desnudo, con mis luces y sombras. Quien de verdad quiera conocerme tiene que leerme porque es quizá allí –aquí- donde reside mi verdadera esencia.

Así que sí trataré de seguirlo haciendo. Asi no sea un escritor,  así muchas veces sienta que todo está dicho, que la pluma está rota más allá de toda posibilidad de arreglarse, que no vale la pena. Seguiré haciéndolo porque este mundo de las letras es quien soy, mi esencia, mi casa.

Nos vemos el otro martes.




martes, 24 de junio de 2014

Empezar de nuevo


 Desde que terminé mi novela no he podido escribir de nuevo. Es decir, he hecho un par de artículos para El Gato, el periódico humorístico donde colaboro con alguna frecuencia, y he escrito uno que otro relato breve –tal vez uno o dos, no más- pero no he sido capaz de ponerme de ponerme activo con toda la seriedad del caso en una nueva historia que absorba todas mis fuerzas y me haga escribir como endemoniado.

Me pregunto si para el resto de los escritores es algo normal: Stephen King escribe anualmente una novela o dos pero también conozco casos de novelistas quienes solo tienen una obra durante toda su vida o algunos que dejan pasar meses e incluso años para finalizar, o por lo menos empezar una nueva obra.

Debo confesar que ese escenario me aterra. Me refiero a haber escrito todo lo que tenía que decir, plasmado todos mis fantasmas en unas pocas páginas y no tener la habilidad de sumergirme de nuevo en otra historia. Es cierto que he tenido varias ideas que han rondado mi cabeza por días e incluso semanas. Llegan de manera silenciosa y de un momento a otro me encuentro fantaseando con ellas, soñando despierto con las posibilidades que tendrían si decidiera trabajar en ellas, estoy convencido que podrían tener una  buena posibilidad, pero llegado el momento apropiado, el de la hoja en blanco, no he podido concretarlas, es como si un ‘algo’ agarrotara mi manos y mis ideas e impidiera que me pusiera manos en la obra con ella. Naturalmente esas ideas mueren antes de nacer y abandonan mi cabeza con la misma rapidez con que llegan.

Rabia, mi novela, es un texto bastante pesado, tiene demasiadas cosas oscuras, muchas escenas donde el sexo es usado como una herramienta para olvidar o castigar, otras que tienen demasiada violencia, Ultraviolencia como diría Alex de Large de La naranja mecánica. Es cierto que necesitaba escribirla, que en cierto sentido me sirvió como catarsis para una época muy importante de mi vida que se ha extinguido para siempre y que una parte de mí se divirtió mucho escribiéndola, en especial las partes más decadentes y terribles, pero debo reconocer que escribirla y releeerla una y otra vez me ha dejado agotado, un poco exhausto como si hubiera vaciado gran parte de mis sesos en las páginas diligenciadas.

Cuenta Stephen King que después del accidente que casi le costó la vida, no era capaz de escribir. Dedicaba toda su energía a recuperarse y no fue sino hasta que su esposa Tabitha prácticamente lo empujara hasta su despacho y obligara a retomar su trabajo que redescubrió el placer que sentía en tejer historias. Al principio salían relatos flojos, páginas aún peores, pero conforme pasaba el tiempo y escribía con mayor frecuencia sentía retomar ese ritmo que lo hacía sentir bien consigo mismo.

En estos momentos, tengo una historia que empecé hace un par de años rondándome una y otra vez la cabeza, tengo un buen presentimiento sobre ella, además me ayudaría a cambiar el registro y aventurarme en algo menos duro, sé que debo retomarla, pocas cosas se comparan a la emoción de estar escribiendo en la madrugada de manera frenética, con los muertos y las musas susurrándote a los oídos mientras la ciudad duerme. Debo empezar, se requiere disciplina y orden pero sé que una vez lo haga me embarcaré irremediablemente en una nueva aventura. Sólo debo iniciar y las palabras irán llegando. Una a una.





martes, 20 de mayo de 2014

Corregir una novela


Las comas son como sanguijuelas, condenadas y malditas, quienes con su pequeña cola lo único que buscan es entorpecer el texto, hacerlo más lento y farragoso. Su uso puede dictaminar el éxito o fracaso de un párrafo, eso por no hablar de un punto mal ubicado,  dos puntos que sobran o un punto y coma que pueden ser o punto o coma pero no ambos y que puede alejarte de tu objetivo final con una facilidad que es difícil de creer.

Finalmente, después de nueve meses, he terminado de corregir mi novela. La dejé descansar, la imprimí y empecé a releerla, día tras día, noche tras noche –a veces hasta la madrugada- en voz alta y con un lapicero negro al lado que cumplía la labor de guillotina verbal, descabezando aquello que estuviera de más.

Les  confieso que es una labor horrible. Si escribirla es exprimir el alma en busca de una historia y unos personajes que valieran la pena, corregirla es tomar tu cerebro y exprimirlo hasta la última gota en busca del más mínimo error, revisar con lupa que cada una de las frases escritas tenga sentido (y para una persona tan instintiva como yo, que escribo a toda carrera frases que muchas veces no recuerdo, es un verdadero suplicio) y empezar a tachar. Eliminas con la eficiencia de un asesino profesional signos de puntuación, frases y párrafos enteros que entorpecen tu narración; a veces, lo haces con lágrimas en los ojos, pues sabes que esas líneas que quedaron –a tu parecer- fantásticas no tienen cabida en el producto final y empiezas.

Quitas letras, signos de puntuación, ideas, personajes, en la corrección te sientes tentado incluso a corregir ciertas historias, pero te muerdes los nudillos porque sabes que no es lo correcto, que la parte de la inspiración ya ha terminado y ahora sólo queda desempeñar el rol de carnicero y terminar de desmembrar y volver a unir los fragmentos de esa historia que escribiste con la ansiedad de un niño.

Y lees y relees y en algún momento sientes que es la peor bazofia que nadie pudo haber escrito jamás, que ninguno de los grandes escritores que admiraste habría escrito algo tan mediocre ni siquiera en sus peores años y nunca te sientes tan tentado de tirar ese manuscrito a la cesta de la basura como en ese momento,  porque ¿quién en su sano juicio leería una historia como esa hasta el final? Y miras esas pobres páginas rayadas, simple reflejo de un escritor, de sus sentimientos, su soledad y sus demonios y una voz te dice que a pesar de todo, los miedos, el temor de no lograr que nadie se emocione ante lo que hiciste, las letras olvidadas, se debe seguir, solamente por terquedad, con la testarudez de un toro de lidia, porque pase lo que pase, terminaste la historia y es la tuya.

Terminé Rabia y a pesar que en muchas ocasiones llegué a odiar mi creación, quise quemarla y más de una vez me pregunté cómo pude gastar dos años de mi vida dedicado a este proyecto, proseguí porque no tenía otra alternativa. ¿Es una mala o buena historia,  está bien o mal escrita? No lo sé, en este momento no importa verdaderamente, lo relevante es que, a pesar de todo, la acabé y siento que me quitaran un peso gigante de encima, la catarsis está hecha y la novela es ahora simplemente un fantasma incapaz de asustar a nadie, pero debía terminarla, darle ese punto final que me permitiera seguir con mi vida y ponerme a la caza de nuevas historias por escribir. Y les garantizo que hay muchas que espero poder plasmarlas en un papel.


Ahora solamente queda el seguir escribiendo y el largo peregrinar de esta novela finalizada por editoriales y concursos, quizá algún día valga la pena, quizá algún día sea leída y publicada…….

lunes, 12 de agosto de 2013

Escribir una novela


Dicen que el dolor más fuerte y placentero que se puede experimentar de manera simultánea es dar a luz. Las sensaciones son  tan intensas que el cerebro elige olvidarlas para que el proceso se pueda repetir una vez más y las mujeres no se rehúsen a ello. Nunca podré saber lo que se siente por obvias razones, pero estoy seguro que la gestación de una novela, si bien no tiene la misma intensidad, se le debe parecer bastante.
Se comienza con una hoja en blanco. Sólo quienes escribimos sabemos el pavor que puede causar esa brillantez, esa raya titilante que aparece en el computador presionándote para empezar a escribir, para vaciar las ideas que se agolpan de manera desesperada en el cerebro y que buscan un pequeño resquicio, ya sea una vocal o una consonante para empezar a salir de manera desaforada, desordenada, esperando para inundarlo todo como una avalancha, un magma incandescente dispuesto a devorarlo todo.
En mi caso, no soy un escritor ordenado o flemático. No planeo con anterioridad cada uno de los párrafos que van a salir, simplemente empiezo a teclear con la misma fuerza que un pianista toca su instrumento;  podrá parecer ridículo, pero al momento en que mis dedos se posan sobre las letras y empiezo a traducir mis demonios en oraciones y párrafos, mi mente se desvanece por completo, ya no me pertenece en lo absoluto, me siento como una especie de instrumento de algo que se escapa a mi comprensión, un médium cuyo único objetivo es escribir y escribir como si fuera un prisionero y la única manera de obtener mi libertad momentánea (que se revocará una vez me siente nuevamente frente al teclado) es llenar esa blancura sin límites que está frente a mí, el enemigo a derrotar que soy yo mismo.
He terminado, después de ciento sesenta y cinco páginas y  un año y dos meses, mi primera novela. Sería incapaz de relatarles de manera exacta lo que esto ha significado para mí, no sólo por el hecho de, finalmente, haber completado uno de mis tantos proyectos inconclusos, sino por lo mucho que he tenido que atravesar, tanto de manera física como mental y espiritual para poder hacerlo. Es casi imposible de describirlo. Sin embargo lo voy a intentar.
Lo primero que les diré es que ha sido doloroso, muy doloroso. Quizá sea por la historia en sí, que en cierto sentido habla de una parte muy difícil de mi vida, de ciertas heridas que dolieron en su momento y aún lo siguen haciendo. Escribir, día tras día, era sumergirme una y otra vez en una época que ocurrió hace ya algún tiempo y tratar de retener los recuerdos en unos pocos trazos, como quien pretende agarrar el sol con sus puños para que, al final, cuando abra las manos se dé cuenta que las tiene vacías. Era relatar sobre personajes que vivían en mi interior, que reflejaban diferentes facetas sombrías pero que vagaban por los abismos más profundos de mi alma, ocultos y danzando en un baile de máscaras del cual yo pretendía escuchar la melodía sin lograrlo en muchas ocasiones.
Alguien dirá que soy masoquista, probablemente tenga razón, no lo niego. Pero más allá de eso era una necesidad que me azuzaba, que me chuzaba, como una especie de alfiler que tienes clavado en el corazón y que empieza a punzar cuando no escribes. Podía empezar a rasgarme en los momentos más ordinarios del día como cuando estaba en la oficina, almorzando o trotando, era una especie de silbido que se convertía en un murmullo que pretendía ignorar y que cada vez aumentaba su intensidad hasta convertirse en un grito que se alojaba en mi cuerpo, que se repetía como un eco infinito y me ordenaba continuar con la historia.
¿Han escuchado que cuando los drogadictos entran a rehabilitación y empiezan a desintoxicarse es su cuerpo el que les pide más y más drogas al extremo de empezar a enfermarse por su ausencia? Podría decirse que cuando escribes una novela sientes lo mismo, puedes no quererlo, tener el impulso de abandonar a tus personajes a su deriva en una especie de limbo literario pensando que ellos no necesitan de tu ayuda para salir adelante y resolverán solos sus problemas, mandarlo todo a paseo y continuar con tu vida como si nada, pero las cosas ya no son como antes, una vez te has embarcado en esta travesía te das cuenta que es un viaje sin retorno y debes continuar hasta acabar. Mala suerte. El cuerpo, tu alma te lo exige, te has convertido en un yonki de las letras. No es que quieras hacerlo o no. Es que debes hacerlo.
Lo segundo que diré es que adquirir la disciplina necesaria es el equivalente a tratar de amaestrar un elefante. Es pesada, lenta y si te distraes una vez es posible que hayas perdido todos los avances que habías logrado hasta el momento.
Tan sólo necesitas trazarte el objetivo de querer escribir tu novela para que todas las tentaciones floten a tu lado, ingrávidas y dulces como voces de sirenas. No sólo los planes que aparecen de ningún lado, las amistades que nunca se habían manifestado sino hasta ese instante, sino que tú misma casa se convierte en tu enemigo, de repente quieres verte ese episodio de televisión que has visto mil veces o a mitad de un párrafo trascendental querer revisar tu cuenta de Facebook (Estoy convencido que el invento de Mark Zuckerberg se ha convertido en el cementerio de más de un aspirante a escritor).
Confieso que muchas veces he caído. He dejado aparcado mi escrito para irme de juerga, ‘es sólo un día’ me repetía de manera inocente, mañana sin duda retomo, al otro día decía lo mismo como quien repite un mantra, hasta que me daba cuenta que había pasado una semana o un par de ellas sin tocar la historia y volvía apesadumbrado y contrito a mi universo, y cada vez que me iba me costaba más trabajo retomar el ritmo.
Sin embargo, a pesar de ello, puedo decir que mantuve un ritmo regular. Escribí cada vez que podía, especialmente en los momentos anímicos más difíciles, lo hacía en noches lluviosas, estando tan embriagado que a duras penas lograba ver el teclado, en medio de montañas de cigarrillos y nubes de humo a pesar de prometerme a mí mismo que iba a dejar de fumar, y el teclado se llenaba de nicotina y pensamientos brumosos como si fuera la caverna de un dragón; lo hacía con el alma destrozada después de ver, enterarme o escuchar cosas que no debía saber. Pero también lo hice durante noches buenas, llenas de ilusiones y sueños, en momentos donde escribir era un placer, donde reía con mis personajes, y no veía el momento en que estuviera cercana la medianoche para llegar a teclear un par de buenas ideas que se me habían ocurrido durante el día.
Lo tercero que diré es que es muy difícil encontrar un estilo propio. Escribes, relees lo escrito y piensas que es muy superficial, demasiado estúpido,  no quieres ser el rey de lo evidente, un Paulo Coelho en potencia, pero hacía allá te diriges a pasos agigantados; o te pasa lo contrario, tu escrito es muy denso, te has convertido en uno de esos autores de medio pelo, pretenciosos y petulantes que has detestado toda tu vida.
¿Dónde se encuentra el equilibrio? En Mientras Escribo, el libro de Stephen King sobre la escritura, el autor nos dice que lo importante a la hora de redactar un texto es decir una verdad, TÚ verdad; puede que al resto del universo le parezca un idiotez, pero al menos estarás siendo honesto contigo mismo. He intentado seguir esta premisa con mi historia pero siempre he tenido la impresión de estar caminando en una cornisa entre lo simple, estúpido y baladí  y lo incomprensible y farragoso.
Siempre he pensado que los escritores son –somos- como niños pequeños, constantemente reclaman atención, quieren que el universo gire en torno a ellos, a sus historias, escriben para compartir un pedazo de sus sueños y pesadillas con el mundo, pero a cambio piden que no sean olvidados, que sean leídos. Podrán haber pocas excepciones a la regla: Un Kafka que guardaba sus escritos bajo llave y que pidió que su obra fuera destruida al morir, o un Ernesto Sabato que escribía múltiples historias para una vez terminadas sacrificarlas al fuego (De hecho, Sobre héroes y tumbas fue rescatada de las llamas por la esposa del escritor), pero la mayoría de los ellos sueñan con publicar sus historias y que sus libros se vendan en el mundo.
Diré que también me he dejado llevar por esas fantasías, que he soñado con ver publicado mi libro y que sea exhibido en una librería. Pero también sé que el camino es largo, que éste es mi primer relato, que los autores nuevos son ignorados por las grandes editoriales y que vivo en un país donde la lectura es algo prescindible. Más importante aún, debo concientizarme que lo importante no es esa meta sino haber terminado, que este es un escalón y que debo continuar la senda sin importar cuántas negativas reciba y cuantos obstáculos se crucen en mi vida. Siempre he creído que al final, el verdadero talento saldrá triunfante.
Ahora que he terminado Rabia (mi novela), me siento un poco vacío, exhausto, después de tanto esfuerzo. Retomé viejas lecturas y he empezado a corregir una de mis historias de terror que tenía en el desván de los recuerdos, pero siento como si la novela hubiera absorbido mis energías para escribir de nuevo, pero sé que debo reponerme y retomar el buen  camino, finalmente me quedan cientos de historias por escribir.
Bastará decir que este no es el fin del camino, ya que queda una parte muy importante por hacer y que, confieso, es a la que menos cariño le tengo: Corregir. Para una persona como yo, pasional e impulsiva, detenerse en los detalles, comas, sintaxis, en la relectura una y otra vez de los sitios ya visitados, es lo más parecido a un laberinto de pesadilla, y sin embargo, debo hacerlo porque en la corrección está la perfección. Por el momento dejaré descansar la historia un mes en el desván (finalmente no irá a ningún lado), tomaré un poco de aire, quizá tome una cerveza y me pondré a ello, palabra por palabra, letra por letra.

Para finalizar quería confesarles algo curioso que ocurrió durante el proceso. La novela la escribí pensando en alguien. Cada capítulo, palabra y letra la hacía pensando en ella, en su reacción al leerla, el brillo de sus ojos, su sonrisa, cabeza ladeada e inclinación de hombros; podría decirse que la historia le pertenece por completo. Su presencia, o quizá su falta de ella fue la fuerza que me impulsó para sumergirme cada día en esta historia, como una especie de musa ausente, sin ella quizá no la habría terminado, pero ahora, al final de las cosas, al momento en que todo ha terminado, siento que no vale la pena que la lea.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Otra pequeña historia de amor y desamor



8:40

Le encantaba el sonido seco y elegante de la pluma sobre el papel. Miraba extasiada el movimiento rápido y cortante de su trazo, su mirada distante y concentrada en la superficie y el movimiento autómata pero con una pizca de gentileza a quien lo saludara.

Aura estaba fascinada. Observaba la fila interminable. Por cada tres personas que desaparecían diez más tomaban su lugar. Le gustaba observarlo: A pesar de estar rodeado tenía un halo de soledad que le atraía irresistiblemente.

Carlos Valais lucía como una atracción de feria. Un mono de circo cuya labor consistía en firmar hasta desfallecer. Aura sentía pena del escritor, en su cara se veía el cansancio acumulado de horas de autógrafos, era un gesto insignificante donde levemente arrugaba el ceño y que las demás personas confundían con una señal de inteligencia pero que la mujer interpretaba correctamente como un dejo de fastidio, de agotamiento.

Ninguno de los presentes en la sala admiraba tanto al escritor como ella. Sencillamente lo idolatraba, soñaba con él, se identificaba con sus letras, con sus tristísimas historias, con sus personajes.  Lo amaba pero era algo mucho más profundo de lo que podría expresarse con una cercanía corporal, era algo sublime, hermoso, puro, ninguna persona podría comprenderlo.

La firma seguía, hora tras hora. Aura no se movía de su lugar, quería verlo, quizá una vez terminara la sesión podría presentársele, decirle ‘Hola soy Aura y sus libros han cambiado mi vida para siempre’, palabras que quizá el autor ya hubiera escuchado mil millones de veces pero que siempre tendría un significado especial para un lector necesitado de esas frases, de esas palabras escritas.

Cuatro horas y el último de los admiradores abandonaba el recinto. Aura sabía que esta era su oportunidad: Ahora o nunca. Se acercó al hombre, Valais la miro y sus miradas se cruzaron en los cinco segundos más hermosos de la vida de la mujer. No fue capaz de articular palabra, ni de expresar todo el torrente de sentimientos que tenía en su interior, simplemente atinó a pasarle un libro. El escritor lo miró, sacó su pluma y con rapidez garabateó unas palabras, se lo devolvió y sin mediar palabra desapareció.

Ella abrió el libro y leyó en voz alta.

Con cariño para Calíope, Carlos.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Domingo en la mañana

Si me conocen -o por lo menos han leído lo que acá publico- sabrán que soy seguidor del maestro del terror, Stephen King y me gustan muchos sus libros y su manera de escribir. Pues bien, desde hace un par de años pertenezco al mejor foro sobre este autor y su obra, el sitio es http://www.ka-tet-corp.com y es recomendadísimo para quienes quieran sumergirse en el reinado de miedo de este escritor.

En el foro no sólo he compartido  noticias y opiniones sino que también he hecho grandes amistades con excelentes personas, muchos de ellos escritores excepcionales. Hace poco se realizó un concurso de relatos y obtuve el tercer puesto con el relato 'Domingo en la mañana, el cual comparto con ustedes y espero les guste y desde luego, comentarios y críticas para mejorar.

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Domingo en la mañana

A pesar de lo que temía, no llovió en la madrugada. La aurora llegó limpia, diáfana; el amanecer con sus colores pastel apareció con inusitado brillo. Ocurrió mientras ordeñaba las vacas en el corral, previamente había recogido la mierda de los caballos y había ido al gallinero a alimentar las aves y ver cómo estaban.

Carlos sólo interrumpió la rutina en ese momento. Había salido a campo abierto y observado extasiado mientras la gigantesca bola de helio se elevaba. Le gustaba contemplar el momento en el que el cielo cambiaba de color siendo testigo de ese espectáculo mágico. En el colegio le habían puesto a leer ‘El Principito’ y se había sentido identificado con el protagonista en su admiración por el sol, pero él prefería los amaneceres al ocaso. Si fuera un poco mayor se habría sentido como un dios contemplando el proceso de la creación, pero aún era un niño y no pensaba, simplemente sentía.

Después de terminar las labores de esa mañana se fue para la casa. Se bañó, se arregló y se puso la camisa roja que le había regalado la abuela en su cumpleaños. Cuando salió del cuarto, su mamá ya le tenía listo el desayuno.

––¿A qué horas quedó en venir Ricardo? –le dijo a manera de saludo.

––No sé mamá, me dijo que aproximadamente a las nueve llegaba.

––¿No es muy tarde? No quiero que se queden mucho tiempo en la ciudad –dijo mientras hacía un mohín.

Carlos sabía que su mamá siempre hacía mohines o un pequeño gruñido de desaprobación cuando las cosas no salían de acuerdo a su voluntad, pero con respecto a Ricardo de nada valían las quejas; tenía un magnetismo especial, casi mágico sobre la gente y nadie, ni siquiera su madre, se le resistía.

En el momento en que el reloj que había pertenecido al abuelo –que en paz descanse, digo amén––, anunció las nueve en punto, llegó Ricardo. Carlos podía apostar –y de seguro habría ganado–– que el joven había llegado un poco antes pero había optado por entrar a la casa con las campanadas del reloj de manera espectacular. Si vas a ser amigo de Ricardo tienes que acostumbrarte a lo teatral.

––Muy buenos días, doña Olga –dijo Ricardo mientras le besaba una mano y la miraba a los ojos.

––Ricardo, Usted siempre tan galante –dijo la aludida ruborizándose un poco.

Y fue encantador. Como siempre. En diez minutos habló del invierno que se acercaba, de la obra que iban a representar en la escuela –él tenía, como no, el papel principal––, de la colecta que estaba organizando para ayudar a reconstruir la finca de Don Abundio arrasada por un incendio y hasta se dio el tiempo necesario para reprender a Carlos por no tender la cama antes de irse a estudiar.

“No olviden estar de vuelta a las seis de la tarde para ir a misa”, gritó doña Olga cuando los niños ya estaban saliendo; Ricardo se puso ambas manos alrededor de la boca y amplificando la voz respondió, “A las cinco en punto estamos acá doña Olga, yo le cuido a su muchacho”.

Montaron en las bicicletas y empezaron a abrirse camino a través del pueblo. Esa era la parte favorita del paseo para Carlos: Pedalear, sentir el aire entrar puro y a raudales por sus pulmones, le gustaba el sol en su espalda y el sudor cayendo por el rostro.

El pueblo estaba a dos horas de la capital. El Evento estaba programado para el mediodía; después de que terminara, recorrerían las calles y seguramente Ricardo lo invitaría a comer una hamburguesa con coca cola o quizá un algodón de azúcar si tenía suerte; se quedarían en la Plaza Principal y esperarían dos o tres horas mientras recuperaban energías y emprendían el camino de vuelta. ¿Era una estupidez emprender un camino tan largo? Para algunos podía parecerlo, desde luego, pero El Evento valía la pena.

Iban con el tiempo exacto por lo que Carlos se sorprendió cuando Ricardo se orilló y detuvo por completo.

––¿Sabes dónde estamos? –preguntó mientras se secaba el sudor de la frente.

––Claro –respondió Carlos como si fuera la cosa más obvia del mundo––, esta es la finca de don Andrés.
––Exactamente. La finca de don Andrés en donde se dan las naranjas más sabrosas del mundo.

––No irás a…

Demasiado tarde. Ricardo ya había agarrado dos naranjas gigantes y maduras, cogió una para él y le lanzó la otra a su compañero de travesía.

––¡No deberíamos! –Increpó Carlos–– Si don Andrés se da cuenta, es capaz de pegarnos un tiro con su escopeta…. Además, ¡Vamos tarde para la ceremonia!

––Te preocupas más que mi abuela…el viejo Andrés no va a salir, créeme. Además hay que disfrutar de los pequeños placeres de la vida ¡Cómete la naranja! ¿No está deliciosa?

Si lo estaba. Eran jugosas y el líquido se les regaba a ambos niños por las comisuras empapándoles las camisas. Estaban acostados mientras veían las nubes y jugaban a darle formas a las mismas.

––Oye Ricardo….tú quién crees que ganaría en una pelea ¿Gokú o Supermán?

––Esa es una pregunta idiota –contestó el otro y volvió a devorar la fruta.

Carlos se sintió estúpido. A veces se sentía así con su amigo. Se preguntaba en qué consistía su amistad: Él apenas tenía once años, mientras Ricardo ya era un adulto con sus trece abriles y podía hacer lo que le viniera en gana sin que los adultos lo importunaran demasiado. Ignoraba la razón por la que no se metía con los jóvenes de su edad pero en verdad disfrutaba mucho de su compañía. Avergonzado, iba a retractarse de la pregunta cuando Ricardo la retomó.

––Sin duda ganaría Gokú –dijo convencido–– es un hecho que ambos son extraterrestres pero Supermán no es capaz de destruir un planeta mientras que el otro puede destruir la Tierra con un dedo y luego teletransportarse a otro lugar si así lo quiere…bueno, vámonos que nos cogió el entierro y no estamos de luto todavía.

Llegaron a la plaza aproximadamente a las once y media de la mañana. Dejaron las bicicletas aparcadas en un lugar autorizado. A pesar de ser pequeños o precisamente por ello, pudieron colarse a través del gentío que estaba reunido en la Plaza Principal y llegar hasta los primeros lugares. No esperaron mucho hasta que El Evento inició y el transporte arribó al lugar.

Era un carruaje a la vieja usanza. En la parte posterior estaba la jaula. Sus ocupantes estaban silenciosos, indiferentes al bullicio que inundaba la plaza y ante la fruta podrida que les arrojaban. Había algo heroico, poético en su actitud estoica y muda, pero eso no importaba, nada lo hace para un condenado. Nadie escribiría una sola línea en su honor, ni en sus ojos opacos y tristes ante la inminencia de la muerte.

Ricardo y Carlos formaban ya parte de la turba. Sus gritos enardecidos se mezclaban en esa discordancia de sonidos provocados por el odio.

Allí, en esa multitud vociferante y anhelante de sangre, se encontraba la igualdad buscada por tantos filósofos, intelectuales y religiosos. Sus alaridos no buscaban amor, ni paz sino la muerte, la feliz culminación del montaje.



Los caballos se detuvieron en el centro de la plaza. Un policía sacó a empellones a los acusados quienes ni siquiera se resistieron, y los despojó de sus harapos.

El público está pletórico, exultante, reclamando, rugiendo por la estrella del espectáculo quien no demoró su salida para el deleite de todos sus fanáticos.




Cubría su rostro con una capucha similar a la del Ku Klux Klan pero de color negra, su ausencia de camisa resaltaba un torso musculoso y perfecto pero surcado de cicatrices, vestía igualmente unos pantalones oscuros.

En el momento en que levantó los brazos de manera victoriosa, su público enloqueció y los flashes de las miles de cámaras digitales destellaron como cientos de luciérnagas enloquecidas. Seguramente al día siguiente –– si no en un par de horas–– los espectadores de ese momento de odio subirían esos fragmentos de memoria en twitter y en facebook convirtiéndose en la envidia de familiares y conocidos.

El verdugo hizo una señal con sus brazos y mágicamente el sonido cesó. Agarró al primero de los acusados y lo arrastró hasta un tronco donde acomodó su cabeza. Tomó con delicadeza el hacha y sin perder más tiempo la dejo caer sobre el cuello del reo. Fue un corte perfecto, la cabeza se deslizó con delicadeza como si fuera una pelota de fútbol.

El ejecutor sumergió sus manos en la sangre que empezaba a brotar del cuerpo sin vida del condenado y la empezó a arrojar ante el público como si fuera agua. Los de la primera fila fueron afortunados pues el fluido les empapó la cara y pudieron restregarse el líquido con verdadero deleite.

La jornada fue productiva. En total fueron quince las ejecuciones que se llevaron a cabo exitosamente ante los vítores y exclamaciones de paroxismo del público; el suelo de la Plaza Principal quedó manchado de rojo y el verdugo se despidió de sus admiradores hasta el próximo mes, cuando dieran lugar las ejecuciones del mes de noviembre.

Lentamente todos fueron abandonado el escenario: Los hijos de la manos de sus padres comentando emocionados los pormenores del acto y la cara de los condenados, los novios que iban abrazados el uno del otro felices por haber compartido otro día juntos, quizá algún anciano cojearía mientras meneaba la cabeza refunfuñando porque las ejecuciones habían perdido la magia que tenía en sus tiempos.

Ricardo y Carlos contemplaban el lugar. Cada uno tenía un helado al que daban lametadas ocasionales. Estaban en silencio, no hablaban sobre lo ocurrido, todas las acciones habían sido ya guardadas en su memoria y en su corazón. Ahora sólo sentían el sabor del helado que caía por su garganta y el frío de la sabana que empezaba a meterse por todo el cuerpo.


El descanso había sido suficiente, ya era hora de emprender el camino de vuelta a casa.

––Vamos Carlitos –apresuró Ricardo––.No hay que llegar tarde a la misa del pueblo. Dios no nos perdonaría.